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La Vuelta de Martín Fierro - Capítulos XVII y XVIII


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XVII

 
791
Le cobré un miedo terrible
después que lo vi dijunto;
llamé al alcalde, y al punto
acompañado se vino
de tres o cuatro vecinos
a arreglar aquel asunto.

792
"Anima bendita", dijo
un viejo medio ladiao
"Que Dios lo haiga perdonao,
es todo cuanto deseo,
le conocí un pastoreo
de terneritos robaos."

793
"Ansina es", dijo el alcalde;
"Con eso empezó a poblar;
yo nunca podré olvidar
las travesuras que hizo;
hasta que al fin fué preciso
que le privasen carniar."

794
"De mozo fue muy jinete:
no lo bajaba un bagual;
pa ensillar un animal
sin necesitar de otro,
se encerraba en el corral,
y alli golpiaba el potro."

795
"Se llevaba mal con todos:
era su costumbre vieja
el mesturar las ovejas,
pues al hacer el aparte
sacaba la mejor parte,
y despues venía con quejas."

796
"Dios lo ampare al pobrecito",
dijo en seguida un tercero.
"Siempre robaba carneros;
en eso tenía destreza:
enterraba las cabezas
y despues vendía los cueros."

797
"¡Y qué costumbre tenía
cuando en el jogón estaba!
Con el mate se agarraba
estando los piones juntos.
-Yo tallo -decía-y apunto-
y a ninguno convidaba."

798
"Si ensartaba algún asao
-¡pobre! ¡Como si lo viese!-,
Poco antes de que estuviese
primero lo maldecía,
luego después lo escupía
para que naides comiese."

799
"Quien le quitó esa costumbre
de escupir el asador
fue un mulato resertor
que andaba de amigo suyo:
un diablo muy peliador
que le llamaban Barullo."

800
"Una noche que les hizo
como estaba acostumbrao,
se alzó el mulato enojao
y le gritó: -¡viejo indino,
yo te he de enseñar, cochino,
a echar saliva al asao!-"

801
"Lo saltó por sobre el juego
con el cuchillo en la mano;
¡la pucha el pardo liviano!
En la mesma atropellada
le largó una puñalada
que la quitó otro paisano..."

802
"Y ya caliente Barullo,
quiso seguir la chacota;
se le había erizao la mota
lo que empezó la reyerta:
el viejo ganó la puerta
y apeló a las de gaviota."

803
"De esa costumbre maldita
dende entonces se curó;
a las casas no volvió:
se metió en un cicutal
y alli escondido pasó
esa noche sin cenar."

804
Esto hablaban los presentes,
y yo, que estaba a su lao
al oir lo que he relatao,
aunque él era un perdulario,
dije entre mí: "¡Que rosario
le estan lanzando al finao!".

805
Luego comenzó el alcalde
a registrar cuanto había,
sacando mil chucherias
y guascas y trapos viejos,
temeridá de trebejos
que para nada servían.

806
Salieron lazos, cabrestos,
coyundas y maniadores,
una punta de arriadores,
cinchones, maneas, torzales
una porción de bozales
y un montón de tiradores.

807
Habia riendas de domar
frenos, estribos quebraos;
bolas, espuelas, recaos,
unas pavas, unas ollas,
y un gran manojo de argollas
de cinchas que había cortao.

808
Salieron varios cencerros,
alesnas, lonjas, cuchillos,
unos cuantos cojinillos
un alto de jergas viejas,
muchas botas desparejas
y una infinidá de anillos.

809
Había tarros de sardinas,
unos cueros de venao,
unos ponchos aujeriaos,
y en tan tremendo entrevero
apareció hasta un tintero
que se perdió en el juzgao.

810
Decía el alcalde muy serio:
"Es poco cunato se diga;
había sido como hormiga.
He de darle parte al Juez.
¡Y que me venga después
con que no se los persiga!"

811
Yo estaba medio azorao
de ver lo que sucedía;
entre ellos mesmos decían
que unas prendas eran suyas,
pero a mi me parecía
que estas eran aleluyas.

812
Y cuando ya no tuvieron
rincón donde registrar,
cansaos de tanto huroniar
y de trabajar en balde,
"Vámosnos", dijo el alcalde,
"Luego lo haré sepultar."

813
Y aunque mi padre no era
el dueño de ese hormiguero,
el, allí muy cariñero,
me dijo con muy buen modo:
"Vos serás heredero
y te harás cargo de todo."

814
"Se ha de arreglar este asunto
como es preciso que sea;
voy a nombrar albacea
uno de los circustantes;
las cosas no son como antes
tan enredadas y feas."

815
"¡Bendito Dios!", pensé yo,
"Ando como un pordiosero,
y me nuembran heredero
de toditas estas guascas.
¡Quisiera saber primero
lo que se han hecho mis vacas!"
 
 

XVIII

 
816
Se largaron, como he dicho,
a disponer el entierro;
cuando me acuerdo me aterro:
me puse a llorar a gritos
al verme allí tan solito
con el finao y los perros.

817
Me saqué el escapulario,
se lo colgué al pecador,
y como hay en el Señor
misericordia infinita,
rogué por la alma bendita
del que antes jué mi tutor.

818
No se calmaba mi duelo
de verme tan solitario;
ahí le champurrié un rosario
como si juera mi padre,
besando el escapulario
que me había puesto mi madre.

819
"Madre mía", gritaba yo,
"¿dónde estarás padeciendo?
El llanto que estoy virtiendo
lo redamarías por mí,
si vieras a tu hijo aquí
todo lo que esta sufriendo."

820
Y mientras ansí clamaba
sin poderme consolar,
los perros, para aumentar
mas mi miedo y mi tormento,
en aquel mesmo momento
se pusieron a llorar.

821
Libre Dios a los presentes
de que sufran otro tanto;
con el muerto y esos llantos
les juro que faltó poco
para que me vuelva loco
en medio de tanto espanto.

822
Decían entonces las viejas,
como que eran sabedoras,
que los perros cuando lloran
es porque ven al demonio;
yo creia en el testimonio
como cré siempre el que inora.

823
Ahi dejé que los ratones
comieran el guasquerío
y como anda a su albedrío
todo el que güerfano queda,
alzando lo que era mío
abandoné aquella cueva.

824
Supe después que esa tarde
vino un pión y lo enterró;
ninguno lo acompañó
ni lo velaron siquiera;
y al otro día amaneció
con una mano dejuera.

825
Y me ha contao además
el gaucho que hizo el entierro
-al recordarlo me aterro,
me da pavor este asunto-
que la mano del dijunto
se la había comido un perro.

826
Tal vez yo tuve la culpa
porque de asustao me fuí;
supe, despues que volví,
y asigurárselos puedo,
que los vecinos, de miedo,
no pasaban por allí.

827
Hizo del rancho guarida
la sabandija mas sucia
-el cuerpo se despeluza
y hasta la razón se altera-;
pasaba la noche entera
chillando allí una lechuza.

828
Por mucho tiempo no pude
saber lo que me pasaba;
los trapitos con que andaba
eran puras hojarascas;
todas las noches soñaba
con viejos, perros y guascas.
 
Continúa en capítulos XIX y XX >>


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