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Macbeth obra completa en español


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Macbeth

 

 

 

de

 

William Shakespeare

 

Año 1606

 

 

Índice

Personajes

Acto I 

Acto II

Acto III

Acto IV

Acto V

 

PERSONAJES DE MACBETH



El rey de Escocia,
DUNCAN.
 
Sus hijos:
MALCOLM y DONALBAIN.

Generales del ejército escocés:
MACBETH
BANQUO

Señores escoceses:
MACDUFF
LÉNNOX
ROSS
ANGUS
MENTEITH
CAITHNESS
Lady MACBETH
Lady MACDUFF
FLEANCIO (o FLEANCE), hijo de Banquo
SUARDO (o SIWARD), señor de Northumberland

Su hijo
SEYTON, oficial de Macbeth

Un niño, hijo de Macduff

Un DOCTOR inglés
Un DOCTOR escocés
Un SARGENTO
Un VIEJO
Un PORTERO
Una DAMA de lady Macbeth
HÉCATE
Tres BRUJAS
Varios FANTASMAS
Nobles, guerreros, asesinos, criados, espias, etc.

Macbeth Acto I



ESCENA PRIMERA

 

 

Tarde tempestuosa

 

 

TRES BRUJAS

BRUJA 1.ª. - ¿Cuándo volvemos a juntarnos, cuando relampaguee, cuando truene o cuando llueva?

BRUJA 2.ª. - Cuando acabe el estruendo de la batalla, y unos la pierdan y otros la ganen.

BRUJA 3.ª. - Entonces será antes de ponerse el sol.

BRUJA 1.ª. - ¿Dónde hemos de encontrarnos?

BRUJA 2.ª. - En el yermo.

BRUJA 3.ª. - Allí toparemos con Macbeth.

BRUJA 1.ª. - Me llama Morrongo.

BRUJA 2.ª. - Y a mí el Sapo.

Las tres juntas. - El mal es bien, y el bien es mal: cortemos los aires y la niebla.

ESCENA II

 

 

Campamento

 

 

DUNCAN, MALCOLM, UN ESCUDERO, UN SARGENTO, LENNOX Y ROSS

DUNCAN. - ¿Quién es aquel herido? Quizá nos traiga nuevas del campamento.

MALCOLM. - Es el escudero que puso en peligro su vida por salvar la mía. ¡Buenas tardes, amigo! Cuenta tú al Rey el estado del combate.

ESCUDERO. - Sigue indeciso, semejante a una lucha entre dos nadadores que quieren mutuamente sofocarse. Con el traidor Macdonwald, en quien se juntan todas las infamias, van unidos muchos caballeros y gente plebeya de las islas de Occidente. La fortuna, como ramera, les otorga sus favores, pero en vano, porque el fuerte Macbeth, hijo predilecto de la victoria, penetra entre las filas hasta encontrarle, y le taja la cabeza, y la clava sobre nuestras empalizadas.

DUNCAN. - ¡Bravo caballero, ornamento de mi linaje!

ESCUDERO. - Así como el sol de la mañana produce a veces tempestad y torbellinos, así de esta victoria resultaron nuevos peligros. Óyeme, Rey. Cuando el valor, brazo de la justicia, había logrado ahuyentar a aquella muchedumbre allegadiza, he aquí que se rehace el de Noruega, y arroja nuevos campeones a la lid.

DUNCAN . - ¿Y entonces no se desalentaron Macbeth y Banquo?

SARGENTO. - ¡Desalentarse! ¡Bueno es eso! Como el águila viendo gorriones, o el león liebres. Son cañones de doble carga. Con tal ímpetu menudearon sus golpes sobre los contrarios, que pensé que querían reproducir el sacrificio del Calvario. Pero estoy perdiendo sangre, y necesito curar mis heridas.

DUNCAN. - Tan nobles son como tus palabras. Buscad un cirujano. ¿Pero quién viene?

MALCOLM. - El señor de Ross.

LENNOX. - Grande es la ansiedad que su rostro manifiesta. Debe ser portador de grandes nuevas.

(Entra Ross)

ROSS. - ¡Salud al Rey!

DUNCAN. - ¿De dónde vienes, noble señor?

ROSS. - Poderoso monarca, vengo de Fife, donde el aire agita en mengua nuestra los estandartes noruegos. Su Rey, con lucida hueste y con ayuda del traidor señor de Cawdor, renovó la lucha, pero el terrible esposo de Belona, cubierto de espesa malla, les resistió brazo a brazo, y hierro a hierro, y logró domeñar su altivez y postrarla por tierra. Al fin, logramos la victoria.

DUNCAN. - ¡Felicidad suprema!

ROSS. - El rey Swenon de Noruega quería capitular, pero no le permitimos ni aun enterrar sus muertos, sin que pagara antes en la isla de Colme la contribución de guerra.

DUNCAN. - Nunca volverá el de Cawdor a poner en peligro la seguridad de mis Estados. Manda tú poner a precio su cabeza, y saluda a Macbeth con el título que el otro tenía.

ROSS. - Cumpliré tu voluntad.

DUNCAN. - Macbeth goce desde hoy lo que Cawdor perdió.

ESCENA III

 

 

Un páramo

 

 

TRES BRUJAS, MACBETH Y BANQUO

BRUJA 1.ª. - ¿Qué has hecho, hermana?

BRUJA 2.ª. - Matar puercos.

BRUJA 3.ª. - ¿Dónde has estado, hermana?

BRUJA 1.ª. - La mujer del marinero tenía castañas en su falda, y estaba mordiéndolas. Yo le dije: «Dame alguna», y la asquerosa, harta de bazofia, me contestó: «Vade retro, condenada bruja». Su marido se fue a Alepo, mandando el Tigre. Yo, como rata sin cola, navegaré en una tela de cedazo, donde cabe bien mi cuerpo. Así lo haré, así lo haré.

BRUJA 2.ª. - Yo te ayudaré con un viento desfavorable.

BRUJA 1.ª. - Gracias.

BRUJA 3.ª. - Yo con otro.

BRUJA 1.ª. - De lo demás yo soy señora. ¿Qué puerta quedará segura, cuando de todos los puntos de la rosa soplen los vientos? Ni una vez podrá conciliar el sueño. Su vida será la del condenado, y las tormentas agitarán sin cesar su nave. ¡Ved!

BRUJA 2.ª. - ¿Qué es eso?

BRUJA 1.ª. - El dedo de un marinero, que se ahogó al volver de su viaje.

BRUJA 3.ª. - ¡Tambor, tambor! Ya llega Macbeth.

Las tres brujas. - Juntemos las manos, hagamos una rueda, como hermanas enviadas del cielo y de la tierra. Tres vueltas por ti, tres por ti, tres por mí: son nueve, cuenta justa. ¡Silencio! Ya ha llegado el término del conjuro.

(Llega. Macbeth y Banquo)

MACBETH. - ¡Día de sangre, pero más hermoso que cuantos he visto!

BANQUO. - ¿Está lejos el castillo de Forres? ¿Quiénes serán aquellas mujeres arrugadas y de tan extraño aspecto? No parecen seres humanos. ¿Sois vivientes? ¿Puedo haceros una pregunta? Debéis de entenderme, porque las tres, al mismo tiempo, ponéis en los labios vuestros dedos, que semejan los de un cadáver. No me atrevo a llamaros mujeres, por las barbas.

MACBETH. - Si tenéis lengua, decidnos quiénes sois.

BRUJA 1.ª. - ¡Salve, Macbeth, señor de Glamis!

BRUJA 2.ª. - ¡Salve, Macbeth, señor de Cawdor!

BRUJA 3.ª. - ¡Salve, Macbeth, tú serás rey!

BANQUO. - ¿De qué nace ese terror, amigo Macbeth? ¿Por qué te asustan tan gratas nuevas? Decidme: ¿sois fantasmas o seres reales? Habéis saludado a mi amigo con títulos de gloria y anuncio de grandezas futuras y pompas reales. Decidme algo a mí, si es que sabéis qué granos han de germinar o morir en la serie de los tiempos. No temo de vosotras ni odio ni favor.

Brujas. - ¡Salve!

BRUJA 1.ª. - Serás más grande que Macbeth y menos.

BRUJA 2.ª. - Más feliz y menos feliz.

BRUJA 3.ª. - No rey, pero padre de reyes. ¡Salve, Macbeth y Banquo!

BRUJA 1.ª y 2.ª. - ¡Salve!

MACBETH. - No os vayáis, oscuras mensajeras. Ya sé que soy señor de Glamis por muerte de Sinel, pero ¿cómo he de serlo de Cawdor, si el señor vive próspera y felizmente? Tan absurdo es llamarme señor de Cawdor como rey. ¿Quién os dio esas noticias? ¿Por qué me habéis venido a sorprender en este desierto con tales presagios ?

BANQUO. - Son sin duda espíritus vaporosos que engendra la tierra, como los produce también el agua. ¿Por dónde habrán desaparecido?

MACBETH. - Los cuerpos se han disuelto en el aire, como se pierde en el aire la respiración. ¡Ojalá se hubieran quedado!

BANQUO. - ¿Será verdad lo que hemos visto? ¿o habremos probado alguna hierba de las que trastornan el juicio?

MACBETH. - Tus hijos han de ser reyes.

BANQUO. - Lo serás tú mismo.

MACBETH. - ¡Y también señor de Cawdor! ¿No lo dijeron así?

BANQUO. - ¿Quién llega?

ROSS. - Macbeth, el Rey ha oído tus hazañas. Incierto entre la admiración y el aplauso, no sabe cómo elogiarte, por el valor con que has lidiado contra los noruegos, sin percatarte tú mismo del estrago que en ellos hacías. Van llegando tan densos como el granizo los mensajeros de la victoria, y todos se hacen lenguas de tu heroísmo.

ANGUS. - El Rey nos envía a darte las gracias y a llevarte a su presencia.

ROSS. - Él me encarga que te salude con el título de señor de Cawdor.

BANQUO. - ¡Conque también el diablo dice verdad!

MACBETH. - Si vive el de Cawdor ¿por qué me atavían con ropas ajenas?

ANGUS. - Vive el que llevaba ese título, pero debe perder la vida, y se ha fulminado contra él dura sentencia. No afirmo que se uniera con los noruegos contra su patria, pero está convicto y confeso de traidor.

MACBETH. - (Aparte). ¡Ya soy señor de Glamis, y señor de Cawdor! Falta lo demás. (A Ross y Angus). Gracias. (A Banquo). ¿Crees que tus hijos serán reyes, conforme a la promesa de los que me han hecho señor de Cawdor?

BANQUO. - Esa promesa quizá te haga ambicionar el solio. Pero mira que a veces el demonio nos engaña con la verdad, y nos trae la perdición envuelta en dones que parecen inocentes. Oídme dos palabras, amigos míos.

MACBETH. - ¡Con dos verdades se abre la escena de este drama, que ha de terminar con una corona regia! ¿Es un bien o un mal este pensamiento? Si es un mal, ¿por qué empieza a cumplirse, y soy ya señor de Cawdor? Si es un bien, ¿por qué me aterran horribles imágenes, y palpita mi corazón de un modo inusitado? El pensamiento del homicidio, más horroroso que la realidad misma, comienza a dominarme y a oscurecer mi albedrío. Sólo tiene vida en mí lo que aún no existe.

BANQUO. - ¡Qué absorto y embebecido está nuestro compañero!

MACBETH. - Si los hados quieren hacerme rey, lo harán sin que yo busque la corona.

BANQUO. - El nuevo honor le viene como vestido nuevo: no le ajusta bien, por falta de costumbre!

MACBETH. - Corra el tiempo, y suceda lo que quiera.

BANQUO. - A tus órdenes, generoso Macbeth.

MACBETH. - Perdón, amigos. Estaba distraído con antiguas memorias. Agradezco y recordaré siempre vuestros favores. Cabalguemos a ver al Rey. (A Banquo). Medita tú lo que nos ha sucedido. Luego hablaremos con toda libertad.

BANQUO. - Así lo deseo.

MACBETH. - Hasta después. Ni una palabra más. Vamos, caballeros.

ESCENA IV

 

 

Habitación de palacio

 

 

DUNCAN, MALCOLM, BANQUO Y MACBETH

DUNCAN. - ¿Está ajusticiado Cawdor? ¿Han vuelto ya los que fueron a su castillo?

MALCOLM. - No han vuelto todavía, pero he hablado con uno que le vio morir, y dice que se arrepintió de sus pecados y pidió vuestro perdón. La muerte ha sido lo mejor de su vida. Murió como si en vida hubiese aprendido a renunciar y tener por cosa vana lo que antes juzgaba de mayor aprecio.

DUNCAN. - ¿Quién adivina el alma por el semblante ? ¿Quién me hubiera dicho que ese caballero no era el más fiel de todos los míos? (A Macbeth que entra). Primo mío, ya me sentía yo pesaroso de mi ingratitud. Pero estabas tan lejos, que ni siquiera las alas del premio podían alcanzarte. Ojalá hubieras hecho menos, porque entonces serían menos inferiores a tus méritos mis galardones y mercedes. Larga deuda, que nunca podré pagar, tengo contigo.

MACBETH. - Bastante pago de mi lealtad es ella misma. Mis servicios son como hijos y criados del trono: hacen lo que deben, y nada más.

DUNCAN. - Eres planta que arraiga en mi corazón. Yo la haré crecer. ¡Ilustre Banquo! No son menores tus méritos. Así lo reconozco, y te estrecho contra mi corazón.

BANQUO. - En él germine, que para vos será la cosecha.

DUNCAN. - ¡Hijos, parientes, caballeros, sabed que nombro heredero de mis Estados a mi hijo Malcolm, que desde hoy se llamará príncipe de Cumberland. Pero este honor no puede venir solo, y para celebrarle haré que caigan, como estrellas, titulos de nobleza sobre todos los que los merezcan. Ahora vamos a Inverness, que los negocios apremian.

MACBETH. - ¿Cuándo descansaréis? Quiero adelantarme en el camino y alegrar los oídos de mi mujer con tan grata nueva. Permitídmelo.

DUNCAN. - ¡Noble señor de Cawdor!

MACBETH. - (Aparte). ¡Príncipe heredero Malcolm! Obstáculo nuevo en mi camino. He de saltar por él o rendirme. ¡Astros extinguíos! No aclare vuestra luz mis oscuros designios. Ojos míos, la mano hará lo que vosotros no queréis ver. Entre tanto, miradla de soslayo.

DUNCAN. - ¿Verdad, Banquo, que Macbeth es un egregio vasallo? No hay para mi banquete tan grato como el oír de boca de las gentes sus alabanzas. Sigámosle, ya que quiere festejarnos. Es el mejor de mis parientes.

ESCENA V

 

 

Habitación en el castillo de Macbeth, en Inverness

 

 

LADY MACBETH, UN CRIADO Y MACBETH

LADY MACBETH. - (Leyendo una carta de su marido). «Las brujas me salieron al encuentro el día de la victoria. Su ciencia es superior a la de los mortales. Quise preguntarlas más, pero se deshicieron en niebla. Aún no había salido yo de mi asombro, cuando llegan anuncios del Rey saludándome como a señor de Glamis y de Cawdor, lo mismo que las hechiceras, pero éstas dijeron además: «Salve, Macbeth: tú serás rey». He querido, esposa amada, confiarte este secreto, para que no dejes por ignorancia, ni un sólo momento, de gozar la dicha que nos está profetizada. Piénsalo bien. Adiós». ¡Ya eres señor de Glamis y de Cawdor! Lo demás se cumplirá también, pero desconfío de tu carácter criado con la leche de la clemencia. No sabes ir por atajos sino por el camino recto. Tienes ambición de gloria, pero temes el mal. Quisieras conseguir por medios lícitos un fin injusto, y coger el fruto de la traición sin ser traidor. Te espanta lo que vas a hacer, pero después de hecho, no quisieras que se deshiciese. ¡Ven pronto! Infundiré mi alma en tus oídos, y mi lengua será azote que espante y disipe las nieblas que te impiden llegar a esa corona, que el hado y el influjo de las estrellas aparejan para tus sienes.

CRIADO. - Esta noche llega el Rey.

LADY MACBETH. - ¿Estás en ti? ¿No ves que tu señor no está en el castillo, ni nos ha avisado?

CRIADO. - También él se acerca. Un compañero mío vino casi sin aliento a traer la noticia.

LADY MACBETH. - Cuidad bien al mensajero. Es portador de grandes nuevas. (Aparte). El cuervo se enronquece de tanto graznar, anunciando que el rey Duncan llega al castillo. ¡Espíritus agitadores del pensamiento, despojadme de mi sexo, haced más espesa mi sangre, henchidme de crueldad de pies a cabeza, ahogad los remordimientos, y ni la compasión ni el escrúpulo sean parte a detenerme ni a colocarse entre el propósito y el golpe! ¡Espíritus del mal, inspiradores de todo crimen, incorpóreos, invisibles, convertid en hiel la leche de mis pechos! Baja, hórrida noche: tiende tu manto, roba al infierno sus densas humaredas, para que no vea mi puñal el golpe que va a dar, ni el cielo pueda apartar el velo de la niebla, y contemplarme y decirme a voces: «Detente». (Llega Macbeth). ¡Noble señor de Glamis y de Cawdor, aún más ilustre que uno y otro por la profética salutación de las hechiceras! tu carta me ha hecho salir de lo presente, y columbrar lo futuro, y extasiarme con él.

MACBETH. - Esposa mía, esta noche llega Duncan.

LADY MACBETH. - ¿Y cuándo se va?

MACBETH. - Dice que mañana.

LADY MACBETH. - ¡Nunca verá el sol de mañana! En tu rostro, esposo mío, leo como en un libro abierto lo que esta noche va a pasar. Disimula prudente; oculte tu semblante lo que tu alma medita. Den tu lengua, tus manos y tus ojos la bienvenida al rey Duncan; debes esconder el áspid entre las flores. Yo me encargo de lo demás. El trono es nuestro.

MACBETH. - Ya hablaremos despacio.

LADY MACBETH. - Muéstrate alegre.

ESCENA VI

 

 

Entrada del castillo de Macbeth. Sus criados alumbran con antorchas

 

 

DUNCAN, BANQUO Y LADY MACBETH

DUNCAN. - ¡Qué hermosamente situado está el castillo! ¡Cómo alegra los sentidos esta apacible brisa de la tarde!

BANQUO. - La golondrina, eterna huésped del verano, moradora de las iglesias, pone en la arquitectura de sus nidos un vago recuerdo del cielo. De todo pilar, alero o ángulo suspende su prolífico lecho, y donde ellas anidan, parece que vive la alegría.

DUNCAN. - ¡Ved! ¡Ya sale la noble castellana! (A Macbeth). Muchas veces tenemos por amor lo que es verdadera desgracia. Pedid a Dios que os premie vuestro trabajo, y haga recaer en mi vuestros favores.

LADY MACBETH. - Todo nuestro obsequio es poco para pagar tan altos beneficios y mercedes, y sobre todo la de haber honrado con vuestra presencia esta casa. Pedimos a Dios, en agradecimiento, todo género de favores presentes y futuros para vos.

DUNCAN. - ¿Donde está Macbeth? Corrimos tras él para anticiparnos, pero la veloz carrera de su caballo y su amor, todavía más poderoso que su corcel, le dieron la ventaja, y llegó mucho antes que nosotros. Hermosa castellana, por esta noche reclamamos vuestra hospitalidad.

LADY MACBETH. - Criados vuestros somos: cuanto tenemos os pertenece.

DUNCAN. - Dadme la mano, y guiadme a donde esté mi huésped, objeto perenne de mi gracia.

ESCENA VII

 

 

Galería en el castillo de Macbeth

 

 

MACBETH Y LADY MACBETH

MACBETH. - ¡Si bastara hacerlo... pronto quedaba terminado! ¡Si con dar el golpe, se atajaran las consecuencias, y el éxito fuera seguro... yo me lanzaría de cabeta desde el escollo de la duda al mar de una existencia nueva. ¿Pero cómo hacer callar a la razón que incesante nos recuerda sus máximas importunas, máximas que en la infancia aprendió y que luego son tortura del maestro? La implacable justicia nos hace apurar hasta las heces la copa de nuestro propio veneno. Yo debo doble fidelidad al rey Duncan. Primero, por pariente y vasallo. Segundo, porque le doy hospitalidad en mi castillo, y estoy obligado a defenderle de extraños enemigos, en vez de empuñar yo el hierro homicida. Además, es tan buen rey, tan justo y clemente, que los ángeles de su guarda irán pregonando eterna maldición contra su asesino. La compasión, niño recién nacido, querubin desnudo, irá cabalgando en las invisibles alas del viento, para anunciar el crimen a los hombres, y el llanto y agudo clamor de los pueblos sobrepujará a la voz de los roncos vendavales. La ambición me impele a escalar la cima, ¿pero rodaré por la pendiente opuesta? (A Lady Macbeth). ¿Qué sucede?

LADY MACBETH. - La cena está acabada. ¿Por qué te retiraste tan pronto de la sala del banquete?

MACBETH. - ¿Me has llamado?

LADY MACBETH. - ¿No lo sabes?

MACBETH. - Tenemos que renunciar a ese horrible propósito. Las mercedes del Rey han llovido sobre mí. Las gentes me aclaman honrado y vencedor. Hoy he visto los arreos de la gloria, y no debo mancharlos tan pronto.

LADY MACBETH. - ¿Qué ha sido de la esperanza que te alentaba? ¿Por ventura ha caído en embriaguez o en sueño? ¿O está despierta, y mira con estúpidos y pasmados ojos lo que antes contemplaba con tanta arrogancia? ¿Es ese el amor que me mostrabas? ¿No quieres que tus obras igualen a tus pensamientos y deseos? ¿Pasarás por cobarde a tus propios ojos, diciendo primero: «lo haría» y luego «me falta valor»? Acuérdate de la fábula del gato.

MACBETH. - ¡Calla, por el infierno! Me atrevo a hacer lo que cualquiera otro hombre haría, pero esto no es humano.

LADY MACBETH. - ¿Pues es alguna fiera la que te lo propuso? ¿No eras hombre, cuando te atrevías, y buscabas tiempo y lugar oportunos? ¡Y ahora que ellos mismos se te presentan, tiemblas y desfalleces! Yo he dado de mamar a mis hijos, y se cómo se les ama; pues bien, si yo faltara a un juramento como tú has faltado, arrancaría el pecho de las encías de mi hijo cuando mis risueño me mirara, y le estrellaría los sesos contra la tierra.

MACBETH. - ¿Y si se frustra nuestro plan?

LADY MACBETH. - ¡Imposible, si aprietas los tornillos de tu valor! Duncan viene cansado del largo viaje, y se dormirá: yo embriagaré a sus dos servidores, de modo que se anuble en ellos la memoria y se reduzca a humo el juicio. Quedarán en sueño tan prolundo como si fuesen cadáveres. ¿Quién nos impide dar muerte a Duncan, y atribuir el crimen a sus embriagados compañeros?

MACBETH. - Tú no debías concebir ni dar a luz más que varones. Mancharemos de sangre a los dos guardas ébrios, y asesinaremos a Duncan con sus puñales.

LADY MACBETH. - ¿Y quién no creerá que ellos fueron los matadores, cuando oiga nuestras lamentaciones y clamoreo después de su muerte?

MACBETH. - Estoy resuelto. Todas mis facultades se concentran en este solo objeto. Oculte, con traidora máscara, nuestro semblante lo que maquina el alma.

Macbeth Acto II



ESCENA PRIMERA

Patio en el castillo de Macbeth

BANQUO, FLEANCIO Y MACBETH

BANQUO. - Hijo, ¿qué hora es?

FLEANCIO. - No he oído el reloj, pero la luna va descendiendo.

BANQUO. - Será media noche.

FLEANCIO. - Quizá más tarde.

BANQUO. - Toma la espada. El cielo ha apagado sus candiles, sin duda por economía. Me rinde el sueño con mano de plomo, pero no quiero dormir. ¡Dios mío! contén la ira que viene a perturbarme en medio del reposo. Dame la espada. ¿Quién es?

MACBETH. - Un amigo tuyo.

BANQUO. - ¿Todavía estás en pie? El Rey se ha acostado más alegre que nunca, y ponderando mucho tu hospitalidad. Manda un diamante para tu mujer, a quien llama su linda huéspeda.

MACBETH. - Por imprudencia quizás haya caído mi voluntad en faltas que, a disponer de su libre albedrío, hubiera evitado.

BANQUO. - No sé que hayas cometido ninguna falta. Ayer soñé con las brujas. Por cierto que contigo han andado verídicas.

MACBETH. - No me cuido de eso. Ya hablaremos otra vez con más espacio, si eso te complace.

BANQUO. - Cuando quieras.

MACBETH. - Si te guías por mi consejo, ganarás honra y favor.

BANQUO. - Siempre que sea sin menoscabo de la lealtad que reina en mi pecho.

MACBETH. - Vete a descansar.

BANQUO. - Gracias.

(Vase con su hijo)

MACBETH. - (A su criado). Di a la señora que me llame cuando tenga preparada mi copa. Tú, acuéstate. ¡Me parece estar viendo el puño de una daga vuelta hacia mí! ¡Ven a mis manos, puñal que toco aunque no veo! ¿O eres acaso sueño de mi delirante fantasía? Me pareces tan real como el que en mi mano resplandece. Tú me enseñas el arma y el camino. La cuchilla y el mango respiran ya sangre. ¡Vana ilusión! Es el crimen mismo el que me habla así. La Naturaleza reposa en nuestro hemisferio. Negros ensueños agitan al que ciñe real corona. Las brujas en su nefando sábado festejan a la pálida Hécate, y el escuálido homicidio, temeroso de los aullidos del lobo centinela suyo, camina con silencioso pie, como iba Tarquino a la mansión de la casta Lucrecia. ¡Tierra, no sientas el ruido de mis pies, no le adivines! ¡No pregonen tus piedras mi crimen! ¡Da tregua a los terrores de estas horas nocturnas! Pero, ¿a qué es detenerme en vanas palabras que hielan la acción? (Oyese una campana). ¡Ha llegado la hora! ¡Duncan, no oigas el tañido de esa campana, que me invita al crimen, y que te abre las puertas del cielo o del infierno!

ESCENA SEGUNDA

LADY MACBETH Y MACBETH

LADY MACBETH. - La embriaguez en que han caído me da alientos. ¡Silencio! Es el chillido del búho, severo centinela de la noche. Abiertas están las puertas. La pócima que administré a los guardas los tiene entre la vida y la muerte.

MACBETH. - (Dentro). ¿Quién es?

LADY MACBETH. - Temo que se despierten, antes que esté consumado el crimen, y sea peor el amago que el golpe... Yo misma afilé los puñales... Si su sueño no se hubiera parecido al de mi padre, yo misma le hubiera dado muerte. Pero aquí está mi marido...

MACBETH. - Ya está cumplido. ¿Has sentido algún rumor?

LADY MACBETH. - No más que el canto del grillo y el chillido del búho. ¿Hablaste algo?

MACBETH. - ¿Cuándo?

LADY MACBETH. - Ahora.

MACBETH. - ¿Cuando bajé?

LADY MACBETH. - Sí.

MACBETH. - ¿Quién está en el segundo aposento?

LADY MACBETH. - Donalbain.

MACBETH. - ¡ Qué horror!

LADY MACBETH. - ¡Qué necedad! ¿Por qué te parece horrible?

MACBETH. - El uno se sonreía en sueños, el otro se despertó y me llamó: ¡asesino! Los miré fijo y con estupor; después rezaron y se quedaron dormidos.

LADY MACBETH. - Como una piedra.

MACBETH. - El uno dijo: «Dios nos bendiga», y el otro: «Amén». Yo no pude repetirlo.

LADY MACBETH. - Calma ese terror.

MACBETH. - ¿Por qué no pude responder «Amén»? Yo necesitaba bendición, pero la lengua se me pegó al paladar.

LADY MACBETH. - Si das en esas cavilaciones, perderás el juicio.

MACBETH. - Creí escuchar una voz que me decía: «Macbeth, tú no puedes dormir, porque has asesinado al sueño». ¡Perder el sueño, que desteje la intrincada trama del dolor, el sueño, descanso de toda fatiga: alimento el más dulce que se sirve a la mesa de la vida.

LADY MACBETH. - ¿Por qué esa agitación?

MACBETH. - Aquella voz me decía alto, muy alto: «Glamis ha matado al sueño; por eso no dormirá Cáudor, ni tampoco Macbeth».

LADY MACBETH. - ¿Pero qué voz era esa? ¡Esposo mío! no te domine así el torpe miedo, ni ofusque el brillo de tu razón. Lava en el agua la mancha de sangre de tus manos. ¿Por qué quitas de su lugar las dagas? Bien están ahí. Vete y ensucia con sangre los centinelas.

MACBETH. - No me atrevo a volver ni a contemplar lo que hice.

LADY MACBETH. - ¡Cobarde! Dame esas degas. Están como muertos. Parecen estatuas. Eres como el niño a quien asusta la figura del diablo. Yo mancharé de sangre la cara de esos guardas.

(Suenan golpes)

MACBETH. - ¿Quién va? El más leve rumor me horroriza. ¿Qué manos son las que se levantan, para arrancar mis ojos de sus órbitas? No bastaría todo el Océano para lavar la sangre de mis dedos. Ellos bastarían para enrojecerle y mancharle.

LADY MACBETH. - También mis manos están rojas, pero mi alma no desfallece como la tuya. Llaman a la puerta del Mediodía. Lavémonos, para evitar toda sospecha. Tu valor se ha agotado en el primer ímpetu. Oye... Siguen llamando... Ponte el traje de noche. No vean que estamos en vela. No te pierdas en vanas meditaciones.

MACBETH. - ¡Oh, si la memoria y el pensamiento se extinguiesen en mí, para no recordar lo que hice!

(Siguen los golpes)

ESCENA TERCERA

EL PORTERO - ¡Qué estrépito! Ni que fuera uno portero del infieno. ¿Quién será ese maldito? Algún labrador que se habrá ahorcado descontento de la mala cosecha... Y sigue alborotando... Será algún testigo falso, pronto a jurar en cualquiera de los platillos de la balanza. ¡Entra, malvado! ¡Y sigue dando! Será algún sastre inglés que ha sisado tela de unos calzones franceses. ¡Qué frío hace aquí aunque estamos en el infierno! Ya se acabó mi papel de diablo. A otra gente más lucida pensé abrir. No os olvidáis del portero pero que mas da.

ESCENA CUARTA

 

 

MACDUFF, UN PORTERO, LÉNNOX Y MACBETH

MACDUFF. - ¿Cómo te levantas tan tarde? ¿Te acostaste tarde por ventura?

PORTERO. - Duró la fiesta hasta que cantó por segunda vez el gallo, y el beber es un gran provocador de tres cosas.

MACDUFF. - ¿Qué tres cosas provoca especialmente el beber?

PORTERO. - ¡Pardiez!, señor: enrojecimiento de la nariz, modorra y orina. En cuanto a los apetitos amorosos, los provoca y los desprovoca; provoca el deseo, pero impide la ejecución. Por eso el mucho beber puede decirse que es el jesuitismo de los apetitos amorosos. Los crea y los destruye, los excita y los paraliza, los persuade y los desanima, los endereza y los arruga. En conclusión: los enjesuíta en un sueño, y, dándoles un mentís, los abandona.

MACDUFF. - Me parece que el beber te dio a ti un mentís la noche pasada.

PORTERO. - En efecto, señor; lo ha sido en mi misma gola; pero ha pagado caro su mentís, y creo que soy más fuerte que él, pues aunque me ha tenido algún tiempo por las piernas, al fin le he echado la zancadilla.

MACDUFF. - ¿Se ha levantado tu señor?... Pero aquí viene. Sin duda le despertamos con los golpes.

LÉNOX. - (A Macbeth). ¡Buenos días!

MACBETH. - ¡Felices!

MACDUFF. - ¿Está despierto el Rey?

MACBETH. - Todavía no.

MACDUFF. - Me dijo que le llamara a esta hora.

MACBETH. - Os quiero guiar a su habitación.

MACDUFF. - Molestia inútil, por más que os agrade.

MACBETH. - Esta es su puerta.

MACDUFF. - Mi deber es entrar.

(Vase)

LÉNOX. - ¿Se va hoy el Rey?

MACBETH. - Así lo tiene pensado.

LÉNOX. - ¡Mala noche! El viento ha echado abajo nuestra chimenea, se han oído extrañas voces, gritos de agonía, cantos proféticos de muerte y destrucción. Las aves nocturnas no han cesado de graznar. Hay quien dice que la tierra misma se estremecía.

MACBETH. - Tremenda ha sido, en verdad, la noche.

LÉNOX. - No recuerdo otra semejante. Verdad que soy joven.

MACDUFF. - ¡Horror, horror, horror! ¡Ni la lengua ni el corazón deben nombrarte!

MACBETH y LÉNOX. - ¿Qué?

MACDUFF. - Una traición horrible. Un sacrilegio... El temple de la vida del Rey ha sido profanado.

MACBETH. - ¿Su vida?

LÉNOX. - ¿La del Rey?

MACDUFF. - Entrad en la alcoba, y lo veréis, si es que no ciegan vuestros ojos de espanto. No puedo hablar. Vedlo vosotros mismos... ¡A las armas! ¡Traición, malvados! ¡Donalbain, Banquo, Malcolm, alerta! ¡Lejos de vosotros ese sueño tan pesado como la muerte! Ved la muerte misma... Pronto... ¡Banquo, Malcolm! Dejad el lecho, venid, animados fantasmas, a contemplar esta escena de duelo.

LADY MACBETH. - ¿Qué es eso? ¿Por qué despertáis con tales gritos a la gente de la casa que aún duerme?

MACDUFF. - En vuestros oídos, hermosa dama, no deben sonar otra vez nuestros lamentos. No es tanto horror para oídos de mujer. (Entra Banquo). ¡Banquo, Banquo! Nuestro Rey ha sido asesinado. Lady Macbeth ¡Dios mío, y en mi casa!

BANQUO. - Aquí y en todas sería horrible. Dime que no es verdad. Dímelo por Dios.

MACBETH. - ¡Ojalá hubiera muerto yo pocas horas antes! Mi vida hubiera sido del todo feliz. Ya han muerto para mí la gloria y la esperanza. He agotado el vino de la existencia, y sólo me que dan las heces en el vaso.

DONALBAIN. - ¿Qué es esto?

MACBETH. - ¿Y tú me lo preguntas? Se ha secado la fuente de la vida. Tu padre ha sido muerto.

MALCOLM. - ¿Quién lo mató?

LÉNOX. - Sin duda sus guardias, porque tienen manchadas de sangre las manos y la cara, y los ensangrentados puñales junto al lecho. En sus miradas se retrataba el delirio.

MACBETH. - ¡Cuánto siento que mi furor me llevara a darles instantánea muerte!

MACDUFF. - ¿Por qué lo hiciste?

MACBETH. - ¿Y quién se contiene en tal arrebato? ¿Cuándo se unió el furor con la prudencia, la lealtad con el sosiego? Mi amor al Rey venció a mi tranquila razón. Yo veía a Duncan teñido en su propia sangre, y cerca de él a los asesinos con el color de su oficio; veía sus puñales manchados también... ¿Quién podía dudar? ¿Quién que amase al Rey, hubiera podido de tener sus iras?

LADY MACBETH. - Llevadme lejos de aquí.

MALCOLM. - ¡Y callamos! annque no pocos pueden achacarnos el crimen.

DONALBAIN. - Más vale callarnos y atajar nuestras lágrimas. Vamos.

MALCOLM. - Disimulemos nuestra pena.

BANQUO. - Cuidad a la señora. Después que nos vistamos, hemos de examinar más despacio este horrible suceso. En la mano de Dios están mis actos. Desde allí desafío toda sospecha traidora. Juro que soy inocente.

MACDUFF. - Y yo también.

Todos. - Y todos.

MACBETH. - Juntémonos luego en el estrado.

Todos. - Así lo haremos.

MALCOLM. - ¿Qué haces? Nada de tratos con ellos. Al traidor le es fácil simular la pena que no siente. Iré a Inglaterra.

DONALBAIN. - Y yo a Irlanda. Separados estamos más seguros. Aquí las sonrisas son puñales, y derraman sangre los que por la sangre están unidos.

MALCOLM. - La bala de su venganza no ha estallado todavía. Nos conviene esquivarla. A caballo, y partamos sin despedirnos. Harta razón tenemos para escondernos.

ESCENA QUINTA

 

 

Exterior del Castillo

 

 

UN VIEJO, ROSS Y MACDUFF

VIEJO. - En mis setenta años he visto cosas peregrinas y horrendas, pero nunca como esta noche.

ROSS. - ¡Venerable anciano! ¡Con qué cólera mira el cielo la trágica escena de los hombres! Ya ha amanecido, pero todavía la noche se resiste a abandonar su dominio. Quizá se avergüenza el día, y no se atreve a derramar su pura lumbre.

VIEJO. - No es natural nada de lo que sucede. El martes un generoso halcón cayó en las garras de una lechuza.

ROSS. - Los caballos de Duncan, los mejores de su casta, han quebrantado sus establos, y vueltos al estado salvaje, son terror de los palafreneros.

VIEJO. - Ellos mismos se están devorando.

ROSS. - Así es, ¡Qué horror miran mis ojos!... Pero aquí se acerca el buen Macduff. ¿Cómo están las cosas, amigo?

MACDUFF. - Ya lo veis.

ROSS. - ¿Quién fue el asesino?

MACDUFF. - Los que mató Macbeth.

ROSS. - ¿Y qué interés tenían?

MACDUFF. - Eran pagados por los dos hijos del Rey difunto.

ROSS. - ¡Horror contra naturaleza! La ambición se devora a sí misma! Y Macbeth sucederá en el trono.

MACDUFF. - Ya le han elegido rey, y va a coronarse a Escocia.

ROSS. - ¿Y el cuerpo del rey Duncan?

MACDUFF. - Lo llevan a enterrar a la montaña de San Colme, sepulcro de sus mayores.

ROSS. - ¿Te vas a Escocia, primo?

MACDUFF. - A Fife.

ROSS. - Yo a Escocia.

MACDUFF. - Felicidad en todo. Adiós. Gusto más de la ropa nueva, que de la antigua.

ROSS. - Adiós, buen viaje.

VIEJO. - Quien saque como vosotros bien del mal, y haga amigo al enemigo, llevará la bendición de Dios.

Continúa en Macbeth obra completa en español - Parte 2 >>


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