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Hamlet de William Shakespeare en español - Parte 2


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Hamlet Tercer Acto

Escena I

CLAUDIO, GERTRUDIS, POLONIO, OFELIA, RICARDO, GUILLERMO

Galería de Palacio.


Claudio
¿Y no os fue posible indagar en la conversación que con él tuvisteis, de qué nace aquel desorden de espíritu que tan cruelmente altera su quietud, con turbulenta y peligrosa demencia?
Ricardo
Él mismo reconoce los extravíos de su razón; pero no ha querido manifestarnos el origen de ellos.
Guillermo
Ni le hallamos en disposición de ser examinado, porque siempre huye de la cuestión, con un rasgo de locura, cuando ve que le conducimos al punto de descubrir la verdad.
Gertrudis
¿Fuisteis bien recibidos de él?
Ricardo
Con mucha cortesía.
Guillermo
Pero se le conocía una cierta sujeción.
Ricardo
Preguntó poco; pero respondía a todo con prontitud.
Gertrudis
¿Le habéis convidado para alguna diversión?
Ricardo
Sí señora, porque casualmente habíamos encontrado una compañía de cómicos en el camino; se lo dijimos, y mostró complacencia al oírlo. Están ya en la corte, y creo que tienen orden de representarle esta noche una pieza.
Polonio
Así es la verdad, y me ha encargado de suplicar a Vuestras Majestades que asistan a verla y oírla.
Claudio
Con mucho gusto; me complace en extremo saber que tiene tal inclinación. Vosotros, señores, excitadle a ella, y aplaudid su propensión a este género de placeres.
Ricardo
Así lo haremos.



Escena II

CLAUDIO, GERTRUDIS, POLONIO, OFELIA


Claudio
Tú, mi amada Gertrudis, deberás también retirarte, porque hemos dispuesto que Hamlet al venir aquí, como si fuera casualidad, encuentre a Ofelia. Su padre y yo, testigos los más aptos para el fin, nos colocaremos donde veamos sin ser vistos. Así podremos juzgar de lo que entre ambos pase, y en las acciones y palabras del Príncipe conoceremos si es pasión de amor el mal de que adolece.
Gertrudis
Voy a obedeceros, y por mi parte, Ofelia, ¡oh, cuánto desearía que tu rara hermosura fuese el dichoso origen de la demencia de Hamlet! Entonces yo debería esperar que tus prendas amables pudieran para vuestra mutua felicidad restituirle su salud perdida.
Ofelia
Yo, señora, también quisiera que fuese así.



Escena III

CLAUDIO, POLONIO, OFELIA


Polonio
Paséate por aquí, Ofelia. Si Vuestra Majestad gusta, podemos ya ocultarnos. Haz que lees en este libro; esta ocupación disculpará la soledad del sitio... ¡Materia es, por cierto, en que tenemos mucho de que acusarnos! ¡Cuántas veces con el semblante de la devoción y la apariencia de acciones piadosas, engañamos al diablo mismo!
Claudio
Demasiado cierto es... ¡Qué cruelmente ha herido esa reflexión mi conciencia! El rostro de la meretriz, hermoseada con el arte, no es más feo despojado de los afeites, que lo es mi delito disimulado en palabras traidoras. ¡Oh! ¡Qué pesada carga me oprime!
Polonio
Ya le siento llegar; señor, conviene retirarnos.



Escena IV

HAMLET, OFELIA


Hamlet
Ser o no ser, ésa es la cuestión. ¿Cuál es más digna acción del ánimo, sufrir los tiros penetrantes de la fortuna injusta, u oponer los brazos a este torrente de calamidades, y darlas fin con atrevida resistencia? Morir es dormir. ¿No más? ¿Y por un sueño, diremos, las aflicciones se acabaron y los dolores sin número, patrimonio de nuestra débil naturaleza?... Este es un término que deberíamos solicitar con ansia. Morir es dormir... y tal vez soñar. Sí, y ved aquí el grande obstáculo, porque el considerar que sueños podrán ocurrir en el silencio del sepulcro, cuando hayamos abandonado este despojo mortal, es razón harto poderosa para detenernos. Esta es la consideración que hace nuestra infelicidad tan larga. ¿Quién, si esto no fuese, aguantaría la lentitud de los tribunales, la insolencia de los empleados, las tropelías que recibe pacífico el mérito de los hombres más indignos, las angustias de un mal pagado amor, las injurias y quebrantos de la edad, la violencia de los tiranos, el desprecio de los soberbios? Cuando el que esto sufre, pudiera procurar su quietud con sólo un puñal. ¿Quién podría tolerar tanta opresión, sudando, gimiendo bajo el peso de una vida molesta si no fuese que el temor de que existe alguna cosa más allá de la Muerte (aquel país desconocido de cuyos límites ningún caminante torna) nos embaraza en dudas y nos hace sufrir los males que nos cercan; antes que ir a buscar otros de que no tenemos seguro conocimiento? Esta previsión nos hace a todos cobardes, así la natural tintura del valor se debilita con los barnices pálidos de la prudencia, las empresas de mayor importancia por esta sola consideración mudan camino, no se ejecutan y se reducen a designios vanos. Pero... ¡la hermosa Ofelia! Graciosa niña, espero que mis defectos no serán olvidados en tus oraciones.
Ofelia
¿Cómo os habéis sentido, señor, en todos estos días?
Hamlet
Muchas gracias. Bien.
Ofelia
Conservo en mi poder algunas expresiones vuestras, que deseo restituiros mucho tiempo ha, y os pido que ahora las toméis.
Hamlet
No, yo nunca te di nada.
Ofelia
Bien sabéis, señor, que os digo verdad. Y con ellas me disteis palabras, de tan suave aliento compuestas que aumentaron con extremo su valor, pero ya disipado aquel perfume, recibidlas, que un alma generosa considera como viles los más opulentos dones, si llega a entibiarse el afecto de quien los dio. Vedlos aquí.
Hamlet
¡Oh! ¡Oh! ¿Eres honesta?
Ofelia
Señor...
Hamlet
¿Eres hermosa?
Ofelia
¿Qué pretendéis decir con eso?
Hamlet
Que si eres honesta y hermosa, no debes consentir que tu honestidad trate con tu belleza.
Ofelia
¿Puede, acaso, tener la hermosura mejor compañera que la honestidad?
Hamlet
Sin duda ninguna. El poder de la hermosura convertirá a la honestidad en una alcahueta, antes que la honestidad logre dar a la hermosura su semejanza. En otro tiempo se tenía esto por una paradoja; pero en la edad presente es cosa probada... Yo te quería antes, Ofelia.
Ofelia
Así me lo dabais a entender.
Hamlet
Y tú no debieras haberme creído, porque nunca puede la virtud ingerirse tan perfectamente en nuestro endurecido tronco, que nos quite aquel resquemor original... Yo no te he querido nunca.
Ofelia
Muy engañada estuve.
Hamlet
Mira, vete a un convento, ¿para qué te has de exponer a ser madre de hijos pecadores? Yo soy medianamente bueno; pero al considerar algunas cosas de que puedo acusarme, sería mejor que mi madre no me hubiese parido. Yo soy muy soberbio, vengativo, ambicioso; con más pecados sobre mi cabeza que pensamientos para explicarlos, fantasía para darles forma, ni tiempo para llevarlos a ejecución. ¿A qué fin los miserables como yo han de existir arrastrados entre el cielo y la tierra? Todos somos insignes malvados; no creas a ninguno de nosotros, vete, vete a un convento... ¿En dónde está tu padre?
Ofelia
En casa está, señor.
Hamlet
Sí, pues que cierren bien todas las puertas, para que si quiere hacer locuras, las haga dentro de su casa. Adiós.
Ofelia
¡Oh! ¡Mi buen Dios! Favorecedle.
Hamlet
Si te casas quiero darte esta maldición en dote. Aunque seas un hielo en la castidad, aunque seas tan pura como la nieve; no podrás librarte de la calumnia. Vete a un convento. Adiós. Pero... escucha: si tienes necesidad de casarte, cásate con un tonto, porque los hombres avisados saben muy bien que vosotras los convertís en fieras... Al convento y pronto. Adiós.
Ofelia
¡El Cielo, con su poder, le alivie!
Hamlet
He oído hablar mucho de vuestros afeites y embelecos. La naturaleza os dio una cara y vosotras os hacéis otra distinta. Con esos brinquillos, ese pasito corto, ese hablar aniñado, pasáis por inocentes y convertís en gracia vuestros defectos mismos. Pero, no hablemos más de esta materia, que me ha hecho perder la razón... Digo sólo que de hoy en adelante no habrá más casamientos; los que ya están casados (exceptuando uno) permanecerán así; los otros se quedarán solteros... Vete al convento, vete.

Escena V

OFELIA sola


Ofelia
¡Oh! ¡Qué trastorno ha padecido esa alma generosa! La penetración del cortesano, la lengua del sabio, la espada del guerrero, la esperanza y delicias del estado, el espejo de la cultura, el modelo de la gentileza, que estudian los más advertidos: todo, todo se ha aniquilado. Y yo, la más desconsolada e infeliz de las mujeres, que gusté algún día la miel de sus promesas suaves, veo ahora aquel noble y sublime entendimiento desacordado, como la campana sonora que se hiende. Aquella incomparable presencia, aquel semblante de florida juventud alterado con el frenesí. ¡Oh! ¡Cuánta, cuánta es mi desdicha, de haber visto lo que vi, para ver ahora lo que veo!



Escena VI

CLAUDIO, POLONIO, OFELIA


Claudio
¡Amor! ¡Qué! No van por ese camino sus afectos, ni en lo que ha dicho; aunque algo falto de orden, hay nada que parezca locura. Alguna idea tiene en el ánimo que cubre y fomenta su melancolía, y recelo que ha de ser un mal el fruto que produzca; a fin de prevenirlo, he resuelto que salga prontamente para Inglaterra, a pedir en mi nombre los atrasados tributos. Acaso el mar y los países diferentes podrán con la variedad de objetos alejar esta pasión que le ocupa, sea la que fuere, sobre la cual su imaginación sin cesar golpea. ¿Qué te parece?
Polonio
Que así es lo mejor. Pero yo creo, no obstante, que el origen y principio de su aflicción provengan de un amor mal correspondido. Tú, Ofelia, no hay para qué nos cuentes lo que te ha dicho el Príncipe, que todo lo hemos oído.



Escena VII

CLAUDIO, POLONIO


Polonio
Haced lo que os parezca, señor; pero si lo juzgáis a propósito, sería bien que la Reina retirada a solas con él, luego que se acabe el espectáculo, le inste a que la manifieste sus penas, hablándole con entera libertad. Yo, si lo permitís, me pondré en paraje de donde pueda oír toda la conversación. Si no logra su madre descubrir este arcano, enviadle a Inglaterra, o desterradle a donde vuestra prudencia os dicte.
Claudio
Así se hará. La locura de los poderosos debe ser examinada con escrupulosa atención.



Escena VIII

HAMLET y dos cómicos

Salón del Palacio.


Hamlet
Dirás este pasaje en la forma que te le he declamado yo: con soltura de lengua, no con voz desentonada, como lo hacen muchos de nuestros cómicos; más valdría entonces dar mis versos al pregonero para que los dijese. Ni manotees así, acuchillando el aire: moderación en todo; puesto que aun en el torrente, la tempestad, y por mejor decir, el huracán de las pasiones, se debe conservar aquella templanza que hace suave y elegante la expresión. A mí me desazona en extremo ver a un hombre, muy cubierta la cabeza con su cabellera, que a fuerza de gritos estropea los afectos que quiere exprimir, y rompe y desgarra los oídos del vulgo rudo; que sólo gusta de gesticulaciones insignificantes y de estrépito. Yo mandaría azotar a un energúmeno de tal especie: Herodes de farsa, más furioso que el mismo Herodes. Evita, evita este vicio.
Cómico 1º
Así os lo prometo.
Hamlet
Ni seas tampoco demasiado frío; tu misma prudencia debe guiarte. La acción debe corresponder a la palabra, y ésta a la acción, cuidando siempre de no atropellar la simplicidad de la naturaleza. No hay defecto que más se oponga al fin de la representación que desde el principio hasta ahora, ha sido y es: ofrecer a la naturaleza un espejo en que vea la virtud su propia forma, el vicio su propia imagen, cada nación y cada siglo sus principales caracteres. Si esta pintura se exagera o se debilita, excitará la risa de los ignorantes; pero no puede menos de disgustar a los hombres de buena razón, cuya censura debe ser para vosotros de más peso que la de toda la multitud que llena el teatro. Yo he visto representar a algunos cómicos, que otros aplaudían con entusiasmo, por no decir con escándalo; los cuales no tenían acento ni figura de cristianos, ni de gentiles, ni de hombres; que al verlos hincharse y bramar, no los juzgué de la especie humana, sino unos simulacros rudos de hombres, hechos por algún mal aprendiz. Tan inicuamente imitaban la naturaleza.
Cómico 1º
Yo creo que en nuestra compañía se ha corregido bastante ese defecto.
Hamlet
Corregidle del todo, y cuidad también que los que hacen de payos no añadan nada a lo que está escrito en su papel; porque algunos de ellos, para hacer reír a los oyentes más adustos, empiezan a dar risotadas, cuando el interés del drama debería ocupar toda la atención. Esto es indigno, y manifiesta demasiado en los necios que lo practican, el ridículo empeño de lucirlo. Id a preparaos.



Escena IX

HAMLET, POLONIO, RICARDO, GUILLERMO


Hamlet
Y bien, Polonio, ¿gustará el Rey de oír esta pieza?
Polonio
Sí, señor, al instante y la Reina también.
Hamlet
Ve a decir a los cómicos que se despachen. ¿Queréis ir vosotros a darles prisa?
Ricardo
Con mucho gusto.



Escena X

HAMLET, HORACIO


Hamlet
¿Quién es?... ¡Ah! Horacio.
Horacio
Veisme aquí, señor, a vuestras órdenes.
Hamlet
Tú, Horacio, eres un hombre cuyo trato me ha agradado siempre.
Horacio
¡Oh! Señor.
Hamlet
No creas que pretendo adularte. ¿Ni qué utilidades puedo yo esperar de ti? Que exceptuando tus buenas prendas, no tienes otras rentas para alimentarte y vestirte. ¿Habrá quien adule al pobre? No... Los que tienen almibarada la lengua váyanse a lamer con ella la grandeza estúpida, y doblen los goznes de sus rodillas donde la lisonja encuentre galardón. ¿Me has entendido? Desde que mi alma se halló capaz de conocer a los hombres y pudo elegirlos; tú fuiste el escogido y marcado para ella, porque siempre, o desgraciado o feliz, has recibido con igual semblante los premios y los reveses de la fortuna. Dichosos aquellos cuyo temperamento y juicio se combinan con tal acuerdo, que no son entre los dedos de la fortuna una flauta, dispuesta a sonar según ella guste. Dame un hombre que no sea esclavo de sus pasiones, y yo le colocaré en el centro de mi corazón; sí, en el corazón de mi corazón, como lo hago contigo. Pero, yo me dilato demasiado en esto. Esta noche se representa un drama delante del Rey, una de sus escenas contiene circunstancias muy parecidas a las de la muerte de mi padre, de que ya te hablé. Te encargo que cuando este paso se represente, observes a mi tío con la más viva atención del alma, si al ver uno de aquellos lances su oculto delito no se descubre por sí solo, sin duda el que hemos visto es un espíritu infernal, y son todas mis ideas más negras que los yunques de Vulcano. Examínale cuidadosamente, yo también fijaré mi vista en su rostro, y después uniremos nuestras observaciones para juzgar lo que su exterior nos anuncie.
Horacio
Está bien, señor, y si durante el espectáculo logra hurtar a nuestra indagación el menor arcano, yo pago el hurto.
Hamlet
Ya vienen a la función, vuélvome a hacer el loco, y tú busca asiento.



Escena XI

CLAUDIO, GERTRUDIS y HAMLET, HORACIO, POLONIO, OFELIA, RICARDO, GUILLERMO, y acompañamiento de Damas, Caballeros, Pajes y Guardias. Suena la marcha dánica.


Claudio
¿Cómo estás, mi querido Hamlet?
Hamlet
Muy bueno, señor, me mantengo del aire como el camaleón, engordo con esperanzas. No podréis vos cebar así a vuestros capones.
Claudio
No comprendo esa respuesta, Hamlet; ni tales razones son para mí.
Hamlet
Ni para mí tampoco. ¿No dices tú que una vez representaste en la Universidad? ¿Eh?
Polonio
Sí, señor, así es, y fui reputado por muy buen actor.
Hamlet
¿Y qué hiciste?
Polonio
El papel de Julio César. Bruto me asesinaba en el Capitolio.
Hamlet
Muy bruto fue el que cometió en el Capitolio tan capital delito. ¿Están ya prevenidos los cómicos?
Ricardo
Sí, señor, y esperan solo vuestras órdenes.
Gertrudis
Ven aquí, mi querido Hamlet, ponte a mi lado.
Hamlet
No, señora, aquí hay un imán de más atracción para mí.
Polonio
¡Ah! ¡Ah! ¿Habéis notado eso?
Hamlet
¿Permitiréis que me ponga sobre vuestra rodilla?
Ofelia
No señor.
Hamlet
Quiero decir, apoyar mi cabeza en vuestra rodilla.
Ofelia
Sí señor.
Hamlet
¿Pensáis que yo quisiera cometer alguna indecencia?
Ofelia
No, no pienso nada de eso.
Hamlet
Qué dulce cosa es...
Ofelia
¿Qué decís, señor?
Hamlet
Nada.
Ofelia
Se conoce que estáis de fiesta.
Hamlet
¿Quién, yo?
Ofelia
Sí señor.
Hamlet
Lo hago sólo por divertiros. Y, bien mirado, ¿qué debe hacer un hombre sino vivir alegre? Ved mi madre qué contenta está y mi padre murió ayer.
Ofelia
¡Eh! No señor, que ya hace dos meses.
Hamlet
¿Tanto ha? ¡Oh! Pues quiero vestirme todo de armiños y llévese el diablo el luto. ¡Dios mío! Dos meses ha que murió y ¿todavía se acuerdan de él? De esa manera ya puede esperarse que la memoria de un grande hombre le sobreviva, quizás, medio año; bien que es menester que haya sido fundador de iglesias, que si no, por la Virgen santa, no habrá nadie que de él se acuerde. Como del caballo de palo, de quien dice aquel epitafio: Ya murió el caballito de palo y ya le olvidaron así que murió.
Ofelia
¿Qué significa esto, señor?
Hamlet
Eso es un asesinato oculto, y anuncia grandes maldades.
Ofelia
Según parece, la escena muda contiene el argumento del drama.



Escena XII

CÓMICO 4º y dichos.


Hamlet
Ahora lo sabremos por lo que nos diga ese actor; los cómicos no pueden callar un secreto, todo lo cuentan.
Ofelia
¿Nos dirá éste lo que significa la escena que hemos visto?
Hamlet
Sí, por cierto, y cualquiera otra escena que le hagáis ver. Como no os avergoncéis de representársela, él no se avergonzará de deciros lo que significa.
Ofelia
¡Qué malo! ¡Qué malo sois! Pero, dejadme atender a la pieza.
Cómico 4º
Humildemente os pedimos que escuchéis esta Tragedia, disimulando las faltas que haya en nosotros y en ella.
Hamlet
¿Es esto prólogo, o mote de sortija?
Ofelia
¡Qué corto ha sido!
Hamlet
Como cariño de mujer.



Escena XIII

CÓMICO 1.º, CÓMICO 2.º, y dichos.


CÓMICO 1º.- Ya treinta vueltas dio de Febo el carro a las ondas saladas de Nereo, y al globo de la tierra, y treinta veces con luz prestada han alumbrado el suelo doce lunas, en giros repetidos, después que el Dios de amor y el Himeneo nos enlazaron, para dicha nuestra, en nudo santo el corazón y el cuello.

Cómico 2º
Y, ¡oh! Quiera el Cielo que otros tantos giros a la luna y al sol, señor, contemos antes que el fuego de este amor se apague. Pero es mi pena inconsolable al veros doliente, triste, y tan diverso ahora de aquel que fuisteis... Tímida recelo... Mas toda mi aflicción nada os conturbe: que en pecho femenil llega al exceso el temor y el amor. Allí residen en igual proporción ambos afectos, o no existe ninguno, o se combinan este y aquel con el mayor extremo. Cuán grande es el amor que a vos me inclina, las pruebas lo dirán que dadas tengo; pues tal es mi temor. Si un fino amante, sin motivo tal vez, vive temiendo; la que al veros así toda es temores, muy puro amor abrigará en el pecho.
Cómico 1º
Si, yo debo dejarte, amada mía, inevitable es ya: cederán presto a la muerte mis fuerzas fatigadas; tú vivirás, gozando del obsequio y el amor de la tierra. Acaso entonces un digno esposo...
Cómico 2º
No, dad al silencio esos anuncios. ¿Yo? Pues ¿no serían traición culpable en mí tales afectos? ¿Yo un nuevo esposo? No, la que se entrega al segundo, señor, mató al primero.
Hamlet
Esto es zumo de ajenjos.
Cómico 2º
Motivos de interés tal vez inducen a renovar los nudos de Himeneo; no motivos de amor: yo causaría segunda muerte a mi difunto dueño cuando del nuevo esposo recibiera en tálamo nupcial amantes besos.
Cómico 1º
No dudaré que el corazón te dicta lo que aseguras hoy: fácil creemos cumplir lo prometido y fácilmente se quebranta y se olvida. Los deseos del hombre a la memoria están sumisos, que nace activa y desfallece presto. Así pende del ramo acerbo el fruto, y así maduro, sin impulso ajeno, se desprende después. Difícilmente nos acordamos de llevar a efecto promesas hechas a nosotros mismos, que al cesar la pasión cesa el empeño. Cuando de la aflicción y la alegría se moderan los ímpetus violentos, con ellos se disipan las ideas a que dieron lugar, y el más ligero acaso, los placeres en afanes muda tal vez, y en risa los lamentos. Amor, como la suerte, es inconstante: que en este mundo al fin nada hay eterno, y aun se ignora si él manda a la fortuna o si ésta del amor cede del imperio. Si el poderoso del lugar sublime se precipita, le abandonan luego cuantos gozaron su favor; si el pobre sube a prosperidad, los que le fueron más enemigos su amistad procuran (y el amor sigue a la fortuna en esto) que nunca al venturoso amigos faltan, ni al pobre desengaños y desprecios. Por diferente senda se encaminan los destinos del hombre y sus afectos, y sólo en él la voluntad es libre; mas no la ejecución, y así el suceso nuestros designios todos desvanece. Tú me prometes no rendir a nuevo yugo tu libertad... Esas ideas, ¡ay!, morirán cuando me vieres muerto.
Cómico 2º
Luces me niegue el sol, frutos la tierra, sin descanso y placer viva muriendo, desesperada y en prisión oscura su mesa envidie al eremita austero; cuantas penas el ánimo entristecen, todas turben al fin de mis deseos y los destruyan, ni quietud encuentre en parte alguna con afán eterno; si ya difunto mi primer esposo, segundas bodas pérfida celebro.
Hamlet
Si ella no cumpliese lo que promete...
Cómico 1º
Mucho juraste. Aquí gozar quisiera solitaria quietud, rendido siento al cansancio mi espíritu. Permite que alguna parte le conceda al sueño de las molestas horas.
Cómico 2º
Él te halague con tranquilo descanso y nunca el cielo en unión tan feliz pesares mezcle.
Hamlet
Y bien, señora, ¿qué tal os va pareciendo la pieza?
Gertrudis
Me parece que esa mujer promete demasiado.
Hamlet
Sí, pero lo cumplirá.
Claudio
¿Te has enterado bien del asunto? ¿Tiene algo que sea de mal ejemplo?
Hamlet
No, señor, no. Si todo ello es mera ficción, un veneno..., fingido; pero mal ejemplo, ¡qué! No señor.
Claudio
¿Cómo se intitula este Drama?
Hamlet
La Ratonera. Cierto que sí... es un título metafórico. En esta pieza se trata de un homicidio cometido en Viena... el Duque se llama Gonzago y su mujer Baptista... Ya, ya veréis presto... ¡Oh! ¡Es un enredo maldito! Y ¿qué importa? A Vuestra Majestad y a mí, que no tenemos culpado el ánimo, no nos puede incomodar: al rocín que esté lleno de mataduras le hará dar coces; pero, a bien que nosotros no tenemos desollado el lomo.



Escena XIV

CÓMICO 3.º y dichos.


Hamlet
Este que sale ahora se llama Luciano, sobrino del Duque.
Ofelia
Vos suplís perfectamente la falta del coro.
Hamlet
Y aun pudiera servir de intérprete entre vos y vuestro amante, si viese puestos en acción entrambos títeres.
Ofelia
¡Vaya, que tenéis una lengua que corta!
Hamlet
Con un buen suspiro que deis, se la quita el filo.
Ofelia
Eso es; siempre de mal en peor.
Hamlet
Así hacéis vosotras en la elección de maridos: de mal en peor. Empieza asesino... Déjate de poner ese gesto de condenado y empieza. Vamos... el cuervo graznador está ya gritando venganza.
Cómico 3º
Negros designios, brazo ya dispuesto a ejecutarlos, tosigo oportuno, sitio remoto, favorable el tiempo y nadie que lo observe. Tú, extraído de la profunda noche en el silencio atroz veneno, de mortales yerbas (invocada Proserpina) compuesto: infectadas tres veces y otras tantas exprimidas después, sirve a mi intento; pues a tu actividad mágica, horrible, la robustez vital cede tan presto
Hamlet
¿Veis? Ahora le envenena en el jardín para usurparle el cetro. El Duque se llama Gonzago, es historia cierta y corre escrita en muy buen italiano. Presto veréis como la mujer de Gonzago se enamora del matador.
Ofelia
El Rey se levanta.
Hamlet
¿Qué? ¿Le atemoriza un fuego aparente?
Gertrudis
¿Qué tenéis, señor?
Polonio
No paséis adelante, dejadlo.
Claudio
Traed luces. Vamos de aquí.
Todos
Luces, luces.



Escena XV

HAMLET, HORACIO, CÓMICO 1.º, CÓMICO 3.º


Hamlet
El ciervo herido llora y el corzo no tocado de flecha voladora, se huelga por el prado; duerme aquel, y a deshora veis éste desvelado, que tanto el mundo va desordenado. Y, dígame, señor mío, si en adelante la fortuna me tratase mal, con esta gracia que tengo para la música, y un bosque de plumas en la cabeza, y un par de lazos provenzales en mis zapatos rayados, ¿no podría hacerme lugar entre un coro de comediantes?
Horacio
Mediano papel.
Hamlet
¿Mediano? Excelente. Tú sabes, Damon querido, que esta nación ha perdido al mismo Jove, y violento tirano lo ha sucedido en el trono mal habido, un... ¿Quien diré yo? Un..., un sapo.
Horacio
Bien pudierais haber conservado el consonante.
Hamlet
¡Oh! Mi buen Horacio; cuanto aquel espíritu dijo es demasiado cierto. ¿Lo has visto ahora?
Horacio
Sí señor, bien lo he visto.
Hamlet
¿Cuándo se trató de veneno?
Horacio
Bien, bien le observé entonces.
Hamlet
¡Ah! Quisiera algo de música: traedme unas flautas... Si el Rey no gusta de la comedia, será sin duda porque... Porque no le gusta. Vaya un poco de música.



Escena XVI

HAMLET, HORACIO, RICARDO, GUILLERMO


Guillermo
Señor, ¿permitiréis que os diga una palabra?
Hamlet
Y una historia entera.
Guillermo
El Rey...
Hamlet
Muy bien, ¿qué le sucede?
Guillermo
Se ha retirado a su cuarto con mucha destemplanza.
Hamlet
De vino. ¿Eh?
Guillermo
No señor, de cólera.
Hamlet
Pero, ¿no sería más acertado írselo a contar al médico? ¿No veis que si yo me meto en hacerle purgar ese humor bilioso, puede ser que le aumente?
Guillermo
¡Oh! Señor, dad algún sentido a lo que habláis, sin desentenderos con tales extravagancias de lo que os vengo a decir.
Hamlet
Estamos de acuerdo. Prosigue, pues.
Guillermo
La Reina vuestra madre, llena de la mayor aflicción, me envía a buscaros.
Hamlet
Seáis muy bien venido.
Guillermo
Esos cumplimientos no tienen nada de sinceridad. Si queréis darme una respuesta sensata, desempeñaré el encargo de la Reina; si no, con pediros perdón y retirarme se acabó todo.
Hamlet
Pues, señor, no puedo.
Guillermo
¿Cómo?
Hamlet
Me pides una respuesta sensata y mi razón está un poco achacosa; no obstante, responderé del modo que pueda a cuanto me mandes, o por mejor decir, a lo que mi madre me manda. Con que nada hay que añadir en esto. Vamos al caso. Tú has dicho que mi madre...
Ricardo
Señor, lo que dice es que vuestra conducta la ha llenado de sorpresa y admiración.
Hamlet
¡Oh! ¡Maravilloso hijo! Que así ha podido aturdir a su madre. Pero, dime, ¿esa admiración no ha traído otra consecuencia? ¿No hay algo más?
Ricardo
Sólo que desea hablaros en su gabinete, antes que os vais a recoger.
Hamlet
La obedeceré, si diez veces fuera mi madre. ¿Tienes algún otro negocio que tratar conmigo?
Ricardo
Señor, yo me acuerdo de que en otro tiempo me estimabais mucho.
Hamlet
Y ahora también. Te lo juro, por estas manos rateras.
Ricardo
Pero, ¿cuál puede ser el motivo de vuestra indisposición? Eso, por cierto, es cerrar vos mismo las puertas a vuestra libertad, no queriendo comunicar con vuestros amigos los pesares que sentís.
Hamlet
Estoy muy atrasado.
Ricardo
¿Cómo es posible? ¿Cuándo tenéis el voto del Rey mismo para sucederte en el trono de Dinamarca?
Hamlet
Sí, pero mientras nace la yerba... Ya es un poco antiguo el tal refrán. ¡Ah! Ya están aquí las flautas.

Escena XVII

CÓMICO 3.º y dichos.


Hamlet
Dejadme ver una... ¿A qué tengo de ir ahí? Parece que me quieres hacer caer en alguna trampa, según me cercas por todos lados.
Guillermo
Ya veo, señor, que si el deseo de cumplir con mi obligación me da osadía; acaso el amor que os tengo me hace grosero también e importuno.
Hamlet
No entiendo bien eso. ¿Quieres tocar esta flauta?
Guillermo
Yo no puedo, señor.
Hamlet
Vamos.
Guillermo
De veras que no puedo.
Hamlet
Yo te lo suplico
Guillermo
Pero, si no sé palabra de eso.
Hamlet
Más fácil es que tenderse a la larga. Mira, pon el pulgar y los demás dedos según convenga sobre estos agujeros, sopla con la boca y verás que lindo sonido resulta. ¿Ves? Estos son los toques.
Guillermo
Bien, pero si no sé hacer uso de ellos para que produzcan armonía. Como ignoro el arte...
Hamlet
Pues, mira tú, en que opinión tan baja me tienes. Tú me quieres tocar, presumes conocer mis registros, pretendes extraer lo más íntimo de mis secretos, quieres hacer que suene desde el más grave al más agudo de mis tonos y ve aquí este pequeño órgano, capaz de excelentes voces y de armonía, que tú no puedes hacer sonar. ¿Y juzgas que se me tañe a mí con más facilidad que a una flauta? No; dame el nombre del instrumento que quieras; por más que le manejes y te fatigues, jamás conseguirás hacerle producir el menor sonido.



Escena XVIII

POLONIO y dichos.


Hamlet
¡Oh! Dios te bendiga.
Polonio
Señor, la Reina quisiera hablaros al instante.
Hamlet
¿No ves allí aquella nube que parece un camello?
Polonio
Cierto, así en el tamaño parece un camello.
Hamlet
Pues ahora me parece una comadreja.
Polonio
No hay duda, tiene figura de comadreja.
Hamlet
O como una ballena.
Polonio
Es verdad, sí, como una ballena.
Hamlet
Pues al instante iré a ver a mi madre. Tanto harán estos que me volverán loco de veras. Iré, iré al instante.
Polonio
Así se lo diré.
Hamlet
Fácilmente se dice, al instante viene. Dejadme solo, amigos.



Escena XIX

HAMLET solo


Hamlet
Este es el espacio de la noche, apto a los maleficios. Esta es la hora en que los cementerios se abren y el infierno respira contagios al mundo. Ahora podría yo beber caliente sangre, ahora podría ejecutar tales acciones, que el día se estremeciese al verla. Pero, vamos a ver a mi madre... ¡Oh! ¡Corazón! No desconozcas la naturaleza, ni permitas que en este firme pecho se albergue la fiereza de Nerón. Déjame ser cruel, pero no parricida. El puñal que ha de herirla está en mis palabras, no en mi mano; disimulen el corazón y la lengua, sean las que fueren las execraciones que contra ella pronuncie, nunca, nunca mi alma solicitará que se cumplan.



Escena XX

CLAUDIO, RICARDO, GUILLERMO

Gabinete.


Claudio
No, no le quiero aquí; ni conviene a nuestra seguridad dejar libre el campo a su locura. Preveníos, pues, y haré que inmediatamente se os despache para que él os acompañe a Inglaterra. El interés de mi corona no permite ya exponerme a un riesgo tan inmediato, que crece por instantes en los accesos de su demencia.
Guillermo
Al momento dispondremos nuestra marcha. El más santo y religioso temor es aquel que procura la existencia de tantos individuos, cuya vida pende de vuestra Majestad.
Ricardo
Si es obligación en un particular defender su vida de toda ofensa, por medio de la fuerza y el arte, ¿cuánto más lo será conservar aquella en quien estriba la felicidad pública? Cuando llega a faltar el Monarca, no muere él solo, sino que, a manera de un torrente precipitado, arrebata consigo cuanto le rodea. Como una gran rueda colocada en la cima del más alto monte, a cuyos enormes rayos están asidas innumerables piezas menores; que si llega a caer, no hay ninguna de ellas, por más pequeña que sea, que no padezca igualmente en el total destrozo. Nunca el Soberano exhala un suspiro sin excitar en su nación general lamento.
Claudio
Yo os ruego que os prevengáis sin dilación para el viaje. Quiero encadenar este temor, que ahora camina demasiado libre.
Los dos
Vamos a obedeceros con la mayor prontitud.



Escena XXI

CLAUDIO, POLONIO


Polonio
Señor, ya se ha encaminado al cuarto de su madre, voy a ocultarme detrás de los tapices para ver el suceso. Es seguro que ella le reprenderá fuertemente, y como vos mismo habéis observado muy bien, conviene que asista a oír la conversación alguien más que su madre, que naturalmente le ha de ser parcial, como a todas sucede. Quedaos a Dios, yo volveré a veros antes que os recojáis para deciros lo que haya pasado.
Claudio
Gracias, querido Polonio.



Escena XXII

CLAUDIO solo


Claudio
¡Oh! ¡Mi culpa es atroz! Su hedor sube al cielo, llevando consigo la maldición más terrible, la muerte de un hermano. No puedo recogerme a orar, por más que eficazmente lo procuro, que es más fuerte que mi voluntad el delito que la destruye. Como el hombre a quien dos obligaciones llaman, me detengo a considerar por cual empezaré primero, y no cumpla ninguna... Pero, si este brazo execrable estuviese aún más teñido en la sangre fraterna, ¿faltará en los Cielos piadosos suficiente lluvia para volverle cándido como la nieve misma? ¿De qué sirve la misericordia, si se niega a ver el rostro del pecado? ¿Qué hay en la oración sino aquella duplicada fuerza, capaz de sostenernos al ir a caer, o de adquirirnos el perdón habiendo caído? Sí, alzaré mis ojos al cielo, y quedará borrada mi culpa. Pero, ¿qué género de oración habré de usar? Olvida, señor, olvida el horrible homicidio que cometí... ¡Ah! Que será imposible, mientras vivo poseyendo los objetos que me determinaron a la maldad: mi ambición, mi corona, mi esposa... ¿Podrá merecerse el perdón cuando la ofensa existe? En este mundo estragado sucede con frecuencia que la mano delincuente, derramando el oro, aleja la justicia, y corrompe con dádivas la integridad de las leyes; no así en el cielo, que allí no hay engaños, allí comparecen las acciones humanas como ellas son, y nos vemos compelidos a manifestar nuestras faltas todas, sin excusa, sin rebozo alguno... En fin, en fin, ¿qué debo hacer?... Probemos lo que puede el arrepentimiento... y ¿qué no podrá? Pero, ¿qué ha de poder con quien no puede arrepentirse? ¡Oh! ¡Situación infeliz! ¡Oh! ¡Conciencia ennegrecida con sombras de muerte! ¡Oh! ¡Alma mía aprisionada! Que cuanto más te esfuerzas para ser libre, más quedas oprimida, ¡Ángeles, asistidme! Probad en mí vuestro poder. Dóblense mis rodillas tenaces, y tu corazón mío de aceradas fibras, hazte blando como los nervios del niño que acaba de nacer. Todo, todo puede enmendarse.



Escena XXIII

CLAUDIO, HAMLET


Hamlet
Esta es la ocasión propicia. Ahora está rezando, ahora le mato... Y así se irá al cielo... ¿y es esta mi venganza? No, reflexionemos. Un malvado asesina a mi padre, y yo, su hijo único, aseguro al malhechor la gloria. ¿No es esto, en vez de castigo, premio y recompensa? Él sorprendió a mi padre, acabados los desórdenes del banquete, cubierto de más culpas que el mayo tiene flores... ¿quién sabe, sino Dios, la estrecha cuenta que hubo de dar? Pero, según nuestra razón concibe, terrible ha sido su sentencia. ¡Y quedaré vengado dándole a éste la muerte, precisamente cuando purifica su alma, cuando se dispone para la partida! No, espada mía, vuelve a tu lugar y espera ocasión de ejecutar más tremendo golpe. Cuando esté ocupado en el juego, cuando blasfeme colérico, o duerma con la embriaguez, o se abandone a los placeres incestuosos del lecho, o cometa acciones contrarias a su salvación; hiérele entonces, caiga precipitado al profundo y su alma quede negra y maldita, como el infierno que ha de recibirle. Mi madre me espera, malvado; esta medicina que te dilata la dolencia no evitará tu muerte.



Escena XXIV

CLAUDIO solo


Claudio
Mis palabras suben al cielo, mis afectos quedan en la tierra. Palabras sin afectos, nunca llegan a los oídos de Dios.



Escena XXV

GERTRUDIS, POLONIO, HAMLET

Cuarto de la Reina.


Polonio
Va a venir al momento. Mostradle entereza, decidle que sus locuras han sido demasiado atrevidas e intolerables, que vuestra bondad le ha protegido, mediando entre él y la justa indignación que excitó. Yo, entretanto, retirado aquí, guardaré silencio. Habladle con libertad, yo os lo suplico.
Hamlet
Madre, madre.
Gertrudis
Así te lo prometo, nada temo. Ya le siento llegar. Retírate.



Escena XXVI

GERTRUDIS, HAMLET, POLONIO


Hamlet
¿Qué me mandáis, señora?
Gertrudis
Hamlet, muy ofendido tienes a tu padre.
Hamlet
Madre, muy ofendido tenéis al mío.
Gertrudis
Ven, ven aquí; tú me respondes con lengua demasiado libre.
Hamlet
Voy, voy allá... y vos me preguntáis con lengua bien perversa.
Gertrudis
¿Qué es esto, Hamlet?
Hamlet
¿Y qué es eso, madre?
Gertrudis
¿Te olvidas de quién soy?
Hamlet
No, por la cruz bendita, que no me olvido. Sois la Reina, casada con el hermano de vuestro primer esposo y... Ojalá no fuera así... ¡Eh! Sois mi madre.
Gertrudis
Bien está. Yo te pondré delante de quien te haga hablar con más acuerdo.
Hamlet
Venid, sentaos y no saldréis de aquí, no os moveréis; sin que os ponga un espejo delante en que veáis lo más oculto de vuestra conciencia.
Gertrudis
¿Qué intentas hacer? ¿Quieres matarme?... ¿Quién me socorre?.. ¡Cielos!
Polonio
Socorro pide... ¡Oh!..
Hamlet
¿Qué es esto?... ¿Un ratón? Murió... Un ducado a que ya está muerto.
Polonio
¡Ay de mí!
Gertrudis
¿Qué has hecho?
Hamlet
Nada... ¿Qué sé yo?.. ¿Si sería el Rey?
Gertrudis
¡Qué acción tan precipitada y sangrienta!
Hamlet
Es verdad, madre mía, acción sangrienta y casi tan horrible como la de matar a un Rey y casarse después con su hermano.
Gertrudis
¿Matar a un Rey?
Hamlet
Sí, señora, eso he dicho. Y tú, miserable, temerario, entremetido, loco, adiós. Yo te tomé por otra persona de más consideración. Mira el premio que has adquirido; ve ahí el riesgo que tiene la demasiada curiosidad. No, no os torzáis las manos... sentaos aquí, y dejad que yo os tuerza el corazón. Así he de hacerlo, si no le tenéis formado de impenetrable pasta, si las costumbres malditas no le han convertido en un muro de bronce, opuesto a toda sensibilidad.
Gertrudis
¿Qué hice yo, Hamlet, para que con tal aspereza me insultes?
Hamlet
Una acción que mancha la tez purpúrea de la modestia, y da nombre de hipocresía a la virtud, arrebata las flores de la frente hermosa de un inocente amor, colocando un vejigatorio en ella, que hace más pérfidos los votos conyugales que las promesas del tahúr. Una acción que destruye la buena fe, alma de los contratos, y convierte la inefable religión en una compilación frívola de palabras. Una acción, en fin, capaz de inflamar en ira la faz del cielo y trastornar con desorden horrible esta sólida y artificial máquina del mundo, como si se aproximara su fin temido.
Gertrudis
¡Ay de mi! ¿Y qué acción es esa que así exclamas al anunciarla, con espantosa voz de trueno?
Hamlet
Veis aquí presentes, en esta y esta pintura, los retratos de dos hermanos. ¡Ved cuanta gracia residía en aquel semblante! Los cabellos del Sol, la frente como la del mismo Júpiter; su vista imperiosa y amenazadora, como la de Marte; su gentileza, semejante a la del mensajero, Mercurio, cuando aparece sobre una montaña cuya cima llega a los cielos. ¡Hermosa combinación de formas! Donde cada uno de los Dioses imprimió su carácter para que el mundo admirase tantas perfecciones en un hombre solo. Este fue vuestro esposo. Ved ahora el que sigue. Este es vuestro esposo que como la espiga con tizón destruye la sanidad de su hermano. ¿Lo veis bien? ¿Pudisteis abandonar las delicias de aquella colina hermosa por el cieno de ese pantano? ¡Ah! ¿Lo veis bien?... Ni podéis llamarlo amor; porque en vuestra edad los hervores de la sangre están ya tibios y obedientes a la prudencia, y ¿qué prudencia desde aquel a este? Sentidos tenéis, que a no ser así no tuvierais afectos; pero esos sentidos deben de padecer letargo profundo. La demencia misma no podría incurrir en tanto error, ni el frenesí tiraniza con tal exceso las sensaciones, que no quede suficiente juicio para saber elegir entre dos objetos, cuya diferencia es tan visible... ¿Qué espíritu infernal os pudo engañar y cegar así? Los ojos sin el tacto, el tacto sin la vista, los oídos o el olfato solo, una débil porción de cualquier sentido hubiera bastado a impedir tal estupidez... ¡Oh!, modestia, ¿y no te sonrojas? ¡Rebelde infierno! Si así pudiste inflamar las médulas de una matrona, permite, permite que la virtud en la edad juvenil sea dócil como la cera y se liquide en sus propios fuegos; ni se invoque al pudor para resistir su violencia, puesto que el hielo mismo con tal actividad se enciende y es ya el entendimiento el que prostituye al corazón.
Gertrudis
¡Oh! ¡Hamlet! No digas más... Tus razones me hacen dirigir la vista a mi conciencia, y advierto allí las más negras y groseras manchas, que acaso nunca podrán borrarse.
Hamlet
¡Y permanecer así entre el pestilente sudor de un lecho incestuoso, envilecida en corrupción prodigando caricias de amor en aquella sentina impura!
Gertrudis
No más, no más, que esas palabras, como agudos puñales, hieren mis oídos... No más, querido Hamlet.
Hamlet
Un asesino... Un malvado... Vil... Inferior mil veces a vuestro difunto esposo... Escarnio de los Reyes, ratero del imperio y el mando; que robó la preciosa corona y se la guardó en el bolsillo.
Gertrudis
No más...



Escena XXVII

GERTRUDIS, HAMLET, LA SOMBRA DEL REY HAMLET


Hamlet
Un Rey de botarga... ¡Oh! ¡Espíritus celestes, defendedme! Cubridme con vuestras alas... ¿Qué quieres, venerada Sombra?
Gertrudis
¡Ay! Que está fuera de sí.
Hamlet
¿Vienes acaso a culpar la negligencia de tu hijo, que debilitado por la compasión y la tardanza, olvida la importante ejecución de tu precepto terrible?... Habla.
La sombra
No lo olvides. Vengo a inflamar de nuevo tu ardor casi extinguido. ¿Pero, ves? Mira cómo has llenado de asombro a tu madre. Ponte entre ella y su alma agitada y hallarás que la imaginación obra con mayor violencia en los cuerpos más débiles. Háblala, Hamlet.
Hamlet
¿En qué pensáis, señora?
Gertrudis
¡Ay! ¡Triste! Y en qué piensas tú que así diriges la vista donde no hay nada, razonando con el aire incorpóreo. Toda tu alma se ha pasado a tus ojos, que se mueven horribles, y tus cabellos que pendían, adquiriendo vida y movimiento, se erizan y levantan como los soldados, a quienes improviso rebato despierta. ¡Hijo de mi alma! ¡Oh! Derrama sobre el ardiente fuego de tu agitación y la paciencia fría. ¿A quién estás mirando?
Hamlet
A él, a él... ¿Le veis, que pálida luz despide? Su aspecto y su dolor bastarían a conmover las piedras... ¡Ay! No me mires así, no sea que ese lastimoso semblante destruya mis designios crueles, no sea que al ejecutarlos equivoque los medios y en vez de sangre se derramen lágrimas.
Gertrudis
¿A quién dices eso?
Hamlet
¿No veis nada allí?
Gertrudis
Nada, y veo todo lo que hay.
Hamlet
¿Ni oísteis nada tampoco?
Gertrudis
Nada más que lo que nosotros hablamos.
Hamlet
Mirad allí... ¿Le veis?... Ahora se va... Mi padre..., con el traje mismo que se vestía. ¿Veis por donde va?... Ahora llega al pórtico.



Escena XXVIII

GERTRUDIS, HAMLET


Gertrudis
Todo es efecto de la fantasía. El desorden que padece tu espíritu produce confusiones vanas.
Hamlet
¿Desorden? Mi pulso, como el vuestro, late con regular intervalo y anuncia igual salud en sus compases... Nada de lo que he dicho es locura. Haced la prueba y veréis si os repito cuantas ideas y palabras acabo de proferir, y un loco no puede hacerlo. ¡Ah! ¡Madre mía! En merced os pido que no apliquéis al alma esa unción halagüeña, creyendo que es mi locura la que habla, y no vuestro delito. Con tal medicina lograréis sólo irritar la parte ulcerada, aumentando la ponzoña pestífera, que interiormente la corrompe... Confesad al Cielo vuestra culpa, llorad lo pasado, precaved lo futuro; y no extendáis el beneficio sobre las malas yerbas, para que prosperen lozanas. Perdonad este desahogo a mi virtud, ya que en esta delincuente edad, la virtud misma tiene que pedir perdón al vicio; y aun para hacerle bien, le halaga y le ruega.
Gertrudis
¡Ay! Hamlet, tú despedazas mi corazón.
Hamlet
¿Sí? Pues apartad de vos aquella porción más dañada, y vivid con la que resta, más inocente. Buenas noches... Pero, no volváis al lecho de mi tío. Si carecéis de virtud, aparentadla al menos. La costumbre, aquel monstruo que destruye las inclinaciones y afectos del alma, si en lo demás es un demonio; tal vez es un ángel cuando sabe dar a las buenas acciones una cierta facilidad con que insensiblemente las hace parecer innatas. Conteneos por esta noche: este esfuerzo os hará más fácil la abstinencia próxima, y la que siga después la hallaréis más fácil todavía. La costumbre es capaz de borrar la impresión misma de la naturaleza, reprimir las malas inclinaciones y alejarlas de nosotros con maravilloso poder. Buenas noches, y cuando aspiréis de veras la bendición del Cielo, entonces yo os pediré vuestra bendición... La desgracia de este hombre me aflige en extremo; pero Dios lo ha querido así, a él le ha castigado por mi mano y a mí también, precisándome a ser el instrumento de su enojo. Yo le conduciré a donde convenga y sabré justificar la muerte que le dí. Basta. Buenas noches. Porque soy piadoso debo ser cruel, ve aquí el primer daño cometido; pero aún es mayor el que después ha de ejecutarse... ¡Ah! Escuchad otra cosa.
Gertrudis
¿Cuál es? ¿Qué debo hacer?
Hamlet
No hacer nada de cuanto os he dicho, nada. Permitid que el Rey, hinchado con el vino, os conduzca otra vez al lecho y allí os acaricie, apretando lascivo vuestras mejillas, y os tiente el pecho con sus malditas manos y os bese con negra boca. Agradecida entonces, declaradle cuanto hay en el caso, decidle que mi locura no es verdadera, que todo es artificio. Sí, decídselo, porque ¿cómo es posible que una Reina hermosa, modesta, prudente, oculte secretos de tal importancia a aquel gato viejo, murciélago, sapo torpísimo? ¿Cómo sería posible callárselo? Id, y a pesar de la razón y del sigilo, abrid la jaula sobre el techo de la casa y haced que los pájaros se vuelen, y semejante al mono (tan amigo de hacer experiencias) meted la cabeza en la trampa, a riesgo de perecer en ella misma.
Gertrudis
No, no lo temas, que si las palabras se forman del aliento, y éste anuncia vida, no hay vida ni aliento en mí, para repetir lo que me has dicho.
Hamlet
¿Sabéis que debo ir a Inglaterra?
Gertrudis
¡Ah! Ya lo había olvidado. Sí, es cosa resuelta.
Hamlet
He sabido que hay ciertas cartas selladas, y que mis dos condiscípulos (de quienes yo me fiaré, como de una víbora ponzoñosa) van encargados de llevar el mensaje facilitarme la marcha y conducirme al precipicio. Pero, yo los dejaré hacer: que es mucho gusto ver volar al minador con su propio hornillo, y mal irán las cosas; o yo excavaré una vara no más debajo de las minas, y les haré saltar hasta la luna. ¡Oh! ¡Es mucho gusto, cuando un pícaro tropieza con quien se las entiende!... Este hombre me hace ahora su ganapán..., le llevaré arrastrando a la pieza inmediata. Madre, buenas noches... Por cierto que el señor Consejero (que fue en vida un hablador impertinente) es ahora bien reposado, bien serio y taciturno. Vamos, amigo, que es menester sacaros de aquí y acabar con ello. Buenas noches, madre.

Hamlet Cuarto Acto



Escena I

CLAUDIO, GERTRUDIS, RICARDO, GUILLERMO

Salón de Palacio.


Claudio
Esos suspiros, esos profundos sollozos, alguna causa tienen, dime cuál es; conviene que la sepa yo... ¿En dónde está tu hijo?
Gertrudis
Dejadnos solos un instante. ¡Ah! ¡Señor lo que he visto esta noche!
Claudio
¿Qué ha sido, Gertrudis? ¿Qué hace Hamlet?
Gertrudis
Furioso está, como el mar y el viento cuando disputan entre sí cuál es más fuerte. Turbado con la demencia que le agita, oyó algún ruido detrás del tapiz; saca la espada, grita: un ratón, un ratón, y en su ilusión frenética mató al buen anciano que se hallaba oculto.
Claudio
¡Funesto accidente! Lo mismo hubiera hecho conmigo si hubiera estado allí. Ese desenfreno insolente amenaza a todos: a mí, a ti misma, a todos en fin. ¡Oh! ¿Y cómo disculparemos una acción tan sangrienta? Nos la imputarán sin duda a nosotros, porque nuestra autoridad debería haber reprimido a ese joven loco, poniéndole en paraje donde a nadie pudiera ofender. Pero el excesivo amor que le tenemos nos ha impedido hacer lo que más convenía; bien así como el que padece una enfermedad vergonzosa, que por no declararla, consiente primero que le devore la substancia vital. ¿Y a dónde ha ido?
Gertrudis
A retirar de allí el difunto cuerpo, y en medio de su locura, llora el error que ha cometido. Así el oro manifiesta su pureza; aunque mezclado, tal vez, con metales viles.
Claudio
Vamos, Gertrudis, y apenas toque el sol la cima de los montes haré que se embarque y se vaya, entretanto será necesario emplear toda nuestra autoridad y nuestra prudencia, para ocultar o disculpar, un hecho tan indigno.


Escena II

CLAUDIO, GERTRUDIS, RICARDO, GUILLERMO


Claudio
¡Oh! ¡Guillermo, amigos! Id entrambos con alguna gente que os ayude. Hamlet, ciego de frenesí, ha muerto a Polonio y le ha sacado arrastrando del cuarto de su madre. Id a buscarle, habladle con dulzura y haced llevar el cadáver a la capilla. No os detengáis. Vamos, que pienso llamar a nuestros más prudentes amigos, para darles cuenta de esta imprevista desgracia y de lo que resuelvo hacer. Acaso por este medio la calumnia (cuyo rumor ocupa la extensión del orbe y dirige sus emponzoñados tiros con la certeza que el cañón a su blanco) errando esta vez el golpe, dejará nuestro nombre ileso y herirá sólo al viento insensible. ¡Oh! Vamos de aquí... mi alma está llena de agitación y de terror.


Escena III

HAMLET, RICARDO, GUILLERMO

Cuarto de HAMLET.


Hamlet
Colocado ya en lugar seguro. Pero...
Ricardo
Hamlet, señor.
Hamlet
¿Qué ruido es este? ¿Quién llama a Hamlet? ¡Oh! Ya están aquí.
Ricardo
Señor, ¿qué habéis hecho del cadáver?
Hamlet
Ya está entre el polvo, del cual es pariente cercano.
Ricardo
Decidnos en donde está, para que le hagamos llevar a la capilla.
Hamlet
¡Ah! No creáis, no.
Ricardo
¿Qué es lo que no debemos creer?
Hamlet
Que yo pueda guardar vuestro secreto, y os revele el mío... Y, además, ¿qué ha de responder el hijo de un Rey a las instancias de un entremetido palaciego?
Ricardo
¿Entremetido me llamáis?
Hamlet
Sí, señor, entremetido: que como una esponja chupa del favor del Rey las riquezas y la autoridad. Pero estas gentes, a lo último de su carrera, es cuando sirven mejor al Príncipe, porque este, semejante al mono, se los mete en un rincón de la boca; allí los conserva, y el primero que entró, es el último que se traga. Cuando el Rey necesite lo que tú (que eres su esponja) le hayas chupado, te coge, te exprime, y quedas enjuto otra vez.
Ricardo
No comprendo lo que decís.
Hamlet
Me place en extremo. Las razones agudas son ronquidos para los oídos tontos.
Ricardo
Señor, lo que importa es que nos digáis en donde está el cuerpo, y os vengáis con nosotros a ver al Rey.
Hamlet
El cuerpo está con el Rey; pero el Rey no está con el cuerpo. El Rey viene a ser una cosa como...
Guillermo
¿Qué cosa, señor?
Hamlet
Una cosa, que no vale nada..., pero; guarda, Pablo... Vamos a verle.


Escena IV

CLAUDIO solo

Salón de Palacio.


Claudio
Le he enviado a llamar y he mandado buscar el cadáver. ¡Qué peligroso es dejar en libertad a este mancebo! Pero no es posible tampoco ejercer sobre él la severidad de las leyes. Está muy querido de la fanática multitud, cuyos afectos se determinan por los ojos, no por la razón, y que en tales casos considera el castigo del delincuente, y no el delito. Conviene, para mantener la tranquilidad, que esta repentina ausencia de Hamlet aparezca como cosa muy de antemano meditada y resuelta. Los males desesperados, o son incurables, o se alivian con desesperados remedios.


Escena V

CLAUDIO, RICARDO


Claudio
¿Qué hay? ¿Qué ha sucedido?
Ricardo
No hemos podido lograr que nos diga adónde ha llevado el cadáver.
Claudio
Pero, él, ¿en dónde está?
Ricardo
Afuera quedó con gente que le guarda, esperando vuestras órdenes.
Claudio
Traedle a mi presencia.
Ricardo
Guillermo, que venga el Príncipe.


Escena VI

CLAUDIO, RICARDO, HAMLET, GUILLERMO, CRIADOS


Claudio
Y bien y Hamlet, ¿en dónde está Polonio?
Hamlet
Ha ido a cenar.
Claudio
¿A cenar? ¿Adónde?
Hamlet
No adónde coma, sino adónde es comido, entre una numerosa congregación de gusanos. El gusano es el Monarca supremo de todos los comedores. Nosotros engordamos a los demás animales para engordarnos, y engordamos para el gusanillo, que nos come después. El Rey gordo y el mendigo flaco son dos platos diferentes; pero se sirven a una misma mesa. En esto para todo.
Claudio
¡Ah!
Hamlet
Tal vez un hombre puede pescar con el gusano que ha comido a un Rey, y comerse después el pez que se alimentó de aquel gusano.
Claudio
¿Y qué quieres decir con eso?
Hamlet
Nada más que manifestar, cómo un Rey puede pasar progresivamente a las tripas de un mendigo.
Claudio
¿En dónde está Polonio?
Hamlet
En el cielo. Enviad a alguno que lo vea, y si vuestro comisionado no le encuentra allí, entonces podéis vos mismo irle a buscar a otra parte. Bien que, si no le halláis en todo este mes, le oleréis sin duda al subir los escalones de la galería.
Claudio
Id allá a buscarle.
Hamlet
No, él no se moverá de allí hasta que vayan por él.
Claudio
Este suceso, Hamlet, exige que atiendas a tu propia seguridad, la cual me interesa tanto, como lo demuestra el sentimiento que me causa la acción que has hecho. Conviene que salgas de aquí con acelerada diligencia. Prepárate, pues. La nave está ya prevenida, el viento es favorable, los compañeros aguardan, y todo está pronto para tu viaje a Inglaterra.
Hamlet
¿A Inglaterra?
Claudio
Sí, Hamlet.
Hamlet
Muy bien.
Claudio
Sí, muy bien debe parecerte, si has comprendido el fin a que se encaminan mis deseos.
Claudio
Yo veo un ángel que los ve... Pero vamos a Inglaterra. ¡Adiós, mi querida madre!
Claudio
¿Y tu madre que te ama, Hamlet?
Hamlet
Mi madre... Padre y madre son marido y mujer; marido y mujer son una carne misma, conque... Mi madre... ¡Eh, vamos a Inglaterra!


Escena VII

CLAUDIO, RICARDO, GUILLERMO


Claudio
Seguidle inmediatamente, instad con viveza su embarco, no se dilate un punto. Quiero verle fuera de aquí esta noche. Partid. Cuanto es necesario a esta comisión está sellado y pronto. Id, no os detengáis. Y tú, Inglaterra, si en algo estimas mi amistad (de cuya importancia mi gran poder te avisa), pues aún miras sangrientas las heridas que recibiste del acero danés y en dócil temor me pagas tributos; no dilates tibia la ejecución de mi suprema voluntad, que por cartas escritas a este fin, te pide con la mayor instancia, la pronta muerte de Hamlet. Su vida es para mí una fiebre ardiente, y tú sola puedes aliviarme. Hazlo así, Inglaterra, y hasta que sepa que descargaste el golpe por más feliz que mi suerte sea, no se restablecerán en mi corazón la tranquilidad, ni la alegría.


Escena VIII

FORTIMBRÁS, UN CAPITÁN, SOLDADOS

Campo solitario en las fronteras de Dinamarca.


Fortimbrás
Id, Capitán, saludad en mi nombre al Monarca danés: decidle que en virtud de su licencia, Fortimbrás pide el paso libre por su reino, según se le ha prometido. Ya sabéis el sitio de nuestra reunión. Si algo quiere su Majestad comunicarme, hacedle saber que estoy pronto a ir en persona a darle pruebas de mi respeto.
Capitán
Así lo haré, señor.
Fortimbrás
Y vosotros, caminad con paso vagaroso.


Escena IX

UN CAPITÁN, HAMLET, RICARDO Y GUILLERMO, SOLDADOS


Hamlet
Caballero, ¿de dónde son estas tropas?
Capitán
De Noruega, señor.
Hamlet
Y decidme, ¿adónde se encaminan?
Capitán
Contra una parte de Polonia.
Hamlet
¿Quién las acaudilla?
Capitán
Fortimbrás, sobrino del anciano Rey de Noruega.
Hamlet
¿Se dirigen contra toda Polonia, o solo a alguna parte de sus fronteras?
Capitán
Para deciros sin rodeos la verdad, vamos a adquirir una porción de tierra, de la cual (exceptuando el honor) ninguna otra utilidad puede esperarse. Si me la diesen arrendada en cinco ducados, no la tomaría, ni pienso que produzca mayor interés al de Noruega ni al Polaco; aunque a pública subasta la vendan.
Hamlet
Sin duda, ¿el Polaco no tratará de resistir?
Capitán
Antes bien ha puesto ya en ella tropas que la guarden.
Hamlet
De ese modo el sacrificio de dos mil hombres y veinte mil ducados no decidirá la posesión de un objeto tan frívolo. Esa es una apostema del cuerpo político, nacida de la paz y excesiva abundancia, que revienta en lo interior; sin que exteriormente se vea la razón porque el hombre perece. Os doy muchas gracias de vuestra cortesía.
Capitán
Dios os guarde.
Ricardo
¿Queréis proseguir el camino?
Hamlet
Presto os alcanzaré. Id adelante un poco.


Escena X

HAMLET solo


Hamlet
Cuantos accidentes ocurren, todos me acusan, excitando a la venganza mi adormecido aliento. ¿Qué es el hombre que funda su mayor felicidad, y emplea todo su tiempo solo en dormir y alimentarse? Es un bruto y no más. No. Aquél que nos formó dotados de tan extenso conocimiento que con él podemos ver lo pasado y futuro, no nos dio ciertamente esta facultad, esta razón divina, para que estuviera en nosotros sin uso y torpe. Sea, pues, brutal negligencia, sea tímido escrúpulo que no se atreve a penetrar los casos venideros (proceder en que hay más parte de cobardía que de prudencia), yo no sé para qué existo, diciendo siempre: tal cosa debo hacer; puesto que hay en mí suficiente razón, voluntad, fuerza y medios para ejecutarla. Por todas partes halló ejemplos grandes que me estimulan. Prueba es bastante ese fuerte y numeroso ejército, conducido por un Príncipe joven y delicado, cuyo espíritu impelido de ambición generosa desprecia la incertidumbre de los sucesos, y expone su existencia frágil y mortal a los golpes de la fortuna a la muerte, a los peligros más terribles, y todo por un objeto de tan leve interés. El ser grande no consiste, por cierto, en obrar sólo cuando ocurre un gran motivo; sino en saber hallar una razón plausible de contienda, aunque sea pequeña la causa; cuando se trata de adquirir honor. ¿Cómo, pues, permanezco yo en ocio indigno, muerto mi padre alevosamente, mi madre envilecida... estímulos capaces de excitar mi razón y mi ardimiento, que yacen dormidos? Mientras para vergüenza mía veo la destrucción inmediata de veinte mil hombres, que por un capricho, por una estéril gloria van al sepulcro como a sus lechos, combatiendo por una causa que la multitud es incapaz de comprender, por un terreno que aún no es suficiente sepultura a tantos cadáveres. ¡Oh! De hoy más, o no existirá en mi fantasía idea ninguna, o cuántas forme serán sangrientas.


Escena XI

GERTRUDIS, HORACIO

Galería de Palacio.


Gertrudis
No, no quiero hablarla.
Horacio
Ella insta por veros. Está loca, es verdad; pero eso mismo debe excitar vuestra compasión.
Gertrudis
¿Y qué pretende? ¿Qué dice?
Horacio
Habla mucho de su padre; dice que continuamente oye que el mundo está lleno de maldad; solloza, se lastima el pecho, y airada trastorna con el pie cuanto al pasar encuentra. Profiere razones equívocas en que apenas se halla sentido; pero la misma extravagancia de ellas mueve a los que las oyen a retenerlas, examinando el fin conque las dice, y dando a sus palabras una combinación arbitraria, según la idea de cada uno. Al observar sus miradas, sus movimientos de cabeza, su gesticulación expresiva, llegan a creer que puede haber en ella algún asomo de razón; pero nada hay de cierto, sino que se halla en el estado más infeliz.
Gertrudis
Será bien hablarla: antes que mi repulsa, esparza conjeturas fatales, en aquellos ánimos que todo lo interpretan siniestramente. Hazla venir. El más frívolo acaso parece a mi dañada conciencia presagio de algún grave desastre. Propia es de la culpa esta desconfianza. Tan lleno está siempre de recelos el delincuente, que el temor de ser descubierto, hace tal vez que él mismo se descubra.


Escena XII

GERTRUDIS, OFELIA, HORACIO


Ofelia
¿En dónde está la hermosa Reina de Dinamarca?
Gertrudis
¿Cómo va, Ofelia?
Ofelia
¿Cómo al amante
que fiel te sirva,
de otro cualquiera
distinguiría?
Por las veneras
de su esclavina,
bordón, sombrero
con plumas rizas,
y su calzado
que adornan cintas.
Gertrudis
¡Oh! ¡Querida mía! Y, ¿a qué propósito viene esa canción?
Ofelia
¿Eso decís?.... Atended a ésta.
Muerto es ya, señora,
muerto y no está aquí.
Una tosca piedra
a sus plantas vi
y al césped del prado
su frente cubrir.
¡Ah! ¡Ah! ¡Ah!
Gertrudis
Sí, pero, Ofelia...
Ofelia
Oíd, oíd.
Blancos paños le vestían...


Escena XIII

CLAUDIO, GERTRUDIS, OFELIA, HORACIO


Gertrudis
¡Desgraciada! ¿Veis esto, señor?
Ofelia
Blancos paños te vestían
como la nieve del monte
y al sepulcro le conducen,
cubierto de bellas flores,
que en tierno llanto de amor
se humedecieron entonces.
Claudio
¿Cómo estás, graciosa niña?
Ofelia
Buena, Dios os lo pague... Dicen que la lechuza fue antes una doncella, hija de un panadero. ¡Ah! Sabemos lo que somos ahora; pero no lo que podemos ser. Dios vendrá a visitaros.
Claudio
Alusión a su padre.
Ofelia
Pero no, no hablemos más en esto, y si os preguntan lo que significa decid:
De San Valentino
la fiesta es mañana:
yo, niña amorosa,
al toque del alba
iré a que me veas
desde tu ventana,
para que la suerte
dichosa me caiga.
Despierta el mancebo,
se viste de gala
y abriendo las puertas
entró la muchacha,
que viniendo virgen,
volvió desflorada.
Claudio
¡Graciosa Ofelia!
Ofelia
Sí, voy a acabar; sin jurarlo, os prometo que la voy a concluir.
¡Ay! ¡Mísera! ¡Cielos!
¡Torpeza villana!
¿Qué galán desprecia
ventura tan alta?
Pues todos son falsos,
le dice indignada.
Antes que en tus brazos
me mirase incauta,
de hacerme tu esposa
me diste palabra.
Y él responde entonces:
Por el sol te juro
que no lo olvidara,
si tú no te hubieras
venido a mi cama.
Claudio
¿Cuánto ha que está así?
Ofelia
Yo espero que todo irá bien... Debemos tener paciencia... Pero, yo no puedo menos de llorar considerando que le han dejado sobre la tierra fría... Mi hermano lo sabrá... Preciso... Y yo os doy las gracias por vuestros buenos consejos... Vamos : la carroza. Buenas noches, señoras, buenas noches. Amiguitas, buenas noches, buenas noches.
Claudio
Acompáñala a su cuarto, y haz que la asista suficiente guardia. Yo te lo ruego.


Escena XIV

CLAUDIO, GERTRUDIS


Claudio
¡Oh! Todo es efecto de un profundo dolor, todo nace de la muerte de su padre, y ahora observo, Gertrudis, que cuando los males vienen, no vienen esparcidos como espías; sino reunidos en escuadrones. Su padre muerto, tu hijo ausente (habiendo dado él mismo, justo motivo a su destierro), el pueblo alterado en tumulto con dañadas ideas y murmuraciones, sobre la muerte del buen Polonio; cuyo entierro oculto ha sido no leve imprudencia de nuestra parte. La desdichada Ofelia fuera de sí, turbada su razón, sin la cual somos vanos simulacros o comparables sólo a los brutos; y por último (y esto no es menos esencial que todo lo restante) su hermano, que ha venido secretamente de Francia, y en medio de tan extraños casos, se oculta entre sombras misteriosas, sin que falten lenguas maldicientes que envenenen sus oídos, hablándole de la muerte de su padre. Ni en tales discursos, a falta de noticias seguras, dejaremos de ser citados continuamente de boca en boca. Todos estos afanes juntos, mi querida Gertrudis, como una máquina destructora que se dispara, me dan muchas muertes a un tiempo.
Gertrudis
¡Ay! ¡Dios! ¿Qué estruendo es éste?


Escena XV

CLAUDIO, GERTRUDIS, UN CABALLERO


Claudio
¿En dónde está mi guardia?... Acudid, defended las puertas... ¿Qué es esto?
Caballero
Huid, señor. El océano, sobrepujando sus términos, no traga las llanuras con ímpetu más espantoso que el que manifiesta el joven Laertes, ciego de furor; venciendo la resistencia que le oponen vuestros soldados. El vulgo le apellida Señor, y como si ahora comenzase a existir el mundo; la antigüedad y la costumbre (apoyo y seguridad de todo buen gobierno) se olvidan y se desconocen. Gritan por todas partes: nosotros elegimos por Rey a Laertes. Los sombreros arrojados al aire, las manos y las lenguas le aplauden, llegando a las nubes la voz general que repite: Laertes será nuestro Rey, viva Laertes.
Gertrudis
¡Con qué alegría sigue, ladrando, esa trahilla pérfida el rastro mal seguro en que va a perderse!
Claudio
Ya han roto las puertas.


Escena XVI

LAERTES, CLAUDIO, GERTRUDIS, SOLDADOS y PUEBLO


Laertes
¿En dónde está el Rey? Vosotros, quedaos todos afuera.
Voces
No, entremos!
Laertes
Yo os pido que me dejéis.
Voces
Bien, bien está.
Laertes
Gracia, señores. Guardad las puertas... y tú, indigno Príncipe, dame a mi padre.
Gertrudis
Menos, menos ardor, querido Laertes.
Laertes
Si hubiese en mí una gota de sangre con menos ardor, me declararía por hijo espurio, infamaría de cornudo a mi padre e imprimiría sobre la frente limpia y casta de mi madre honestísima, la nota infame de prostituta.
Claudio
Pero, Laertes, ¿cuál es el motivo de tan atrevida rebelión? Déjale, Gertrudis, no le contengas... No temas nada contra mí. Existe una fuerza divina que defiende a los Reyes: la traición no puede, como quisiera, penetrar hasta ellos, y ve malogrados en la ejecución todos sus designios... Dime, Laertes, ¿por qué estás tan airado? Déjale Gertrudis... Habla tú.
Laertes
¿En dónde está mi padre?
Claudio
Murió.
Gertrudis
Pero no le ha muerto el Rey.
Claudio
Déjale preguntar cuanto quiera.
Laertes
¿Y cómo ha sido su muerte?.. ¡Eh!... No, a mí no se me engaña. Váyase al infierno la fidelidad, llévese el más atezado demonio los juramentos de vasallaje, sepúltense la conciencia, la esperanza de salvación, en el abismo más profundo... La condenación eterna no me horroriza, suceda lo que quiera, ni éste ni el otro mundo me importan nada... Sólo aspiro, y este es el punto en que insisto, sólo aspiro a dar completa venganza a mi difunto padre.
Claudio
¿Y quién te lo puede estorbar?
Laertes
Mi voluntad sola y no todo el universo, y en cuanto a los medios de que he de valerme, yo sabré economizarlos de suerte que un pequeño esfuerzo produzca efectos grandes.
Claudio
Buen Laertes, si deseas saber la verdad acerca de la muerte de tu amado padre ¿está escrito acaso en tu venganza, que hayas de atropellar sin distinción amigos y enemigos, culpados e inocentes?
Laertes
No, sólo a mis enemigos.
Claudio
¿Querrás, sin duda, conocerlos?
Laertes
¡Oh! A mis buenos amigos yo los recibiré con abiertos brazos, y semejante al pelícano amoroso, los alimentaré si necesario fuese con mi sangre misma.
Claudio
Ahora hablaste como buen hijo, y como caballero. Laertes, ni tengo culpa en la muerte de tu padre, ni alguno ha sentido como yo su desgracia. Esta verdad deberá ser tan clara a tu razón, como a tus ojos la luz del día.
Voces
Dejadla entrar.
Laertes
¿Qué novedad... qué ruido es este?


Escena XVII

CLAUDIO, GERTRUDIS, LAERTES, OFELIA, acompañamiento.


Laertes
¡Oh! ¡Calor activo, abrasa mi cerebro! ¡Lágrimas, en extremo cáusticas, consumid la potencia y la sensibilidad de mis ojos! Por los Cielos te juro que esa demencia tuya será pagada por mí con tal exceso, que el peso del castigo tuerza el fiel y baje la balanza... ¡Oh! ¡Rosa de Mayo! ¡Amable niña! ¡Mi querida Ofelia! ¡Mi dulce hermana!... ¡Oh! ¡Cielos! Y ¿es posible que el entendimiento de una tierna joven sea tan frágil como la vida del hombre decrépito?... Pero la naturaleza es muy fina en amor, y cuando éste llega al exceso, el alma se desprende tal vez de alguna preciosa parte de sí misma, para ofrecérsela en don al objeto amado.
Ofelia
Lleváronle en su ataúd
con el rostro descubierto.
Ay no ni, ay ay ay no ni.
Y sobre su sepultura
muchas lágrimas llovieron.
Ay no ni, ay ay ay no ni.
Adiós, querido mío. Adiós.
Laertes
Si gozando de tu razón me incitaras a la venganza, no pudieras conmoverme tanto.
Ofelia
Debéis cantar aquello de:
Abajito está
llámele, señor, que abajito está.
¡Ay! Que a propósito viene el estribillo... El pícaro del Mayordomo fue el que robó a la señorita.
Laertes
Esas palabras vanas producen mayor efecto en mí que el más concertado discurso.
Ofelia
Aquí traigo romero, que es bueno para la memoria. Tornad, amigo, para que os acordéis... Y aquí hay trinitarias, que son para los pensamientos.
Laertes
Aun en medio de su delirio quiere aludir a los pensamientos que la agitan, y a sus memorias tristes.
Ofelia
Aquí hay hinojo para vos, y palomillas y ruda... para vos también, y esto poquito es para mí. Nosotros podemos llamarla yerba santa del Domingo,... vos la usaréis con la distinción que os parezca... Esta es una margarita. Bien os quisiera dar algunas violetas; pero todas se marchitaron cuando murió mi padre. Dicen que tuvo un buen fin.
Un solitario
de plumas vario
me da placer.
Laertes
Ideas funestas, aflicción, pasiones terribles, los horrores del infierno mismo; ¡todo en su boca es gracioso y suave!
Ofelia
Nos deja, se va,
y no ha de volver.
No, que ya murió,
no vendrá otra vez...
su barba era nieve,
su pelo también.
Se fue, ¡dolorosa
partida! se fue.
En vano exhalamos
suspiros por él.
Los Cielos piadosos
descanso le den.
A él y a todas las almas cristianas. Dios lo quiera... ¡Eh!, señores, adiós.


Escena XVIII

CLAUDIO, GERTRUDIS, LAERTES


Laertes
Veis esto, ¡Dios mío!
Claudio
Yo debo tomar parte en tu aflicción, Laertes: no me niegues este derecho... Óyeme aparte. Elige entre los más prudentes de tus amigos, aquellos que te parezca. Oigamos a entrambos y juzguen. Si por mí propio o por mano ajena, resulto culpado: mi reino, mi corona, mi vida, cuanto puedo llamar mío, todo te lo daré para satisfacerte. Si no hay culpa en mí, deberé contar otra vez con tu obediencia, y unidos ambos, buscaremos los medios de aliviar tu dolor.
Laertes
Hágase lo que decís... Su arrebatada muerte, su oscuro funeral: sin trofeos, armas, ni escudos sobre el cadáver, ni debidos honores, ni decorosa pompa; todo, todo está clamando del cielo a la tierra por un examen, el más riguroso.
Claudio
Tú le obtendrás, y la segur terrible de la justicia caerá sobre el que fuere delincuente. Ven conmigo.


Escena XIX

HORACIO, UN CRIADO

Sala en casa de HORACIO.


Horacio
¿Quiénes son los que me quieren hablar?
Criado
Unos marineros, que según dicen os traen cartas.
Horacio
Hazlos entrar. Yo no sé de qué parte del mundo pueda nadie escribirme, si ya no es Hamlet mi señor.


Escena XX

HORACIO, DOS MARINEROS


Marinero 1º
Dios os guarde.
Horacio
Y a vosotros también.
Marinero 1º
Así lo hará si es su voluntad. Estas cartas del Embajador que se embarcó para Inglaterra vienen dirigidas a vos, si os llamáis Horacio, como nos han dicho.
Horacio
Horacio: luego que hayas leído ésta, dirigirás esos hombres al Rey para el cual les he dado una carta. Apenas llevábamos dos días de navegación, cuando empezó a darnos caza un pirata muy bien armado. Viendo que nuestro navío era poco velero, nos vimos precisados a apelar al valor. Llegamos al abordaje: yo salté el primero en la embarcación enemiga, que al mismo tiempo logró desaferrarse de la nuestra, y por consiguiente me hallé solo y prisionero. Ellos se han portado conmigo como ladrones compasivos; pero ya sabían lo que se hacían, y se lo he pagado muy bien. Haz que el Rey reciba las cartas que le envío, y tú ven a verme con tanta diligencia, como si huyeras de la muerte. Tengo unas cuantas palabras que decirte al oído que te dejarán atónito; bien que todas ellas no serán suficientes a expresar la importancia del caso. Esos buenos hombres te conducirán hasta aquí. Guillermo y Ricardo siguieron su camino a Inglaterra. Mucho tengo que decirte de ellos. Adiós. Tuyo siempre, Hamlet. Vamos. Yo os introduciré para que presentéis esas cartas. Conviene hacerlo pronto, a fin de que me llevéis después a donde queda el que os las entregó.


Escena XXI

CLAUDIO, LAERTES

Gabinete del Rey.


Claudio
Sin duda tu rectitud aprobará ya mi descargo y me darás lugar en el corazón como a tu amigo; después que has oído, con pruebas evidentes, que el matador de tu noble padre, conspiraba contra mi vida.
Laertes
Claramente se manifiesta... Pero, decidme ¿por qué no procedéis contra excesos tan graves y culpables? Cuando vuestra prudencia, vuestra grandeza, vuestra propia seguridad, todas las consideraciones juntas deberían excitaros tan particularmente a reprimirlos.
Claudio
Por dos razones, que aunque tal vez las juzgarás débiles; para mí han sido muy poderosas. Una es, que la Reina su madre vive pendiente casi de sus miradas, y al mismo tiempo (sea desgracia o felicidad mía) tan estrechamente unió el amor mi vida y mi alma a la de mi esposa, que así como los astros no se mueven sino dentro de su propia esfera, así en mí no hay movimiento alguno que no dependa de su voluntad. La otra razón por que no puedo proceder contra el agresor públicamente es el grande cariño que le tiene el pueblo, el cual, como la fuente cuyas aguas mudan los troncos en piedras, bañando en su afecto las faltas del Príncipe, convierte en gracias todos sus yerros. Mis flechas no pueden con tal violencia dispararse, que resistan a huracán tan fuerte; y sin tocar el punto a que las dirija, se volverán otra vez al arco.
Laertes
Seguiré en todo vuestras ideas, y mucho más si disponéis que yo sea el instrumento que las ejecute.
Claudio
Todo sucede bien... Desde que te fuiste se ha hablado mucho de ti delante de Hamlet, por una habilidad en que dicen que sobresales. Las demás que tienes no movieron tanto su envidia como ésta sola; que en mi opinión ocupa el último lugar.
Laertes
¿Y qué habilidad es, señor?
Claudio
No es más que un lazo en el sombrero de la juventud; pero que la es muy necesario, puesto que así son propios de la juventud los adornos ligeros y alegres, como de la edad madura las ropas y pieles que se viste, por abrigo y decencia... Dos meses ha que estuvo aquí un caballero de Normandía... Yo conozco a los franceses muy bien, he militado contra ellos, y son por cierto buenos jinetes; pero el galán de quien hablo era un prodigio en esto. Parecía haber nacido sobre la silla, y hacía ejecutar al caballo tan admirables movimientos, como si él y su valiente bruto animaran un cuerpo solo, y tanto excedió a mis ideas, que todas las formas y actitudes que yo pude imaginar, no negaron a lo que él hizo.
Laertes
¿Decís que era normando?
Claudio
Sí, normando.
Laertes
Ese es Lamond, sin duda.
Claudio
Él mismo.
Laertes
Le conozco bien y es la joya más precisa de su nación.
Claudio
Pues éste hablando de ti públicamente, te llenaba de elogios por tu inteligencia y ejercicio en la esgrima, y la bondad de tu espada en la defensa y el ataque; tanto que dijo alguna vez, que sería un espectáculo admirable el verte lidiar con otro de igual mérito; si pudiera hallarse, puesto que según aseguraba él mismo, los más diestros de su nación carecían de agilidad para las estocadas y los quites cuando tú esgrimías con ellos. Este informe irritó la envidia de Hamlet, y en nada pensó desde entonces sino en solicitar con instancia tu pronto regreso, para batallar contigo. Fuera de esto...
Laertes
¿Y qué hay además de eso, señor?
Claudio
Laertes, ¿amaste a tu padre? O eres como las figuras de un lienzo, que tal vez aparentan tristeza en el semblante, cuando las falta un corazón.
Laertes
¿Por qué lo preguntáis?
Claudio
No porque piense que no amabas a tu padre; sino porque sé que el amor está sujeto al tiempo, y que el tiempo extingue su ardor y sus centellas; según me lo hace ver la experiencia de los sucesos. Existe en medio de la llama de amor una mecha o pábilo que la destruye al fin, nada permanece en un mismo grado de bondad constantemente, pues la salud misma degenerando en plétora perece por su propio exceso. Cuanto nos proponemos hacer debería ejecutarse en el instante mismo en que lo deseamos, porque la voluntad se altera fácilmente, se debilita y se entorpece, según las lenguas, las manos y los accidentes que se atraviesan; y entonces, aquel estéril deseo es semejante a un suspiro, que exhalando pródigo el aliento causa daño, en vez de dar alivio... Pero, toquemos en lo vivo de la herida. Hamlet vuelve. ¿Qué acción emprenderías tú para manifestar, más con las obras que con las palabras, que eres digno hijo de tu padre?
Laertes
¿Qué haré? Le cortaré la cabeza en el templo mismo.
Claudio
Cierto que no debería un homicida hallar asilo en parte alguna, ni reconocer límites una justa venganza; pero, buen Laertes, haz lo que te diré. Permanece oculto en tu cuarto; cuando llegue Hamlet sabrá que tú has venido; yo le haré acompañar por algunos que alabando tu destreza den un nuevo lustre a los elogios que hizo de ti el francés. Por último, llegaréis a veros; se harán apuestas en favor de uno y otro... Él, que es descuidado, generoso, incapaz de toda malicia, no reconocerá los floretes; de suerte que te será muy fácil, con poca sutileza que uses, elegir una espada sin botón, y en cualquiera de las jugadas tomar satisfacción de la muerte de tu padre.
Laertes
Así lo haré, y a ese fin quiero envenenar la espada con cierto ungüento que compré de un charlatán, de cualidad tan mortífera, que mojando un cuchillo en él, adonde quiera que haga sangre introduce la muerte; sin que haya emplasto eficaz que pueda evitarla, por más que se componga de cuantos simples medicinales crecen debajo de la luna. Yo bañaré la punta de mi espada en este veneno, para que apenas le toque, muera.
Claudio
Reflexionemos más sobre esto... Examinemos, qué ocasión, qué medios serán más oportunos a nuestro engaño; porque, si tal vez se malogra, y equivocada la ejecución se descubren los fines, valiera más no haberlo emprendido. Conviene, pues, que este proyecto vaya sostenido con otro segundo, capaz de asegurar el golpe, cuando por el primero no se consiga. Espera... Déjame ver si... Haremos una apuesta solemne sobre vuestra habilidad y... Sí, ya hallé el medio. Cuando con la agitación os sintáis acalorados y sedientos (puesto que al fin deberá ser mayor la violencia del combate), él pedirá de beber, y yo le tendré prevenida expresamente una copa, que al gustarla sólo, aunque haya podido librarse de tu espada ungida, veremos cumplido nuestro deseo. Pero... Calla. ¿Qué ruido se escucha?


Escena XXIV

GERTRUDIS, CLAUDIO, LAERTES


Claudio
¿Qué ocurre de nuevo, amada Reina?
Gertrudis
Una desgracia va siempre pisando las ropas de otra; tan inmediatas caminan. Laertes tu hermana acaba de ahogarse.
Laertes
¡Ahogada! ¿En dónde? ¡Cielos!
Gertrudis
Donde hallaréis un sauce que crece a las orillas de ese arroyo, repitiendo en las ondas cristalinas la imagen de sus hojas pálidas. Allí se encaminó, ridículamente coronada de ranúnculos, ortigas, margaritas y luengas flores purpúreas, que entre los sencillos labradores se reconocen bajo una denominación grosera, y las modestas doncellas llaman, dedos de muerto. Llegada que fue, se quitó la guirnalda, y queriendo subir a suspenderla de los pendientes ramos; se troncha un vástago envidioso, y caen al torrente fatal, ella y todos sus adornos rústicos. Las ropas huecas y extendidas la llevaron un rato sobre las aguas, semejante a una sirena, y en tanto iba cantando pedazos de tonadas antiguas, como ignorante de su desgracia, o como criada y nacida en aquel elemento. Pero no era posible que así durarse por mucho espacio. Las vestiduras, pesadas ya con el agua que absorbían la arrebataron a la infeliz; interrumpiendo su canto dulcísimo, la muerte, llena de angustias.
Laertes
¿Qué en fin se ahogó? ¡Mísero!
Gertrudis
Sí, se ahogó, se ahogó.
Laertes
¡Desdichada Ofelia! Demasiada agua tienes ya, por eso quisiera reprimir la de mis ojos... Bien que a pesar de todos nuestros esfuerzos, imperiosa la naturaleza sigue su costumbre, por más que el valor se avergüence. Pero, luego que este llanto se vierta, nada quedará en mí de femenil ni de cobarde... Adiós señores... Mis palabras de fuego arderían en llamas, si no las apagasen estas lágrimas imprudentes.
Claudio
Sigámosle, Gertrudis, que después de haberme costado tanto aplacar su cólera, temo ahora que esta desgracia no la irrite otra vez. Conviene seguirle.

Hamlet Quinto Acto

Escena I

SEPULTURERO 1.º SEPULTURERO 2.º

Cementerio contiguo a una iglesia.


Sepulturero 1º
¿Y es la que ha de (192) sepultarse en tierra sagrada, la que deliberadamente ha conspirado contra su propia salvación?
Sepulturero 2º
Dígote que sí, conque haz presto el hoyo. El juez ha reconocido ya el cadáver y ha dispuesto que se la entierre en sagrado.
Sepulturero 1º
Yo no entiendo cómo va eso... Aun si se hubiera ahogado haciendo esfuerzos para librarse, anda con Dios.
Sepulturero 2º
Así han juzgado que fue.
Sepulturero 1º
No, no, eso fue se offendendo; ni puede haber sido de otra manera: porque... Ve aquí el punto de la dificultad. Si yo me ahogo voluntariamente, esto arguye por de contado una acción, y toda acción consta de tres partes, que son: hacer, obrar y ejecutar, de donde se infiere, amigo Rasura, que ella se ahogó voluntariamente.
Sepulturero 2º
¡Qué! Pero, oígame ahora el tío Socaba.
Sepulturero 1º
No, deja, yo te diré. Mira, aquí está el agua. Bien. Aquí está un hombre. Muy bien... Pues señor, si este hombre va y se mete dentro del agua, se ahoga a sí mismo, porque, por fas o por nefas, ello es que él va... Pero, atiende a lo que digo. Si el agua viene hacia él y le sorprende y le ahoga, entonces no se ahoga él a sí propio... Compadre Rasura, el que no desea su muerte, no se acorta la vida.
Sepulturero 2º
¿Y qué hay leyes para eso?
Sepulturero 1º
Ya se ve que las hay, y por ellas se guía el juez que examina estos casos.
Sepulturero 2º
¿Quieres que te diga la verdad? Pues mira, si la muerta no fuese una señora, yo te aseguro que no la enterrarían en sagrado.
Sepulturero 1º
En efecto dices bien y es mucha lástima que los grandes personajes hayan de tener en este mundo especial privilegio, entre todos los demás cristianos, para ahogarse y ahorcarse cuando quieren, sin que nadie les diga nada... Vamos allá (193) con el azadón... Ello es que no hay caballeros de nobleza más antigua que los jardineros, sepultureros y cavadores, que son los que ejercen la profesión de Adán.
Sepulturero 2º
Pues qué, ¿Adán fue caballero (194)?
Sepulturero 1º
¡Toma! Como que fue el primero que llevó armas... Pero, voy a hacerte una pregunta y si no me respondes a cuento, has de confesar que eres un...
Sepulturero 2º
Adelante.
Sepulturero 1º
¿Cuál es el que construye edificios más fuertes, que los que hacen los albañiles y los carpinteros de casas y navíos?
Sepulturero 2º
El que hace la horca, porque aquella fábrica sobrevive a mil inquilinos.
Sepulturero 1º
Agudo eres, por vida mía. Buen edificio es la horca; pero, ¿cómo es bueno? Es bueno para los que hacen mal; ahora bien, tú haces mal en decir que la horca es fábrica más fuerte que una iglesia, con que la horca podría ser buena para ti... Volvamos a la pregunta.
Sepulturero 2º
¿Cuál es el que hace habitaciones más durables que las que hacen los albañiles, los carpinteros de casas y de navíos?
Sepulturero 1º
Sí, dímelo y sales del apuro.
Sepulturero 2º
Ya se ve que te lo diré.
Sepulturero 1º
Pues vamos.
Sepulturero 2º
Pues no puedo decirlo.
Sepulturero 1º
Vaya, no te rompas la cabeza sobre ello... Tú eres un burro lerdo, que no saldrá de su paso por más que le apaleen. Cuando te hagan esta pregunta, has de responder: el Sepulturero. ¿No ves que las casas que él hace, duran hasta el día del juicio? Anda, ve ahí a casa de Juanillo y tráeme una copa de aguardiente.

Escena II

HAMLET, HORACIO, SEPULTURERO 1.º


Sepulturero 1º
Yo amé en mis primeros años (195),
dulce cosa lo juzgué;
pero casarme, eso no,
que no me estuviera bien.
Hamlet
Qué poco (196) siente ese hombre lo que hace, que abre una sepultura y canta.
Horacio
La costumbre le ha hecho ya familiar esa ocupación.
Hamlet
Así es la verdad. La mano que menos trabaja, tiene más delicado el tacto.
Sepulturero 1º
La edad callada en la huesa (197)
me hundió con mano cruel,
y toda se destruyó
la existencia que gocé.
Hamlet
Aquella calavera tendría lengua en otro tiempo, y con ella podría también cantar... ¡Cómo la tira al suelo el pícaro! Como si fuese la quijada con que hizo Caín el primer homicidio. Y la que está maltratando ahora ese bruto, podría ser muy bien la cabeza de algún estadista, que acaso pretendió engañar al Cielo mismo. ¿No te parece?
Horacio
Bien puede ser.
Hamlet
O la de algún cortesano, que diría: felicísimos días, Señor Excelentísimo, ¿cómo va de salud, mi venerado Señor? Ésta puede ser la del caballero Fulano, que hacía grandes elogios del potro del caballero Zutano, para pedírsele prestado después. ¿No puede ser así?
Horacio
Sí, señor.
Hamlet
¡Oh! Sí por cierto, y ahora está en poder del señor gusano, estropeada y hecha pedazos con el azadón de un sepulturero... Grandes revoluciones se hacen aquí, si hubiera en nosotros, medios para observarlas... Pero, ¿costó acaso tan poco la formación de estos huesos a la naturaleza, que hayan de servir para que esa gente (198) se divierta en sus garitos con ellos?... ¡Eh! Los míos se estremecen al considerarlo.
Sepulturero 1º
Una piqueta (199)
con una azada,
un lienzo donde
revuelto vaya,
y un hoyo en tierra
que le preparan:
para tal huésped
eso le basta.
Hamlet
Y esa otra, ¿por qué no podría ser la calavera de un letrado? ¿Adónde se fueron sus equívocos y sutilezas, sus litigios, sus interpretaciones, sus embrollos? ¿Por qué sufre ahora que ese bribón, grosero, le golpee contra la pared, con el azadón lleno de barro?... ¡Y no dirá palabra acerca de un hecho tan criminal! Éste sería, quizás, mientras vivió, un gran comprador de tierras, con sus obligaciones y reconocimientos, transacciones, seguridades mutuas, pagos, recibos... Ve aquí el arriendo de sus arriendos, y el cobro de sus cobranzas; todo ha venido a parar en una calavera llena de lodo. Los títulos de los bienes que poseyó cabrían difícilmente en su ataúd. Y, no obstante eso, todas las fianzas y seguridades recíprocas de sus adquisiciones no le han podido asegurar otra posesión que la de un espacio pequeño, capaz de cubrirse con un par de sus escrituras... ¡Oh! ¡Y a su opulento sucesor tampoco le quedará más!
Horacio
Verdad es, señor.
Hamlet
¿No se hace el pergamino de piel de carnero?
Horacio
Sí señor, y de piel de ternera también.
Hamlet
Pues, dígote, que son más irracionales que las terneras y carneros, los que fundan su felicidad en la posesión de tales pergaminos. Voy a tramar conversación con este hombre. ¿De quién es esa sepultura, buena pieza? (200)
Sepulturero 1º
Mía, señor (201).

y un hoyo en tierra (202)

que le preparan:

para tal huésped

eso le basta.

Hamlet
Sí, yo creo que es tuya porque estás ahora dentro de ella... Pero la sepultura es para los muertos, no para los vivos: con que has mentido.
Sepulturero 1º
Ve ahí un mentís demasiado vivo; pero yo os le volveré.
Hamlet
¿Para qué muerto cavas esa sepultura?
Sepulturero 1º
No es hombre, señor.
Hamlet
Pues bien, ¿para qué mujer?
Sepulturero 1º
Tampoco es eso.
Hamlet
Pues ¿qué es lo que ha de enterrarse ahí?
Sepulturero 1º
Un cadáver que fue mujer; pero ya murió... Dios la perdone.
Hamlet
¡Qué taimado es! Hablémosle clara y sencillamente, porque si no, es capaz de confundirnos a equívocos. De tres años a esta parte he observado cuanto se va sutilizando la edad en que vivimos... Por vida mía, Horacio, que ya el villano sigue tan de cerca al caballero, que muy pronto le desollará el talón. ¿Cuánto tiempo ha que eres sepulturero?
Sepulturero 1º
Toda mi vida, se puede decir. Yo comencé el oficio, el día que nuestro último Rey Hamlet venció a Fortimbrás.
Hamlet
¿Y cuánto tiempo habrá?
Sepulturero 1º
¡Toma! ¿No lo sabéis? Pues hasta los chiquillos os lo dirán. Eso sucedió el mismo día en que nació el joven Hamlet, el que está loco y se ha ido a Inglaterra.
Hamlet
¡Oiga! ¿Y por qué se ha ido a Inglaterra?
Sepulturero 1º
Porque..., porque está loco, y allí cobrará su juicio; y si no le cobra a bien que poco importa.
Hamlet
¿Por qué?
Sepulturero 1º
Porque allí todos son tan locos como él, y no será reparado.
Hamlet
¿Y cómo ha sido volverse loco?
Sepulturero 1º
De un modo muy extraño, según dicen.
Hamlet
¿De qué modo?
Sepulturero 1º
Habiendo perdido el entendimiento.
Hamlet
Pero, ¿qué motivo dio lugar a eso? (203)
Sepulturero 1º
¿Qué lugar? Aquí en Dinamarca, donde soy enterrador, y lo he sido de chico y de grande, por espacio de treinta años.
Hamlet
¿Cuánto tiempo podrá estar enterrado un hombre sin corromperse?
Sepulturero 1º
De suerte que si él no corrompía ya en vida (como nos sucede todos los días con muchos cuerpos galicados, que no hay por donde asirlos), podrá durar cosa de ocho o nueve años. Un curtidor durará nueve años, seguramente.
Hamlet
¿Pues qué tiene él más que otro cualquiera?
Sepulturero 1º
Lo que tiene es un pellejo tan curtido ya, por mor de su ejercicio, que puede resistir mucho tiempo al agua; y el agua, señor mío, es la cosa que más pronto destruye a cualquier hideputa de muerto. Ve aquí una calavera que ha estado debajo de tierra veintitrés años.
Hamlet
¿De quién es?
Sepulturero 1º
Mayor hideputa, ¡loco! ¿De quién os parece que será?
Hamlet
¿Yo cómo he de saberlo?
Sepulturero 1º
¡Mala peste en él y en sus travesuras!... Una vez me echó un frasco de vino del Rhin por los cabezones... Pues, señor, esta calavera es la calavera de Yorick, el bufón del Rey (204).
Hamlet
¿Ésta?
Sepulturero 1º
La misma.
Hamlet
¡Ay! ¡Pobre Yorick! Yo le conocí, Horacio..., era un hombre sumamente gracioso de la más fecunda imaginación. Me acuerdo que siendo yo niño me llevó mil veces sobre sus hombros... y ahora su vista me llena de horror; y oprimido el pecho palpita... Aquí estuvieron aquellos labios donde yo di besos sin número. ¿Qué se hicieron tus burlas, tus brincos, tus cantares y aquellos chistes repentinos que de ordinario animaban la mesa con alegre estrépito? Ahora, falto ya enteramente de músculos, ni aún puedes reírte de tu propia deformidad... Ve al tocador de alguna de nuestras damas y dile, para excitar su risa, que porque se ponga una pulgada de afeite en el rostro; al fin habrá de experimentar esta misma transformación... (205) Dime una cosa, Horacio.
Horacio
¿Cuál es, señor?
Hamlet
¿Crees tú que Alejandro, metido debajo de tierra, tendría esa forma horrible?
Horacio
Cierto que sí.
Hamlet
Y exhalaría ese mismo hedor... ¡Uh!
Horacio
Sin diferencia alguna (206).
Hamlet
En qué abatimiento hemos de parar, ¡Horacio! Y ¿por qué no podría la imaginación seguir las ilustres cenizas de Alejandro, hasta encontrarla tapando la boca de algún barril?
Horacio
A fe que sería excesiva curiosidad ir a examinarlo.
Hamlet
No, no por cierto. No hay sino irle siguiendo hasta conducirle allí, con probabilidad y sin violencia alguna. Como si dijéramos: Alejandro murió, Alejandro fue sepultado, Alejandro se redujo a polvo, el polvo es tierra, de la tierra hacemos barro... ¿y por qué con este barro en que él está ya convertido, no habrán podido tapar un barril de cerveza? El emperador César, muerto y hecho tierra, puede tapar un agujero para estorbar que pase el aire... ¡Oh!... Y aquella tierra, que tuvo atemorizado el orbe, servirá tal vez de reparar las hendiduras de un tabique, contra las intemperies del invierno... Pero, callemos... hagámonos a un lado, que... sí... Aquí viene el Rey, la Reina, los Grandes... ¿A quién acompañan? ¡Qué ceremonial tan incompleto es éste! Todo ello me anuncia que el difunto que conducen, dio fin a su vida con desesperada mano... Sin duda era persona de calidad... Ocultémonos un poco, y observa.

Escena III

CLAUDIO, GERTRUDIS, HAMLET, LAERTES, HORACIO, UN CURA, DOS SEPULTUREROS. Acompañamiento de Damas, Caballeros y Criados. (207)


Laertes
¿Qué otra ceremonia falta? (208)
Hamlet
Mira, aquel es Laertes, joven muy ilustre.
Laertes
¿Qué ceremonia falta?
El cura
Ya se han celebrado sus exequias con toda la decencia posible. Su muerte da lugar a muchas dudas, y a no haberse interpuesto la suprema autoridad que modifica las leyes, hubiera sido colocada en lugar profano, allí estuviera hasta que sonase la trompeta final, y en vez de oraciones piadosas, hubieran caído sobre su cadáver guijarros, piedras y cascote. No obstante esto, se la han concedido las vestiduras y adornos virginales, el clamor de las campanas y la sepultura.
Laertes
¿Con que no se debe hacer más?
El cura
No más. Profanaríamos los honores sagrados de los difuntos cantando un réquiem para implorar el descanso de su alma, como se hace por aquellos que parten de esta vida con más cristiana disposición.
Laertes
Dadla tierra, pues (209). Sus hermosos e intactos miembros acaso producirán violetas suaves. Y a ti, clérigo zafio, te anuncio que mi hermana será un ángel del Señor, mientras tú estarás bramando en los abismos.
Hamlet
¡Qué! ¡La hermosa Ofelia!
Gertrudis
Dulces dones a mi dulce amiga (210). A Dios... Yo deseaba que hubieras sido esposa de mi Hamlet, graciosa doncella, y esperé cubrir de flores tu lecho nupcial..., pero no tu sepulcro.
Laertes
¡Oh! ¡Una y mil veces sea maldito, aquel cuya acción inhumana te privó a ti del más sublime entendimiento!... No... esperad un instante, no echéis la tierra todavía... No..., hasta que otra vez la estreche en mis brazos... (211) Echadla ahora sobre la muerta y el vivo, hasta que de este llano hagáis un monte que descuelle sobre el antiguo Pelión o sobre la azul extremidad del Olimpo que toca los cielos.
Hamlet
¿Quién es el que da a sus penas idioma tan enfático? (212) ¿El que así invoca en su aflicción a las estrellas errantes, haciéndolas detenerse admiradas a oírle?... Yo soy Hamlet, Príncipe de Dinamarca.
Laertes
El demonio lleve tu alma.
Hamlet
No es justo lo que pides... Quita esos (213) dedos de mi cuello, porque aunque no soy precipitado ni colérico; algún riesgo hay en ofenderme, y si eres prudente, debes evitarle. Quita de ahí esa mano.
Claudio
Separadlos.
Gertrudis
¡Hamlet! ¡Hamlet!
Todos
¡Señores!
Horacio
Moderaos, señor.
Hamlet
No, por causa tan justa lidiaré con él, hasta que cierre mis párpados la muerte.
Gertrudis
Qué causa puede haber, hijo mío...
Hamlet
Yo he querido a Ofelia y cuatro mil hermanos juntos no podrán, con todo su amor, exceder al mío... ¿Qué quieres hacer por ella? Di.
Claudio
Laertes, mira que está loco.
Gertrudis
Por Dios, Laertes, déjale.
Hamlet
Dime lo que intentas hacer (214). ¿Quieres llorar, combatir, negarte al sustento, hacerte pedazos, beber todo el Esil (215), devorar un caimán? Yo lo haré también... ¿Vienes aquí a lamentar su muerte, a insultarme precipitándote en su sepulcro, a ser enterrado vivo con ella?... Pues bien, eso quiero yo, y si hablas de montes, descarguen sobre nosotros yugadas de tierra innumerables, hasta que estos campos tuesten su frente en la tórrida zona, y el alto Ossa parezca en su comparación un terrón pequeño... Si me hablas con soberbia, yo usaré un lenguaje tan altanero como el tuyo.
Gertrudis
Todos son efectos de su frenesí, cuya violencia podrá agitarte por algún tiempo; pero después, semejante a la mansa paloma cuando siente animada las mellizas crías, le veréis sin movimiento y mudo.
Hamlet
Óyeme: ¿cuál es la razón de obrar así conmigo? Siempre te he querido bien... Pero nada importa. Aunque el mismo Hércules, con todo su poder, quiera estorbarlo, el gato maullará y el perro quedará vencedor (216).
Claudio
Horacio, ve, no le abandones... Laertes, nuestra plática de la noche anterior fortificará tu paciencia, mientras dispongo lo que importa en la ocasión presente... Amada Gertrudis, será bien que alguno se encargue de la guarda de tu hijo. Esta sepultura se adornará con un monumento durable. Espero que gozaremos brevemente horas más tranquilas; pero, entretanto, conviene sufrir.


Escena IV

HAMLET, HORACIO

Salón del Palacio. (217)


Hamlet
Baste ya lo dicho sobre esta materia. Ahora quisiera informarte de lo demás; pero, ¿te acuerdas bien de todas las circunstancias?
Horacio
¿No he de acordarme, señor?
Hamlet
Pues sabrás (218) amigo, que agitado continuamente mi corazón en una especie de combate, no me permitía conciliar el sueño, y en tal situación me juzgaba más infeliz que el delincuente cargado de prisiones. Una temeridad... Bien que debo dar gracias a esta temeridad, pues por ella existo. Sí, confesemos que tal vez nuestra indiscreción suele sernos útil; al paso que los planes concertados con la mayor sagacidad, se malogran, prueba certísima de que la mano de Dios conduce a su fin todas nuestras acciones por más que el hombre las ordene sin inteligencia.
Horacio
Así es la verdad.
Hamlet
Salgo, pues, de mi camarote, mal rebujado con un vestido de marinero, y a tientas, favorecido de la oscuridad, llego hasta donde ellos estaban. Logro mi deseo, me apodero de sus papeles, y me vuelvo a mi cuarto. Allí, olvidando mis recelos toda consideración, tuve la osadía de abrir sus despachos, y en ellos encuentro, amigo, una alevosía del Rey. Una orden precisa, apoyada en varias razones, de ser importante a la tranquilidad de Dinamarca, y aún a la de Inglaterra y ¡oh! mil temores y anuncios de mal, si me dejan vivo... En fin, decía: que luego que fuese leída, sin dilación, ni aun para afinar a la segur el filo, me cortasen la cabeza.
Horacio
¡Es posible!
Hamlet
Mira la orden aquí (219), podrás leerla en mejor ocasión; pero ¿quieres saber lo que yo hice?
Horacio
Sí, yo os lo ruego.
Hamlet
Ya ves como rodeado así de traiciones, ya ellos habían empezado el drama, aun antes de que yo hubiese comprendido el prólogo. No obstante, siéntome al bufete, imagino una orden distinta, y la escribo inmediatamente de buena letra... Yo creí algún tiempo (como todos los grandes señores) que el escribir bien fuese un desdoro; y aun no dejé de hacer muchos esfuerzos para olvidar esta habilidad; pero ahora conozco, Horacio, cuán útil me ha sido tenerla. ¿Quieres saber lo que el escrito contenía?
Horacio
Sí señor.
Hamlet
Una súplica del Rey dirigida con grandes instancias al de Inglaterra, como a su obediente feudatario, diciéndole que su recíproca amistad florecería como la palma robusta; que la paz, coronada de espigas, mantendría la quietud de ambos imperios, uniéndolos en amor durable, con otras expresiones no menos afectuosas. Pidiéndole, por último, que vista que fuese aquella carta, sin otro examen, hiciese perecer con pronta muerte a los dos mensajeros; no dándoles tiempo ni aun para confesar su delito.
Horacio
¿Y cómo la pudisteis sellar?
Hamlet
Aún eso también parece que lo dispuso el Cielo, porque felizmente trata conmigo el sello de mi padre, por el cual se hizo el que hoy usa el Rey. Cierro el pliego en la forma que el anterior, póngole la misma dirección, el mismo sello, le conduzco sin ser visto al mismo paraje y nadie nota el cambio... Al día siguiente ocurrió el combate naval, lo que después sucedió, ya lo sabes.
Horacio
De ese modo, Guillermo y Ricardo caminan derechos a la muerte.
Hamlet
Ya ves que ellos han solicitado este encargo, mi conciencia no me acusa acerca de su castigo... Ellos mismos se han procurado su ruina... Es muy peligroso al inferior meterse entre las puntas de las espadas, cuando dos enemigos poderosos lidian.
Horacio
¡Oh! ¡Qué Rey éste!
Hamlet
¿Juzgas tú, que no estoy en obligación de proseguir lo que falta? Él, que asesinó a mi padre y mi Rey, que ha deshonrado a mi madre, que se ha introducido furtivamente entre el solio, y mis derechos justos, que ha conspirado contra mi vida, valiéndose de medios tan aleves... ¿No será justicia rectísima castigarle con esta mano? No será culpa en mí tolerar que ese monstruo exista, para cometer como hasta aquí, maldades atroces?
Horacio
Presto le avisarán de Inglaterra cual ha sido el éxito de su solicitud.
Hamlet
Sí, presto lo sabrá; pero entretanto el tiempo es mío y para quitar a un hombre la vida, un instante basta... Sólo me disgusta, amigo Horacio, el lance ocurrido con Laertes, en que olvidado de mí propio, no vi en mi sentimiento la imagen y semejanza del suyo. Procuraré su amistad, sí... Pero, ciertamente, aquel tono amenazador que daba a sus quejas irritó en exceso mi cólera.
Horacio
Callad... ¿Quién viene aquí?


Escena V

HAMLET, HORACIO, ENRIQUE


Enrique
En hora (220) feliz haya regresado vuestra Alteza a Dinamarca.
Hamlet
Muchas gracias, caballero... ¿Conoces a este moscón?
Horacio
No señor.
Hamlet
Nada se te dé, que el conocerle es por cierto poco agradable. Este es señor de muchas tierras y muy fértiles, y por más que él sea un bestia que manda en otros tan bestias como él; ya se sabe, tiene su pesebre fijo en la mesa del Rey... Es la corneja más charlera que en mi vida he visto; pero como te he dicho ya, posee una gran porción de polvo.
Enrique
Amable Príncipe, si vuestra grandeza no tiene ocupación que se lo estorbe, yo le comunicaría una cosa de parte del Rey.
Hamlet
Estoy dispuesto a oírla con la mayor atención... Pero, emplead el sombrero en el uso a que fue destinado. El sombrero se hizo para la cabeza.
Enrique
Muchas gracias, señor... ¡Eh! El tiempo está caluroso.
Hamlet
No, al contrario, muy frío. El viento es norte.
Enrique
Cierto que hace bastante frío.
Hamlet
Antes yo creo... a lo menos para mi complexión, hace un calor que abrasa.
Enrique
¡Oh! En extremo... Sumamente fuerte, como... Yo no sé como diga... Pues, señor, el Rey me manda que os informe de que ha hecho una grande apuesta en vuestro favor. Este es el asunto.
Hamlet
Tened presente que el sombrero se...
Enrique
¡Oh! Señor... Lo hago por comodidad... Cierto... Pues ello es, que Laertes acaba de llegar a la Corte... ¡Oh! Es un perfecto caballero, no cabe duda. Excelentes cualidades, un trato muy dulce, muy bien quisto de todos... Cierto, hablando sin pasión, es menester confesar que es la nata y flor de la nobleza, porque en él se hallan cuantas prendas pueden verse en un caballero.
Hamlet
La pintura que de él hacéis no desmerece nada en vuestra boca; aunque yo creí que, al hacer el inventario de sus virtudes, se confundirían la aritmética y la memoria y ambas serían insuficientes para suma tan larga. Pero, sin exagerar su elogio, yo le tengo por un hombre de grande espíritu, y de tan particular y extraordinaria naturaleza, que (hablando con toda la exactitud posible) no se hallará su semejanza sino en su mismo espejo; pues el que presuma buscarla en otra parte, sólo encontrará bosquejos informes.
Enrique
Vuestra Alteza acaba de hacer justicia imparcial en cuanto ha dicho de él.
Hamlet
Sí, pero sépase a qué propósito nos enronquecemos ahora, entremetiendo en nuestra conversación las alabanzas de ese galán.
Enrique
¿Cómo decís, señor?
Horacio
¿No fuera mejor que le hablarais con más claridad? Yo creo, señor, que no os sería difícil.
Hamlet
Digo, que ¿a qué viene ahora hablar de ese caballero?
Enrique
¿De Laertes?
Horacio
¡Eh! Ya vació cuanto tenía, y se le acabó la provisión de frases brillantes.
Hamlet
Sí señor, de ese mismo.
Enrique
Yo creo que no estaréis ignorante de...
Hamlet
Quisiera que no me tuvierais por ignorante; bien que vuestra opinión no me añada un gran concepto... Y bien, ¿qué más?
Enrique
Decía que no podéis ignorar el mérito de Laertes.
Hamlet
Yo no me atreveré a confesarlo, por no igualarme con él; siendo averiguado que para conocer bien a otro, es menester conocerse bien a sí mismo.
Enrique
Yo lo decía por su destreza en el arma, puesto que según la voz general, no se le conoce compañero.
Hamlet
¿Y qué arma es la suya?
Enrique
Espada y daga.
Hamlet
Esas son dos armas... Vaya adelante.
Enrique
Pues señor, el Rey ha apostado contra él seis caballos bárbaros, y él ha impuesto por su parte, (según he sabido) seis espadas francesas con sus dagas y guarniciones correspondientes, como cinturón, colgantes, y así a este tenor... Tres de estas cureñas particularmente son la cosa más bien hecha que puede darse. ¡Cureñas como ellas!.. ¡Oh! Es obra de mucho gusto y primor.
Hamlet
Y ¿a qué cosa llamáis cureñas?
Horacio
Ya recelaba yo y que sin el socorro de motas marginales no pudierais acabar el diálogo.
Enrique
Señor, por cureñas entiendo yo, así, los... Los cinturones.
Hamlet
La expresión sería mucho más propia, si pudiéramos llevar al lado un cañón de artillería; pero en tanto que este uso no se introduce, los llamaremos cinturones... En fin y vamos al asunto. Seis caballos bárbaros, contra seis espadas francesas, con sus cinturones, y entre ellos tres cureñas primorosas. ¿Con que esto es lo que apuesta el francés contra el danés? ¿Y a qué fin se han impuesto (como vos decís) todas esas cosas?
Enrique
El Rey ha apostado que si batalláis con Laertes, en doce jugadas no pasarán de tres botonazos los que él os dé, y él dice, que en las mismas doce, os dará nueve cuando menos, y desea que esto se juzgue inmediatamente: si os dignáis de responder.
Hamlet
¿Y si respondo que no?
Enrique
Quiero decir, si admitís el partido que os propone.
Hamlet
Pues, señor, yo tengo que pasearme todavía en esta sala, porque si su Majestad no lo ha por enojo, esta es la hora crítica en que yo acostumbro respirar el ambiente. Tráiganse aquí los floretes, y si ese caballero lo quiere así, y el Rey se mantiene en lo dicho, le haré ganar la apuesta, si puedo; y si no puedo, lo que yo ganaré será vergüenza y golpes.
Enrique
¿Con qué lo diré en esos términos?
Hamlet
Esta es la substancia; después lo podéis adornar con todas las flores de vuestro ingenio.
Enrique
Señor, recomiendo nuevamente mis respetos a vuestra grandeza.
Hamlet
Siempre vuestro, siempre.


Escena VI

HAMLET, HORACIO


Hamlet
Él hace muy bien de recomendarse a sí mismo, porque si no, dudo mucho que nadie lo hiciese por él.
Horacio
Este me parece un vencejo, que empezó a volar y chillar, con el cascarón pegado a las plumas.
Hamlet
Sí, y aun antes de mamar hacía ya cumplimientos a la teta. Este es uno de los muchos que en nuestra corrompida edad son estimados, únicamente porque saben acomodarse al gusto del día, con esa exterioridad halagüeña y obsequiosa. Y con ella tal vez suelen sorprender el aprecio de los hombres prudentes; pero se parecen demasiado a la espuma; que por más que hierva y abulte, al dar un soplo, se reconoce lo que es: todas las ampollas huecas se deshacen, y no queda nada en el vaso.


Escena VII

HAMLET, HORACIO, UN CABALLERO


Caballero
Señor, parece que su Majestad os envió un recado con el joven Enrique, y éste ha vuelto diciendo que esperabais en esta sala. El Rey me envía a saber si gustáis de batallar con Laertes inmediatamente, o si queréis que se dilate.
Hamlet
Yo soy constante en mi resolución y la sujeto a la voluntad del Rey. Si esta hora fuese cómoda para él, también lo es para mí, conque hágase al instante o cuando guste; con tal que me halle en la buena disposición que ahora.
Caballero
El Rey y la Reina bajan ya, con toda la Corte.
Hamlet
Muy bien.
Caballero
La Reina quisiera que antes de comenzar la batalla, hablarais a Laertes con dulzura y expresiones de amistad.
Hamlet
Es advertencia muy prudente.


Escena VIII

HAMLET, HORACIO


Horacio
Temo que habéis de perder, señor.
Hamlet
No, yo pienso que no. Desde que él partió para Francia, no he cesado de ejercitarme, y creo que le llevaré ventaja... Pero... No podrás imaginarte que angustia siento, aquí en el corazón. Y ¿sobre qué?.. No hay motivo.
Horacio
Con todo eso, señor...
Hamlet
¡Ilusiones vanas! Especie de presentimientos, capaces sólo de turbar un alma femenil.
Horacio
Si sentís interiormente alguna repugnancia, no hay para que empeñaros. Yo me adelantaré a encontrarlos, y les diré que estáis indispuesto.
Hamlet
No, no... Me burlo yo de tales presagios. Hasta en la muerte de un pajarillo interviene una providencia irresistible. Si mi hora es llegada, no hay que esperarla, si no ha de venir ya, señal que es ahora, y si ahora no fuese, habrá de ser después: todo consiste en hallarse prevenido para cuando venga. Si el hombre, al terminar su vida, ignora siempre lo que podría ocurrir después, ¿qué importa que la pierda tarde o presto? Sepa morir (221).


Escena IX

HAMLET, HORACIO, CLAUDIO, GERTRUDIS, LAERTES, ENRIQUE, Caballeros, Damas y acompañamiento.


Claudio
Ven, Hamlet, ven, y recibe esta mano que te presento (222).
Hamlet
Laertes, si estáis (223) ofendido de mí, os pido perdón. Perdonadme como caballero. Cuantos se hallan presentes saben, y aun vos mismo lo habréis oído, el desorden que mi razón padece. Cuanto haya hecho insultando la ternura de vuestro corazón, vuestra nobleza, o vuestro honor, cualquiera acción en fin, capaz de irritaros; declaro solemnemente en este lugar que ha sido efecto de mi locura. ¿Puede Hamlet haber ofendido a Laertes? No, Hamlet no ha sido, porque estaba fuera de sí, y si en tal ocasión (en que él a sí propio se desconocía) ofendió a Laertes, no fue Hamlet el agresor, porque Hamlet lo desaprueba y lo desmiente. ¿Pues quién pudo ser? Su demencia sola... Siendo esto así, el desdichado Hamlet es partidario del ofendido, al paso que en su propia locura reconoce su mayor contrario. Permitid, pues, que delante de esta asamblea me justifique de toda siniestra intención y espere de vuestro ánimo generoso el olvido de mis desaciertos. Disparaba el arpón sobre los muros de ese edificio, y por error herí a mi hermano.
Laertes
Mi corazón, cuyos impulsos naturales eran los primeros a pedirme en este caso venganza, queda satisfecho. Mi honra no me permite pasar adelante ni admitir reconciliación alguna; hasta que examinado el hecho por ancianos y virtuosos árbitros, se declare que mi pundonor está sin mancilla. Mientras llega este caso, admito con afecto recíproco el que me anunciáis, y os prometo de no ofenderle.
Hamlet
Yo recibo con sincera gratitud ese ofrecimiento, y en cuanto a la batalla que va a comenzarse, lidiaré con vos como si mi competidor fuese mi hermano... Vamos. Dadnos floretes.
Laertes
Sí, vamos.. Uno a mí.
Hamlet
La victoria no os será difícil, vuestra habilidad lucirá sobre mi ignorancia, como una estrella resplandeciente entre las tinieblas de la noche.
Laertes
No os burléis, señor.
Hamlet
No, no me burlo.
Claudio
Dales floretes, joven Enrique. Hamlet, ya sabes cuales son las condiciones.
Hamlet
Sí, señor, y en verdad que habéis apostado por el más débil. (224)
Claudio
No temo perder. Yo os he visto ya esgrimir a entrambos y aunque él haya adelantado después; por eso mismo, el premio es mayor a favor nuestro.
Laertes
Este es muy pesado. Dejadme ver otro. (225)
Hamlet
Este me parece bueno... ¿Son todos iguales?
Enrique
Sí señor.
Claudio
Cubrid esta mesa de copas, llenas de vino. Si Hamlet da la primera o segunda estocada, o en la tercera suerte da un quite al contrario, disparen toda la artillería de las almenas. El Rey beberá a la salud de Hamlet echando en la copa una perla más preciosa que la que han usado en su corona los cuatro últimos soberanos daneses. Traed las copas, y el timbal diga a las trompetas, las trompetas al artillero distante, los cañones al cielo, y el cielo a la tierra; ahora brinda el Rey de Dinamarca a la salud de Hamlet... Comenzad, y vosotros que habéis de juzgarlos, observad atentos.
Hamlet
Vamos (226).
Laertes
Vamos señor. (227)
Hamlet
Una.
Laertes
No.
Hamlet
Que juzguen.
Enrique
Una estocada, no hay duda.
Laertes
Bien; a otra.
Claudio
Esperad... Dadme de beber. (228) Hamlet, esta perla es para ti, y brindo con ella a tu salud. Dadle la copa.
Hamlet
Esperad un poco. (229) Quiero dar este bote primero. Vamos. Otra estocada. ¿Qué decís?
Laertes
Sí, me ha tocado, lo confieso.
Claudio
¡Oh! Nuestro hijo vencerá.
Gertrudis
Está grueso, y se fatiga demasiado. Ven aquí, Hamlet, toma este lienzo, y límpiate el rostro. La Reina brinda a tu buena fortuna querido Hamlet. (230)
Hamlet
Muchas gracias, señora.
Claudio
No, no bebáis.
Gertrudis
¡Oh! Señor, perdonadme. Yo he de beber.
Claudio
¡La copa envenenada!.. Pero... No hay remedio.
Hamlet
No, ahora no bebo, esperad un instante.
Gertrudis
Ven, hijo mío, te limpiaré el sudor del rostro.
Laertes
Ahora veréis si le acierto. (231)
Claudio
Yo pienso que no.
Laertes
No sé qué repugnancia siento al ir a ejecutarlo.
Hamlet
Vamos a la tercera, Laertes... Pero, bien se ve que lo tomáis a fiesta, batallad, os ruego, con más ahínco. Mucho temo que os burláis de mí.
Laertes
¿Eso decís, señor? Vamos. (232)
Enrique
Nada, ni uno ni otro.
Laertes
Ahora... (233) Ésta...
Claudio
Parece que se acaloran demasiado. Separadlos.
Hamlet
No, no, vamos otra vez.
Enrique
Ved qué tiene la Reina ¡Cielos!
Horacio
¡Ambos heridos! ¿Qué es esto, señor?
Enrique
¿Cómo ha sido, Laertes?
Laertes
Esto es haber caído en el lazo que preparé, justamente muero víctima de mi propia traición.
Hamlet
¿Qué tiene la Reina?
Claudio
Se ha desmayado al veros heridos.
Gertrudis
No, no... ¡La bebida!... ¡Querido Hamlet! ¡La bebida! ¡Me han envenenado! (234)
Hamlet
¡Oh! ¡Qué alevosía!.. ¡Oh!.. Cerrad las puertas... Traición... Buscad por todas partes (235)...
Laertes
No, el traidor está aquí. (236) Hamlet, tú eres muerto... no hay medicina que pueda salvarte, vivirás media hora, apenas... En tu mano está el instrumento aleve, bañada con ponzoña su aguda punta. ¡Volviose en mi daño, la trama indigna! Vesme aquí postrado para no levantarme jamás. Tu madre ha bebido un tosigo... No puedo proseguir... El Rey, el Rey es el delincuente. (237)
Hamlet
¡Está envenenada esta punta! Pues, veneno, produce tus efectos.
Todos
Traición, traición.
Claudio
Amigos, estoy herido... Defendedme.
Hamlet
¡Malvado incestuoso, asesino! Bebe esta ponzoña ¿Está la perla aquí? Sí, toma (238), acompaña a mi madre.
Laertes
¡Justo castigo!... Él mismo preparó la poción mortal... Olvidémonos de todo, generoso Hamlet y... ¡Oh! ¡No caiga sobre ti la muerte de mi padre y la mía, ni sobre mí la tuya!
Hamlet
El Cielo te perdone... Ya voy a seguirte. Yo muero, Horacio... Adiós, Reina infeliz... (239) Vosotros que asistís pálidos y mudos con el temor a este suceso terrible... Si yo tuviera tiempo. (240) La muerte es un ministro inexorable que no dilata la ejecución... Yo pudiera deciros... pero, no es posible. Horacio, yo muero. Tú, que vivirás, refiere la verdad y los motivos de mi conducta, a quien los ignora.
Horacio
¿Vivir? No lo creáis. Yo tengo alma Romana, y aún ha quedado aquí parte del tósigo. (241)
Hamlet
Dame esa copa... presto... por Dios te lo pido. ¡Oh! ¡Querido Horacio! Si esto permanece oculto, ¡qué manchada reputación dejaré después de mi muerte! Si alguna vez me diste lugar en tu corazón, retarda un poco esa felicidad que apeteces; alarga por algún tiempo la fatigosa vida en este mundo llena de miserias, y divulga por él mi historia... ¿Qué estrépito militar es éste? (242)


Escena X

HAMLET, HORACIO, ENRIQUE, UN CABALLERO y acompañamiento.


Caballero
El joven Fortimbrás que vuelve vencedor de Polonia, saluda con la salva marcial que oís a los Embajadores de Inglaterra.
Hamlet
Yo expiro, Horacio, la activa ponzoña sofoca ya mi aliento... No puedo vivir para saber nuevas de Inglaterra; pero me atrevo (243) a anunciar que Fortimbrás será elegido por aquella nación. Yo, moribundo, le doy mi voto... Díselo tú, e infórmale de cuanto acaba de ocurrir... ¡Oh!... Para mí solo queda ya... silencio eterno. (244)
Horacio
En fin, ¡se rompe ese gran corazón! Adiós, adiós, amado Príncipe. (245) ¡Los coros angélicos te acompañen al celeste descanso!... Pero, ¿cómo se acerca hasta aquí el estruendo de tambores?


Escena XI

FORTIMBRÁS, DOS EMBAJADORES, HORACIO, ENRIQUE, SOLDADOS, acompañamiento.


Fortimbrás
¿En dónde está ese espectáculo (246)?
Horacio
¿Qué buscáis aquí? Si queréis ver desgracias espantosas, no paséis adelante.
Fortimbrás
¡Oh! Este destrozo pide sangrienta venganza... ¡Soberbia muerte! ¿Qué festín dispones en tu morada infernal, que así has herido con un golpe solo tantas ilustres víctimas?
Embajador 1º
¡Horroriza el verlo!... Tarde hemos llegado con los mensajes de Inglaterra. Los oídos a quienes debíamos dirigirlos, son ya insensibles. Sus órdenes fueron puntualmente ejecutadas: Ricardo y Guillermo perdieron la vida... Pero, ¿quién nos dará las gracias de nuestra obediencia?
Horacio
No las recibiríais de su boca, aunque viviese todavía, que él nunca dio orden para tales muertes. Pero, puesto que vos viniendo victorioso de la guerra contra Polonia y vosotros enviados de Inglaterra, os halláis juntos en este lugar y os veo deseosos de averiguar este suceso trágico: disponed que esos cadáveres se expongan sobre una tumba elevada a la vista pública, y entonces haré saber al mundo que lo ignora el motivo de estas desgracias. Me oiréis hablar (pues todo os lo sabré referir fielmente) de acciones crueles, bárbaras, atroces sentencias que dictó el acaso estragos imprevistos, muertes ejecutadas con violencia y aleve astucia y al fin, proyectos malogrados, que han hecho perecer a sus autores mismos.
Fortimbrás
Deseo con impaciencia oíros, y convendrá que se reúna con este objeto la nobleza de la nación. No puedo mirar sin horror los dones que me ofrece la fortuna; pero tengo derechos muy antiguos a esta corona, y en tal ocasión es justo reclamarlos.
Horacio
También puedo hablar en ese propósito, declarando el voto que pronunció aquella boca, que ya no formará sonido alguno... Pero, ahora que los ánimos están en peligroso movimiento, no se dilate la ejecución un instante solo: para evitar los males que pudieran causar la malignidad o el error.
Fortimbrás
Cuatro de mis capitanes lleven al túmulo el cuerpo de Hamlet con las insignias correspondientes a un guerrero. ¡Ah! Si él hubiese ocupado el trono, sin duda hubiera sido un excelente Monarca... Resuene la música militar por donde pase la pompa fúnebre, y hagánsele todos los honores de la guerra... Quitad, quitad de ahí esos cadáveres. Espectáculo tan sangriento, más es propio de un campo de batalla que de este sitio... Y vosotros, haced que salude con descargas todo el ejército.

 

 

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