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Como gusteis obra completa - Parte 2


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Acto III

Escena I

Entran el DUQUE [FEDERICO], NOBLES y OLIVER.

DUQUE FEDERICO

¿Y no has vuelto a verle? No, no es posible.

Si en mí no dominase la clemencia,

no tendría que buscar otra víctima

para mi venganza, estando tú aquí. Oye bien:

encuentra a tu hermano esté donde esté;

búscale con lámpara, de aquí a un año

tráele vivo o muerto, o nunca más

regreses a vivir en estos territorios.

Las tierras y bienes de tu propiedad

que merezcan confiscarse, quedan confiscados

hasta que tu hermano en persona te exculpe

de lo que sospecho de ti.

OLIVER

Ojalá Vuestra Alteza supiera lo que siento.

¡En mi vida he querido a mi hermano!

DUQUE FEDERICO

¡Tanto más infame! - Echadle de aquí

y que se instruya expropiación

de su casa y de sus tierras.

Sin más dilación hágase y echadle.

Salen.

 

Escena II

 

Entra ORLANDO.

ORLANDO

Pendan mis versos, amorosas prendas. –

Diosa triforme de la noche, mira

y vela con pudor desde tu esfera

por tu virgen y reina de mi vida.

¡Rosalina! El bosque será mi libro,

y en él mi sentimiento escribiré,

para que todos vean de continuo

cantada tu excelencia por doquier.

Corre, Orlando, y graba en todos los árboles

a la bella, la pura, la inefable.

Sale.

Entran CORINO y PARRAGÓN.

CORINO

Bueno, ¿qué os parece la vida pastoril, maese Parragón?

PARRAGÓN

A decir verdad, pastor, en sí misma es buena vida, pero al ser vida de pastor, muy poca cosa. Al ser

retirada, me gusta, pero, al ser solitaria, es un asco. Al ser vida de campo, me agrada, pero al no ser vida

de corte, me aburre. Al ser vida sobria, fíjate, se ajusta a mi carácter, pero, al no ser abundante, me quita

las ganas. ¿Tú entiendes de filosofía, pastor?

CORINO

Sólo la que enseña que, cuanto más se enferma, peor se está; que a quien no tiene medios, dinero y

sosiego, le faltan tres buenos amigos; que condición de la lluvia es mojar y del fuego quemar; que el

buen pasto engorda a la oveja; que la causa mayor de la noche es la falta de sol; que quien, por arte o por

naturaleza no ha aprendido nada, si no lamenta su ignorancia es que es de familia muy torpe.

PARRAGÓN

Ése es un pensador de lo simple. ¿Tú has estado en la corte, pastor?

CORINO

Pues no.

PARRAGÓN

Entonces vas a condenarte.

CORINO

Espero que no.

PARRAGÓN

A condenarte y quemarte por un lado, como un huevo mal cocido.

CORINO

¿Por no haber estado en la corte?

PARRAGÓN

¡Claro! Si nunca has estado en la corte no has visto buenas costumbres; si no has visto buenas

costumbres, es que las tuyas son malas; y lo malo es pecado, y por pecar te condenas. Estás en peligro,

pastor.

CORINO

Nada de eso, Parragón. Las costumbres que son buenas en la corte son tan cómicas en el campo como

ridículos son en la corte los usos del campo. Me dijisteis que en la corte no os saludáis sin besaros las

manos. Si los cortesanos fuesen pastores, vuestra ceremonia sería poco limpia.

PARRAGÓN

La prueba, rápido. Anda, la prueba.

CORINO

Nosotros siempre andamos con nuestras ovejas y ya sabéis que su piel es muy grasa.

PARRAGÓN

Y a los cortesanos, ¿no les sudan las manos? Y la grasa del borrego, ¿no es tan sana como la del hombre?

Torpe, torpe. Anda, otra prueba mejor. Venga.

CORINO

Y tenemos callos en las manos.

PARRAGÓN

Antes las sentirán vuestros labios. Torpe otra vez. Una prueba más clara, vamos.

CORINO

Y están impregnadas de brea, de curar a las ovejas. ¿Queréis que besemos la brea? Los cortesanos se perfuman

las manos con algalia.

PARRAGÓN

¡Serás torpe! Tú, carnaza podrida al lado del hombre, aprende del sabio y pondera: la algalia es de origen

más vil que la brea y secreción indecente de un gato. Mejora la prueba, pastor.

CORINO

Vuestro ingenio es muy cortesano para mí. Termino.

PARRAGÓN

¿Dónde, en el infierno? Dios te asista, hombre torpe. Dios te injerte, que estás muy agreste.

CORINO

Señor, soy un trabajador. Me gano el sustento y la ropa; ni odio a nadie ni envidio la dicha de nadie; me

alegro del bien ajeno y me conformo con mi sino. Y mi mayor orgullo es ver pastar a mis ovejas y

mamar a mis corderos.

PARRAGÓN

Otro pecado de simpleza: juntar ovejas y carneros y pre tender ganarte la vida apareando ganado; ser

alcahuete de un morueco y engañar a una oveja de un año con un viejo cornudo de cabeza deforme en un

absurdo acoplamiento. Si no te condenas por esto, es que ni el diablo quiere pastores. Si no, no veo que

puedas librarte.

CORINO

Aquí viene el joven maese Ganimedes, el hermano de mi nueva ama.

Entra ROSALINA [leyendo un papel].

ROSALINA

«Desde el oeste a la China

no hay joya cual Rosalina.

El viento llama divina

la virtud de Rosalina.

Ni la pintura más fina

aventaja a Rosalina.

De tu recuerdo elimina

a quien no sea Rosalina.»

PARRAGÓN

Así os rimo yo ocho años seguidos, menos las horas de comer, cenar y dormir. Suena a desfile de

lecheras que van al mercado.

ROSALINA

¡Quita, bobo!

PARRAGÓN

Una muestra:

Si el asno busca pollina,

que él busque a su Rosalina.

Como al gato la minina,

le maullará Rosalina.

En invierno, la esclavina,

y a cubrir a Rosalina.

Cosecha y después trajina

y al carro con Rosalina.

Hay piel basta en fruta fina,

y esa fruta es Rosalina.

Y si en rosa él halla espina,

se clavará en Rosalina.

Así es el medio galope del verso. ¿Por qué dejáis que os contagie?

ROSALINA

¡Calla, so torpe! Los encontré en un árbol.

PARRAGÓN

¡Qué mal fruto da ese árbol!

ROSALINA

Te injertaré en él, que será como injertarle un níspero. Será el primero en dar fruto, pues cuando madures

ya estarás podrido. Así es la condición del níspero.

PARRAGÓN

Eso lo decís vos. Si tiene o no sentido, que lo juzgue el bosque.

Entra CELIA con un papel.

ROSALINA

Calla. Aquí viene mi hermana leyendo. Apártate.

CELIA [lee]

«¿Es esto un lugar salvaje

porque no lo habiten? No.

Dejo versos en los árboles

de civilizada voz.

Unos dirán que la vida

recorre un breve camino

y que el total de sus días

en un palmo está medido.

Otros contarán promesas

que los amigos deshacen,

pero en las ramas más bellas

y al final de cada frase

«Rosalina» es la palabra

que yo siempre escribiré,

la quintaesencia de almas

que el cielo quiso extraer.

Pues Dios ordenó a Natura

reunir en una mortal

bondades que no se juntan,

y así pudo combinar

la majestad de Cleopatra

y el bello rostro de Helena

con el alma de Atalanta

y el recato de Lucrecia.

En asamblea de dioses

fue creada Rosalina

de las prendas y facciones

que en el mundo más se estiman.

El cielo quiso hacerla preeminente

y a mí su esclavo en vida y muerte.»

ROSALINA

¡Ah, nobilísimo Júpiter! ¡Qué pesadez de sermón amo roso, que aburre al feligrés sin rogarle paciencia!

CELIA

¿Qué es esto? Atrás, amigos. Retiraos, pastor. Y tú vete con él.

PARRAGÓN

Vamos, pastor. Hagamos una honrosa retirada; si no con armas y bagajes, sí con bolsa y dineraje.

Sale [con CORINO].

CELIA

¿Has oído esos versos?

ROSALINA

Sí, todos y otros más, pues algunos tenían más pies de los que llevaría un verso.

CELIA

No importa. Los pies podrían con el verso.

ROSALINA

Sí, pero iban cojos, y no podían sostenerse sin el verso, así que el verso cojeaba.

CELIA

Pero, ¿has podido oír sin asombrarte que tu nombre estaba colgado y grabado en estos árboles?

ROSALINA

Antes que llegases ya casi había salido de mi asombro. Mira lo que he encontrado en una palmera. Jamás

me han rimado tanto desde los tiempos de Pitágoras, cuando yo era una rata irlandesa, de lo cual ni me

acuerdo.

CELIA

¿Adivinas quién lo ha hecho?

ROSALINA

¿Un hombre?

CELIA

Con una cadena al cuello que tú solías llevar. ¿Se te muda el color?

ROSALINA

¿Me dirás quién?

CELIA

¡Señor, señor! Aunque los amigos puedan separarse, los terremotos mueven las montañas y las juntan.

ROSALINA

Pero, ¿quién es?

CELIA

¿Será posible?

ROSALINA

Te lo ruego, suplico e imploro: dime quién es.

CELIA

¡Oh, maravilla y maravilla de las maravillas! ¡Maravilla más maravillosa que el colmo de las maravillas!

ROSALINA

¡Por mi condición! ¿Crees que porque vaya vestida de hombre llevo calzas y jubón en el carácter? Una

pizca más de dilación será un Mar del Sur por descubrir. Te lo ruego, dime quién es y dilo ya. Ojalá

fueras tartamuda; el nombre que me ocultas saldría como el vino cuando la botella es de boca estrecha: o

mucho de golpe o nada. Te lo ruego, descórchate la boca, que beba tu secreto.

CELIA

Acabarás con un hombre dentro.

ROSALINA

¿Es criatura de Dios? ¿Qué clase de hombre? Su cabeza, ¿es digna de un sombrero y su cara de una

barba?

CELIA

Apenas tiene barba.

ROSALINA

Si lo merece, Dios le dará más. Esperaré a que le crezca la barba si dejas de guardarte el nombre de su

cara.

CELIA

Es el joven Orlando, el que de un golpe tumbó al luchador y a ti el corazón.

ROSALINA

Al diablo con tus bromas. Habla en serio y con lealtad.

CELIA

De veras que es él.

ROSALINA

¿Orlando?

CELIA

Orlando.

ROSALINA

¡Válgame! ¿Qué hago yo ahora con el jubón y las calzas? ¿Qué hizo cuando le viste? ¿Qué dijo? ¿Qué

aire tenía? ¿Qué ropa llevaba? ¿Y qué hace él aquí? ¿Preguntó por mí? ¿Dónde vive? ¿Cómo se alejó?

¿Cuándo le verás? Respóndeme con una palabra.

CELIA

Necesitaría la boca de Gargantúa. Sería una palabra muy grande para cualquier boca de las de hoy en día.

Decir sí o no a esas preguntas es más que responder al catecismo.

ROSALINA

Pero, ¿sabe que estoy en el bosque y vestida de hombre? ¿Está tan despierto como el día de la lucha?

CELIA

Tan fácil es contar las motas del polvo como responder a las preguntas de un enamorado. Pero aquí tienes

una muestra de cómo le encontré y saboréala bien: le encontré bajo un árbol cual bellota caída.

ROSALINA

Si da ese fruto será el árbol de Júpiter.

CELIA

Señora, prestad atención.

ROSALINA

Proseguid.

CELIA

Estaba echado en el suelo como un caballero herido.

ROSALINA

Doloroso espectáculo, pero adorna el suelo.

CELIA

Vamos, fréname la lengua, que da saltos a destiempo. Iba vestido de cazador.

ROSALINA

¡Oh, presagio! Viene a matarme el corazón.

CELIA

Déjame cantar sin estribillo. Me desalmas.

ROSALINA

¿No sabes que soy mujer? Lo que me viene lo digo. Sigue, querida.

Entran ORLANDO y JAIME.

CELIA

¡Si no me dejas! Espera. ¿No es él quien viene?

ROSALINA

Es él. Ponte a un lado y obsérvale.

JAIME

Gracias por vuestra compañía, aunque, la verdad, hubiera preferido estar solo.

ORLANDO

Y yo, aunque, por cumplir, yo también os agradezco vuestra compañía.

JAIME

Quedad con Dios. A ver si nos vemos lo menos posible.

ORLANDO

Tendré mucho gusto en desconoceros.

JAIME

Os lo suplico, no estropeéis más árboles grabándoles canciones amorosas.

ORLANDO

Os lo suplico, no estropeéis más mis versos leyéndolos de un modo tan infame.

JAIME

Vuestra amada, ¿se llama Rosalina?

ORLANDO

Exacto.

JAIME

Ese nombre no me gusta.

ORLANDO

Nadie pensó en complaceros cuando la bautizaron.

JAIME

¿Cómo es de alta?

ORLANDO

Me llega al corazón.

JAIME

Respuestas bonitas no os faltan. ¿A que os entendéis con esposas de orfebres y os aprendéis la

inscripción de los anillos?

ORLANDO

Pues no. Os respondo con leyendas de emblemas baratos, de los que vos habéis sacado las preguntas.

JAIME

Sois ágil de mente; habrá salido de los talones de Atalanta. ¿Os sentáis conmigo y los dos echamos pestes

de nuestro señor mundo y de todas nuestras penas?

ORLANDO

No pienso censurar a más ser viviente que a mí mismo, por reunir tantos defectos.

JAIME

Y el peor es estar enamorado.

ORLANDO

Defecto que no cambiaría por vuestra mejor virtud. Ya me habéis cansado.

JAIME

La verdad es que cuando os encontré iba en busca de un bufón.

ORLANDO

Se ahogó en el arroyo. Buscadle allí y le veréis.

JAIME

Allí veré mi propia cara.

ORLANDO

Que, para mí, es la de un bufón o un don nadie.

JAIME

No me quedo ni un minuto más. Adiós, signor amore.

ORLANDO

Me alegra que os vayáis. Adiós, monsieur mélancolie.

[Sale JAIME].

ROSALINA

Le hablaré como un lacayo atrevido y así me reiré de él. - ¡Eh, cazador! ¿Me oís?

ORLANDO

Perfectamente. ¿Qué queréis?

ROSALINA

Decidme, ¿qué hora es?

ORLANDO

¿Y cómo voy saberlo si no hay reloj en el bosque?

ROSALINA

Entonces en el bosque no hay un solo enamorado, pues, si no, un suspiro cada minuto y un lamento cada

hora indicarían el pie perezoso del tiempo igual que un reloj.

ORLANDO

¿Y por qué no el pie presuroso del tiempo? ¿No sería lo apropiado?

ROSALINA

De ningún modo, señor. El tiempo cabalga a marcha distinta según la persona. Yo os diré con quién va al

paso, con quién trota, con quién galopa y con quién se para.

ORLANDO

Decidme, ¿con quién trota el tiempo?

ROSALINA

Pues trota muy lento con una soltera entre el compromiso y el día de la boda. Si median siete días, el

trote del tiempo es tan lento que parecen siete años.

ORLANDO

¿Y con quién va al paso?

ROSALINA

Con un cura que no sabe latín y un rico que no tiene la gota. El uno duerme a gusto porque no puede

estudiar y el otro vive feliz porque no siente dolor. El uno, sin el peso del estudio agotador; el otro, sin el

peso de penurias angustiosas. El tiempo va al paso con ellos.

ORLANDO

¿Y con quién galopa?

ROSALINA

Con el ladrón que va a la horca, pues, aunque marche a paso de buey, creerá que ha llegado muy pronto.

ORLANDO

¿Y con quién se para el tiempo?

ROSALINA

Con el juez en vacaciones, que se duerme entre sesión y sesión y no se da cuenta de cómo pasa el tiempo.

ORLANDO

¿Dónde vivís, mi apuesto doncel?

ROSALINA

Con esta pastora, mi hermana, aquí, en la linde del bosque, como fleco en una falda.

ORLANDO

¿Sois de este lugar?

ROSALINA

Como el conejo que vive donde nace.

ORLANDO

Tenéis un acento más fino del que se adquiere en lugar tan remoto.

ROSALINA

Me lo han dicho muchos. La verdad es que me enseñó a hablar un tío mío religioso, hombre de ciudad en

su juventud y buen conocedor del galanteo, pues allí se enamoró. Le oí decir muchos sermones contra él,

y gracias a Dios que no soy mujer y no me aquejan las muchas veleidades de que él acusaba al otro sexo.

ORLANDO

¿Recordáis alguna de las faltas principales que él imputaba a las mujeres?

ROSALINA

Principal no había ninguna, pues todas se asemejaban como un huevo a otro y cada una parecía enorme

hasta que su compañera la igualaba.

ORLANDO

Os lo ruego, decidme algunas.

ROSALINA

No: yo sólo pienso administrar mi medicina a los enfermos. Hay uno que ronda este bosque y maltrata

los árboles jóvenes grabando «Rosalina» en la corteza; en los espinos cuelga odas y en las zarzas, elegías,

y siempre, ¡válgame!, glorificando el nombre de Rosalina. Si yo me encontrase con ese vendeamores le

daría algún buen consejo, pues por lo visto padece de fiebre continua de amor.

ORLANDO

Yo soy ese febril enamorado. Os ruego que me digáis vuestro remedio.

ROSALINA

No veo en vos las señales que decía mi tío, que me enseñó a reconocer a un enamorado. Pero seguro que

vos no estáis preso en esa jaula de cañas.

ORLANDO

¿Y qué señales son?

ROSALINA

Mejillas hundidas, que vos no tenéis; ojeras y bolsas, que vos no tenéis; carácter retraído, que vos no

tenéis; barba descuidada, que vos no tenéis... aunque disculpadme, pues tenéis tan poca barba como

rentas un hermano menor. Además, tendríais que llevar las calzas caídas, el sombrero sin cinta, las

mangas desabrochadas, las cordoneras sueltas y, en suma, ofrecer un aspecto de incuria y congoja. Pero

vos no estáis así: la pulcritud de vuestro atuendo es la del que está más enamorado de sí mismo que de

otros.

ORLANDO

Gentil muchacho, ¡ojalá pudiera convenceros de que amo!

ROSALINA

¡Convencerme! Más os vale convencer a la que amáis, pues seguro que se deja aunque no llegue a

confesarlo. Es uno de los casos en que las mujeres encubren lo que sienten. Pero, de verdad, ¿sois vos

quien va colgando en los árboles esos versos que a Rosalina tanto ensalzan?

ORLANDO

Muchacho, os juro por la blanca mano de mi Rosalina que yo soy ese infortunado.

ROSALINA

¿Y estáis tan enamorado como dicen vuestros versos?

ORLANDO

No hay verso ni frase que pueda expresarlo.

ROSALINA

El amor no es más que una locura y, como los locos, merece el cuarto oscuro y el látigo. Y si de este

modo tampoco se les cura y corrige es porque esta locura es tan general que hasta los del látigo están

enamorados. Pero yo soy experto en curarlos mediante el consejo.

ORLANDO

¿Habéis curado a alguien así?

ROSALINA

Sí, a uno, y del modo siguiente: él tenía que creerme su amada, su dueña, y cortejarme todos los días.

Entonces yo, que soy un joven voluble, me ponía triste, afemi nado, mudadizo, anhelante y caprichoso,

altivo, fantasioso, afectado, frívolo, inconstante, lloroso y risueño, mostrándome un poco de todo, y en

nada sincero, pues muchachos y mujeres suelen ser aves de este plumaje. Tan pronto le quería como le

odiaba, le acogía como le echaba, le lloraba como le escupía. Así que llevé a mi pretendiente de su

frenético rapto de amor a un auténtico rapto de locura, es decir a renunciar a la vorágine del mundo y

retirarse a un monástico rincón. Así le curé, y así me propongo lavaros el corazón hasta dejarlo más

limpio que el de una oveja y sin una sola mancha de amor.

ORLANDO

Entonces no quiero curarme.

ROSALINA

Yo os curaré si me llamáis Rosalina y venís todos los días a cortejarme a mi cabaña.

ORLANDO

Por mi amor inalterable que iré. Decidme el camino.

ROSALINA

Venid conmigo y os lo mostraré. Y mientras caminamos me decís en qué parte del bosque habitáis.

¿Venís?

ORLANDO

Con mil amores, muchacho.

ROSALINA

No: llamadme Rosalina. Vamos, hermana, ¿vienes?

Salen.

 

Escena III

 

Entran PARRAGÓN, ANDREA y [por detrás] JAIME.

PARRAGÓN

De prisa, querida Andrea. Yo te recojo las cabras, Andrea. Bueno, Andrea, ¿soy ya tu hombre? ¿Te complace

mi hechura?

ANDREA

¿Tu hechura? ¡Dios nos libre! ¿Qué hechura?

PARRAGÓN

Aquí estoy yo contigo y con tus cabras, como el más caprichoso poeta, el honrado Ovidio, estaba entre

los bárbaros.

JAIME [aparte]

¡Ah, saber mal alojado! Peor que Júpiter en un chamizo.

PARRAGÓN

Cuando no se entienden tus versos ni responde a tu ingenio el niño precoz, entendimiento, te quedas más

muerto que cuando te traen una cuenta abusiva en una humilde taberna. ¡Ojalá los dioses te hubieran

hecho poética!

ANDREA

No sé lo que es «poética». ¿Es cosa decente de palabra y obra? ¿Es algo de verdad?

PARRAGÓN

Pues no, porque la poesía más verdadera es pura imaginación, y los enamorados son dados a la poesía e

imaginan lo que juran en sus versos.

ANDREA

Entonces, ¿te gustaría que los dioses me hubieran hecho poética?

PARRAGÓN

Desde luego, pues juras que eres decente. Si fueras poeta, tendría la esperanza de que te lo habías

imaginado.

ANDREA

¿No me quieres decente?

PARRAGON

De ningún modo, a no ser que fueses mal parecida, pues la decencia unida a la belleza es como miel

sobre azúcar.

JAIME [aparte]

Un bufón con seso.

ANDREA

Pues bella no soy y por eso pido a los dioses que me hagan decente.

PARRAGÓN

Sí, y malgastar la decencia con una tía fea sería como echar un buen manjar en un plato sucio.

ANDREA

No soy una tía, y gracias a los dioses que soy fea.

PARRAGÓN

¡Alabados sean los dioses por tu fealdad! Lo de tía vendrá después. Pero, sea como fuere, me caso

contigo, y a tal fin he ido a ver a don Oliver Matatextos, el cura del pueblo más próximo, que ha

prometido casarnos en esta parte del bosque.

JAIME [aparte]

Me gustaría ver el encuentro.

ANDREA

En fin, que los dioses nos den felicidad.

PARRAGÓN

Amén. Cualquier hombre, por temerario que sea, puede vacilar en este empeño, pues aquí no tenemos

más iglesia que el bosque y no hay más fieles que los comúpetas. Pero, ¿qué importa? ¡Valor! Aunque

los cuernos sean repelentes, son inevitables. Dicen que más de uno no sabe dónde acaba su riqueza.

Exacto. Más de uno tiene buenos cuernos y no sabe dónde acaban. Bueno, es la dote de la esposa y nada

que ponga él. ¿Los cuernos? Sí, señor. ¿Que sólo los pobres? ¡Qué va! El ciervo más noble los tiene tan

grandes como el de peor casta. ¿Es más dichoso por ello el soltero? No: así como una ciudad amurallada

es más noble que una aldea, la frente del casado es más respetable que la del soltero. Y si saber

defenderse es mejor que no saber, también vale más un cuerno que ninguno.

Entra DON OLIVER MATATEXTOS.

Aquí viene don Oliver. - Don Oliver Matatextos, bien hallado. ¿Despachamos la boda aquí, bajo este

árbol, o vamos con vos a la capilla?

DON OLIVER

Y a la mujer, ¿quién la da en matrimonio?

PARRAGÓN

Si me la da otro hombre, yo no la tomo.

DON OLIVER

Tienen que darla en matrimonio o no será válido.

JAIME [adelantándose]

Venga, vamos. Yo la doy.

PARRAGÓN

Buenas tardes, mi buen maese Como-os-llaméis. ¿Cómo estáis, señor? Sed muy bien hallado. Que Dios

os premie esta visita. Me alegro de veros. Aquí estamos con una menudencia. Cubríos, os lo ruego.

JAIME

¿Queréis casaros, bufón?

PARRAGÓN

Como el buey lleva su yugo, el caballo su freno y el halcón sus cascabeles, lleva el hombre sus deseos, y

si las palomas se besuquean, los casados se mordisquean.

JAIME

¿Y un hombre de vuestra crianza va a casarse bajo un arbusto igual que un mendigo? Id a la iglesia y

buscad un cura que sepa lo que es casar. Éste va a uniros como el que junta dos tablas; luego una de las

dos encoge y, como la madera verde, se tuerce, se tuerce.

PARRAGÓN

Me inclino a pensar que más vale que me case éste que no otro, pues es fácil que no me case bien y, no

estando bien casado, tendré una buena excusa para después separarme.

JAIME

Venid conmigo y hacedme caso.

PARRAGÓN

Andrea, tú ven a mi lado,

pues hay que casarse o vivir en pecado. –

Adiós, buen maese Oliver. No:

«¡Ah, buen Oliver!

¡Ah, gran Oliver!

No quieras dejarme»,

sino:

«Márchate,

retírate.

No quieras casarme».

DON OLIVER

No importa. No habrá granuja chistoso que me haga renegar de mi oficio.

Salen.

 

Escena IV

 

Entran ROSALINA y CELIA.

ROSALINA

No sigas, que voy a llorar.

CELIA

Vamos, llora. Pero ten a bien considerar que llorar no es de hombres.

ROSALINA

¿Acaso no tengo motivo?

CELIA

Todo el que hace falta, así que llora.

ROSALINA

Tiene el pelo del color de lo falso.

CELIA

Algo más oscuro que el de Judas. Y sus besos son hijos de Judas.

ROSALINA

Tiene el pelo de muy buen color.

CELIA

Formidable. No hay color como el castaño.

ROSALINA

Y sus besos son tan santos como el contacto del pan bendito.

CELIA

A Diana le compró una copia de sus labios. Las monjas de la Orden del Invierno no dan besos tan

piadosos: llevan el hielo de la castidad.

ROSALINA

Pero, ¿por qué juró que vendría esta mañana y no viene?

CELIA

No sabe lo que es fidelidad.

ROSALINA

¿Eso crees?

CELIA

Sí. No creo que sea un ratero ni un cuatrero, pero creo que la sinceridad de su amor es más hueca que un

vaso tapado o una nuez vacía.

ROSALINA

¿Su amor no es sincero?

CELIA

Sí, cuando está enamorado, pero creo que no lo está.

ROSALINA

Le oíste jurar claramente que lo estaba.

CELIA

«Estaba» no es «está». Además, el juramento de un enamorado no tiene más verdad que la cuenta de un

tabernero. Los dos confirman falsedades. Él está aquí en el bosque al servicio del duque, tu padre.

ROSALINA

Ayer estuve con el duque y conversé mucho con él. Me preguntó de qué familia era. Le dije que de una

tan buena como la suya. Se rió y me dejó ir. Mas, ¿por qué hablar de padres cuando hay un hombre como

Orlando?

CELIA

¡Gran hombre! Escribe gran poesía; dice grandes palabras, presta grandes juramentos y los rompe a lo

grande, apuntando de través al corazón de la amada, igual que el mal justador que espolea su caballo por

un solo costado y rompe su lanza como un noble tonto. Pero todo es grande si monta la juventud y guía la

necedad. ¿Quién viene aquí?

Entra CORINO.

CORINO

Queridos amos, solíais preguntarme

por el pastor que penaba de amores.

Le visteis en el prado sentado junto a mí

alabando a la altiva e ingrata pastora

que es su amada.

CELIA

¿Y qué le ocurre?

CORINO

¿Queréis ver una auténtica función

entre la pálida faz del amor verdadero

y la brasa del desprecio y el desdén?

Pues venid y os la mostraré

si deseáis presenciarla.

ROSALINA

Ven, vámonos de aquí.

Ver enamorados alimenta a los que aman.

Llevadnos allá y así podréis ver

que en esa función yo tengo un papel.

Salen.

 

Escena V

 

Entran SILVIO y FEBE.

SILVIO

Querida Febe, no me desprecies. ¡No, Febe!

Di que no me amas, pero dilo

sin crueldad. El verdugo, cuyo pecho

está ya curtido de ver tanta muerte,

no golpea con el hacha la humillada cerviz

sin pedir perdón. ¿Quieres ser más áspera

que quien hace de la sangre su vida y oficio?

Entran [por detrás] ROSALINA, CELIA y CORINO.

FEBE

Yo no pretendo ser tu verdugo.

Te huyo por no hacerte daño:

me dices que mis ojos llevan muerte.

Sin duda es curioso y verosímil

que a los ojos, lo más delicado, que cierran

sus tímidas puertas a las motas de polvo,

los llamen tiranos, criminales y asesinos.

Te lanzo la mirada más ceñuda

y, si hieren mis ojos, que te maten.

Finge desmayarte o cáete al suelo

o, si no puedes, no te atrevas a mentir

diciendo que mis ojos asesinan.

Muéstrame la herida que te han hecho.

Aráñate con sólo un alfiler y quedará

un rasguño; apóyate en un junco

y tu mano llevará por un momento

la marca visible. Pero mis ojos,

que cual flechas te he lanzado, no te hieren,

y seguro que no hay fuerza en ojo alguno

capaz de lastimar.

SII.VIO

¡Ah, querida Febe! Si tú alguna vez,

y esa vez puede estar cerca, observas

el poder del amor en un rostro juvenil,

verás las heridas invisibles

que dejan sus agudas flechas.

FEBE

Pero hasta entonces no te acerques.

Después aflígeme con burlas,

no me compadezcas, igual que yo

hasta entonces no te compadeceré.

ROSALINA [adelantándose]

¿Y por qué? ¿Quién os engendró

para que, exultante, despreciéis

a este desdichado? En vos no veo la belleza

que sin luz vuestro cuarto alumbraría

cuando fuerais a acostaros. Así que,

¿cómo sois tan altiva y despiadada?

Pero, ¿qué es esto? ¿Por qué me miráis?

En vos no veo más que el común

de los bienes naturales. ¡Dios me asista!

Parece que quiere atrapar también mis ojos.

No, altiva señora; no lo esperéis.

No son esas cejas oscuras, ese negro

pelo de seda, esos ojos de azabache,

ni ese rostro de nata lo que va

a subyugarme para que os adore. -

Y vos, estúpido pastor, ¿por qué la seguís

como el ábrego, resoplando viento y lluvia?

¡Si sois mil veces mejor parecido

que ella! Son los tontos como vos

los que llenan el mundo de hijos feos.

No es su espejo, sino vos, quien la halaga,

y en vos se ve más atrayente

de lo que puedan hacerla sus facciones. –

Vos, mujer, conoceos. Poneos de rodillas

y, ayunando, dad gracias a Dios por este hombre.

Como amigo voy a decíroslo al oído:

en cuanto podáis, vendeos, que no sois

para todos los mercados. Pedidle perdón,

queredle y aceptad lo que ofrece.

Lo más feo de un feo es despreciar. -

Y vos, pastor, lleváosla. Quedad con Dios.

FEBE

Gentil muchacho, reñidme un año seguido.

Prefiero que me riñáis a que él me corteje.

ROSALINA

Él está enamorado de vuestra fealdad. - Y ella se enamora de mi enfado. Si es así, en cuanto os ponga

mala cara, yo le daré una buena reprimenda. - ¿Por qué me miráis así?

FEBE

No es por mala voluntad.

ROSALINA

Os lo ruego, de mí no os enamoréis,

pues soy más falso que promesa de borracho.

Además, no me gustáis. - Por si queréis saberlo,

vivo junto al olivar que está por aquí. –

¿Vienes, hermana? - Pastor, asediadla. –

Vamos, hermana. - Pastora, tratadle mejor

y no os ufanéis: aunque todos puedan ver,

ninguno habrá tan ciego como él. - Vamos con el rebaño.

Sale [con CELIA y CORINO].

FEBE

¡Ah, muerto pastor! Ahora entiendo tu adagio:

«¿Quién se enamora si no es de un flechazo?».

SILVIO

¡Querida Febe!

FEBE

¿Eh? ¿Qué quieres, Silvio?

SILVIO

Querida Febe, ten piedad de mí.

FEBE

Me apiado de ti, mi buen Silvio.

SILVIO

Donde hay pena, puede haber remedio.

Si te apena mi dolor de enamorado,

dame amor, y tu pena y mi dolor

quedarán aniquilados.

FEBE

Mi amor ya lo tienes, pues amo a mi prójimo.

SILVIO

Pero a ti no te tengo.

FEBE

¡Ah, codicioso! Silvio,

hubo un tiempo en que te odiaba,

y no es que ahora sienta amor,

pero, como de amor hablas tan bien,

tu compañía, que antes me irritaba,

ahora la tolero. Y quiero que me sirvas.

Mas no amb iciones otra recompensa

que tu propia alegría de servirme.

SILVIO

Mi amor es tan sagrado y tan perfecto

y me veo tan pobre de favores

que tendré por riquísima cosecha

el recoger las espigas que ha dejado

el segador. Esparce tu sonrisa

aquí y allá, que de ella viviré.

FEBE

¿Conoces al joven que me ha hablado?

SILVIO

No muy bien, aunque lo he visto a menudo.

Ha comprado la cabaña y los pastos

propiedad del viejo campesino.

FEBE

No creas que me gusta porque pregunte por él.

Es un insensato; aunque habla muy bien.

Mas, ¿qué me importan las palabras? Sin embargo,

están bien cuando agradan al que escucha.

Es guapo. Muy guapo, no, y sin duda

es orgulloso, aunque el orgullo le cuadra.

Será un hombre apuesto. Lo que tiene mejor

es el semblante. Y antes que su lengua

haya ofendido, sus ojos han curado.

No es muy alto, aunque lo es para su edad.

De piernas, regular; pero está bien.

En sus labios hay un rojo muy gracioso,

un poco más vivo y subido que el que tiñe

sus mejillas. Es la misma diferencia

que entre el rojo liso y el damasco.

Hay mujeres, Silvio, que, si le observaran

por extenso como yo, casi se enamorarían

del muchacho. En cuanto a mí,

ni le amo ni le odio, aunque tengo

más motivo para odiar que para amar.

Pues, ¿qué derecho tenía a censurarme?

Me dijo que mis ojos eran negros,

mi pelo negro, y recuerdo cómo se burlaba.

Me asombra no haberle contestado.

No importa. Callar no es renunciar.

Le escribiré una carta muy burlona

y tú la llevarás, ¿verdad, Silvio?

SILVIO

Con mil amores, Febe.

FEBE

La escribo ahora mismo. Llevo

el texto en la cabeza y el corazón.

Seré dura con él y muy tajante.

Ven conmigo, Silvio.

Salen.

Acto IV

Escena I

 

Entran ROSALINA, CELIA y JAIME.

JAIME

Gentil muchacho, permitid que os conozca mejor.

ROSALINA

Dicen que sois un tipo melancólico.

JAIME

Es verdad. Me gusta más que reír.

ROSALINA

Quien está a uno u otro extremo es un ser aborrecible y se expone a la censura de todos mucho más que

un borracho.

JAIME

Conviene estar serio y callado.

ROSALINA

Entonces conviene ser un poste.

JAIME

Yo no tengo la melancolía del sabio, que es envidia; ni la del músico, que es capricho; ni la del cortesano,

que es orgullo; ni la del soldado, que es ambición; ni la del letrado, que es astucia; ni la de la dama, que

es melindre; ni la del enamorado, que es todo eso junto. Es una melancolía muy propia, compuesta de

muchos ingredientes, sacada de muchos objetos; a saber, de las múltiples reflexiones de mis viajes, y el

mucho cavilar sobre ellos me envuelve en la más veleidosa tristeza.

ROSALINA

¡Conque viajero! Con razón estáis triste. Sospecho que habéis vendido vuestras tierras para ver las

ajenas. Siendo así, haber visto mucho y no tener nada es como tener ojos ricos y manos pobres.

JAIME

Pero he adquirido experiencia.

ROSALINA

Y la experiencia os pone triste. Prefiero un bufón que da alegría antes que experiencia que entristece. ¡Y

viajar para eso!

Entra ORLANDO.

ORLANDO

Salud y contento, gentil Rosalina.

JAIME

Si habláis en verso rítmico, quedad con Dios.

ROSALINA

Adiós, señor viajero. Hablad con acento y llevad ropa extranjera; denigrad las ventajas de vuestro país;

maldecid vuestro origen y reñidle a Dios por el semblante que os ha dado, que, si no, jamás creeré que

habéis ido en góndola.

[Sale JAIME.]

¿Qué hay, Orlando? ¿Dónde habéis estado todo este tiempo? ¿Vos enamorado? Si me hacéis otra igual,

no volváis a mirarme a la cara.

ORLANDO

Mi bella Rosalina, me he retrasado menos de una hora.

ROSALINA

¿Faltar a promesa de amor una hora? A quien divida un minuto en mil partes y falte a una parte de la

milésima parte de un minuto en asuntos de amor, tal vez Cupido le haya tocado en el hombro, pero el

corazón seguro que lo tiene intacto.

ORLANDO

Perdonadme, querida Rosalina.

ROSALINA

Si sois tan calmoso, no volváis a verme. Prefiero que me corteje un caracol.

ORLANDO

¿Un caracol?

ROSALINA

Sí, un caracol. Pues, aunque ande lento, lleva la casa a cuestas: algo que vos no aportáis al matrimonio.

Además, arrastra su propio destino.

ORLANDO

¿Y cuál es?

ROSALINA

Los cuernos, que gentes como vos deben agradecer a sus esposas. Pero él ya es portador de su fortuna y

se adelanta a la deshonra.

ORLANDO

La virtud no pone cuernos y mi Rosalina es virtuosa.

ROSALINA

Yo soy vuestra Rosalina.

CELIA

Le gusta llamarte así, pero su Rosalina tiene la tez más fina que tú.

ROSALINA

Vamos, cortejadme, cortejadme, que estoy de humor festivo y tal vez os dé el sí. ¿Qué diríais ahora si yo

fuera la mismísima Rosalina?

ORLANDO

Besaría antes de hablar.

ROSALINA

No, mejor hablar antes y, cuando no os salgan las palabras, tendréis ocasión de besar. Los buenos oradores,

cuando se cortan, escupen, y si los amantes no saben qué decirse (¡Dios nos libre!), lo más limpio es

besarse.

ORLANDO

¿Y si te niegan el beso?

ROSALINA

Pues hay que suplicar y empieza un nuevo tema.

ORLANDO

¿Quién va a cortarse en presencia de su amada?

ROSALINA

Pues vos mismo si yo fuera vuestra amada. Si no, pensaría que mi virtud es superior a mi ingenio.

ORLANDO

¿Yo cortarme cortejando?

ROSALINA

De palabra, no con un cuchillo. ¿No soy vuestra Rosalina?

ORLANDO

Me alegra decir que lo sois, pues me gusta hablar de ella.

ROSALINA

Pues en su nombre digo que os rechazo.

ORLANDO

Entonces en mi nombre moriré.

ROSALINA

¡Ah, no! Morid por poderes. Este pobre mundo tiene cerca de seis mil años y hasta ahora ningún hombre

ha muerto en nombre propio, es decir por amor. A Troilo le sacaron los sesos con una maza griega, y eso

que ya intentó morir antes y que es ejemplo de amor. Leandro habría vivido sus buenos largos años

aunque Hero se hubiera metido a monja de no haber sido por una ardiente noche de verano. Pues, querido

joven, fue a bañarse al Helesponto, le dio un calambre y se ahogó, y los cronistas de la época lo

achacaron a Hero de Sestos. Pero todo eso son mentiras. Los hombres se mueren y se pudren, pero no por

amor.

ORLANDO

Espero que no piense así mi verdadera Rosalina, pues juro que su ceño me mataría.

ROSALINA

Y yo os juro que no mataría una mosca. Vamos, haré de Rosalina con mejor disposición. Pedid lo que

queráis, que os lo concederé.

ORLANDO

Entonces amadme, Rosalina.

ROSALINA

Sí, claro, los viernes y sábados, y todos los días.

ORLANDO

Entonces, ¿me aceptáis?

ROSALINA

Y a veinte como vos.

ORLANDO

¿Cómo?

ROSALINA

¿Acaso no valéis?

ORLANDO

Espero que sí.

ROSALINA

Entonces, lo que vale, ¿por qué limitarlo? - Vamos, hermana, tú haces de cura y nos casas. - Dadme la

mano, Orlando. - ¿Qué se dice, hermana?

ORLANDO

Casadnos, os lo ruego.

CELIA

No sé las palabras.

ROSALINA

Empiezan «Orlando, ¿queréis por esposa...?»

CELIA

Adelante. - Orlando, ¿queréis por esposa a Rosalina?

ORLANDO

Sí, quiero.

ROSALINA

Sí, pero, ¿cuándo?

ORLANDO

Pues ahora, en cuanto nos case.

ROSALINA

Entonces debéis decir «Te tomo por esposa, Rosalina».

ORLANDO

Te tomo por esposa, Rosalina.

ROSALINA

Podría preguntar con qué derecho, pero te tomo por esposo, Orlando. Veis que la muchacha se adelanta

al cura y, desde luego, los pensamientos de mujer se adelantan a sus actos.

ORLANDO

Todos son así: llevan alas.

ROSALINA

Decidme cuánto tiempo será vuestra después de poseerla.

ORLANDO

Por siempre y un día.

ROSALINA

Decid «un día» sin el «siempre». No, no, Orlando. Los hombres son abril cuando son novios, y diciembre

de casados. Las muchachas son mayo de muchachas, pero al casarse el cielo cambia. Estaré más celosa

de ti que un palomo bereber con su hembra, más chillona que un loro antes de la lluvia, más presumida

que una mona, más caprichosa que un mico. Lloraré por nada, como Diana en la fuente, y lo haré cuando

tú estés alegre. Reiré como una hiena, y lo haré cuando tú quieras dormir.

ORLANDO

¿Eso hará mi Rosalina?

ROSALINA

Por mi vida que hará igual que yo.

ORLANDO

Pero ella es lista.

ROSALINA

Si no, no tendría ingenio para hacerlo: cuanto más lista, más rebelde. Ponedle puertas al ingenio

femenino y saldrá por la ventana; cenadla y saldrá por el ojo de la cerradura; tapadlo y saldrá con el

humo de la chimenea.

ORLANDO

Quien tenga una mujer con tanto ingenio podrá decir «Ingenio, ¿dónde acabarás?».

ROSALINA

Más os vale guardaros el reproche para cuando el inge nio de vuestra esposa acabe en la cama del vecino.

ORLANDO

¿Y con qué ingenio podría excusarla su ingenio?

ROSALINA

Pues diciendo que fue allí a buscaros. Jamás la pillaréis sin respuesta, a no ser que no tenga lengua. ¡Ay

de la mujer que no sabe achacar sus faltas al marido! Si cría a sus hijos ella misma, los criará tontos.

ORLANDO

Ahora os dejo por dos horas, Rosalina.

ROSALINA

Amor mío, no puedo estar sin ti ni dos horas.

ORLANDO

He de acompañar al duque en la comida. Volveré para las dos.

ROSALINA

Vamos, vete, vete ya. Ya sabía yo cómo saldrías. Me lo dijo mi gente y yo estaba segura. Me conquistó

tu lengua lisonjera. Otra más abandonada, así que, ¡ven, muerte! - ¿Decíais que a las dos?

ORLANDO

Sí, querida Rosalina.

ROSALINA

Por mi honra, y muy encarecidamente, y que Dios me ampare, y por los juramentos más inofensivos, que

si faltáis una pizca a la promesa o llegáis un minuto después, os tendré por el perjuro más atroz, por el

amante más pérfido y por el ser más indigno de la que llamáis Rosalina de entre toda la caterva de los

falsos, conque evitad mi condena y cumplid vuestra promesa.

ORLANDO

Con tanta devoción cual si fuerais de verdad mi Rosalina. Adiós.

ROSALINA

Bueno, el tiempo es el viejo juez que interroga a los culpables. Que juzgue el tiempo. Adiós.

Sale [ORLANDO].

CELIA

Tú deshonras nuestro sexo con tu cháchara amorosa. Tendremos que arrancarte el jubón y las calzas, y

mostrar al mundo lo que el pájaro ha hecho con su nido.

ROSALINA

Ah, prima, prima, prima, primita mía, si tú supieras a qué profundidad llega mi amor. Pero es insondable.

Lo que siento tiene un fondo desconocido, como la Bahía de Portugal.

CELIA

O más bien no tiene fondo: le echas sentimiento y se sale por debajo.

ROSALINA

No. Que el malvado bastardo de Venus, engendrado en el pesar, concebido en el antojo y nacido en la locura,

que ese pícaro muchacho que por ciego ciega nuestra vista juzgue lo profundo de mi amor. Aliena,

de verdad que no puedo vivir sin ver a Orlando. Me voy a algún lugar umbroso y suspiraré hasta que

vuelva.

CELIA

Y yo, a dormir.

Salen.

 

Escena II

 

Entran JAIME y NOBLES, [vestidos] de cazadores.

JAIME

¿Quién mató al ciervo?

NOBLE

Fui yo, señor.

JAIME

Llevadle ante el duque como un conquistador romano. Y no estaría mal ponerle en la cabeza los cuernos

del ciervo como emblema de victoria. ¿Sabéis alguna tonada para esta ocasión, cazador?

NOBLE

Sí, señor.

JAIME

Cantadla. No importa que desafinéis con tal que haya ruido.

[TODOS] Música, canción.

¿Qué se le da al cazador?

La piel del ciervo y los cuernós.

Sea escoltado y canten el bordón.

Lleva tus cuernos sin chistar,

pues son cimera inmemorial.

Tu abuelo siempre los llevó;

tu padre nunca los rehusó.

El cuerno alegre, el cuerno fiel,

no es un motivo de desdén.

Salen.

 

Escena III

 

Entran ROSALINA y CELIA.

ROSALINA

¿Qué dices ahora? ¿No son más de las dos? ¡Y mira a Orlando!

CELIA

Sin duda que con su amor puro y su mente confusa ha cogido el arco y las flechas y se ha ido a dormir.

Entra SILVIO.

Mira quién viene.

SILVIO

Os traigo una carta, gentil muchacho.

Mi noble Febe me dijo que os la diese.

No sé lo que os dice, mas, a juzgar

por su ceño y los gestos de enojo

que hacía al escribirla, seguro

que el tono es de ira. Perdonadme.

Sólo soy un inocente mensajero.

ROSALINA

Hasta la paciencia se alarmaría

con esta carta y se pondría bravucona.

Soporta esto y sopórtalo todo.

Dice que guapo no soy, que no tengo modales.

Me llama orgulloso y no me amaría

aunque el hombre escaseara más que el Fénix.

¡Válgame! Su amor no es la liebre que persigo.

¿Por qué me escribe esto? Vaya, vaya, pastor.

Fuisteis vos quien escribió la carta.

SILVIO

No, os lo juro. No sé lo que dice. La escribió Febe.

ROSALINA

Vamos, vamos. Sois un bobo y el amor

os tiene desquiciado. Le vi las manos.

Tiene manos de cuero, manos terrosas.

De verdad que pensé que se había

puesto los guantes, pero eran sus manos.

Manos de fregona. Pero no importa.

La idea de la carta no fue suya.

El tema es de hombre, igual que la carta.

SILVIO

Seguro que es de ella.

ROSALINA

¡Pero si tiene un estilo furioso y mordaz,

un estilo desafiante! Me reta

como el turco al cristiano. Una mente de mujer

no produce semejante grosería,

tan negras palabras; y más negras de efecto

que de aspecto. ¿Queréis oír la carta?

SILVIO

Sí, os lo ruego, pues aún no la he oído,

y sí demasiado del rigor de Febe.

ROSALINA

Pues me febea. Mirad qué tono más cruel.

[Lee] «¿Sois un dios hecho pastor

que a doncella enamoró?»

¿Reprende así una mujer?

SILVIO

¿A eso llamáis reprender?

ROSALINA

[lee] «Y, hecho hombre, ¿hacéis la guerra

a un corazón de doncella?»

¿Quién oyó tal reprensión?

«Cortejarme un ser humano

nunca pudo hacerme daño.»

Luego soy una bestia.

«Si esos ojos de desprecio

a los míos sedujeron,

¿qué de milagros no harán

si me miran con bondad?

Si reprendiéndome os quiero,

¿qué no harían vuestros ruegos?

Quien esta carta os entrega

de mi amor nada sospecha.

Dadle respuesta sellada

de si vuestra joven alma

acepta mi ofrecimiento

y los que aún puedo haceros,

pues, si mi amor no admitís,

veré cómo he de morir.»

SILVIO

¿A eso llamáis reñir?

CELIA

¡Ah, pobre pastor!

ROSALINA

¿Te da lástima? No la merece. - ¿Queréis amar a una mujer así? ¿Para qué? ¿Para ser su instrumento y

que toque falseta con vos? ¡Es intolerable! En fin, id con ella, pues veo que el amor os ha convertido en

un pobre bicho, y decidle de mi parte que, si me quiere, le ordeno que os quiera. Si no me obedece, la

rechazo para siempre, a no ser que vos intercedáis. Si sois un amante fiel, marchad sin decir palabra, que

aquí viene más compañía.

Sale SILVIO.

Entra OLIVER.

OLIVER

Buenos días, bellos jóvenes. ¿Sabéis

dónde hay en los aledaños de este bosque

una choza rodeada de olivos?

CELIA

Al oeste, en la próxima hondonada.

Se llega dejando a la derecha

la fila de mimbreras que bordean el arroyo.

Pero a estas horas la cabaña

se guarda a sí misma, pues no hay nadie dentro.

OLIVER

Si la vista se guía por la palabra

debía reconoceros por las señas;

tales ropas, tal edad: «El muchacho

es guapo, tiene un aire femenil,

y parece la hermana mayor. La muchacha

es baja y más morena que el hermano».

¿No sois los dueños de la casa que buscaba?

CELIA

Responder que lo somos no es jactancia.

OLIVER

A los dos Orlando se encomienda,

y al muchacho al que llama Rosalina

envía este pañuelo ensangrentado. ¿Sois vos?

ROSALINA

Soy yo. ¿Qué significa esto?

OLIVER

Aunque en parte me avergüence, os contaré

quién soy yo, y cómo, dónde y por qué

se ensangrentó este pañuelo.

CELIA

Contadlo, os lo ruego.

OLIVER

Cuando os dejó el joven Orlando,

os hizo la promesa de volver

en menos de una hora. Y, andando por el bosque,

pensando en el gusto agridulce del amor,

ved qué le sucede. Miró hacia un lado

y oíd lo que encontró: bajo un roble

con las ramas cubiertas de musgo

y la copa reseca y pelada en su vejez,

dormía un desdichado, envuelto

en andrajos y pelambre. Enroscada

en su cuello, una serpiente de color

verde y dorado, con la cabeza ondeando

amenazante, se le acercaba a la boca.

Pero, así que vio a Orlando, le solt ó

y, deslizándose en recodos, fue a parar

bajo un arbusto, a cuya sombra una leona,

con las mamas secas, tendida y la cabeza

pegada sobre el suelo, felinamente

esperaba a que el durmiente se moviera,

pues la regia condición de este animal

le impide acometer lo que parece muerto.

Ante lo cual, Orlando se acercó a este hombre

y vio que era su hermano, su hermano mayor.

CELIA

Yo le he oído hablar de ese hermano,

y le presenta como el hombre más cruel

que haya existido.

OLIVER

Y bien puede decirlo, pues es cierto

que era un desalmado.

ROSALINA

¿Y Orlando? ¿Le dejó para pasto

de aquella leona sin leche y hambrienta?

OLIVER

Se lo había propuesto, y dos veces se alejó.

Pero la bondad, más noble que la venganza,

y los sentimientos, más fuertes que la tentación,

le hicieron enfrentarse a la leona,

a la que pronto venció. El tumulto

me despertó de mi sueño infortunado.

CELIA

¿Sois vos su hermano?

ROSALINA

¿Sois vos quien él salvó?

CELIA

¿Quien tantas veces quería matarle?

OLIVER

Era yo, mas no soy yo. Ahora que soy otro,

deciros el que fui no me avergüenza:

tan dulce sabe mi conversión...

ROSALINA

¿Y el pañuelo ensangrentado?

OLIVER

A eso iba. Después que las lágrimas bañaron

de principio a fin nuestras historias

y tras contar cómo llegué a estas soledades...

En suma, me llevó ante el noble duque,

que me dio ropa nueva y alimento,

encomendándome al cariño de mi hermano,

que al instante me llevó a su cueva.

Allí, al desnudarse, vio que la leona

le había arrancado carne de su brazo,

con mucha pérdida de sangre. Se desmayó,

invocando en su desmayo a Rosalina.

En fin, le reanimé, vendé su herida

y, al poco rato, sintiéndose repuesto,

me envió a vos, aun siendo yo un extraño,

para contaros la historia, excusarle

por faltar a su promesa y entregar este pañuelo,

teñido de su sangre, al joven pastor

al que en su juego llama Rosalina.

[ROSALINA se desmaya.]

CELIA

¡Cómo, Ganimedes! ¡Mi querido Ganimedes!

OLIVER

De ver sangre, mucha gente se desmaya.

CELIA

Es por algo más. - ¡Mi querido Ganimedes!

OLIVER

Mirad: vuelve en sí.

ROSALINA

Quiero irme a casa.

CELIA

Vamos a llevarte. - Os lo ruego, ¿queréis cogerle del , brazo?

OLIVER

¡Animo, muchacho! ¿Vos un hombre? Os falta el valor.

ROSALINA

Es verdad, lo confieso. - Oye, tú: podrían creer que lo he fingido. - Servíos decirle a vuestro hermano lo

bien que sé fingir. ¡Ah!

OLIVER

¿Qué habláis de fingir? Vuestro semblante revela un sentimiento real.

ROSALINA

Os digo que he fingido.

OLIVER

Muy bien, pues tened valor y fingid que sois hombre.

ROSALINA

Ya lo hago, pero en justicia tendría que ser mujer.

CELIA

Venga, estás cada vez más pálido. Vamos a casa. - Buen señor, acompañadnos.

OLIVER

Desde luego, pues he de llevar respuesta de que excusáis a mi hermano, Rosalina.

ROSALINA

Algo se me ocurrirá. Pero, ante todo, decidle lo bien que sé fingir. ¿Vamos?

Salen.

Acto V

Escena I

Entran PARRAGÓN y ANDREA.

PARRAGÓN

Ya llegará la ocasión, Andrea. Paciencia, querida Andrea.

ANDREA

Pues, con todo lo que dijera aquel señor, el cura servía.

PARRAGÓN

Un malvado ese don Oliver, Andrea, un vil Matatextos. Pero, Andrea, aquí en el bosque hay un joven que

te pretende.

ANDREA

Sí, sé quién es, pero conmigo no tiene nada que hacer. Aquí viene el que dices.

Entra GUILLERMO.

PARRAGÓN

Al ver a un patán me relamo de gusto. Los que tenemos ingenio sabemos nuestro deber: tenemos que

guasearnos, no podemos resistirlo.

GUILLERMO

Buenas tardes, Andrea.

ANDREA

Buenas tardes te dé Dios, Guillermo.

GUILLERMO

Y buenas tardes a vos, señor.

PARRAGÓN

Muy buenas tardes, amigo. No te descubras, no te des cubras. Te lo ruego, cúbrete. ¿Cuántos años tienes,

amigo?

GUILLERMO

Veinticinco, señor.

PARRAGÓN

Edad de adulto. ¿Te llamas Guillermo?

GUILLERMO

Sí, señor.

PARRAGÓN

Hermoso nombre. ¿Naciste en el bosque?

GUILLERMO

Sí, señor, gracias a Dios.

PARRAGÓN

«Gracias a Dios.» Muy bien dicho. ¿Eres rico?

GUILLERMO

Pues, así así, señor.

PARRAGÓN

«Así así» está bien, muy bien, buenísimamente bien; aunque no del todo, sino así así. ¿Eres listo?

GUILLERMO

Sí, señor. Seso no me falta.

PARRAGÓN

Así se habla. Eso me recuerda un dicho: «El necio se cree sabio, pero el sabio se sabe necio». El filósofo

pagano, cuando tenía ganas de comerse una uva, abría los labios y se la metía en la boca. Con esto quería

decir que las uvas se hicieron para comerlas y los labios para abrirlos. ¿Quieres a esta muchacha?

GUILLERMO

Sí, señor.

PARRAGÓN

Dame la mano. ¿Tienes instrucción?

GUILLERMO

No, señor.

PARRAGÓN Entonces yo te instruiré. Tener es tener. Pues, según un recurso retórico, un líquido, si se

echa de una copa en un vaso, al llenar uno vacía el otro, y todos los tratadis tas convienen en que ipse es

él. Y tú no eres ipse, que él soy yo.

GUILLERMO

¿Cuál él, señor?

PARRAGÓN

El que ha de casarse con esta mujer. Conque, patán, abstente -que en lengua corriente es «deja»- de asociarte

-que en lengua palurda es «hacer compaña»con esta fémina -que en lengua común es «mujer»-Y

todo junto, abstente de asociarte con esta fémina o pereces, patán. O, más claro todavía, morirás, es decir,

te mato, te liquido, transmuto tu vida en muerte, tu libertad en servidumbre. Contigo emplearé el veneno,

la porra, el acero. Te haré frente con intrigas, te acosaré con enredos, te mataré de ciento cincuenta

formas. Así que tiembla y vete.

ANDREA

Vete, buen Guillermo.

GUILLERMO

A la paz de Dios, señor.

Sale.

Entra CORINO.

CORINO

Los amos os buscan. Vamos, venid, venid.

PARRAGÓN

Corre, Andrea; corre, Andrea. Voy contigo, voy contigo.

Salen.

 

Escena II

 

Entran ORLANDO y OLIVER.

ORLANDO

¿Es posible que recién conocida te gustase? ¿Que al verla te enamorases? ¿Que al punto la cortejases?

¿Que ya te haya dado el sí? ¿Y querrás hacerla tuya?

OLIVER

No indagues la precipitación, ni su pobreza, nuestro poco trato, mi pronta proposición, ni su pronta

aceptación, sino di conmigo: amo a Aliena; di con ella que me ama; coincide con los dos y podremos

unirnos. Te beneficiará, pues pienso hacerte entrega de la casa y de las rentas de nuestro padre don

Roldán para vivir y mo rir como pastor.

ORLANDO

Tienes mi conformidad. Que la boda sea mañana. Invitaré al duque y a todo su alegre séquito. Haz que

Aliena se prepare, pues, mira, aquí viene mi Rosalina.

Entra ROSALINA.

ROSALINA

Dios os guarde, hermano.

OLIVER

Y a vos, bella hermana.

[Sale.]

ROSALINA

Mi querido Orlando, ¡cuánto me apena veros con el corazón vendado!

ORLANDO

Es el brazo.

ROSALINA

Creí que las garras de la leona os habían herido el corazón.

ORLANDO

Está herido, pero por los ojos de una dama.

ROSALINA

¿Os ha dicho vuestro hermano que, cuando me enseñó vuestro pañuelo, fingí desmayarme?

ORLANDO

Sí, y mayores maravillas.

ROSALINA

¡Ah! Ya sé cuáles. Sí, es cierto. Nunca hubo nada tan rápido, salvo una pelea de carneros y la pomposa

bravata de César «Llegué, vi, vencí». Pues con vuestro hermano y mi hermana todo ha sido conocerse y

mirarse, mirarse y enamorarse, enamorarse y suspirar, suspirar y preguntarse por qué, saber por qué y

ponerle remedio. Y con estos peldaños se han hecho la escalera que los lleva a la boda: o la suben

incontinenti, o serán incontinentes antes de la boda. Es el furor amoroso, y tienen que juntarse. Ni a palos

pueden separarlos.

ORLANDO

Se casan mañana, y voy a invitar al duque a las nupcias. ¡Ah, qué dolor es ver la dicha con los ojos de

otro! Mañana me sentiré mucho más en la cumbre de mi pena cuanto más piense que mi hermano ha

logrado su deseo.

ROSALINA

Entonces, ¿mañana no puedo haceros el papel de Rosalina?

ORLANDO

Ya no puedo seguir con esa idea.

ROSALINA

Entonces no pienso cansaros con más palabrería. Oídme bien, pues ahora os hablo en serio. Me consta

que sois hombre de mucho entendimiento. No lo digo para que tengáis un buen concepto de mi saber

porque me conste que lo sois, ni quiero gozar de otra opinión que no sea vuestra certeza de que puedo

obrar por vuestro bien y no para ensalzarme. Creed, pues, si gustáis, que puedo hacer prodigios. Desde

que tenía tres años he tenido trato con un mago versadísimo en su arte y nada maléfico. Si amáis a

Rosalina con tanto sentimiento como vuestra actitud proclama, os casaréis con ella cuando vuestro

hermano se case con Aliena. Sé los azares de fortuna que ha pasado y no me es imposible, si no os parece

improcedente, hacer que mañana aparezca ante vos en persona y sin peligro.

ORLANDO

¿Habláis con seriedad?

ROSALINA

Os lo juro por mi vida, que en tan gran estima tengo, aunque diga que soy mago. Así que vestid vuestras

mejores galas e invitad a vuestra gente, pues si queréis casaros mañana, os casaréis, y si queréis, con

Rosalina.

Entran Silvio y FEBE.

Mirad, dos enamorados: ella de mí y él de ella.

FEBE

Joven, habéis sido muy descortés mostrando la carta que os escribí.

ROSALiNA

No me importa. Es mi empeño

pareceros desdeñoso y descortés.

Ved cómo os sigue vuestro fiel pastor.

Fijaos en él y amadle: él os adora.

FEBE

Buen pastor, dile a este joven lo que es amar.

SILVIO

Es ser todo suspiros y lágrimas. Como yo con Febe.

FEBE

Y yo con Ganimedes.

ORLANDO

Y yo con Rosalina.

ROSALINA

Y yo con ninguna.

SILVIO

Es ser todo entrega y fidelidad. Como yo con Febe.

FEBE

Y yo con Ganimedes.

ORLANDO

Y yo con Rosalina.

ROSALINA

Y yo con ninguna.

SILVIO

Es ser todo fantasía,

ser todo sentimiento, todo deseos,

respeto, reverencia, adoración,

paciencia, impaciencia y humildad,

pureza, constancia y obediencia.

Como yo con Febe.

FEBE

Y yo con Ganimedes.

ORLANDO

Y yo con Rosalina.

ROSALINA

Y yo con ninguna.

FEBE [a ROSALINA]

Entonces, ¿por qué me reprochas mi amor?

SILVIO [a FEBE]

Entonces, ¿por qué me reprochas mi amor?

ORLANDO

Entonces, ¿por qué me reprochas mi amor?

ROSALINA

¿A quién decís «Por qué me reprochas mi amor»?

ORLANDO

A la que no está aquí ni me oye.

ROSALINA

¡Dejad eso ya! Parece el aullar de los lobos a la luna. [A SILVIO] Si puedo, os ayudaré. [A FEBE] Si

pudiera, os amaría. - Mañana nos vemos todos. [A FEBE] Si me caso con mujer y me caso mañana, me

casaré con vos. [A ORLANDO] Si a algún hombre he complacido, yo os complaceré, y os casaréis

mañana. [A SILVIO] Si lo que os gusta os contenta, yo os contentaré, y os casaréis mañana. [A

ORLANDO] Si amáis a Rosalina, acudid. [A SILVIO] Si amáis a Febe, acudid. - Yo, que no amo a

ninguna, acudiré. Conque, adiós. Ya sabéis las instrucciones.

SILVIO

Si vivo, no faltaré.

FEBE

Ni yo.

ORLANDO

Ni yo.

Salen.

 

Escena III

 

Entran PARRAGÓN y ANDREA.

PARRAGÓN

Mañana es el día de la dicha. Mañana nos casamos.

ANDREA

Lo deseo con toda el alma y espero que querer mudar estado no sea indecente. Aquí vienen dos pajes del

duque desterrado.

Entran dos PAJES.

PAJE 1.°

Bien hallado, buen señor.

PARRAGÓN

Bien hallados vosotros. Vamos, sentaos y cantad.

PAJE 2.°

Cuando queráis. Sentaos enmedio.

PAJE 1.°

¿Nos lanzamos ya, sin carraspear, escupir o decir que estamos roncos, preludios inevitables de toda mala

voz?

PAJE 2.°

Adelante, y los dos al unísono, como dos en un caballo.

[PAJES] Canción.

Es una moza y su galán,

con el sí, con el no, con el sí fa-mi-dó,

que por el verde campo van,

en abril, ¡ay!, el amoroso abril, ¡ay!,

y el pájaro cantando pío-pi.

De amor se llena abril.

Y así que están entre la mies,

con el sí, con el no, con el sí fa -mi-dó,

los dos se quieren ya tender,

en abril, ¡ay!, el amoroso abril, ¡ay!,

y el pájaro cantando pío-pi.

De amor se llena abril.

Y dicen en esta canción,

con el sí, con el no, con el sí fa-mi-dó,

que nuestra vida es una flor,

en abril, ¡ay!, el amoroso abril, ¡ay!,

y el pájaro cantando pío-pi.

De amor se llena abril.

Y así el momento hay que gozar,

con el sí, con el no, con el sí fa-mi-dó,

que amor es miel primaveral,

en abril, ¡ay!, el amoroso abril, ¡ay!,

y el pájaro cantando pío-pi.

De amor se llena abril.

PARRAGÓN

Mis jóvenes señores, la letra no dice gran cosa, pero la música es pura disonancia.

PAJE 1.°

Os equivocáis, señor. Cantábamos a tiempo; no nos hemos perdido.

PARRAGÓN

Yo sí que he perdido el tiempo oyendo esa bobada de canción. Quedad con Dios y que os mejore la voz.

Vamos, Andrea.

Salen.

 

Escena IV

 

Entran el DUQUE, AMiENS, JAIME, ORLANDO, OLI VER y CELIA.

DUQUE

¿Crees, Orlando, que el muchacho puede hacer todo lo que ha prometido?

ORLANDO

A veces lo creo y a veces no, como quien teme su esperanza y sabe que la teme.

Entran ROSALINA, SILVIO y FEBE.

ROSALINA

Paciencia una vez más, mientras se cumple

nuestro acuerdo. -

[Al DUQUE] Decidme, si os traigo a Rosalina,

¿la daréis a Orlando en matrimonio?

DUQUE

Sí, y reinos con ella si tuviese.

ROSALINA [a ORLANDO]

Y, si la traigo, ¿vos la aceptaréis?

ORLANDO

Sí, aunque fuese el rey de todos los reinos.

ROSALINA [a FEBE]

Y, si consiento, ¿os casaréis conmigo?

FEBE

Sí, aunque muriese al cabo de una hora.

ROSALINA

Mas, si os negáis, ¿querríais desposaros

con este fidelísimo pastor?

FEBE

Es lo convenido.

ROSALINA [a SILVIO]

Y, si ella accede, ¿vos la tomaréis por esposa?

SILVIO

Sí, aunque tomarla sea la muerte.

ROSALINA

He prometido concertar todo este asunto.

Cumplid vuestra palabra, duque, y casad

a vuestra hija; cumplid la vuestra, Orlando,

y aceptadla; cumplid la vuestra, Febe,

y casaos conmigo, o, si me rechazáis,

uníos al pastor; cumplid la vuestra, Silvio,

de que con ella os casaréis si me rechaza.

Y ahora me dispongo a disipar todas las dudas.

Salen RoSALINA y CELIA.

DUQUE

En algunos detalles el muchacho

es el vivo retrato de mi hija.

ORLANDO

Señor, cuando le vi por vez primera

me pareció un hermano de vuestra hija.

Pero, Alteza, el muchacho es de este bosque

y fue iniciado en estudios peligrosos

por su tío, de quien dice que es gran mago

y se oculta en el ámbito del bosque.

Entran PARRAGÓN y ANDREA.

JAIME

Seguro que se acerca otro diluvio, con todas las parejas yendo al arca. Aquí viene una especie muy rara

que en todas las lenguas se llama bufón.

PARRAGÓN

Salutaciones y salvas a todos.

JAIME

Dadle la bienvenida, Alteza. Éste es el bufo caballero con quien me he encontrado tantas veces en el

bosque. Jura que ha sido cortesano.

PARRAGÓN

Y quien lo dude que me ponga a prueba. He bailado la pavana, he requebrado a las damas, he sido astuto

con mi amigo y cortés con mi enemigo, he arruinado a tres sastres, he tenido cuatro disputas y una casi

acaba en duelo.

JAIME

¿Y cómo os entendisteis?

PARRAGÓN

Pues nos encontramos y vimos que la disputa llegaba al séptimo punto.

JAIME

¿Qué séptimo punto? -Alteza, disfrutad con este hombre.

DUQUE

Me gusta mucho.

PARRAGÓN

Dios os lo premie, señor; lo mismo digo. Señor, me meto entre los demás apareados del bosque para jurar

y perjurar, según nos ata el matrimonio y nos desata el deseo. Señor, una pobre virgen, mal parecida,

pero mía. Señor, un pobre antojo mío el de tomar lo que no quiere nadie. Igual que el avaro, la rica

decencia habita en casa pobre, como perla en sucia ostra.

DUQUE

A fe mía que es muy vivo y sesudo.

PARRAGÓN

Señor, son los dardos del bufón y sus alegres flaquezas.

JAIME

¿Y lo del séptimo punto? ¿Cómo visteis que la riña es taba ahí?

PARRAGÓN

Era un mentís de séptimo grado. - Más dignidad con el cuerpo, Andrea. - A saber, señor: critiqué el corte

de barba de cierto cortesano, y él me hizo saber que si yo decía que su barba no estaba bien cortada, él

opinaba que sí. Esto se llama la respuesta cortés. Si yo le respondía que no estaba bien cortada, él me

respondía que se la cortaba a su gusto. Esto se llama la objeción discreta. Si yo insistía en que no estaba

bien cortada, él dudaba de mi juicio. Esto se llama la réplica grosera. Si yo le in sistía, él me respondía

que no era cierto. Esto se llama el reproche valiente. Si yo volvía a insistirle, me decía que era mentira.

Esto se llama la repulsa combativa, y así hasta el mentís condicionado y el mentís rotundo.

JAIME

¿Y cuántas veces le criticasteis la barba?

PARRAGÓN

No me atreví a pasar del mentís condicionado y él no se atrevió a darme el mentís rotundo. Así que

medimos las espadas y nos fuimos.

JAIME

¿Podéis nombrar por orden los grados del mentís?

PARRAGÓN

Señor, reñimos según las reglas del libro, igual que hay libros de buenos modales. Primero, la respuesta

cortés; segundo, la objeción discreta; tercero, la réplica grosera; cuarto, el reproche valiente; quinto, la

repulsa combativa; sexto, el mentís condicionado; séptimo, el mentís rotundo. Se pueden evitar todos

menos el mentís rotundo; aunque éste también, gracias al «si». Una vez siete jueces no lograban poner

paz en una riña, hasta que las partes se encontraron y a uno se le ocurrió lo del «si», diciendo «Si vos

dijisteis eso, yo dije aquello». Entonces se dieron la mano y quedaron como hermanos. El «si» es el gran

conciliador; gran virtud la del «si».

JAIME

¿Verdad que es una especie rara, señor? Se luce con todo y es sólo un bufón.

DUQUE

La bufonería es el caballo que le oculta mientras dispara su ingenio.

Entran HIMENEO, ROSALINA y CELIA.

Música suave.

HIMENEO

Ahora el cielo se alegra

de que en las cosas terrenas

se alcance armonía y acuerdo.

Acoge, duque, a tu hija,

de cielo a tierra traída

por el divino Himeneo,

y hazla esposa, si te agrada,

de quien la lleva en el alma.

ROSALINA

[al DUQUE] Me doy toda a vos, pues vuestra soy.

[A ORLANDO] Me doy toda a vos, pues vuestra soy.

DUQUE

Si la vista no engaña, tú eres mi hija.

ORLANDO

Si la vista no engaña, tú eres mi Rosalina.

FEBE

Ysi un cuerpo no es ficción,

entonces, mi amor, adiós.

ROSALINA [al DUQUE]

No quiero otro padre que vos,

[a ORLANDO]

ni quiero otro esposo que vos,

[a FEBE]

ni unirme con otra que vos.

HIMENEO

Más confusiones no admito.

Tengo que ver concluidos

estos extraños sucesos.

Ocho manos han de unirse

en vínculo de Himeneo,

pues las promesas lo exigen.

[A ORLANDO y ROSALINA]

Nunca habrá mal que os desuna.

[A OLIVER y CELIA]

Vuestras almas están juntas.

[A FEBE]

Acepta su amor devoto o una mujer por esposo.

[A PARRAGÓN y ANDREA]

Vuestro enlace es tan perfecto

como el de frío e invierno.

[A todos]

Durante el himno de bodas

comentad bien estas cosas

y poco os asombrará

este encuentro y su final.

Canción.

Corona de Juno nupcial,

sacra unión de mesa y lecho,

Himeneo puebla la ciudad:

honrad todo casamiento.

Honra y prez, gloria sin par

a Himeneo, dios de la ciudad.

DUQUE

Sé muy bienvenida, amada sobrina,

igual que mi hija, y en igual medida.

FEBE [a SILVIO]

No falto a mi palabra: eres mío.

Mi amor y tu constancia se han unido.

Entra el SEGUNDO HERMANO.

SEGUNDO HERMANO

Prestadme atención por un momento.

Soy el segundo hijo de don Roldán

y traigo noticias a esta noble reunión.

El duque Federico, al ver que hombres valiosos

afluían a este bosque de continuo,

se puso al frente de una gran expedición,

que hacia aquí se dirigía con el fin

de apresar a su hermano y pasarle a cuchillo.

Pero, al llegar a la linde de este bosque,

se encontró con un viejo religioso,

y, después de alguna plática,

se apartó de su empresa y de este mundo,

dejando la corona a su hermano desterrado

y devolviendo sus tierras a cuantos

le siguieron al destierro. De que no miento

respondo con mi vida.

DUQUE

Bienvenido, joven. Traes un gran presente

a la unión de tus hermanos: al uno,

sus tierras expropiadas; al otro,

toda una t ierra, un gran ducado.

Pero antes realicemos en el bosque

lo que fue bien iniciado y concebido.

Después, los miembros de la grata compañía

que conmigo soportaron días y noches

inclementes, compartirán los bienes recobrados

según su condición. Entre tanto,

dejemos las ventajas del suceso

y vamos con el rústico festejo.

Música, y vosotros, novios todos,

comenzad vuestra danza jubilosos.

JAIME

Permitidme, Alteza. - Si he oído bien,

el duque se ha entregado a la vida religiosa,

renunciando a la pompa de la corte.

SEGUNDO HERMANO

En efecto.

JAIME

Con él me voy, que de estos convertidos

hay mucho que escuchar y que aprender.

[Al DUQUE]

Os dejo con vuestro rango, galardón a vuestra virtud y paciencia.

[A ORLANDO]

A vos con vuestro amor, justo premio a la constancia.

[A OLIVER]

A vos con vuestras tierras, amor y allegados.

[A SILVIO]

A vos con la cama tanto tiempo merecida.

[A PARRAGÓN]

Y a vos con las riñas, que en vuestra nave amorosa

sólo hay pan para dos meses.

[A todos] Vamos, gozad,

que yo no soy amigo de danzar.

DUQUE

Espera, Jaime, espera.

JAIME

No quiero diversión. Si queréis verme, os aguardo en la cueva que habéis abandonado.

Sale.

DUQUE

Adelante. Iniciemos ya los ritos

que habrán de concluir en regocijo.

Sale [con todos menos ROSALINA].

ROSALINA

No es costumbre que la dama haga el epílogo, pero no es más inapropiado que ver al hombre en el

prólogo. Si es verdad que al buen vino le sobra el reclamo, también es verdad que a la buena comedia le

sobra el epílogo. Y, sin embargo, el buen vino se anuncia y la buena comedia mejora con un buen

epílogo. Yo ahora estoy en un aprieto, pues no traigo un buen epílogo y no puedo predisponeros en favor

de la comedia; no llevo ropa de pobre y no puedo mendigar. Pero puedo conjurar, y empezaré con las

mujeres. Yo os conjuro, ¡oh, mujeres!, por vuestro amor a los hombres, que gocéis esta comedia todo lo

que gustéis. Y yo os conjuro, hombres, por vuestro amor a las mujeres (y a juzgar por vuestras sonrisitas

ninguno las odia) que, junto con las mujeres, gocéis con la comedia. Si estuviera entre vosotros, besaría a

cuantos tuvieran barba que me gustase, cara que me agradase y aliento que no ofendiese. Y no dudo que,

en agradecimiento, los que tengáis buena barba, buena cara o buen aliento, cuando os h aga la reverencia,

me daréis un buen adiós.

Sale.

 


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