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La Vuelta de Martín Fierro - Capítulos VII y VIII


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VII

 
551
aquel bravo compañero
en mis brazos espiró;
hombre que tanto sirvio,
varon que fue tan prudente,
por humano y por valiente
en el desierto murió.

552
Y yo, con mis propias manos,
yo mesmo lo sepulté;
a Dios por su alma rogué
de dolor el pecho lleno,
y humedeció aquel terreno
el llanto que redamé.

553
Cumplí con mi obligación;
no hay falta de que me acuse,
ni deber de que se escuse,
aunque de dolor sucumba:
allá señala su tumba
una cruz que yo le puse.

554
Andaba de toldo en toldo
y todo me fastidiaba;
el pesar me dominaba,
y entregao al sentimiento
se me hacía cada momento
oir a Cruz que me llamaba.

555
Cual más, cual menos, los criollos
saben lo que es amargura;
en mi triste desventura
no encontraba otro consuelo
que ir a tirarme en el suelo,
al lao de su sepultura.

556
Allí pasaba las horas
sin haber naides conmigo
teniendo a Dios por testigo,
y mis pensamientos fijos
en mi mujer y mis hijos,
en mi pago y en mi amigo.

557
Privado de tantos bienes
y perdido en tierra ajena,
parece que se encadena
el tiempo y que no pasara,
como si el sol se parara
a contemplar tanta pena.

558
Sin saber qué hacer de mí
y entregao a mi aflición,
estando allí una ocasión,
del lao que venía el viento
oi unos tristes lamentos
que llamaron mi atención.

559
No son raros los quejidos
en los toldos del salvaje,
pues aquél es vandalaje
donde no se arregla nada
sino a lanza y puñalada,
a bolazos y coraje.

560
No preciso juramento,
deben creerle a Martín Fierro;
he visto en este destierro
a un salvaje que se irrita,
degollar a una chinita
y tirarsela a los perros.

561
He presenciado martirios,
he visto muchas crueldades,
crímenes y atrocidades
que el cristiano no imagina,
pues ni el indio ni la china
sabe lo que son piedades.

562
Quise curiosiar los llantos
que llegaban hasta mí;
al punto me dirigí
al lugar de ande venían:
¡Me horroriza todavía
el cuadro que descubrí!

563
Era una infeliz mujer
que estaba de sangre llena,
y como una madalena
lloraba con toda gana;
conocí que era cristiana
y esto me dió mayor pena.

564
Cauteloso me acerqué
a un indio que estaba al lao,
porque el pampa es desconfiao
siempre de todo cristiano,
y vi que tenía en la mano
el rebenque ensangrentao.
 
 

VIII

 
565
Mas tarde supe por ella,
de manera positiva,
que dentró una comitiva
de pampas a su partido,
mataron a su marido
y la llevaron cautiva.

566
En tan dura servidumbre
hacían dos años que estaba;
un hijito que llevaba
a su lado lo tenía.
La china la aborrecía
tratandola como esclava.

567
Deseaba para escaparse
hacer una tentativa,
pues a la infeliz cautiva
naides la va a redimir,
y allí tiene que sufrir
el tormento mientras viva.

568
Aquella china perversa,
dende el punto que llegó,
crueldá y orgullo mostró
porque el indio era valiente:
usaba un collar de dientes
de cristianos que él mató.

569
La mandaba a trabajar,
poniendo cerca a su hijito
tiritando y dando gritos,
por la mañana temprano,
atado de pies y manos
lo mesmo que un corderito.

570
Ansí le imponía tarea
de juntar leña y sembrar
viendo a su hijito llorar,
y hasta que no terminaba,
la china no la dejaba
que le diera de mamar.

571
Cuando no tenían trabajo
la emprestaban a otra china,
"Naides", decía, "se imagina,
ni es capaz de presumir
cuanto tiene que sufrir
la infeliz que esta cautiva".

572
Si ven crecido a su hijito,
como de piedá no entienden
y a suplicas nunca atienden,
cuando no es éste es el otro,
se lo quitan y lo venden
o lo cambian por un potro.

573
En la crianza de los suyos
son bárbaros por demás.
No lo habia visto jamás:
en una tabla los atan,
los crian así, y les achatan
la cabeza por detrás.

574
Aunque esto parezca extraño,
ninguno lo ponga en duda:
entre aquella gente ruda,
en su bárbara tropeza,
es gala que la cabeza
se les forme puntiaguda.

575
Aquella china malvada,
que tanto la aborrecía,
empezó a decir un día,
porque falleció una hermana,
que sin duda la cristiana
le había echado brujería.

576
El indio la sacó al campo
y la empezó a amenazar
que le había de confesar
si la brujería era cierta;
o que la iba a castigar
hasta que quedara muerta.

577
Llora la pobre afligida,
pero el indio, en su rigor,
le arrebató con juror
al hijo de entre sus brazos,
y del primer rebencazo
la hizo crujir de dolor.

578
Que aquel salvaje tan cruel
azotándola seguía;
más y más se enfurecía
cuanto mas la castigaba
y la infeliz se atajaba
los golpes como podía.

579
Que le gritó muy furioso
"Confechando no querés;"
la dió vuelta de un revés
y, por colmar su amargura,
a su tierna criatura
se la desgolló a los pies.

580
"Es increible" me decía,
"Que tanta fiereza esista;
no habrá madre que resista;
aquel salvaje inclemente
cometió tranquilamente
aquel crimen a mi vista."

581
Esos horrores tremendos
no los inventa el cristiano:
"Es bárbaro inhumano"
-sollozando me lo dijo-
"Me amarró luego las manos
con las tripitas de mi hijo."
 
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