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La fierecilla domada obra completa - Parte 2


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ACTO II

 

ESCENA ÚNICA

 

Una cámara en casa de Bautista

 

(CATALINA, látigo en mano, amenaza con él a

 

BLANCA, que está pegada a la pared con las manos atadas)

 

BLANCA.-Hermana querida, no me hagas ni te

 

hagas a ti misma la injuria de tratarme como a una

 

sirvienta o a una esclava. Desprecio tales actos. En

 

cuanto a los perendengues, suéltame las manos y yo

 

misma me los quitaré. Sí, me quitaré adornos y baratijas,

 

e incluso el jubón si quieres. Todo cuanto me

 

ordenes lo haré, pues bien sé cuales son mis deberes

 

respecto a mi hermana mayor.

 

 

 

CATALINA.-Entre todos tus galanes, ¿a cuál

 

prefieres? ¡Responde! ¡Te mando que respondas, y

 

cuidado con mentir!

 

BLANCA.-Puedes creerme, hermana, que entre

 

todos los hombres vivos no he encontrado una cara

 

que me agrade particularmente más que otra.

 

CATALINA.- ¡Mientes, hipocrituela ¿A que es

 

Hortensio?

 

BLANCA.-Si sientes afecto hacia él, hermana

 

mía, te juro que haré cuanto me sea posible para que

 

lo consigas para ti.

 

CATALINA.-¡Ya! Sin duda lo que te atrae es la

 

fortuna y por ello preferirías a Gremio, ¿verdad?,

 

para que te mantuviese como una gran dama.

 

BLANCA.-¿Es a causa de él por lo que me detestas?

 

Entonces bien veo que bromeas y que no has

 

hecho hasta ahora sino bromear. Pero suéltame las

 

manos, Lina, te lo ruego.

 

CATALINA.-Si tal cosa te parece una broma,

 

esto te lo parecerá también. (Le pega. Entra Bautista.)

 

BAUTISTA.- ¡Cómo! ¿Qué modales son ésos,

 

hija mía? ¿De dónde nace tanta insolencia? Apártate

 

de ella, Blanca. ¡Hijita querida! ¡Y la ha hecho llorar!...

 

Vuelve, vuelve a tus labores sin ocuparte más

 

de tu hermana. En cuanto a ti, ¡largo de aquí, pécora

 

 

 

endemoniada! ¿Por qué la hacer sufrir, sabiendo que

 

ella jamás te ha hecho a ti nada malo? ¿Es que alguna

 

vez siquiera te contradijo con una palabra desagradable?

 

CATALINA.-¡Precisamente es su silencio lo que

 

me insulta, y no dejaré de vengarme! (Se lanza sobre

 

Blanca.)

 

BAUTISTA (deteniéndola).-¿Aún? ¿Y ante mis

 

propios ojos? Vete a tu cuarto, Blanca. (Blanca sale.)

 

CATALINA.-¡Claro! ¡Como que a mí no me podéis

 

soportar! No hay duda. Vuestro tesoro es ella.

 

Y, naturalmente, preciso es que tenga un marido. La

 

queréis tanto a ella, que a mí cuanto me queda es

 

bailar descalza el día de la boda y llevar manos al

 

infierno... No, no me digáis nada. Me iré, sí; me tiraré

 

al suelo y lloraré hasta que llegue el momento de

 

mi venganza. (Sale.)

 

BAUTISTA.-¿Hubo jamás hombre más desdichado

 

que yo? Pero ¿quién va?

 

(Entran Gremio y Lucentio, éste vestido humildemente y

 

transformado en CAMBIO, maestro de escuela, y tras ellos

 

Petruchio, acompañado de Hortensio, que a su vez se ha cambiado

 

en LICIO, maestro de música; y Tranio, que hace el

 

papel de Lucentio, y que llega acompañado de su paje Biondello,

 

que trae un laúd y varios libros.)

 

 

 

GREMIO.-Buenos días, vecino Bautista.

 

BAUTISTA.-Buenos días, vecino Gremio... Dios

 

os guarde, señores.

 

PETRUCHIO.-Y a vos lo mismo, querido señor.

 

Pero decidme, ¿no tenéis una hija, bella y virtuosa,

 

que se llama Catalina?

 

BAUTISTA.-En efecto, tengo una hija llamada

 

Catalina, caballero.

 

GREMIO. (A Petruchio.)-Sois demasiado brusco;

 

poned un poco de tino.

 

PETRUCHIO.-Me juzgáis mal, señor Gremio;

 

dejadme hacer. (A Bautista.) Yo, señor mío, soy un

 

hidalgo de Verona que habiendo oído hablar de

 

vuestra hija: de su hermosura, de su talento, de su

 

afabilidad, de su púdica modestia; en fin, de sus maravillosas

 

cualidades y de su carácter encantador, me

 

he tomado la libertad de venir a vuestra casa sin

 

más cumplidos con objeto de que mis ojos sean testigos

 

de lo que tantas veces he oído alabar. Y como

 

pago, y con objeto de merecer vuestra acogida, os

 

presento a uno de mis servidores (señalando, a Hortensio),

 

muy versado en música y matemáticas, que podría

 

dar a vuestra hija un conocimiento perfecto de

 

estas artes o acabar de hacerlo, pues bien sé que no

 

es ignorante en ellas. Aceptadle, pues, os lo ruego, si

 

 

 

no queréis hacerme una afrenta. Su nombre es Licio;

 

su patria, Mantua.

 

BAUTISTA.-Sed bien venido, caballero, y él,

 

puesto que con vos llega. En cuanto a mi hija Catalina,

 

demasiado sé que no es lo que necesitáis, bien

 

que mucho lo deplore.

 

PETRUCHIO.-Paréceme comprender que no

 

queréis separaros de ella. A no ser que ocurra que

 

mi persona no os agrada.

 

BAUTISTA.-No os equivoquéis respecto a lo

 

que pienso. Lo que hago es decir las cosas tal como

 

son. ¿De dónde sois, caballero, y cómo debo llamaros?

 

PETRUCHIO.-Me llamo Petruchio, y soy hijo de

 

Antonio, hombre bien conocido en toda Italia.

 

BAUTISTA.-Le conozco muy bien, sí, y en recuerdo

 

de él, sed bien venido.

 

GREMIO.-Un alto en vuestra historia, Petruchio,

 

os lo ruego, y permitid que hablemos nosotros

 

también, pues que también tenemos una causa que

 

defender. Porque, ¡diablo, qué atrevido sois y qué

 

prisa tenéis!

 

PETRUCHIO.-Excusadme señor Gremio, pero

 

es que me gusta ir derecho a lo que busco.

 

 

 

GREMIO.-No lo dudo, pero es que tal vez maldigáis

 

luego vuestra prisa. (A Bautista.) Vecino,

 

puesto que el regalo de este caballero os ha sido

 

agradable, estoy seguro de ello, permitidme que os

 

haga un amabilidad semejante, ya que por mi parte

 

tanto os debo, ofreciéndoos a este joven sabio (señala

 

decirlo a Lucentio) que ha estudiado mucho tiempo

 

en Reims y que es tan versado en griego, latín y

 

en otras lenguas como el otro en música y en matemáticas.

 

Se llama Cambio. Os ruego, pues, que

 

aceptéis sus servicios.

 

BAUTISTA.-Gracias mil. amigo Gremio. Sed

 

bien venido, señor Cambio. (Volviéndose hacia Tranio.)

 

En cuanto a vos, noble señor, paréceme que sois

 

extranjero. ¿Puedo tomarme la libertad de preguntaros

 

el objeto de vuestra visita?

 

TRANIO.-Sois vos, señor, quien habréis de perdonar

 

mi libertad, pues extranjero, en efecto, en esta

 

ciudad, me atrevo a pretender la mano de vuestra

 

hija, la bella y virtuosa Blanca. Por supuesto, no ignoro

 

vuestra firme resolución de casar antes a su

 

hermana mayor, y cuanto pido como gracia especial

 

es que una vez hayáis conocido mi nacimiento, no

 

me concedáis peor trato que a los otros que asimismo

 

la solicitan. Es decir, permiso para venir y la benevolencia

 

que a ellos les otorgáis. Y para ayudar a

 

la educación de vuestras hijas, me tomo la libertad

 

de ofreceros este modesto instrumento y este paquete

 

de librillos griegos y latinos. (Biondello se adelanta

 

y le ofrece laúd y libros.) Poca cosa es, mas si vos

 

los aceptáis, su valor será grande.

 

BAUTISTA.-¿Os llamáis Lucentio? ¿De dónde

 

venís? Decídmelo, os lo ruego.

 

TRANIO.-De Pisa, caballero. Soy hijo de Vincentio.

 

BAUTISTA.-Vicentio, es en Pisa un gran personaje.

 

Le conozco muy bien de reputación. Por consiguiente,

 

sed bien venido. (A Hortensio.) Tomad ese

 

laúd. (A Vincentio.) Y vos ese paquete de libros. Vais

 

a ver a vuestras alumnas al momento. ¡A ver! ¡Uno

 

aquí! (Entra un criado.) Tú, pícaro, conduce a estos

 

caballeros junto a mis hijas y diles a ambas que son

 

sus profesores. Que les concedan la buena acogida

 

que se merecen. (Sale el criado seguido de Hortensio y de

 

Lucentio.) En cuanto a nosotros vamos a dar un paseo

 

por el jardín y luego pasaremos a la mesa. Sois,

 

ciertamente, los bien venidos y como tales os ruego

 

a todos que os consideréis.

 

PETRUCHIO.-Señor Bautista, mi cuestión pide

 

ser resuelta. Mis asuntos no me permiten venir todos

 

los días a hacer la corte a vuestra hija. Puesto

 

que habéis conocido a mi padre suficientemente,

 

por él podéis conocerme a mí. Único heredero soy

 

de sus tierras y bienes, que más bien he aumentado

 

que disminuido. Por consiguiente, os ruego que me

 

digáis qué dote obtendrá vuestra hija, si consigo

 

obtener su amor.

 

BAUTISTA.-Luego de mi muerte, la mitad de

 

mis tierras; e inmediatamente, veinte mil coronas.

 

PETRUCHIO.-Pues bien, a cambio de esta dote,

 

si me sobrevive, yo le aseguraré, en calidad de viuda

 

heredera, todas mis tierras y todas mis rentas. Por

 

consiguiente, establezcamos el contrato con objeto

 

de que por ambas partes sea respetado.

 

BAUTISTA.-De acuerdo. Pero cuando. tengáis

 

la cláusula esencial; quiero decir, el amor de mi hija;

 

pues todo depende de ello.

 

PETRUCHIO.-¡Bah!, eso tenedlo por seguro.

 

Pues he de deciros, mi querido padre, que si vuestra

 

hija es imperiosa, yo autoritario. Y cuando dos fuegos

 

violentos se encuentran, consumen el objeto

 

que alimenta su furor. Algo de viento basta para

 

transformar en un gran fuego otro pequeño; pero un

 

huracán acaba con un incendio. Pues bien, yo seré

 

para ella el huracán, y preciso será que ceda. Enérgico

 

soy y no de esos enamorados con los que se juega

 

como si fuesen chiquillos.

 

BAUTISTA.-¡Ojalá puedas casarte con ella, y

 

cuanto antes mejor! En todo caso, acorázate contra

 

las palabras desagradables.

 

PETRUCHIO.-A toda prueba soy, como las

 

montañas que desafían los vientos, que nada pueden

 

contra ellas pese a soplar eternamente. (Entra Hortensio

 

con la cabeza partida.)

 

BAUTISTA.-¿Qué te pasa, amigo mío? ¿Por qué

 

estás tan pálido?

 

HORTENSIO.-Si estoy pálido es, ¡de miedo!, os

 

lo aseguro.

 

BAUTISTA.-¿Pues? ¿Es que quizá mi hija no es

 

hábil en lo que a la música atañe?

 

HORTENSIO.-Creo que hará mucho mejor de

 

cabo de vara. El hierro tal vez resiste entre sus manos

 

más que un laúd.

 

BAUTISTA.-¡ Cómo! ¿No puedes meterle el laúd

 

en la cabeza?

 

HORTENSIO-No, a fe mía, es ella la que ha hecho

 

entrar mi cabeza en el laúd. Le decía suavemente

 

que se equivocaba de cuerda, y doblaba un

 

poco su mano con objeto de que pusiera sus dedos

 

debidamente, cuando acometida de un exceso de

 

 

 

impaciencia diabólica, ha gritado: “¿Que no toco a

 

vuestro gusto? ¡Pues ved, al menos si pego bien al

 

mío!” Y diciendo esto me ha dado tan fuerte con el

 

instrumento en la cabeza, que me le ha metido hasta

 

el cuello. Durante unos instantes he quedado aturdido,

 

sacando la cabeza por entre las astillas del laúd,

 

cual hombre en la picota, mientras ella me

 

llamaba rascacuerdas improvisado, insoportable

 

atormentador de oídos, y veinte calificativos más, en

 

modo alguno agradables. Pero tan ágilmente lanzados

 

que diríase que había tomado lecciones de injurias

 

para poder mejor insultarme.

 

PETRUCHIO.-He aquí, ¡por el diablo!, lo que se

 

dice una mujer de nervio. Diez veces más que la

 

amaba la amo ahora a causa de ello. Nadie puede

 

imaginarse la impaciencia que tengo por entendérmelas

 

con ella.

 

BAUTISTA.-Ea, venid conmigo y no tengáis ese

 

aire tan lastimero. Vais a continuar vuestras lecciones

 

con mi hija pequeña que, sobre tener excelentes

 

disposiciones, es sumamente agradecida por cuanto

 

se hace en su favor. En cuanto a vos, señor Petruchio,

 

¿queréis venir con nosotros o preferís que os

 

envíe a mi hija Catalina?

 

 

 

PETRUCHIO.-Enviádmela, sí, os lo ruego. Aquí

 

la espero. (Salen todos menos él.) En cuanto llegue le

 

voy a hacer la corte como es debido. Como le conviene.

 

Que empieza a vociferar, le diré tranquilamente

 

que su voz es tan dulce como la del ruiseñor.

 

Que frunce el entrecejo; le aseguraré que su

 

cara es tan tersa como las rosas matinales empapadas

 

de rocío. Que, por el contrario, se obstina en

 

permanecer muda; entonces alabaré su hablar voluble

 

y su incomparable elocuencia. Que me dice que

 

tome la puerta; le daré mil gracias, cual si oyera que

 

no me fuese de su lado en toda una semana. Que se

 

niega a casarse conmigo; le preguntaré amorosamente

 

qué día hay que publicar las amonestaciones y

 

cuál ir a la iglesia. Pero aquí llega; tú tienes la palabra,

 

Petruchio. (Entra Catalina.) Buenos días, Lina.

 

Pues tal es vuestro nombre, según he oído decir,

 

¿no?

 

CATALINA.-Sordo no sois, pero sí, sin duda,

 

duro de oídos, porque los que hablan de mí me llama

 

Catalina.

 

PETRUCHIO-Mentís, no hay duda. Os llaman

 

Lina, ni más ni menos; la buena Lina; o bien, a veces,

 

Lina, la maldita. Pero Lina, la más encantadora

 

Lina de la cristiandad, Lina, apetitosa como una exquisita

 

golosina. Lina, la deliciosa, pues decir Lina

 

es como decir golosina. Y he aquí por qué, Lina de

 

mi corazón, quiero que escuches lo que tengo que

 

decirte. Habiendo oído en toda las ciudades que he

 

atravesado alabar tu dulzura, celebrar tus virtudes y

 

proclamar tu hermosura, por cierto, que mucho menos

 

todo de lo que mereces, me he sentido inclinado

 

a buscarte para hacer de ti mi esposa.

 

CATALINA.-¿Inclinado? ¡Qué te parece! Pues

 

bien; que el que os ha inclinado que os enderece.

 

Nada, más veros he comprendido que erais algo que

 

se inclina, se endereza, se maneja... Vamos, ¡un

 

mueble!

 

PETRUCHIO.- ¡Magnífico! Pero, ¿qué es un

 

mueble?

 

CATALINA.-Digamos un taburete.

 

PETRUCHIO.-¡Exacto! Ven, pues, a sentarte

 

sobre mí, Lina.

 

CATALINA.-Quisierais llevarme, ¿verdad? No

 

me extraña; para llevar se han hecho los asnos.

 

PETRUCHIO.-Habiendo sido hechas las mujeres

 

para llevar también (hace señas refiriéndose al embarazo),

 

aplícate lo mismo.

 

CATALINA.-Si yo tuviese que llevar y soportar,

 

jamás sería a un mostrenco de vuestra especie.

 

 

 

PETRUCHIO.-¡Mi dulce Lina! ¿No sabes que

 

me esforzaré en no ser para ti una carga pesada, sabiéndote

 

tan joven, tan frágil... ?

 

CATALINA.-Demasiado frágil y ligera, bien que

 

pese lo suficiente, como para que un patán como

 

vos no pueda cargar conmigo.

 

PETRUCHIO.-Eso lo veremos bien, tanto más

 

cuanto que veo te ciernes a maravilla.

 

CATALINA.-¿Cerner? No está mal para haberlo

 

dicho un cernícalo.

 

PETRUCHIO.-El cernícalo te cogerá, ¡tortolilla

 

de vuelo lento!

 

CATALINA.-La tortolilla tendrá con vos para

 

un bocado, cual si fuerais un abejorro.

 

PETRUCHIO.- ¡Hola, hola, avispilla querida!

 

Eres muy rabiosa.

 

CATALINA.-Si soy avispa, ¡cuidado con el

 

aguijón!

 

PETRUCHIO.-El remedio es fácil; se le arranca

 

y en paz.

 

CATALINA.-Los idiotas no saben dónde está.

 

PETRUCHIO.-¿Quién ignora dónde tienen las

 

avispas el aguijón? ¡En la cola!

 

CATALINA.-En la lengua.

 

PETRUCHIO.-¿En la lengua de quién?

 

 

 

CATALINA.-En la vuestra, que habla sin ton ni

 

son. Adiós. (Hace ademán como para irse.)

 

PETRUCHIO.-Ea, Lina, no te vayas. (La coge entre

 

sus brazos.) Lina querida, yo soy un hidalgo.

 

CATALINA.-Es lo que voy a ver. (Le da un soplamocos.)

 

PETRUCHIO.-Hazlo otra vez y por quien soy

 

que te ganas un par de bofetadas.

 

CATALINA.-Entonces perderíais vuestros escudos.

 

Si pegáis a una mujer, no sois hidalgo; y si no

 

sois hidalgo, ¡adiós blasones!

 

PETRUCHIO.-¡Hola! Te nombro mi reina de

 

armas. Puedes inscribirme en tu registro.

 

CATALINA.-¿Cuál es vuestra cimera? ¿La cresta

 

de un gallo?

 

PETRUCHIO.-Un gallo sin cresta si Lina llega a

 

ser mi gallina.

 

CATALINA.-No os quiero como gallo cantáis

 

como un capón.

 

PETRUCHIO.-Ea, Lina, ¿a qué tanto vinagre?

 

CATALINA. -No puedo evitarlo en cuanto me

 

acerco a un pepinillo.

 

PETRUCHIO.-No habiendo pepinillo aquí, no

 

hay necesidad de vinagre.

 

 

 

CATALINA.-¡Ya lo creo que lo hay! Os aseguro

 

que hay uno.

 

PETRUCHIO.-Entonces, enséñamelo.

 

CATALINA.-Si tuviese un espejo, le veríais al

 

punto.

 

PETRUCHIO.-¡Cómo! ¿Te refieres a mi cara?

 

CATALINA.-(Luchando por salir de sus brazos.)

 

¡ Cómo lo ha comprendido pese a sus pocos años!

 

PETRUCHIO.-¡Por San Jorge!, bien veo que soy

 

demasiado joven para ti.

 

CATALINA.-Nadie lo diría, viendo vuestras

 

arrugas.

 

PETRUCHIO-¡Pesan sobre mí tantos cuidados!

 

CATALINA.-(Debatiéndose siempre.) Cosa que a mí

 

me tiene perfectamente sin cuidado.

 

PETRUCHIO.-Ea, escúchame, Lina... Inútil todo

 

forcejeo, no me escaparás.

 

CATALINA.-¡Si no me soltáis os arranco los

 

ojos! ... ¡Dejadme marchar! (Se debate con violencia, le

 

muerde y le araña mientras habla.)

 

PETRUCHIO.-Por nada del mundo. Te encuentro

 

adorable. Me habían dicho que eras brusca,

 

tristona, desagradable, y veo que todo ello era pura

 

mentira. Eres, por el contrario, deliciosa, alegre,

 

amable como ninguna. Tu lengua es un poco tarda,

 

 

 

cierto, pero dulce y suave como una flor primaveral.

 

Incapaz eres de fruncir el ceño, ni de mirar de través

 

y mucho menos de morderte los labios como hacen

 

las muchachas cuando se llenan de cólera. En vez

 

de complacerte en contradecir, acoges a quienes,

 

como yo, te adoran, con palabras amables y gratas y

 

sonrisas encantadoras. Además, ¿por qué se empeña

 

todo el mundo en que Lina cojea de un pie? (La

 

suelta.) ¡Oh mundo calumniador! Lina es derecha

 

como vara de avellano; su tinte moreno, como las

 

propias avellanas maduras y mucho más agradable

 

aún que ellas. Anda, anda un poco, lucero, para que

 

yo te vea y esté seguro de que no cojeas.

 

CATALINA.-Vete a dar órdenes a tus servidores,

 

¡imbécil!

 

PETRUCHIO.-¡Jamás Diana alguna embelleció

 

el bosque como Lina esta cámara con su andar de

 

princesa! O sé Diana, o que Diana se torne Lina. Y

 

que entonces Lina sea casta y Diana locuela.

 

CATALINA.-¿Dónde has aprendido tan linda

 

palabrería?

 

PETRUCHIO.-Acuden a mí espontáneamente

 

desde el fondo, madre de mi espíritu.

 

CATALINA.-Poco espíritu debe de tener tal

 

madre cuando tan menguado muéstrase el hijo.

 

 

 

PETRUCHIO.-¿No tienen ingenio, calor, mis

 

palabras?

 

CATALINA.-Apenas para que no te enfríes.

 

PETRUCHIO.-¡Pardiez!, más caliente estaré en

 

tu cama, adorable Lina. ¡Allí, allí es donde quiero

 

calentarme! Conque dejemos aparte toda palabrería

 

y hablemos claro. Tu padre consiente en que seas mi

 

mujer. Ya nos hemos puesto de acuerdo sobre la

 

dote y quieras o no quieras, me casaré contigo. Y

 

créeme, Lina, que yo soy el marido que te hace falta.

 

Pues por esta luz que se recrea alumbrando tu hermosura,

 

que no te casarás con otro hombre que

 

conmigo. Porque yo he nacido, para domarte, Lina,

 

y para transformarte, mi gatita salvaje, en una Lina

 

dócil como son todas las demás Linas que tienen un

 

hogar... Aquí llega tu padre; ¡cuidado con desmentirme!

 

Quiero a Catalina por mujer, ¡y la tendré!

 

(Entran Bautista, Gremio y Tranio.)

 

BAUTISTA.-Y bien, señor Petruchio, ¿cómo va

 

vuestro asunto con mi hija?

 

PETRUCHIO.-Del mejor modo, caballero. ¿Podríais

 

dudarlo? Imposible era que no quedase vencedor.

 

BAUTISTA.-¿Y tú, Catalina, hija mía? ¿De mal

 

humor, como siempre?

 

 

 

CATALINA.-¿Y tenéis aún la audacia de llamarme

 

vuestra hija? De veras que me dais una hermosa

 

prueba de ternura queriendo casarme con un

 

medio chiflado, con un bárbaro feroz, que jura como

 

un demonio y que cree poder conseguir lo que

 

le place a fuerza de audacia y de blasfemias.

 

PETRUCHIO.-Mi querido padre, he aquí los hechos:

 

vos, así como cuantos hablan de ella, lo hacen

 

a tontas y a locas. Si a veces se muestra huraña, por

 

pura cortesía es; pues, lejos de ser arrogante, es modesta

 

como una paloma; lejos de ser violenta y encendida,

 

apacible y fresca como el aire de la mañana.

 

En cuanto a paciencia, es una segunda Griselda, y

 

en lo que a castidad atañe, una Lucrecia romana. En

 

una palabra, nos entendemos tan bien que nos casaremos

 

el próximo domingo.

 

CATALINA.-¡Preferiría verte ahorcado el sábado!

 

GREMIO.-¿Oís, Petruchio, que prefiere ver cómo

 

os cuelgan?

 

TRANIO.-¿Es así como triunfáis? ¡Adiós nuestras

 

esperanzas!

 

PETRUCHIO-Paciencia, caballeros. Quien la escoge

 

soy yo. Y si ella y yo estamos contentos, ¿qué

 

le importa a nadie? Hemos convenido, cuando estábamos

 

solos, que ella continuaría siendo hosca

 

mientras estuviese acompañada. Por lo demás, justo

 

es que os diga que me ama de un modo inimaginable.

 

¡Oh dulcísima Lina mía! ¡Cómo se me colgaba

 

al cuello y cómo me prodigaba beso tras beso, promesa

 

tras promesa! De tal modo que, en un abrir y

 

cerrar de ojos, me ha hecho compartir su amor. Pero,

 

¿qué sabéis vosotros, pobres novicios, de esto?

 

Prodigioso es ver cómo un hombre y una mujer, a

 

solas, él, el más chorlito e infeliz de los mortales,

 

puede suavizar a la más indomable tarasca. Dame tu

 

mano, Lina. A Venecia me voy a comprar el ajuar

 

necesario para la boda. Preparad el festín, mi querido

 

padre, e invitad a cuantos deban acudir. Sí, seguro

 

quiero estar, encargándome de todo, que mi

 

Catalina resplandecerá, de hermosura.

 

BAUTISTA.-Yo, la verdad, no sé qué decir.

 

Dadme los dos la mano. ¡Dios te bendiga, Petruchio!

 

Asunto terminado, pues.

 

GREMIO y TRANIO.-Amén. Seremos vuestros

 

testigos.

 

PETRUCHIO.-Padre, esposa, amigos, adiós. A

 

Venecia me voy. El domingo llegará pronto. Tendremos

 

sortijas, joyas, ¡trajes magníficos! Dame un

 

beso, Lina. (La coge entre sus brazos y la besa. Ella se

 

 

 

arranca y escapa fuera de la cámara, mientras que él sale por

 

otra puerta)

 

GREMIO.- ¿Viose jamás matrimonio alguno tan

 

pronto zanjado?

 

BAUTISTA.-A fe mía, señores, que represento el

 

papel de un mercader que se aventura, a ojos cerrados,

 

en un negocio desesperado.

 

TRANIO.-Era una mercancía que en vuestra casa

 

se deterioraba. Ahora, de no perderse en la travesía,

 

obtendréis beneficio.

 

BAUTISTA.-Yo no busco otro beneficio en este

 

asunto que tranquilidad.

 

GREMIO.-En cuanto a él, sí que a fuerza de

 

tranquilidad va a conseguir una buena dote. Pero

 

ahora, Bautista, hablemos de la pequeña. He aquí,

 

llegado al fin, el día que tanto esperábamos. No olvidéis

 

que yo soy vuestro vecino y su primer pretendiente.

 

TRANIO.-Y yo soy aquel a quien Blanca ama

 

como no haya palabras para expresarlo, ni vuestro

 

pensamiento puede concebir.

 

GREMIO.-Jovenzuelo, incapaz de amar tan tiernamente

 

como yo.

 

TRANIO.-Barbagris, vuestro amor es hielo puro.

 

 

 

GREMIO.-El vuestro achicharra, en cambio.

 

Atrás, mequetrefe. Sólo la edad madura da buenos

 

frutos.

 

TRANIO.-A los ojos de las bellas lo que florece

 

es la juventud.

 

BAUTISTA.-Calma, señores; yo arreglaré la querella.

 

El premio será concedido, no a las palabras,

 

sino a los actos. Aquel de vosotros que asegure a mi

 

hija una dote más fuerte, tendrá el amor de Blanca...

 

Hablad, señor Gremio. ¿Qué podéis garantizarle?

 

GREMIO.-Ante todo, y como bien lo sabéis, mi

 

casa, aquí, en la ciudad, está abundantemente provista

 

en vajillas de oro y de plata; de aljofainas y de

 

jarras para que pueda lavar sus delicadas manos.

 

Mis cortinas son todas de tapicería de Tiro. Mis escudos,

 

apilados están en cofres de marfil. Y en armarios

 

de ciprés almacenadas colchas de Arras, trajes

 

suntuosos, colgaduras, tapices preciosos, ropa

 

fina, almohadones de Turquía bordados con perlas,

 

baldaquines de Venecia, hechos a aguja y recamados

 

de oro, servicios en estaño y en cobre y todo cuanto

 

es necesario en una casa y a un matrimonio. Además,

 

en mi granja tengo cien vacas lecheras, ciento

 

veinte bueyes grasos en el establo y todo lo demás

 

en proporción... En cuanto a mí, yo ya no soy joven,

 

 

 

lo confieso, pero si muero mañana, todo lo dicho

 

será para ella, con tal de que ella quiera ser para mí

 

sólo, mientras tenga vida.

 

TRANIO.-Este “para mí sólo” está bien dicho.

 

Por mi parte, señor, escuchadme. Yo soy hijo único,

 

y heredero, por consiguiente, de mi padre. Si consigo

 

tener a vuestra hija como mujer, le legaré tres o

 

cuatro casas no menos bellas que las del señor

 

Gremio, situadas dentro de los muros de la opulenta

 

Pisa; es decir, que la que éste tiene en Padua. Sin

 

contar una renta anual de 2,000 ducados, asegurados

 

sobre buenas tierras, que serán su viudedad.

 

Creo, señor Gremio, que estáis cogido.

 

GREMIO.-(Para sí.) ¿Una renta anual de 2,000

 

ducados garantizada con tierras? Todos mis inmuebles

 

no llegan a tanto. (En voz alta.) Además de todo

 

lo dicho, para ella será una carraca que ahora está

 

anclada en la rada de Marsella. ¿Qué? Esta carraca

 

os ha cortado el resuello, ¿verdad?

 

TRANIO.-Todo, el mundo sabe, señor Gremio,

 

que mi padre no tiene menos de tres grandes carracas,

 

más dos galazas y doce hermosas galeras. Que

 

aseguro a Blanca. Más el doble de cuanto vos ofrezcáis

 

sea lo que sea.

 

 

 

GREMIO.-Yo he ofrecido ya todo. Ni más tengo,

 

ni más puedo darle de aquello que poseo. Si os

 

convengo, Bautista, tendrá mi persona y mis bienes.

 

TRANIO.-En este caso y de acuerdo con vuestra

 

promesa formal, para mí es vuestra hija con exclusión

 

de todo otro. El señor Gremio ha quedado

 

eliminado.

 

BAUTISTA.-Debo convenir en que vuestra

 

oferta es la más hermosa. Si vuestro padre responde

 

de ella, mi hija será para vos. Y digo aún, excusadme,

 

si llegaseis a morir antes que él, ¿cuál sería la

 

viudedad de mi hija?

 

TRANIO.-Eso no pasa de una sutileza ingrata;

 

mi padre es viejo y yo soy joven.

 

GREMIO.-¿Es que los jóvenes no pueden morir

 

lo mismo que los viejos?

 

BAUTISTA.-Pues, bien, señores, he aquí lo que

 

he resuelto en definitiva: el domingo próximo, sabéis,

 

mi hija Catalina se casa. Si me dais la garantía

 

de vuestro padre, Blanca será vuestra al domingo

 

siguiente; si no, lo será del señor Gremio. Y tras

 

ello, permitidme que me retire tras haberos dado las

 

gracias a ambos. (Sale.)

 

GREMIO.-Adiós, mi querido vecino. Y ahora ya

 

no temo nada. En verdad, joven trapacero que

 

 

 

vuestro padre sería bien inocente si os diese cuanto

 

tiene, quedándose sometido a vivir a vuestra costa

 

lo que le quede de vida. Y, ¡bah!, todo lo demás es

 

puro cuento de niños. Un viejo zorro italiano no es

 

tan bobalicón como para hacer tales cosas, hijo mío.

 

(Sale a su vez.)

 

TRANIO.-¡Maldita sea tu piel, no menos vieja y

 

ajada! En cuanto a mí, ¡pardiez!, he echado en el

 

juego todos mis triunfos. Se me había metido en la

 

cabeza hace ganar a mi amo. Y como sigo con la

 

idea, no sé por qué un falso Lucentio no tendría un

 

falso padre llamado... supongamos Vincentio. Lo

 

que sería un prodigio; pues de ordinario son los padres

 

los que hacen los hijos, mientras en esta historia

 

de matrimonio, es un hijo, si mi ardid triunfa, el

 

que va a engendrar a su padre (Sale.)

 

ACTO III

 

 

ESCENA PRIMERA

 

En Padua, en la casa de Bautista

 

(En la cámara de BLANCA, que está sentada junto a

 

HORTENSIO, disfrazado o transformado en Licio.

 

LUCENTIO [Cambio], de pie y un poco separado.

 

HORTENSIO, coge la mano de BLANCA para enseñarle

 

a poner los dedos en el laúd)

 

LUCENTIO.-(Interviniendo.) ¡Eh, señor músico!

 

Diríase que os tomáis demasiadas libertades. ¿Habéis

 

olvidado acaso la encantadora acogida que os

 

hizo su hermana Catalina?

 

HORTENSIO.-Es que ahora, señor pedante escandaloso,

 

estoy con la dama protectora de la celestial

 

armonía. Permitidme, pues, usar de mi

 

prerrogativa, y cuando hayamos consagrado una hora

 

a la música os tomaréis vos un tiempo igual para

 

vuestras lecturas.

 

LUCENTIO.-¡He aquí un asno tan ignorante

 

que ni sabe con qué fin fue creada la música! ¿Acaso

 

no fue hecha para refrescar el espíritu del hombre

 

tras sus estudios y trabajos habituales? Dejadme,

 

pues, el placer de enseñarla algo de filosofía, y en las

 

pausas que yo haga la emprenderéis con vuestra armonía.

 

HORTENSIO.-(Levantándose.) ¿Es que creéis que

 

voy a soportar vuestras bravatas, bellaco?

 

BLANCA.-¡Basta, señores! Ambos me ofendéis

 

querellándoos por algo cuya elección de mí sola depende.

 

Yo no soy un escolar al que se puede amenazar

 

con el látigo, ni quiero estar sometida al que se

 

me impongan tales lecciones para tal hora del día, ni

 

el tiempo que han de durar; sino que quiero arreglar

 

yo misma estas cuestiones como me plazca. Por

 

consiguiente cortemos esta querella sentándonos

 

aquí, y vos, tomad vuestro instrumento y tocad

 

mientras él me enseña. Su lección habrá terminado

 

antes de que hayáis afinado vuestro laúd.

 

HORTENSIO.-¿ Dejaréis su lección cuando esté

 

ya afinado?

 

LUCENTIO.-Ello querría decir ¡nunca! entonces.

 

¡Hala, afinad vuestro instrumento! (Hortensio se

 

retira; Blanca y Lucentio se sientan.)

 

BLANCA-¿Dónde habíamos quedado?

 

LUCENTIO.-Aquí, señora.

 

Hic ibat Simois, hic est Sigela tellus;

 

Hic steterat Priami regia celsa senis”.

 

BLANCA.-Traducid.

 

LUCENTIO.-“Hic ibat”, como ya os he dicho;

 

Simois” soy Lucentio; “hic est”, el hijo de Vincentio,

 

de Pisa; “Sigela tellus”, disfrazado de este modo para

 

conseguir vuestro amor: “hic steterat”, y el Lucentio

 

que se ha presentado como uno más de vuestros

 

pretendientes; “Priami”, es mi criado Tranio; “regia”,

 

que ha- tomado mi puesto; “celsa cenis”, con objeto

 

de engañar al viejo Pantalón.

 

HORTENSIO.-Señora, mi instrumento está ya

 

afinado.

 

BLANCA.-Que yo le oiga. (Hortensio toca.) ¡Qué

 

horror! Los altos desafinan.

 

LUCENTIO.-Escupa por el colmillo el amigo y

 

vuelva a afinar. (Hortensio se retira de nuevo.)

 

BLANCA.-Veamos ahora si yo soy capaz a mi

 

vez de traducir: "Hic ibat Simois”, no os conozco; “hic

 

est Sigela tellus”, y no puedo confiar en lo que decís;

 

hic steterat Priami”, tened cuidado no vaya a oírnos;

 

celsa senis” y no desesperéis.

 

HORTENSIO.-(Volviendo.) Ahora,

 

HORTENSIO.-(Volviendo.) Ahora, señora, está

 

afinado.

 

LUCENTIO.-¿Los bajos también?

 

HORTENSIO.-Los bajos están a tono (Aparte.)

 

El que desentona, pícaro, eres tú. ¡Qué ardiente y

 

qué audaz se está volviendo este pedagogo! Que me

 

cuelguen si el bribón no hace la corte a mi amada.

 

Será preciso que vigile a este maldito pedantucho.

 

(Se desliza detrás de ellos.)

 

BLANCA.-Con el tiempo llegaré a creeros; por el

 

momento, desconfío.

 

LUCENTIO.-No dudéis... (dándose cuenta de que

 

está allí Hortensio), pues es cierto que Eacidas designa

 

a Aiax, llamado así a causa de su abuelo.

 

BLANCA.-(Levantándose.) Naturalmente debo

 

creer a mi maestro, de otro modo, os aseguro que

 

continuaría argumentando sobre este punto dudoso.

 

Pero quedemos aquí. A vos ahora, Licio. Queridos

 

maestros, si he bromeado un poco con los dos no

 

lo toméis, os lo ruego, en mal sentida.

 

 

 

HORTENSIO.-(A Lucentio.) Podéis iros a dar

 

una vuelta y dejarme libre un momento. Mis lecciones

 

no son un coro a tres voces.

 

LUCENTIO.-¿Tan formalista sois, señor mío?

 

Bien, me retiraré... (Aparte.) Pero sin dejar de vigilar,

 

pues o mucho me equivoco o el soplaflautas éste se

 

está enamorando. (Se aparta un poco. Blanca y Hortensio

 

se sientan.)

 

HORTENSIO.-Señora, antes de que toquéis el

 

instrumento debo enseñaros, lo primero, cómo hay

 

que poner los dedos. Y para ello, empezar por los

 

rudimentos de este arte. La gama os la enseñaré mediante

 

un método corto y agradable; más seguro y

 

más eficaz que todos los métodos empleados por

 

mis colegas. Vedle aquí en este papel, dispuesto del

 

modo más conveniente.

 

BLANCA.-Pero la gama ya hace mucho tiempo

 

que la he pasado.

 

HORTENSIO.-Leed, no obstante, la de Hortensio.

 

BLANCA.-(Leyendo.)

 

Gama de do”, yo soy la base de todo acuerdo.

 

A re”, yo vengo a abogar por la pasión de Hortensio.

 

B mi”, Blanca, tomadle por esposo.

 

C fa”, pues os ama con todo su corazón.

 

D sol , re”, tengo dos notas para una sola llave.

 

E la, mi”, tened piedad de mí o muero.

 

¿Y a esto llamáis una gama ¡Bah!, no me gusta

 

nada. Prefiero los métodos antiguos. No soy tan caprichosa

 

como para ir a cambiar las antiguas reglas

 

contra invenciones extrañas. (Entra un criado.)

 

EL CRIADO.-Señora, vuestro padre os ruega

 

dejéis vuestras lección con objeto de que le ayudéis

 

a decorar el cuarto de vuestra hermana. Ya sabéis

 

que mañana es el día de su boda.

 

BLANCA.-Hasta la vista, mis queridos maestros,

 

no tengo más remedio que dejaros. (Sale seguida del

 

criado.)

 

LUCENTIO.-En este caso, señora nada tengo

 

que hacer aquí. (Sale a su vez.)

 

HORTENSIO.-En cuanto a mí, bien haré en vigilar

 

a este pedagogo. Tiene todo el aire, todo, de

 

estar enamorado... Por tu parte, Blanca si tus gustos

 

son tan bajos como para llevar tus ojos hacia el

 

primero que se presente, que se case contigo el que

 

quiera. Si tu corazón es tan ligero, yo cambiaré también

 

de amor para no ser menos que tú.

 

 

 

ESCENA II

 

Padua. Una plaza. Delante de la casa de Bautista

 

(Entran BAUTISTA, GREMIO, TRANIO [haciendo

 

siempre de Lucentio], LUCENTIO [haciendo de Cambio],

 

CATALINA [vestida de novia], BLANCA y numerosos

 

invitados)

 

BAUTISTA.-(A Tranio.) Señor Lucentio, hoy es

 

el día fijado para el matrimonio de Catalina con Petruchio

 

y henos aquí sin noticias de mi yerno. ¿Qué

 

van a decir los invitados? ¿Qué irrisión no va a causar

 

la ausencia del novio cuando el sacerdote llegue

 

dispuesto a efectuar el enlace? ¿Qué os, parece a

 

vos, Lucentio, de esta afrenta que sufrimos?

 

CATALINA.-No hay afrenta sino para mí. He

 

aquí la consecuencia de obligarme a dar mi mano a

 

un insensato, en contra de mi corazón. A un maleducado.

 

A un impulsivo, que tras hacerme la corte a

 

todo galope, luego no tiene prisa cuando llega el

 

momento de casarse. Por lo tanto, bien os había yo

 

dicho que era un disparatado, un loco, que bajo el

 

manto de una ruda franqueza lo que ocultaba era

 

una pura burla. Con tal de ser tenido por el más gracioso

 

y festivo de los amigos, es de esos chuscos

 

que no dudan en hacer la corte a mil mujeres, en fijar

 

el día del matrimonio, en preparar un banquete,

 

en invitar a sus amigos y en publicar amonestaciones.

 

Todo ello sin la menor intención de desposar a

 

la que corteja. Y he aquí que ahora todo el mundo

 

señalará con el dedo a la pobre Catalina diciendo:

 

¡Esa es la mujer del taravilla de Petruchio! Por supuesto,

 

cuando le dé la ventolera de casarse con

 

ella.”

 

TRANIO.-Paciencia, querida Catalina. Paciencia,

 

señor Bautista. Yo estoy seguro, por mi vida, de que

 

Petruchio tiene buenas intenciones, sea cual sea la

 

casualidad que le impida cumplir su palabra. Es

 

brusco, pero sensato; alegre vividor, pero honrado.

 

CATALINA.-¡Ojalá no le hubiese yo visto jamás!

 

(Va hacia la casa, llorando, seguida de Blanca y de los

 

invitados.)

 

BAUTISTA.-Anda, hija mía, anda. Esta vez no

 

puedo censurar tus lágrimas. Tal afrenta indignaría a

 

una santa misma. Mucho más, claro, a una muchacha

 

tan dada al arrebato y a la impaciencia como tú.

 

(Llega Biondello corriendo.)

 

 

 

BIONDELLO.-¡Amo, amo! ¡Una noticia! ¡Una

 

nueva vieja! La nueva más vieja que jamás hayáis

 

oído!

 

BAUTISTA.-¿Una nueva vieja? ¿Cómo es posible

 

tal cosa?

 

BIONDELLO.-¿No es una nueva anunciaros

 

que Petruchio llega?

 

BAUTISTA.-¿Ha llegado?

 

BIONDELLO.-No, señor.

 

BAUTISTA.-¿Qué es lo que dices entonces?

 

BIONDELLO.-Que llega.

 

BAUTISTA.-¿Y cuándo estará aquí?

 

BIONDELLO.-Cuando esté donde yo estoy y os

 

vea como yo os veo.

 

TRANIO.-Pero, vamos a ver, ¿cuál es la nueva

 

vieja entonces?

 

BIONDELLO.-Pues bien, mi amo: Petruchio

 

llega con un sombrero nuevo y un jubón viejo.

 

Pantalones también viejos, vueltos ya tres veces, y

 

un par de botas que han servido de caja a los cabos

 

de vela. De ellas, una va sujeta con una hebilla; la

 

otra con un lazo. Al cinto, una antigua espada toda

 

oxidada, tomada a préstamo en el arsenal de la ciudad;

 

con la empuñadura rota y la vaina agujereada

 

por abajo; cierto que los hierros de la cruz partidos

 

en dos. Su caballo, que cojea de la cadena, se adorna

 

con una silla carcomida cuyos estribos están descabalados.

 

Sin contar que el pobre animal es víctima

 

del muermo, gracias a lo cual sus narices no dejan

 

de fluir; amén de sufrir de tolanos infestados de

 

lamparones; además de estar acribillado a fuerza de

 

espolonazos, abatido un tanto por la ictericia y cubierto

 

de adivas incurables. Y claro, cual suele ocurrir,

 

aturdido por los vértigos; sí que comido de

 

reznos. Por el contrario, tiene todo el espinazo despeado,

 

las costillas dislocadas y de las manos delanteras

 

es patizambo. Por suerte suya, al bocado

 

que trae le falta la mitad, y como cabezada, una piel

 

de carnero, que a fuerza de haber sido estirada para

 

impedirle que se moviera demasiado se ha roto más

 

de una vez, por lo que ha habido que reajustarla a

 

fuerza de nudos. También la cincha ha sido remendada

 

seis veces. En cambio, le avalora una grupera,

 

de terciopelo, para mujer, con dos iniciales perfectamente

 

marcadas con clavos y apañada aquí y allá,

 

pero con buena cuerda.

 

BAUTISTA.-¿Y quién viene con él?

 

BIONDELLO.-Su lacayo, señor. Su lacayo, engalanado

 

en armonía con el caballo. Es decir, con

 

una media de hilo en una pierna y una calza de lana

 

gruesa en la otra. Como ligas, un cordón rojo en una

 

y otro azul en la otra. En la cabeza, un sombrero

 

que fue nuevo tal vez. Cierto que a guisa de pluma

 

se adorna con un penacho de lo menos cuarenta

 

cincuentas. En cuanto al traje, hay que decirlo, ¡es

 

algo verdaderamente monstruoso! De tal modo, que

 

ni aire tiene de paje cristiano, ni de lacayo de hidalgo.

 

TRANIO.-Sin duda le ha cogido el capricho extraño

 

de presentarse así. A veces se le ocurre, en

 

efecto, la idea de salir pobremente vestido.

 

BAUTISTA.-De todas maneras, venga como

 

venga, con tal de que venga, será para mí él bienvenido.

 

BIONDELLO.-Pero es que, señor, no viene.

 

BAUTISTA.-¿Pero no has dicho que venía?

 

BIONDELLO.-¿Quién? Petruchio?

 

BAUTISTA.-Sí, que Petruchio venía.

 

BIONDELLO.-No, caballero; lo que yo he dicho

 

era que su caballo venía trayéndole encima.

 

BAUTISTA.-Pues bien, es todo uno.

 

BIONDELLO.-¡Ay, que no, por San Jamy!

 

Yo dos cobres apuesto

 

que un caballo y un hombre

 

más de uno son, cierto.

 

 

 

Sin ser varios, no obstante,

 

como también sostengo.

 

(Petruchio y Grumio, vestidos de cualquier manera,

 

cual Biondello les ha descrito, entran súbitamente.)

 

PETRUCHIO.-¡Vamos a ver! ¿Dónde están los

 

amigos? ¿Quién en hay esta casa?

 

BAUTISTA-Sed bienvenido, caballero.

 

PETRUCHIO.-¿Aunque no llegue mejor vestido?

 

Pero cada uno se presenta como puede.

 

BAUTISTA-Menos mal que no cojeando aún.

 

TRANIO.-En todo caso, no tan bien vestido cual

 

yo hubiera deseado.

 

PETRUCHIO.-¿No era mejor llegar, bien que

 

fuese de este modo? Pero, ¿dónde está Lina? ¿Dónde

 

está mi encantadora novia? Y ¿cómo va mi querido

 

padre? Pero diríase, señores míos, que estáis

 

incomodados. ¿Por qué tan amable compañía arquea

 

las cejas como ante un prodigio extraordinario

 

cual un cometa o algún otro fenómeno inusitado?

 

BAUTISTA.-Porque, comprendedlo, hoy es el

 

día fijado para vuestra boda y, claro, primero estábamos

 

tristes pensando que no ibais a llegar. Y ahora

 

lo estamos más aún viéndoos llegar de este

 

modo. Ea, ea, despojaos de ese traje que avergüenza

 

vuestra condición, sobre deshonrar una fiesta tan

 

solemne como ésta.

 

TRANIO.-Y decidnos qué asunto importante os

 

ha retenido tanto tiempo lejos de vuestra esposa y

 

os hace llegar tan diferente de vos mismo.

 

PETRUCHIO.-Larga cosa sería de contar e ingrata

 

de oír. Que os baste saber que aquí estoy, dispuesto

 

a cumplir mi promesa. Si en algo me he

 

apartado de lo que había dicho, ya me excusaré

 

cuando tenga la ocasión necesaria para ello, y entonces

 

quedaréis completamente satisfechos. Pero

 

¿dónde está Lina? Se me tiene demasiado tiempo

 

alejado de ella. La mañana avanza y ya deberíamos

 

estar en la iglesia.

 

TRANIO.-No se os ocurra presentaros delante

 

de vuestra prometida tal cual vais vestido. Venid a

 

mi cámara y yo os daré ropa mía.

 

PETRUCHIO.-Ni mucho menos, creedme. Al

 

contrario, tal cual estoy voy a presentarme.

 

BAUTISTA.-Mas espero que no pretenderéis casaros

 

con ella de este modo.

 

PETRUCHIO.-¿Y por qué no? ¡Tal cual estoy!

 

No se hable más de ello. Es conmigo con quien se

 

casa, no con mis vestidos. De poder renovar las

 

fuerzas que ella agotará en mí tan fácilmente como

 

podría cambiar de traje, Lina se alegraría mucho y

 

yo aún más. Pero qué tonto soy charlando de este

 

modo con vosotros en vez de correr a saludar a mi

 

prometida y a sellar este dulce título con un beso de

 

amor. (Sale seguido de Grumio.)

 

TRANIO.-No hay duda que ha venido como ha

 

venido “ex profeso”. Pero veamos de convencerle,

 

si ello es posible, de que se vista mejor para ir a la

 

iglesia.

 

BAUTISTA.-Corro tras él a ver en qué acaba todo

 

esto. (Sale seguido de Gremio.)

 

TRANIO.-(A Lucentio.) Pero, señor, no hasta

 

contar con el amor de Blanca, sino que es preciso

 

tener asimismo el consentimiento del padre. Y para

 

conseguir éste, cual ya he dicho a vuestra gracia, voy

 

a valerme de un hombre. Quién sea este hombre,

 

poco importa; lo esencial es enseñarle debidamente

 

el papel que tiene que representar. Es decir, que habrá

 

de hacerse pasar por Vincentio de Pisa y garantizar

 

aquí en Padua una viudedad aún mucho más

 

importante que la que yo he prometido. De este

 

modo obtendréis sin esfuerzo lo que deseáis y podréis

 

desposar a la dulce Blanca con el consentimiento

 

de su padre.

 

LUCENTIO.-Si mi colega el profesor de música

 

no vigilase como lo hace tan de cerca los pasos de

 

Blanca, creo que lo mejor sería que nos casásemos

 

en secreto. Una vez el matrimonio celebrado, habría

 

el mundo entero de oponerse y yo sabría guardar mi

 

tesoro frente a todo el universo.

 

TRANIO.-Ya veremos, sin precipitarnos, lo que

 

más conviene realizar. Lo primero que hay que hacer

 

es engañar a ese vejancón de Gremio; luego al

 

padre, el receloso Bautista Minola; en fin, a ese músico

 

astuto, el enamorado Licio. Y todo por afecto

 

hacia Lucentio, mi amo... (Entra Gremio.) ¿Venís, señor

 

Gremio, de la iglesia?

 

GREMIO.-¡Y tan alegre como de chico lo hacía

 

de la escuela!

 

TRANIO.-Y el novio y la novia, ¿vuelven a la

 

casa?

 

GREMIO.-¿El novio decís? Mejor diríais diciendo

 

un mozo de cuadra, un palafrenero zafio.

 

¡La pobre criatura se enterará pronto!

 

TRANIO.-¿Es que tal vez es más huraño que

 

ella? ¡No es posible!

 

GREMIO.-¿Él? Ese hombre es un diablo. ¡Un

 

verdadero demonio!

 

TRANIO.-Pues ella en todo caso una diablesa.

 

La verdadera mujer del diablo.

 

GREMIO.-¡Quiá, mi amigo! Junto a él es una

 

cordera, una paloma, una futesa. Os voy a contar lo

 

ocurrido. Escuchad, mi señor Lucentio. Figuraos

 

que cuando el cura le ha preguntado si quería a Catalina

 

por mujer ha respondido, pero jurando tan

 

fuerte que el sacerdote todo asustado ha dejado caer

 

su libro: “¡Rayos de rayos!, pues ya lo creo.”Y cuando

 

se agachaba el pobre cura para recoger su breviario,

 

ese disparatado loco le ha dado tal puñetazo,

 

que cura y libro y libro y cura han rodado por el

 

suelo. “Ahora -ha rugido-, que los levante el que

 

quiera!”

 

TRANIO.-¿Y qué ha dicho la joven cuando el

 

cura se ha levantado?

 

GREMIO.-Ella temblaba y se estremecía, pues el

 

fenómeno pataleaba y tronaba cual si el cura hubiese

 

tratado de hacerle cornudo. Y he aquí que una vez

 

todas las ceremonias acabadas, el monstruo pide vino.

 

¡A la salud de todos!”, grita, cual si hubiese estado

 

a bordo de un navío bebiendo por sus

 

camaradas tras una tormenta. Traga el moscatel sin

 

dejar para los demás, y lo que quedaba en el fondo

 

de la copa se lo tira a la cara del sacristán pretextando

 

para ello que la barba del infeliz crecía tan rala y

 

famélica que le estaba pidiendo a voces mientras

 

bebía un poco de brebaje. Tras ello, coge a la recién

 

casada por el cuello, le sacude en plena boca un beso

 

tan escandaloso, que resuena en toda la iglesia. Y

 

es cuando yo, al ver aquello, he escapado, avergonzado.

 

Por supuesto, todo el cortejo viene tras de mí.

 

Jamás, se había visto un matrimonio tan extraordinario...

 

Pero escuchad, escuchad. Oigo a los músicos.

 

(Música. Entran los músicos precediendo a los de la

 

bodas Petruchio y Catalina, seguidos de Blanca, Bautista,

 

Hortensio, Grumio y todos los invitados y comitiva.)

 

PETRUCHIO.-Caballeros, y vosotros, amigos

 

míos, mil gracias por el trabajo que os habéis tomado

 

en venir. Sé también que contabais comer conmigo

 

y que habéis preparado un copioso banquete

 

de boda. Pero sucede que asuntos inaplazables me

 

reclaman lejos de aquí; por consiguiente, obligado

 

me veo a despedirme de vosotros en este preciso

 

instante.

 

BAUTISTA.-¿Es posible que queráis partir esta

 

tarde misma?

 

PETRUCHIO.-Hoy mismo, sí, antes de que sea

 

de noche. Y que ello no os extrañe. Si supieseis las

 

razones que me mueven a ello, más bien me rogaríais

 

que partiese, que no me quedase. Por consiguiente,

 

doy muchas gracias a todos, nobles compañeros,

 

testigos de mi unión con la más paciente, la

 

más dulce y virtuosa de las esposas. Comed en

 

compañía de mi suegro, bebed a mi salud, y en lo

 

que a mí afecta, como es preciso que me vaya, adiós

 

a todos.

 

TRANIO.-Permitidnos suplicaros que os quedéis

 

hasta después de la comida.

 

PETRUCHIO.-Imposible.

 

GREMIO.-Dejadme que os lo suplique yo también.

 

PETRUCHIO.-Imposible digo.

 

CATALINA.-Yo uno mis ruegos a los suyos.

 

PETRUCHIO.-Me place en extremo.

 

CATALINA.-¿Os place en extremo quedaros?

 

PETRUCHIO.-Me place en extremo que me supliquéis

 

que me quede. Pero podríais hartaros de

 

suplicarme y no me quedaría.

 

CATALINA.-No obstante, si es que me amáis,

 

quedaos.

 

PETRUCHIO.-¡Grumio, los caballos!

 

GRUMIO.-Dispuestos están, mi amo. Y con la

 

tripa llena de avena.

 

CATALINA.-Pues bien, haced como os plazca.

 

En cuanto a mí, no partiré hoy, ¡no! Ni mañana. Ni

 

antes de que me dé la gana hacerlo. La puerta

 

abierta está, señor mío; el camino ahí le tenéis. Podéis

 

trotar hasta que vuestras botas no puedan ya

 

más. Pero yo no partiré más que cuando se me antoje

 

hacerlo. Un hombre que desde el primer momento

 

se muestra tan bruto y tan grosero, ¡de veras

 

que promete ser una alhaja de marido!

 

PETRUCHIO.-Ea, Lina querida no te enfades, te

 

lo ruego. Echa lejos de ti el mal humor.

 

CATALINA-¡Me da la gana enfadarme! ¿Qué

 

diablos tenéis que ir a hacer? En cuanto a vos, padre,

 

puedes estar tranquilo. Esperará hasta que a mí

 

se me antoje.

 

GREMIO.-(A Bautista.) Esto ya es otra cosa, caballero.

 

La cólera de Catalina empieza a producir su

 

efecto.

 

CATALINA.-Señores, ¡a la mesa todos! Ya veo

 

que se puede hacer de una mujer un espantajo si no

 

tiene el valor de resistir.

 

PETRUCHIO.-(Con violencia tremenda.) ¡Estos caballeros

 

irán a comer, Lina, puesto que se lo ordenas!

 

¡Obedeced a la recién casada, vosotros todos

 

los que habéis formado su cortejo! Id al banquete,

 

sí; divertios, haced francachela, brindad hasta hartaros

 

por su doncellez, alegraos, haced el loco, Y si

 

no, ¡que os ahorquen! En cuanto a mi Lina, mi hermosa

 

Catalina, ¡partirá conmigo! (La coge por la cintura

 

cual si la defendiese contra los otros,) Ea, lucero, no te hagas

 

la enfadada, no patalees ni te revuelvas; no eches

 

miradas furibundas ni hagas gestos de cólera. Yo

 

quiero ser dueño de lo que es mío. Mi mujer es mi

 

bien, mi todo, mi casa, mi mobiliario, mi campo, mi

 

granja, mi caballo , mi buey, mi asno: ¡cuanto quiero

 

y tengo! (Desenvaina la espada.) ¡Aquí la tenéis! Pero

 

¡ay de quien la toque! ¡Desafío a todo matachín de

 

Padua que se atreva a cerrarme el camino! Grumio,

 

¡desenvaina, que estamos rodeados de bandidos!

 

¡Ven a socorrer a tu señora si es que eres un hombre!

 

En cuanto a ti, mi Lina adorada, no temas nada,

 

que nadie se atreverá a tocarte. ¡Aquí estoy yo para

 

ser tu escudo incluso contra un millón de enemigos!

 

(Se la lleva de la plaza violentamente mientras Grumio hace

 

que protege su retirada.)

 

BAUTISTA.- ¡Dejad, dejad que se vayan enhorabuena!

 

¡Apacible pareja!

 

GREMIO.-Si no se van tan pronto, reviento de

 

risa.

 

TRANIO.-No creo que haya habido jamás matrimonio

 

de locos semejantes.

 

LUCENTIO.-(A Blanca.) Señora, ¿qué pensáis de

 

vuestra hermana?

 

BLANCA.-Que para una loca de atar siempre

 

hay un loco rematado.

 

GREMIO.-Creo, por mi fe, que Petruchio ha encontrado

 

una horma digna de su zapato.

 

BAUTISTA.-Amigos míos, vecinos: si el casado

 

y la casada no están para ocupar su puesto en la mesa,

 

sí habrá, en cambio, comida y bebida en abundancia.

 

Vamos, pues, Lucentio, vos ocuparéis el

 

puesto del marido, y Blanca, el de su hermana.

 

TRANIO.-¿Va la encantadora Blanca a aprender

 

cómo se hace de recién casada?

 

BAUTISTA.-Así es, Lucentio. Venid, señores,

 

vamos. (Entran a la casa.)

 

Continúa en La fierecilla domada obra completa - Parte 3 >>


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