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Pararrayos - Año 1750

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Pararrayos - Año 1750

 

Fotos en el album: 58

 

Los rayos son un fenómeno natural extremadamente frecuente y peligroso. Durante siglos han causado muchas muertes, heridos e incendios. De hecho, fueron los responsables de hacer conocer a los seres humanos la existencia del fuego muchísimo antes de poder controlarlo. Pero fue recién a mediados del siglo XVIII (años 1700s) que se aprendió una manera de canalizarlos para evitar los accidentes provocados cada vez que golpean contra una persona, animal, árbol o edificación; con la invención del pararrayos, un artefacto muy sencillo, que no es otra cosa que un metal con punta que se encuentra en el techo de un edificio y está conectado a un cable o alambre de cobre o aluminio que se dirige hasta una varilla que se encuentra bajo tierra. Lo que logra el pararrayos es canalizar de manera segura a la corriente del rayo hasta el suelo.

Todo comenzó en la ciudad norteamericana de Boston, Massachusetts, en el año 1746, cuando el científico, inventor y político Benjamin Franklin se topó con los experimentos que realizaban otros investigadores con la electricidad. Franklin se interesó de inmediato y convirtió a su casa en un pequeño laboratorio de experimentos con electricidad. Incluso, durante uno de estos experimentos se electrocutó y en una carta describió la sensación del shock recibido como: "un golpe universal a través de todo mi cuerpo desde la cabeza hasta los pies, que se sintió tanto por dentro como por fuera, luego del cual lo primero que noté era un rápido y violento temblor de mi cuerpo".

Franklin pasó todo el verano de 1747 realizando una serie de experimentos que brindaron muchos conocimientos sobre el comportamiento de la electricidad. Además describió todos los resultados e ideas para futuros experimentos, en cartas a Peter Collinson, un científico amigo de Londres, que estaba muy interesado en publicar sus trabajos. En julio de ese mismo año, Franklin comenzó a utilizar los términos positivo y negativo para definir el comportamiento de la corriente eléctrica, sustituyendo los antiguos términos de vítreo y resinoso. Para más información al respecto leer: Curso de electrónica - Primera parte.

En primavera de 1749 llegó a describir el concepto de una batería eléctrica (acumulador que permite almacenar energía eléctrica) en otra carta a Collinson, aunque aún no le encontraba ninguna utilidad práctica (algo que sí ocurriría recién en el siguiente siglo). Ese mismo año, comenzó a calificar a los rayos como fenómenos de naturaleza eléctrica, por el color de su luz, su dirección tortuosa y su sonido particular, entre otros aspectos. Cabe mencionar que otros científicos también pensaban que los rayos eran de naturaleza eléctrica, pero a diferencia de ellos, Franklin estaba dispuesto a encontrar un método para probarlo.

En 1750, además de querer probar que los rayos eran una descarga eléctrica, Franklin comenzó a idear una manera para proteger a las personas, edificios y otras estructuras de los rayos producidos durante tormentas eléctricas. Así comenzó a desarrollarse el pararrayos, al cual Franklin describió como: "una barra de hierro de entre 2,5 y 3 metros de altura, el cual tiene un extremo puntiagudo y con el cual se puede atrapar al fuego eléctrico de una nube, de manera silenciosa y antes de que se acercara lo suficiente como para golpear algo". Dos años más tarde, Franklin decidió realizar un experimento con rayos durante una tormenta eléctrica. Sorprendentemente, nunca escribió nada acerca de esta prueba empírica con una cometa y fue recién otra persona quien 15 años más tarde escribiría el único relato al respecto.
 
En junio de 1752, Franklin estaba en Filadelfia esperando a que se terminara la construcción del campanario del edificio de Christ Church (Iglesia de Cristo) para realizar su experimento, ya que dicho campanario iba a ser utilizado como pararrayos. Pero como su construcción se estaba retrasando y Franklin ya estaba muy impaciente, decidió que una cometa podría servir de pararrayos si se la elevaba lo suficientemente alto. Para atraer la carga eléctrica decidió atar una llave metálica a la cometa. Luego ató a la soga de la cometa una cinta aislante de seda para los nudillos de su mano. A pesar de lo altamente peligroso que era este experimento, muchas personas piensan que Franklin no se lastimó porque no realizó la experiencia durante la peor parte de la tormenta. Ya con la primera carga proveniente del aire que la llave recibió, el científico pudo comprobar empíricamente que el rayo era efectivamente una poderosa descarga eléctrica, con suficiente energía como para causar desastres y muertes, pero electricidad al fin, como cualquiera de las otras descargas eléctricas con las que estuvo experimentando por años. Su hijo de 21 años, William, fue el único testigo del acontecimiento.

Dos años antes de este experimento, Benjamin Franklin observó que una barra puntiaguda de hierro podía conducir la electricidad desde una esfera metálica a donde quisiera. Sostenía que los daños de los rayos pueden evitarse utilizando una barra de hierro elevada o colocada en la parte más alta de un edificio y conectada a la tierra para atraer y conducir la descarga eléctrica proveniente de una nube.
 
Mientras Franklin decía que los pararrayos debían tener el extremo superior puntiagudo, sus colegas británicos sostenían que era preferible que no tuvieran punta, ya que de lo contrario atraerían a una mayor cantidad de rayos que los podrían quemar y luego generar mayores destrozos en los edificios. Para ellos, los pararrayos de extremo superior plano o curvo eran más seguros. El Rey Jorge III de Gran Bretaña mandó a equipar su palacio con un pararrayos sin punta y se ordenó que los pararrayos instalados en los edificios de todo el territorio británico fueran también sin punta. Cuando llegó el momento de instalar pararrayos para proteger los edificios públicos de las colonias británicas de Norteamérica, los locales prefirieron quedarse con lo que decía Franklin y rechazaron las hipótesis de los científicos británicos así como la orden del Rey. Los británicos obviamente pensaron que se trataba de otro acto más de rebeldía hacia el poder británico en las colonias que pronto, en 1776, declararían su independencia del gobierno británico así como de toda otra potencia extranjera, formando a los Estados Unidos de América.

Al poco tiempo, ya se podían observar los pararrayos de Franklin en edificios públicos y casas. El pararrayos construido en el domo de la Casa de Gobierno del estado de Maryland, fue el más grande que se instaló mientras Franklin vivía. Fue construido siguiendo sus recomendaciones y solamente fue dañado por golpes de rayos en una ocasión. Algo tan sencillo como el extremo puntiagudo de los pararrayos se convirtió en uno más de los símbolos de rebeldía de la próximamente nación independiente, así como una demostración más del gran intelecto y capacidad inventiva de Benjamin Fanklin.

Hacia el siglo XIX (años 1800s) el uso de pararrayos se difundió en todo el mundo. Incluso, muchos de ellos eran decorados con bolas ornamentales de vidrio. Aunque aparentemente estas bolas tenían un fin estético, en realidad servían para proveer evidencias de que el pararrayos había sido golpeado por un rayo al romperse o caerse, ya que si luego de una tormenta la bola estaba rota o simplemente se caía, el propietario del edificio debía chequear al edificio, pararrayos y cable a tierra en búsqueda de posibles daños.

Los primeros pararrayos instalados en barcos para protegerlos durante las tormentas eléctricas en alta mar, no dieron muchos resultados positivos y fue recién en 1820 que el científico británico William Snow Harris inventó un sistema funcional para proteger a los buques de madera de aquellos tiempos. Pero aunque los primeros experimentos exitosos en navíos se realizaron en 1830, la Armada Británica no adoptó el sistema hasta 1842.
 
Hoy ya es indiscutible la importancia que tienen los pararrayos para protegernos a nosotros, nuestras casas y edificios de las poderosas descargas eléctricas de los rayos, por lo que gracias a ellos las probabilidades de ser golpeados por rayos durante una tormenta eléctrica, si bien no son nulas, se han reducido enormemente durante el transcurso de los últimos 250 años, especialmente en las grandes urbes donde se pueden encontrar pararrayos en casi todas las edificaciones, lo cual brinda una gran protección a sus habitantes.

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