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Otelo de William Shakespeare completa

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Otelo

 

 

 

de
William Shakespeare

 Año 1603-1604

 

ÍNDICE

PERSONAJES

ACTO I

ACTO II

ACTO III

ACTO IV

ACTO V

 

DRAMATIS PERSONAE (Personajes)


OTELO, el moro [general al servicio de Venecia]
BRABANCIO, padre de Desdémona [senador de Venecia]
CASIO, honrado teniente [de Otelo]
YAGO, un malvado [alférez de Otelo]
RODRIGO, un caballero engañado
El DUX de Venecia
SENADORES [de Venecia]
MONTANO, gobernador de Chipre
CABALLEROS de Chipre
LUDOVICO noble veneciano [pariente de Brabanciol
GRACIANO noble veneciano [hermano de Brabancio]
MARINEROS
El GRACIOSO [criado de Otelo]
DESDÉMONA, esposa de Otelo [e hija de Brabitncio]
EMILIA, esposa de Yago
BIANCA, cortesana [amante de Casio]
[Mensajeros, guardias, heraldo, caballeros, músicos y acompañamiento]

ACTO I DE OTELO

Escena Primera

Venecia. -Una calle

Entran RODRIGO e YAGO

RODRIGO.- ¡Calla! ¡No me hables más! Me duele en el alma que tú, Yago, que has dispuesto de mi bolsa como si sus cordones te pertenecieran, supieses del asunto...

YAGO.- ¡Sangre de Dios! ¡No queréis oírme! ¡Si he imaginado nunca semejante cosa, aborrecedme!

RODRIGO.- Me dijiste que sentías por él odio.

YAGO.- ¡Execradme si no es cierto! Tres grandes personajes de la ciudad han venido personalmente a pedirle, gorra en mano, que me hiciera su teniente; y a fe de hombre, sé lo que valgo, y no merezco menor puesto. Pero él, cegado en su propio orgullo y terco en sus decisiones, esquiva su demanda con ambages ampulosos, horriblemente henchidos de epítetos de guerra; y, en conclusión, rechaza a mis intercesores; «porque ciertamente (les dice) he elegido ya mi oficial». ¿Y quién es este oficial? Un gran aritmético, a fe mía; un tal Miguel Cassio, un florentino, un mozo a pique de condenarse por una mujer bonita, que nunca ha hecho maniobrar un escuadrón sobre el terreno, ni sabe más de la disposición de una batalla que una hilandera, a no ser la teoría de los libros, que cualquiera de los cónsules togados podría explicar tan diestramente como él. Pura charlatanería y ninguna práctica es toda su ciencia militar! Pero él, señor, ha sido elegido, y yo (de quien sus ojos han visto la prueba en Rodas, Chipre y otros territorios cristianos y paganos) tengo que ir a sotavento y estar al pairo por quien no conoce sino el deber y el haber por ese tenedor de libros. Él, en cambio, ese calculador, será en buen hora su teniente; y yo (¡Dios bendiga el título!), alférez de su señoría moruna.

RODRIGO.- ¡Por el cielo, antes hubiera sido yo su verdugo!

YAGO.- Pardiez, ¡y qué remedio me queda! Es el inconveniente del servicio. El ascenso se obtiene por recomendación o afecto, no según el método antiguo en que el segundo heredaba la plaza del primero. Juzgad ahora vos mismo, señor, si en justicia estoy obligado a querer al moro.

RODRIGO.- En ese caso, no seguiría yo a sus órdenes.

YAGO.- ¡Oh! Estad tranquilo, señor. Le sirvo para tomar sobre él mi desquite. No todos podemos ser amos, ni todos los amos estar fielmente servidos. Encontraréis más de uno de esos bribones, obediente y de rodillas flexibles, que, prendado de su obsequiosa esclavitud, emplea su tiempo muy a la manera del burro de su amo, por el forraje no más, y cuando envejece, queda cesante. ¡Azotadme a esos honrados lacayos! Hay otros que, observando escrupulosamente las formas y visajes de la obediencia y ataviando la fisonomía del respeto, guardan sus corazones a su servicio, no dan a sus señores sino la apariencia de su celo, los utilizan para sus negocios, y cuando han forrado sus vestidos, se rinden homenaje a sí propios. Estos camaradas tienen cierta inteligencia, y a semejante categoría confieso pertenecer. Porque, señor, tan verdad como sois Rodrigo, que a ser yo el moro, no quisiera ser Iago. Al servirlo, soy yo quien me sirvo. El cielo me es testigo; no tengo al moro ni respeto ni obediencia; pero se lo aparento así para llegar a mis fines particulares. Porque cuando mis actos exteriores dejen percibir las inclinaciones nativas y la verdadera figura de mi corazón bajo sus demostraciones de deferencia, poco tiempo transcurrirá sin que lleve mi corazón sobre mi manga para darlo a picotear a las cornejas. ¡No soy lo que parezco!

RODRIGO.- ¡Qué suerte sin igual tendrá el de los labios gordos si la consigue así!

YAGO.- Llamad a su padre. Despertadle. Encarnizaos con el moro, envenenad su dicha, pregonad su nombre por las calles, inflamad de ira a los parientes de ella, y aunque habite en un clima fértil, infectadlo de moscas. Por más que su alegría sea alegría, abrumadle, sin embargo, con tan diversas vejaciones, que pierda parte de su color.

RODRIGO.- He aquí la casa de su padre. Voy a llamarle a gritos.

YAGO.- Hacedlo, y con el mismo acento pavoroso e igual prolongación lúgubre que cuando en medio de la noche y por descuido alguien descubre el incendio en una ciudad populosa.

RODRIGO.- ¡Eh! ¡Hola! ¡Brabancio! ¡Señor Brabancio! ¡Hola!

YAGO.- ¡Despertad! ¡Eh! ¡Hola! ¡Brabancio! ¡Ladrones! ¡Ladrones! ¡Mirad por vuestra casa, por vuestra hija y por vuestras talegas! ¡Ladrones! ¡Ladrones!

Entra BRABANCIO, arriba, asomándose a una ventana

BRABANCIO.- ¿Qué razón hay para que se me llame con esas vociferaciones terribles? ¿Qué sucede?

RODRIGO.- Signior, ¿está dentro toda vuestra familia?

YAGO.- ¿Están cerradas vuestras puertas?

BRABANCIO.- ¿Por qué? ¿Con qué objeto me lo preguntáis?

YAGO.- ¡Voto a Dios, señor! ¡Os han robado! Por pudor, poneos vuestro vestido. Vuestro corazón está roto. Habéis perdido la mitad del alma. En el momento en que hablo, en este instante, ahora mismo, un viejo morueco negro está topetando a vuestra oveja blanca. ¡Levantaos, levantaos! ¡Despertad al son de la campana a todos los ciudadanos que roncan; o si no, el diablo va a hacer de vos un abuelo! ¡Alzad, os digo!

BRABANCIO.- ¡Cómo! ¿Habéis perdido el seso?

RODRIGO.- Muy reverendo señor, ¿conocéis mi voz?

BRABANCIO.- No. ¿Quién sois?

RODRIGO.- Mi nombre es Rodrigo.

BRABANCIO.- Tanto peor llegado. Te he advertido que no rondes mis puertas. Me has oído decir con honrada franqueza que mi hija no es para ti; y ahora, en un acceso de locura, atiborrado de cena y de tragos que te han destemplado, vienes por maliciosa bellaquería a turbar mi reposo.

RODRIGO.- Señor, señor, señor...

BRABANCIO.- Pero puedes estar seguro de que mi carácter y condición tienen en sí poder para que te arrepientas de esto.

RODRIGO.- Calma, buen señor.

BRABANCIO.- ¿Qué vienes a contarme de robo? Estamos en Venecia. Mi casa no es una granja en pleno campo.

RODRIGO.-Respetabilísimo Brabancio, vengo hacia vos con alma sencilla y pura.

IAGO.- ¡Voto a Dios, señor! Sois uno de esos hombres que no servirían a Dios si el diablo se lo ordenara. Porque venimos a haceros un servicio y nos tomáis por rufianes, dejaréis que cubra a vuestra hija un caballero berberisco. Tendréis nietos que os relinchen, corceles por primos y jacas por deudos.

BRABANCIO.- ¿Quién eres tú, infame pagano?

YAGO.- Soy uno que viene a deciros que vuestra hija y el moro están haciendo ahora la bestia de dos espaldas.

BRABANCIO.- ¡Eres un villano!

YAGO.- Y vos sois... un senador.

BRABANCIO.- Tú me responderás de esto. Te conozco, Rodrigo.

RODRIGO.- Señor, responderé de todo lo que queráis. Pero, por favor, decidme si es con vuestro beneplácito y vuestro muy prudente consentimiento (como en parte lo juzgo) como vuestra bella hija, a las tantas de esta noche, en que las horas se deslizan inertes, sin escolta mejor ni peor que la de un pillo al servicio del público, de un gondolero, ha ido a entregarse a los abrazos groseros de un moro lascivo...; si conocéis el hecho y si lo autorizáis, entonces hemos cometido con vos un ultraje temerario e insolente; pero si no estáis informado de ello, mi educación me dice que nos habéis reprendido sin razón. No creáis que haya perdido yo el sentimiento de toda buena crianza hasta el punto de querer jugar y bromear con vuestra reverencia. Vuestra hija, os lo digo de nuevo (si no le habéis otorgado este permiso), se ha hecho culpable de una gran falta, sacrificando su deber, su belleza, su ingenio, su fortuna a un extranjero, vagabundo y nómada, sin patria y sin hogar. Comprobadlo vos mismo inmediatamente. Si está en su habitación o en vuestra casa, entregadme a la justicia del Estado por haberos engañado de esta manera.

BRABANCIO.- ¡Golpead la yesca! ¡Hola! ¡Dadme una vela! ¡Despertad a todas mis gentes!... Este accidente no difiere mucho de mi sueño. El temor de que sea cierto me oprime ya. ¡Luz, digo! ¡Luz! (Desaparece de la ventana.)

YAGO.- Adiós, pues debo dejaros. No me parece conveniente, ni conforme con el puesto que ocupo, ser llamado en justicia (como sucederá, si me quedo) a deponer contra el moro. Porque, a la verdad, aunque esta aventura le cree algunos obstáculos, sé que el Estado no puede, sin riesgos, privarse de sus servicios. Son tan grandes las razones que han movido a la República a confiarle las guerras de Chipre (en curso a la hora presente), que no hallarían, ni aun al precio de sus almas, otro de su talla para dirigir sus asuntos. Por consiguiente, aunque le odio como a las penas del infierno, las necesidades de mi vida actual me obligan, no obstante, a izar el pabellón, y la insignia del afecto, simple insignia, verdaderamente. Si queréis hallarle con seguridad, conducid hacia el Sagitario a los que se levanten para ir en su busca, que allí estaré con él. Y con esto, adiós. (Sale.)

Entran, arriba, BRABANCIO y CRIADOS con antorchas

BRABANCIO.- ¡Es una desgracia demasiado cierta! Ha partido, y lo que me queda por vivir de mi odiada vejez no será ya sino amargura.- ¡Hola, Rodrigo! ¿Dónde la viste? ¡Oh, hija miserable!- ¿Con el moro, dices?- ¿Quién quisiera ser padre?- ¿Cómo supiste que era ella?- ¡Ah, me engaña por encima de toda imaginación!- ¿Qué os dijo?- ¡Traed más luces! ¡Despertad a todos mis parientes!- ¿Creéis que se han casado?

RODRIGO.- Verdaderamente, lo creo.

BRABANCIO.- ¡Oh!, cielo!- ¿Cómo pudo salir?- ¡Oh, traición de la sangre!- Padres, no os fiéis desde hoy de las almas de vuestras hijas por lo que las veis obrar. ¿No existen encantos que permiten abusar de la juventud y de la inocencia? ¿No habéis leído de estas cosas, Rodrigo?

RODRIGO.- Sí, en verdad, señor.

BRABANCIO.- ¡Que se llame a mi hermano!- ¡Oh, que no la hubiereis tenido vos! ¡Vayan los unos en una dirección, y los otros en otra!- ¿Sabéis dónde podríamos cogerles a ella y al moro?

RODRIGO.- Creo que a él podré descubrirle, si os place proveeros de una buena guardia y venir conmigo.

BRABANCIO.- Por favor, guiadnos. Llamaré en todas las casas. Puedo mandar en la mayor parte.- ¡Traed armas, eh! Y levantad a algunos oficiales del servicio de noche.- Marchemos, buen Rodrigo. Yo recompensaré vuestras molestias. (Salen.)

Escena Segunda

El mismo lugar.-Otra calle

Entran OTELO, YAGO y personas del séquito con antorchas

YAGO.- Aunque he matado hombres en el servicio de la guerra, tengo, sin embargo, por caso de verdadera conciencia cometer un asesinato con premeditación. Me falta a veces maldad, que me sería útil. Nueve o diez veces pensé haberle dado aquí, con mi puñal, debajo de las costillas.

OTELO.- Más vale que hayan pasado así las cosas.

YAGO.- Cierto, pero charlaba en demasía y profería términos tan injuriosos y provocativos contra vuestro honor, que con la poca piedad que tengo, me ha costado mucho trabajo soportarle. Pero, os lo ruego, señor, ¿os habéis casado de veras? Estad seguro de esto, de que el magnífico es muy estimado, y posee en realidad una voz poderosa, dos veces tan influyente como la del dux. Os obligará a divorciaros, u os opondrá tantos inconvenientes o vejaciones, que la ley (con todo el poder que tiene para reforzarla) le dará cable.

OTELO.- Que obre a tenor de su enojo. Los servicios que he prestado a la Señoría reducirán al silencio sus querellas. Aún está por saberse (y lo proclamaré cuando me conste que la jactancia es un honor) que derivo mi vida y mi ser de hombres de regia estirpe, y en cuanto a mis méritos, pueden hallar, a cara descubierta, a tan alta fortuna como la que he alcanzado. Porque sabe, Iago, que sin el amor que profeso a la gentil Desdémona, no quisiera por todos los tesoros del mar trazar límites fijos y estrechos a mi condición libre y errante. Pero ¡mira! ¿Qué luces son aquéllas?

Entran CASSIO, a distancia, y ciertos oficiales con antorchas

YAGO.- Son del padre, que se ha despertado, y de sus amigos. Debierais iros dentro.

OTELO.- No; que se me encuentre; mi dignidad, mi rango y mi conciencia sin reproche me mostrarán tal como soy. ¿Son ellos?

YAGO.- ¡Por Jano! Creo que no.

OTELO.- ¡Los servidores del dux y mi teniente! ¡Los plácemes de la noche caigan sobre vosotros, amigos! ¿Qué noticias hay?

CASSIO.- El dux os envía sus saludos, general, y requiere vuestra presencia sin demora, en este mismo instante.

OTELO.- ¿De qué creéis que se trate?

CASSIO.- A lo que he podido adivinar, de algo referente a Chipre. Es un asunto de cierta prisa. Esta misma noche las galeras han enviado una docena de mensajeros sucesivos, pisándose los talones unos a otros; y buen número de cónsules están ya levantados y reunidos con el dux. Se os ha llamado aceleradamente, y cuando han visto que no se os hallaba en vuestro alojamiento, el Senado ha despachado tres pesquisas diferentes para proceder a vuestra busca.

OTELO.- Está bien que seáis vos quien me haya encontrado. Voy a decir sólo una palabra aquí en la casa, e iré con vos. (Sale.)

CASSIO.- ¿Qué hacía aquí, alférez?

YAGO.- A fe mía, esta noche ha abordado a una carraca de tierra; si la presa es declarada legal, se hace rico para siempre.

CASSIO.- No entiendo.

YAGO.- Se ha casado.

CASSIO.- ¿Con quién?

Vuelve a entrar OTELO

YAGO.- Por mi fe, con... Vamos, capitán, ¿queréis venir?

OTELO.- Soy con vos.

CASSIO.- He aquí otra tropa que viene a buscaros.

YAGO.-Es Brabancio. General, tened cuidado. Viene con malas intenciones.

Entran BRABANCIO, RODRIGO y oficiales con antorchas y armas

OTELO.- ¡Hola, teneos!

RODRIGO.- Signior, es el moro.

BRABANCIO.- ¡Sus, a él! ¡Al ladrón! (Desenvainan por ambas partes.)

YAGO.- ¡A vos, Rodrigo! ¡Vamos, señor, soy vuestro hombre!

OTELO.- Guardad vuestras espadas brillantes, pues las enmohecería el rocío. Buen signior, se obedecerá mejor a vuestros años que a vuestras armas.

BRABANCIO.- ¡Oh, tú, odioso ladrón! ¿Dónde has escondido a mi hija? Condenado como eres, has debido hechizarla, pues me remito a todo ser de sentido, si a no estar cautiva en cadenas de magia es posible que una virgen tan tierna, tan bella y tan dichosa, tan opuesta al matrimonio que esquivó los más ricos y apuestos galanes de nuestra nación, hubiera incurrido nunca en la mofa general, escapando de la tutela paterna para ir a refugiarse en el seno denegrido de un ser tal como tú, hecho para inspirar temor y no deleite. Séame juez el mundo si no es de toda evidencia que has obrado sobre ella con hechizos odiosos, que has abusado de su delicada juventud por medio de drogas o de minerales que debilitan la sensibilidad. Haré que se examine el caso. Es probable, palpable al pensamiento. Te prendo, pues, y te acuso, como corruptor de personas y practicante de artes prohibidas y fuera de la ley. Apoderaos de él; si resiste, sometedle a sus riesgos y peligros.

OTELO.- ¡Detened vuestras manos, vosotros, los que estáis de mi parte, y vosotros también, los del otro partido! Si mi réplica fuera reñir, la sabría sin apuntador. ¿Dónde queréis que vaya a responder a vuestro cargo?

BRABANCIO.- A la cárcel, hasta que el plazo establecido por la ley y el curso regular de la justicia te llamen a responder.

OTELO.- ¿Qué sucederá si obedezco? ¿Cómo podría entonces satisfacer al dux, cuyos mensajeros están aquí, a mi lado, para conducirme ante él, a propósito de cierto asunto urgente del Estado?

OFICIAL.- Es cierto, muy digno signior. El dux se halla en Consejo y estoy seguro de que ha enviado a buscar a vuestra noble persona...

BRABANCIO.- ¡Cómo! ¡El dux en Consejo! ¿Y a esta hora de la noche? Llevadle. No es una causa ociosa la mía. El dux mismo o cualquiera de mis hermanos de Estado no pueden sino sentir mi ultraje como si les fuera propio. Porque si tales acciones pudieran tener paso libre, los esclavos y los paganos fueran nuestros estadistas. (Salen.)

Escena Tercera

El mismo lugar.-Cámara del Consejo

El DUX y los SENADORES sentados a una mesa; oficiales en funciones de servicio

DUX.- No hay concordancia en estas noticias para que se le dé crédito.

SENADOR PRIMERO.- Son muy divergentes, en verdad. Mis cartas dicen ciento siete galeras.

DUX.- Y las mías ciento cuarenta.

SENADOR SEGUNDO.- Y las mías, doscientas. Sin embargo, aunque no estén conformes en la cifra exacta (y en casos como éste, en que los informes se hacen por conjetura, son frecuentes las diferencias), todas confirman, no obstante, la existencia de una flota turca y haciendo velas con rumbo a Chipre.

DUX.- Bien mirado, parece, en efecto, muy probable. No estoy tan convencido de las inexactitudes para que el hecho capital de estas noticias no me inspire un sentimiento de inquietud.

UN MARINERO (dentro).- ¡Hola, eh! ¡Hola, eh!

Entra el MARINERO

OFICIAL.- Un mensajero de las galeras.

DUX.- ¡Hola! ¿Qué ocurre?

MARINERO.- La armada turca se dirige a Rodas. Se me envía a anunciarlo aquí al gobierno de parte del signior Angelo.

DUX.- ¿Qué decís de este cambio?

SENADOR PRIMERO.- No puede ser, no resiste al ensayo de la razón. Es un simulacro para mantenemos en una contemplación falsa. Cuando consideramos la importancia de Chipre para el turco y comprendemos, además, que no sólo esta isla concierne más al turco que Rodas, sino también que puede tomarla con más facilidad, pues no está armada de semejantes medios de defensa, antes carece por completo de los recursos de que se halla provista Rodas, si reflexionamos en esto, no podemos creer que sea el turco tan torpe que relegue a último lugar la isla que le incumbe en primero y abandone una tentativa fácil y provechosa, para despistar y sostener un peligro infructuoso.

DUX.- Cierto, con toda seguridad, que no piensa en Rodas.

OFICIAL.- Aquí llegan más noticias.

Entra un MENSAJERO

MENSAJERO.- Los otomanos, reverendo e ilustre dux, se dirigen con rumbo fijo hacia la isla de Rodas, habiéndoseles unido en ruta su flota posterior.

SENADOR PRIMERO.- Sí, es lo que yo pensaba. ¿De cuántas naves se compone, en vuestra opinión?

MENSAJERO.- De treinta velas, y ahora virando ponen proa con franca apariencia de llevar sus designios hacia Chipre. El signior Montano, vuestro fiel y muy valeroso servidor, os presenta sus respetuosos deberes, informándoos del hecho y suplicándoos que le creáis.

DUX.- Es cierto, entonces, que van contra Chipre. ¿No se encuentra en la ciudad Marcos Luccicos?

SENADOR PRIMERO.- Está ahora en Florencia.

DUX.- Escribidle de nuestra parte, para que vuelva a correo seguido.

SENADOR PRIMERO.- He aquí venir a Brabancio y al valiente moro.

Entran BRABANCIO, OTELO, IAGO, RODRIGO y oficiales

DUX.- Valeroso Otelo, es menester que os empleemos inmediatamente contra el otomano, nuestro común enemigo. (A Brabancio.) No os veía. Sed bien venido, noble signior; necesitamos de vuestro consejo y de vuestra ayuda esta noche.

BRABANCIO.- Y yo de los vuestros. Que vuestra virtuosa gracia me perdone. No son mis funciones, ni todo lo que he oído de los asuntos de Estado, lo que me ha levantado del lecho; ni el interés público tiene influencia en mí. Porque mi dolor particular es de una naturaleza tan desbordante, tan impetuosa y parecida a las aguas de una esclusa, que engulle y sumerge las demás penas, y él queda siempre igual.

DUX.- Pues ¿qué ocurre?

BRABANCIO.- ¡Mi hija! ¡Oh, mi hija!

DUX y SENADORES.- ¿Muerta?

BRABANCIO.- ¡Sí, para mí! Ha sido seducida, me la han robado y pervertido con sortilegios y medicinas compradas a charlatanes, pues la naturaleza, no siendo ella imbécil, ciega o coja de sentido, no podría haberse engañado tan descabelladamente sin el auxilio de la brujería.

DUX.- Sea quien fuere el que por este odioso procedimiento ha privado así a vuestra hija de sí propia y a vos de ella, sufrirá la aplicación del sangriento libro de la ley interpretado por vos mismo, como os convenga en su texto más implacable; sí, lo será, aun cuando vuestra acusación recayera en nuestro propio hijo.

BRABANCIO.- Lo agradezco humildemente a Vuestra Gracia. He aquí el hombre, este moro, a quien ahora, por mandato especial, habéis traído aquí, parece, para asuntos de Estado.

DUX y SENADORES.- Sentimos por ello el más profundo pesar.

DUX.- (A Otelo.) ¿Qué podéis responder a esto en defensa propia?

BRABANCIO.- Nada, sino que es así.

OTELO.- Muy poderosos, graves y reverendos señores, mis muy nobles y muy amados dueños; es por demás cierto que me he llevado la hija de este anciano; es cierto que me casé con ella: la verdadera cabeza y frente de mi crimen tiene esta extensión, no más. Soy rudo en mis palabras, y poco bendecido con el dulce lenguaje de la paz, pues desde que estos brazos tuvieron el desarrollo de los siete años, salvo durante las nueve postreras lunas, han hallado siempre sus más caros ejercicios en los campos cubiertos de tiendas. Y fuera de lo que concierne a las acciones guerreras y a los combates, apenas puedo hablar de este vasto universo. Por consiguiente, poco embelleceré mi causa hablando de mí mismo. No obstante, con vuestra graciosa autorización, os haré llanamente y sin ambages el relato de la historia entera de mi amor. Os diré qué drogas, qué encantos, qué conjuros, qué mágico poder (pues de tales procedimientos se me acusa) he empleado para seducir a su hija.

BRABANCIO.- Una virgen nunca desenvuelta, de un carácter tan apacible y tímido, que al menor movimiento enrojecía; y, a despecho de su naturaleza, de sus años, de su país, de su reputación, de todo, ¡caer enamorada de quien tenía miedo de mirar! Mostraría un juicio mutilado y muy imperfecto quien declarase que la perfección puede errar a tal punto contra todas las reglas de la naturaleza; y ante un hecho parecido, debe buscarse la explicación en las prácticas astutas del infierno. Mantengo, pues, de nuevo que ha operado sobre ella con algunas poderosas mixturas sobre la sangre, o por alguna poción conjurada a este efecto.

DUX.- Mantenerlo no es probarlo. Necesitáis testimonios mucho más precisos y más claros que esas ligeras aserciones y las probabilidades superficiales de esas ordinarias apariencias.

SENADOR PRIMERO.- Pero hablad, Otelo. ¿Habéis conquistado y emponzoñado por medios indirectos y violentos las afecciones de esta joven doncella? ¿O ha sucedido ello por plegarias y esas bellas instancias que el corazón dirige al corazón?

OTELO.- Os lo suplico, enviad a buscar la dama al Sagitario y que se explique respecto de mí delante de su padre. Si en el relato me halláis culpable, no os contentéis con retirarme la confianza y el cargo que os debo, sino que vuestra sentencia caiga sobre mi propia vida.

DUX.- Traed acá a Desdémona.

OTELO.- Alférez, guiadles; vos conocéis mejor el sitio. (Salen Iago y acompañamiento.) Y mientras llega, tan sinceramente como confieso al cielo los vicios de mi sangre, así explicaré, con la misma franqueza, a vuestros graves oídos, cómo conquisté el amor de esta bella dama, y ella el mío.

DUX.- Referidlo, Otelo.

OTELO.- Su padre me quería; me invitaba a menudo; interrogábame siempre sobre la historia de mi vida, detallada año por año; acerca de las batallas, los asedios, las diversas suertes que he conocido. Yo le contaba mi historia entera desde los días de mi infancia hasta el momento mismo en que mandaba hablar. Le hacía relación de muchos azares desastrosos, de accidentes patéticos por mar y tierra; de cómo había escapado por el espesor de un cabello a una muerte inminente; de cómo fui hecho prisionero por el insolente enemigo y vendido como esclavo; de cómo me rescaté y de mi manera de proceder en mi historia de viajero. Entonces necesitaba hacer mención de vastos antros y de desiertos estériles, de canteras salvajes, de peñascos y de montañas cuyas cimas tocaban el cielo, y hacía de ellos la descripción. Luego hablaba de los caníbales, que se comen los unos a los otros (los antropófagos), y de los hombres que llevan su cabeza debajo del hombro. Desdémona parecía singularmente interesada por estas historias, pero las ocupaciones de la casa la obligaban sin cesar a levantarse; las despachaba siempre con la mayor diligencia posible, luego volvía y devoraba mis discursos con un oído ávido. Habiéndolo yo observado, elegí un día una hora oportuna y hallé fácilmente el medio de arrancarle del fondo de su corazón la súplica de hacerla por entero el relato de mis viajes, de que había oído algunos fragmentos, pero sin la debida atención. Accedí a ello, y frecuentemente le robé lágrimas, cuando hablaba de alguno de los dolorosos golpes que habían herido mi juventud. Acabada mi historia, me dio por mis trabajos un mundo de suspiros. Juró que era extraño, que en verdad era extraño hasta el exceso, que era lamentable, asombrosamente lamentable; hubiera deseado no oírlo, no obstante anhelar que el cielo le hiciera nacer de semejante hombre. Me dio las gracias y me dijo que si tenía un amigo que la amara me invitaba a contarle mi historia, y que ello bastaría para que se casase con él. Animado con esta insinuación, hablé. Me amó por los peligros que había corrido y yo la amé por la piedad que mostró por ellos. Ésta es la única brujería que he empleado. Aquí llega la dama; que sea testigo de ello.

Entran DESDÉMONA, IAGO y acompañamiento

DUX.- Pienso que un relato así hubiera vencido también a mi hija. Mi buen Brabancio, tomad por el lado mejor este asunto hecho trizas. Los hombres se defienden más seguramente con armas rotas que con sus manos desnudas.

BRABANCIO.- Oídme, os ruego. ¡Que ella confiese que recorrió la mitad del camino, y entonces que la destrucción caiga sobre mi cabeza si mi más fuerte censura se dirige contra este hombre! Venid acá, linda señorita. ¿Descubrís entre toda esta noble compañía a quién debéis sobre todo obediencia?

DESDÉMONA.- Mi noble padre, noto aquí un deber compartido. Os estoy obligada por mi vida y mi educación; mi vida y mi educación me enseñan qué respeto os debo. Sois el dueño de mi obediencia, ya que hasta aquí he sido vuestra hija. Mas he aquí mi esposo; y la misma obediencia que os mostró mi madre, prefiriéndoos a su padre, reconozco y declaro deberla al moro, mi marido.

BRABANCIO.- ¡Dios sea con vos! He terminado. Si place a Vuestra Gracia, ocupémonos de los asuntos del Estado -más me hubiera valido adoptar un hijo que engendrar eso-. Ven acá, moro. Te otorgo aquí con todo mi corazón lo que te negaría con todo mi corazón, si no lo tuvieras ya. Gracias a ti, alhaja, me siento feliz en el fondo de mi alma por no haber tenido más hijos; pues tu escapada me enseñaría a ser lo bastante tirano para ponerles trabas. He acabado, señor.

DUX.- Dejadme hablar como hablaríais vos mismo, y pronunciar una máxima que podrá servir de escalón o peldaño a estos enamorados para recobrar vuestro favor. Cuando los remedios son inútiles, los pesares que se ligaban a nuestras esperanzas dan fin por la inutilidad misma de los remedios. Llorar una desgracia consumada e ida es el medio más seguro de atraerse otra desgracia nueva. Cuando no puede salvarse lo que se lleva el hado, lo mejor es transformar por la paciencia esta injuria en mofa. El hombre robado que sonríe roba alguna cosa al ladrón; pero a sí mismo se roba el que se consume en un dolor sin provecho.

BRABANCIO.- En ese caso, que el turco nos arrebate Chipre; no perderemos nada, mientras podamos reírnos. Lleva fácilmente esta máxima el que no lleva sino el torpe consuelo que encierra; pero lleva a la vez su dolor y la máxima el que para pagar la pena se ve obligado a pedir prestado a la pobre paciencia. Estas máximas, azúcar y hiel a un tiempo e igualmente fuertes de ambos lados, son equívocas. Las palabras no son más que palabras y todavía no he escuchado que se pueda penetrar en un corazón roto a través del oído. Os lo ruego humildemente, ocupémonos de los asuntos del Estado.

DUX.- El turco navega rumbo a Chipre con poderosos preparativos. Otelo, la capacidad de resistencia de esta plaza os es particularmente conocida, y aunque tengamos allí un sustituto de probada suficiencia, sin embargo, la opinión, soberana señora de las circunstancias, halla en vos competencia más segura. Por consiguiente, debéis resignaros a ensombrecer el resplandor de vuestra nueva fortuna con esta más porfiada y borrascosa expedición.

OTELO.- La tirana costumbre, muy graves senadores, ha hecho de la cama pedernal y acero de la guerra mi lecho de pluma tres veces cernido. Ante las aventuras peligrosas, siento, lo confieso, un ardor natural y pronto. Me encargo, pues, de la presente guerra contra los otomanos. En consecuencia, inclinándome humildemente ante vuestro poder, solicito en favor de mi esposa disposiciones conformes a su rango, lugar de residencia y un sueldo en consonancia con su condición, y la casa y servidumbre que reclama su nacimiento.

DUX.- Puede alojarse en casa de su padre, si accedéis.

BRABANCIO.- No lo consiento.

OTELO.- Ni yo.

DESDÉMONA.- Ni yo tampoco. Me niego a residir allí; para evitar a mi padre los sentimientos de impaciencia que mi vista le haría experimentar. Muy gracioso dux, otorgad a mi petición una acogida favorable y que vuestro asentimiento me cree una protección que asista mi sencillez.

DUX.- ¿Qué deseáis, Desdémona?

DESDÉMONA.- Que he amado al moro lo suficiente para pasar con él mi vida, el estrépito franco de mi conducta y la tempestad afrontada de mi suerte lo proclaman a son de trompeta en el mundo. Mi corazón está sometido a las condiciones mismas de la profesión militar de mi esposo. En su alma es donde he visto el semblante de Otelo y he consagrado mi vida y mi destino a su honor y a sus valientes cualidades. Así, caros señores, si se me deja aquí como una falena de paz, mientras él marcha a la guerra, se me priva de participar en los ritos de esta religión de la guerra por la cual le he amado, y tendré que soportar por su querida ausencia un pesado ínterin. Dejadme partir con él.

OTELO.- Vuestro asentimiento, señores. Os lo suplico, que tenga vía libre su voluntad. Sedme testigos, cielos, de que no lo pido, pues, para satisfacer el paladar de mi apetito, ni para condescender con el ardor -difuntos en mí los transportes de la juventud- y la satisfacción propia. Y el cielo guarde a vuestras buenas almas de pensar que olvidaré vuestros serios y grandes asuntos porque ella esté conmigo. No, cuando los ojos ligeros del alado Cupido encapiroten en voluptuosa indolencia mis facultades de pensamiento y de acción hasta el punto de que mis placeres corrompan y manchen mis ocupaciones, que las amas de casa hagan una cazuela de mi yelmo y toda indigna y baja adversidad haga frente a mi estimación.

DUX.- Se quede o parta, decidlo vos particularmente; el asunto reclama urgencia y debe responderle la prontitud.

SENADOR PRIMERO.- Es menester que partáis esta noche.

DESDÉMONA.- ¿Esta noche, señor?

DUX.- Esta noche.

OTELO.- Con todo mi corazón.

DUX.- Nosotros volveremos a reunirnos aquí a las nueve de la mañana. Otelo, dejad tras vos alguno de vuestros oficiales y os llevará nuestro despacho, con todas las demás ordenanzas de títulos y mando que os conciernen.

OTELO.- Si place a Vuestra Gracia, dejaré aquí a mi alférez; es un hombre honrado y fiel. Dejo a su cuidado acompañar a mi esposa y remitirme todo cuanto vuestra virtuosa gracia juzgue necesario enviarme.

DUX.- Sea. Buenas noches a todos. (A Brabancio.) Noble señor, si es verdad que a la virtud no le falta el encanto de la belleza, vuestro yerno es más bello que atezado.

SENADOR PRIMERO.- ¡Adiós, bravo moro! Tratad bien a Desdémona.

BRABANCIO.- Vela por ella, moro, si tienes ojos para ver. Ha engañado a su padre y puede engañarte a ti. (Salen el Dux, Senadores, Oficiales, etc.)

OTELO.- ¡Mi vida en prenda de su fe! Honrado Iago, debo confiarte mi Desdémona. ¡Por favor, pon a tu mujer a su servicio, y llévalas luego en la ocasión más favorable! Ven, Desdémona. Sólo tengo una hora para emplearla contigo en el amor, asuntos mundanos y disposiciones que tomar. (Salen Otelo y Desdémona.)

RODRIGO.- ¡Iago!...

IAGO.- ¿Qué dices, noble corazón?

RODRIGO.- ¿Qué piensas que debo hacer?

IAGO.- ¡Pardiez!, irte a la cama y dormir.

RODRIGO.- Voy a ir a ahogarme inmediatamente.

IAGO.- Está bien; si lo haces, no te estimaré en lo sucesivo. ¡Pardiez, que eres un hidalgo estúpido!

RODRIGO.- Estúpido es vivir cuando la vida se convierte en un tormento; y, además, tenemos la receta para morir cuando la muerte es nuestro médico.

IAGO.- ¡Oh, cobardía! He contemplado el mundo por espacio de cuatro veces siete años, y desde que pude distinguir entre un beneficio y una injuria, jamás hallé un hombre que supiera estimarse. Antes de decir que me ahogaría por el amor de una pintada de Guinea, cambiaría de humanidad con un babuino.

RODRIGO.- ¿Qué habré de hacer? Confieso que es para mí una vergüenza estar apasionado hasta ese punto, pero no alcanza mi virtud a remediarlo.

IAGO.- ¿Virtud? ¡Una higa! De nosotros mismos depende ser de una manera o de otra. Nuestros cuerpos son jardines en los que hacen de jardineros nuestras voluntades. De suerte que si queremos plantar ortigas o sembrar lechugas; criar hisopo y escardar tomillo; proveerlo de un género de hierbas o dividirlo en muchos, para hacerlo estéril merced al ocio o fértil a fuerza de industria, pardiez, el poder y autoridad correctiva de esto residen en nuestra voluntad. Si la balanza de nuestras existencias no tuviese un platillo de razón para equilibrarse con otro de sensualidad, la sangre y bajeza de nuestros instintos nos llevarían a las consecuencias más absurdas. Pero poseemos la razón para templar nuestros movimientos de furia, nuestros aguijones carnales, nuestros apetitos sin freno; de donde deduzco lo siguiente: que lo que llamáis amor es un esqueje o vástago.

RODRIGO.- Puede ser.

IAGO.- Simplemente una codicia de la sangre y una tolerancia del albedrío. ¡Vamos, sé un hombre! ¡Ahogarte! ¡Ahóguense gatos y cachorros ciegos! He hecho profesión de ser tu amigo, y protesto que estoy ligado a tus méritos con cables de una solidez eterna. Jamás podría servirte mejor que ahora. Echa dinero en tu bolsa, síguenos a la guerra, cambia tus rasgos con una barba postiza. Echa dinero en tu bolsa, digo. No puede ser que Desdémona continúe mucho tiempo enamorada del moro -echa dinero en tu bolsa-, ni él de ella. Tuvo en ésta un principio violento, al cual verás responder una separación violenta. -Echa sólo dinero en tu bolsa-. Estos moros son inconstantes en sus pasiones -llena tu bolsa de dinero-; el manjar que ahora le sabe tan sabroso como las algarrobas, pronto le parecerá tan amargo como la coloquíntida. Ella tiene que cambiar a causa de su juventud. Cuando se sacie de él, descubrirá los errores de su elección. Por consiguiente, echa dinero en tu bolsa. Si te empeñas en condenarte, elige un medio más delicado que el de la sumersión. Recoge todo el dinero que puedas. Si la santimonia y un voto frágil entre un berberisco errante y una superastuta veneciana no son una tarea demasiado dura para los recursos de mi inteligencia y de toda la tribu del infierno, la poseerás. Por consiguiente, procúrate dinero. ¡Mala peste con ahogarte! Eso es ponerse fuera de razón. Trata más bien de que te ahorquen después de satisfacer tu deseo, que de ahogarte y partir sin ella.

RODRIGO.- ¿Quieres servir fielmente a mis esperanzas, si me decido a la realización?

IAGO.- Confía en mí. -Ve, hazte con dinero- Te lo he dicho a menudo y te lo vuelvo a repetir una y mil veces: odio al moro; mi causa está arraigada en mi corazón; la tuya no es menos sólida; estamos estrechamente unidos en nuestra venganza contra él. Si puedes hacerle cornudo, te darás a ti mismo un placer y a mí una diversión. El tiempo está preñado de muchos acontecimientos que habrá de parir. ¡Adelante! ¡En marcha! Ve, provéete de dinero. Hablaremos de esto mañana con más espacio. Adiós.

RODRIGO.- ¿Dónde nos encontraremos mañana por la mañana?

IAGO.- En mi alojamiento.

RODRIGO.- Estaré contigo temprano.

IAGO.- Márchate.-¿Me oís, Rodrigo?

RODRIGO.- ¿Qué decís?

IAGO.- ¡Nada de ahogarse! ¿Entendéis?

RODRIGO.- He cambiado de opinión. Voy a vender todas mis tierras.

IAGO.- Marchaos. ¡Adiós! Poned bastante dinero en vuestra bolsa. (Sale Rodrigo.) Así hago siempre de un imbécil mi bolsa. Porque profanaría la experiencia que he adquirido, si gastara mi tiempo con un idiota semejante, a no ser para mi provecho y diversión. Odio al moro y se dice por ahí que ha hecho mi oficio entre mis sábanas. No sé si es cierto; pero yo, por una simple sospecha de esa especie, obraré como si fuera seguro. Tiene una buena opinión de mí; tanto mejor para que mis maquinaciones surtan efecto en él. Cassio es un hombre arrogante... Veamos un poco... Para conseguir su puesto y dar libre vuelo a mi venganza por una doble bellaquería... ¿Cómo? ¿Cómo?... Veamos... El medio consiste en engañar, después de algún tiempo, los oídos de Otelo susurrándole que Cassio es demasiado familiar con su mujer. Cassio tiene una persona y unas maneras agradables para infundir sospechas; tallado para perder a las mujeres. El moro es de naturaleza franca y libre, que juzga honradas a las gentes a poco que lo parezcan y se dejará guiar por la nariz tan fácilmente como los asnos... ¡Ya está! ¡Helo aquí engendrado! ¡El infierno y la noche deben sacar esta monstruosa concepción a la luz del mundo! (Sale.)

Fin del Acto I

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ACTO II DE OTELO


Escena Primera

Puerto de mar en Chipre. Una explanada cerca del muelle

Entran MONTANO y dos CABALLEROS

MONTANO.- ¿Qué distinguís desde el cabo en el mar?

CABALLERO PRIMERO.- Nada en absoluto. Las olas están demasiado altas. No logro descubrir una vela entre el cielo y el océano.

MONTANO.- Me parece que el viento ha armado en tierra una batahola. Jamás sacudió nuestras murallas un huracán más fuerte. Si ha braveado tanto sobre el mar, ¿qué cuadernas de roble han podido quedar en sus muescas, cuando las montañas de agua disolvíanse encima? ¿Qué resultará de todo esto para nosotros?

CABALLERO SEGUNDO.- La dispersión de la flota turca, pues no tenéis más que acercaros a la espumosa orilla para ver cómo las olas irritadas semejan lanzarse a las nubes: cómo la ola sacudida por los vientos, con su alta y monstruosa cabellera, parece arrojar agua sobre la constelación de la ardiente Osa y querer extinguir las guardas del Polo, siempre fijo. No he presenciado jamás semejante perturbación en el oleaje colérico.

MONTANO.- Si los de la flota turca no se han guarecido y ensenado, han debido de ahogarse. Es imposible que hayan podido resistir.

Entra un tercer CABALLERO

CABALLERO TERCERO.- ¡Noticias, muchachos! ¡Nuestras guerras se han acabado! ¡Esta tempestad desencadenada zurró tan bien a los turcos, que renuncian a sus proyectos! Una gallarda nave de Venecia ha sido testigo del terrible naufragio y desastre de la mayor parte de su flota.

MONTANO.- ¿Cómo? ¿Es verdad?

CABALLERO TERCERO.- La nave está aquí en el puerto, una veronesa. Miguel Cassio, teniente del bizarro moro Otelo, acaba de desembarcar. El moro mismo está sobre el mar y viene con poderes amplios a Chipre.

MONTANO.- Me alegro mucho. Es un digno gobernador.

CABALLERO TERCERO.- Pero este mismo Cassio -aunque da noticias consoladoras relativas a las pérdidas de los turcos- tiene, sin embargo, el aire triste, y ruega a Dios por que el moro se halle sano y salvo, pues han sido separados por la horrible y violenta tempestad.

MONTANO.- Quieran los cielos que esté salvo, pues he servido bajo sus órdenes y el hombre manda como un soldado perfecto. ¡Hola!... Vamos a la ribera del mar, tanto para ver el navío que acaba de venir como para escudriñar con nuestros ojos la llegada del brazo Otelo, y hagamos centinela hasta que, a fuerza de mirar, el mar y el azul del cielo se confundan a nuestra vista.

CABALLERO TERCERO.- Vamos, hágase así, pues a cada minuto deben esperarse nuevos arribos.

Entra CASSIO

CASSIO.- Os doy las gracias, valeroso guerrero de esta isla belicosa, que habláis en esos términos del moro. ¡Oh, que los cielos le defiendan contra los elementos, pues le he perdido en una mar peligrosa!

MONTANO.- ¿Va bien equipado?

CASSIO.- Su barco está sólidamente construido, y su piloto es de una reputación muy experta y reconocida: así, mis esperanzas, no perdidas hasta la muerte, mantiénense en la confianza de una atrevida cura.

VOZ.- (Dentro.) ¡Una vela, una vela, una vela!

Entra un cuarto CABALLERO

CASSIO.- ¿Qué ruido es ése?

CABALLERO CUARTO.- La ciudad está vacía. Sobre el borde del mar se estacionan hileras de gentes, que gritan: «¡Una vela!»

CASSIO.- Mis esperanzas se figuran que es el gobernador. (Óyense disparos de cañón.)

CABALLERO SEGUNDO.- Hacen salvas de cortesía. En todo caso, amigos nuestros.

CASSIO.- Por favor, señor, id a ver, y venid a informarnos de quién es el que llegado.

CABALLERO SEGUNDO.- Voy allá. (Sale.)

MONTANO.- Pero, buen teniente, ¿se ha casado vuestro general?

CASSIO.- De la manera más feliz. Ha hecho la conquista de una doncella que puede luchar con toda descripción y sobrepuja a toda fama; de una joven que excede los conceptos de las plumas brillantes y que por las galas esenciales de su naturaleza, fatiga la imaginación del artista. -¡Hola! ¿Quién ha entrado en el puerto?

Vuelve a entrar el CABALLERO SEGUNDO

CABALLERO SEGUNDO.- Es un tal Iago, alférez del general.

CASSIO.- Ha hecho la más favorable y rápida travesía. Las tempestades mismas, las mares gruesas, los vientos mugidores, las rocas estriadas y las congregadas arenas, traidores apostados para sorprender las inocentes quillas, como por sentimiento de la belleza, han renunciado a su natural mortífero, para dejar ir con toda seguridad a la divina Desdémona.

MONTANO.- ¿De quién se trata?

CASSIO.- De la que os hablaba, de la capitana de nuestro gran capitán, remitida a la conducción del audaz Iago, cuya llegada aquí avanza con una rapidez de siete días nuestras suposiciones. ¡Gran Júpiter, protege a Otelo e hincha su velamen con tu propio y poderoso aliento, a fin de que honre esta playa con su gallarda nave, que sienta en los brazos de Desdémona las ardientes palpitaciones del amor, que infunda renovado fuego en nuestro extinguido coraje, y traiga consuelo a toda Chipre!...

Entran DESDÉMONA, EMILIA, IAGO, RODRIGO y personas del acompañamiento

CASSIO.- ¡Oh, mirad! ¡Los tesoros de la nave llegan de la ribera! ¡Vosotros, hombres de Chipre, permitid que ella os tenga de rodillas! ¡Salve a ti, dama, y que la gracia del cielo te circuya alrededor y te rodee por todas partes!

DESDÉMONA.- Os lo agradezco, valeroso Cassio. ¿Qué noticias podéis darme de mi señor?

CASSIO.- Todavía no ha llegado; ni sé otra cosa sino que se encuentra bien y estará aquí dentro de poco.

DESDÉMONA.- ¡Oh, temo, no obstante!... ¿Cómo perdió vuestra compañía?

CASSIO.- La gran contienda entre el mar y los cielos nos separó... Pero ¡escuchad! ¡Una vela!

VOCES. (Dentro.) ¡Una vela! ¡Una vela! (Óyense de pronto disparos de artillería.)

CABALLERO SEGUNDO.- Envían sus saludos a la ciudadela. Son también amigos.

CASSIO.- ¡Id por noticias! (Sale el Caballero.) Buen alférez, sed bien venido. (A Emilia.) Sed bien venida, señora. -Buen Iago, no os incomodéis si llevo tan lejos mis maneras; es mi educación la que me impulsa a esta osada muestra de cortesía. (Besa a Emilia.)

IAGO.- Señor, si os regalara con sus labios tanto como me da a menudo con su lengua, ya os bastaría.

DESDÉMONA.-¡Ay! ¡Pero si no habla!

IAGO.- A fe mía, de sobra. Lo noto siempre que me entran ganas de dormir. Pardiez, estoy seguro de que delante de Vuestra Señoría pone un poco su lengua en el corazón y sólo murmura con el pensamiento.

EMILIA.- Tenéis pocos motivos para hablar así.

IAGO.- Vamos, vamos, sois pinturas fuera de casa, cascabeles en vuestros estrados, gatos monteses en vuestras cocinas, santas en vuestras injurias, diablos cuando sois ofendidas, haraganas en la economía doméstica y activas en la cama.

DESDÉMONA.- ¡Oh, vergüenza de ti, calumniador!

IAGO.- No, es la verdad, o soy un turco: os levantáis para vuestros recreos y os vais a la cama para trabajar.

EMILIA.- No os encargaré de escribir mi elogio.

IAGO.- No, no me lo encarguéis.

DESDÉMONA.- ¿Qué escribiríais de mí si tuvierais que hacer mi elogio?

IAGO.- ¡Oh, encantadora dama! No me encarguéis de semejante obra, pues no soy más que un censurón.

DESDÉMONA.- Vamos, prueba. ¿Ha venido alguien al puerto?

IAGO.- Si, señora.

DESDÉMONA.- No estoy alegre. Pero engaño la disposición en que me encuentro, haciendo parecer lo contrario. Veamos, ¿cómo haríais mi elogio?

IAGO.- No pienso en ello; pero, a la verdad, mi inspiración se agarra a mi mollera como la liga a la frisa; sale arrancando sesos y todo. Sin embargo, mi musa está de parto y he aquí lo que da a luz. Si una mujer es rubia e ingeniosa, belleza e ingenio son, el uno para usarlo, la otra para servirse de ella.

DESDÉMONA.- ¡Lindo elogio! ¿Y si es morena e ingeniosa?

IAGO.- Si es morena y a esto tiene ingenio, hallará un blanco que se acomodará con su negrura.

DESDÉMONA.- De mal en peor.

EMILIA.- ¿Y si es hermosa y necia?

IAGO.- La que fue hermosa nunca fue necia, pues su misma necedad le ayudó a procurarse un heredero.

DESDÉMONA.- Ésas son viejas paradojas para hacer reír a los tontos en las cervecerías. ¿Qué miserable elogio reservas a la que es fea y necia?

IAGO.- Ninguna hay a la vez tan fea y necia que no haga las mismas travesuras que las bellas ingeniosas.

DESDÉMONA.- ¡Oh, crasa ignorancia! A la peor es a la que mejor encomias. Pero ¿qué elogio tributarías a una mujer realmente virtuosa? ¿A una mujer que, con la autoridad de su mérito, se atreviera justamente a desafiar el testimonio de la malignidad misma?

IAGO.- La que siempre fue bella y nunca orgullosa, que tuvo la palabra a voluntad y nunca armó ruido; que jamás le faltó oro, y no fue nunca fastuosa; que ha contenido su deseo, siéndole fácil decir: «ahora puedo»; la que en su cólera, cuando tenía a mano la venganza, impuso silencio a su injuria y despidió a su desagrado, aquella cuya prudencia careció de la suficiente fragilidad para cambiar una cabeza de pescado por una cola de salmón; la que pudo pensar, y nunca descubrió su alma; aquella a la que seguían los enamorados y nunca miró tras sí; ésta fue una criatura, si tales han existido...

DESDÉMONA.- ¿Para hacer qué?

IAGO.- Para dar de mamar a los tontos y registrar cosas frívolas.

DESDÉMONA.- ¡Oh, conclusión muy coja e impotente! No aprendas de él, Emilia, aunque sea tu marido, ¿Qué decís vos, Cassio? ¿No es un censor muy grosero y licencioso?

CASSIO.- Habla a su manera, señora. Os agradará más como soldado que como hombre de letras.

IAGO.- (Aparte.) La coge por la palma de la mano... Sí, bien dicho. -Cuchichean... Con una tela de araña tan delgada como ésa, entramparé una mosca tan grande como Cassio. Sí, sonríele, anda. Yo te atraparé en tu propia galantería... Decís verdad; así es, en efecto... Si semejantes manejos os hacen perder vuestra tenencia, sería mejor que no hubiereis besado tan a menudo vuestros tres dedos, lo que os pone en trance de daros aún aires de galanteador. ¡Magnífico! ¡Bien besado y excelente cortesía! Así es, verdaderamente. ¡Cómo! ¿Otra vez vuestros dedos a sus labios? ¡Que no pudieran serviros de cánulas de clister! (Suena una trompeta.) - ¡El moro! ¡Conozco su trompeta!

CASSIO.- Es él, seguramente.

DESDÉMONA.- Vamos a su encuentro a recibirle.

CASSIO.- Mirad, aquí viene.

Entra OTELO y acompañamiento

OTELO.- ¡Oh, mi linda guerrera!

DESDÉMONA.- ¡Mi querido Otelo!

OTELO.- Mi asombro es tan grande como mi contento, al ver que habéis llegado aquí antes que yo. ¡Oh, alegría de mi alma! ¡Si a todas las tempestades suceden calinas como ésta, soplen los vientos hasta despertar la muerte! ¡Y que mi barca, luchando con esfuerzo, escale montañas de agua tan altas como el Olimpo y descienda en seguida tan bajo como la distancia que separa el cielo del infierno! ¡Si me sucediera ahora morir, sería este momento el más dichoso! Porque mi alma posee una felicidad tan absoluta, que temo que otra parecida no le esté reservada en el ignorado porvenir.

DESDÉMONA.- ¡No permitan los cielos que vuestro amor y nuestra felicidad cesen de crecer antes de que acaben nuestros días!

OTELO.- ¡Amén respondo a esta plegaria, poderes celestes! ¡No puedo hablar, como quisiera, de este contento! ¡Me ahoga aquí mismo! ¡Es demasiada alegría!... ¡Que esto y esto (besando a Desdémona) sean las mayores discordias que conozcan jamás nuestros corazones!

IAGO.- (Aparte.) ¡Oh, ahora estáis bien templados! ¡Pero a fe de hombre honrado, yo aflojaré las clavijas que producen esta música!

OTELO.- Venid, dirijámonos al castillo.- ¡Noticias, amigos! Nuestras guerras han dado fin. Los turcos perecieron ahogados.- ¿Cómo se encuentran mis antiguos conocidos de esta isla?- Panalito de miel, seréis bien acogida en Chipre. He hallado mucho afecto entre sus habitantes. ¡Oh, dulce amada mía, estoy hablando sin ton ni son, y desvarío en mi propia felicidad!- Por favor, buen Iago, anda a la bahía y desembarca mis cofres. Conduce al patrón a la ciudadela; es un bravo, y su excelencia merece mucho respeto. Vamos, Desdémona, una vez más, bien hallada en Chipre. (Salen Otelo, Desdémona y acompañamiento.)

IAGO.- Ve a reunirte conmigo inmediatamente en el puerto.- Avanza aquí. Si eres valiente (y dicen que hasta los hombres de baja extracción cuando están enamorados adquieren una nobleza que no les es natural), escúchame. El teniente vela esta noche en el cuerpo de guardia... Pero antes debo decirte esto: Desdémona está positivamente enamorada de él.

RODRIGO.- ¡De él! ¡Cómo! Eso no es posible.

IAGO.- Pon el dedo así, y deja que se instruya tu alma. Advierte con qué vehemencia ha amado en principio al moro, sólo por sus fanfarronadas y las fantásticas mentiras que lo contó. ¿Y le amará siempre por su charlatanería? Que tu discreto corazón no piense en ello. Sus ojos tienen que alimentarse. ¿Y qué hallará en mirar al diablo? Cuando la sangre se enerve con el acto del goce, necesitará para encenderla otra vez y dar a la saciedad un nuevo apetito, encanto en las formas, simpatía en los años, modales y belleza, cosas todas de que carece el moro. Luego, falta de estos atractivos necesarios, su delicada sensibilidad hallará que se ha engañado, comenzará a sentir náuseas, a detestar y a aborrecer al moro. La naturaleza misma será en esta ocasión su institutriz y la compelirá a alguna segunda elección. Ahora, señor, esto concedido y son premisas muy concluyentes y naturales, ¿quién se encuentra tan bien colocado como Cassio en el camino de esta buena suerte: un bribón por demás voluble, sin otra conciencia que la precisa para envolverse en meras formas de apariencia urbana y decente, para la más amplia satisfacción de sus inclinaciones salaces y clandestinamente desarregladas? Pardiez, nadie; nadie en el mundo, pardiez. Es un pillo de lo más sutil y resbaladizo, un buscador de ocasiones, con una vista que puede acuñar y falsificar oportunidades, aun cuando la verdadera oportunidad no se le presente nunca. ¡Un granuja diabólico! Además, el tunante es guapo, joven y posee todos aquellos requisitos que buscan la ligereza y el poco seso. Un belitre completamente importuno, y la mujer le ha distinguido ya.

RODRIGO.- No puedo creer esto de ella. Está llena de los sentimientos más virtuosos.

IAGO.- ¡Virtuosos rabos de higa! El vino que bebe está hecho de uvas; si hubiera sido virtuosa, jamás habría amado al moro. ¡Virtuoso pudín! ¿No viste cómo le golpeaba en la palma de la mano? ¿No lo advertiste?

RODRIGO.- Sí, lo advertí; pero era sólo cortesía.

IAGO.- ¡Liviandad, por esta mano! ¡El índice y oscuro prólogo a la historia de su lujuria y culpables pensamientos! ¡Sus labios se encontraban tan cerca, que sus alientos se abrasaban juntos! ¡Pensamientos villanos, Rodrigo! Cuando estas intimidades recíprocas abren la marcha, el general y el grueso del ejército llegan bien pronto, y la conclusión es quedar incorporados. ¡Psh!... Pero, señor, dejaos dirigir por mí; os he traído de Venecia. Velad esta noche. En cuanto a la consigna, ya os la daré. Cassio no os conoce... Yo no estaré lejos de vos. Hallad alguna ocasión de encolerizar a Cassio, sea hablándole demasiado alto, sea rebajando su disciplina, o por cualquier medio que os plazca, cuya hora no podrá por menos de proporcionaros la ocasión propicia.

RODRIGO.- Bien.

IAGO.- Señor, él es arrojado y muy repentino en su cólera, y quizá os golpee; provocadle para que lo haga, pues yo entonces me serviré de esta ocasión para excitar a los de Chipre a una revuelta, cuya pacificación no podrá operarse sino por la destitución de Cassio. De esta manera haréis más corto el viaje a vuestros deseos, gracias a los medios de que dispondré entonces para hacerles avanzar, una vez que sea felizmente descartado el obstáculo que, mientras existiera, no nos permitiría contar con la realización de nuestras esperanzas.

RODRIGO.- Lo haré, si logro hallar cualquier ocasión.

IAGO.- La hallarás, te respondo de ello. Ven a reunirte conmigo dentro de un instante en la ciudadela. Es menester que haga desembarcar sus efectos. Adiós.

RODRIGO.- Adiós. (Sale.)

IAGO.- Que Cassio la ama, lo creo en verdad. Que ella ame a Cassio es posible y muy fácil de creer; el moro (a pesar de que yo no pueda aguantarle) es de una naturaleza noble, constante en sus afectos, y me atrevo a pensar que se mostrará para Desdémona un ternísimo esposo. Ahora, yo la quiero también; no por deseo carnal -aunque quizá el sentimiento que me guía sea tan gran pecado-, sino porque ella me proporciona en parte el sazonamiento de mi venganza. Pues abrigo la sospecha de que el lascivo moro se ha insinuado en mi lecho, sospecha que, como un veneno mineral, me roe las entrañas, y nada podrá contentar mi alma hasta que liquide cuentas con él, esposa por esposa; o, si no puedo, hasta que haya arrojado al moro en tan violentos celos que el buen sentido no pueda curarle. Para llegar a este objeto, si ese pobre desdichado de Venecia, a quien señalo el rastro para su ardiente caza, sigue bien la pista, cogeré a nuestro Miguel Cassio en una desventaja y le ultrajaré a los ojos del moro de la manera más grosera, pues temo también que Cassio vigile mi gorro de dormir. Quiero que el moro me dé las gracias, me ame y me recompense por haber hecho de él un asno insigne, y turbado su paz y quietud hasta volverle loco. El plan está aquí, pero todavía confuso. ¡El verdadero semblante de la bellaquería no se descubre nunca hasta que ha hecho su obra! (Sale.)



Escena Segunda

Una calle

Entran OTELO, DESDÉMONA, CASSIO y acompañamiento

HERALDO.- Es gusto de Otelo, nuestro noble y valiente general, que, en vista de las noticias ciertas que acaban de recibirse, significando la pérdida pura y simple de la flota turca, los habitantes solemnicen este acontecimiento, unos por medio de bailes, otros con hogueras de regocijo, todos entregándose a las diversiones y fiestas a que les lleve su inclinación, pues además de estas felices noticias, hoy es el día de la celebración de su matrimonio. Esto es lo que por orden suya se proclama. Todos los tinelos del castillo están abiertos, y hay plena libertad para festejar desde la hora presente de las cinco hasta que la campana haya dado las once. ¡Los cielos bendigan la isla de Chipre y a nuestro noble general Otelo! (Salen.)



Escena Tercera

Sala en el castillo

Entran OTELO, DESDÉMONA, CASSIO y acompañamiento

OTELO.- Buen Miguel, atended a la guardia esta noche. Sepamos poner a nuestros placeres estos honrados límites, a fin de no rebasar nosotros mismos los linderos de la discreción.

CASSIO.- Iago ha recibido las instrucciones necesarias; pero, no obstante, inspeccionaré todo con mis propios ojos.

OTELO.- Iago es muy honrado. Buenas noches, Miguel. Mañana, lo más temprano que os sea posible, tengo que hablar con vos. Vamos, amor querido. (A Desdémona.) Hecha la adquisición, es menester gozar el fruto, y esta ventura está aún por llegar entre vos y yo. Buenas noches. (Salen Otelo, Desdémona y acompañamiento.)

Entra IAGO

CASSIO.- Bien venido, Iago. Debemos hacer la guardia.

IAGO.- No a esta hora, teniente; no han dado las diez aún. Nuestro general nos ha despedido tan pronto por amor de su Desdémona, y no podemos ciertamente censurarlo; todavía no se ha refocilado con ella de noche, y es bocado digno de Júpiter.

CASSIO.- Es una dama exquisitísima.

IAGO.- Y que le gusta el regodeo, os lo garantizo.

CASSIO.- Es, en verdad, la criatura más lozana y deliciosa.

IAGO.- ¡Qué ojos tiene! ¡Parece que tocan una llamada a la provocación!

CASSIO.- Unos ojos incitantes; y, sin embargo, diría que su mirada es sumamente modesta.

IAGO.- Y cuando habla, ¿no suena su voz como una alarma amorosa?

CASSIO.- Es, en verdad, la perfección misma.

IAGO.- Bien; que la felicidad sea entre sus sábanas. Venid, teniente, tengo media azumbre de vino, y ahí fuera aguardan un par de galanes de Chipre, que de buena sana beberían una medida a la salud del atezado Otelo.

CASSIO.- Esta noche no, buen Iago; tengo una cabeza de las más débiles y desdichadas para la bebida. Quisiera que la cortesanía inventara algún otro modo de agasajo.

IAGO.- ¡Oh! Son amigos nuestros. Una copa tan sólo. Yo beberé por vos.

CASSIO.- No he bebido esta noche más que una sola copa, y ésa prudentemente bautizada, y ved, no obstante, qué perturbación ha causado en mí. Me aflige esta flaqueza, y no me atrevería a imponer la carga de una segunda copa a mi debilidad.

IAGO.- ¡Qué hombre! Ésta es una noche de fiesta; lo desean los galanes.

CASSIO.- ¿Dónde están?

IAGO.- Ahí en la puerta. Por favor, decidles que entren.

CASSIO.- Lo haré; pero me disgusta. (Sale Cassio.)

IAGO.- Si puedo inducirle a que acepte siquiera una copa, con lo que ya ha bebido esta noche, se pondrá tan pendenciero y agresivo como el perro de mi joven dama. Por su parte, mi loco imbécil de Rodrigo, a quien el amor ha vuelto ya casi el cerebro del revés, bebe esta noche, copa tras copa, en honor de Desdémona y forma parte de la guardia. También he regado esta noche con abundantes libaciones a los tres mancebos de Chipre (espíritus nobles e hirvientes, singularmente meticulosos en punto de honor, verdaderos elementos -agua, fuego, aire y tierra- de esta isla), que están asimismo de guardia. Ahora, entre esta bandada de borrachos, haré que nuestro Cassio cometa alguna acción que pueda ofender a la isla. Pero helos que vienen aquí. Si las consecuencias responden al plan que he soñado, mi barca navegará libremente contra viento y marca.

Vuelve a entrar CASSIO, seguido de MONTANO y otros CABALLEROS, con criados que traen vino

CASSIO.- ¡A fe de Dios, ya me han dado un vaso lleno!

MONTANO.- Bien poco, por mi buena fe; ni siquiera una pinta, como soy soldado.

IAGO.- ¡Venga vino, hola! (Canta.) "Y dejadme sonar, sonar el potín; y dejadme sonar el potín; el soldado es un hombre, la vida es sólo un instante; beba, pues, el soldado hasta el fin. ¡Vino, muchachos!"

CASSIO.- ¡Por el cielo, una excelente canción!

IAGO.- La aprendí en Inglaterra, donde, por cierto, se hallan los más bravos bebedores. Vuestro danés, vuestro germano y vuestro panzudo holandés -¡a beber, hola!- no valen nada comparados con vuestro inglés.

CASSIO.- ¿Tan experto bebedor es vuestro inglés?

IAGO.- ¡Pardiez! Os bebe con una facilidad que dejará pálido como la muerte a vuestro danés; no ha menester que sude para derribar a vuestro alemán; y en cuanto a vuestro holandés, le provocará un vómito antes de que llene el segundo vaso.

CASSIO.- ¡A la salud de nuestro general!

MONTANO.- Os la acepto, teniente, y beberé antes que vos.

IAGO.- ¡Oh, dulce Inglaterra! (Canta.) "El rey Esteban fue un digno par, su calzas le costaban sólo una corona; hallábalas muy caras a seis peniques; y así llamaba granuja al sastre. Era un galán de alto renombre, y tú sólo eres de baja condición. El orgullo es el que pierde a la nación. Echa, por tanto, tu capa vieja sobre ti. ¡Venga vino, hola!"

CASSIO.- Pardiez, esta canción es más linda que la otra.

IAGO.- ¿Queréis oírla de nuevo?

CASSIO.- No; pues creo que es indigno de su puesto el que hace estas cosas... Bien... Dios está por encima de todo; y hay almas que se salvarán y otras que no se salvarán.

IAGO.- Es cierto, mi buen teniente.

CASSIO.- Por lo que a mí respecta... -sin ofender al general ni a ningún hombre de rango...-, espero salvarme.

IAGO.- Y yo también, teniente.

CASSIO.- Sí, pero con vuestro permiso, no primero que yo... El teniente ha de salvarse antes que el alférez... Pero no hablemos más de esto. Ocupémonos de nuestros asuntos... ¡Perdonadnos nuestros pecados!... Señores, atendamos a nuestros asuntos. ¡No creáis que estoy bebido, señores!... He aquí a mi alférez... Ésta es mi mano derecha, y ésta mi izquierda... No estoy borracho aún. Puedo tenerme muy bien, y hablo bastante acorde.

TODOS.- ¡Perfectamente bien!

CASSIO.- Pues muy bien entonces. Conque, no debéis pensar que estoy borracho. (Sale.)

MONTANO.- ¡A la explanada, maeses; vamos, montemos la guardia!

IAGO.- Ya veis ese camarada que acaba de marcharse... Es un soldado digno de servir al lado de César y de mandar en jefe. Y, sin embargo, notad su vicio. Hace un equinoccio exacto con su virtud; el uno es tan largo como la otra. ¡Qué lástima! Temo que la confianza que en él deposita Otelo no provoque una perturbación en esta isla, si su debilidad se manifiesta en tiempo inoportuno.

MONTANO.- Pero ¿está así con frecuencia?

IAGO.- Ese estado sirve casi siempre de prólogo a su sueño. Permanecería sin dormir una doble vuelta de reloj si la embriaguez no arrullara su cuna.

MONTANO.- Estaría bien que el general fuese informado de ello. Quizá no lo note, o que su bondad natural, apreciando tan sólo las virtudes que aparecen en Cassio, no preste atención a sus defectos. ¿No es verdad?

Entra RODRIGO

IAGO.- (Aparte.) ¡Hola, Rodrigo! ¡Por favor, corred detrás del teniente; andad! (Sale Rodrigo.)

MONTANO.- Y es muy de sentir que el noble moro arriesgue un puesto tan importante como el de su segundo en las manos de un hombre a quien domina un vicio tan arraigado. Sería una acción loable hablar de ello al moro.

IAGO.- No seré yo quien lo haga, por esta bella isla. Quiero bien a Cassio, y haría cualquier cosa por curarle de ese defecto. Pero ¡escuchad! ¿Qué ruido es ése?

VOCES.- (Dentro.) ¡Auxilio! ¡Auxilio!

Entra CASSIO, persiguiendo a RODRIGO

CASSIO.- ¡Sinvergüenza! ¡Canalla!

MONTANO.- ¿Qué ocurre, teniente?

CASSIO.- ¡Un bribón!... ¡Enseñarme mi deber! ¡Voy a aplastar al bellaco hasta encajarlo en una cesta de mimbres!

RODRIGO.- ¡Aplastarme!

CASSIO.- ¡Cómo! ¿Chachareas, belitre? (Golpeando a Rodrigo.)

MONTANO.- Vaya, buen teniente; os lo ruego, señor, tened vuestra mano.

CASSIO.- ¡Dejadme, señor, u os aporrearé los cascos!

MONTANO.- ¡Vamos, vamos, estáis ebrio!

CASSIO.- ¡Ebrio! (Se baten.)

IAGO.- (Aparte a Rodrigo.) ¡Pronto, digo! ¡Corred y gritad: «¡Un motín!»! (Sale Rodrigo.) ¡Vamos, buen teniente!... ¡Ay, caballeros!... ¡Auxilio, hola!... ¡Señor Montano!... ¡Señor!... ¡Auxilio, señores!... ¡He aquí una linda guardia, en verdad!... (Toca a rebato una campana.) ¿Quién toca esa campana? ¡Diablo, eh! ¡La ciudad va a levantarse! ¡Poder de Dios!... ¡Teneos, teniente! ¡Os veréis para siempre deshonrado!

Vuelve a entrar OTELO, con personas del séquito

OTELO.- ¿Qué pasa aquí?

MONTANO.- ¡Voto a Dios! ¡Sangro sin cesar! ¡Estoy herido de muerte!

OTELO.- ¡Teneos, por vuestras vidas!

IAGO.- ¡Teneos, eh, teniente!... ¡Señor Montano! ¡Caballeros!... ¿Habéis perdido todo sentimiento del lugar en que estamos y de vuestros deberes?... ¡Teneos! ¡El general os habla! ¡Teneos, por pudor!

OTELO.- ¡Alto! ¡Hola! ¡Eh! ¿Cómo ha ocurrido esto? ¿Nos hemos vuelto turcos y hacemos contra nosotros mismos lo que el cielo no nos ha permitido hacer contra los otomanos? ¡Por pudor cristiano, cesad en esta querella bárbara! ¡El que dé un paso para tratar de satisfacer su furia, tiene en poco su alma! ¡Muere al primer movimiento! ¡Que calle esa terrible campana, que llena de espanto hasta poner fuera de sí a los habitantes de la isla!... ¿Qué sucede, señores? Honrado Iago, tú, que tienes aire de morir de pesar, habla. ¿Quién ha comenzado esta riña? Te lo mando, por tu afecto.

IAGO.- Lo ignoro... Eran amigos ahora, hace un instante, en este cuartel, y en tan buenas relaciones como novio y novia cuando, recién casados, se desnudan para ir al lecho; y, de repente (como si algún planeta hubiera sembrado la locura), tiran de sus espadas y se arrojan, pecho a pecho, uno contra otro en lucha sangrienta. No puedo decir quién fue el que empezó esta reyerta extraña, y quisiera haber perdido en una acción gloriosa estas piernas que me han traído aquí para que la presencie.

OTELO.- ¿Cómo es posible, Miguel, que os hayáis olvidado de vos mismo hasta este extremo?

CASSIO.- Os lo ruego, perdonadme; no puedo hablar.

OTELO.- Digno Montano, siempre habéis sido correcto. El mundo ha notado vuestra gravedad y la placidez de vuestra juventud, y vuestro nombre es altamente estimado por los censores más sesudos. ¿Qué ha sucedido, pues, para que deslustréis así vuestra reputación y consintáis en trocar la rica estima de que gozáis por la calificación de quimerista nocturno? Dadme una respuesta

MONTANO.- Notable Otelo, estoy herido de cuenta. Vuestro oficial, Iago, puede informaros -mientras ahorro palabras que ahora me producen un poco de malestar- de todo cuanto sé. Ni por mi parte creo haber dicho ni hecho nada censurable esta noche, a menos que el cuidado de sí propio sea a veces un vicio y el defendernos cuando la violencia nos ataca, un pecado.

OTELO.- ¡Por el cielo!, la sangre comienza ahora a regirme, en lugar de mis facultades más tranquilas; y la pasión, ennegreciendo mi mejor juicio, trata de guiar mi conducta. ¡Si me muevo tan sólo o levanto este brazo, el mejor de vosotros va a sucumbir bajo mi castigo! Decidme cómo ha empezado esta odiosa querella; quién la promovió, y el que sea reconocido culpable de esta falta así fuera mi hermano gemelo, nacido a la misma hora que yo, me perderá para siempre. ¡Cómo! ¡Venir a levantar una rencilla particular y doméstica en una ciudad de guerra, todavía agitada, el corazón de cuyos habitantes está henchido de miedo, en plena noche y en el cuerpo de guardia, y de seguridad! ¡Es monstruoso! -Iago, ¿quién la empezó?

MONTANO.- Si por camaradería o espíritu de cuerpo faltas en lo más mínimo a la verdad, no eres soldado.

IAGO.- No me toquéis tan de cerca. Preferiría que se me arrancase esta lengua de la boca antes que ofender a Miguel Cassio. Sin embargo, estoy seguro de que, diciendo la verdad, no le perjudicaré en nada. He aquí lo que ha sucedido, general: Estábamos Montano y yo de charla, cuando viene un individuo gritando: «¡Auxilio!» y Cassio persiguiéndole con la espada tendida y decidido a descargar un golpe sobre él. Señor, este caballero colocose delante de Cassio para rogarle que se contuviera, y yo mismo me lancé tras el individuo que gritaba, de miedo que con sus clamores -como ha pasado- no sembrara el terror en la ciudad. Pero él, ágil de talones, me impidió que lograra mi objeto, y volví, tanto más rápido cuanto escuché el choque y caída de espadas y a Cassio jurando en altas voces lo que jamás hasta esta noche hubiera podido afirmar. Cuando hube retornado (porque esto fue breve), les hallé el uno contra el otro, en guardia y esgrimiendo, exactamente en la situación en que estaban cuando llegasteis para separarlos. No puedo decir otra cosa de este asunto... Pero los hombres son hombres; los mejores se olvidan a veces... Aunque Cassio haya maltratado un poco a este caballero -pues cuando los hombres se hallan enfurecidos hieren a aquellos que más aprecian-, sin embargo, creo yo que Cassio ha recibido seguramente de parte del que huyó algún ultraje extraordinario que la paciencia no podía tolerar.

OTELO.- Sé, Iago, que tu honradez y tu amistad te inducen a atenuar el hecho, para que pese menos sobre

Cassio.- Cassio, te estimo; pero no serás nunca más mi oficial.

Vuelve a entrar DESDÉMONA, con su séquito

¡Mirad si mi gentil amada no se ha despertado!... (A Cassio.) ¡Haré contigo un escarmiento!

DESDÉMONA.- ¿Qué pasa?

OTELO.- Todo acabó, dulce prenda; vamos al lecho. (A Montano.) Señor, yo mismo seré el cirujano de vuestras heridas. Conducidle. (Se llevan a Montano.) Iago, recorre con cuidado la ciudad y apacigua a los que esta querella vil haya alarmado.- Venid, Desdémona; es la vida del soldado: despertarse de su balsámico sueño por los ruidos del combate. (Salen todos, menos Iago y Cassio.)

IAGO.- ¡Cómo! ¿Estáis herido, teniente?

CASSIO.- Sí, y sin remedio posible.

IAGO.- ¡Pardiez, no quieran los cielos!

CASSIO.- ¡Reputación, reputación, reputación!... ¡Oh! ¡He perdido mi reputación!... He perdido la parte inmortal de mi ser, y lo que me resta es bestial... ¡Mi reputación, Iago, mi reputación!

IAGO.- Tan cierto como soy hombre honrado, creí que habíais recibido alguna herida corporal; éstas son más graves que las de la reputación. La reputación es un prejuicio inútil y engañoso, que se adquiere a menudo sin mérito y se pierde sin razón. No habéis perdido reputación ninguna, a menos que vos mismo la reputéis perdida. ¡Qué, hombre! Aún hay medios de recobrar el favor del general. Habéis sido lanzado ahora en un momento de mal humor, castigo impuesto más por política que por malignidad, tal como uno cuando apalease a su perro inofensivo para espantar a un imperioso león. Suplicadle otra vez, y será vuestro.

CASSIO.- Antes le suplicaré que me desprecie que engañar a tan buen comandante, proponiéndole un oficial tan ligero, tan dado a la bebida y tan imprudente... ¡Emborracharse! ¡Y parlotear como un loro! ¡Y disputar! ¡Baladronear! ¡Jurar! ¡Y discursear como un pelafustán con su propia sombra...! ¡Oh tú, espíritu invisible del vino! ¡Si careces de nombre con que se te pueda conocer, llamémoste demonio!

IAGO.- ¿A quién perseguíais con vuestra espada? ¿Qué os había hecho?

CASSIO.- No lo sé.

IAGO.- ¿Es posible?

CASSIO.- Recuerdo un cúmulo de cosas, mas nada distintamente; una querella, pero ignoro por qué... ¡Oh! ¡Que los hombres se introduzcan un enemigo en la boca para que les robe los sesos! ¡Que constituya para nosotros alegría, complacencia, júbilo y aplauso convertirnos en bestias!

IAGO.- Vamos, ya estáis bastante sereno. ¿Cómo os habéis restablecido tan pronto?

CASSIO.- Plugo al diablo. Embriaguez cede el sitio al demonio de la ira. Una imperfección me muestra a la otra, para que pueda francamente despreciarme a mí mismo.

IAGO.- Vamos, sois un moralista bastante severo. Considerando la hora, el lugar y la situación del país, hubiera deseado de todo corazón que esto no hubiese ocurrido; pero, puesto que las cosas han pasado así, enmendadlas en provecho propio.

CASSIO.- Le pediré de nuevo mi plaza; ¡me responderá que soy un borracho! Aunque tuviera yo tantas bocas como la hidra, semejante contestación las cerraría todas. ¡Ser hace un momento un hombre razonable, convertirse de pronto en imbécil y hallarse acto seguido hecho una bestia! ¡Oh, qué extraña cosa!... Cada copa de más es una maldición, y el ingrediente, un diablo.

IAGO.- Vamos, vamos, el buen vino es un buen compañero, si se le trata bien. No claméis más contra él. Por cierto, buen teniente, supongo creeréis que os estimo.

CASSIO.- Bien lo he experimentado, señor... ¡Borracho yo!

IAGO.- Vos y todo hombre viviente puede embriagarse en un momento dado, amigo. Voy a deciros lo que tenéis que hacer. La mujer de vuestro general es ahora el general... Puedo decirlo así, ya que ahora se ha dedicado por entero a la contemplación, a la admiración y al culto de sus cualidades y gracias... Confesaos a ella francamente, pedidla hasta mostraros importuno su ayuda para recobrar vuestro puesto. Es de una naturaleza tan generosa, tan sensible, tan amable, tan angélica, que su virtud considera como un vicio no hacer más de lo que se le pide. Suplicadla que entablille esta juntura rota entre vos y su marido, y apuesto mi fortuna contra cualquier cosa que valga la pena de nombrarse a que vuestra afección recíproca se convertirá en más fuerte después de esta fractura.

CASSIO.- Me dais un buen consejo.

IAGO.- Protesto que es con toda la sinceridad de mi afecto y mi honrada bondad.

CASSIO.- Lo creo francamente, y mañana a primera hora suplicaré a la virtuosa Desdémona que interceda por mí. Desespero de mi suerte, si fracaso en esta solicitación.

IAGO.- Estáis en el verdadero camino. Buenas noches, teniente. Es menester que atienda a la guardia.

CASSIO.- Buenas noches, honrado Iago. (Sale.)

IAGO.- ¿Y quién se atrevería a decir que represento el papel del villano, cuando el consejo que doy es honrado y sincero, de una realización probable y el único medio, en verdad, de aplacar al moro? En efecto, es muy fácil inclinar a la complaciente Desdémona a toda honrada solicitación. Está fabricada de una naturaleza tan liberal como los libres elementos. Y en cuanto a ganar al moro, es para ella una tarea fácil -aun cuando se tratara de renunciar a su bautismo, a todos los sellos y a todos los símbolos de redención-, pues su alma se halla tan agarrotada en los lazos de su amor, que Desdémona puede hacer y deshacer, como plazca a su capricho representar el papel de Dios con su débil resistencia. ¿En qué soy, pues, un malvado, porque aconsejo a Cassio la línea de conducta que ha de llevarle directamente al logro de su bien? ¡Divinidad del infierno!... Cuando los demonios quieren sugerir los más negros pecados, principian por ofrecerlos bajo las muestras más celestiales, como hago yo ahora. Pues mientras este honrado imbécil solicite apoyo de Desdémona para reparar su fortuna, y ella abogue apasionadamente en favor suyo acerca del moro, insinuaré en los oídos de Otelo esta pestilencia, de que intercede por él por lujuria del cuerpo; y cuando más se esfuerce ella en servir a Cassio, tanto más destruirá su crédito ante el moro. Así, la enviscaré en su propia virtud y extraeré de su propia generosidad la red que coja a todos en la trampa.

Entra RODRIGO

¿Qué hay, Rodrigo?

RODRIGO.- Sigo aquí la cacería, no como el sabueso que levanta la pieza, sino como el lebrel que sólo aúlla en la jauría. Mi dinero está casi agotado; esta noche he sido apaleado de lo lindo, y creo que el desenlace de todo esto consistirá en la experiencia que habré sacado a costa de mis sinsabores. Y así, sin dinero ninguno y con un poco más de seso, me volveré a Venecia.

IAGO.- ¡Qué pobres gentes las que carecen de paciencia! ¿Qué herida se ha curado sino poco a poco? Sabes que obramos por ingenio y no por brujería. Y el ingenio se sujeta a las dilaciones del tiempo. ¿Es que no marchan bien las cosas? Cassio te ha apaleado, y tú, a cambio de una ligera contusión, has dejado cesante a Cassio. Aunque hay muchas cosas que crecen lozanas bajo el sol, sin embargo, los frutos que florecen primero son también los primeros en madurar. Ten paciencia un instante... ¡Por la misa, está amaneciendo! El placer y la acción hacen aparecer breves las horas. Retírate. Ve adonde indique tu boleta de alojamiento. Parte, digo; sabrás más cosas después. ¡Anda, márchate! (Sale Rodrigo.) Dos cosas hay que hacer... mi esposa debe disponer a su ama en favor de Cassio. Voy a prepararla, y yo, al mismo tiempo, tendré cuidado de llevar al moro aparte y conducirle precisamente en el momento en que pueda hallar a Cassio solicitando a su mujer... ¡Sí, ése es el medio! ¡No dejemos que este plan languidezca por frialdad y demora! (Sale.)

Fin del Acto II

Continúa en Otelo de William Shakespeare completa - Parte 2 >>


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