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Trabajos de amor perdidos obra completa


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Trabajos de amor perdidos

 

de
William Shakespeare

Año 1592

PERSONAJES

 

FERNANDO, rey de Navarra.

 

BEROWNE, Señor del séquito del rey.

 

LONGAVILLE, Señor del séquito del rey.

 

DUMAINE, Señor del séquito del rey.

 

BOYET, Señor del séquito de la princesa de Francia.

 

MARCADE, Señor del séquito de la princesa de Francia.

 

DON ADRIANO DE ARMADO, español excéntrico.

 

SIR NATANIEL, cura párroco.

 

HOLOFERNES, maestro de escuela.

 

DULL, alguacil.

 

COSTARD, gracioso.

 

MOTH, paje de Armado.

 

UN GUARDABOSQUE.

 

LA PRINCESA DE FRANCIA.

 

ROSALINA, Dama del séquito de la princesa.

 

MARÍA, Dama del séquito de la princesa.

 

CATALINA, Dama del séquito de la princesa.

 

JAQUINETA, aldeana.

 

OFICIALES y otras personas del cortejo del rey y de la princesa.

 

ESCENA.- Navarra.

 

 

 

Acto Primero

 

Escena Primera

 

Parque del rey de Navarra.

 

Entran EL REY, BEROWNE, LONGAVILLE y DUMAINE.

 

EL REY.- Que la fama, perseguida por todos después de su existencia, viva registrada

 

en nuestras tumbas de bronce, y nos preste luego su gracia en la desgracia de la muerte;

 

cuando, a despecho de este voraz devorador, el tiempo, adquiramos por el esfuerzo del

 

soplo presente aquel honor que logre enervar el acerado filo de su guadaña, y nos

 

convierta en herederos de la eternidad. Por consiguiente, bravos conquistadores -pues

 

sólo lo sois vosotros, que guerreáis contra vuestros propios sentimientos y el ejército

 

enorme de anhelos del mundo-, observemos en toda la rudeza de sus cláusulas nuestro

 

último edicto. Navarra será el asombro del universo. Nuestra corte, una pequeña

 

academia, apacible y contemplativa, consagrada al arte. Vosotros tres, Berowne,

 

Dumaine y Longaville, habéis jurado vivir conmigo por término de tres años, como

 

camaradas de estudios, y guardar los estatutos contenidos en este documento.

 

Formulasteis ya vuestros votos, y ahora sólo resta suscribirlos con vuestros nombres.

 

¡Que su propia mano prive de su honra al que viole el más pequeño artículo de los aquí

 

trazados! Si tenéis el valor de cumplir vuestras promesas, como habéis tenido el de

 

empeñar seriamente vuestras palabras, firmad y permaneced fieles.

 

LONGAVILLE.- Estoy resuelto; tres años transcurren con rapidez. El alma

 

banqueteará, aunque el cuerpo ayune. Los vientres voluminosos poseen flacas molleras, y

 

los bocados exquisitos enriquecen los miembros; mas el ingenio da en quiebra

 

completamente.

 

DUMAINE.- Mi amado señor, Dumaine se halla afligido. Los groseros modales del

 

deleite mundanal los abandona a los viles esclavos de este mundo grosero. Ante el amor,

 

la riqueza y la pompa, desfallezco y sucumbo. Me comprometo a vivir con todos vosotros

 

en la filosofía.

 

BEROWNE.- No puedo sino amplificar sus protestaciones, querido soberano,

 

habiendo jurado ya vivir y estudiar aquí tres anualidades. Pero quedan otros estrechos

 

compromisos, como no ver mujer alguna en este término, cláusula que espero no se habrá

 

anotado; no tomar alimento un día a la semana y no hacer sino una comida al día, lo cual

 

espero igualmente no se habrá anotado; y además, dormir tan sólo tres horas de noche y

 

no cerrar los ojos en el curso de la jornada..., cuando tengo por costumbre dormir

 

tranquilamente toda la noche y aun hacer una espesa noche de la mitad del día. ¡Espero

 

que esto tampoco se habrá anotado! ¡Oh! ¡Serían rudas tareas, difíciles de cumplir, no ver

 

mujeres, estudiar, ayunar, no dormir!

 

EL REY.- Vuestro juramento se acondicionó a las expresadas condiciones.

 

BEROWNE.- Permitidme contradeciros, mi soberano, si os place. He jurado

 

únicamente estudiar con Vuestra Gracia y permanecer tres años en vuestra Corte.

 

4

 

LONGAVILLE.- Berowne, habéis jurado eso y lo demás.

 

BEROWNE.- Entonces, señor, sea como fuere, he jurado de broma. ¿Cuál es el objeto

 

del estudio? Que lo sepa yo.

 

EL REY.- Conocer lo que, de otro modo, ignoraríamos.

 

BEROWNE.- ¿Os referís a las cosas ocultas y negadas al sentido común?

 

EL REY.- Sí, que es la divina recompensa del estudio.

 

BEROWNE.- Veamos, pues. Juro estudiar para saber lo que se me impide que

 

conozca. Por ejemplo, estudiar dónde puedo almorzar bien, cuando se me prohiba

 

expresadamente el festejarme; estudiar dónde encontrar una dama bonita, cuando, a

 

despecho del sentido común, se escondan ellas; o, habiendo hecho un juramento

 

demasiado difícil de guardar, estudiar el modo de quebrantarlo sin quebrantar mi fe. Si el

 

beneficio del estudio consiste en conocer así lo que ignoramos, hacedme jurar, que nunca

 

diré que no.

 

EL REY.- Citáis precisamente aquellas distracciones que se oponen al estudio y

 

encadenan nuestro entendimiento a vanos deleites.

 

BEROWNE.- ¡ Cómo! Todos los deleites son vanos; pero el más vano es aquel que,

 

adquirido con pena, no rinde sino pena, como investigar penosamente sobre un libro, en

 

busca de la luz de la verdad, mientras esta verdad, en el propio instante, ciega

 

pérfidamente la vista de su libro. La luz que busca la luz, hace lucir el engaño de la luz.

 

Así, antes que halléis la luz en el seno de las tinieblas, vuestra luz se tornará obscura por

 

la pérdida de vuestros ojos. Estudiad, más bien el medio de regocijar vuestros ojos

 

fijándolos en otros más bellos, que aunque os deslumbren, al menos os servirán de gula y

 

os devolverán la luz que os hayan robado. El estudio es semejante al sol glorioso del

 

cielo, que no permite que le escudriñen a fondo con insolentes miradas. Poco han ganado

 

nunca los estudiosos asiduos, salvo una ruin autoridad emanada de los libros de otros.

 

Esos padrinos terrestres de las luces del cielo, que bautizan a cada estrella fija, no

 

alcanzan más provecho de sus brillantes noches que los que se pasean sin conocer dichos

 

astros. El exceso de estudio no sirve sino para daros un nombre, gloria que os pueden

 

otorgar todos los padrinos.

 

EL REY.- ¡Qué sabio es, cuando trata de apostrofar a la ciencia!

 

DUMAINE.- ¡No se emplearía mejor procedimiento para detener el progreso!

 

LONGAVILLE.- ¡Arranca el trigo y deja crecer las malas hierbas!

 

BEROWNE.- ¡La primavera está próxima, cuando incuban los tiernos gansos!

 

DUMAINE.- ¿Qué se sigue de eso?

 

BEROWNE.- Que todas las cosas, en su tiempo y lugar.

 

DUMAINE.- Pierde el concepto.

 

5

 

BEROWNE.- Tanto mejor para la rima.

 

LONGAVILLE.- Berowne es semejante a la dañosa helada, cuyas ardientes

 

mordeduras perjudican los primeros retoños de la primavera.

 

BEROWNE.- Bien; y digo yo: ¿por qué el orgulloso estío ha de envanecerse antes que

 

los pájaros hallen causa para cantar? ¿Por qué he de regocijarme de un nacimiento

 

abortivo? No apetezco en Navidad más una rosa, que deseo la nieve en las risueñas y

 

presumidas festividades de mayo, sino que cada cosa la quiero en su estación. Así pues,

 

ahora es demasiado tarde para que os dediquéis al estudio; tanto valdría escalar una casa

 

para abrir una diminuta puerta.

 

EL REY.- Bien quedaos vosotros; marchaos vos, Berowne. Adiós.

 

BEROWNE.- No mi buen señor. He jurado permanecer con vos; y aunque haya

 

hablado más sobre la ignorancia que podríais decir vos sobre la ciencia angélica,

 

mantendré mi juramento y sufriré la penitencia cada ino de los días de estos tres años.

 

Entregadme ese papel, que yo lo lea y firme con mi nombre los más vigorosos decretos.

 

EL REY.- ¡He aquí una sumisión que te levanta a nuestros ojos!

 

BEROWNE (Leyendo.).- «Item. Ninguna mujer se acercará a más de una milla de mi

 

Corte.»¿Se ha proclamado esto?

 

LONGAVILLE.- Hace cuatro días.

 

BEROWNE.- Veamos la penalidad. (Leyendo.) «Bajo pena de perder la lengua.»

 

¿Quién ha tomado esta decisión?

 

LONGAVILLE.- A fe mía, a mí se debe.

 

BEROWNE.- Y ¿por qué, distinguido señor?

 

LONGAVILLE.- Para atemorizarlas con esta terrible penalidad.

 

BEROWNE.- ¡Peligrosa ley para la galantería! (Leyendo.) «Item. Si es sorprendido un

 

hombre conversando con una mujer en el transcurso de estos tres años, soportará la

 

humillación pública que tenga a bien imponerle la Corte.» He aquí un artículo, mi

 

soberano, que vos mismo infringís. Pues bien sabéis que viene en calidad de embajadora

 

la hija del rey de Francia -joven doncella llena de gracia y majestad-, deseosa de

 

conferenciar con vos respecto de la cesión de la Aquitania por su decrépito padre, que se

 

encuentra enfermo y postrado. Por consiguiente, este artículo es inútil o en vano se

 

aproxima la admirable princesa.

 

EL REY.- ¿Qué decís, señores? Había olvidado completamente esta circunstancia.

 

BEROWNE.- Tanto celo rebasa siempre los límites. Mientras busca poseer lo que

 

desea, olvida lo que debiera saber; y cuando consigue la cosa a que aspiraba más

 

vivamente, su conquista es a la manera de una ciudad tomada por el fuego, tan pronto

 

ganada como perdida.

 

6

 

EL REY.- Forzosamente habremos de suprimir esa cláusula, pues es de toda necesidad

 

que la princesa permanezca aquí.

 

BEROWNE.- La necesidad nos convertirá a todos en perjuros, tres mil veces en el

 

espacio de tres años. Cada uno de los hombres nace con inclinaciones, que puede

 

reprimir; mas no la voluntad, sino por especial privilegio. Si quebranto alguno de mis

 

votos, yo también, por haber perjurado, alegaré la excusa de que era «de toda necesidad».

 

¡Suscribo, pues, con mi nombre estas leyes! (Firma.) ¡Y que el que las contravenga en el

 

más ínfimo grado, quede bajo la humillación de un oprobio eterno! Las tentaciones son

 

iguales para los demás que para mí; pero creo, aunque con cierta repugnancia, que seré el

 

último en faltar a mi juramento. Y ahora, ¿no contamos con ninguna animada recreación?

 

EL REY.- Sí que la hay. Nuestra Corte, como sabéis, se halla frecuentada por un

 

viajero español refinado. Un hombre al corriente de la moda universal, cuyo cerebro

 

encierra una fábrica de frases, y que se complace en la música de sus insulseces como en

 

la audición de una armonía encantadora; un caballero de alta prosapia, a quien la equidad

 

y la injusticia han elegido como árbitro de sus contiendas. Este engendro de la fantasía,

 

que se llama Armado, mientras reposemos de nuestros estudios, nos contará, en escogidas

 

palabras, las proezas de muchos caballeros de la grande España, proezas que el mundo ha

 

olvidado. Ignoro hasta qué extremo ha de divertiros, señores; pero afirmo que me placerá

 

oírle mentir, y lo haré mi trovador.

 

BEROWNE.- Armado es el más ilustre de los seres; el hombre de las palabras

 

modernistas, el caballero de su propia moda.

 

LONGAVILLE.- El bruto de Costard y él nos servirán de diversión; de suerte que,

 

estudiar en estas condiciones, tres años parecerán cortos.

 

(Entran DULL, con una carta, y COSTARD.)

 

DULL.- ¿Cuál es la verdadera persona del duque?

 

BEROWNE.- Esta, camarada. ¿Qué deseas?

 

DULL.- Yo mismo represento su propia persona, pues soy «arguacil» de Su Gracia;

 

pero quisiera ver su propia persona en carne y sangre.

 

BEROWNE.- Hela aquí.

 

DULL.- El signior Arm... Arm... os saluda. Suceden cosas villanas en público. Esta

 

carta será más explícita.

 

COSTARD.- Señor, el contenido de esa carta me incumbe.

 

EL REY.- ¡Una carta del magnífico Armado!

 

BEROWNE.-Por fútil que sea la materia de que trate, espero en Dios que encierre

 

grandes conceptos.

 

7

 

LONGAVILLE.- ¡Grande esperanza para bien poca sublimidad! ¡Dios nos otorgue

 

paciencia!

 

BEROWNE.- ¿Para escuchar, o para abstenernos de reír?

 

LONGAVILLE.- Para escuchar convenientemente, señor; para reír con moderación, o

 

para abstenernos de lo uno y de lo otro.

 

BEROWNE.- Bien, eso dependerá, señor, de la hilaridad que nos cause el trepar por la

 

barrera de su estilo.

 

COSTARD.- La cuestión me atañe, señor, como concerniente a Jaquineta. El hecho es

 

que he sido cogido en el hecho.

 

BEROWNE.- ¿En qué hecho?

 

COSTARD.- En el hecho y forma siguiente, señor, que vale por tres. Me han visto con

 

ella en el palacio, sentado al lado suyo en forma, y he sido sorprendido siguiéndola los

 

pasos en el parque. Todo lo cual ha dado lugar al hecho y forma que siguen. Ahora bien,

 

señor; en cuanto al hecho, es el hecho de hablar un hombre con una mujer. En cuanto a la

 

forma...

 

BEROWNE.- ¿Qué se seguirá?

 

COSTARD.- Se seguirá el castigo que se me impusiere. Y Dios defienda al derecho.

 

EL REY.- ¿Queréis escuchar esta carta con atención?

 

BEROWNE.- Como si oyéramos un oráculo.

 

COSTARD.- Con la misma ingenuidad con que el hombre da oídos a la voz de la

 

carne.

 

EL REY (Leyendo.).- Gran rey, vicegerente del cielo y dominador único de Navarra,

 

Dios terrestre de mi ánima y nutricio patrón de mi cuerpo...

 

COSTARD.- Todavía no ha mencionado a Costard.

 

EL REY.- He aquí el caso...

 

COSTARD.- En tal caso, si así lo dice acaso, hablando con franqueza, sólo es un

 

caso...

 

EL REY.- ¡Silencio!

 

COSTARD.- Para mí y para todos aquellos que no se atrevan a batirse.

 

EL REY.- ¡No hables!

 

COSTARD.- Del secreto de los demás, os lo suplico.

 

8

 

EL REY.- He aquí el caso. Asediado por una sable melancolía, sometía mi oprimente

 

humor negro al remedio salutífero de tu atmósfera reconfortante; y, como soy un

 

hijodalgo, me decidí a dar un paseo. ¿A qué hora? Alrededor de las seis, cuando pacen

 

mejor las bestias, picotean con mayor apetito las aves, y los hombres se sientan a la

 

mesa para tomar ese refrigerio que vulgarmente se llama cena. Esto por lo que a la hora

 

se refiere. En cuanto al terreno, quiero decir el sitio en que me paseaba, se denomina tu

 

parque. En cuanto al emplazamiento, quiero decir el lugar donde fuí testigo del suceso

 

más obsceno y trastrocado, que hace exprimir de mi nívea pluma esta tinta color de

 

ébano que tú ves, miras, observas y distingues; en cuanto al lugar, continúo, se halla

 

situado al Nornordeste y al Este del ángulo Oeste de tu jardín, tan curiosamente

 

inextricable. Allí es donde he visto ese pastor de alma mezquina, ese miserable pichichán

 

que te hace reír...

 

COSTARD.- ¡Yo!

 

EL REY.- Ese espíritu iletrado y romo...;

 

COSTARD.- ¡Yo!

 

EL REY.- Ese vasallo superficial...;

 

COSTARD.- ¡Todavía yo!

 

EL REY.- Que, si no me engaño, se llama Costard...

 

COSTARD.- ¡Oh! ¡Yo!

 

EL REY.- En conferencia secreta y a solas, contrariamente al edicto que proclamaste

 

y promulgaste, de la ley de continencia, con... con... ¡Oh!, no me atrevo a decir con

 

quién...

 

COSTARD.- Con una muchacha.

 

EL REY.- Con una hija de nuestra abuela Eva, con una hembra, o, para hablar claro,

 

con una mujer. Tal hombre es el que te envío -como mi inquebrantable deber me ordenapara

 

que reciba el castigo a que se ha hecho acreedor, bajo la custodia del pundonoroso

 

oficial de Vuestra Majestad, Antonio Dull, hombre de reputación, buena conducta,

 

excelentes costumbres y estimación probada.

 

DULL.- Yo, si no lo habéis a mal. Yo soy Antonio Dull.

 

EL REY.- En cuanto a Jaquineta (que tal se llama este vaso frágil, a quien he

 

sorprendido con el arriba mencionado bribón), la retengo como recipiente de la cólera

 

de tu ley, y a la menor indicación tuya la conduciré ante tu presencia. Tuyo, con todas

 

las expresiones de afecto de un corazón adicto, y ardiendo en el deseo de cumplir con su

 

deber,

 

Don Adriano de Armado.

 

9

 

BEROWNE.- No está tan bien como yo esperaba; pero, aun así, es de lo mejor que he

 

oído.

 

EL REY.- En efecto, de lo mejor de lo peor. Y tú, belitre, ¿qué respondes a eso?

 

COSTARD.- Señor, reconozco lo de la muchacha.

 

EL REY.- ¿No te has enterado de la promulgación de nuestro edicto?

 

COSTARD.- Confieso haberme enterado; pero apenas paré atención en él.

 

EL REY.- Se ha impuesto la pena de un año de prisión a todo aquel que sea

 

sorprendido con una moza.

 

COSTARD.- Yo no he sido sorprendido con una moza, señor, sino con una señorita.

 

EL REY.- Bien; el edicto dice: «una señorita».

 

COSTARD.- No era tampoco una señorita, señor; era una virgen.

 

EL REY.- También se halla eso especificado. En el edicto consta igualmente «una

 

virgen».

 

COSTARD.- Si es así niego su virginidad. Fuí sorprendido con una doncella.

 

EL REY.- Esa doncella no te servirá de nada.

 

COSTARD.- Esa doncella me servirá, señor.

 

EL REY.- Voy a pronunciar tu sentencia. Por ocho días estarás a pan y agua.

 

COSTARD.- ¡Preferiría un mes a carnero y sopas!

 

EL REY.- Y don Armado será tu guardián. Señor Berowne, encargaos de que se le

 

confíe. Y por lo que respecta a nosotros, señores, procedamos a poner en práctica lo que

 

unos y otros hemos jurado solemnemente.

 

(Salen EL REY, LONGAVILLE y DUMAINE.)

 

BEROWNE.- Apostaría mi cabeza contra el sombrero de cualquier hombre de bien, a

 

que no tardarán en violarse esos juramentos y esas leyes. ¡Vamos, pícaro!

 

COSTARD.- Padezco persecución por la verdad, señor; porque la verdad es que me

 

han sorprendido con Jaquineta, y Jaquineta es una verdadera muchacha. ¡Saludo, por

 

tanto, la amarga copa de la prosperidad! Tal vez la aflicción vuelva a sonreírme un día.

 

¡Hasta entonces, reposa, dolor! (Salen.)

 

Escena II

 

El mismo lugar.

 

10

 

Entran ARMADO y MOTH.

 

ARMADO.- Muchacho, ¿qué significa que un hombre de gran talento se vuelva

 

melancólico?

 

MOTH.- Es señal evidente, señor, de que mirará con aire triste.

 

ARMADO.- ¡Cómo! La tristeza y la melancolía son una y la misma cosa, querido

 

pequeño.

 

MOTH.- ¡No, no! ¡Por Dios, señor, no!

 

ARMADO.- ¿En qué puedes distinguir la tristeza de la melancolía, mi tierno

 

mozalbete?

 

MOTH.- En virtud de una demostración familiar de sus resultados, mi viejo coriáceo.

 

ARMADO.- ¿Por qué viejo coriáceo? ¿Por qué viejo coriáceo?

 

MOTH.- ¿Por qué tierno mozalbete? ¿Por qué tierno mozalbete?

 

ARMADO.- He empleado la expresión de tierno mozalbete como un epíteto congruo,

 

conveniente a tus tempranos días, que podemos calificar de tiernos.

 

MOTH.- Y yo la de viejo coriáceo, como una denominación adecuada a vuestra edad,

 

que podemos llamar coriácea.

 

ARMADO.- Gracioso y oportuno.

 

MOTH.- ¿Qué queréis decir, señor? ¿Que soy gracioso y mi respuesta oportuna? ¿O

 

que soy oportuno y mi respuesta graciosa?

 

ARMADO.- Eres gracioso, porque eres pequeño.

 

MOTH.- Entonces soy un pequeño gracioso. Ahora, ¿por qué oportuno?

 

ARMADO.- Porque eres vivo.

 

MOTH.- ¿Decís eso para hacerme un elogio, señor?

 

ARMADO.- Un elogio que mereces.

 

MOTH.- El mismo elogio podría tributarse a una anguila.

 

ARMADO.- ¡Cómo! ¿Es ingeniosa una anguila?

 

MOTH.- Una anguila es viva.

 

ARMADO.- He querido decir que eres vivo en la réplica. ¡Me calientas la sangre!

 

11

 

MOTH.- Comprendido, señor.

 

ARMADO.- No me gusta que se me contraríe.

 

MOTH (Aparte.).- Se expresa mal; la falta de dinero es lo que le contraría.

 

ARMADO.- He prometido estudiar tres años con el duque.

 

MOTH.- Podríais hacerlo en una hora, señor.

 

ARMADO.- Imposible.

 

MOTH.- ¿Cuántos son tres por uno?

 

ARMADO.- Cuento mal. Eso se queda para un espíritu de mozo de taberna.

 

MOTH.- Vos sois hidalgo y jugador.

 

ARMADO.- Lo confieso. Ambos títulos constituyen la flor y nata de un cumplido

 

caballero.

 

MOTH.- En ese caso estoy seguro de que sabréis cuánto valen un dos y un as.

 

ARMADO.- Dos más uno.

 

MOTH.- Lo que el bajo vulgo llama tres.

 

ARMADO.- Cierto.

 

MOTH.- ¿Y para eso es menester estudiar tanto, señor? Porque ved aquí el número

 

tres estudiado en menos tiempo del que emplearíais en pestañear tres veces. Y en cuanto

 

a añadir la palabra «años» al vocablo «tres», y estudiar tres años en dos palabras, el

 

caballo danzante os lo enseñaría.

 

ARMADO.- ¡Es la más bella figura!

 

MOTH.- Para probar que sois un cero.

 

ARMADO.- Voy a confesarte que estoy enamorado; y, como es indigno en un soldado

 

enamorarse, me he enamorado de una indigna doncella. Si desenvainando mi espada

 

contra el capricho de una afección me librase del reprobado pensamiento de ella, haría

 

cautivo al deseo y lo trocaría con cualquier cortesano francés por un saludo a la última

 

moda. Estimo humillante el suspirar, y me parece que debiera renegar de Cupido.

 

¡Reconfórtame, muchacho! ¿Qué grandes hombres han estado enamorados?

 

MOTH.- Hércules, señor.

 

ARMADO.- ¡Gentilísimo Hércules! Cítame más autoridades, querido muchacho;

 

adúceme otros nombres; que sean varones de buena reputación y conducta.

 

12

 

MOTH.- Sansón, señor, que era un hombre de buena reputación y agallas, pues

 

transportó a hombros las puertas de una ciudad, como un mozo de cordel, y estaba

 

enamorado.

 

ARMADO.- ¡Oh robusto Sansón! ¡Vigoroso Sansón! Tanta ventaja te llevo yo en el

 

manejo de la tizona, como tú me hubieses llevado en el transporte de las puertas. ¡Yo

 

también estoy enamorado! ¿Quién era la amada de Sansón, querido Moth?

 

MOTH.- Una mujer, mi amo.

 

ARMADO.- ¿De qué color?

 

MOTH.- De uno de los cuatro, de los tres, de los dos, o de todos ellos.

 

ARMADO.- Dime exactamente el color de su cara.

 

MOTH.- Verde mar, señor.

 

ARMADO.- ¿Es ése uno de los cuatro colores?

 

MOTH.- Así lo he leído, señor, y el más bello de todos.

 

ARMADO.- En efecto, el verde es el color de los enamorados; mas me parece que

 

Sansón no tuvo razón alguna para enamorarse de este color.

 

MOTH.- La tuvo, señor, pues ella tenía el espíritu verde.

 

ARMADO.- Mi amada es del blanco y rojo más inmaculado.

 

MOTH.- Los pensamientos más maculados, señor, disimúlanse bajo semejantes

 

colores.

 

ARMADO.- Precisa, precisa, mozalbete instruido.

 

MOTH.- ¡Espíritu de mi padre, lengua de mi madre, venid en mi ayuda!

 

ARMADO.- ¡Dulce invocación de un niño! ¡Muy lindo y muy patético!

 

MOTH.- Si del blanco y del rojo está formada,

 

nunca sus faltas mostrará su tez,

 

pues son las que enrojecen a la amada,

 

y el miedo es blanco por la palidez.

 

Así, si tiembla o si ella es reprendida,

 

en sus mejillas no hallaréis rubor,

 

porque su cara brillará encendida

 

en su propio matiz y en su color.

 

¡Peligrosos versos, amo mío, contra los fundamentos del blanco y del rojo!

 

ARMADO.- ¿No existe, muchacho, una balada de «El rey y la mendiga»?

 

13

 

MOTH.- El mundo ha cometido el pecado de inventar esa balada hará unas tres

 

centurias. Pero creo que al presente no es posible descubrirla; o, de encontrarse, no se

 

podría ya ni transcribir ni entonar.

 

ARMADO.- Yo haré que el tema torne a escribirse de nuevo, con objeto de justificar

 

mi transgresión con algún precedente poderoso. ¡Paje, adoro a la joven aldeana que he

 

sorprendido en el parque con ese rústico idiota de Costard! Lo merece en extremo.

 

MOTH (Aparte.).- Ser azotada, y después una amante mejor que mi amo.

 

ARMADO.- ¡Canta, paje! ¡El amor apesará mi espíritu!

 

MOTH.- ¡Es asombroso, cuando se ama a una beldad ligera!

 

ARMADO.- ¡Canta, digo!

 

MOTH.- Esperad a que se marche esta gente.

 

(Entran DULL, COSTARD y JAQUINETA.)

 

DULL.- Señor, es deseo del duque que retengáis a Costard bajo vuestra vigilancia y

 

que no le permitáis deleite ni penitencia alguna; antes bien, quedará obligado a ayunar

 

tres días a la semana. En cuanto a esta damisela, voy a guardarla en el parque. Se le

 

autorizará a ejercer de lechera.

 

ARMADO.- El rubor me traiciona. ¡Niña!...

 

JAQUINETA.- ¿Hombre?...

 

ARMADO.- Iré a visitarte a tu vivienda.

 

JAQUINETA.- Próxima se halla.

 

ARMADO.- Sé donde está.

 

JAQUINETA.- ¡Qué sabio sois, señor!

 

ARMADO.- Te contaré cosas maravillosas.

 

JAQUINETA.- ¿Con esa facha?

 

ARMADO.- Te amo.

 

JAQUINETA.- Así os lo he oído decir.

 

ARMADO.- Y con esto, me despido.

 

JAQUINETA.- ¡Que el buen tiempo venga después de vos!

 

DULL.- ¡Vamos, Jaquineta! ¡Adelante!

 

(Salen DULL y JAQUINETA.)

 

14

 

ARMADO.- ¡Villano, ayunarás por tus ofensas, antes que se te perdone!

 

COSTARD.- Está bien, señor; confío en que, cuando lo haga, será con el estómago

 

lleno.

 

ARMADO.- Te impondré un castigo pesado.

 

COSTARD.- Os deberé más agradecimiento que vuestros sirvientes, que sólo reciben

 

un pago ligero.

 

ARMADO.- ¡Llévate a este tunante! ¡Y que se lo ponga a buen recaudo!

 

MOTH.- ¡Vamos, miserable transgresor! ¡En marcha!

 

COSTARD.- ¡No me encerréis, señor! ¡Permitidme ayunar libremente!

 

MOTH.- NO, señor; eso sería un ayuno libre. Ayunarás en prisión.

 

COSTARD.- Bien; si alguna vez vuelvo a ver los alegres días de infortunio que he

 

presenciado, alguno verá...

 

MOTH.- ¿Qué verá?

 

COSTARD.- No, nada, maese Moth; únicamente lo que vea. No conviene a los presos

 

ser demasiado silenciosos en palabras y, por consiguiente, punto en boca. A Dios gracias,

 

tengo tan poca paciencia como otro cualquiera, y, por tanto, puedo estar tranquilo.

 

(Salen MOTH y COSTARD.)

 

ARMADO.- ¡Adoro la tierra vil, cuando los zapatos de mi amada, más viles todavía,

 

guiados por sus pies, más viles aun que la tierra y sus zapatos, la rozan suavemente! Si la

 

amo seré perjuro, lo que es una gran prueba de falsedad. Y ¿cómo puede ser leal el amor,

 

cuando sus orígenes son falsos? El amor es un espíritu familiar; el amor es un demonio;

 

no hay más ángel malo que el amor. No obstante, Sansón fué tentado, y gozaba de

 

prodigiosa fuerza. Salomón fué también seducido, y disfrutaba de gran sabiduría. La

 

flecha de Cupido es demasiado dura para la maza de Hércules, y por ello harto desigual

 

para la espada de un español. La primera y segunda causa no me servirán en el trance. No

 

respeta el «passado» ni atiende al «duelo». Su vergüenza es llamarse niño; mas su gloria,

 

someter a los hombres. ¡Adiós, valor! ¡Enmohécete, espada! ¡No resuenes, tambor!

 

¡Vuestro amo está enamorado! ¡Sí, él ama! Inspíreme de repente algún numen de la rima.

 

Porque, no cabe, duda, me convertiré en fabricante de sonetos. ¡Crea, imaginación!

 

¡Escribe, pluma! ¡Voy a producir volúmenes enteros en folio! (Sale.)

 

15

 

Acto II

 

 

 

Escena Única

 

Parque del rey de Navarra.- Un pabellón y algunas tiendas a cierta distancia.

 

Entran la PRINCESA DE FRANCIA, ROSALINA, MARÍA, CATALINA, BOYET,

 

SEÑORES y otras PERSONAS DEL SÉQUITO.

 

BOYET.- Acumulad ahora, madama, los mejores recursos de vuestro talento.

 

Considerad que os envía el rey vuestro padre, a quién os envía y cuál es el objeto de

 

vuestra misión. Vos, que tan alto brilláis en la estima del universo, sois la encargada de

 

parlamentar con el único heredero de cuantas perfecciones pueda poseer un hombre, el

 

incomparable monarca navarro. El objeto de vuestra negociación, nada menos que la

 

Aquitania, patrimonio digno de una reina. Sed en esta ocasión tan pródiga de vuestros

 

caros atractivos como lo fué la naturaleza al modelar vuestras caras gracias, cuando,

 

mostrándose avara con el resto de los mortales, os distribuyó todos sus dones.

 

LA PRINCESA.- Querido señor Boyet, mi hermosura, sea cual fuere, no necesita los

 

floreos afectados de vuestras alabanzas. La hermosura se aquilata por el juicio de los

 

ojos, no se manifiesta por el anuncio vil de un traficante de mercado. Me enorgullece

 

menos oiros ensalzar mis méritos que a vos pasar por inteligente derrochando vuestro

 

ingenio en el elogio del mío. Mas ahora aconsejemos al consejero. Digno Boyet, no

 

ignoráis, pues la fama voladora lo ha extendido por todas partes, que el rey de Navarra ha

 

hecho el voto de no permitir hasta que pasen tres años, que dedicará a serios estudios, que

 

mujer alguna se aproxime a su Corte silenciosa. Nos parece, por tanto, indispensable,

 

antes de atravesar los umbrales de su residencia, conocer sus intenciones. Y a este

 

respecto, confiada en vuestra prudencia, os designamos como nuestro mejor y más hábil

 

solicitador. Decidle que la hija del rey de Francia, necesitando discutir de asuntos

 

importantes, deseosa de obtener una pronta respuesta, le ruega se digne concederle una

 

entrevista personal. Apresuraos a significarle todo esto; mientras esperamos, en actitud

 

de humildes peticionarios, la decisión de su alta voluntad.

 

BOYET.- Orgulloso del cometido, parto lleno de celo.

 

LA PRINCESA.- El orgullo hace con celo cuanto le agrada, y el vuestro no digamos...

 

(Sale BOYET.)

 

¿Quiénes son, mis queridos señores, esos caballeros que han hecho voto de

 

permanecer en compañía de este virtuoso duque?

 

PRIMER SEÑOR.- Uno de ellos es Longaville.

 

LA PRINCESA.- ¿Conocéis al personaje?

 

MARÍA.- Yo le conozco, señora. En las bodas del señor Perigord y de la hermosa

 

heredera de Jaime Falconbridge, celebradas en Normandía, vi a ese Longaville. Es

 

hombre de excelente reputación y dotes, muy conocedor de las artes y glorioso en la

 

16

 

carrera de las armas. No haya entuerto que no quisiera enderezar. La única mancha que

 

empaña el brillo de su virtud acrisolada -si es que el resplandor de la virtud puede

 

empañarse con mancha alguna- es su espíritu cáustico, combinado con una voluntad

 

demasiado terca, espíritu cuyo acerado filo corta cuanto cae en su poder, y voluntad que

 

no perdona nada de cuanto se ofrece bajo su acción.

 

LA PRINCESA.- Será alguno de esos tipos que se burlan a expensas del prójimo, ¿no

 

es verdad?

 

MARÍA.- El chistoso más divertido que pueda darse, según sus íntimos.

 

LA PRINCESA.- Esos ingenios tan agudos se marchitan y mueren pronto. ¿Quiénes

 

son los demás?

 

CATALINA.- El joven Dumaine, mozo Cortés, estimado de cuantos aprecian la

 

virtud; de sumo poder para la ofensa, aunque sin conocer el mal, pues cuenta con el

 

ingenio suficiente para embellecer una figura desagradable y la apariencia necesaria para

 

obtener el favor, faltándole ingenio. Le vi una vez en casa del duque de Alençon, y

 

cuanto pudiera decir de él quedaría por debajo de sus grandes merecimientos.

 

ROSALINA.- Por entonces le acompañaba otro de esos fervientes del estudio, el cual,

 

si no me engaño, se llama Berowne. Nunca, por cierto, he empleado una hora de

 

conversación con un individuo tan jovial, dentro de los límites de la alegría discreta. Sus

 

ojos proporcionan ocasiones de ejercicio a su ingenio, pues en cada objeto que se fijan

 

hallan tema para una alegre chanza. Con su verbosidad decidora, intérprete de sus

 

locuciones, lanza chistes tan oportunos y graciosos, que los ancianos se perecen por

 

escuchar sus historias, y los más jóvenes se quedan en completo éxtasis. Tan

 

encantadores e ingeniosos son sus relatos.

 

LA PRINCESA.- ¡Dios bendiga a mis damas! Preciso es que todas estén enamoradas,

 

para prodigar así a sus preferidos los ornamentos de sus elogios.

 

MARÍA.- Aquí viene Boyet.

 

(Vuelve a entrar BOYET.)

 

LA PRINCESA.- ¡Hola! ¿Cómo os ha recibido, señor?

 

BOYET.- El rey navarro tiene noticia de vuestra grata proximidad, gentil señora. Y él

 

y todos sus asociados en competencia de voto, se preparaban a salir a vuestro encuentro

 

antes de yo llegar. Y a fe que he sabido una cosa: que el príncipe prefiere alojaros en

 

campo raso, como uno que viniera a asediar su Corte, antes que buscar dispensa de

 

juramento para permitiros entrar en su solitario alcázar.- Aquí viene el rey de Navarra.

 

(Las damas se ponen antifaces.)

 

(Entran EL REY, LONGAVILLE, DUMAINE, BEROWNE y Acompañamiento.)

 

EL REY.- ¡Bella princesa, bienvenida seáis a la Corte de Navarra!

 

17

 

LA PRINCESA.- Lo de «bella» os lo devuelvo, y lo de «bienvenida» no lo soy aún. El

 

techo de esta Corte es demasiado alto para que os pertenezca, y una hospitalidad en los

 

campos desiertos, demasiado indigna para mí.

 

EL REY.- Señora, seréis bienvenida a mi Corte.

 

LA PRINCESA.- Sea bienvenida, pues. Conducidme a ella.

 

EL REY.- Escuchadme querida señora. Tengo empeñado un juramento.

 

LA PRINCESA.- Nuestra Señora ayude a mi señor. Será infringido.

 

EL REY.- Por nada del mundo, bella señora, a lo menos por mi voluntad.

 

LA PRINCESA.- ¡Bah! Lo violaréis por vuestra propia voluntad y sólo por ella.

 

EL REY.- Vuestra Señoría ignora en qué consiste.

 

LA PRINCESA.- Si mi señor lo ignorase como yo, su ignorancia se convirtiese en

 

sabiduría; en tanto, ahora, su saber prueba hasta qué punto es ignorante. He oído decir

 

que Vuestra Gracia ha jurado vivir en el retiro; sería pecado mortal observar semejante

 

voto, mi señor, y pecado también romperlo. Mas perdonadme, soy demasiado atrevida.

 

Enseñar a un maestro me parece presunción. Dignaos leer el motivo de mi venida, y

 

resolved inmediatamente sobre mi demanda. (Le entrega un papel.)

 

EL REY.- Señora, lo haré inmediatamente, si está en mi mano.

 

LA PRINCESA.- Lo más pronto posible, para que pueda marcharme, pues os

 

expondríais a perjurar, reteniéndome.

 

BEROWNE (A ROSALINA.).- ¿No he bailado una vez con vos en el ducado de

 

Brabante?

 

ROSALINA (Remedándole.).- ¿No he bailado una vez con vos en el ducado de

 

Brabante?

 

BEROWNE.- Estoy seguro de ello.

 

ROSALINA.- ¡Qué innecesario entonces preguntarlo!

 

BEROWNE.- No debéis ser tan rápida.

 

ROSALINA.- Vuestra es la culpa, que me espoleáis.

 

BEROWNE.- Tenéis un genio muy vivo; galopando tan aprisa, se fatigará pronto.

 

ROSALINA.- Pero no antes de arrojar el jinete a la charca.

 

BEROWNE.- ¿Qué hora es?

 

18

 

ROSALINA.- La que pidan los locos.

 

BEROWNE.- ¡Que lo pase bien vuestro antifaz!

 

ROSALINA.- ¡La cara que cubre!

 

BEROWNE.- ¡Y que os envíen muchos amantes!

 

ROSALINA.- ¡Amén, y que no seáis uno de ellos!

 

BEROWNE.- Pues, entonces, me retiro.

 

EL REY.- Señora, vuestro padre nos habla aquí de un pago de cien mil coronas, que

 

no representan sino la mitad de la suma que por él desembolsó mi padre para sus guerras.

 

Suponiendo que mi padre o yo hayamos recibido esta cantidad -y ni uno ni otro la hemos

 

recibido-, restaría aún por pagar otras cien mil coronas, en garantía de las cuales nos fué

 

cedida una parte de la Aquitania, aunque su valor sea mucho menor. En consecuencia, si

 

el rey vuestro padre consiente en reembolsar la mitad de lo que resta en litigio, Nos

 

renunciamos a nuestros derechos sobre la Aquitania y permanecemos amigos leales de Su

 

Majestad. Pero no parece que sea esa su intención, pues pide que se le paguen cien mil

 

coronas, en lugar de reintegrarlas para entrar en posesión de la Aquitania, que Nos

 

hubiéramos preferido devolver, cobrando el dinero prestado por nuestro padre, antes que

 

conservarla mutilada como está. Querida princesa, si sus exigencias no se hallasen tan

 

desprovistas de fundamento, vuestra hemosura hubiera impulsado a mi corazón aceptar

 

un convenio, así fuera contrario a nuestros intereses, y volveríais sumamente satisfecha a

 

Francia.

 

LA PRINCESA.- Estáis injuriando excesivamente a mi padre y dañando la reputación

 

de vuestro nombre, al negar una suma que os ha sido lealmente satisfecha.

 

EL REY.- Os garantizo que nunca he oído hablar de ello. Probadme lo contrario, y yo

 

os la restituyo u os devuelvo la Aquitania.

 

LA PRINCESA.- Os cogemos la palabra.- Boyet, podéis exhibirle las cartas de pago

 

de esta suma, firmadas por los agentes debidamente autorizados del rey Carlos, su padre.

 

EL REY.- Dadme esa satisfacción.

 

BOYET.- Con permiso de Vuestra Gracia, aun no ha llegado el paquete donde están

 

liadas esas y otras piezas comprobatorias. Mañana podréis echar una ojeada sobre ellas.

 

EL REY.- Eso me bastará. En esta entrevista me rendiré a todas las razones

 

aceptables. Entretanto, recibid la hospitalidad que, sin faltar a mi honor, puedo ofrecer a

 

vuestro digno mérito. No os es dado, bella princesa, franquear mis puertas; pero seréis

 

recibida aquí, como si os alojarais en mi corazón, aunque os sea negado el dulce albergue

 

de mi morada. Que vuestra indulgencia me excuse, y pasadlo bien. Mañana os

 

visitaremos nuevamente.

 

LA PRINCESA.- ¡Acompañen a Vuestra Gracia la buena salud y los gratos deseos!

 

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EL REY.- ¡Te devuelvo tu propio saludo!

 

(Salen EL REY y su séquito.)

 

BEROWNE.- Señora, os encomendaré a los buenos recuerdos de mi corazón.

 

ROSALINA.- ¡Por favor, dadle expresiones de mi parte! ¡Me gustaría verle!

 

BEROWNE.- Quisiera que le oyeseis gemir.

 

ROSALINA.- ¿Está enfermo el pobrecito?

 

BEROWNE.- Padece del corazón.

 

ROSALINA.- ¡Ay! Hacedle una sangría.

 

BEROWNE.- ¿Le sentaría bien?

 

ROSALINA.- Mi medicina dice que sí.

 

BEROWNE.- ¿Queréis taladrarle con vuestros ojos?

 

ROSALINA.- De ningún modo; con mi puñal.

 

BEROWNE.- ¡Bueno; que Dios conserve tu vida!

 

ROSALINA.- ¡Y que El os guarde por mucho tiempo!

 

BEROWNE.- No puedo quedarme para agradecéroslo. (Se retira.)

 

DUMAINE (A BOYET.).- Una palabra, señor, os suplico. ¿Quién es aquella dama?

 

BOYET.- La heredera del ducado de Alençon. Catalina de nombre.

 

DUMAINE.- ¡Linda señora! Pasadlo bien, señor. (Sale.)

 

LONGAVILLE.- Una palabra os ruego. ¿Quién es esa que va de blanco?

 

BOYET.- Una mujer parece, si la miráis a buena luz.

 

LONGAVILLE.- ¡Tal vez la luz en medio de la luz! Desearía saber su nombre.

 

BOYET.- No tiene más que uno. Vuestro deseo es indiscreto.

 

LONGAVILLE.- Por favor, señor, ¿de quién es hija?

 

BOYET.- De su madre he oído decir.

 

LONGAVILLE.- ¡Bendiga Dios vuestras barbas!...

 

BOYET.- No os incomodéis, querido señor. Es la heredera de Falconbridge.

 

LONGAVILLE.- Ya se me fué mi enojo. Es una dama preciosa.

 

20

 

BOYET.- No es inverosímil, señor; puede ser. (Sale LONGAVILLE.)

 

BEROWNE.- ¿Cómo se llama la del sombrero?

 

BOYET.- Rosalina, si no me equivoco.

 

BEROWNE.- ¿Está casada o no?

 

BOYET.- Según su deseo, señor, o poco más o menos.

 

BEROWNE.- Bien venido seáis, señor. Adiós.

 

BOYET.- Para mí el adiós, señor, y para vos el bien venido.

 

(Sale BEROWNE.- Las damas se quitan los antifaces.)

 

MARÍA.- Ese último es Berowne, aquel alegre caballero bufón. No pronuncia una

 

palabra que no sea un chiste.

 

BOYET.- Ni chiste que no se quede en una palabra.

 

LA PRINCESA.- Habéis hecho bien en no soltar prenda.

 

BOYET.- Tan dispuesto me hallaba yo al arpeo como él al abordaje.

 

MARÍA.- ¡Dos navíos en pugna, o más bien dos ardientes moruecos, a fe!

 

BOYET.- Y ¿por qué no dos navíos? Yo no soy ningún morueco, dulce cordera, a

 

menos que me dejéis pacer en vuestros labios.

 

MARÍA.- Vos morueco y yo pastora: ¿será ése el fin de la chanza?

 

BOYET - (Intentando besarla.) -Con tal que me concedáis vuestro delicioso pasto.

 

MARÍA.- Eso no, gentil irracional. Mis labios no son de propiedad común, aunque

 

estén abiertos.

 

BOYET.- ¿A quién pertenecen?

 

MARÍA.- A mi fortuna y a mí.

 

LA PRINCESA.- Los ingenios agudos aman la discusión; pero los buenos caracteres

 

concuerdan. Ese asalto civil de agudezas sería mejor enderezarlo contra el rey de Navarra

 

y sus escolares, pues aquí es inútil.

 

BOYET.- Si mis observaciones -rara vez fallidas y que consisten en adivinar con los

 

ojos lo que siente el corazón- no me engañan ahora, el rey de Navarra está tocado.

 

LA PRINCESA.- ¿De qué?

 

BOYET.- De lo que los enamorados llamamos pasión.

 

21

 

LA PRINCESA.- Pruebas.

 

BOYET.- Todo su modo de obrar refúgiase en la corte de sus ojos, que brillan de

 

deseo. Su corazón, como un ágata en que estuviera esculpida vuestra imagen, hallábase

 

tan ufano de vuestra impresión, que resplandecía el orgullo en sus ojos. Su lengua,

 

impaciente por pronunciar las palabras que retenía vuestra mirada, apresurábase a dar fin,

 

para dejar a los ojos el cuidado de expresarse. Todos sus sentidos concentrábanse en este

 

sentido para saciarse y gozar únicamente con la contemplación de la más exquisita

 

belleza. Dijérase que sus sensaciones todas se encerraban en sus ojos, como joyas en

 

cristal para algún comprador principesco, que parecían más preciosas que lo están bajo el

 

vidrio y que os invitan a adquirirlas en el tránsito. Su rostro era el margen, donde se

 

inscribían tales sorpresas, que todos los ojos veían a sus ojos fulgurar de encantamiento.

 

¡Yo os entrego la Aquitania y cuanto le pertenezca, si me concedéis el placer de

 

otorgarme un beso de amor!

 

LA PRINCESA.- Vamos a nuestro pabellón. Boyet está dispuesto...

 

BOYET.- A explicar únicamente lo que han descubierto sus ojos. No he hecho sino

 

una boca de sus ojos, añadiendo una lengua que, bien lo sé, no sabría mentir.

 

ROSALINA.- Eres un viejo alcahuete y hablas con destreza.

 

MARÍA.- Es el abuelo de Cupido, y por él conoce las noticias.

 

ROSALINA.- Entonces Venus se parecería a su madre, pues su padre era más bien

disforme.

 

BOYET.- ¿Oís, loquillas?

 

MARÍA.- No.

 

BOYET.- Qué, ¿veis entonces?

 

ROSALINA.- El camino para marcharnos.

 

BOYET.- Sois demasiado crueles conmigo. (Salen.)

 


Continúa en Trabajos de Amor Perdidos obra completa - Parte 2 >>


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Comments

 Que bonito, no hay nada

 Que bonito, no hay nada más bonito que los versos de este hombre. Me encantan!!