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Fidel Castro en el Bogotazo el 9 de abril de 1948

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Fidel Castro en el Bogotazo el 9 de abril de 1948

 

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Fidel Castro, el 9 de abril de 1948 a los 21 años de edad, en una de las calles de Bogotá durante el estallido social conocido con el nombre de Bogotazo, surgido a raíz del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán. En primera plana de la fotografía aparecen Fidel Castro a la izquierda y Enrique Ovares a la derecha.
 
Algunas horas antes del momento retratado en la fotografía de arriba, el 9 de abril de 1948, Fidel Castro y Rafael del Pino almorzaron en el hotel y estaban haciendo tiempo para reunirse a la tarde con Jorge Eliécer Gaitán. Fidel y Rafael del Pino habían quedado en encontrarse con Enrique OvaresAlfredo Guevara a las 2 de la tarde en un café para ir de allí a la oficina de Gaitán y reunirse con él para ultimar los detalles de la ceremonia de cierre del Primer Congreso de Estudiantes Latinoamericanos en la que participaría el líder del Partido Liberal Colombiano.

Mientras tanto, alrededor de las 13:00 (aproximadamente dos horas antes de su reunión pautada con Fidel y los demás estudiantes de la delegación cubana) Gaitán salía de su oficina junto a amigos y compañeros como Pedro Eliseo Cruz, Alejandro Vallejo y Jorge Padilla, entre otros; cuando el senador Plinio Mendoza Neira fue hasta allí para invitarlos a almorzar. Al salir a las 13:05 de su oficina del Edificio Agustín Nieto ubicado en la Carrera Séptima, entre la Calle 14 y la Avenida Jiménez, en Bogotá, Gaitán recibió un disparo en la nuca y dos más en la espalda que lo hirieron de muerte y aproximadamente una hora más tarde causaron su deceso en la Clínica Central de la ciudad.

Inmediatamente, la gente se convulsionó, lincharon allí mismo brutalmente al presunto asesino, Juan Roa Sierra, hasta matarlo, y a continuación se desencadenó un estallido social, un proceso insurreccional que pasó a ser conocido en la historia como el Bogotazo.
 
Fidel Castro había salido recién de su hotel, junto a Rafael del Pino, para ir hasta el café donde estaban Ovares y Guevara, y de allí dirigirse a la reunión con Gaitán, cuando a los pocos metros del trayecto sorpresivamente vieron una gran agitación en las calles y gente corriendo para todos lados. Fidel y Rafael del Pino se acercaron y escucharon que gritaban: "¡Mataron a Gaitán, mataron a Gaitán!". La gente estaba desesperada, parecía un escenario apocalíptico. La revuelta en protesta por el asesinato de Gaitán había estallado, una masa enardecida de gente irrumpía en las oficinas y tiendas, rompían todo, lanzaban piedras, un caos total.

Fidel Castro y Rafael del Pino siguieron caminando en medio de la muchedumbre alterada hasta llegar a un parque. Entre la multitud que destruía todo a su alrededor, a Fidel le llamó la atención un hombre desesperado que intentaba romper a palazos una máquina de escribir y no lo lograba. Fidel se acercó al hombre y le dijo: "Espérate, no te desesperes, dame aquí". Tomó la máquina de escribir y la lanzo hacia arriba para que la fuerza de gravedad se encargara de romperla.

Allí, Fidel Castro recogió un pequeño hierro para usarlo como arma. Siguieron caminando hacia la Carrera Séptima, donde estaba la oficina de Gaitán. La gente en las calles estaba enloquecida y allí también rompían todo a su paso, vidrieras de tiendas, faroles y todo tipo de mobiliario urbano. Fidel trató de persuadir a algunos para que no destruyeran porque eso generaría una mala imagen de la protesta, pero nadie le hizo caso.

Siguieron caminando algunas calles más hasta llegar a una plaza frente al edificio del Parlamento donde estaban reunidos los cancilleres de países americanos. Frente al Parlamento se había juntado mucha gente. Fidel Castro y Rafael del Pino se quedaron un rato delante del Parlamento observando la situación. Desde el balcón de una de las casas que daban a la plaza, un hombre intentaba pronunciar un discurso, algunos lo escuchaban aunque la mayoría no le prestaba atención.
 
La gente empezó a moverse hacia el Palacio del Parlamento cuya entrada estaba cuidada por una hilera de policías. Ante el avance de la muchedumbre, los policías no hicieron nada, simplemente se disgregaron y los dejaron entrar, como si ellos también estuvieran desmoralizados o de alguna manera apoyaran el levantamiento civil. La gente se abalanzó al interior del Parlamento donde estaban los cancilleres. Muchos subieron al segundo y tercer piso desde donde lanzaban sillas, escritorios, muebles, entre otras cosas. Fidel Castro subió por las escalinatas y llegó al primer piso del edificio. Se dirigió hacia un patio central, pero como arrojaban muebles desde los pisos superiores hacia el patio, volvió a salir del edificio rumbo a la plaza.

Desde la plaza, Fidel Castro y Rafael del Pino se dirigieron a la hospedería donde estaban alojados Enrique Ovares y Alfredo Guevara, para analizar la situación y decidir qué hacer. La pensión se encontraba a aproximadamente cinco calles de allí. Había que caminar con mucho cuidado ya que las piedras y botellas volaban por todas partes, pedazos de vidrios rotos de vidrieras y bombillos destruidos saltaban por doquier. Aún no se escuchaban tiros. Todavía no había un objetivo claro, estaba todo muy desorganizado. Allí lo que imperaba era la anarquía y la ira por el homicidio de Gaitán, el líder político más popular de Colombia en aquel entonces.

Una vez en la hospedería, Fidel Castro y Rafael del Pino hablaron con Ovares y Guevara acerca de lo que había que hacer. Mientras charlaban, una multitud pasó por la calle delante del albergue. Fidel y los demás se asomaron a la ventana y vieron a una muchedumbre marchando enfervorizada, algunos con pistolas y fusiles, otros con machetes en la mano. Entre la gente habían civiles y policías que se habían sumado. El objetivo de ellos era ir a tomar estaciones de policía. En ese instante, Fidel no lo dudó y dijo que se unía a la manifestación. Dejándose llevar por el entusiasmo, bajó apurado y se sumó a la manifestación, quedando en la primera fila. Rafael del Pino lo siguió.

Fidel avanzó junto a la enorme muchedumbre que abarcaba varios cientos de metros. Caminaron algunas calles hasta llegar a una estación de policía ubicada en una esquina. La estación de policía tenía unas torretas de ladrillo rojo con oficiales apostados allí arriba apuntando hacia la calle. Sin embargo, ninguno de ellos disparó, estaban paralizados. La gente, de manera desorganizada y como podía, empujándose entre sí, se abrió camino al interior de la estación de policía.

La gente tomó la estación. Fidel fue a buscar un arma. Cuando entró al arsenal no habían fusiles, tan solo escopetas de gases lacrimógenos, con cañón grueso y unas balas largas y gruesas de madera. Así que no tuvo más remedio que conformarse con una de esas escopetas de gases lacrimógenos. Además, se puso tres cinturones de balas (cananas) de seis balas cada uno. Aún quedaba el problema de su vestimenta. Tenía puesto un traje con zapatos y no estaba vestido apropiadamente para el combate, así que fue a buscar algo más adecuado para ponerse. Allí encontró una especie de chaqueta de hule. También se puso una gorra sin visera, similar a una boina.

Pero Fidel no estaba muy conforme con su arma de gases lacrimógenos, así que salió un rato al patio en búsqueda de alguna otra habitación donde quizás podría encontrar algún fusil más apropiado. En el patio, la gente estaba registrando todo, estaban desesperados buscando armas, algunos incluso disparaban tiros al aire. Fidel subió por las escaleras al primer piso y entró a un cuarto de oficiales, donde halló unos botines más aptos que los zapatos de vestir que traía puestos. Cuando intentó ponérselos, justo entró un oficial que se puso a gritar: "¡Mis boticas sí que no! mis boticas sí que no!". En medio de toda esa conmoción, de la toma de una estación de policía, de la gente buscando armas, a este oficial solamente le importaban sus botines. Ante aquella situación, sorprendido, Fidel le dijo: "No, quédese con sus botines", se los devolvió al oficial y se puso nuevamente sus zapatos.

De allí bajó al patio donde había un oficial de policía tratando de organizar una escuadra de 10 a 15 hombres, algunos eran policías y otros civiles. Fidel se acercó con la intención de incorporarse, con su chaqueta de hule, la gorra sin visera, su escopeta de gases lacrimógenos y el cinturón de balas lacrimógenas colgándole. Impresionado ante tal imagen el oficial, le dijo: "¿Y esto? ¿Qué haces tú con todo eso?". Fidel le contestó que era lo único que encontró. El oficial le pidió que le entregara la escopeta y las balas lacrimógenas ya que todo eso le pareció muy peligroso y a cambio le dio un fusil. Cuando le estaba entregando el fusil, mucha gente aún desarmada intentó quitárselo de la mano, por lo que Fidel tuvo que luchar y empujar un poco para cogerlo. Ahora ya estaba armado y además le tocó una canana con 16 balas.

Así salieron a las calles en grupos desorganizados y casi sin un destino u objetivo fijo. Se trataba de un momento muy interesante, ya que Fidel se encontraba en un país que no es el suyo, que no conocía para nada, en el que apenas llevaba diez días e igual así ya estaba participando en una revuelta popular. Nadie lo rechazaba ni lo discriminaba, Fidel era tratado como un ciudadano colombiano más.

Caminaron unas tres calles, cuando Fidel vio un grupo de soldados poniendo orden. Como había mucha gente uniformada sumada al levantamiento popular, él creyó que estos oficiales también estaban sumados y trataban de poner cierta organización. Entonces, Fidel con las ansias de ayudar e integrarse a toda actividad que resultara útil en aquella rebelión ciudadana, se unió a ellos y los ayudó a organizar a la gente. Al igual que los soldados decía: "Por aquí no, por aquí sí, los que tienen armas pasen, los que no tiene armas no pasen". Pero después de un rato se dio cuenta que no eran soldados sublevados sino que pertenecían a la Guardia Presidencial, aunque no estaban allí para reprimir sino que trataban de poner algo de orden en todo ese caos y proteger a la gente, ya que a unos metros de allí, desde el edificio del colegio San Bartolomé estaban disparando. En un momento, Fidel se quedó en la esquina totalmente al descubierto en medio de la balacera mirando hacia el sitio desde donde disparaban, hasta que un grupo de colombianos lo sacó de allí para evitar que lo fueran a matar. Esos tiros provenían de bandos del sector conservador, partidarios del gobierno Ospina Pérez.

Fidel siguió caminando dos calles más junto al grupo desorganizado, cuando pasó una camioneta con altoparlantes y varios cadáveres cargados en la parte de atrás. En la camioneta viajaban estudiantes que iban agitando a la multitud para seguir con la revuelta. Fidel había conocido a algunos de ellos en la Universidad de Bogotá días antes, lo reconocieron y lo saludaron.
 
En eso, llegaron noticias de que un grupo de estudiantes había tomado la estación Radiodifusora Nacional, pero que estaban sitiados y siendo atacados. Entonces, el grupo decidió ir a ayudar a esos estudiantes. El problema era que de las 12 a 15 personas de la "unidad" de Fidel, tan solo dos estaban armados con fusiles, uno de ellos era Fidel y el otro Rafael del Pino. Igualmente no lo dudaron y emprendieron camino hacia allí para ayudar a los estudiantes sitiados. Tomaron por la Carrera Séptima rumbo al norte. Durante el trayecto por dicha arteria, comenzaron a ver que había gente por todos lados atacando y entrando a comercios para saquearlos. Empezaban así los saqueos. Habían vidrieras rotas por todos lados, edificios incendiándose, gente cargando mercancías robadas. Parecía un escenario de cine catástrofe. Algunas personas, al ver pasar al grupo de civiles con Fidel al frente, los aplaudían y daban gestos de apoyo. Algunos incluso se acercaron con botellas de ron y les decían "¡Beba de aquí!".

Igualmente, la situación era bastante confusa, no había un objetivo claro, una organización. No se sabía exactamente quién estaba con quién. Habían grupos de policías sublevados y otros que no. Inclusive se hablaba de unidades militares sublevadas y a favor del levantamiento civil. Recordemos que Gaitán contaba con cierta simpatía por parte de los militares, aunque en este caso no se conocía la posición oficial del Ejército. Nada estaba bien claro.

Siguieron caminando por la Carrera Séptima y cuando estaban por llegar a la zona del Ministerio de Guerra, pasaron por un lugar en el que había un parque a la izquierda y otro a la derecha. Frente a ellos se acercaba un batallón de más de 500 soldados del Ejército avanzando en sentido contrario -hacia el sur- con algunos tanques que los acompañaban por detrás. En ese momento, Fidel y los demás al no saber si el Ejército estaba a favor de la insurrección o en contra, por las dudas decidieron replegarse y parapetarse detrás de unos bancos que habían en uno de los parques laterales a la Carrera Séptima. Sin embargo, los soldados los ignoraron totalmente y siguieron de largo. Al parecer, se dirigían para reforzar la seguridad del Palacio Presidencial, pero no tenían ninguna intención de reprimir al pueblo ni siquiera de poner orden. De hecho, iban confraternizando con los civiles sublevados que habían allí y la gente los aplaudía a su paso.

A pesar del caos, de la destrucción, del enfrentamiento entre sectores conservadores y liberales, del alzamiento de oficiales de la policía, de la destrucción en el edificio del Parlamento y de medios de comunicación conservadores, los soldados no actuaban. Todavía no tenían órdenes de actuar, ya que no había información del gobierno, durante esas horas era como si no hubiese gobierno, la anarquía era total. Por las radios invitaban al derrocamiento definitivo del gobierno conservador. Quizás eso responda a la no intervención, a la abstención momentánea del Ejército a reprimir ante el levantamiento popular. El Ministerio de Guerra solamente logró hacer que se fuera a reforzar la seguridad del Palacio Presidencial.

Cuando Fidel y los demás se pusieron de pie nuevamente y siguieron su marcha hacia el norte, luego de avanzar unos metros, al pasar frente a un enorme edificio con rejas adelante y muchos militares (que resultó ser el Ministerio de Guerra), Fidel, de forma temeraria -e irresponsable-, vistiendo la boina y la chaqueta de hule que recogió en la estación de policía, se subió a un banco y arengó con su fusil en mano a los soldados que estaban allí dentro, incitándolos a que se unieran a la revolución popular. Nadie le hizo caso, pero esa escena muestra la emoción que tenía en aquel momento el joven cubano y las ganas de formar parte de un gran movimiento revolucionario popular, sin importar si era en su país o fuera de él. Esto reflejaba lo involucrado que estaba ya desde aquellos días con las causas internacionales.

A continuación, caminaron otros 100 metros y vieron un autobús conducido por estudiantes, que se dirigía hacia la Radiodifusora Nacional para defender a los estudiantes atrincherados que la habían tomado y que estaban siendo atacados. Fidel corrió hacia el autobús para montarse junto a los demás. Cuando subieron al autobús ocurrieron dos cosas interesantes, una de ellas fue que Rafael del Pino se quedó atrás y no logró montarse al vehículo y la otra, que una vez arriba del autobús, entre medio de tanta gente, un ratero aprovechó y le robó la cartera del bolsillo a Fidel. Mientras tanto, tras arengar a los soldados Fidel Castro y luego correr al autobús, no se dio cuenta que los soldados salieron tras él. Sin embargo, como ya se había montado al vehículo no lograron atraparlo, no obstante Rafael del Pino no corrió con la misma suerte y fue capturado. Allí le dijeron que lo fusilarían, a lo que Del Pino les respondió que formó parte del Ejército Estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial y que pertenecía a la escolta de George G. Marshall. Luego lo soltaron y salió a buscar a Fidel Castro por todas partes aunque no lo encontraría hasta casi dos día después.

En el autobús que se dirigía hacia la Radiodifusora Nacional para defender a los estudiantes que la habían tomado, había alrededor de 12 hombres y el único que contaba con un fusil -con 16 balas- era Fidel. Al llegar a un punto cercano a la radio, bajaron del autobús atravesaron una calle y llegaron a una avenida que llevaba a la estación. Allí vieron que a unos 300 metros había toda una unidad militar sitiando al edificio de la Radiodifusora Nacional. Al percatarse los soldados de la presencia de esta unidad civil, comenzaron a disparar. Inmediatamente, Fidel y los demás corrieron y se escondieron detrás de unos bancos que habían en la avenida. Cuando la enorme balacera se detuvo un poco, apenas se asomaron para ver si los soldados se calmaron, volvieron a ser recibidos por otra lluvia de balas. Ellos contaban únicamente con el fusil de 16 proyectiles de Fidel, así que era inútil defenderse. Por lo tanto, ni bien hubo un poco de calma, se replegaron, salieron de la avenida y volvieron hacia la calle que los llevó hasta allí.

Entonces, al percatarse que no iban a poder ser de gran ayuda allí, tomaron la decisión de cambiar de rumbo y dirigirse hacia la Universidad, con la esperanza de encontrar estudiantes armados o algún tipo de unidad civil organizada y lista para combatir. Caminaron algunas cuadras y al llegar vieron que allí no ocurría nada. Habrían algunos centenares de estudiantes, aunque desarmados y no habían organizado absolutamente nada. Allí se les informó que había una estación de policía cercana y se les ocurrió tomarla.

Entonces, salió un grupo hacia dicha estación de policía para ocuparla, pero aún el único fusil con el que contaban era el de Fidel, quien no paraba de pensar cómo harían para tomar una división policial con solamente un arma. Se trataba de una tarea muy arriesgada. Al llegar, tuvieron la fortuna de que la estación ya se encontraba sublevada por lo que no tuvieron que hacer nada.

Entraron y se presentaron ante los sublevados. Fidel fue a hablar con el jefe de la estación sublevada y le contó que era cubano, que estaba allí por un congreso estudiantil y que al ver el levantamiento popular se sumó. Básicamente, en breves palabras le describió su situación. Al jefe de la división le cayó bien Fidel y enseguida lo nombró su ayudante. 

El jefe de la estación policial decidió ir a la sede central del Partido Liberal cuyo líder era el recientemente asesinado Jorge Eliécer Gaitán. Al parecer, querían organizar todo ese caos y establecer un objetivo claro para la rebelión que surgió de forma espontánea. El jefe le dijo a Fidel que lo acompañara. Fueron en un jeep junto a otros policías atravesando las calles en medio del caos civil y la destrucción. Al llegar a la sede principal del Partido Liberal, Fidel acompañó al jefe hasta la puerta de entrada. Al parecer, el jefe habló con los responsables del partido durante aproximadamente veinte minutos. Todavía no había anochecido cuando volvieron a la estación de policía. Allí el jefe realizó algunas tareas y finalmente decidió volver a la sede central del Partido Liberal.

Fueron en dos jeeps repletos de personas, el jefe viajaba en el de adelante y Fidel Castro en el de atrás, sentado en la parte derecha con su fusil en mano. Pero en un momento el jeep en el que viajaba el jefe de la división se detuvo por un problema técnico y no podía arrancar. Entonces, Fidel involucrado totalmente con la causa, se bajó del jeep donde viajaba y le cedió su lugar al jefe para que pudiera llegar al destino y le dijo que él lo alcanzaría en otro vehículo.

Así se quedó a pie junto a otros tres estudiantes desarmados que lo acompañaban. Serían aproximadamente las 18 o 18:30. Allí encontraron un automóvil de marca Lincoln parqueado. Se dispusieron a intentar abrirlo cuando de repente se dieron cuenta que estaban delante de un edificio cuya puerta estaba media abierta y a través de la cual se veían varios militares armados. Algo le hizo sentir a Fidel que podían ser enemigos, por lo que les dijo a los estudiantes colombianos que era mejor irse de allí lo antes posible. Justo pasaba un automóvil por aquel lugar y bajo el efecto encandilante de las luces del vehículo aprovecharon y cruzaron la calle sin que los pudieran ver bien los militares. Así lograron escapar sin que les dispararan.

Caminaron algunas calles y se cruzaron a un militar que llevaba una ametralladora. Se acercaron a él y Fidel le preguntó a favor de qué bando estaba. El militar le respondió que estaba a favor de la revolución popular. Le preguntaron si estaba en la Quinta Estación de la policía -que también estaba sublevada- y le pidieron que los guiara hasta allí. Mientras tanto, se enteraron que el automóvil que habían intentado llevarse, pertenecía al Ministerio de Guerra y que los soldados que estaban dentro del edificio resultaron pertenecer a la guarnición de dicho ministerio y eran los mismos que horas antes le habían disparado cuando Fidel los había arengado para que se unieran a la sublevación.

Cuando llegaron a la Quinta Estación de policía, Fidel se identificó -como siempre- diciendo que era cubano y que había llegado a Colombia por un congreso de estudiantes latinoamericanos, y siempre era bien recibido por la gente. Allí había más organización que en otras estaciones, habían aproximadamente 400 hombres armados entre policías sublevados y civiles. Había un patio grande en el centro del edificio donde estaban organizando a la gente y contando el número de hombres presentes allí. Les asignaban distintos puntos de la estación para defender. A Fidel le tocó defender el segundo piso junto a otros policías. En ese momento ya serían aproximadamente las 19:30 o 20:00.

Allí pasaría su primera noche, ya que se habían enterado que el Ministerio de Defensa logró controlar algunas unidades del Ejército y como en otras partes de Colombia no había ocurrido lo mismo o al menos no con la misma magnitud, el gobierno logró obtener el apoyo de algunas unidades de otras partes del país y pidieron refuerzos para Bogotá. Así que en la Quinta Estación pensaban que un ataque del Ejército era inminente y esperaban que llegara en cualquier momento.

El Ejército simpatizaba con Gaitán, pero ante la situación de anarquía, destrucción, incendios, saqueos y caos total, consideró que su deber era establecer el orden ante tal situación. La primera medida que tomó el Ministerio de Defensa fue enviar refuerzos para cuidar al Palacio Presidencial, que casualmente se trataba de esa misma unidad de soldados con tres tanques que los seguían por detrás, con la que Fidel se cruzó horas antes en la Carrera Séptima.

La estación de policía donde se encontraba Fidel acuartelado junto a otros 400 hombres se encontraba casi en los límites de la ciudad, frente a la Ermita de Monserrate, sobre una colina. Esperaban el ataque del Ejército en cualquier momento. Fidel observaba lo que ocurría desde su posición de defensa detrás de la ventana de una habitación. Cada tanto pasaba algún vehículo blindado frente a la unidad, pero no había ningún tipo de ataque, simplemente pasaban por allí. Fidel veía además a la gente cargando cosas que habían saqueado, incluso algunos cargaban refrigeradores y un hombre ¡hasta un piano llevaba!

En la Estación decían a cada rato que el ataque era inminente. Se trataba de una estrategia defensiva, aproximadamente 400 hombres atrincherados en un espacio reducido y sin capacidad de resistencia antitanques. Fidel Castro se percató de que se trataba de una estrategia equivocada y hasta suicida. Pidió de hablar con el jefe de la división policial y le dijo que acuartelarse allí era un grave error, que de la experiencia histórica y la propia experiencia cubana en toda lucha armada, sabía que siempre que una tropa se ha acuartelado ha perdido la batalla. Fidel le propuso sacar tropas a la calle con distintas misiones de ataque a objetivos del gobierno asignadas. Le dijo que contaban con una buena fuerza en cantidad de hombres y armas, por lo tanto había que aprovecharla y no dejarla esperando un ataque en actitud pasiva. Intentó convencerlo, se lo repitió varias veces y le dijo que lo pensara. Sin embargo, el jefe de la división no le hizo caso. Fidel tenía algunos conocimientos de estrategias militares a partir de lo estudiado en historia y acontecimientos revolucionarios históricos como la Revolución Francesa, la toma de la Bastilla, la Guerra de Independencia Cubana, en las que las tropas milicianas se movían y atacaban distintas posiciones y no se quedaban esperando a ser atacadas.

Fidel Castro era un gran defensor de la táctica de guerra de guerrillas, en la que las fuerzas se dispersan en grupos y asumen una actitud ofensiva -de ataque-, viendo al enemigo pero sin dejarse ver. Ya desde el año anterior, durante la frustrada Expedición de Cayo Confites pensaba que sería la mejor táctica para derrocar a Trujillo en República Dominicana.

Así pasaron las primeras horas de la noche. Cada tanto anunciaban a los gritos: "¡Ya se viene el ataque!". A veces era una falsa alarma y otras veces pasaba algún tanque frente a la estación, pero no pasaba nada.

Llegada la medianoche, Fidel tenía hambre por no haber comido nada en muchas horas y además un gran cansancio por la agitación de todo el día. Así que se recostó en un camastro que había en la habitación donde se encontraba, a esperar el ataque y sabiendo que se trataba de una causa perdida, ya que las fuerzas sitiadas siempre son las que llevan las de perder, con un número limitado de fuerzas, capacidad mínima de movimiento y provisiones limitadas; mientras que las fuerzas ofensivas tienen capacidad de obtener refuerzos, libertad de movimiento y aprovisionamiento ilimitado.

Allí recostado, solo, sin dinero y sin conocidos cerca, Fidel Castro se puso a meditar y entró en un conflicto interno de pensamientos e ideas. Pensaba si estar allí era lo más correcto o no, si valía la pena tanto sacrificio, si le correspondía pelear tan lejos de su país y su gente. Se preguntaba qué estaría pensando su familia y de lo lejos que estarían de imaginarse que él se encontraba allí, confinado en una estación de policía sublevada en Colombia, esperando un ataque del Ejército. Incluso consideró la idea de abandonar todo, que era algo muy sencillo, tan solo debía ponerse de pie, entregarle el fusil y las 16 balas a cualquiera que lo quisiera, volver al hotel y dejar a un lado toda esa causa perdida. Aunque por el otro lado también reflexionó que el pueblo colombiano era al igual que el cubano víctima de la opresión y la represión, y un pueblo es un pueblo sin importar la nacionalidad. Fidel comenzó a persuadirse a sí mismo, tratando de convencerse que lo más correcto era quedarse. Hasta que de pronto, en medio de ese conflicto de ideas, esa cofusión que invadió sus pensamientos, determinó quedarse, a pesar de tratarse de una causa perdida.
 
Así pasó toda la noche y el Ejército no atacó. Al amanecer, algo más descansado, Fidel observó desde el patio del edificio que los puntos más elevados de colina donde se encontraba la estación servían de posiciones de ataque y que cualquier fuerza que los sitiara, desde allí arriba podría disparar fácilmente y dominar la estación. Entonces fue a hablar nuevamente con el jefe de la división y le comentó lo observado, le sugirió que esos puntos elevados deberían estar protegidos y que si le prestaban una tropa, él mismo se encargaría de defenderlas. El jefe accedió y le prestó entonces a Fidel una patrulla de aproximadamente ocho hombres para subir y defender esas posiciones elevadas que se encuentran entre la estación de policía y el cerro Monserrate.

Fidel Castro pasaría el 10 de abril de 1948 arriba en las colinas, junto a una patrulla de colombianos que él guiaría. Nadie reparó en que Fidel no fuera colombiano ni que no conociera la topografía del lugar.

Primero llegaron a las casas de la colina que estaban más cercanas a la estación y preguntaron si habían observado movimiento de tropas, pero los vecinos de la zona les informaron que no habían visto nada. Allí la gente los atendió de manera muy hospitalaria y les ofrecieron alimentos, café y vinos de buena calidad que habían conseguido el día anterior durante los saqueos en la ciudad.

Después siguieron explorando y preguntando a la gente de allí si habían visto algo extraño. Descansaron un rato y retomaron la exploración. Caminaron como un kilómetro bordeando desde arriba a la ciudad. En el trayecto se toparon con un hombre que estaba más arriba en el camino, que empujaba e intentaba poner en marcha un automóvil. Fidel pensó que podría tratarse de un espía y le dio el alto, pero el hombre no le hizo caso, arrancó el vehículo y dobló por el borde de la colina. Siguió un trecho, pero al parecer el hombre se puso nervioso, realizó una mala maniobra y chocó el automóvil. Inmediatamente Fidel corrió y escaló unos 15 metros de la colina para arrestarlo. Al llegar al borde de la colina se percató que el camino seguía recto unos 120 metros y que el hombre asustado salió corriendo barranca abajo. Fidel le dio el alto y lo apuntó con su fusil, pero el hombre siguió corriendo despavorido. Entonces se dio cuenta que no representaba peligro alguno. Luego, al pasar por la casa más cercana allí en la colina, Fidel les contó el incidente del misterioso hombre y preguntó si sabían algo sobre gente extraña merodeando la zona y ellos le respondieron que se trataba de alguien que estaba allí con prostitutas. Esta respuesta lo sorprendió a Fidel, ya que no podía creer que en medio de semejante situación en que la ciudad ardía, habían muertes y en que el caos y la destrucción reinaban, a alguien se le ocurriera salir a las afueras de la ciudad para hacer algo semejante.

Después preguntó a otros campesinos de la zona si habían visto alguna tropa por allí, pero las respuestas fueron negativas. Entonces se instalaron en una posición estratégica, ubicada a una altura intermedia entre el lugar del incidente del automóvil y un sitio con árboles, desde donde podían observar bien la ciudad, la estación de policía que protegían y cualquier movimiento cercano. Allí en esa colina bogotana, Fidel Castro tuvo la oportunidad de poner en práctica por primera vez en su vida la táctica de guerra de guerrillas que aplicaría años más tarde durante el movimiento revolucionario que organizaría en Cuba y que le daría el triunfo ante Batista.

Allí pasaron algunas horas, y hacia las 10 de la mañana fueron sobrevolados desde bien alto por unos aviones de guerra. Ellos se preguntaban a favor de quiénes estarían estas aeronaves, ya que Fidel Castro y los demás aún tenían la esperanza de que el Ejército estuviera a favor del levantamiento civil.

Alrededor de las 14:00 todo seguía muy tranquilo allí arriba y desde unos 600 o 700 metros Fidel Castro se puso a observar el edificio del Ministerio de Defensa por donde había pasado el día anterior algunas andanzas. Entonces, así de la nada, a pesar de contar con tan solo 16 balas, disparó cuatro tiros hacia el edificio del Ministerio de Defensa sin ninguna razón. No le apuntó a nada en particular, solamente al edificio. Esos fueron los únicos tiros que Fidel dispararía en esos días del Bogotazo.

Alrededor de las 17:00 escucharon algunos disparos y vieron a un grupo de cinco o seis militares acercándose, aunque no en esquema ordenado sino de forma desorganizada y con un oficial al frente que llevaba una ametralladora. Cuando ya estaban cerca, Fidel les preguntó qué ocurría y los militares le dijeron que el Ejército estaba atacando la estación y que ellos se retiraban y no querían estar ahí. Entonces Fidel se puso delante de ellos como intentando detenerlos y les preguntó por qué se retiraban, les pidió que regresaran y criticó su actitud. El oficial que iba al frente con la ametraladora, le apuntó de manera amenazante. A lo que Fidel les dijo: "Bueno, si desean irse, es responsabilidad de ustedes. Sigan". De esta manera, se salvó por poco de que lo mataran. Luego de eso, los militares siguieron caminando y ni siquiera intentaron quitarles las armas al grupo de Fidel. Ellos lo único que querían era seguir su camino sin que nadie se los impidiera.

Inmediatamente, Fidel Castro le ordenó a su patrulla volver a la estación de policía sublevada para defenderla. Mientras iban bajando y acercándose a la estación, se escuchaban disparos, así que caminaban con cierto cuidado. Ya en las calles cercanas a la estación notaron movimientos de patrullas, pero no había concretamente ningún combate en la estación. No obstante, estaban disparando desde una iglesia próxima. Un grupo de policías sublevados salió de la estación con la intención de ir a atacar a los que disparaban desde la iglesia. Fidel le dijo a su patrulla que había que ir a apoyar al grupo de policías en su ofensiva.

Comenzaron a avanzar algunas calles hacia donde habían ido los policías. Eran alrededor de las 18:00, cuando de repente se toparon con un niño de alrededor de 7 u 8 años gritando de forma desgarradora: "¡Han matado a mi papá! ¡han matado a mi papá!". Fidel conmovido trató de consolarlo y el niño le tomó la mano y lo llevó al interior de una vivienda humilde donde estaban velando a un hombre. Ese fue un momento muy fuerte que lo impactó profundamente y dejó una marca indeleble en él.

Al rato, retomó su camino hacia donde estaban los policías, pero al parecer los disparos provenientes desde la torre de la iglesia habían cesado. Los policías dijeron: "Ya se detuvieron, no hay resistencia, volvamos a la estación". Fidel se preguntaba si eran religiosos o simplemente reaccionarios los que estuvieron disparando desde la torre. Pero como se detuvieron, ya no tenía sentido atacarlos. Así que volvieron a la estación.

Ya por la noche en la estación, llegaron las noticias de una tregua entre los líderes liberales y los líderes conservadores para detener de una vez por todas tantas muertes y destrucción. Se pronunciaron algunos discursos y escucharon las noticias por la radio acerca del arreglo.

Esa noche, ante la situación de tregua, Fidel decidió dormir allí en la estación de policía. Logró conciliar el sueño después de toda la agitación vivida durante las pasadas dos jornadas.

A la mañana siguiente, se despertó con las noticias que transmitían por la radio, de que ya se había declarado la paz y que los sublevados debían devolver las armas y regresar a sus casas. Fidel entregó su arma, pero quería llevarse un recuerdo de todo lo que había pasado allí. Así que tomó un sable, pero el jefe de la división policial le dijo que debía dejarlo en su lugar y no podía llevárselo. Fidel se ofendió y sintió que ese fue un acto de ingratitud de su parte, ya que él consideraba que había arriesgado demasiado por esa estación. Igual así, se fue con las manos vacías.

Al rato apareció Rafael del Pino que estuvo buscándolo por todos lados y hasta lo creyó muerto por un momento. Se alegraron mucho de ver que estaban ambos bien, sanos y salvos. Fidel ya no llevaba puesta ni la boina, ni la chaqueta de hule, tampoco estaba armado. Partieron rumbo al Hotel Claridge alrededor de las 9:00 de la mañana. Mientras caminaban tranquilos por la ciudad, en medio de la destrucción que quedó de las dos jornadas anteriores, y con la paz declarada. Observaron que el Ejército aún estaba a la cacería de grupos aislados de francotiradores y revolucionarios que no querían entregarse.

A Fidel Castro no le agradó demasiado el trato que hicieron los liberales con los conservadores, ya que pensaba que el que llevaba todas las de perder era el pueblo.

Cuando llegaron al hotel, les dijeron: "¿Ustedes que están haciendo aquí? Los están buscando y andan diciendo que ustedes son los cubanos responsables de todo lo que ocurrió aquí". Al parecer, las autoridades pensaban que los estudiantes cubanos eran de alguna manera los responsables del levantamiento civil. Así que Fidel Castro y Rafael del Pino no se pudieron quedar allí. Ante la situación de inseguridad en la que se encontraban, decidieron ir a la hospedería donde estaban alojados Enrique Ovares y Alfredo Guevara.

Al llegar al albergue tocaron la puerta y los dejaron entrar. Los trataron de manera muy hospitalaria los dueños del lugar. Allí pasaron varias horas. Fidel les contó todo lo vivido a sus compañeros y luego preguntó cómo lo vivieron allí. El dueño de la hospedería que era de tendencia conservadora relató su visión de los hechos y comenzó a insultar a los liberales. Entonces Fidel no tuvo mejor idea que responderle de forma iracunda diciendo: "Eso no es cierto, no es justo lo que usted dice. Al pueblo le mataron su líder, por eso se sublevó". Indignado ante la respuesta confrontativa de Fidel Castro, el dueño de la pensión lo echó a la calle y Rafael del Pino como siempre lo siguió.

El problema era que ya eran las 17:40, ellos estaban en la calle y a las 18:00 comenzaba el toque de queda decretado por el gobierno. Además a ellos los estaban buscando. La ciudad estaba totalmente controlada por el Ejército. Habían soldados por todas partes. Así que debían guarecerse en algún lado lo antes posible.

No tenían dinero y les quedaban menos de veinte minutos para el toque de queda. Si estaban en la calle luego de dicho horario los arrestarían, y además su situación era más comprometida, ya que los estaban buscando. Así que decidieron ir al hotel donde estaban alojadas las delegaciones de estudiantes universitarios de distintos países. Al llegar al hotel preguntaron por el argentino Carlos Iglesias Mónica, que era uno de los miembros de la delegación argentina que colaboraba con los cubanos en la organización del congreso de estudiantes. Justo en ese momento, faltando cinco minutos para las 18:00, vieron que salía justo Iglesias en un automóvil diplomático argentino. Le hicieron señas al conductor y ni bien los vio Iglesias, el vehículo se detuvo y les dijo: "¡En qué lío se metieron! ¡en qué lío se metieron! ¡Entren!". Ni bien subieron al automóvil, Iglesias les dijo que los llevaría al Consulado de Cuba en Bogotá. Fidel no había pensado en la opción de ir a pedir protección ni al Consulado ni a la Embajada de Cuba, ya que era enemigo acérrimo del gobierno de Grau y no esperaba recibir ayuda por parte de ellos. Sin embargo, para sorpresa suya, sería muy bien recibido por el cónsul cubano y su esposa. Además, teniendo en cuenta la situación en la que se encontraba, cualquier cosa era mejor que ser arrestado por el Ejército Colombiano.

Ya estaba oscureciendo y habían pasado las 18:00. Así que el automóvil era detenido en cada esquina por el toque de queda que había dado comienzo. Aunque al ver que pertenecía a la Embajada Argentina lo dejaban pasar. Cuando llegaron al Consulado de Cuba, fueron muy bien recibidos. Ni bien llegaron les dijeron: "¡Ustedes son los cubanos que todos buscan!". Al parecer se había corrido el rumor de unos cubanos -Fidel Castro y Rafael del Pino- que anduvieron recorriendo la ciudad con fusiles en mano durante la revuelta y colaborando en la toma de estaciones de policía, por lo que erróneamente se los consideraba como los posibles responsables de toda la revuelta, cuando en realidad fue algo que surgió espontáneamente y casi al unísono por parte de la ciudadanía en respuesta a la muerte de Gaitán. Aunque horas despues de iniciada la insurrección popular, las razones se desviaron bastante y se convirtió en una ola de saqueos con fines poco idealistas.

El cónsul era un hombre de aproximadamente 65 años de edad y su apellido era Tabernilla. Era ni más ni menos que el hermano del militar batistiano Francisco Tabernilla Dolz, quien años después sería el jefe del Ejército Cubano en tiempos de la dictadura de Fulgencio Batista. El cónsul los trató de forma muy hospitalaria y este gesto Fidel Castro lo recordaría por siempre con mucho afecto. La esposa del cónsul Tabernilla, al verlos expresó: "Ustedes son los cubanos, nos alegramos de verlos bien". Allí tambien se encontraba el Embajador de Cuba en Estados Unidos de América, Guillermo Belt, quien encabezaba la delegación cubana en la IX Conferencia Panamericana. Entre otros, también estaba el reportero Eduardo "Guayo" Hernández. Además estaban presentes varios militares.

Fidel Castro y Rafael del Pino estaban sentados en una mesa contando sus aventuras en Bogotá a los presentes. Allí les dieron de comer y un lugar donde dormir.

Fidel y Rafael también les hablaron acerca de Enrique Ovares y Alfredo Guevara para que los fueran a buscar a la hospedería. Así que los trajeron al consulado en un automóvil diplomático de la embajada. A pesar de que hubo algunos tiros aislados durante la noche, Fidel pudo conciliar el sueño.

Al otro día -12 de abril- los llevaron a los cuatro jóvenes hasta el aeropuerto donde habían dos aviones cubanos, uno militar y otro civil de carga, perteneciente a la Empresa Aérea Interamericana S.A que había sido enviado a Colombia para ir a buscar unos toros para una corrida de toros que querían organizar en La Habana, a pesar que José Martí las repudiaba y que en 1899 una orden militar decretada por las fuerzas interventoras estadounidenses prohibió las corridas de toros en Cuba. Pero dadas las circunstancias y el conflicto interno por el que pasaba Colombia, nadie se ocuparía de los toros, así que se decidió que Fidel Castro, Rafael del Pino, Enrique Ovares y Alfredo Guevara viajarían en el avión de carga. El propio embajador cubano en Estados Unidos, Guillermo Belt, los acompañó hasta el automóvil.

La aeronave era un DC-4 que en su interior tenía incluso unos corrales para toros. Hicieron una escala en la ciudad colombiana de Barranquilla y de allí continuaron el viaje cruzando el Caribe. Finalmente, el 12 de abril de 1948 a las 23:35 aterrizaron en La Habana sanos y salvos. Así finalizaba la ajetreada aventura de 20 días de Fidel Castro en su primer viaje al exterior.

Según archivos desclasificados de la CIA, a partir de los incidentes ocurridos durante el Bogotazo, Fidel Castro entró en la mira de investigaciones de las policías de Estados Unidos y Colombia. En estos archivos se resalta: "La peligrosidad de un joven agitador peronista, nacido en Cuba". Paradójicamente, Fidel Castro, antes de ser catalogado como agitador comunista peligroso por la CIA, fue calificado de agitador peronista peligroso.

Fuentes de información:

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