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La fierecilla domada obra completa - Parte 3


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ACTO IV

 

 

ESCENA PRIMERA


Gran sala a la entrada de la casa de campo de Petruchio

(Entra GRUMIO todo cubierta de barro)

GRUMIO.-¡Mal haya! ¡Mal haya de todos los

jamelgos derrengados, de todos los amos locos y de

todos los malos caminos! ¿Ha habido jamás hombre

más zarandeado, más enlodado y más molido

que yo? Me ha echado por delante para que encienda

el fuego y llegan tras de mí para calentarse. De no

ser yo uno de esos pucheritos que al punto están

hirviendo, mis labios helados se pegarían a mis

dientes, mi lengua a mi paladar y mi corazón a mis

tripas antes de que tuviese fuego para deshelarme.

 

Pero me calentaré con sólo soplar lo que arda; un

hombre mayor que yo, con este tiempo, no habría

quien le librase de un resfriado. ¡A ver! ¡Hola!

¡ Curtis! (Entra Curtis.)

CURTIS.-¿Quién llama con voz que tirita?

GRUMIO.-Un pedazo de hielo. Si lo dudas, ensaya

y verás que puedes patinar de mis hombros a

mis talones sin otro impulso que el que tomes de mi

cabeza a mi cuello. ¡Lumbre, lumbre, mi querido

Curtis!

CURTIS-¿Es que el amo y su esposa llegan,

Grumio?

GRUMIO.-Sí, sí, Curtis; están al llegar, conque,

¡ fuego!, ¡fuego! Y no se te ocurra echar agua encima.

CURTIS.-Y dime: ¿la fiera tiene la cabeza tan caliente

como dicen?

GRUMIO.-La tenía, excelente Curtis, antes de

esta helada. Pero bien sabes que el invierno doma

todo: hombre, mujer y bestia. Este ha domado a mi

amo de siempre, a mi ama de ahora y hasta a mi

mismo, excelente Curtis.

CURTIS.-¿Qué estás diciendo ahí? ¿Es que crees

acaso que soy tonto, títere de tres pulgadas?

GRUMIO.-Prefiero no tener sino tres pulgadas a

llevar, como tú, cuernos de más de a pie. Además

 

¿es que quieres hacernos fuego, o será preciso que

me queje de ti a nuestra ama? Te aseguro que si tardas

tanto en preparar lo necesario para que se caliente,

ella te hará en menos tiempo sentir la caricia

de sus manos heladas.

CURTIS.-Ea, Grumio, hombre, dime, te lo ruego,

qué pasa por el mundo.

GRUMIO.-(Mientras Curtis enciende fuego.) Pasa que

se hiela. Pasa que el único oficio bueno es el de fogonero:

el tuyo. Por consiguiente, atiza. Haz tu deber

y hallarás recompensa. Mi amo y mi ama están

medio muertos de frío.

CURTIS.-Ya tienes el fuego encendido, conque

ahora, mi buen Grumio, vengan las noticias.

GRUMIO.-Tantas noticias cuantas quieras con

música de “¡Jacobo, muchacho!, ¡eh, muchacho!”.

CURTIS.-¡Siempre el mismo! En embarcar a los

demás no hay otro.

GRUMIO.-Pero como el agua está terriblemente

fría, ¡atiza el fuego de firme! Por cierto, ¿dónde está

el cocinero? ¿Está la sopa lista, la casa en condiciones,

el piso esterado y barridas las telas de araña?

¿Se han puesto los criados los trajes nuevos, las

medias blancas y cuantos hayan de servir el traje de

boda? Las marmitas, ¿están bien limpias por dentro

 

y los marmitones por fuera? ¿Tienen las mesas

manteles? ¿Está todo preparado?

CURTIS.-¡Todo! Por consiguiente, ¡habla, hombre!

GRUMIO.-Pues bien, ante todo, sabe que mi caballo

está rendido y que el amo y el ama se han caído...

CURTIS.-¿Qué se han caído?

GRUMIO.-...de sus sillas en medio del barro, y

aquí empieza la historia.

CURTIS.-Cuéntamela, mi excelente Grumio.

GRUMIO.-Aguza el oído.

CURTIS.-Alerto está.

GRUMIO.-(Dándole una bofetada.) Pues aquí la tienes.

CURTIS.-Esto es más sentir una historia que

oírla.

GRUMIO.-Es que te la quería hacer palpable.

Por supuesto, el soplamocos era tan sólo para advertir

tu oreja y hacerte escuchar mejor. Y ahora,

empiezo: primero hemos bajado por una cuesta malísima;

el amo a la grupa, detrás del ama...

CURTIS.-(Interrumpiendo a Grumio.) ¡ Diantre, los

dos sobre el mismo jamelgo!

GRUMIO.-¿Qué has dicho?

 

CURTIS.-He dicho: los dos sobre el mismo jamelgo.

GRUMIO.-Pues si lo sabes, sigue tú contando.

¿Ves?, de no haberme interrumpido hubieras sabido

cómo el caballo ha caído, y ella debajo, pero precisamente

encimita del cenagal. Luego, la clase de cenagal

que era; de qué modo se rebozó en el barro;

cómo el amo la dejó, caballo y todo sobre ella; y

cómo a mí me sacudió por haber tropezado el caballo

del ama. Luego lo que ella chapoteó en el barro

para venir a librarme de sus manos; de qué manera

él juraba, ¡y cuanto ella le suplicaba! Ella, que jamás

había suplicado antes. Y como yo chillaba de tal

modo, que los caballos salieron escapados. Cómo la

brida del ama se rompió. Cómo yo perdí mi grupera.

Y muchas otras cosas más dignas de memoria,

pero que morirán en el olvido, mientras tú, ignorante

de lo que ha pasado, bajarás a la tumba.

CURTIS.-A juzgar por lo que dices, está él más

rabioso que ella.

GRUMIO.-De ello no hay duda. Y esto, tanto tú

como el más majo de la casa lo descubriréis en

cuanto llegue. ¿Pero a qué tantas palabras? Llama a

Nataniel, a José, a Nicolás, a Felipe, a Walter Pilón

de Azúcar y a todos los demás. Y ¡mucho ojo! Que

 

estén bien peinados, las libreas azules bien cepilladas

y las ligas perfectamente atadas. Que hagan la

reverencia con la pierna izquierda, y que no se tomen

la libertad de tocar una crin de la cola del caballo

del amo sin previamente haberle enviado un

beso con la mano. ¿Están todos dispuestos?

CURTIS.-Lo están.

GRUMIO.-Llámales entonces.

CURTIS.-(A voces.) ¡A ver! ¿me oís? ¡Que cada

uno vaya al encuentro del amo, con objeto de hacer

buena cara al ama!

GRUMIO.-¿Cómo? Te advierto ella tiene ya su

cara.

CURTIS.-¿Quién podría ignorarlo?

GRUMIO.-Diríase que tu, puesto que les llamas

para que le hagan una buena.

CURTIS.-Lo que hago es invitarles a que le

presten sus respetos.

GRUMIO.-¿Pero es que tú crees que ella viene

aquí a que le presten algo? (Entran cuatro o cinco servidores,

que se agrupan en torno a Grumio.)

NATANIEL.-Bienvenido, Grumio.

FELIPE.-¿Qué tal, Grumio?

NICOLÁS.-¡Querido Grumio!

NATANIEL.-¿Cómo, te ha ido, muchacho?

 

GRUMIO.-Hola tú... Y tú, ¿cómo estás?... ¿Estás

tú aquí también... Adiós, compadre... y ya basta de

saludos. Y ahora, mis buenos mozos, ¿es que todo

está dispuesto? ¿Todo en orden?

NATANIEL.-Todo. ¿A qué distancia está el

amo?

GRUMIO.-A dos pasos. Ya debe incluso haberse

apeado del caballo. Luego basta de charla. Pero,

¡silencio, por el gallo de la Pasión, que ya le oigo!

(Entran Petruchio y Catalina, llenos de barro.)

PETRUCHIO.-¿Dónde, están ese hatajo de inútiles?

¿De modo que nadie a la puerta para tenerme

el estribo y para recoger al caballo? ¿Dónde está

Nataniel? ¿Dónde Gregorio? ¿Dónde Felipe?

LOS CRIADOS.-¡Aquí! ¡Aquí, señor! ¡Aquí!

PETRUCHIO.-¡Aquí! ¡Aquí, Señor! ¡Aquí! ¡Tarugos!

¡Asnos! ¡Unos grandes asnos!, he aquí lo que

sois. Aquí estáis, pero nadie se ha presentado para

servirnos. Nadie para saludarnos y desearnos la

bienvenida. ¿Dónde, está ese idiota, ese papanatas al

que he enviado por delante?

GRUMIO.-Aquí estoy, señor, tan idiota como de

costumbre.

PETRUCHIO.-¡Palurdo!, ¡rocín de cervecero!

¡hijo de zorra! ¿No te había dicho que salieses a esperarme

al parque en unión de esta cuadrilla de gaznápiros?

GRUMIO.-Señor, la librea de Nataniel no estaba

completamente acabada y los escarpines de Gabriel

estaban, por el contrario, perfectamente acabados

por los tacones. No había negro de humo para dar

una mano al sombrero de Pedro, y la daga de Gontrán

aún no se la había enviado el fabricante de vainas.

Es decir, ninguno estaba listo a excepción de

Adán, Raúl y Gregorio. Los demás estaban, por decirlo

así, hechos jirones. Más usados en sus trajes,

que mendigos. No obstante, tal cual estaban han venido

a vuestro encuentro.

PETRUCHIO.-¡Largo, bribones! ¡Id a buscar la

cena! (Los criados salen. Petruchio canta.)

¡Qué fue de la vida que yo llevaba!...

¿dónde están...?

(Fijándose en Catalina.) Pero siéntate y sé la bienvenida,

Lina... A comer, a comer, ¡a comer! (Entran

los criados trayendo la Cena.) ¿Qué? ¿Llega la cena, al

fin? Ea, mi buena, mi dulce Lina, anímate. Pero,

¿qué hacéis que no me quitáis las botas, canallas?

¡Vivos! (Canta.)

En otro tiempo, un fraile gris siempre que iba

de viaje...”

 

¡Detente animal, que me tuerces el pie! ... (Le pega.)

¡Toma! ¡Así tendrás más cuidado al sacar la

otra!... Alégrate, Lina... Pero, ¿no hay agua? (Entra un

criado trayéndola.) ¿Y dónde está Troilus, mi podenco?

En cuanto a ti, bribón, escapa de aquí y ve a rogar

a mi primo Fernando que venga. (El criado sale.)

Se trata de alguien, Lina al que será preciso que

abraces y al que quiero que conozcas. ¿Dónde están

mis zapatillas? Y esa agua, ¿llega o no llega? (Le presentan

la aljofaina por segunda vez.) Ven Lina, ven a lavarte,

y de todo corazón, sé la bien venida. (Empuja

al criado, que deja caer el agua.) ¡Idiota! ¡Hijo de perdida!

¡Ni que decir tiene que la has tirado toda! (Le pega.)

CATALINA.-Tened paciencia, os lo ruego. Lo

ha hecho sin querer.

PETRUCHIO.-¡Es un hijo de zorra!, ¡una cabeza

de leño!, ¡un orejas de asno! Ea, Lina, ven a sentarte,

que sé que tienes mucha hambre. ¿Quieres

decir el Pater Noster, mi querida Lina, o lo digo yo?

Pero, ¿qué es esto?, ¿carnero?

PRIMER CRIADO.-Sí, mi amo.

PETRUCHIO.-¿Quién le ha traído?

PRIMER CRIADO.-Yo.

 

PETRUCHIO.-¡Pero si está todo quemado!

¡Toda la carne está quemada! ¡Perros del demonio,

qué sois! ¿Dónde está ese maldito cocinero? ¿Cómo

habéis tenido la audacia de traer una carne semejante

y de servírmela en este estado, sabiendo de qué

modo la detesto así? ¡Quitadme de delante todo eso!

¡Platos, vasos, todo! (Les tira la cena a la cabeza.)

¡Idiotas! ¡Imbéciles! ¡Animales! ¡Malenseñados!

¿Cómo? ¿Y aún refunfuñáis? ¡Dentro de un instante

me las entenderé con vosotros! (Echa a todos de la sala

menos a Curtis.)

CATALINA.-Por favor, esposo, no os atormentéis

así. En cuanto a la carne, en su punto estaba,

podéis creerme.

PETRUCHIO.-Pues yo digo, Lina, que estaba

toda quemada; toda seca. Y la carne a tal punto asada

me está enteramente prohibida. No debo ni probarla.

Parece ser que produce bilis y que mueve a la

cólera. Vale, pues, más para nosotros dos que de

naturaleza somos ya un poco irritables, quedarnos

en ayunas, que comer una carne como ésta, demasiado

asada. Ten paciencia. Mañana irá la cosa mejor.

Ea, ven. Voy a conducirte a la cámara nupcial.

(Salen seguidos de Curtis. Los criados entran poco a poco.)

 

NATANIEL.-Pedro, ¿viste jamás cosa semejante?

PEDRO.-La está domando a fuerza de imitar su

carácter. (Curtis vuelve.)

GRUMIO.-¿Dónde está?

CURTIS.-En el cuarto de su mujer, pronunciando

un gran discurso sobre la continencia. Maldice,

jura truena de tal modo que la pobre criatura no sabe

ya qué hacer, adónde mirar ni qué decir. Ha acabado

por sentarse y está como alguien que acaba de

despertar de un sueño. (Entra Petruchio.)

PETRUCHIO.-Creo que he comenzado mi reinado

como hábil político y espero llevar mi empresa

a un buen fin. Por lo pronto, mi halcón está hambriento

y con el estómago una patena. Hasta que no

esté bien amaestrada será preciso que no se vea

harta; de otro modo, no habría medio de que acudiese

al señuelo. Y aun conozco otro medio de domar

a mi ave de presa; de hacerla que aprenda a

conocer mi voz y acuda a mi mano: que es impedirla

que duerma; como se hace con los milanos que

agitan las alas y no quieren obedecer. Nada ha comido

hoy y nada comerá mañana aún. La noche última

no durmió y ésta no dormirá tampoco. Del

mismo modo que con la cena, ya encontraré una

 

estratagema cualquiera, por ejemplo sobre el modo

como han hecho la cama, y hallada, todo irá por los

aires; aquí la almohada; allá, el almohadón; las

mantas, por un lado; las sábanas, por otro. Y, naturalmente,

en medio del escándalo no dejaré de jurar

y de repetir que cuanto hago es por ella; en atención

y solicitud hacia ella. En una palabra, velará toda la

noche, pues en cuanto incline la cabeza me pondré a

jurar y a maldecir como un condenado, y con voces

no habrá medio de que pegue los ojos. ¡He aquí

cómo agobia a una mujer a fuerza de la bondad! Si

alguien conoce un medio mejor para domar a una

fiera, que hable; haría una verdadera caridad indicándomelo.

 

ESCENA II

Padua. Una plaza. Ante la casa de Bautista

(LUCENTIO [como Cambio] y BLANCA, sentados

en un banco, leen un libro; ´TRANIO [en Lucentio siempre]

y HORTENSIO salen de una casa situada al otro lado de

la plaza)

TRANIO.-¿Sería posible, amigo Licio, que la señora

Blanca se interesase por otro hombre que por

mí, Lucentio? Os aseguro que no puede estar conmigo

más amable.

HORTENSIO.-Pues para que os convenzáis de

lo que os he dicho, no tenéis sino observar, sin que

os vean, cómo le da su lección.

LUCENTIO.-Y bien, señora ¿sacáis provecho

de vuestras lecturas?

BLANCA.-Y vos, maestro, ¿cuales son las vuestras?

Responded primero a esto.

LUCENTIO.-Yo leo lo que profeso: El arte de

amar.

BLANCA.- ¡Ojalá lleguéis a ser un maestro en

vuestro arte!

 

LUCENTIO.-Lo seré mientras vos, amor mío,

séais la dueña de mi corazón. (Se levantan, se besan y

salen embelesados.)

HORTENSIO-Sus progresos, ¡pardiez!, no

pueden ser más rápidos. Conque, ¿qué decís ahora?

Hacedme el favor de responder, pues hace un momento

os atrevíais a jurar que vuestra señora, Blanca

no amaba en el mundo a, nadie tanto como a Lucentio.

TRANIO.-¡Oh engañador amor! ¡Oh inconstancia

de las mujeres! Es coma para no creerlo, Licio, te

lo aseguro.

HORTENSIO.-Pues bien, cese la equivocación

en lo que a mí afecta; yo no me llamo Licio, ni soy

un músico, como aparento, sino un hombre harto

de cubrirse con esta apariencia y de fingir por una

mujer capaz de dejar plantado a un hidalgo para hacer

su dios de semejante majadero. Sabed, caballero,

que yo me llamo Hortensio.

TRANIO.-Señor Hortensio, con frecuencia he

oído hablar de vuestro profundo afecto hacia Blanca;

y puesto que mis ojos son testigos de su ligereza,

quiero, al mismo tiempo que vos, si me lo permitís,

abjurar para siempre de ella y de su amor.

 

HORTENSIO.-¡Ya habéis visto cómo se besan

y se acarician! Señor Lucentio, he aquí mi mano.

Desde este momento me comprometo formalmente

a no hacerle más la corte y a renegar de ella como de

criatura indigna de los homenajes con que hasta

ahora la he halagado tan locamente.

TRANIO.-Y yo, asimismo, hago juramento sincero

de no desposarla jamás; incluso si me lo suplicase.

¡Se acabó para mí esta mujer! ¡Ved, ved aún

los repugnantes cariños que le hace!

HORTENSIO.- ¡Merecería que el mundo entero,

menos él, renegase de ella! En cuanto a mí, con

objeto de estar aún más seguro de cumplir lo que

prometo, voy a casarme antes de tres días con una

viuda rica que no ha dejado de adorarme mientras

yo amaba a esta desdeñosa y vanidosa faisana. Pos

consiguiente, adiós, señor Lucentio. En adelante no

serán los lindos rostros de las mujeres, sino la bondad

de su corazón, lo que conseguirá mi amor. Me

despido de vos resuelto a cumplir lo que acabo de

jurar. (Salen. Tranio va en busca de los enamorados, que

vuelven a su vez.)

TRANIO.-¡Que el cielo os conceda, señora

Blanca, todos los favores patrimonio de los amantes

felices! Debo deciros que, habiendo sorprendido

 

vuestras caricias, tanto Hortensio como yo, hemos

renunciado a vos.

BLANCA.-¿No hablas en broma, Tranio? ¿Habéis

renunciado, en verdad, a mí?

TRANIO.-Así es, señora.

LUCENTIO.-Henos, pues, desembarazados de

Licio.

TRANIO.-Ha partido en busca de una buena

moza, viuda por más señas, que se dejará seducir y

desposar en un día.

BLANCA.-¡Buen provecho les haga!

TRANIO.-Y, además, él pronto la habrá domado.

BLANCA.-Al menos lo dirá, Tranio.

TRANIO.-Seguro, pues ha partido en dirección a

la escuela donde se aprende a domar a las mujeres.

BLANCA.-¿La escuela donde se aprende a domar

a las mujeres?, pero, ¿existe tal escuela?

TRANIO.-Por supuesto, señora. Y en ella, Petruchio

es el maestro. El enseña los procedimientos,

que caen como un treinta y un uno, para domar a las

mujeres ariscas, y para hacer dormir su lengua

cuando es demasiado violenta. (Entra Biondello, corriendo.)

 

BIONDELLO.-¡Amo, amo! A fuerza de estar a

la espera, como un perro, estoy derrengado. Mas,

por fortuna, he acabado por divisar a un viejo, a un

buen ángel, que bajaba por la colina, y que creo nos

servirá perfectamente.

TRANIO.-¿Qué clase de hombre es, Biondello?

BIONDELLO.- O un “mercadero” o un pedagogo,

no lo sé. Pero la compostura de su traje y la

gravedad de su rostro y de su aspecto, le dan enteramente

el aire de un buen padre.

LUCENTIO.-¿Y qué quieres hacer con él, Tranio?

TRANIO.-De ser crédulo y de dar fe a lo que

voy a contarle, conseguiré que acepte con solicitud y

diligencia el papel de Vincentio, con objeto de que

garantice a Bautista Minola lo que haría el verdadero

Vincentio. Conque llevaos a vuestra amada y dejadme

solo. (Lucentio y Blanca entran en la casa y el Pedagogo

aparece.)

EL PEDAGOGO.-¡Dios os guarde, caballero!

TRANIO.-Y a vos también, señor mío, sed bien

venido. ¿Estáis de paso aquí, tan solo, o habéis llegado

al término de vuestro viaje?

EL PEDAGOGO.-Voy a estar aquí durante una

semana o dos. Luego volveré a partir e iré hasta

 

Roma. Y de Roma, a Trípoli. Si Dios me concede

vida.

TRANIO.-¿De dónde sois, señor?

EL PEDAGOGO.-De Mantua.

TRANIO.-¿De Mantua? ¡Santo cielo! ¿Y venís a

Padua sin temor vuestra vida?

EL PEDAGOGO.-¿Sin temor por mi vida, decís?

¿Y por qué habría temer? Decídmelo, os lo ruego.

TRANIO.-Pero, ¿no sabéis que es la muerte, para

todo habitante de Mantua, el venir a Padua? ¿E

ignoráis acaso el por qué? En Venecia han confiscado

vuestras naves, y nuestro Duque, a consecuencia

de una querella privada con el vuestro, ha hecho

proclamar por todas partes un edicto anunciando

esta pena. Claro que, como acabáis de llegar, lo ignoráis

aún; de otro modo, extraordinario sería que

no hubieseis oído hablar ello.

EL PEDAGOGO.-Pues caballero, la cosa es

tanto más peligrosa para mí cuanto que soy portador

de letras de cambio establecidas en Florencia, y

que debía presentar al cobro aquí.

TRANIO.-En efecto. Mas con objeto de ayudaros

y por pura cortesía, he aquí lo que estoy dispuesto

a hacer y lo que os aconsejo. Pero ante todo,

decidme: ¿habéis ido alguna vez a Pisa?

EL PEDAGOGO.-Sí, he ido con frecuencia a

Pisa, ciudad afamada a causa de la seriedad de sus

ciudadanos.

TRANIO.-Y entre ellos, ¿conocéis a uno llamado

Vincentio?

EL PEDAGOGO.-Conocerle no le conozco,

pero sí he oído hablar de él. Es un mercader inmensamente

rico.

TRANIO.-Pues es mi padre, señor. Y, en verdad,

que hasta os parecéis un poco a él.

BIONDELLO.(Aparte.)-Exactamente como una

manzana a una ostra. Se equivocaría uno.

TRANIO.-Pues bien, con objeto de salvaros la

vida, pues vuestro caso es muy grave, he aquí el servicio

que estoy dispuesto a prestaros, y que os hará

ver que no es poca suerte para vos el pareceros a

Vincentio; vais a tomar aquí su nombre y a haceros

pasar por él. Por supuesto, seréis alojado en mi casa

y como corresponde a un amigo. Por vuestra parte,

cuanto habréis de hacer consistirá en representar

vuestro papel como es debido. ¿Me comprendéis?

Por consiguiente, permaneceréis en mi casa hasta

que hayáis terminado vuestros quehaceres en esta

 

ciudad. Si este ofrecimiento, señor, os place, no tenéis

sino aceptarle.

EL PEDAGOGO.-¡Pues no lo he de aceptar,

caballero! Y siempre os consideraré como el protector

de mi vida y de mi libertad.

TRANIO.-En este caso, venid conmigo, que vamos

a disponer todo como es debido. ¡Ay!, y a propósito;

es preciso que os diga que precisamente

espero todos los días a mi padre para que asegure

los derechos de viudedad a la hija de un tal Bautista,

con la cual debo casarme. Pero ya os pondré al corriente

de todos los detalles. Venid conmigo, señor,

con objeto de que os vistáis cual conviene a vuestra

actual categoría. (Salen.)

ESCENA III

Una gran sala en casa de Petruchio

(Entran CATALINA y GRUMIO)

GRUMIO.-No, no; de veras que no; por nada

del mundo me atrevería.

CATALINA.-Cuanto más sufro, más encolerizado

está él. Además, ¿es que se ha casado conmigo

 

para matarme de hambre? Los mendigos que llegan

a la puerta de mi padre no tienen sino pedir y al

momento reciben la limosna que imploran. Y si se

les negase allí, en otra parte hallarían caridad. Pero

yo, que jamás aprendí a implorar, que jamás tuve

necesidad de implorar, privada me veo de alimento

y la cabeza se me va por falta de sueño. Despierta

me tiene a fuerza de juramentos y maldiciones, y

sólo con escándalos me alimenta. Y lo que aún me

desespera más que todas las privaciones, es ver que

todo lo hace con el pretexto de un amor perfecto; es

decir, cual si comiendo y durmiendo fuese a sobrevenirme

una enfermedad mortal o una muerte súbita.

Por lo tanto, te lo ruego una vez más; ve a

buscarme algo de comer. No importa el qué, con tal

de que sea un alimento sano.

GRUMIO.-¿Qué os parecería un pie de ternera?

CATALINA.-¡Pero un pie de ternera es delicioso!

¡Tráemelo al punto!

GRUMIO.-Ahora me pregunto si no sería un

manjar demasiado fuerte. ¿Qué os parecerían, si no,

unos callos bien preparados?

CATALINA.-¡Oh los callos! ¡Loca me vuelven!

¡ Corre a por ellos, mi buen Grumio!

 

GRUMIO.-¿Qué hacer? ¿Y si os resultan irritantes?

¿No sería tal vez mejor un buen pedazo de

vaca con su poquito de mostaza?

CATALINA.-¡Es uno de mis platos preferidos!

GRUMIO.-Sí, pero he hablado de mostaza y la

mostaza es, seguramente, condimento demasiado

fuerte.

CATALINA.-Pues bien, tráeme la carne y vaya al

diablo la mostaza.

GRUMIO.-No. Eso de ningún modo. Grumio

os traerá, señora, la vaca con su buena mostaza, o

nada.

CATALINA.-Bueno; bien; sí; las dos cosas. O

una sin la otra. O lo que tú quieras.

GRUMIO.-Tal vez entonces la mostaza sin la

carne?

CATALINA.-(Pegándole.) ¡Vete de aquí, insolente,

que te burlas de mí, y como todo alimento no haces

sino enumerarme los platos! ¡Ay de ti y de toda la

miserable banda que de tal modo abusa de mi desgracia!

¡vete! ¿No te digo que te vayas? (Entran Petruchio

y Hortensio trayendo platos con comida.)

PETRUCHIO.-¿Cómo está mi dulce Linita? Pero,

¿qué tienes, amor mío? ¿Qué carita es ésa de cadáver?

 

HORTENSIO.-¿Cómo estáis, señora?

CATALINA.-Si he de decir la verdad, tan mal

como es posible estar.

PETRUCHIO.-No, querida. ¡Arriba el ánimo!

Mírame con alegría. Ea, bien mío, mira cómo me he

ocupado de ti con toda presteza. Yo mismo he preparado

tu desayuno y aquí te lo traigo. (Ponen los platos

sobre la mesa.) Y esta atención, Lina, bien creo que

merece unas “gracias” afectuosas... ¿No? ¿Ni siquiera

una palabra?. Entonces es que no te gusta lo que

te traigo y que toda mi diligencia ha sido por nada,

¡A ver!, ¡llevaos este plato!

CATALINA. - ¡No! Dejadle. Os lo ruego.

PETRUCHIO.-El servicio más modesto suele

ser recompensado con un “gracias”. Tú recompensarás,

pues, el mío, antes de tocar este plato.

CATALINA.-Muchas gracias, señor. (Se sienta a la

mesa. Petruchio permanece de pie.)

HORTENSIO.-(Sentándose frente a Catalina.) ¿No

te sientas tú? Haces mal. Pues comamos nosotros,

señora. Yo os acompañaré.

PETRUCHIO.-(Por lo bajo a Hortensio).- Hortensio,

si me quieres hacer un favor, ¡cómetelo todo!

(A Catalina, en voz alta.) Que te haga muy buen provecho

lo que vas a comer, corazón mío. Y date prisa

 

te lo ruego, Lina mía, porque inmediatamente, mi

dulce compañera querida, volveremos a casa de tu

padre, adonde quiero que te presentes con trajes tan

ricos como los de las más ricas damas. Trajes, abrigos,

sombreros, sortijas de oro, gorgueras, puños de

encaje verdugados y mil otras cosas bellas, sin olvidar

los chales, los abanicos y las joyas a profusión,

tales que brazaletes de ámbar, collares de todo eso

que tanto os agrada a las mujeres. (Grumio arrambla

con los platos.) ¡Ah! ¿Has acabado ya de desayunar?

Pues muy bien. El sastre sólo espera que te plazca

recibirle para adornar tu graciosa persona con los

más suaves y acariciadores atavíos. (Entra un sastre,

llevando un traje al brazo.) Adelante, sastre, y veamos

ese traje. Muestra tu maravilla. (Entra un mercero con

una caja.) Y tú mercero, ¿qué te trae?

EL MERCERO.-Traigo, vedla aquí, la toca que

Vuestra Señoría me ha encargado.

PETRUCHIO.-¿Llamas a esto una toca? ¿Las

has modelado, acaso con una escudilla? ¿Toca dices?

¡Esto lo que es, es un orinal de terciopelo!

¡Quítamelo de delante! Es no solamente fea, sino

repugnante ¡Llamar toca a una especie de vaina!, ¡a

una cáscara de nuez!, ¡a una baratija! ¡a un perendengue!,

¡a un juguete!, ¡a un gorrillo de muñeca! ¡Al

diablo tu toca! Yo quiero algo más grande.

CATALINA.-Pues yo no quiero una cosa más

grande. Esta toca está a la moda. Las damas de buen

tono llevan tocas como ésta.

PETRUCHIO.-¡Cuando dulcifiques el tuyo tendrás

una; no antes!

HORTENSIO.-(Aparte.) Pues ya escampa.

CATALINA.-¿Cómo? ¿Es que yo no tengo derecho

a opinar? Pues sabed que diré aquello que deba

decir, porque yo no soy ni una niña ni un

muñeco. Gentes de más campanillas que vos tuvieron

que soportar que dijese lo que pensaba; de modo

que si vos no podéis soportarlo no tenéis sino

taparos los oídos. Porque preciso es que mi lengua

exprese la indignación que llena ya mi corazón, o

que éste estalle a fuerza de cólera. Y antes de que tal

ocurra, quiero ser libre, absolutamente libre de hablar

como me plazca.

PETRUCHIO.-Pardiez, dices mucha verdad.

Esta toca es lastimosa. Es fruslería. Una corteza de

pastel. Algo como de confitería montado sobre seda.

Te amo aún más viendo que no te gusta.

 

CATALINA.-Me améis o no me améis, a mí me

gusta la toca. Y quiero ésa o ninguna. (Grumio hace

salir al mercero.)

PETRUCHIO.-¿Tu vestido dices? ¡Ah, sí!, es

verdad. Acércate, sastre. Muestra lo que traes. (El

sastre obedece.) ¡Bondad divina de bondad divina! ¡Pero

es un traje de carnaval! ¿Esto qué es?, ¿una manga?

¡Pero si parece un cañón!, ¡una bombarda! Y...

¡qué veo, además! ¿Cortado de arriba abajo como

una tarta de manzanas? ¡Más cortes, cortaduras y

picados: tajado agujereado, como el calentador de la

peluquería de un barbero! ¿Qué diablo de nombre

de demonio das tú a esto, sastre?

HORTENSIO.-(A parte.) Que me cuelguen si no

se queda sin toca ni vestido.

SASTRE.-Me habéis encargado, señor, que le hiciera

elegante, bonito, a la última moda.

PETRUCHIO.-¡Naturalmente! Pero lo que no te

he dicho es que degollases la moda. ¡Largo! Fuera

de aquí. A tu casa por calles y arroyos, lo más

pronto posible, y sin esperanza de que yo sea tu parroquiano.

En cuanto al traje. ¡Ni verle quiero!

Quítate de mi vista. Haz con él lo que te plazca.

CATALINA.-Pues yo no he visto nunca un vestido

mejor cortado, más elegante, más bonito y más

 

como es debido. Diríase que os empeñáis en tratarme

como a un pelele.

SASTRE.-Ya lo oís, señor. Bien claro dice que

vuestra señoría quiere tratarla como a un pelele.

PETRUCHIO.-¡Será atrevido el afilado bellaco.

¡Mientes, hembra humana!, ¡hilo!, ¡hebra!, ¡dedal,

¡vara de medir!, ¡tres cuartos de vara!, ¡media vara

tan sólo!, ¡cuarto apenas! ¡Mientes; clavo, pulga,

piojo, grillo de invierno! ¡Largo de aquí! ¡Pues no

viene este estropajo a enfrentarse conmigo en mi

propia casa! ¡Fuera, trapo sucio, pedazo, cacho, trozo

de hombre, aborto humano! ¡Fuera o te mediré

de tal modo con tu propia vara que te acordarás toda

su vida de lo que te costó hablar delante de mí!

Yo te digo y te repito que has estropeado el vestido.

SASTRE.-Vuestra Señoría se equivoca. El traje

ha sido hecho exactamente como mi maestro había

recibido orden de hacerlo. Grumio puede decirlo,

que fue quien vino a encargarle.

GRUMIO.-Yo no encargué nada. Cuanto hice

fue dejar la tela.

SASTRE.-¿Y cómo dijiste que el vestido fuese

hecho?

GRUMIO.-¡Pardiez!, con hilos y agujas.

 

SASTRE.-Pero, ¿no encargaste que estuviese

bien acuchillado?

GRUMIO.-Lo que seguramente ya habíais hecho

más de una vez.

SASTRE.-Naturalmente. ¿Y qué?

GRUMIO.-Que no me acuchilles a mí, que yo no

soy un vestido. Y si asimismo estás acostumbrado a

vestir, no por ello debes vestirme a mí ahora con

ropa que no merezco. Yo no quiero ni que me acuchillen

ni que me vistan. Y repito que dije a tu

maestro que cortase el vestido, pero que no le cortase

en mil pedazos. Ergo, mientes.

SASTRE.-¿Sí? Pues en prueba de lo contrario, he

aquí la nota de encargo.

PETRUCHIO.-Lee.

GRUMIO.-Si dice que yo he dicho tal cosa,

mentirá la nota.

SASTRE.-(Leyendo.) Primero: un vestido con corpiño

perdido.

GRUMIO.-(A Petruchio.) Mi amo; si yo he dicho

jamás eso de vestido con corpiño perdido, que me

cosan dentro de la falda y que me golpeen a muerte

con un ovillo de hilo oscuro. Yo dije, tan sólo: un

vestido.

PETRUCHIO.-(Al sastre.) Continúa.

 

SASTRE.-(Leyendo.) Con un cuello pequeñito, redondeado.

GRUMIO.-Cierto. Pongo el cuello por lo del

cuello.

SASTRE.-(Leyendo siempre.) Con una manga de

jamón.

GRUMIO.-Confieso que dije no una sino dos.

SASTRE.-Las mangas delicadamente recortadas.

PETRUCHIO.-Y en ello está precisamente lo

abominable.

GRUMIO.-Error en la lista, señor; error en la

lista. Lo que yo encargué fue que las mangas fuesen

cortadas primero, y luego cosidas. Y esto, sastre,

dispuesto estoy a probártelo pese a que tengas el

meñique armado con un dedal.

SASTRE.-Lo que yo digo es la verdad, y si estuviésemos

en otra parte no tardarías en saberlo.

GRUMIO.-Estoy a tu disposición desde ahora

mismo. Coge como arma tu lista, dame la vara y no

me tengas compasión.

HORTENSIO.- ¡Dios me perdone, Grumio!, pero

con las armas no le das ventaja.

PETRUCHIO.-En una palabra, sastre, este vestido

no es para mí.

GRUMIO.-Tenéis razón, señor; es para el ama.

 

PETRUCHIO.-Por consiguiente, llévatele y que

tu maestro haga con él el uso que quiera.

GRUMIO.-Lo que es eso, no, ¡bribón! ¡Por nada

del mundo! Usar tu maestro un traje de mi señor

¡jamás!

PETRUCHIO.-¿Qué dices ahí?, ¿qué broma es

ésa?

GRUMIO.-Nada de broma, señor; se trata de

una cosa muy seria. ¿Usar su maestro un traje de mi

ama? ¡Ah, no!

PETRUCHIO.-(En voz baja a Hortensio.) Hortensio,

ocúpate de que paguen al sastre. (Al sastre.) Lo

dicho. ¡Largo!, llévate eso, y ni una palabra más.

HORTENSIO.-(En voz baja al sastre.) Yo te pagaré

mañana el vestido. Que no te enfaden sus modales

algo bruscos. Vete sin cuidado y mil

felicitaciones a tu maestro. (Sale sastre.)

PETRUCHIO.-Ea, vamos, mi querida Lina. Iremos

a casa de tu padre con los sencillos y modestos

adornos que tenemos. Si nuestros vestidos son humildes,

nuestra bolsa, en cambio, estará repleta. Lo

que hace, en definitiva, rico al cuerpo, es el alma.

Del mismo modo que el sol atraviesa las nubes más

sombrías, así el honor muéstrase a través de los más

pobres atavíos. Porque, ¿es que el arrendajo sería

 

más precioso que la alondra tan sólo por tener las

plumas más bellas, y la víbora valdría más que la anguila

por ser los colores de su piel más gratos a los

ojos? ¡En modo alguno, mi excelente Lina! Asimismo,

tú no eres menos hermosa con tu modesto atavío

y tu humilde compostura. Y si ello te hace

enrojecer, ¡caiga sobre mí la vergüenza! Por consiguiente,

alégrate a partir de este instante, con objeto

de poder banquetear y festejar, como es debido, en

casa de tu padre. (A Grumio.) Avisa a mi gente, pues

partimos en seguida. Lleva los caballos al extremo

del camino grande. Allí montaremos tras dar un

buen paseo a pie. Vamos a ver, me parece que son

aproximadamente las siete, de modo que podemos

estar allá, perfectamente, para la hora del almuerzo.

CATALINA.-Yo me atrevo a aseguraros, señor,

que son cerca de las dos. Luego, lo que haremos será

llegar para la cena.

PETRUCHIO.-Las siete serán antes de que yo

monte a caballo. Es curioso que diga lo que diga,

haga lo que haga o piense lo que piense, siempre has

de salir al paso para contrariarme. (A los criados.)

Dejadnos. Ya no partiré hoy. Y cuando lo haga será

a la hora que me plazca decir.

 

HORTENSIO-He aquí, ¡por Cristo!, un barbián

capaz de darle órdenes al sol. (Salen.)

ESCENA IV

En Padua, delante de la casa de Bautista

(Entran TRANIO [haciendo siempre de Lucentio) y el

PEDAGOGO, vestido cual si fuese Vincentio, y con botas

de viaje cual si acabase de llegar)

TRANIO.-He aquí la casa, señor. ¿Os agradaría

que llamase?

EL PEDAGOGO.-Ciertamente. ¿Por qué no? Si

mucho no me engaño, el señor Bautista recordará,

tal vez haberme visto hace unos veinte años, en Génova,

donde estábamos alojados en la posada del

Pegaso.

TRANIO.-¡Magnífico! Ocurra lo que ocurra,

comportaos siempre con la gravedad propia de mi

padre.

EL PEDAGOGO.-Estad seguro de ello. (Llega

Biondello.) Pero he aquí vuestro lacayo. Creo que sería

conveniente ponerle al tanto de la cosa.

 

TRANIO.-No os preocupéis por él. ¡Biondello!...,

atención, que el momento ha llegado de que

cumplas como es debido tu deber. No olvides que

este señor es el propio Vincentio.

BIONDELLO.- ¡Bah!, podéis estar tranquilos.

TRANIO.-¿Has llevado mi mensaje a Bautista.

BIONDELLO.-Sí. Le he dicho que vuestro padre

estaba en Venecia, y que esperabais que hoy

mismo llegaría a Padua.

TRANIO.-¡Bien! Eres un muchacho astuto.

(Dándole dinero.) Toma, para que eches un trago. (La

puerta se abre y sale por ella Bautista, seguido de Lucentio

haciendo siempre de Cambio.) He aquí a Bautista. Disponeos

a manifestaros como es debido. Señor Bautista,

nos encontramos oportunamente. (Al Pedagogo.)

Señor, he aquí al hidalgo del que os he hablado. De

nuevo os ruego, pues que, como siempre, seáis un

buen padre, y hagáis que Blanca sea mía, contra mi

patrimonio.

EL PEDAGOGO.-¡Calma, hijo mío, (A Bautista.)

Caballero, permitidme que os diga que, habiendo

venido a Padua a cobrar ciertas deudas, mi hijo Lucentio

me ha puesto al corriente de un importante

asunto de amor, entre vuestra hija y él. Y teniendo

en cuenta lo mucho bueno que de vos he oído decir,

 

y el gran amor que mi hijo siente hacia vuestra hija,

al que, por lo visto, ella corresponde, decidido a no

hacerle esperar demasiado tiempo, concedo, como

es lógico que haga un buen padre, mi consentimiento

a este matrimonio. Por consiguiente, si tal

unión no os es tampoco desagradable, me hallaréis,

una vez que nos hayamos puesto de acuerdo sobre

ciertos extremos, enteramente dispuesto a consentir

su matrimonio. Habiendo oído tanto bien de vos,

señor Bautista, incapaz sería de suscitar dificultades.

BAUTISTA.-Señor, dignaos excusar lo que voy a

deciros. Vuestra franqueza y recta manera de expresar

vuestros pensamientos, me agrada mucho.

Cierto es que vuestro hijo, aquí presente, ama a mi

hija, y que ella le corresponde; a menos que ambos

fingiesen admirablemente sus verdaderos sentimientos.

Por consiguiente, prometedme con sinceridad

lo siguiente: que obraréis respecto a él como

un buen padre, y que a mi hija la aseguraréis una

viudedad eficiente. Esto dicho, convenido está el

matrimonio. Vuestro hijo tendrá a mi hija con mi

pleno consentimiento.

TRANIO.-Mil gracias os doy, señor. ¿Dónde

creerá que será mas conveniente que nos prometamos

y que el contrato matrimonial sea establecido,

 

de acuerdo con lo más conveniente para ambas

partes?

BAUTISTA.-En mi casa, no, Lucentio, pues ya

sabéis lo de que las paredes oyen; y no son servidores

lo que me falta. Sin contar que el viejo Gremio

está siempre a la escucha, y fácilmente pudiéramos

ser interrumpidos.

TRANIO.-Entonces, si no os parece mal, pudiera

ser donde yo habito. Allí, conmigo, se aloja mi

padre. De modo que esta tarde misma arreglaremos

privadamente el asunto. Advertídselo a vuestra hija

mediante este servidor que os acompaña (hace un gesto

a Lucentio), y el mío irá al instante en busca del notario.

El único inconveniente es que, cogidos así, de

improviso estáis expuestos a cenar pobremente.

BAUTISTA.-Ello mismo me complace. (A Lucentio.)

Cambio, entra en casa y di a Blanca que se

arregle y prepare. Dile lo que ocurre, te lo ruego. Es

decir, que el padre de Lucentio ha llegado a Padua y

añade que, sin duda, está destinada a ser la mujer de

su hijo. (Lucentio se aparta, pero a una señal de Tranio,

queda oculto)

BIONDELLO.-¡Que tal ocurra a los dioses de

todo corazón!

 

TRANIO.-Deja a los dioses tranquilos, ¡escapa!

(Biondello sale.) Señor Bautista, ¿me permitís que abra

la marcha? Seréis el bien venido, pero como cena no

hallaréis sino lo de costumbre. En Pisa será otra cosa.

Vamos.

BAUTISTA-Os Sigo. (Salen Bautista, Tranio y el

Pedagogo. Lucentio y Biondello entran de nuevo.)

BIONDELLO.-¡Cambio!

LUCENTIO.-¿Qué, Biondello?

BIONDELLO.-¿Habéis visto a mi amo guiñaros

el ojo y sonreír mirándoos?

LUCENTIO.-Sí, pero, ¿qué quieres decir?

BIONDELLO.-Nada, sino que me ha encargado

me quede aquí para explicaros el sentido y moralidad

de sus gestos y guiños.

LUCENTIO.-¿O sea? Venga la moral.

BIONDELLO.-Hela aquí, señor: el señor Bautista

está en lugar seguro, hablando con un padre

postizo y un hijo imaginario.

LUCENTIO.-Bien, ¿y qué?

BIONDELLO.-Vos debéis conducir su hija a la

cena.

LUCENTIO.-¿Qué más?

BIONDELLO.-Que el viejo cura de iglesia de

San Lucas está a vuestra disposición a todas horas.

 

LUCENTIO.-¿Consecuencia de todo ello?

BIONDELLO.-¡Qué sé yo! A no ser que mientras

ellos están ocupados en hacer un contrato falso,

bien podríais vos redactar uno verdadero con toda

clase de derechos y privilegios, y tras ello ir a la iglesia.

Un cura, un empleado de notaría y algunos testigos

honrados, completarían lo que faltase. Si no es

ésta la ocasión que esperabais, no me queda sino

callarme. Claro que no sin aconsejaros que digáis

adiós a Blanca para siempre. (Hace ademán como para

retirarse.)

LUCENTIO.- ¡Espera! Escúchame, Biondello.

BIONDELLO.-No Puedo esperar más tiempo.

He conocido una muchacha a la que le bastó una

tarde para casarse. Es decir, aprovechando el ir a su

huerta a coger perejil para preparar un conejo. Haced

como ella, señor. Tras lo cual ¡adiós mí amo! El

otro me ha ordenado que vaya a la iglesia de San

Lucas con objeto de decir al cura que esté dispuesto

para el momento en que lleguéis con vuestra mitad.

(Sale.)

LUCENTIO.-Entendido y de acuerdo... si Blanca

consiente. Que consentirá. ¿Podría dudarlo? Suceda

lo que suceda le propondré la cosa sin tapujos;

 

y mal tendría que irle a Cambio para volver sin ella.

(Sale.)

ESCENA V

En el camino de Padua

(PETRUCHIO, CATALINA, HORTENSIO y varios

criados, descansan al borde de la ruta.)

PETRUCHIO.- (Levantándose.) ¡En marcha, en

nombre de Dios! En marcha hacia la casa de nuestro

padre. ¡ Señor de bondad, con qué claridad

magnífica resplandece la luna!

CATALINA.-¿La luna, decís? Querréis decir el

sol. ¿Dónde está la luna ahora?

PETRUCHIO.-Yo digo que lo que brilla en el

cielo es la luna.

CATALINA.-Y yo que esta luz es la luz del sol.

PETRUCHIO.-¿Cómo? ¡Por el hijo de mi madre!

¡Es decir, por mí mismo, que ha de ser la luna,

una estrella o lo que me dé la gana! De lo contrario,

no seguiré marchando hacia la casa de tu padre!

¡Atrás los caballos! ¡Cuidado que siempre ha de

 

contradecirme! ¡Siempre lo contrario! ¡Eternamente

opuesta a cuanto digo!

HORTENSIO.-(En baja a Catalina.) Decid como

él o no llegaremos jamás.

CATALINA.-Continuemos, os lo ruego, ya que

hemos venido hasta aquí. Y que sea luna, sol o lo

que gustéis. Y si os place que lo que nos alumbra sea

un cabo de vela, os juro que, en adelante, un cabo

de vela será para mí.

PETRUCHIO.-Yo digo que es la luna y basta.

CATALINA.-Pues bien, la luna; seguro.

PETRUCHIO.-¿Por qué mientes? ¡Es el bendito

sol!

CATALINA.-Sea entonces Dios bendito también.

¡El bendito sol es! Y dejará de serlo si decís

que no lo es. Como la luna cambiará a medida que

se os antoje. Nombre que deis a las cosas, tal será su

nombre verdadero. Y lo será siempre. Al menos para

Catalina.

HORTENSIO.-Petruchio sigue tu camino. Todo

el campo es tuyo ya.

PETRUCHIO.- ¡Adelante entonces! Así es como

debe rodar la bola, sin chocar ni tropezar torpemente...

Pero... ¡calla! ... ¿Quién llega? (Ven venir a

Vincentio en traje de viaje. Petruchio se dirige a él del modo

 

siguiente:) Buenos días, hermosa señora. ¿Adónde

vais? Dime, querida Catalina, dime con toda franqueza:

¿Has visto jamás una joven con un tinte de

cara tan fresco? Azucenas y rosas disputándose sus

mejillas. Y, ¿qué estrellas esmaltaron jamás el cielo,

con belleza semejante a los dos ojos que adornan su

rostro celestial? Agradable y encantadora joven, una

vez aún, ¡buenos días! Querida Lina, abrázala por

amor a esa deliciosa belleza.

HORTENSIO.-¡Va a volver loco a este hombre,

queriendo hacer de él una mujer!

CATALINA.-Joven virgen en flor, dulce, fresca y

suavemente hermosa, ¿adónde vas y cuál es tu morada?

¡Dichosos los padres de tan encantadora

criatura! ¡Y más dichoso aún el hombre a quien su

estrella favorable te destina, cual incomparable

compañero de su lecho!

PETRUCHIO.- ¡Pero, Lina! ¿Qué te ocurre? ¿Te

has vuelto loca? ¡Considera que se trata de un hombre!

De un anciano, todo lleno de arrugas. Ajado,

marchito; no de una muchacha como tú dices.

CATALINA.-Anciano padre, perdonad el error

de mis ojos. Están de tal modo deslumbrados por

este sol, que cuanto veo me parece envuelto en cegadora

juventud. Mas ahora advierto, sí, que sois un

 

venerable patriarca. Perdonad, pues, mi aturdida

equivocación.

PETRUCHIO.-Sí, perdón, noble anciano. Y decidnos,

¿hacia dónde dirigís vuestros pasos? Si vais

allí, donde nosotros, felices seremos con vuestra

compañía.

VINCENTIO.-Buen caballero, y vos, encantadora

señora, que por cierto mucho me habéis sorprendido

con vuestra manera de abordarme (se inclina

saludando), mi nombre es Vincentio, mi patria, Pisa, y

voy a Padua para reunirme con mi hijo, al que no he

visto hace mucho tiempo.

PETRUCHIO.-¿Cómo se llama?

VINCENTIO.-Lucentio, noble señor.

PETRUCHIO..-¡Feliz encuentro el nuestro, y

aún más para vuestro hijo! La ley, en efecto, lo

mismo que vuestra venerable ancianidad, autorízanme

a llamaros mi padre bien amado. Sabed que

la hermana de mi mujer, la noble dama aquí presente,

acaba de casarse con vuestro hijo. Y que

ello no os sorprenda ni os aflija, pues no solamente

ella goza de la más excelente reputación, sino que su

nacimiento es tan honroso como rica su dote. Por lo

demás, dotada está, asimismo, de cuantas cualidades

necesita la esposa de un verdadero hidalgo. Abrazadnos,

pues, venerable Vincentio, y partamos juntos.

Vayamos al encuentro de vuestro excelente hijo, al

cual vuestra llegada colmará de gozo.

VINCENTIO.-Pero, ¿es verdad cuanto oigo?

¿O es que, como viajeros llenos de buen humor, os

entretenéis en bromear con cuantos encontráis en

vuestro camino?

HORTENSIO.-Os aseguro, venerable anciano,

que cuanto os dice es la pura verdad.

PETRUCHIO.-Ea, ea, venid con nosotros y veréis

cuan cierto es lo que digo. Claro, que se comprende

que nuestra primera chanza os haga

desconfiado. (Salen todos. Hortensio el último.)

HORTENSIO.-¡Bien por Petruchio! Todo

cuanto ha ocurrido me anima en mi propósito. Corro

junto a mi viuda. Tú me has enseñado, caso de

que sea arisca, a mostrarme aún más intratable que

ella (Sigue a los demás.)

 

ACTO V

ESCENA I

(GREMIO en primer plano. Por un lado llegan

BIONDELLO, LUCENTIO y BLANCA.)

BIONDELLO.-De prisa y sin hacer ruido, mi

amo. El sacerdote está preparado.

LUCENTIO.-Corro vuelo, Biondello. Pero quizá

tengan necesidad de ti en casa. Por consiguiente,

déjanos.

BIONDELLO.-No, en verdad. Ante todo quiero

ver un poco la iglesia por encima de vuestros hombros.

Luego volveré junto al otro amo. (Salen Lucentio,

Blanca y Biondello.)

 

GREMIO.-Es sorprendente que Cambio no haya

llegado aún. (Entran Petruchio, Catalina, Vincentio Grumio

y demás criados del primero.)

PETRUCHIO.-(A Vincentio.) He aquí señor, la

puerta. Esta es la casa de Lucentio. La de mi suegro

está más lejos; hacia la plaza del mercado. Como

debemos ir allí, permitidme que os deje.

VINCENTIO.-No os separéis de mí sin que hayamos

bebido juntos. Creo no equivocarme asegurando

que seréis bien acogidos aquí. Además y a lo

que parece, están de fiesta dentro. (Llama a la puerta.)

GREMIO.-(Acercándose.) Están muy ocupados

dentro. Haríais bien llamando más fuerte. (Petruchio

llama a grandes golpes. El Pedagogo aparece en la ventana.)

EL PEDAGOGO.-¿Quién llama de este modo

cual si quisiera hundir la Puerta?

VINCENTIO.-¿Está el caballero Lucentio en su

casa, señor?

EL PEDAGOGO.-En su casa está, pero no se

puede hablar con él en este momento.

VINCENTIO.-¿Incluso si alguien le trajese un

centenar o dos de libros para que se distrajese con

ellos?

 

EL PEDAGOGO.-Guardaos los cien libros para

vos. Él, mientras yo tenga vida no tendrá necesidad

de nada ni dé nadie.

PETRUCHIO.-¡Cuando yo os decía que vuestro

hijo era adorado en Padua! (Al Pedagogo.) Escuche,

señor, para no perder tiempo serviros decir al caballero

Lucentio que su padre acaba de llegar de Pisa,

que está aquí en la puerta y que está impaciente por

hablarle.

EL PEDAGOGO.-¡Mientes! Su padre ha llegado

ya de Pisa, y él mismo es el que mira por esta

ventana.

VINCENTIO.-¿Qué?, ¿eres tú su padre?

EL PEDAGOGO.-Yo mismo amigo. Al menos

tal dice su madre; si es que puede creérsela.

PETRUCHIO.(A Vincentio.) ¡Hola, hola, señor

mío! Esto de tomar el nombre de otro es picardía

redomada.

EL PEDAGOGO.-¡No soltéis a ese pícaro!

Cuando toma mi nombre es porque pretende engañar

a alguien en la ciudad. (Entra Biondello.)

BIONDELLO.-Juntos los he visto en la iglesia.

¡Dios les guíe a buen puerto! Pero, ¿quién está ahí?

¡Mi anciano señor maese Vincentio! ¡Estamos perdidos!

¡Deshechos!

 

VINCENTIO.-(Viendo a Biondello.) Acércate aquí,

carne de patíbulo.

BIONDELLO.-Espero, señor, tener derecho a

elegir mejor destino.

VINCENTIO.-(Cogiéndole por el cuello.) Ven aquí,

¡ganapán! ¿0 es que ya me has olvidado?

BIONDELLO.-¿Olvidado? ¡Imposible! Imposible

olvidar a quien no se ha visto jamás.

VINCENTIO.-¿Cómo, solemne pícaro? ¿Que

no has visto jamás a Vincentio, el padre de tu amo?

BIONDELLO.-Al anciano y venerable padre de

mi amo, cierto que sí. Como que ahora mismo, vedle

vos, está asomado a esa ventana.

VINCENTIO.-(Pegándole.) ¿De veras? ¿Pero de

veras?

BIONDELLO.- ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Socorro

contra un loco que me quiere asesinar! (Escapa a todo

correr.)

EL PEDAGOGO.-¡Socorro, hijo mío! ¡Socorro,

señor Bautista! (Cierra la ventana.)

PETRUCHIO.-Apartémonos un poco, Lina, te

lo ruego. Pero quedémonos para ver el fin de la querella.

(El Pedagogo, rodeado de criados enarbolando garrotes,

aparece. Y tras él Bautista y Tranio.)

 

TRANIO.-¿Quién sois, señor, que os atrevéis a

pegar a mi criado?

VINCENTIO.-¿Que quién soy, señor mío? Y

vos mismo, ¿quién sois? ¡Pero por todos los inmortales

dioses, vedme al emperifollado bribón!

¡Jubón de seda!, ¡calzas de terciopelo!, ¡manto escarlata!,

¡sombrero puntiagudo! ¡Mi ruina, mi ruina!

Mientras yo hago economías en casa, ¡mi hijo y mi

criado derrochando en la universidad!

TRANIO.-¿Cómo? ¿qué ha dicho?

BAUTISTA.-¡Bah!, este pobre hombre está loco,

sin duda.

TRANIO.-Señor, a juzgar por vuestro traje, diríase

sois un hombre razonable y sensato, pero

vuestras palabras son las de un demente... Porque,

en verdad, ¿qué puede importaros que yo lleve perlas

y luzca oro? Por mi parte, gracias doy a mi excelente

padre que me permite hacer tal cosa.

VINCENTIO.-Tu padre, ¡canalla! ¿Tu padre,

que fabrica velas en Bérgamo?

BAUTISTA.-Os equivocáis, caballero, os equivocáis.

¿Cómo creéis que se llame? Decidlo, haced

el favor.

 

VINCENTIO.-¿Qué cómo se llama? ¡Cual si yo

no lo supiese y soy yo quien le ha criado desde que

tenía tres años! ¡Se llama Tranio!

EL PEDAGOGO.-¡Fuera, fuera ese asno insensato!

Su nombre es Lucentio y es mi hijo único y el

heredero de cuanto poseo. De toda mi fortuna, pues

yo soy quien soy Vincentio.

VINCENTIO.-¿Lucentio él? ¡Oh! ¡Ha asesinado

a su amo! ¡Prendedle! ¡Os lo ordeno en nombre del

Duque! ¡Hijo mío! ¡Pobre hijo mío! ¡Dime, bandido!,

¿qué has hecho de mi hijo?

TRANIO.-¡Llamad a un oficial! (Un oficial se acerca.)

Conducid a ese disparatado loco a la cárcel. Bautista,

mi querido suegro, os conjuro a que hagáis lo

necesario para que comparezca ante la justicia.

VINCENTIO.-¿Conducirme a mí a la cárcel? ¡A

mí!

GREMIO.-Un instante, señor Oficial. No irá, no

a la cárcel.

BAUTISTA.-Callad, señor Gremio. Yo digo que

irá a la cárcel.

GREMIO.-Tened cuidado, señor Bautista, no

vayáis a ser engañado en esta ocasión. Yo casi me

atrevería a afirmar que el verdadero Vincentio es él.

EL PEDAGOGO.-¡Júralo si te atreves!

 

GREMIO.-Tanto como a jurarlo, no me atrevo.

TRANIO.-Lo mismo podrías decir que yo no

soy Lucentio.

GREMIO.-Que eres el señor Lucentio sí, pues lo

sé.

BAUTISTA.-¡Fuera ese viejo chocho!, ¡Que le

encarcelen sin más demora!

VINCENTIO.-¿Es posible que de este modo se

insulte y maltrate a los extranjeros? ¡Oh banda de

canallas! (Vuelve Biondello acompañado de Lucentio y de

Blanca.)

BIONDELLO.-¡Ahora, sí que estamos perdidos!

Ahí lo tenéis. Renegad de él, abjurad de él, ¡o acaba

con nosotros!

LUCENTIO.-(Arrodillándose delante de Vincentio.)

¡Perdón, padre mío!...

VINCENTIO.-¡Ah! ¡Mi hijo adorado está aún

con vida! (Biondello, Tranio y el Pedagogo escapan y se refugian

a toda prisa en casa de Lucentio.)

BLANCA.-(Arrodillándose ante Bautista.) ¡Perdón,

mi querido padre!

BAUTISTA.-¿Qué falta has cometido?... ¿Dónde

está Lucentio?

LUCENTIO.-Yo soy quien es Lucentio, el verdadero

hijo del verdadero Vincentio, y mediante

 

matrimonio acabo de hacer mía a tu hija, mientras

que los demás; haciéndose pasar por lo que no eran,

te engañaban.

GREMIO.-¡Es un verdadero complot para engañarnos

a todos!

VINCENTIO.-¿Dónde está ese bribón insolente

de Tranio, que se ha atrevido a desafiarme en mi

propia cara?

BAUTISTA.-(A Blanca.) ¡Esta sí que es buena!

Pero éste, ¿no es Cambio?

BLANCA.-Cambio se ha transformado en Lucentio.

LUCENTIO.-Es el amor el que ha obrado estos

milagros. Mi amor hacia Blanca me hizo cambiar mi

condición con Tranio, mientras éste se hacía pasar

por mí en la ciudad. Mas, al fin, he podido llegar felizmente

al puerto de mi felicidad. Lo que Tranio ha

hecho, obligado por mí ha sido. Perdonadle, pues,

mi querido padre, por amor a mí.

VINCENTIO.-¡La nariz he de cortar ese bribón

que quería enviarme la cárcel!

BAUTISTA.-(A Lucentio.) Pero decidme, caballero,

¿seríais capaz de haber desposado a mi hija sin

obtener mi consentimiento?

 

VINCENTIO.-No temáis nada, Bautista, os daremos

toda clase de satisfacciones. Pero yo es preciso

que me vengue de ese canalla. (Sale.)

BAUTISTA.-Y yo preciso es que reflexione bien

sobre esta picardía. (Sale también.)

LUCENTIO.-No palidezcas, Blanca; tu padre no

se enfadará. (Lucentio y Blanca siguen a Bautista.)

GREMIO.-En cuanto a mí, perdí la partida. Pero

me iré con los demás, porque perdida queda ya toda

esperanza, menos en el banquete hinchar la panza.

(Les sigue.)

CATALINA.-(Asomando poco a poco, con Petruchio.)

Vayamos nosotros también, esposo mío, a ver en

qué queda todo esto.

PETRUCHIO-Con mucho gusto, Lina. Pero,

ante todo, abrázame.

CATALINA.-¿Aquí, en medio de la calle?

PETRUCHIO.-¿Por qué no? ¿Tienes vergüenza

de mí?

CATALINA.-¡Oh, no, señor! Pongo a Dios por

testigo. Pero sí de hacerlo en plena calle.

PETRUCHIO.-Pues. entonces volvamos a casa.

(A Grumio.) ¿Has oído, granuja? ¡Partamos!

CATALINA.-¡No, no! Te voy a besar, sí (lo hace.).

Y mío, quedémonos te lo ruego.

 

PETRUCHIO.-¿No es verdad que el cariño es

cosa buena? Ven, mi dulce Lina. Nunca es demasiado

tarde para obrar bien. Cierto que más vale tarde

que nunca. (Salen.)

ESCENA II

Padua. Una sala en casa de Lucentio.

(Los servidores abren la puerta para que entren

BAUTISTA y VINCENTIO, GREMIO y EL

PEDAGOGO, LUCENTIO y BLANCA,

PETRUCHIO y CATALINA, HORTENSIO y LA

VIUDA. Mas los criados, entre ellos TRANIO con los

postres.)

LUCENTIO.-Al fin, tras tan largas discusiones,

henos, ya, de acuerdo. Es, pues, el momento, como

tras una guerra furiosa, cuando, afortunadamente,

ha acabado, de sonreír, pensando en los daños y peligros

pasados. Mi hermosa Blanca, da la bienvenida

a mi padre, mientras que yo presento mis homenajes

al tuyo. Petruchio, hermano mío; Catalina, hermana,

y tú, Hortensio, con tu amable viuda, haced honor a

nuestra invitación aún, y sed los bien venidos a mi

 

casa. Este postre, destinado a cerrar nuestro apetito

está, tras el buen almuerzo que acabamos de hacer.

Sentaos pues, os lo ruego, y charlemos mientras

comemos. (Se sientan todos en torno a la mesa y los criados

sirven frutas, dulces, vinos, etc.)

PETRUCHIO.-Instalémonos, sí, y sigamos comiendo.

BAUTISTA.-Padua es quien os ofrece todas estas

cosas deliciosas, Petruchio.

PETRUCHIO.-Nada ofrece Padua que no sea

amable y dulce.

HORTENSIO.-Bien quisiera, pensando en vosotros

dos, que lo que dices fuese la verdad.

PETRUCHIO.-¡Por mi vida, Hortensio! Me parece

que es el miedo de tu viuda lo que te hace hablar

así.

LA VIUDA.-Por mi parte, os aseguro que el

miedo no sería el mejor medio de seducirme.

PETRUCHIO.-Sois muy inteligente, señora. No

obstante, esta vez os equivocáis respecto al sentido

de mis palabras. Lo que quiero decir, por el contrario,

es que Hortensio es el que os teme.

LA VIUDA.-Aquel cuya cabeza le da vueltas,

cree que lo que gira es el mundo entero.

PETRUCHIO.-¡Bien dicho, a fe mía!

 

CATALINA.-¿Qué queréis decir ello, señora?

LA VIUDA.-Quiero decir lo que concibo de él.

PETRUCHIO.-¡L hago concebir! ¿Qué te parece,

Hortensio?

HORTENSIO.-Mi mujer dice que es así como

ella interpreta el dicho.

PETRUCHIO.-Eso se llama arreglar bien las cosas.

Dadle un beso por el trabajo que se ha tomado,

mi querida señora.

CATALINA.-Aquel cuya cabeza da vueltas, cree

que lo que gira es el mundo entero. Ahora soy yo

quien os ruega, señora, que me digáis qué queréis

decir con esto.

LA VIUDA.-Pues que vuestro marido, afligido a

causa de una mujer malhumorada, mide la posible

desgracia del mío por la suya propia. Ahora ya conocéis

exactamente mi pensamiento.

CATALINA.-Pensamiento bien bajo, ciertamente.

LA VIUDA.-Exacto; en lo que a vos se refiere,

en todo caso.

CATALINA.-Y tal vez más aún en lo que os

afecta, señora mía.

PETRUCHIO.-¡Animo! ¡A ella, Lina!

HORTENSIO.-¡Animo! ¡A ella, esposa!

 

PETRUCHIO.-¡Cien marcos a que mi Lina queda

sobre ella!

HORTENSIO.-Eso de quedar sobre ella, sólo es

cuestión mía.

PETRUCHIO.-¡Linda expresión para un cuerpo

de guardia! A tu salud, amigo. (Bebe.)

BAUTISTA.-¿Qué piensa, Gremio, de este asalto

de agudezas?

GREMIO.-Que saben atacar de frente y con la

frente, amigo mío.

BLANCA.-¿Con la frente? ¡A cornada limpia

más bien!

VINCENTIO.-¡Hola! Ved a la casadita cómo

despierta. Diríase que empiezan a preocuparle los

cuernos.

BLANCA.-¡Oh no! Si tal creéis, vuelvo a dormir.

PETRUCHIO.-No os lo aconsejo. Pues que habéis

empezado, ¡en guardia! Voy a lanzaros un buen

dardo o dos.

BLANCA.-¿Me tomáis por un pájaro? En todo

caso cambiaré de zarzal. Perseguidme si queréis, pero

preparad bien el arco... ¡Salud a todos! (Se levanta,

hace una reverencia y sale. Catalina y la viuda la imitan.)

PETRUCHIO.-Se me escapa. Y que es el pájaro

al que tú apuntaste también, mi buen Tranio, sin

 

conseguir cobrarle. ¡Bebo a la salud de cuantos, tras

apuntar, erraron el tiro!

TRANIO.-¡Ah caballero! Es que Lucentio me

había lanzado como lebrel que corre como es debido,

pero sólo caza para su amo.

PETRUCHIO.-Rápida y buena contestación,

bien que huela a perrera.

TRANIO.-En cuanto a vos, bien hicisteis en cazar

para vos mismo. Dícese, por tanto, que vuestra

cierva os tiene que ya no podéis más.

BAUTISTA.-Donde las dan las toman. Petruchio.

Tranio hace de ti ahora su blanco.

LUCENTIO.-Bien enviado, mi buen Tranio; te

doy las gracias.

HORTENSIO.-Confiesa, confiesa, que esta vez

te ha tocado.

PETRUCHIO.-Me ha arañado ligeramente, lo

confieso. Pero como el dardo ha salido de rebote

contra vosotros dos, apuesto diez contra uno a que

os ha tullido a ambos.

BAUTISTA.- Hablando seriamente, Petruchio,

hijo mío; yo bien creo que tu mujer es la más fiera

de las tres.

PETRUCHIO.-Pues bien, yo digo que no. Y

como prueba, que cada uno haga llamar a su mujer.

 

Y aquel cuya esposa se muestre más obediente y

llegue antes, ganará la apuesta que establezcamos.

HORTENSIO.-¡Aceptado! ¿Cuánto?

LUCENTIO.-Veinte coronas.

PETRUCHIO.-¿Veinte coronas? Esta cantidad

yo la apostaría por mi halcón o por mi perro. Por

mi mujer aventuraría veinte veces más.

LUCENTIO.-Entonces, cien coronas.

HORTENSIO.-De acuerdo.

PETRUCHIO.-Apuesta hecha.

HORTENSIO.-¿Quién empieza?

LUCENTIO.-Yo mismo. Biondello, ve a decir a

tu ama de mi parte que venga.

BIONDELLO.-Al instante. (Sale.)

BAUTISTA.-(A Lucentio.) Querido yerno, la mitad

de tu apuesta, para mí. Blanca vendrá.

LUCENTIO.-Gracias, pero no quiero mitades

con nadie. Yo solo sostengo lo que he apostado.

(Vuelve Biondello.) Y bien, ¿Qué hay?

BIONDELLO.-Señor, mi ama dice que os haga

saber que está ocupada y que no puede venir.

PETRUCHIO.-¿Cómo que está ocupada y que

no puede venir? ¿Es esto una respuesta?

GREMIO.-Sí. E incluso amable. Rogad a Dios

que vuestra mujer no mande que os digan algo peor.

 

PETRUCHIO.-Una mejor espero, por tanto.

HORTENSIO.-Pues andando, bribón de Biondello;

ve a rogar a la mía que venga al instante, que

yo la llamo. (Biondello sale.)

PETRUCHIO.- ¡Hombre!, si la “ruegas” claro

que vendrá.

HORTENSIO.-No obstante, mucho me temo

que a la tuya le ruegues en vano. (Entra Biondello.)

¿Qué pasa? ¿Y mi mujer?

BIONDELLO.-Dice que seguramente habéis

preparado alguna broma y que no quiere venir. Que

si queréis, que vayáis vos.

PETRUCHIO.-Esto va de mal en peor. Blanca

no “podía”; ésta no “quiere”. Respuesta infame, intolerable,

insoportable. ¡Grumio!, ve, tunante,

adonde está tu ama y dile que la mando que venga.

(Grumio sale.)

HORTENSIO.-Ya conozco la respuesta.

PETRUCHIO.-¿Es decir?

HORTENSIO.-Que no le da la gana.

PETRUCHIO.-Qué le he de hacer. Peor para mí.

BAUTISTA.-¡Por nuestra Señora! ¡Catalina llega!

(Catalina aparece y entra.)

CATALINA.-¿Qué deseáis, señor? ¿Para qué

habéis enviado a llamarme?

 

PETRUCHIO.-¿Dónde está tu hermana? ¿Qué

hace la mujer de Hortensio?

CATALINA.-Están sentadas en el salón, charlando

junto al fuego.

PETRUCHIO.-¡Corre por ellas! Y si se niegan a

venir tráelas hasta sus maridos a latigazos. ¡Escapa!

¿No te digo que las traigas al instante? (Catalina vuelve

rápida sobre sus pasos.)

LUCENTIO.-Como cosa prodigiosa, lo es. ¡De

veras!

HORTENSIO. -Cierto, pero, ¿qué puede presagiar?

PETRUCHIO.-Nada más sencillo: es un presagio

de paz, de amor, de vida tranquila, de sumisión

deferente, de superioridad respetada. En una palabra:

de todo cuanto anuncia armonía y felicidad.

BAUTISTA.-Te felicito, Petruchio: Has ganado

la apuesta. Por mi parte, añado veinte mil coronas a

las que ellos han perdido. A hija nueva ¡nueva dote!

Que en verdad tan cambiada está, que no hay medio

de reconocer en ella a la antigua.

PETRUCHIO.-Pues entonces ganaré aún mejor

esto que gano dándoos aún otra prueba de su obediencia.

De esa virtud de obediencia que acaba de

nacer de ella. Pero aquí la tenéis trayendo a las rebeldes

como prisioneras de su poder de femenina

persuasión. (Catalina llega acompañada de Blanca y de la

viuda.) Catalina: esa toca que llevas no te sienta bien.

Quítame de la vista ese perendengue y pisotéale.

(Catalina obedece al punto.)

LA VIUDA.-¡Señor!, concédeme que jamás tenga

ocasión de llorar sino el día que tuviese que estar

sometida a tan tonta obediencia.

BLANCA.-¿Tonta? ¿Llamáis sólo tonta a obediencia

tan disparata?

LUCENTIO.-Yo quisiera que la tuya fuese no

menos disparatada. Su cordura, hermosa Blanca me

costado cien coronas desde hemos comido.

BLANCA.-Si has apostado contando con mi

obediencia, doblemente loco eres tú.

PETRUCHIO.-Catalina, te intimo que digas a

mujeres tan rebeldes cuáles son sus deberes respecto

a sus señores y esposos.

LA VIUDA.-¡Bah! Estáis de broma. No tenemos

necesidad de lecciones.

PETRUCHIO.-(Señalando a la viuda.) Habla, te he

dicho. Y empieza por ella.

LA VIUDA.-No lo hará, y hará bien.

PETRUCHIO.-Pues yo digo que lo hará. Empieza

por ella.

 

CATALINA.-¡Ea, ea! Desarruga esa frente colérica

y amenazadora y aparta de tus ojos esas aceradas

miradas de desdén que hieren a tu señor, a tu

rey, a tu amo. Ese aire díscolo empaña tu hermosura

lo mismo que las heladas marchitan los prados.

Quebrantan asimismo tu buen renombre cual las

borrascas arrancan los brotes primaverales ya en

flor: lo que no es en modo alguno no conveniente ni

amable. Una mujer colérica es como un manantial

removido cenagoso, feo, turbio, desprovisto de toda

belleza. Y mientras está de tal modo, nadie hay, por

sediento que se halle, por deseoso de beber que se

encuentre, que quiera remojar en él sus labios ni beber

una sola gota. Tu marido es tu señor, tu vida, tu

guardián, tu jefe tu soberano. El que cuida de ti y

quien, porque nada te falte, somete su cuerpo a penosos

trabajos en tierra o mar; vigilando de noche

mientras sopla la tempestad; de día, bajo el frío;

mientras que tú, en el hogar, duermes a su calor

tranquila y segura. Por todo ello, cuanto te pide como

tributo de amor es una cara alegre y sincera

obediencia. Lo que es pagar levemente deuda tan

grande. El homenaje que el súbdito debe a su príncipe

es la sumisión que la mujer debe a su marido. Y

cuando es indócil, malhumorada, terca, áspera;

 

cuando no obedece cuanto de honrado la manda,

¿qué es sino una mujer mala y rebelde, culpable de

indigna traición hacia su abnegado señor? Vergüenza

me da pensar que haya mujeres tan necias como

para declarar la guerra a aquellos a los que deberían

pedir la paz de rodillas. Vergüenza de que reclamen

el gobierno, el poder, la supremacía, cuando su deber

es servir, amar y obedecer. ¿Por qué, si no, tenemos

el cuerpo delicado, frágil, tierno, impropio

para la fatiga y trabajos de este mundo, si no es para

que nuestro corazón y nuestras amables cualidades

estén en armonía con nuestra naturaleza material?

¡Ea, ea, gusanillos de tierra insolentes y débiles! Yo

he tenido también, como vosotras, el carácter altanero,

el corazón orgulloso, el ánimo áspero y presto

a devolver regaño por regaño, amenaza por amenaza.

No obstante, bien veo ahora que nuestras lanzas

son cañas y nuestras fuerzas briznas de paja. Y que

no hay debilidad semejante a la de buscar antes que

nada lo que menos nos conviene. Abatid, pues,

vuestra altanería, que para nada sirve, y poned

vuestras manos, en signo de obediencia, a los pies

de vuestros maridos. Si mi marido lo quiere, las mías

dispuestas están a rendirle este homenaje...

 

PETRUCHIO.-¡He aquí una mujer como es debido!

Ven y abrázame, mi querida Lina.

LUCENTIO.-Sigue tu camino, amigo. La partida

será siempre tuya.

VINCENTIO.-¡Grata cosa es oír hablar a hijos

tan dóciles!

LUCENTIO.-¡Tanto como desagradable escuchar

a mujeres insolentes!

PETRUCHIO.-Vámonos, Lina. Vamos a dormir.

Henos a los tres casados; pero vosotros dos lleváis

faldas. Tú has dado en el blanco, Lucentio; pero

he sido yo el que ha ganado la apuesta. Vencedor,

pues, me retiro. Que Dios os conceda a todos una

buena noche. (Salen Petruchio y Catalina.)

HORTENSIO.-Sigue, sigue tu camino; has domado

a una famosa fierecilla.

LUCENTIO.-A fe que ha sido un milagro. Pero

que la ha domado, ¡y maravillosamente!, no hay duda.

(Salen.)

 


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