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Control del fuego - Entre hace 500.000 y 1 millón de años

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Control del fuego - Entre hace 500.000 y 1 millón de años

 

Fotos en el album: 58

 

El fuego, al igual que el agua y el viento existieron desde siempre, aunque la capacidad del ser humano de controlar y crear fuego, es mucho más reciente. Las evidencias arqueológicas más antiguas que se han encontrado, demuestran que aprendimos a controlar el fuego entre hace 500.000 y 1 millón de años.

Los primeros humanos pueden haber descubierto la existencia del fuego, al observar a los rayos golpear árboles o arbustos e incendiarlos. De hecho, nuestros antepasados pertenecientes a la especie Homo Ergaster (del latín hombre trabajador), aparecida entre hace 1,9 y 1,8 millones de años; los cuales eran más altos y delgados, así como con un cerebro de mayor tamaño que sus antecesores, los Homo Hábilis, puede que hayan sido los primeros seres humanos en haber descubierto que la comida cocinada es más deliciosa y fácil de digerir. También es probable que hayan sido los primeros en haber aprovechado estos rayos circunstanciales para calentar la comida.

Sus sucesores (o incluso parientes contemporáneos), los Homo Erectus (del latín hombre erecto o erguido), que aparecieron hace aproximadamente 1,8 millones de años; ya hacían uso frecuente del fuego producido por rayos que provocaban incendios durante tormentas eléctricas. Pero no fue hasta hace 1 millón de años, que lograron controlarlo y producirlo por ellos mismos.

Es muy probable que el fuego haya sido domesticado de a etapas: comenzando con el aprovechamiento y mantenimiento de fuego natural producido por los rayos. Con el paso de los milenios -cientos de miles de años-, se desarrollaron técnicas para transportar el fuego. Finalmente entre hace 500.000 y 1 millón de años, se consiguió obtener la técnica para crear, controlar y propagar el fuego, así como encender fogones dentro de cuevas o en campamentos.

El fuego cambió mucho a la sociedad humana, ya que proveía iluminación y calor en las largas y frías noches en las cuevas o refugios improvisados en la interperie. Esto estendió el tiempo de permanencia despiertos, durante la noche, de los miembros de los grupos sociales. Así el hombre pudo iluminar a su voluntad, de manera artificial, los entornos que habitaba. Antes, la única fuente de iluminación de los humanos durante la noche, era la luz de la luna y las estrellas; mientras que en cuevas la oscuridad era total. Con el fuego se podía espantar a animales depredadores que amenazaban los campamentos de nuestros antepasados. El fuego también posibilitaba cocinar la carne de los animales cazados.

La cocción facilita la digestión de la comida y según investigaciones recientes, hay un mejor aprovechamiento de la energía provista por los alimentos; esto con el paso de cientos de miles de años también repercutiría en la genética humana:

La cocción de alimentos permite romper el colágeno de los tejidos conectivos de la carne, además ablanda las paredes celulares de plantas, facilitando la liberación de los depósitos de almidón y grasas que proveen de energía. Esto generó que el sistema digestivo no tuviera que trabajar tanto, provocando que con el paso de las generaciones, la zona abdominal fuera perdiendo volumen. Ya con la aparición de nuestra actual especie, Homo Sapiens (Hombres sabios), hace unos 200.000 años, se puede observar que tenían cinturas mucho más estrechas que sus antecesores, los Homo Erectus, que tenían un torso con forma más voluminosa.

Según el antropólogo británico y profesor de la Universidad de Harvard, Richard Wrangham, esta energía sobrante que antes se utilizaba para la digestión, sirvió para el desarrollo evolutivo de cerebros más grandes y complejos, que son mucho más exigentes en cuanto a la energía que requieren para funcionar (un tejido nervioso consume un 22% más de energía que una cantidad equivalente de tejido muscular).

De acuerdo con esta hipótesis, llamada hipótesis de la cocción, el fuego ha tenido un papel fundamental en el desarrollo de la especie Homo Sapiens. Algunas evidencias de la ciencia evolutiva y de adaptación, muestran que nuestros antepasados Australopitecos, gracias al bipedismo, desarrollaron cerebros de mayor tamaño al caminar en sus patas traseras, quedando con sus manos libres para la realización de tareas diversas; como cazar animales, recolectar frutos, desarrollar herramientas de piedra y crear estructuras sociales más complejas. Este proceso llevó a la aparición de los Homo Hábilis, hace unos 2,8 millones de años. Sin embargo el cerebro de los Homo Hábilis era apenas un poco más grande que el de los Australopitecos y sus cuerpos eran similares a los de sus antecesores. Lo que todavía no se conoce es la razón de la aparición de una especie humana mucho más evolucionada que la Homo Hábilis, hace 2,3 millones de años, llamada Homo Erectus. Sus cerebros tenían el doble de tamaño que el de sus predecesores, sus dientes eran mucho más pequeños y sus cuerpos más similares a los nuestros. Lo que sí intenta demostrar la hipótesis de Wrangham es que el fuego fue la razón que generó la adaptación a la nueva realidad humana y del salto evolutivo del Homo Erectus al Homo Sapiens.

Al cocinarse la comida, tanto el proceso de mascado como de digestión se facilitan; dejando calorías extra libres sin usar, que podían utilizarse para el desarrollo de cerebros mucho más evolucionados y de alto consumo de energía. Sus descendientes tampoco necesitaban enormes intestinos que solamente servían para digerir alimentos crudos; ahora en lugar de intestinos se podían desarrollar cerebros de mayor tamaño y complejidad. Wrangham sostiene que el fuego y las comodidades que les brindó a los Homo Erectus, alteró su anatomía, dando lugar a una especie superior como la Homo Sapiens que apareció hace unos 200.000 años.

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