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A buen fin no hay mal principio obra completa - Parte 3


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Acto quinto

 

 

Escena primera

 

MARSELLA.- UNA CALLE.


Entran
ELENA, la VIUDA y DIANA, seguidas de dos criados.

 

ELENA.- Debéis sentiros, verdaderamente,

 

fatigadas de correr así la posta día y noche.

 

No era posible hacerlo de otro modo. Ya que

 

habéis sacrificado las noches y los días y

 

expuesto vuestros miembros delicados para

 

servirme, revestíos de valor. Creáis derechos

 

a un reconocimiento eterno.-En buen hora.

 

(Entra un

 

GENTILHOMBRE

 

halconero.)

 

Este

 

hombre podría conseguirme una audiencia

 

del rey, si quisiera usar de su poder... Dios os

 

guarde, señor.

 

EL GENTILHOMBRE.- Y a vos, señora.

 

ELENA.- Os he visto en la corte de Francia.

 

EL GENTILHOMBRE.- He permanecido allí

 

algún tiempo.

 

ELENA.- Tengo la seguridad, señor, de que

 

merecéis absolutamente la reputación de

 

bondad de que gozáis, Las circunstancias no

 

me permiten cumplimientos. Voy, pues, a

 

daros ocasión de poner en práctica vuestras

 

cualidades y de atraeros un reconocimiento

 

eterno.

 

EL GENTILHOMBRE.- ¿Qué deseáis?

 

ELENA.- Hacedme la merced de remitir esta

 

humilde petición al rey, e interponed vuestro

 

influjo para que sea admitida a su presencia.

 

EL GENTILHOMBRE.- El rey no está aquí.

 

ELENA.- ¡Que no está aquí, señor?

 

EL GENTILHOMBRE.- No, en verdad.

 

Abandonó Marsella la noche pasada, con una

 

prisa no habitual en él.

 

LA VIUDA.- ¡Señor, qué de afanes inútiles!

 

ELENA.- Sin embargo,

 

A buen fin, no hay mal

 

prin

 

cipio. Aunque las cosas parezcan tan

 

adversas y los medios tan desfavorables...

 

Por favor, decidme: ¿adónde ha marchado?

 

EL GENTILHOMBRE.- Al Rosellón, he oído

 

decir; adonde yo me encamino.

 

ELENA.- Os lo ruego, señor; puesto que vais

 

a ver al rey antes que yo, entregad este

 

papel en su graciosa mano. No solamente

 

presumo que no os hará cargo por ello, sino

 

que todo me induce a creer que os lo

 

agradecerá. Yo os seguiré con toda la

 

celeridad que nos permitan los medios de que

 

disponemos.

 

EL GENTILHOMBRE.- Lo haré por vos.

 

ELENA.- Y cualquiera que sea la suerte que

 

corra, no han de faltaros mis

 

reconocimientos. Ahora es menester montar

 

a caballo.- Vamos, vamos; preparémoslo

 

todo.

 

(Salen.)

 

Escena II

 

EL ROSELLÓN.- PATIO INTERIOR DEL

 

PALACIO DE LA CONDESA.

 

Entran el BUFÓN y PAROLLES.

 

PAROLLES.- Querido monsieur Lavache,

 

entregad esta carta al señor Lafeu. En otra

 

época, señor, me conocíais mejor, cuando me

 

hallaba familiarizado con vestidos más

 

elegantes. Pero ahora, señor, estoy atollado

 

en la zanja de la fortuna y siento fuerte el

 

olor de su fuerte desagrado.

 

EL BUFÓN.- Verdaderamente, tiene que ser

 

muy repugnante el desagrado de la fortuna

 

para oler tan fuerte como dices. No comeré

 

más pescado frito con la manteca de la

 

fortuna. Os lo suplico, poneos a la corriente

 

del aire.

 

PAROLLES.- No, no tenéis necesidad de

 

taparos las narices, señor. Hablo no más que

 

en sentido metafórico.

 

EL BUFÓN.- Verdaderamente, señor, si

 

vuestras metáforas huelen mal, me taparé las

 

narices, vengan las metáforas de donde

 

vinieren. Por favor, aléjate.

 

PAROLLES.- Os lo suplico, señor, remitidle

 

este papel.

 

EL BUFÓN.-¡Uf! ¡Apártate, por favor!

 

¡Entregar a un gentilhombre un papel que

 

viene de la silla horadada de la fortuna!

 

Mirad. He aquí vuestro hombre en persona.

 

(Entra

 

LAFEU

 

.)

 

Os presento a un zape de la

 

fortuna, señor, o a un gato de la fortuna

 

(pero que no huele a almizcle), que se ha

 

caído en el vivero nauseabundo de su

 

desagrado, y que, como él dice, ha quedado

 

atollado. Os suplico que hagáis por esa carpa

 

lo que podáis, pues tiene todas las trazas de

 

ser un bribón miserable, infeliz, burlado,

 

ingenioso e idiota. Me compadezco de sus

 

desdichas, le infundo valor con una sonrisa y

 

le abandono a vuestra señoría.

 

(Sale.)

 

PAROLLES.- Señor, soy un hombre a quien la

 

suerte ha maltratado.

 

LAFEU.- ¿Qué queréis que yo le haga? Es

 

demasiado tarde para vos, zafarse de sus

 

garras. ¿Qué mala treta de ratero le habéis

 

jugado a la fortuna para que os haya

 

arañado? Porque, de sí, la fortuna es una

 

buena persona, que no consiente que los

 

pillos prosperen largo tiempo a su servicio.

 

He ahí un

 

cardecu

 

para vos. Que los jueces

 

os reconcilien con la fortuna. Tengo otros

 

negocios.

 

PAROLLES.- Suplico a vuestro honor me

 

permita una sola palabra.

 

LAFEU.- Mendigáis un simple penique más.

 

Sea, lo tendréis, excepto vuestra palabra.

 

PAROLLES.- Mi nombre, buen señor, es

 

Parolles.

 

LAFEU.- Luego mendigáis más que una

 

palabra. ¡Malditos sean mis arrebatos! Dadme

 

la mano... ¿Cómo va vuestro tambor?

 

PAROLLES.- ¡Oh, mi buen señor! Vos sois el

 

primero que me ha reconocido.

 

LAFEU.- ¿He sido yo, de veras? Yo fuí

 

también el primero en perderte.

 

PAROLLES.- En vuestra mano está, señor, el

 

rehabilitarme, pues sois quien me retirasteis

 

el favor.

 

LAFEU.- ¡Debieras avergonzarte, bribón!

 

¿Quieres que llene a la par el oficio de Dios y

 

del diablo? ¿Que el uno te haga obtener

 

mercedes y que el segundo te las haga

 

perder?

 

(Suenan trompetas.)

 

Aquí llega el

 

rey. Lo conozco en el son de sus trompetas...

 

Bergante, ven luego en mi busca. Hablé de

 

vos la noche pasada. Aunque seáis un

 

sinvergüenza y un pillo, no os moriréis de

 

hambre. Vamos, seguidme.

 

PAROLLES.- Rogaré a Dios por vuestra

 

persona.

 

(Salen.)

 

Escena III

 

EL MISMO LUGAR.- APOSENTO EN EL

 

PALACIO DE LA CONDESA.

 

Trompetería. Entran el REY, la CONDESA, LAFEU, SEÑORES, CABALLEROS, GUARDIAS, etc.

 

EL REY.- Hemos perdido con ella una joya, y

 

nuestro resplandor se ha ensombrecido; pero

 

vuestro hijo, en su locura, no sintió la

 

importancia de esta pérdida.

 

LA CONDESA.- Todo eso ha pasado, mi

 

soberano. Suplico a vuestra majestad

 

considere su rebeldía como un efecto del

 

ardor de la juventud. Cuando el aceite y el

 

fuego se encuentran, arrastrando consigo la

 

razón, la desbordan, y el incendio se

 

propaga.

 

EL REY.- Mi honorable dama, todo lo he

 

perdonado y dado al olvido, aunque mi

 

venganza estaba suspendida sobre él,

 

esperando la ocasión de estallar.

 

LAFEU.- Debo deciros -y pido primero

 

perdón- que el joven señor ha ofendido

 

seriamente a su majestad, a su madre y a su

 

mujer; pero a él ha sido a quien más ha

 

perjudicado su falta. Ha perdido a una esposa

 

cuya hermosura era el asombro de los ojos

 

más calificados, cuyas palabras cautivaban

 

los oídos de cuantos la escuchaban, cuyas

 

virtudes domaban los corazones más

 

rebeldes, que se enorgullecían en llamarla su

 

señora.

 

EL REY.- El elogio del bien perdido hace más

 

grato su recuerdo. Conducidle aquí, estamos

 

ya reconciliados y la primera entrevista

 

borrará las impresiones pasadas. No le

 

permitáis implorar nuestro perdón. Por grave

 

que haya sido la ofensa, no existe ya, y

 

nosotros sepultamos sus restos ardientes en

 

lo más profundo del olvido. Que se acerque

 

como un extraño y no como un culpable y

 

decidle que tal es nuestra voluntad.

 

UN GENTILHOMBRE.- Lo haré, mi soberano.

 

(Sale.)

 

EL REY.- ¿Qué dice a propósito de vuestra

 

hija? ¿Le habéis hablado?

 

LAFEU.- Está en todo a las órdenes de

 

vuestra alteza.

 

EL REY.- Tendremos, pues, desposorio. He

 

recibido cartas que le llenan de gloria.

 

(Entra

 

BELTRÁN.

 

)

 

LAFEU.- Parece de buen aspecto.

 

EL REY.- Yo no soy un día de estación, pues

 

puedes ver al mismo tiempo en mi cara el Sol

 

y el granizo. Pero una vez que se disipan las

 

nubes, dejan pasar a los más bellos rayos.

 

Acércate; el tiempo ha recobrado su

 

serenidad.

 

BELTRÁN.- ¡Que mi profundo

 

arrepentimiento, querido soberano, me haga

 

perdonar!

 

EL REY.- Todo se olvidó. Ni una palabra más

 

del pasado. Aprovechemos el instante, pues

 

soy anciano y los pasos del tiempo pueden

 

borrar nuestros designios, por dispuestos que

 

se encuentren, antes que hayamos podido

 

ponerlos en ejecución. ¿Os acordáis de la hija

 

de este caballero?

 

BELTRÁN.- Con admiración, mi soberano. En

 

ella había recaído primero mi elección, sin

 

que mi alma fuese lo bastante orgullosa para

 

convertirse en heraldo de mi lengua. Bajo la

 

impresión que hubo de causarme su vista, el

 

menosprecio me prestó su desdeñosa mirada

 

y no distinguí otra hermosura, desfigurando

 

las más bellas apariencias, suponiendo que

 

eran artificiosas, exagerándolas o

 

acortándolas, de manera que les diese

 

proporciones horribles. Por eso ella, a quien

 

todos los hombres alababan, y a quien yo

 

mismo adoré desde que la perdí, aparecía a

 

mis ojos como polvo que los cegaba.

 

EL REY.- La excusa es buena. Por lo mismo

 

que la has amado, disminuye la cuenta que

 

tienes que rendir. Pero el amor que llega

 

demasiado tarde es como una clemencia

 

dictada por los remordimientos que no llega a

 

tiempo jamás. Viene a ser una reprensión

 

amarga para aquel que la envía: gritándole:

 

«El bien no es conocido hasta que está

 

perdido». Nuestras prevenciones nos hacen

 

despreciar lo que poseemos y sólo cuando lo

 

hemos perdido conocemos su valor. A

 

menudo nuestros desagrados, injustos para

 

nosotros mismos, nos hacen perder amigos y

 

llorar sobre sus cenizas. Mientras el odio

 

reconcentrado se adormece, la amistad

 

despierta y se aflige viendo lo que ya no tiene

 

vida. Sea éste el fúnebre clamoreo de la

 

dulce Elena y que no se hable más. Lleva las

 

arras de tu amor a la hermosa Magdalena.

 

Los consentimientos están obtenidos y

 

permaneceremos aquí para asistir a tus

 

segundas bodas que cierran el período de tu

 

viudedad.

 

LA CONDESA.- ¡Que el cielo bendiga mejor

 

que la vez primera! ¡O muera yo antes que se

 

realice la unión!

 

LAFEU.- Venid, hijo mío, en quien debe

 

confundirse el nombre de mi familia. Dadme

 

alguna prenda de ternura que encienda la

 

chispa en el corazón de mi hija y la haga

 

presentarse rápidamente.

 

(Beltrán le entrega

 

una sortija.)

 

Por mi vieja barba, y por cada

 

uno de sus pelos, ¡Elena, que ya está muerta,

 

era una encantadora criatura! La última vez

 

que abandonó la corte le vi en el dedo una

 

sortija parecida a ésta.

 

BELTRÁN.- La presente no la ha tenido

 

nunca.

 

EL REY.- Permíteme que la vea, te lo ruego.

 

En el instante en que hablaba la consideraban

 

mis ojos... ¡Esta sortija me ha pertenecido!

 

Cuando se la entregué a Elena, le dije que si

 

alguna vez la suerte le abandonaba, si tenía

 

necesidad de nuestra ayuda, esa prenda

 

bastaría para obtenerla. ¿Habéis sido tan

 

perverso, para privarla de este último

 

recurso?

 

BELTRÁN.- Mi venerable soberano, aunque

 

ose contradeciros con ello, esta sortija no ha

 

sido de ella jamás.

 

LA CONDESA.- ¡Hijo mío, por mi vida! Se la

 

he visto en su dedo. La apreciaba tanto como

 

su existencia.

 

LAFEU.- Estoy seguro de que la ha llevado.

 

BELTRÁN.- Os equivocáis, señor; nunca la ha

 

visto. Me la echaron en Florencia desde una

 

ventana, envuelta en un papel en el cual

 

estaba escrito el nombre de aquella de quien

 

procedía. Era una joven noble, que me creía

 

soltero. Cuando le puse al corriente de mi

 

situación, cuando le hube informado que no

 

podía responder al honor que pretendía

 

otorgarme, se resignó pesarosamente y no

 

quiso jamás recobrar su sortija.

 

EL REY.- Platón mismo, que posee el secreto

 

de transmutar el oro, no sabe mejor los

 

misterios de la Naturaleza que yo que esta

 

sortija me perteneció y que perteneció a

 

Elena, sea quien fuere la que os la ha

 

entregado. Si os halláis en plena posesión de

 

vos mismo, confesad que esta sortija ha sido

 

suya y por qué violencia se la habéis

 

arrebatado. Ella había jurado por todos los

 

santos que no se la quitarla de su dedo sino

 

para entregártela en el lecho nupcial (donde

 

no habéis entrado todavía) o que nos la

 

enviaría después de algún desastre.

 

BELTRÁN.- ¡Pero si no ha podido verla!

 

EL REY. - ¡Tan verdad como estimo mi honor,

 

que mientes! ¡Y me haces suponer cosas que

 

quisiera descartar de mi pensamiento!

 

¡Acabaré por creer que has sido demasiado

 

inhumano!... No puede ser... Y, sin embargo,

 

no sé... Tú la aborrecías de muerte, para que

 

no muriera... A menos de estar ciego, nada

 

es para mí más convincente que la vista de

 

ese anillo.¡Sujetadle!

 

(Los guardias

 

aprehenden a Beltrán.)

 

Sea como fuere, mi

 

experiencia del pasado me autoriza a no

 

tachar mis temores de ligereza. Más bien he

 

pasado por crédulo... ¡Conducidle!

 

Examinaremos el asunto más despacio.

 

BELTRÁN.- Si me probáis que esta sortija ha

 

sido alguna vez suya, me demostraréis a la

 

vez que he realizado acto de esposo en su

 

lecho en Florencia, donde jamás he puesto

 

los pies.

 

(Sale escoltado.)

 

EL REY.- ¡Me asaltan horribles sospechas!

 

(Entra un

 

GENTILHOMBRE

 

halconero.)

 

EL GENTILHOMBRE.- Venerable soberano; si

 

soy digno o no de reprensión, lo ignoro. Aquí

 

os traigo la petición de una florentina que se

 

halla a cuatro o cinco millas y que daba

 

muestras de gran prisa por enviárosla. Yo me

 

he encargado de ello, vencido de la belleza y

 

las palabras de la pobre suplicante, que

 

esperaba la respuesta. En la tristeza de su

 

mirada se adivinaba la trascendencia del

 

asunto. En fin, me ha confesado, tan dulce

 

como brevemente, que conocía a vuestra

 

alteza tanto como a ella propia.

 

EL REY

 

(Leyendo.)- «Tras muchas promesas

 

de casarse conmigo, cuando se muriese su

 

esposa, me ruboriza el decirlo, me entregué a

 

él. Ahora el conde de Rosellón es viudo; ha

 

faltado a sus juramentos y yo a la deuda de

 

mi honra. Ha huido de Florencia, sin

 

avisarme, y me encuentro en este país para

 

reclamar justicia. ¡Otorgadmela, oh, rey! En

 

vuestras manos está. De otra, un seductor

 

saldrá triunfante, y una infeliz doncella

 

perdida.- Diana Capuleto».

 

LAFEU.- Adquiriré otro yerno en una feria y le

 

haré salir al conde. No le quiero ya.

 

EL REY.- Los cielos te han protegido, Lafeu,

 

haciéndote este descubrimiento...

 

Condúzcanse aquí a las solicitantes. Hacedlo

 

pronto y traed al conde.

 

(Salen el

 

GENTILHOMBRE

 

halconero y algunos del

 

séquito.)

 

Temo, señora, que Elena haya sido

 

bárbaramente asesinada.

 

LA CONDESA.- Hágase justicia con los

 

culpables.

 

(Vuelve a entrar

 

BELTRÁN,

 

escoltado.)

 

EL REY.- Me asombra, señor, que siendo para

 

vos monstruos las mujeres, de quienes huís

 

tras haberles jurado fidelidad, deseéis todavía

 

casaros. ¿Quién es esta dama?

 

(Entra nuevamente el

 

GENTILHOMBRE

 

halconero, con la

 

VIUDA

 

y

 

DIANA.

 

)

 

DIANA.- Soy, señor, una florentina ultrajada,

 

descendiente de la antigua familia de los

 

Capuletos. Sabéis lo que acabo de solicitar y

 

conocéis, por consiguiente, cuán digna soy de

 

compasión.

 

LA VIUDA.-Yo soy su madre, sire, cuya edad

 

y reputación han sufrido mucho por la afrenta

 

que llevamos, y ambas moriremos de no

 

poner remedio vuestra majestad.

 

EL REY.- Acercaos, conde. ¿Conocéis a estas

 

mujeres?

 

BELTRÁN.- Señor, no puedo ni quiero negar

 

que las conozco. ¿Me acusan de otra cosa?

 

DIANA.- ¿Por qué fingís de una manera tan

 

extraña no reconocerme por esposa?

 

BELTRÁN.- Nada es ella para mí, señor.

 

DIANA.- Si os casáis, daréis a otra esta mano

 

que me pertenece; violaréis votos jurados

 

ante el cielo, y esos juramentos es a mí a

 

quien los habéis hecho. Entregándoos a otra,

 

me enajenáis a mí misma, y yo soy mía, sin

 

embargo; pues nuestros votos nos han

 

incorporado de tal manera el uno al otro, que

 

nadie puede casaros sin casarme a mí

 

también. O a ambos o a ninguno.

 

LAFEU

 

(A Beltrán.)

 

- Vuestra reputación ha

 

disminuido, de tal manera a los ojos de mi

 

hija, que ya no sois esposo para ella.

 

BELTRÁN.- Señor; esta mujer es una criatura

 

insensata, desesperada, con la cual me he

 

permitido holgar alguna vez. Suplico a

 

vuestra alteza estime lo bastante mi honor

 

para no suponer que se rebajara a este

 

punto.

 

EL REY.- Señor; mi opinión os será

 

desfavorable mientras no hayáis ganado mi

 

aprecio. ¡Ojalá vuestro honor se halle por

 

encima de lo que pienso!

 

DIANA.- Mi buen señor, exigidle bajo

 

juramento que atestigüe si ha obtenido o no

 

mi virginidad.

 

EL REY.- ¿Qué respondes?

 

BELTRÁN.- ¡Que es una impúdica, señor, que

 

se prostituía a todo el campamento!

 

DIANA.-¡Me ha ultrajado, señor! ¡Si así fuera,

 

me hubiese comprado a vil precio! No le

 

creáis. Ved esta sortija, de importancia y

 

valor inestimables. ¿La hubiera entregado a

 

una prostituta?

 

LA CONDESA.- Enrojece. Es su sortija. Desde

 

seis generaciones, esa joya, legada por

 

testamento, se ha transmitido en la familia.

 

Esa mujer es su esposa. La sortija lo

 

atestigua mil veces.

 

EL REY.- ¿No habéis dicho que conocíais en la

 

corte a alguno de quien se podría invocar el

 

testimonio?

 

DIANA.- Sí, señor; pero siento repugnancia

 

en apelar a semejante testimonio. Su nombre

 

es Parolles.

 

LAFEU.- Hoy he visto a ese hombre, si puede

 

dársele este título.

 

EL REY.- Que le busquen y le traigan.

 

(Sale

 

uno del séquito.)

 

BELTRÁN.- ¿De qué serviría? Es considerado

 

como un peligroso bribón, sucio y manchado

 

por todas las impurezas del mundo; un pillo,

 

que la menor verdad repugna a su

 

naturaleza. ¿Sería yo esto o aquello, según

 

las afirmaciones de un hombre que dirá todo

 

lo que se quiera?

 

EL REY.- Ella tiene esa sortija de vos.

 

BELTRÁN.- Lo creo. Es cierto que me agradó

 

y que la conquisté, cediendo a un capricho de

 

la juventud. Ella conocía la distancia que nos

 

separa y, por atraerme, excitó mi pasión con

 

sus repulsas; todo lo que se opone a una

 

fantasía, no hace sino acrecentarla.

 

Finalmente sus arrumacos, dando como un

 

atractivo a la vulgaridad de sus gracias,

 

consiguieron el precio en que había ajustado

 

sus favores. De suerte que acabó por obtener

 

la sortija y yo adquirí lo que cualquier

 

subalterno habría conseguido a precio de

 

mercado.

 

DIANA.- ¡Debo tener paciencia! Vos, que

 

habéis repudiado ya a una noble esposa,

 

podéis fácilmente negarme todo derecho

 

sobre vos. Una palabra, todavía. Puesto que

 

sois indigno hasta tal punto, consiento en

 

perder un esposo. Enviad a buscar vuestra

 

sortija, yo os la restituiré y vos me

 

devolveréis la mía.

 

BELTRÁN.- No la tengo.

 

EL REY.- ¿Cómo era esa sortija, por favor?

 

DIANA.- Sire, exactamente como la que

 

lleváis en el dedo.

 

EL REY.- ¿Conocéis vos esta sortija. Era la

 

que tenía hace un instante.

 

DIANA.- Es la que yo le entregué en el lecho.

 

EL REY.- Luego, ¿es falso que se la arrojaseis

 

vos desde una ventana?

 

DIANA.- He dicho la verdad.

 

(Entra

 

PAROLLES

 

.)

 

BELTRÁN.- Señor, confieso que esta sortija

 

era la suya.

 

EL REY.- Balbucís extrañamente. Una pluma

 

os hace temblar. ¿Es éste el hombre de quien

 

hablabais?

 

DIANA.- Sí, mi señor.

 

EL REY.- Cuéntame, pícaro, pero sin mentir y

 

sin preocuparte de desagradar a vuestro amo

 

-desagrado que yo sabré evitar si os mostráis

 

sincero-, lo que sabéis concerniente al conde

 

y a esta dama.

 

PAROLLES.- Si no sirve de enojo a vuestra

 

majestad, os diré que mi amo se ha

 

conducido honorablemente. No ha cometido

 

otros pecadillos sino los corrientes entre

 

todos los gentileshombres.

 

EL REY.- No divaguemos. ¿Ha amado a esta

 

mujer?

 

PAROLLES.- Por mi fe, señor, la ha amado.

 

Pero ¿cómo?...

 

EL REY.- ¿Cómo, te lo ruego?

 

PAROLLES.- Señor, la ha amado como un

 

gentilhombre ama a una mujer.

 

EL REY.- ¿Es decir?...

 

PAROLLES.- Que la ha amado y no la ha

 

amado.

 

EL REY.- Como tú eres un bribón y no un

 

bribón: ¡Qué necio equívoco!

 

PAROLLES.- Soy un pobre hombre, señor, a

 

las órdenes de vuestra majestad.

 

LAFEU.- Es un buen tambor, sire, pero un mal

 

orador.

 

DIANA.- ¿Y no sabéis si él me dio palabra de

 

casamiento?

 

PAROLLES.- A fe mía, sé más de lo que he

 

dicho.

 

EL REY.- ¿Entonces no queréis decir todo

 

cuanto sabéis?

 

PAROLLES.- Sí, si así place a vuestra

 

majestad. Yo era el confidente, como digo;

 

pero, aparte eso, él la amaba, estaba loco por

 

ella, hablaba de Satanás, del limbo, de las

 

furias y no sé cuántas cosas más. Yo estaba

 

entonces tan al tanto en sus confidencias,

 

que sabía cuándo iban al lecho y otras

 

circunstancias, como promesas de

 

matrimonio y un sinfín de detalles que él me

 

rogaba no descubriera, bajo pena de

 

atraerme su desagrado. Por eso no quiero

 

decir lo que sé.

 

EL REY.- Ya has dicho todo, a menos que

 

puedas añadir que están casados. Pero eres

 

demasiado taimado en tus declaraciones.

 

Retírate. (

 

A

 

Diana.)

 

¿Decís que esta sortija os

 

ha pertenecido?

 

DIANA.- Sí, mi buen señor.

 

EL REY.- ¿Dónde la habéis adquirido? ¿Quién

 

os la había dado?

 

DIANA.- Ni la había adquirido ni me la habían

 

dado.

 

EL REY.- ¿Quién os la prestó?

 

DIANA.- No me la prestaron.

 

EL REY.- ¿Dónde la hallasteis, entonces?

 

DIANA.- No la hallé.

 

EL REY.- Si no os ha pertenecido por ninguno

 

de esos medios ¿cómo habéis podido darla?

 

DIANA.- Yo no la he dado.

 

LAFEU.- Esta mujer es un guante, señor, que

 

se vuelve a voluntad.

 

EL REY.- Esta sortija la he poseído yo, y la di

 

a su primera mujer.

 

DIANA.- Que haya pertenecido a vos o a ella,

 

no podría decirlo.

 

EL REY.- ¡Apartadla de mi lado! ¡Me disgusta!

 

Llevadla a la cárcel y que la acompañe él. Si

 

no me dices cómo has obtenido esa sortija,

 

morirás en el plazo de una hora.

 

DIANA.- No lo diré nunca.

 

EL REY.- ¡Conducidla!

 

DIANA.- Suministraré fianza, mi soberano.

 

EL REY.- Ahora empiezo a creer que eres una

 

ramera pública.

 

DIANA.- Por Júpiter, no he conocido nunca

 

otro hombre que a vos.

 

EL REY.- ¿Por qué le estás acusando todo

 

este tiempo?

 

DIANA.- Porque es culpable sin serlo. Cree

 

que no soy virgen y lo juraría. Yo, a mi vez,

 

juraría que soy virgen, sin él sospecharlo.

 

¡Gran rey, por mi vida, yo no soy una

 

prostituta! O soy virgen o soy la mujer de ese

 

hombre.

 

(Señalando a Lafeu.)

 

EL REY.- ¡Abusa de nuestros oídos! ¡A la

 

cárcel con ella!

 

DIANA.- Buena madre, ve en busca de mi

 

fianza... Esperad, real señor.

 

(Sale la

 

VIUDA

 

.)

 

El joyero a quien pertenece la sortija va a

 

venir. El responderá por mí. En cuanto a ese

 

señor, que me ha engañado, como él sabe,

 

aunque ningún mal me ha hecho, renuncio a

 

él. Demasiado conoce que mancilló mi lecho y

 

que al mismo tiempo hacía concebir a su

 

esposa. Por muerta que esté, siente a la

 

sazón moverse un hijo en sus entrañas. He

 

aquí mi enigma. La difunta, alienta. Y ahora

 

adivinad.

 

(Vuelve a entrar la

 

VIUDA

 

con

 

ELENA.

 

)

 

EL REY.- ¿No hay ningún exorcista que

 

fascina mis ojos? ¿Es real lo que veo?

 

ELENA.- No, no, buen señor. Apenas veis sino

 

la sombra de una mujer. El nombre y no la

 

cosa.

 

BELTRÁN.- ¡Los dos! ¡Los dos! ¡Oh, perdón!

 

ELENA.- ¡Oh, mi querido esposo! Cuando era

 

como esta joven, os hallaba

 

extraordinariamente solícito. He aquí vuestra

 

sortija, y mirad aquí, también vuestra carta,

 

en la que se dice: «Cuando logréis obtener la

 

sortija que llevo en el dedo y mostrarme un

 

niño», etcétera. Todo está hecho. ¿Queréis

 

pertenecerme ahora que habéis sido dos

 

veces conquistado?

 

BELTRÁN.- ¡Si puede explicarse con claridad,

 

la amaré con todo mi corazón; siempre,

 

siempre de todo corazón!

 

ELENA.- ¡Si yo no me explico de suerte que

 

no deje rastro de duda, que un divorcio

 

mortal nos separe a los dos! ¡Oh, mi querida

 

madre! ¿Es posible que os vea?

 

LAFEU.- Me escuecen los ojos, como si oliese

 

cebollas. ¡Estoy a punto de llorar! (

 

A

 

Parolles.)

 

¡Buen Tom, Tambor, préstame tu

 

pañuelo! Bien, te doy las gracias. Ven a

 

verme a casa. Allí nos divertiremos juntos.

 

Deja a un lado las reverencias. Me causan

 

compasión.

 

EL REY.- Que se nos cuente esta historia con

 

todos sus detalles, para que la verdad nos

 

inunde de alegría.

 

(A Diana.)

 

Si

 

eres todavía

 

una lozana flor en capullo, podrás elegir

 

esposo. Yo me encargo de la dote, porque

 

adivino que con tu honesta ayuda has sabido

 

salvaguardar una esposa permaneciendo

 

casta. Tanto esto como lo que se siga, lo

 

examinaremos en detalle. Todo, sin embargo,

 

parece bien; y si acaba tan felizmente, las

 

amarguras del pasado harán más dulce lo

 

venidero.

 

(Trompetería.)

 

Epílogo

 

RECITADO POR EL REY

 

El rey es ahora un mendigo, terminada la

 

comedia. Todo habrá acabado bien, si hemos

 

ganado nosotros vuestros aplausos, que

 

pagaremos esforzándonos en agradaros todos

 

los días. Otorgadnos vuestra indulgente

 

atención; dadnos vuestras gentiles manos, y

 

tomad nuestro corazón.

 

(Salen.)

 

FIN

 

 


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