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El Rey Lear libro completo


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EL REY LEAR

de William Shakespeare
Año 1605

DRAMATIS PERSONAE

LEAR, rey de Britania
El REY DE FRANCIA
El DUQUE DE BORGOÑA
GONERIL, hija mayor de Lear
REGAN, hija segunda de Lear
CORDELIA, hija menor de Lear
El Duque de ALBANY, esposo de Goneril
El Duque de CORNWALL, esposo de Regan
El Conde de KENT
El Conde de GLOSTER
EDGAR, hijo de Gloster
EDMOND, hijo bastardo de Gloster
El BUFÓN
OSWALD, mayordomo de Goneril
CURAN, cortesano
Un ANCIANO, siervo de Gloster
Un CAPITÁN
Un HERALDO
Caballeros, criados, mensajeros, soldados, acompañamiento.

 

ACTOPRIMERO DEL REY LEAR


ESCENA I
Palacio del rey Lear
(Entran el CONDE DE KENT, el CONDE DE
GLOCESTER y EDMUNDO.)
EL CONDE DE KENT.-Siempre creí al rey más
inclinado al duque de Albania que al duque de Cornouailles.
EL CONDE DE GLOCESTER.-Lo mismo
creíamos todos; pero hoy, en el reparto que acaba
de hacer entre los de su reino, ya no es posible afirmar
a cual de los dos duques prefiere. Ambos lotes
se equilibran tanto, que el más escrupuloso examen
no alcanzaría a distinguir elección ni preferencia.
EL CONDE DE KENT.-¿No es ése vuestro
hijo, milord?

EL CONDE DE GLOCESTER.-Su educación
ha corrido a mi cargo, y tantas veces me he avergonzado
de reconocerle que al fin mi frente, trocada
en bronce, no se tiñe ya de rubor.
EL CONDE DE KENT.-No os entiendo.
EL CONDE DE GLOCESTER.-Su madre me
entendería mejor; por haberme entendido demasiado
vio un hijo en su cuna, antes que un esposo en
su lecho. ¿Comprendéis, ahora, su falta?
EL CONDE DE KENT.-No quisiera yo que esa
falta hubiese dejado de cometerse, pues produjo tan
bello fruto.
EL CONDE DE GLOCESTER.-Tengo, además,
un hijo legítimo, que le lleva a éste algunos
años de ventaja, mas no por ello le quiero más. Verdad
es que Edmundo nació a la vida antes que le
llamasen; pero su madre era una beldad, y no hay
que ocultar el vergonzoso fruto que dio a luz. ¿Conoces
a este gentilhombre, Edmundo?
EDMUNDO.-No, milord.
EL CONDE DE GLOCESTER.-Es el conde de
Kent. Desde ahora le respetarás como a uno de mis
mejores amigos.
EDMUNDO.-Mis servicios están a las órdenes
de vuestra señoría.

EL CONDE DE KENT.-Sois muy amable, y deseo
captarme vuestro afecto.
EDMUNDO.-Procuraré, milord, hacerme digno
de vuestra estimación.
EL CONDE DE GLOCESTER.-Ha permanecido
nueve años lejos de su país, y aún será preciso
que vuelva a ausentarse. (Oyese el toque de trompetas.)
¡El rey llega! (Entran el Rey Lear, los duques de Cornouailles
y de Albania, Goneril, Regan, Cordelia y séquito.)
LEAR.-Id, Glocester, a acompañar al rey de
Francia y al duque de Borgoña.
EL CONDE DE GLOCESTER.-Obedezco, señor.
(Salen el conde y Edmundo.)
LEAR.-Ahora, nos vamos a manifestar nuestras
más secretas resoluciones. A ver, el mapa de mis
dominios. Sabed que hemos dividido nuestro reino
en tres partes. De los motivos que a ello nos deciden,
el primero es aliviar nuestra, vejez del peso de
las tareas y negocios públicos, para asentarlo en
hombros más jóvenes y robustos, y así, aligerados
de tan onerosa carga, caminar sosegados hacia
nuestra tumba. Cornouailles, hijo querido, y vos,
duque de Albania, que no amáis menos a vuestro
padre, nuestra firme voluntad es asignar públicamente
en este día a cada una de nuestras hijas su
dote, a fin de prevenir con ello todos los debates
futuros. Los príncipes de Francia y de Borgoña, rivales
ilustres en la conquista de nuestra hija menor,
han permanecido largo tiempo en nuestra corte,
donde el amor los retiene: hay que contestar a sus
peticiones. Hablad, hijas mías: ya que hemos resuelto
abdicar en este instante las riendas del gobierno,
entregando en vuestras manos los derechos
de nuestros dominios y los negocios de estado decidme
cuál de vosotras ama más a su padre. Nuestra
benevolencia prodigará sus más ricos dones a
aquella cuya gratitud y bondadoso natural más los
merezcan. Vos, Goneril, primogénita nuestra, contestad
la primera.
GONERIL-Yo os amo, Señor, más tiernamente
que a la luz, al espacio y a la libertad, muchísimo
más que todas las riquezas y preciosidades del mundo.
Os amo tanto, cuanto se puede amar, la vida, la
salud, la belleza, y todos los honores y los dones todos;
tanto, cuanto jamás hija amó a su padre; en fin
con un amor que la voz y las palabras no aciertan a
explicar.
CORDELIA (aparte.)-¿Qué hará Cordelia? Amar
y callar.
LEAR.-Te hacemos soberana de todo este recinto,
desde esta línea hasta ese límite, con todo
cuanto encierra, frondosos bosques, y vasallos que
los pueblan. Sean tu dote y herencia perpetua de los
hijos que nazcan de ti y del duque de Albania. ¿Qué
contesta nuestra segunda hija, nuestra querida Regan,
esposa de Cornouailles?
REGAN.-Formada estoy de los mismos elementos
que mi hermana, y mido mi afecto por el suyo,
en la sinceridad de mi corazón, Ha definido, con
verdad, el amor que os profeso, padre mío. Pero
aún quedó corta, pues yo me declaro enemiga de todos
los placeres que la vista, el oído, el gusto y el
olfato pueden dar, y sólo cifro mi felicidad en un
sentimiento único: el tierno amor que por vos siento.
CORDELIA (aparte.)-¿Qué te queda pues, pobre
Cordelia? ¿Pobre? No; estoy segura que mi corazón
siente más amor del que mis labios pueden expresar.
LEAR.-Tú y tu posteridad, recibid en dote hereditario
esta vasta porción de mi reino; no cede en
extensión, en valor, ni en atractivo a la que he donado
a Goneril. Ahora, Cordelia, tú que hiciste sentir
a tu padre el postrero, aunque no el más tierno
transporte de gozo, tú cuyo amor buscan ambicio
nan los viñedos de Francia y el néctar de Borgoña
¿qué vas a contestar para recoger tercer lote, más
rico aún que de tus hermanas? Habla.
CORDELIA.-Nada, señor.
LEAR.-¿Nada?
CORDELIA.-Nada.
LEAR.-De nada sólo puede nada. Habla de nuevo.
CORDELIA.-Desgraciada de mí, que no puedo
elevar mi corazón hasta mis labios. Amo a vuestra
majestad tanto como debo, ni más menos.
LEAR.- ¿Cómo, cómo Cordelia? Rectifica tu
respuesta, si no quieres perder tu fortuna.
CORDELIA.-Vos, padre mío, me disteis la vida,
me habéis nutrido y me habéis amado. Yo, por mi
parte, os correspondo, tributándoos todos los sentimientos
y toda la gratitud que el deber me impone;
os soy sumisa, os amo y os respeto sin reserva. Mas
¿por qué mis hermanas tienen maridos, si dicen que
es vuestro todo su amor? Tal vez cuando yo me case,
el esposo que reciba mi fe obtendrá con ella la
mitad de mi ternura, la mitad de mis cuidados y la
mitad de mis deberes; de seguro, jamás me casaré
como mis hermanas para dar a mi padre todo mi
amor.
LEAR.-¿Está de acuerdo tu corazón con tus palabras?
CORDELIA.-Sí, padre mío.
LEAR.-¡Cómo! ¡tan joven y tan poco tierna!
CORDELIA.-Tan joven y tan franca, señor.
LEAR.-¡Está bien! Quédate con la verdad por
dote; pues, por los sagrados rayos del sol, por los
sombríos misterios de Hécate y de la noche, por todas
las influencias de esos globos celestes que nos
dan vida o nos matan, abjuro desde ahora todos mis
sentimientos naturales, rompo todos los lazos de la
naturaleza y de la sangre y te destierro para siempre
de mi corazón.
EL CONDE DE KENT.-Mi buen soberano...
LEAR.-Callaos, Kent. No os coloquéis entre el
león y su furor. La amé con ternura y esperaba confiar
el reposo de mis ancianos días a los cuidados de
su cariño. (A Cordelia.) Sal, y aléjate de mí presencia.
Que venga el príncipe de Francia y... ¿no se me
obedece?... y el duque de Borgoña. Vos, Cornouailles,
y vos, duque de Albania, repartíos el tercer lote,
añadiéndole al dote de mis otras dos hijas. Sírvala a
ella de esposo el orgullo que nos vende como ingenuidad.
Os invisto a entrambos de mi poder, de mi
soberanía y de todas las prerrogativas anejas a la
majestad. Nos y cien caballeros que reservamos para
nuestra guardia y que se alimentarán a vuestras expensas,
viviremos alternativamente en vuestras dos
cortes, cambiando cada mes de residencia. Para mí
sólo conservo el nombre de rey, los honores a él
inherentes; la autoridad, las rentas y la administración
del imperio, vuestras son, hijos míos, y para
rectificar este contrato, tomad mi corona (se la entrega)
y repartíosla.
EL CONDE DE KENT.-Augusto Lear, vos, a
quien siempre honré como a rey, a quien siempre
amó como a padre, y a quien siempre seguí como a
señor: vos, a quien en mis preces he implorado
siempre como a mi ángel tutelar...
LEAR.-Armado está el arco y tendida la cuerda;
evitad la flecha.
EL CONDE DE KENT.-Caiga sobre mí; aun
cuando su punta me atraviese el corazón. Kent no
olvida las conveniencias cuando su rey delira. Anciano
¿qué pretendes? ¿esperas que el miedo imponga
silencio al deber, cuando, seducido por vanas
palabras, inmolas tu poder a la lisonja? El honor
debe la verdad a los reyes, cuando la majestad cae
en demencia. Guarda tu soberanía. Enmienda, con
más maduro juicio, tu monstruosa imprudencia. Te
aseguro, bajo mi fe, que tu hija menor no es la que
menos te ama; un timbre de voz tímido y modesto
no es, ordinariamente, eco de un corazón vacío e
insensible.
LEAR.-Kent, por tu vida, no prosigas.
EL CONDE DE KENT.-Nunca estimé mi vida
sino como una prenda consignada por ti contra tus
enemigos, ni nunca temeré perderla cuando en ello
se interese tu seguridad.
LEAR.-¡Aparta de mi vista!
EL CONDE DE KENT.-Reflexiónalo bien,
Lear; sufre en tu presencia a un hombre veraz.
LEAR.-¡Por Apolo!
EL CONDE DE KENT.-¡Por Apolo, ah rey!
¡en vano juras por tus dioses!
LEAR (echando mano a la espada.)¡Vasallo! ¡infiel!
LOS DUQUES DE CORNOAUILLES Y DE
ALBANIA.-¡Deteneos, señor!
EL CONDE DE KENT.-Da, si quieres, la
muerte a tu médico; pero al menos emplea en curar
tu mal funesto el salario que le hubieses dado. Revoca
tu decreto de partición, o mientras mis labios
puedan articular una palabra, diré que obras mal.
LEAR.-Escucha, rebelde. Has intentado hacernos
violar nuestro juramento, a lo cual nunca nos
habíamos atrevido. Cediendo a un obstinado orgullo,
has procurado interponerte entre nuestro decreto
y su ejecución. Nuestro carácter y nuestro
rango no pueden tolerar el primero de estos excesos,
ni todo nuestro poder lograría legitimar el segundo.
Recibe tu salario, pues. Te concedemos
provisiones para que te alimentes durante cinco días,
pero al sexto habrás de salir de nuestro reino, y
si el décimo día tu cuerpo se encontrase en el recinto
de nuestros dominios, será aquel momento el
de tu muerte. Huye. ¡Por Júpiter! no esperes que revoque
mi sentencia.
EL CONDE DE KENT.-¡Sé feliz, oh rey adiós!
Ya que así quieres portarte, la libertad está lejos de
tu presencia, y a tu lado el destierro. (A Cordelia) Joven,
¡protéjante, los dioses, ya que piensas con justicia
y hablas con cordura! (A Regan y a Goneril) Y
vosotras ¡ojalá vuestras acciones respondan al énfasis
de vuestros discursos, y vuestras protestas de
ternura queden justificadas por los efectos! De esta
suerte ¡oh príncipes! se despide de vosotros Kent,
transportando su vejez a nueva patria y entregándose,
en su edad, a nuevas costumbres. (Sale.)(Entra el
conde de Glocester con el rey de Francia, el duque de Borgoña y
su séquito.)
EL CONDE DE GLOCESTER.-¡Noble soberano!
He aquí a los príncipes de Francia y de Borgoña.
LEAR.-Duque de Borgoña: a vos dirigimos
nuestras primeras palabras, a vos que os declarasteis
rival del rey de Francia en demanda de la mano de
nuestra hija. ¿Qué dote exigís con su persona? ¿Qué
negativas paralizarían vuestros amorosos intentos?
EL DUQUE DE BORGOÑA.-Noble rey: no
pido más que lo que vuestra alteza ofreció, y vos no
querréis, ciertamente, cercenar nada de vuestras
ofertas.
LEAR.-Noble duque de Borgoña,, mientras nos
fue cara, la estimábamos digna de esa dote; pero hoy
ha desmerecido mucho en precio. Vedla ante vos,
señor: si alguna parte de su mezquina persona, o su
persona entera, con nuestra aversión por añadidura,
os conviniera y agradara, sin más acompañamiento,
podéis tomarla, vuestra es.
EL DUQUE DE BORGOÑA.-No sé qué contestar.
LEAR.-Podéis tomarla con las desgracias inherentes
a ella, desheredada de mi cariño, y adoptada
recientemente por mi odio, dotada con mi maldición
y proscripta de mi familia por juramento inviolable.
EL DUQUE DE BORGOÑA.-Perdonad, señor;
una elección no se determina sobre semejantes condiciones.
LEAR.-Pues bien, señor, dejadla; pues, por la
potencia que me creó, acabo de exponeros toda su
fortuna. (Al rey de Francia): En cuanto a vos, ¡oh gran
rey! no quisiera yo que vuestro amor os cegase hasta
el punto de casaros con el objeto que odio. Así,
pues, os conjuro que llevéis vuestra inclinación a
otro objeto más digno que una desventurada de
quien la misma naturaleza se avergüenza.
EL REY DE FRANCIA.-No atino a comprender
cómo la que poco ha era vuestra hija predilecta,
tema de vuestras alabanzas, y encanto de vuestra
vejez, haya podido, en rápido instante, cometer una
acción tan monstruosa que merezca verse despojada
de todos cuantos dones la habíais prodigado. Seguramente
su ofensa ha de ser de un género antinatural,
un prodigio de atrocidad; o bien el afecto que
antes le asegurasteis solemnemente, se ha pervertido
por extraña manera. Y creer de ella ese prodigio, es
un hecho sobrenatural que repugna a mi razón y
que, sin un milagro, jamás creería.

CORDELIA.-Una postrera súplica dirijo a
vuestra majestad. Confieso que no poseo ese lenguaje
meloso, ese arte de prodigar vanas palabras.
Lo que resolví lo hago antes de hablar de ello. Dignaos
declarar que, si pierdo vuestro afecto y vuestras
bondades, no es porque esté mancillada con
algún crimen o vicio, ni por haber deshonrado mi
sexo con alguna bajeza o acción indigna de mí, sino
que toda mi falta consiste (y esta privación es mi riqueza)
en no tener un ojo ávido que sin cesar mendigue,
ni una lengua que dista mucho de envidiar,
aun cuando me cuesta la pérdida de vuestra ternura.
LEAR.-Más te valiera no haber nacido, que el
haberte hecho digna de mi desagrado.
EL REY DE FRANCIA.-¿Y ése es el único reproche?
Un carácter avaro en abras, pero que sin
hablar, obra. Duque de Borgoña ¿qué contestáis a la
princesa? Deja el amor de ser amor, en cuanto intervienen
consideraciones extrañas; su verdadero
objeto no se cifra en intereses frívolos. Hablad, ¿deseáis
tomarla por esposa? Su dote es ella misma.
EL DUQUE DE BORGOÑA.-Augusto Lear:
con que sólo me deis la parte que antes ofrecisteis,
acepto en el acto la mano de Cordelia, proclamándola
duquesa de Borgoña.

LEAR.-Nada; lo he jurado; soy inflexible.
EL DUQUE DE BORGOÑA.-Deploro que a la
vez que perdisteis el corazón de un padre, perdáis
también un esposo.
CORDELIA.-Sea la paz con el duque de Borgoña.
Ya que las consideraciones de fortuna constituyen
todo su amor, no seré yo su esposa.
EL REY DE FRANCIA.-Hermosa Cordelia,
vuestra falta de fortuna os hace más rica a mis ojos.
Cuanto más os abandonen, más preciosa sois;
cuanto más os desdeñen, más digna sois de amor.
Tomo vuestra persona y vuestras virtudes; séame
permitido adquirir el tesoro que los demás desprecian.
¡Oh dioses! por un contraste extraño, su frialdad
y sus desdenes encienden más mi amor,
exaltándolo hasta la idolatría. ¡Oh rey! tu hija sin
dote y abandonada, como al azar, a mi elección, es
mi reina, la reina de mis vasallos y de nuestra hermosa
Francia. Todos los duques de la húmeda Borgoña
no lograrían rescatar de mí esa joven rara e
inapreciable. Cordelia, despedios de ellos; aun
cuando os maltrataron, en otra región hallaréis algo
más de lo que perdéis aquí.
LEAR.-Tuya es, rey de Francia; tómala entera.
Por mi parte, no tengo hija de tal especie, ni mis
ojos volverán a posarse en su rostro. Así, pues, sal
de nuestra corte, sin nuestra gracia, sin nuestro cariño
y sin nuestra bendición. Venid, noble duque de
Borgoña. (Marcha militar, Salen Lear y el duque de Borgoña.)
EL REY DE FRANCIA.-Despedios de vuestras
hermanas.
CORDELIA.-Con lágrimas en los ojos se despide
Cordelia de vosotras, favoritas de mi padre. Os
conozco perfectamente y sé lo que sois; mas yo,
vuestra hermana, siento invencible repugnancia en
designar vuestros defectos con sus verdaderos
nombres. Amad mucho a vuestro padre; recomiendo
su ancianidad a vuestro pecho tan fecundo en
protestas. Pero ¡ah! si aún gozase yo de su afecto,
quisiera darle un asilo mejor. ¡Adiós!
REGAN.-No vengáis a prescribirnos nuestro
deber.
GONERIL.-Procurad más bien complacer a
vuestro esposo que, cediendo a la piedad, se digna
tomaros sin fortuna y salvaros de la mendicidad.
Habéis faltado a la obediencia, y merecéis que vuestro
esposo os pague con la indiferencia que mostrasteis
hacia vuestro padre.

CORDELIA.-El tiempo desenvolverá los repliegues
donde la astucia se esconde y oculta. Las faltas
que al principio vela, al fin las descubre, exponiéndolas
a la vergüenza.
EL REY DE FRANCIA.-Venid, mi bella Cordelia.
(Salen el rey de Francia y Cordelia.)
GONERIL.-Hemos de hablar, sobre un punto
que a las dos concierne. Creo que nuestro padre ha
de partir esta noche.
REGAN.-Es verdad; va a vivir con vosotros; el
mes próximo será nuestro turno.
GONERIL.-Ya veis a cuántos caprichos se halla
sujeta su vejez; de ello acaba de dar evidente prueba.
Nuestra hermana menor era su predilecta, y de repente
la destierra de su corazón y de su lado. Visible
es la imbecilidad de su juicio.
REGAN.-Debilidades de la edad. Sin embargo,
nunca se ha conocido bastante a sí propio.
GONERIL.-Los más floridos años de su existencia
fueron siempre inconsecuencias y rarezas.
Hemos de temer que a los inveterados defectos de
su natural carácter, la edad añada los arrebatos del
humor enojoso que entraña en sí la achacosa y colérica
vejez.

REGAN.-No dudo que habremos de aguantar
algún arranque idéntico al que le indujo a desterrar a
Kent.
GONERIL.-Aún hay que llenar ceremonias, y
formalidades entre el rey de Francia y él. Si nuestro
padre, con el carácter que le conocemos, quiere retener
la autoridad, la donación que acaba de hacernos
será para nosotras manantial de afrentas.
REGAN.-Pensaremos en ello maduramente.
GONERIL.-Hay que tomar algunas medidas y
aprovechar estos primeros momentos de ardor.
(Salen.)

ESCENA II
Castillo del conde de Glocester
(Entra EDMUNDO con una carta en la mano)
EDMUNDO.-A ti, naturaleza, mi deidad suprema,
he consagrado todos mis servicios. ¿He de
arrastrarme por la senda rutinaria permitiendo que
las convenciones extravagantes del mundo me priven
de mi herencia, sólo porque nací doce o catorce
lunas más tarde que mi hermano? ¿a qué ese nom
bre de bastardo? ¿por qué no he de ser ilustre cuando
las proporciones de mi cuerpo se hallan tan bien
formadas, mi alma es tan noble y mi estatura tan
perfecta como si hubiese nacido de una honesta
matrona? ¿por qué me vilipendian con los dictados
de ilegítimo, plebeyo, bastardo? ¡Plebeyo, ya que en el
acto vigoroso y clandestino de la naturaleza recibí
una sustancia más abundante y elementos más fuertes
de los que suministra una pareja extenuada que,
en tálamo insípido y languidescente, se ocupa sin
placer en la creación de una raza de abortos engendrados
entre el sueño y la vigilia! ¡Ah! ¡mi Edgardo
el legítimo! para mí será tu patrimonio; el amor de
nuestro padre común lo mismo pertenece al bastardo
Edmundo que al legítimo Edgardo. ¡Legítimo!
¡valiente palabra! Sí, no hay duda: si esta carta logra
buen éxito y mi invención triunfa, el plebeyo Edmundo
ocupará el lugar del noble Edgardo. Me engrandezco,
prospero. Y ahora, dioses, pasad al bando
de los bastardos. (Entra el conde de Glocester.)
EL CONDE DE GLOCESTER.-¡Desterrado
Kent! ¡Y el rey de Francia abandonando esta corte
lleno de rencor! ¡y Lear partiendo esta noche! ¡Su
autoridad enajenada y él reducido al vano aparato
de la dignidad real! ¡Todo trastrocado y en desorden!
¡Ah, Edmundo! ¿qué hay de nuevo?
EDMUNDO-(Ocultando la carta.) Nada absolutamente,
señor.
EL CONDE DE GLOCESTER.-¿Por qué tanto
ahínco en ocultar esa carta?
EDMUNDO.-No tal, señor.
EL CONDE DE GLOCESTER.-¿Qué dice ese
escrito?
EDMUNDO.-Nada, señor, nada.
EL CONDE DE GLOCESTER.-¿Dices que
nada? Entonces, ¿a qué ocultarlo con tal prisa? Si
nada dice, excusado era esconderlo. Veamos. Y si
en realidad es nada, no necesitaré anteojos.
EDMUNDO.-Perdonadme, señor: es una carta
de mi hermano que aún no he acabado de leer, pero
lo que he leído basta para juzgarla indigna de que
fijéis en ella vuestra vista.
EL CONDE DE GLOCESTER.-Venga esa
carta.
EDMUNDO.-Tengo la seguridad de desagradaros
tanto si me niego a dárosla, como si os la entrego.
Su contenido, en cuanto he podido apreciar por
lo leído, es muy censurable.

EL CONDE DE GLOCESTER.-Veamos, veamos.
EDMUNDO.-Inclínome a creer, en justificación
de mi hermano, que sólo ha escrito esta carta para
sondear, para poner a prueba mí virtud.
EL CONDE DE GLOCESTER.-(Leyendo.) “El
respeto a los ancianos, y las leyes extravagantes establecidas
por el mundo, envenenan los más preciosos
años de nuestra vida, mantienen nuestra fortuna
alejada de nuestras manos, reteniéndola hasta el
ocaso de la existencia, cuando ya no tenemos facultades
para gozar de ella. Empiezo a cansarme de esa
necia y enojosa servidumbre que nos subyuga a la
opresión de la vejez tiránica, cuyo imperio se funda,
no en su potencia, sino en nuestra tolerante bajeza.
Ven a encontrarme y te diré algo más. Si mi padre
quisiera dormir hasta que yo le despertare, gozarías
para siempre de la mitad de sus rentas y serías el favorito
predilecto de tu hermano Edgardo.” ¡Hem!
¡una conspiración! Dormir hasta que yo le despertase, gozarías
de la mitad de sus rentas... ¿Ha podido encontrar
mi hijo Edgardo una mano que estas líneas trazara y
un corazón que las dictase? ¿Cuándo has recibido
esta carta? ¿quién te la entregó?

EDMUNDO.-No me la han entregado; la hallé
al pie de la ventana de mi cuarto.
EL CONDE DE GLOCESTER.-¿Estás seguro
de que es el carácter de letra de tu hermano?
EDMUNDO.-Si su texto respirase bondad, me
atrevería a jurar que es letra suya; pero, en vista de
su contenido, quisiera poder creer que no lo es.
EL CONDE DE GLOCESTER.-¿Es suya esta
letra?
EDMUNDO.-Sí señor, de su mano prolija; mas
espero que su corazón no tomó parte en lo escrito.
EL CONDE DE GLOCESTER.-¿Te sondeó alguna
vez con respecto a estas miras?
EDMUNDO.-Jamás, señor. Sólo sí le he oído
decir, a veces, que sería muy puesto en razón que
cuando los hijos han llegado a edad madura y sus
padres comienzan a declinar, que el padre viniese a
ser pupilo de su hijo y éste administrador de los
bienes del padre.
EL CONDE DE GLOCESTER.-¡Malvado! Es
el sistema que expone en su carta. ¡Infame! ¡hijo sin
entrañas! ¡criatura execrable! ¡Bestia feroz, sí, más
feroz que las bestias salvajes! Ve a buscarle, Edmundo;
quiero asegurarme de su persona. ¡Abominable
monstruo! ¿Dónde estará?

EDMUNDO.-No lo sé, positivamente. Dignaos
suspender vuestro enojo contra mi hermano hasta
que podáis oír de sus labios pruebas mas positivas
de sus intenciones. Eso será lo más seguro y regular,
pues si procediendo violentamente contra él os engañaseis
tocante a sus designios esta equivocación
causaría una profunda herida en vuestro honor y
aniquilaría el sentimiento de obediencia en el corazón
de mi hermano. Respondo con mi vida y salgo
garante de que no ha escrito esta carta sino con
ánimo de poner a prueba mi afecto por vos y sin
ningún proyecto peligroso.
EL CONDE DE GLOCESTER.-¿Lo crees así?
EDMUNDO.-Si lo estimáis conveniente, os colocaré
en un sitio desde donde podréis oírnos conversar
sobre esta carta y satisfaceros por vuestros
propios oídos; y eso, esta noche misma.
EL CONDE DE GLOCESTER.-No es posible
que su pecho albergue un corazón tan monstruoso.
EDMUNDO.-Ciertamente que no.
EL CONDE DE GLOCESTER.-¡Atentar contra
su padre que le ama con tanta ternura y sin reserva!
¡Cielos y tierra! ¡Ve a su encuentro,
Edmundo, facilítame el medio de leer en su alma!

Quisiera olvidar ahora que soy padre, para juzgar
con fallo imparcial.
EDMUNDO.-Voy a ver si doy con él. Llevaré el
asunto conforme a los medios de que puedo disponer
y os daré puntual conocimiento de todo.
EL CONDE DE GLOCESTER.-No; los eclipses
de sol y luna acaecidos recientemente nada de
bueno nos presagian. La razón pretende explicarlos
ya en un sentido, ya en otro, pero al fin y al cabo la
naturaleza es víctima de sus funestos efectos. El
amor se entibia, la amistad se extingue, se dividen
los hermanos; en las villas, rebeliones: en los campos,
discordias; traición en los palacios; y roto el lazo
que une a padres e hijos. Ese malvado, a quien di
el ser, sufre la influencia de la predicción: he aquí al
hijo sublevado contra el padre. El rey se aparta de
los instintos de la naturaleza: he aquí al padre sublevado
contra el hijo. Pasó ya nuestro tiempo mejor.
Maquinaciones, sordas tramas, perfidias y todos los
desórdenes más funestos se aúnan contra nosotros,
y nos persiguen sin tregua hasta la tumba... Ve, Edmundo,
a buscar a ese miserable; no perderás en
ello: no omitas cuidado alguno. ¡Kent, corazón noble
y leal, también desterrado! Su crimen es la virtud.
¡Oh tiempos! (Sale.)

EDMUNDO.-¡Qué ridiculez la del hombre!
Pretender (cuando nuestra fortuna sufre y mengua
por nuestra imprudencia, por el desarreglo de nuestra
conducta), acusar de nuestros males al sol, a la
luna y a las estrellas, como si fuésemos viciosos y
malvados por una impulsión celeste: bribones, traidores
y pícaros, por la acción invencible de las esferas:
borrachos, embusteros y adúlteros por una
obediencia forzosa a las influencias planetarias, y
todo el mal que cometemos no sucediese sino porque
a él nos impele a pesar nuestro, el cielo cómplice.
Admirable excusa del disoluto sobornador de
mujeres, el imputar sus lascivos instintos al cambio
de una estrella. Sí; mi padre entendió con mi madre
bajo la Cola del Dragón y a mi nacimiento precedió
la Osa Mayor, de manera que yo debía necesariamente
venir al mundo dotado de carácter huraño y
dado a la vida disoluta. ¡Quimera vana! Lo mismo
que soy hubiera sido si en el instante de mi concepción
ilegítima hubiese centellado la más virgen estrella
del firmamento. (Entra Edgardo.) ¡Edgardo! A
tiempo llega, como la catástrofe en la comedia antigua.
Mi humor, poseído de la melancolía más maligna,
lanza suspiros, como de loco. ¡Sí,
indudablemente! Esos eclipses nos presagian estas
divisiones. Fa, sol, la, mi...
EDGARDO.-Hermano Edmundo, ¿en qué seria
contemplación estáis absorbido?
EDMUNDO.-Soñaba, hermano, con una predicción
que leí el otro día sobre los fenómenos que
debían seguir a estos eclipses.
EDGARDO.-¿Y os preocupan tales quimeras?
EDMUNDO.-Dígoos que los efectos de que habla
este libro se realizan, desgraciadamente, con
demasiada exactitud. Contiendas desnaturalizadas
entre el hijo y el padre; muerte, epidemia, desunión
de antiguas amistades, divisiones en el Estado, amenazas
y maldiciones contra el rey y los nobles, desconfianza
sin motivo, destierro de amigos,
dispersión de cohortes, infidelidades en los matrimonios
y qué sé yo.
EDGARDO.-¿De cuándo acá te hiciste sectario
de la astronomía?
EDMUNDO.-Dejemos esto. ¿Cuánto tiempo
hace que no has visto a nuestro padre?
EDGARDO.-Anteayer le vi.
EDMUNDO.-¿Y hablaste con él?
EDGARDO.-Sí, dos horas largas.
EDMUNDO.-¿Os separasteis en buena armonía?
¿notaste en él algún signo de descontento en
sus palabras o en su actitud?
EDGARDO.-Ninguno.
EDMUNDO.-Procura recordar si le has ofendido
en algo. Si has de seguir mi consejo, evita su presencia
por algunos días hasta que el tiempo aminore
la violencia de su enojo. Actualmente se halla tan
encolerizado, que apenas lograría apaciguarle la
vista de su sangre.
EDGARDO.-Algún infame me habrá malquistado
con él.
EDMUNDO.-Mucho lo temo. Así, pues, te suplico
que te desvíes prudentemente de los sitios
donde pudiereis encontraros, hasta que el arrebato
de su cólera haya menguado un tanto. Vete a mi habitación,
y me las compondré de modo que oigas
hablar a nuestro padre. Toma mi llave y si por acaso
salieres, ve armado.
EDGARDO.-¡Armado! ¡hermano mío!
EDMUNDO.-Te encargo lo que la sana prudencia
aconseja, y aun sólo te he trazado un débil bosquejo
de lo que he visto y oído, pálido reflejo de la
terrible verdad. ¡Por favor! ¡vete a mi habitación!
EDGARDO.-¿Tardaré mucho en verte?
EDMUNDO.-No pases cuidado. (Sale Edgardo.)
Un padre crédulo y un hermano generoso cuyo
bondadoso natural es tan ajeno a la malicia, que no
la sospecha en los demás. Su infantil sencillez se
deja gobernar por mis mañas. Trazado está mi plan
si mi nacimiento no me ha dado una herencia, conquistémosla
por la astucia. El fin justifica los medios.

ESCENA III

Palacio del duque de Albania
(Entran GONERIL y el Intendente)
GONERIL.-¿Es cierto que mi padre golpeó a mi
escudero, porque éste reñía a su bufón?
EL INTENDENTE.-Sí. señora.
GONERIL.-Me está afrentando noche y día. No
pasa hora sin que incurra en alguna grosera impertinencia.
No lo toleraré más. Sus caballeros se
vuelven turbulentos y revoltosos y él mismo nos
abruma a reproches por la menor bagatela. Va a
volver de su cacería; no quiero hablarle. Decidle que
estoy indispuesta, y si os descuidáis en vuestros ser
vicios a su persona, obraréis perfectamente. Yo me
encargo de responder de vuestras faltas.
EL INTENDENTE.-Aquí viene, señora; oigo el
rumor que anuncia su regreso.
GONERIL.-Emplead en vuestro servicio toda la
indiferencia, toda la repugnancia que podáis. ¡Me
gustaría que se quejara! Si se encuentra mal servido,
váyase al lado de mi hermana, cuyas intenciones, en
este asunto, concuerdan perfectamente con las mías.
No queremos que nos dominen, ¡Vaya un viejo caprichudo
e inútil, que aún pretende dar todas las órdenes
de una autoridad de que por sí mismo se despojó!
Por mi honor, esos viejos chochos se vuelven
niños y hay que tratarlos con rigor, cuando de nada
sirven las caricias. No olvidéis mi encargo.
EL INTENDENTE.-Lo tendré muy presente,
señora.
GONERIL.-Tratad también a sus caballeros con
mayor frialdad; poco importa lo que pueda resultar.
Encargad lo mismo a vuestros camaradas. Voy a escribir
a mi hermana, recomendándole idéntica conducta.
Id a preparar la comida. (Salen.)

ESCENA IV

Plaza delante del Palacio
(Entra el CONDE DE KENT, disfrazado)
EL CONDE DE KENT.-Si logro también disfrazar
mi voz y arrastrar mis palabras, tal vez mi
honrado intento alcance el fin que me propongo. Y
ahora, vasallo fiel y desterrado, si puedes prestar un
buen servicio en los mismos lugares donde te condenaron,
tu amado señor podrá convencerse al fin
de que trabajaste en pro de sus intereses. (Toque de
trompas, a lo lejos. Entran Lear, sus caballeros y séquito.)
LEAR.-Que no haya de esperar la comida un
solo minuto; encargad que la preparen al momento.
¿Quién eres tú?
EL CONDE DE KENT.-Un hombre, señor.
LEAR.-¿Cuál es tu profesión? ¿qué nos quieres?
EL CONDE DE KENT.-Mi profesión, en
efecto, es lo que aparento; servir fielmente a quien
me otorgue su confianza, amar al hombre honrado,
conversar con el cuerdo, hablar poco, temer los vanos
juicios, combatir cuando la necesidad me obligue
y no comer pescado.
LEAR.-Pero en fin, ¿quién eres?
EL CONDE DE KENT.-En verdad, un hombre
bueno y honrado, tan pobre como el rey.
LEAR.-¿Qué quieres?
EL CONDE DE KENT.-Servir.
LEAR.-¿Y a, quién?
EL CONDE DE KENT.-A vos.
LEAR.-¿Me conoces?
EL CONDE DE KENT.-No señor; pero hay en
vuestra fisonomía cierto carácter que me atrae a serviros.
LEAR.-¿Qué carácter es ése?
EL CONDE DE KENT.-Un aire de grandeza y
majestad.
LEAR.-¿De qué servicio eres capaz?
EL CONDE DE KENT.-Puedo guardar honestos
secretos, correr a pie y a caballo, echar a perder
una historia curiosa contándola, y desempeñar
cualquier mensaje fácil. Puedo evacuar todos los
empleos de que son capaces los hombres ordinarios,
y mi primera cualidad es la diligencia.
LEAR.-¿Qué edad tienes?
EL CONDE DE KENT.-No soy tan joven que
pueda enamoriscarme de una mujer por su linda
voz, ni tan viejo aún que le haga ascos al amor. Pesan
sobre mi cabeza cuarenta y ocho años.
LEAR-Sígueme; te tomo a mi servicio; si después
de comer no me desplaces más que ahora, no te
despediré todavía. ¡La comida! ¡hola! ¡la comida!
¿Dónde está mi bribonzuelo, mi bufón? Que me lo
traigan. (Entra el Intendente.) Y vos, amigo, ¿dónde
está mi hija?
EL INTENDENTE.-Con vuestro permiso...
(Sale.)
LEAR.-¿Qué ha dicho ese hombre al pasar?
Llamadle. ¿Dónde está mi bufón? ¿Hola? ¡Parece
que aquí todos duermen! ¿Qué hay? ¿a dónde va ese
insolente?
EL CABALLERO.-Dice, señor, que vuestra hija
está indispuesta.
LEAR.-¿Y por qué ese esclavo no ha vuelto atrás
cuando le he llamado?
EL CABALLERO-Me ha dicho con la mayor
frescura que no le daba la gana.
LEAR.-¡Que no le daba la gana!
EL CABALLERO.-Ignoro, señor, qué motivo
tendrá para ello; pero, a mi entender, vuestra alteza
no es acogido con aquella afectuosa cortesía de antes.
El celo y la amistad se han entibiado aquí bastante,
y este cambio no sólo se advierte en la
servidumbre, sino en el mismo duque y en vuestra
hija.
LEAR.-¡Ah! ¿lo crees así?
EL CABALLERO.-Os ruego, señor, que me
perdonéis si me equivoco; pero mi deber me impide
callar cuando veo que ofenden a vuestra alteza.
LEAR.-Me estás recordando una idea que ya se
me había ocurrido. He notado, efectivamente poco
ha, cierto exceso de negligencia y frialdad. Pero procuré
desvanecer esta sospecha, como efecto de una
imaginación demasiado recelosa y no he querido tomar
esa negligencia aparente como indicio de grosería
y frialdad premeditadas. Pero ¿dónde está mi bufón?
Hace dos días que no le veo.
EL CABALLERO.-Desde que mi joven señora
partió a Francia, señor, vuestro bufón ha quedado
muy triste.
LEAR.-¡Basta! ya lo he notado. Id y decidle a mi
hija que quiero hablarle. Y vos, daos prisa en traerme
mi bufón. (Vuelve a entrar el Intendente.) ¡Eh!, caballero,
caballero; acercaos! ¿quién soy yo, si os place?
EL INTENDENTE.-El padre de mi señora.
LEAR.-¿El padre de tu señora? ¡cómo, miserable,
esclavo vil!
EL INTENDENTE.-Nada de eso soy; sabedlo,
señor.
LEAR.-¡Y se atreve el insolente a cruzar con las
mías sus miradas! (Le golpea.)
EL INTENDENTE.- Sabed que no tolero que
me peguen.
EL CONDE DE KENT.-¿Ni tampoco que te
aplasten, miserable gusano?(Lo derriba.)
LEAR.-Gracias, amigo; me sirves perfectamente,
y creo que llegaré a quererte.
EL CONDE DE KENT.-¡Ea, levantaos, y despejad!.
Ya os enseñaré a guardar decoro... Si no queréis
otra ración, largaos, y os aconsejo la mayor cordura.
(Saca a empujones al Intendente.)
LEAR.-Ya veo, buen servidor, que te portas como
amigo fiel; acabas de darme arras de tu celo y
adhesión. (Da unas monedas a Kent. Entra el bufón.)
EL BUFÓN.-Deja que le tome también a mi servicio.
Ten, he aquí mi caperuza. (Se la presenta.)
LEAR.-Y bien, bravo picarón, ¿cómo va?
EL BUFÓN.-Hijo mío, lo mejor que podrías hacer
sería ponerte mi caperuza.
EL CONDE DE KENT.-¿Por qué, bufón?
EL BUFÓN.-¿Por qué? Porque te pones a servir
a un hombre caído en desgracia. No esperes días
plácidos de la región donde sopla el huracán, y
puesto que no sabes adular ni sonreír al favor, no
harás fortuna sirviendo a tu nuevo amo. Ea, ponte
mi caperuza. Sí: este hombre ha desterrado para
siempre a dos hijas suyas, y a pesar suyo, ha hecho
feliz a la tercera. Si quieres seguir sus pasos, has de
llevar mi caperuza. Oye, tío: quisiera tener dos caperuzas
y dos hijas.
LEAR.-¿Y por qué?
EL BUFÓN.-Si les hago donación de todas mis
rentas, guardaré mi caperuza para mi uso. He aquí
mi caperuza; pídeles la otra a tus hijas.
LEAR.-¡Cuidado no te castigue!
EL BUFÓN.-La verdad es como el perro guardián
que relegamos a la perrera y cuyo destino es
verse ahuyentado a latigazos, mientras que la perrilla
predilecta puede sentarse muy a gusto junto al hogar
y apestar a su amo.
LEAR.-No es romo el dardo que me dispara.
EL BUFÓN-(Al conde de Kent.) Oye, amigo, una
sentencia.
LEAR.-Oigamos.
EL BUFÓN.-Allá va: Ten más de lo que representes;
habla menos de que sepas; presta menos de
lo que tengas; anda más a caballos que a pie; aban
dona tu vaso y tu manceba; permanece tranquilo en
tu casa y de esta suerte ganarás más de veinte por
veinte.
EL CONDE DE KENT.-Toda esa palabrería
nada significa, bufón.
EL BUFÓN.-En tal caso es el informe de un
abogado sin salario; nada me has dado por él. Y tú
tío, ¿no puedes hacer de nada algo?
LEAR.-No por cierto, hijo mío; de nada, nada
puede hacerse.
EL BUFÓN.-(Al conde de Kent) Dile tú que ése es
precisamente el producto neto de sus tierras; díselo,
pues no querrá creer a su bufón.
LEAR.-Eres, un bufón sobrado mordaz.
EL BUFÓN.-¿Sabes tú qué diferencia hay entre
un bufón mordaz un bufón empalagoso?
LEAR.-No, hijo mío; dilo tú.
EL BUFÓN.-A ese lord que te aconsejó que te
desposeyeses de tus dominios, colócalo junto a mí, y
ocupa tú su lugar. Al momento parecerán ante ti el
bufón mordaz y el empalagoso: uno de ellos estará
aquí, con su traje abigarrado, y el otro allí.
LEAR.-¿Acaso me llamas bufón hijo mío?
EL BUFÓN.-Has cedido todos los demás títulos
que te dio el nacimiento.
EL CONDE DE KENT.-Lo que ahora dice, señor,
no parece dicho por un bufón.
EL BUFÓN.-No, en verdad; los lores y grandes
personajes de esta época no quieren dejarme toda la
locura a mí solo; si yo monopolizara la locura, se
llamarían a la parte, y las damas también. Dame un
huevo, tío, y te doy dos coronas.
LEAR.-¿Cuáles son esas dos coronas que me darás?
EL BUFÓN.-Después de cortar el cascarón por
la mitad, y de haberme sorbido el huevo, te daré las
dos coronas del cascarón. Cuando has hendido tu
corona por el medio, repartiendo sus dos mitades a
derecha e izquierda, llevaste tu asno en hombros a
través del barro. Pocos sesos había en la mezquina
corona de tu cráneo, cuando has dado tu corona de
oro. Si hablo ahora como un bufón, que se castigue
a quien primero lo advierta. (Canta.) “Jamás tuvieron
los bufones menos boga que ogaño -pues los cuerdos usurparon
su lugar.”
LEAR.-Y dime ¿desde cuándo has aprendido esa
canción?
EL BUFÓN.-Desde que a tus hijas las hiciste tus
madres; pues cuando les pusiste tu cetro en la mano,
como un bastón para apalearte, ofreciendo tú mis41
mo tu espalda a sus golpes, (canta) “ellas entonces han
llorado de gozo -y yo he cantado, triste, dando suelta al dolor.”
Mira, tío, toma un maestro que enseñe a tu bufón a
mentir; me gustaría aprender a mentir.
LEAR.-Si mientes, haragán, te daré de palos.
EL BUFÓN.-Veo que sois de la misma sangre tú
y tus hijas. Ellas quieren que se me castigue por haber
dicho la verdad, y tú por haber mentido; y aun a
veces me castigan por no haber dicho nada. Antes
quisiera ser cualquier cosa que bufón y sin embargo
no quisiera ser tú, buen tío. Tú cortaste tu imperio
en dos partes y nada has dejado en medio para ti.
Mira, ahí tienes uno de tus desperdicios. (Entra Goneril.)
LEAR.-Dime, hija mía, ¿de qué viene esa nube
que oscurece tu frente? Véote triste y apenada desde
hace algunos días.
EL BUFÓN.-Algo valías tú, cuando podías no
inquietarte por su tétrico humor, pero hoy eres lo
mismo que un cero a la izquierda. Más que tú soy
yo, ahora: yo soy un bufón, y tú no eres nada. ¡Ea!
voy a refrenar mi lengua. (A Goneril.) Leo esta orden
en vuestro rostro, sin que tengáis necesidad de hablar.
GONERIL.-Señor, no sólo es vuestro bufón el
único a quien se le permite todo; otros individuos
de vuestro insolente séquito están siempre disputando
y querellando, abandonándose a indecentes
orgías que no es posible tolerar. Lisonjeábame de
que se reprimieran tales excesos en cuanto llegasen a
vuestra noticia, pero empiezo a temer, según lo que
muy recientemente habéis dicho y hecho vos mismo,
que protegéis este desorden y lo sostenéis con
vuestra aprobación. Si así fuese, sería una falta censurable,
y habría que pensar en los medios de corregirla.
Tal vez esos medios, que sin embargo sólo
tendrían por objeto restablecer el orden, podríais
tomarlos como ofensa. Sería vergonzoso... Pero, en
fin, la necesidad los exigiría como un remedio lleno
de prudencia y discreción.
LEAR.-¿Sois vos nuestra hija?
GONERIL-Vamos, señor, emplead esa vigorosa
razón de que estáis dotado, y ahuyentad esas extrañas
divagaciones que, de algún tiempo acá, alteran
vuestro buen carácter hasta el punto de desfiguraros
completamente.
LEAR.-¿Hay aquí alguien que me reconozca?
¿Es éste Lear? ¿es Lear el que anda? ¿es Lear quien
habla? ¿están abiertos sus ojos? Por fuerza su inteligencia
está debilitada y su razón sumida en letargo...
¿Yo, despierto?... No puede ser... ¿Quién podrá decirme
lo que soy?... La sombra de Lear. Quisiera saberlo,
porque estos indicios de soberanía y las luces
de la razón y de la reflexión podrían persuadirme,
erróneamente, de que he tenido hijas. ¿Vuestro
nombre, bella dama?
GONERIL.- Vaya, señor; ese asombro que fingís
se parece a vuestras demás extravagancias, tan nuevas
para mí. Os ruego que interpretéis en buen sentido
mi manera de ver y mis advertencias. Sois ya
viejo, vuestra edad es venerable, y deberíais ser más
cuerdo. Conserváis a vuestro lado un grupo de caballeros
y escuderos, cien hombres en junto, todos
ellos tan depravados, disolutos y licenciosos, que
nuestra corte, mancillada por sus costumbres impuras,
se asemeja a una posada de mal nombre. A juzgar
por el desorden y la crápula que aquí imperan,
más bien podrían tomarse por una infame taberna,
por un sucio lupanar, que por un palacio augusto y
respetable. El pudor y la decencia exigen una reforma
inmediata. Dejaos convencer por vuestra hija; de
no ser así, ella misma se tomará la libertad de ordenar
lo que desea. Permitid que vuestro séquito se
reduzca a cincuenta caballeros, y que éstos sean gen
tes convenientes a vuestra edad y sepan conocerse y
respetaros.
LEAR.-¡Infierno y caos! Que dispongan mis caballos;
que se reúna mi séquito. ¡Hija degenerada!
No; ¡nunca he sido padre tuyo! ¡Ea! ¡ya no te estorbaré
más! Aún tengo una hija.
GONERIL. -Vos golpeáis a mis servidores y
vuestra desenfrenada soldadesca quiere ser servida
por hombres que valen más que ella. (Entra el duque
de Albania.)
LEAR.- ¡Mísero del hombre que se arrepiente
tarde! (Al duque de Albania.) ¡Ah! ¿sois vos? ¿habéis
dictado esas órdenes? ¡Contestad! ¡Que preparen
mis caballos! ¡Ingratitud! ¡furia de marmóreo corazón,
mil veces más horrible cuando te muestras en
nuestros hijos, que los más espantables monstruos
del Océano!
EL DUQUE DE ALBANIA.- ¡Por favor moderaos,
señor!
LEAR.-(A Goneril.) ¡Buitre execrable! has mentido.
Mi séquito se compone de hombres, escogidos y
dotados de las más raras cualidades; conocen todos
los deberes de la decencia y las, reglas de la etiqueta,
y en toda su conducta la nobleza y el honor son
respetados escrupulosamente. ¡Ah, levísima falta de
Cordelia! ¿cómo me pareciste asaz deforme para
agitar súbitamente todo mi ser, cual poderosa palanca,
y lanzarlo del seno de la paz a la más violenta
perturbación; para robar a mi corazón toda la ternura
de un padre, y llenarlo con la hiel del odio? ¡Oh
Lear, Lear, Lear! (Golpeándose la frente.) Golpea, golpea
esta puerta que dejo escapar la razón y dio entrada
a la locura. ¡Partamos, partamos, caballeros!
EL DUQUE DE ALBANIA. –Soy inocente, señor;
ignoro qué motivo ha podido encolerizaros.
LEAR.- ¿Es posible, señor? ¡Atiéndeme, oh naturaleza!
¡atiéndeme, cara divinidad! Suspende tus
designios, si acaso te proponías hacer fecunda a esta
criatura. Infunde en sus flancos la esterilidad, deseca
en ella los orígenes de la vida y que jamás salga de
su seno desnaturalizado un hijo que te honre con el
nombre de madre. O si algo ha de producir, forma a
su hijo con negro humor y haz que nazca contrahecho
y perverso, para suplicio de su madre, y que imprima
en su frente las arrugas prematuras de la vejez
y que haga derramar sin tregua amargo llanto surcando
sus marchitas mejillas con rastros de fuego y
que todos sus beneficios los pague con el desprecio,
a fin de que su madre pueda comprender que el
diente ponzoñoso de la sierpe es menos desgarra
dor, menos cruel que el dolor de tener un hijo ingrato.
¡Ea! ¡partamos, partamos! (Sale.)
EL DUQUE DE ALBANIA.-Pero, en nombre
del cielo, ¿de qué viene ese enojo?
GONERIL.-No os inquiete el saberlo; dejad
campo libre a su humor, y que siga el curso que le
da la demencia. (Vuelve Lear.)
LEAR.-¡Cómo! ¡cincuenta de mis caballeros suprimidos
a la vez en menos de quince días!
EL DUQUE DE ALBANIA.-Pero ¿qué motivo,
señor...?
LEAR.-Yo te lo diré. (A Goneril.) ¡Muerte y vida!
Me avergüenzo de que aún tengas el poder de conmover
mi alma a tal extremo, haciéndome verter a
pesar mío, ardientes lágrimas. ¡Caigan sobre ti la
peste y todas las plagas! ¡atraviésente y desgárrente
los incurables dardos de la maldición de un padre!
¡Ojos míos, demasiado insensatos y tiernos! ¡si aún
sois capaces de dar paso al lloro, os arranco sin piedad!
¡ah! ¿a tal punto han llegado las cosas? ¡Pues
bien, sea! Todavía me queda una hija, tierna y compasiva,
estoy seguro. Cuando sepa tu comportamiento,
se abalanzará a tu horrible rostro y lo desgarrará
con sus propias manos. Ten entendido que
volveré a arrancarte una grandeza que te figurabas
había perdido para siempre. (Salen Lear, Kent y séquito.)
GONERIL.-¿Le habéis oído, monseñor?
EL DUQUE DE ALBANIA.-A pesar del amor
que os profeso, no puedo ser bastante parcial...
GONERIL.-Por favor, tranquilizaos. ¡Hola, Osvaldo!
(Al bufón.) Y vos, señor, más bribón que loco,
seguid a vuestro amo.
EL BUFÓN.-Tío Lear, tío Lear, espérame y lleva
contigo a tu bufón. (Sale.)
GONERIL.-¡No es poco precavido el buen
hombre! ¡Cien caballeros! Bueno fuera dejarle cien
caballeros para que al primer capricho que le ocurra,
por una palabra, por una nonada, por el más leve
motivo de queja o disgusto, pueda sostener los extravíos
de su demencia con ese grupo temible, y tener
nuestras vidas a su discreción. ¿Dónde está
Osvaldo?
EL DUQUE DE ALBANIA.-Quizá son exagerados
vuestros temores.
GONERIL.-El exceso del temor es más seguro
que el exceso de la seguridad. Permitid que prevenga
las violencias que temo, en vez de temer neciamente
hasta el momento de ser víctima. Conozco su corazón.
Todo cuanto ha declamado aquí, lo he escrito a
mi hermana. Si ella quiere soportarle con sus cien
caballeros, después de haberle mostrado yo todos
los inconvenientes... (Entra el Intendente.) ¡Y bien,
Osvaldo! ¿habéis escrito la carta que os he encargado
para mi hermana?
EL INTENDENTE.-Sí, señora.
GONERIL.-Tomad una escolta y poneos en
marcha. Enterad a mi hermana de mis temores particulares
y añadidle por vuestra parte las razones
que creáis convenientes en apoyo de mi carta. Ea,
partid, y apresurad vuestro regreso. (Sale el Intendente.)
No, no, señor: esa excesiva dulzura, ese carácter pacífico
que os distinguen, no los censuro, ni mucho
menos; pero, permitid que os lo diga: una falta de
prudencia prepara a menudo muchas más perplejidades
que elogios atrae la funesta lenidad.
EL DUQUE DE ALBANIA.-Ignoro hasta dónde
alcanzan vuestras miras. Agitándonos para alcanzar
lo mejor, maleamos a menudo lo bueno.
GONERIL.-No, no.
EL DUQUE DE ALBANIA.-Bueno, sea; el
tiempo dirá. (Salen.)

ESCENA V

Patio del Palacio del Duque de Albania
(Entran LEAR, el CONDE DE KENT Y EL
BUFÓN)
LEAR.-Parte al momento y lleva esta carta a
Glocester. Nada le digas mi hija de cuanto acaba de
ocurrir aquí, ni contestes a sus preguntas hasta que
haya leído mi carta. Si no te das prisa, llegaré antes
que tú.
EL CONDE DE KENT.-No descansaré hasta
haber entregado vuestra carta. (Sale.)
EL BUFÓN.-Si un hombre tuviese en sus talones
el cerebro ¿no correría peligro de tener sabañones?
LEAR.-Sí hijo mío.
EL BUFÓN.-En tal caso, consuélate; tu talento
no carecerá de calzado.
LEAR-¡Jah! ¡jah!
EL BUFÓN.-Vas a ver cómo tu segunda hija te
acoge con bondad; pues aun cuando se parece a ésta
como una manzana silvestre a otra de jardín, puedo
decirte... lo que decirte puedo.
LEAR.-¿Y qué puedes tú decir... hijo mío?
EL BUFÓN .-Tendrá el mismo sabor que ésta,
como una manzana se parece a otra... ¿Sabrías decirme,
tío, por qué la nariz está colocada en medio
de la cara?
LEAR.-No.
EL BUFÓN.-¿No? Pues sabe que es con objeto
de tener un ojo a cada lado de la nariz, a fin de que
el hombre pueda juzgar por los ojos lo que no puede
juzgar por la nariz.
LEAR.-(A parte.) Yo la injurié.
EL BUFÓN.-¿Puedes tú decirme cómo forma su
concha la ostra?
LEAR.-No.
EL BUFÓN.-Ni yo tampoco; pero en cambio te
diré por qué razón el caracol arrastra su vivienda.
LEAR.-¿Por qué, hijo mío?
EL BUFÓN.-Para ocultar en ella la cabeza, y no
abandonarla al capricho de sus hijas, ni quedarse sin
asilo.
LEAR.-Quiero olvidar mi bondad natural. ¡Un
padre tan cariñoso! ¿Están listos mis caballos?
EL BUFÓN.-Tus asnos están listos ¿Por qué las
siete cabrillas no son más de siete?
LEAR.-Porque no son ocho.
EL BUFÓN.-¡Bravo! ¡serías un bufón excelente!
LEAR.-¡Privarme de la mitad de mi guardia a pesar
mío! ¡Monstruoso de ingratitud!
EL BUFÓN.-Si tú fueses mi bufón, tío, ya te habría
castigado por haber envejecido antes de tiempo.
LEAR.-¿Qué dices?
EL BUFÓN.-Porque no habrías debido envejecer
antes de ser cuerdo.
LEAR.-¡Cielos bienhechores! ¡no permitáis que
me vuela demente! ¡Conservad mi razón en buen
estado! ¡No quisiera volverme loco! (Entra un gentilhombre.)
¿Están ya dispuestos los caballos?
EL CABALLERO.-Sí señor.
LEAR.-Sígueme, hijo mío.

Continúa en El Rey Lear libro completo - Parte 2 >>


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