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Fidel Castro en la expedición de Cayo Confites en 1947

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Fidel Castro en la expedición de Cayo Confites en 1947

 

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Fidel Castro (izquierda) en el buque Aurora, como miembro de la expedición de Cayo Confites en julio de 1947.

Al finalizar la cursada de segundo año de Derecho, en junio de 1947, Fidel Castro rindió los exámenes de algunas asignaturas. Por aquellos días, distintas organizaciones paramilitares estaban organizando una expedición a República Dominicana para derrocar al dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo. Fidel se entusiasmó con la idea, además él participaba en el Comité Pro Democracia Dominicana de los estudiantes de la Universidad de La Habana. Dejó los exámenes y se enroló en la expedición.

La expedición para derrocar a Trujillo había sido organizada conjuntamente por dominicanos y cubanos. Entre los principales organizadores cubanos de la expedición estaba Rolando Masferrer, líder del grupo de acción (agrupación guerrillera paramilitar urbana) conocido con el nombre de Movimiento Socialista Revolucionario (MSR) de tendencia grausista. Masferrer solía andar armado todo el tiempo y participaba en batallas callejeras contra otros grupos de acción como la Unión Insurreccional Revolucionaria (UIR) que se disputaban a balazos. En un principio, Masferrer era de ideología comunista, incluso participó en la Brigada Internacional que combatió en la Guerra Civil Española (1936-1939), en el bando de la República (contra Franco); aunque años más tarde se volvería batistiano y parte de su gobierno golpista (1952-1959) y de tendencia fascista.

Otros de los principales organizadores cubanos de la expedición incluían a Manolo Castro (líder de la Federación Estudiantil Universitaria hasta 1947, miembro del Movimiento Socialista Revolucionario y Secretario de Deportes de la República), Eufemio Fernández y Mario Salabarría (Comandante Jefe del Servicio de Investigaciones Extraordinarias de la Policía Nacional). Manolo Castro era un líder estudiantil desde hacía más de una década, ya que seguía matriculándose como estudiante a pesar de no estudiar, para poder seguir siendo electo dirigente universitario.

Este grupo de líderes no tenía acceso al ejército, pero logró controlar la policía y todos sus órganos represivos. Por su parte, el ejército seguía siendo leal a Fulgencio Batista (que en aquel período vivía en Estados Unidos) y poco cercano al gobierno del presidente Ramón Grau San Martín. Siempre se temía que podía tomar el poder en cualquier momento, aún así Grau lo mantuvo intacto. Eran pocos los oficiales del ejército leales al gobierno, entre ellos Genovevo Pérez Dámera a quien ascendieron rápidamente y lo nombraron jefe del Ejército. Genovevo Pérez estuvo involucrado tiempo después en varios casos de corrupción.

Los grupos que controlaban la Universidad, encotraron en la causa dominicana una herramienta para sus propios intereses políticos, ya que de triunfar les otorgaría un gran prestigio que les facilitaría su acceso al poder.

Gran parte del dinero para financiar la expedición se consiguió a través de José Manuel Alemán, quien había sido nombrado ministro de Educación por Grau y que tenía grandes aspiraciones a convertirse en su sucesor como Presidente de la República en 1948. Alemán estaba involucrado en muchos casos de corrupción y solía utilizar los fondos del Ministerio para intereses personales. Rolando Masferrer, Manolo Castro y Mario Salabarría crearon una alianza con Alemán que les daba su apoyo.

La expedición estaba organizada por exiliados dominicanos, Rolando Masferrer, Manolo Castro, Mario Salabarría e indirectamente el propio gobierno a través de José Manuel Alemán y su cartera de Educación. Entre los dominicanos que financiaron la expedición se encontraba el ex senador Juan Rodríguez. Pero la mayoría del dinero provino del Ministerio de Educación, es decir del gobierno cubano.

Fidel Castro era miembro del Comité Pro Democracia Dominicana, que no era más que una organización sin recursos ni fuerza. Era más bien una agrupación que simbólicamente expresaba el apoyo de los universitarios a la causa de democratización dominicana. No obstante, Fidel se lo tomaba muy en serio y al ver que con la expedición había una posibilidad de luchar contra Trujillo, se inscribió inmediatamente.

De acuerdo a declaraciones de Enrique Ovares -el entonces presidente de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU)-, Fidel antes de inscribirse fue a hablar con él para pedirle que lo ayudara a ingresar en la expedición, ya que se trataba de un hecho histórico y que no podía quedarse atrás porque tenía que ir a ofrendar su vida; pero como estaba vinculado a la UIR no lo dejaban entrar. También contó que Fidel le dijo que tenía miedo de que una vez allí en plena expedición aprovecharan para matarlo. Ovares fue a hablar con Manolo Castro y le contó la situación. Masferrer estaba presente y no quería que Fidel fuera, ya que según él se trataba de "un gángster que no era un patriota sino un descarado". Finalmente Manolo Castro aceptó y le dijo a Ovares que le comunicara a Fidel que podía ir y que le daba además su palabra de que nadie intentaría hacerle daño allí.

Así, en julio de 1947 tomó un autobús rumbo a la ciudad de Holguín (en el otro extremo del país), en la provincia de Oriente donde estaban reuniendo a los reclutas. Ni siquiera pasó por su casa en Birán a pesar de estar en la misma provincia. Del politécnico de Holguín, los voluntarios partieron a la ciudad de Antilla ubicada en la costa norte, sobre la bahía de Nipe. Allí los esperaban en dos embarcaciones, el buque Aurora y la goleta Berta, que transportarían a los hombres hasta Cayo Confites, un islote rocoso y con poca vegetación, ubicado al noroeste de Camagüey, a aproximadamente 12 kilómetros del archipiélago Sabana-Camagüey, cerca del Canal Viejo de Bahamas. Fidel viajó en el buque Aurora, como se muestra en la fotografía de arriba.

Paradójicamente, la expedición estaba liderada por personas que no querían a Fidel Castro, miembros y partidarios del gobierno de Grau. El primer batallón (Batallón Sandino) estaba encabezado por Rolando Masferrer. El segundo batallón (Batallón Guiteras) quedó en manos de Eufemio Fernández, también perteneciente al grupo defensor del gobierno. El tercer batallón (Batallón Máximo Gómez) estaba bajo el mando de Feliciano Maderne, casi una leyenda por aquel entonces. Maderne contaba con mucho prestigio, ya que en 1932 había liderado una expedición contra el presidente Gerardo Machado (Expedición de Girabao). Maderne era un hombre de izquierda que contaba con la admiración de Fidel, quien decidió enrolarse en su batallón, el tercero. También había un cuarto batallón -de morteros- (Batallón Luperón), encabezado por un ex militar hondureño, Jorge Rivas Monte, graduado de la escuela militar de Guatemala. Por lo tanto, habían tres batallones bajo el mando de cubanos y uno comandado por un ex militar hondureño.

El Batallón Sandino estaba en el extremo este de Cayo Confites, el Guiteras se encontraba en el centro y el Máximo Gómez hacia el oeste cerca del Batallón Luperón.

Allí, Fidel recibió algo de instrucción militar, aunque bastante elemental desde el punto de vista profesional. Se hacían ejercicios de infantería con morteros, se desplegaban las tropas y se realizaban prácticas con armas. Fidel fue ascendido a teniente y jefe de pelotón, y más adelante capitán y jefe de compañía porque el anterior capitán desertó.

La expedición estaba muy mal organizada, tanto en lo táctico, como en el personal, así como en su difusión, ya que el reclutamiento fue totalmente público. Todo el mundo sabía acerca de la expedición que se estaba preparando para invadir República Dominicana desde Cuba. Incluso Trujillo se enteró el 22 de julio de 1947 y amenazó con que desde el primer invasor que pisara suelo dominicano, comenzaría a bombardear a La Habana. Además, gran parte de los enrolados no estaban allí con fines ideológicos sino porque estaban desempleados o no tenían para comer. No sabían nada de política ni tenían entrenamiento militar. Salvando casos como el de Rivas y Maderne, la mayoría no estaban preparados para semejante operación.

Otra figura importante entre los dominicanos exiliados que participaron en la organización de la expedición democratizadora de República Dominicana, se encontraba el escritor Juan Bosch.

Las condiciones en que se encontraban los hombres reclutados y confinados durante aproximadamente dos meses en Cayo Confites eran desastrosas. Dormían en chabolas de paja que cuando llovía se inundaban. La comida era de muy mala calidad y no había agua, era llevada en bidones de petróleo, por lo que tenía sabor a combustible. El islote casi no contaba con vegetación y era muy rocoso.

Para empeorar las cosas, hubo algunos conflictos entre soldados e incluso una vez surgió un altercado entre Rolando Masferrer y Eufemio Fernández que casi produjo un combate interno entre sus batallones. En ese momento, Fidel habló con Jorge Rivas, jefe del batallón de morteros, para convencerlo de que si llegaba a haber algún enfrentamiento entre los batallones de Masferrer y Fernández, y ellos tuvieran que participar de alguna forma u otra, lo apoyaran al segundo, ya que Masferrer le parecía una persona despótica y cruel. Era de esperar que Fidel Castro aprovechara la situación e hiciera tal gestión, ya que no se llevaba bien con Masferrer y sus aliados. Afortunadamente, el problema se solucionó y no llegaron a combatir entre ellos.

Durante el período en que Fidel Castro estuvo en Cayo Confites esperando para partir hacia República Dominicana, fueron llegando más hombres. Entre ellos, un grupo de dominicanos que incluía al escritor Juan Bosch, con quien Fidel Castro forjó una gran relación, dado que le gustaba su conversación y su forma de expresarse, aunque en aquel entonces él no sabía aún que se trataba de un destacado escritor e historiador, simplemente le conmovía su sensibilidad. Bosch no tenía ninguna ventaja por sobre los demás y vivía en las mismas condiciones que el resto de los hombres. Bosch y Fidel acostumbraban caminar e irse hacia un extremo de la isla a conversar. Desde entonces surgió una amistad entre ellos.

A Fidel Castro le tocó pasar su cumpleaños número 21 allí en Cayo Confites, el 13 de agosto de 1947.

Todos estaban ansiosos a que llegaran los dirigentes de la operación para que de una vez por todas la iniciaran y zarparan hacia República Dominicana. Sin embargo, pasaban las semanas y nada sucedía. Cada barco que pasaba a lo lejos aumentaba la ansiedad. En una ocasión, llegó en la embarcación Maceo, Juan Rodríguez, un ex senador dominicano que estaba entre los organizadores de la expedición y que se había puesto él mismo el título de general.

Al comenzar septiembre, la expedición contaba con alrededor de 1200 hombres, 4 barcos e incluso se habían conseguido 13 aviones con cierta cooperación de miembros del ejército estadounidense. Estos aviones cada tanto pasaban haciendo vuelos rasantes para elevar la moral de los hombres establecidos en el Cayo Confites.

En una oportunidad a Fidel Castro le tocó cumplir junto a un grupo de hombres una misión en la que viajaron en una torpedera al Puerto de Nuevitas y de allí a Camagüey, donde permanecieron un día y luego regresaron a Cayo Confites. Cuando en el retorno se iban acercando al cayo, Ramón Emilio Mejía del Castillo (un marino dominicano cuyo apodo era Pichirilo y que años después participaría en el movimiento revolucionario que Fidel realizaría en Cuba), divisó a lo lejos una goleta perteneciente a Trujillo, se trataba de la goleta Angelita.

Ni bien llegaron al cayo, dieron la alarma de que la goleta Angelita de Trujillo estaba cruzando por allí en sentido de este a oeste, como si proviniera de Santo Domingo. Inmediatamente se reunieron los jefes de la operación y se formó una tropa con voluntarios para atacar la goleta de Trujillo y capturarla. Fidel Castro estaba entre los voluntarios, tomó su fusil y se embarcó junto a otros 20 a 30 hombres en el buque que ellos llamaban El Fantasma, y que era más veloz que la embarcación Maceo. Designaron al frente del grupo de voluntarios a Rolando Masferrer.

Persiguieron a la goleta Angelita por alrededor de tres horas, y cuando ya estaban casi pegados a ella, saltaron desde la proa del Fantasma a la cubierta del Angelita y al abordarla le dieron el alto. Había un hombre en la cubierta al que se le ordenó que no se moviera, pero salió corriendo a pesar de la orden de alto. Fidel era el que más cerca lo tenía, pero no le disparó; lo siguió, entró en la cabina e hizo prisioneros a los tripulantes. Ahí se dio cuenta que ninguno de ellos estaba armado. Simplemente era una goleta de Trujillo porque todo en República Dominicana le pertenecía, pero no navegaba con fines bélicos, simplemente pasaba por allí porque se dirigía a Estados Unidos para buscar mercancías.

Hicieron prisionera a la tripulación, capturaron al barco como trofeo y lo sumaron a la expedición. Fidel volvió a Cayo Confites en el Angelita. Según testimonios del propio Fidel Castro, Masferrer y algunos de sus hombres maltrataron a los tripulantes del barco, los culpaban de espías y amenazaban con que serían fusilados si no hablaban.

Al llegar con la goleta a Cayo Confites, unos mil hombres estaban expectantes esperando en la playa para conocer en qué terminó la gran aventura. Finalmente, el único logro de la expedición sería capturarle una embarcación a Trujillo, que encima solamente era utilizada para transportar mercancías. Si Trujillo hubiese querido espiarlos podría haber enviado tranquilamente aviones, ya que todos -incluido él- sabían de la ubicación del campamento, porque los que organizaron esta misión la habían hecho pública desde un principio.

Los tripulantes prisioneros de la goleta Angelita eran siete u ocho y terminaron uniéndose a la expedición como voluntarios.

Un día, vino al cayo Manolo Castro y todos estaban muy ansiosos ya que pensaban que vendría a anunciar el tan esperado inicio de la expedición a República Dominicana. Cuando llegó saludó y abrazó muy amistosamente a Fidel, a pesar de ser adversarios y de haber tenido fuertes conflictos hasta unos meses antes. Era como si las diferencias políticas internas entre ellos, en ese momento tomaron un segundo plano ante la empresa de derrocar a Trujillo y devolver la democracia a República Dominicana. Manolo Castro estuvo allí unas horas y luego se retiró. La estadía de los reclutados en Cayo Confites se prolongaría un tiempo más.

Todo siguió igual hasta el 15 de septiembre de 1947, cuando a través de la radio se enteraron de una terrible balacera de varias horas ocurrida delante de una casa de la zona de Orfila en La Habana, entre Emilio Tro, líder de la UIR -que se encontraba dentro de la casa del comandante Morín Dopico- contra la policía controlada por Mario Salabarría. Horas después, el jefe del ejército, Genovevo Pérez Dámera, que se encontraba en Washington, ordenó que se enviaran tropas de soldados para poner fin al enfrentamiento. Los sitiados no aceptaban rendirse a sus enemigos, pero sí al Ejército. Llegaron a un acuerdo y se entregaron. Pero al salir los sitiados de la casa, Salabarría y sus hombres no respetaron el acuerdo entre Emilio Tro y el Ejército. La esposa embarazada de Morín Dopico, Aurora Soler fue ametrallada de muerte junto a Emilio Tro y otras personas. Los balazos fueron disparados por José Fallat y según algunos testigos, también por Mario Salabarría, León Lemus y otros de sus hombres. El hecho pasó a ser conocido como la masacre de Orfila. Un camarógrafo del Noticiero Nacional, llamado Guayo captó el momento en que José Fallat disparaba contra Aurora Soler y Emilio Tro. Cuando las imágenes aparecieron en el noticiero que se proyectaba en el cine, se generó un gran escándalo nacional.

Como consecuencia, la oposición criticó fuertemente al gobierno de Grau. El Ejército, bajo las órdenes de Genovevo Pérez amenazaba con tomar el control del gobierno. En ese contexto, arrestaron a Salabarría, a Lemus y a otros hombres vinculados al MSR.

Como Rolando Masferrer, que se encontraba en Cayo Confites, era el líder del MSR, temió de que el Ejército lo estuviera buscando para arrestarlo. El Ejército, además no veía con muy buenos ojos que sus rivales estuvieran involucrados en la expedición de Cayo Confites, ya que podría volverse en su contra. No les gustaba la idea de que civiles contaran con tantas armas, barcos y aviones. Además, tras la masacre de Orfila, el Ejército se presentaba como garante del orden ante un gobierno muy desprestigiado y contaba con buena parte del apoyo de la ciudadanía. Así que nada que estuviera vinculado con grupos de acción era bien visto, y la expedición para derrocar a Trujillo en República Dominicana era una de esas cosas.

Ante tal situación, en la que el Ejército quería desbaratar la expedición, tanto los jefes dominicanos como cubanos de la expedición decidieron iniciarla inmediatamente ya que de lo contrario correría peligro su ejecución.

Masferrer embarcó a su batallón en el mejor barco con que contaban, El Fantasma. Normalmente cabrían unos 200 hombres, pero abordaron aproximadamente 500, ya que parte del batallón comandado por Eufemio Fernández también se embarcó en dicho barco, aunque Fernández no estaba allí porque había ido a cumplir un misión fuera del cayo. Fidel Castro y el batallón al que pertenecía, abordaron en el Maceo, que era más lento y tenía algunos problemas en las máquinas. En el Maceo también viajaba Juan Rodríguez. En total, eran cuatro embarcaciones, incluyendo la goleta Angelita que habían capturado tiempo atrás.

Fidel Castro tenía bajo su mando una compañía del batallón en el que participaba. Él viajaba en la proa del barco.

Al principio, la expedición comenzó de manera confusa. Se tomó rumbo hacia el oeste, en lugar de ir hacia el este como corresponde para ir a República Dominicana. Al parecer, se decía que se tomó esa dirección para ir a buscar a Eufemio Fernández y otros hombres. Sin embargo, al llegar a un cayo ubicado al norte de la provincia de Villa Clara, decidieron retomar el rumbo este. Al llegar a otro cayo, casi en el extremo noreste de Cuba, y antes de cruzar hacia Haití (por donde habían decidido entrar a República Dominicana), Masferrer les ofreció a aquellos que quisieran abandonar la expedición, la posibilidad de quedarse allí. Aproximadamente 300 hombres decidieron quedarse en aquel cayo. Cuando los hombres dejaron sus armas y bajaron del barco, Masferrer bajó junto a un grupo de hombres para arengarlos y tratar de convencerlos de que desistieran y volvieran a la expedición, pero los aproximadamente 300 desertores no le hicieron caso y optaron por quedarse. Masferrer los insultó y volvió a subir al barco para continuar el viaje hacia el este.

El barco en el que iba Fidel Castro, el Maceo, era más lento, por lo tanto siempre iba detrás de El Fantasma, en donde viajaba Masferrer y su batallón. Las condiciones eran totalmente adversas para la expedición, ya que muchos de los hombres habían desertado, ya no contaban con el apoyo del gobierno cubano (puesto que el propio gobierno debía cuidarse de no ser derrocado en un golpe de estado), el Ejército quería detener a toda costa la operación. El gobierno de Estados Unidos, a través de su embajador en Cuba, ordenó a los pilotos voluntarios estadounidenses a que abandonen la expedición, y Trujillo estaba a la espera para contraatacar. Por lo tanto, la estrategia era, en lugar de ir directo a Santo Domingo, cruzar el Paso de los Vientos que separa a Cuba de la isla de Hispaniola (nombre de la isla compartida por Haití y República Dominicana), desembarcar en Haití y seguir por tierra hasta Santo Domingo, capital de República Dominicana.

Rolando Masferrer era quien lideraba en ese momento toda la expedición y llevaba la delantera, puesto que el barco en el que viajaba era más veloz. Durante el trayecto, Masferrer decidió entrar con su barco a la bahía de Nipe, pero allí el Ejército los obligó a dirigirse hacia el puerto de Antilla y desembarcar para luego ser arrestados.

El barco de Fidel, el Maceo, al igual que los otros barcos que quedaban en la expedición, pasaron por la bahía de Nipe y continuaron su viaje sin recibir noticias de Masferrer. Cuando llegaron cerca de la ciudad de Moa, casi en el extremo oriental de Cuba, ellos pensaban que lograrían finalmente su gran proeza de cruzar a Haití para dirigirse de allí a Santo Domingo. Sin embargo, recibieron un mensaje de Masferrer -quien ya estaba arrestado- diciendo: "Espérenme frente a Moa, haré contacto con ustedes". Se trataba de una trampa. Masferrer traicionó a la expedición.

El barco en el que viajaba Fidel Castro se dirigía hacia el Paso de los Vientos. A las 11:00 de la mañana, cuando pasaban cerca de donde supuestamente los esperaba Masferrer, divisaron una fragata cubana de la Marina de Guerra que les empezó a hacer señales de luces y a decir "Vuelvan atrás, hacia el puerto de Nipe" (es decir que den la media vuelta y regresen hacia Nipe). La fragata tenía los cañones desplegados y estaba lista para disparar. Entonces dieron la media vuelta y comenzaron a regresar hacia Nipe mientras eran seguidos por la fragata que se había colocado algunas millas detrás de ellos para vigilarlos.

Fidel se percató que todo estaba perdido y que lo único que les quedaba era salvar las armas y trasladarlas en una balsa para que el Ejército no se las quitara y de paso evitar ser arrestados ellos mismos. Sugirió la idea y propuso llevarlas en una balsa hasta la costa y desde allí adentrarse en las montañas de la provincia de Oriente con el objetivo de continuar con la expedición más adelante. Sin embargo, los jerarcas de su batallón y el Estado Mayor que iba en el mismo barco le contestaron que no, que era mejor dejarse atrapar ya que todo se solucionaría. Entre los que se negaron estaban también Feliciano Maderne y Juan Rodríguez.

En ese momento, Fidel habló con algunos hombres de su compañía y los convenció de salvar las armas y no dejarse capturar. Así que tomó su ametralladora la viró de la proa hacia el puente del barco, mientras lo que lo acompañaban apuntaban con armas automáticas hacia la misma dirección. Así se declararon en rebeldía y que no estaban dispuestos a ser capturados. Los jefes que se encontraban en el barco (el Estado Mayor) aceptaron la insubordinación sin hacer nada. Fidel y los hombres que lo acompañaban empezaron a preparar una balsa pequeña para llevar una cierta cantidad de armas en ella. Entre los que lo apoyaron en el plan de escape se encontraba Ramón Emilio Mejía del Castillo (Pichirilo) que era un experto marino.

Pero tenían un problema, la fragata estaba siguiéndolos de muy cerca y podrían verlos escapar en la balsa. Así que al entrar a la bahía de Nipe, tuvieron la idea de comunicarles a los de la fragata de la Marina Cubana, que no conocían la entrada al puerto y que podrían encallar, y les pidieron si podían guiarlos ellos. La fragata aceptó y les dijo que se pondrían delante de ellos para guiarlos.

Cuando estaban ya dentro de la bahía y estaba oscureciendo, tiraron la balsa al agua mientras se mantenía amarrada al barco por una soga. A Fidel lo acompañaron cuatro hombres. Se montaron a la balsa y cada uno llevaba una ametralladora. El barco seguía moviéndose y la balsa estaba atada al mismo por lo que había un gran riesgo de ser atrapados por la propela de la nave. Por el peso, la balsa se estaba hundiendo, así que Fidel colocó las piernas para que hicieran de proa. Se suponía que debía cortar la soga con la ametralladora. En aquel momento, Maderne se asomó y Fidel le gritó: "¡Quédese con la ametralladora!" y se la dio. Luego le gritó a otro hombre que corte la soga. Así una vez cortada, quedaron flotando en la balsa, pero como las armas generaban mucho peso, las sostenían pero fuera de la balsa.

Ya casi había anochecido y a lo lejos se veían algunos barcos de guerra. En ese momento vieron que se acercaba una lancha. Fidel y los otros les apuntaron con las ametralladoras y les gritaron que se acerquen y que los arrastren hasta la orilla. Les tiraron una soga, pero como estaba mojada no lograban ser arrastrados. Así que Fidel les ordenó que se acercaran para abordar la lancha y que los lleven hasta la orilla. Los hombres de la lancha les dijeron que había una gran cantidad de soldados y marinos en la orilla, que los podrían matar a todos. Además, habían reflectores que alumbraban en la oscuridad y podían ser vistos. Fidel les dio su palabra de que si los descubrían se tirarían al agua inmediatamente.

Cuando la lancha se encontraba a unos 200 metros de la orilla y los reflectores no paraban de alumbrar hacia un lado y el otro, para evitar ser vistos, Fidel les dijo a sus acompañantes que lo mejor era tirarse al agua y nadar hasta la orilla. Se tiraron al agua, con ropa y zapatos, y cargando las ametralladoras nadaron hacia la orilla. Dos de los hombres llevaban una ametralladora cada uno, el otro no llevaba ninguna y Fidel cargaba dos. Pero el peso de las dos ametralladoras hundía a Fidel, por lo que tuvo que soltar a una de ellas y seguir nadando con una sola. Según se contaba, las aguas de la bahía de Nipe estaban infestadas de tiburones. Así que tuvieron que nadar en esas aguas con el peligro de recibir disparos de arriba o encontrarse con tiburones abajo. Con toda la adrenalina que eso generaba, llegaron nadando a salvo hasta la orilla y no recibieron ni disparos ni se encontraron con tiburones en el camino.

Cuando tocaron tierra, estaban en Cayo Saetía, casi frente a la ciudad de Nicaro (aunque en ese momento aún no conocían bien su propia ubicación). La idea de ellos era dirigirse hacia el este, ya que pensaban que así dejarían atrás a los soldados. Atravesaron las colinas entre la maleza para no ser vistos. Uno de los hombres que acompañaban a Fidel dijo que era de la zona y que estaban yendo por el camino equivocado, que conocía bien el lugar y los podría guiar. Fidel lo dejó guiar, pero luego media hora de caminata y darse cuenta que seguían en el mismo lugar caminando en círculos, Fidel decidió retomar la guía del grupo. En realidad el hombre había mentido y no conocía la zona. En un momento, un grupo de soldados pasó tan cerca de ellos que incluso los escucharon conversar. Caminaron por potreros, senderos, saltaron cercas, siempre procurando dirigirse hacia las montañas del Este.

Ni bien caminaron 500 metros, el mismo hombre que los guió incorrectamente, dijo que estaba cansado y que no podía seguir caminando, que se quedaba allí. Fidel enfadado, temiendo que si lo dejaba solo y los soldados atrapaban a este hombre, los delataría inmediatamente, así que aceptó hacer un alto allí y recostarse debajo de un árbol. A todo esto, aunque ellos aún no lo sabían, los hombres del Estado Mayor de la expedición que viajaban en el Maceo, al llegar y ser atrapados por los soldados, dijeron que cuatro hombres habían saltado al agua y que no se responsabilizaban por lo que les hubiera pasado, así que Fidel y sus acompañantes ya habían sido delatados, por lo que se conocía su desaparición.

Alrededor de media hora más tarde, entre los mosquitos, la perturbadora quietud de la noche, la luz de la Luna y el peligro de ser atrapados por algún grupo de soldados que circulaban por la zona, Fidel perdió la paciencia, fue hasta donde se encontraba el compañero que los retrasó, primero guiándolos mal y ahora con su cansancio, le quitó la ametralladora, dejándolo desarmado y le dijo que si quería que se quedara allí, que ellos se irían y seguirían su camino. Cuando le quitó el arma y vio que se iban, y que además se quedaría solo, el compañero problemático dijo: "¡No, yo voy con ustedes!".

Siguieron caminando hacia el Este. Ya bien entrada la noche, se encontraron con otra bahía (se trataba de la bahía de Nicaro), no entendían cómo caminado hacia el Este se volvieron a encontrar con el mar. A lo lejos, se veían las luces de una fábrica de níquel que habían construido los estadounidenses. Cambiaron rumbo hacia el sudeste y luego de una caminata encontraron una casa, la revisaron y resultó ser una escuela. Después se encontraron con un canal que separaba al Cayo Saetía del resto de Cuba. Se ocultaron un rato y cuando vieron a un campesino lo convencieron de que los cruzara en un bote. Resultó que este campesino que les proveyó su ayuda era además el farero de Cayo Saetía, y conocido del padre de Fidel, Ángel Castro. Su nombre era Rafael Guzmán y su apodo era Lalo.

Después de caminar un largo trecho, al amanecer llegaron a tierras de la United Fruit Company. Fidel les dijo a sus compañeros que no llevaran ningún arma por si los registraban soldados. Así que escondieron las armas en una alcantarilla. Contaban con algo de dinero y compraron en una tienda ropa y algo para comer. A continuación, caminaron varios kilómetros, vestidos de trabajadores y más tarde un camión los alcanzó hasta la ciudad de Mayarí, en la provincia de Oriente.

Fidel mandó a buscar las armas a uno de los hombres del grupo con un chofer conocido suyo de la zona. Sin embargo, este hombre no pudo cumplir la misión porque le dio miedo pasar por el pueblo. Mientras tanto, cuando el Ejército se dio cuenta que el chofer tuvo contacto con los prófugos, tras ser presionado les entregó las armas. Por lo tanto, el trofeo de la expedición se había perdido. En realidad casi, ya que cuando Fidel les dijo a sus acompañantes que se desarmaran, el irresponsable del grupo que ya les había traído problemas anteriormente al guiarlos mal y luego querer descansar, cometió una imprudencia más y se quedó con una pistola.

Finalmente, llegaron hasta la casa de Fidel en Birán. De allí, sus acompañantes se fueron a sus respectivas ciudades. Fidel Castro se refugió en su casa de Birán dos días. Así terminó para él la expedición que planeaba derrocar a Rafael Trujillo; en Birán.

Fuentes de información:

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