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El Rey Lear libro completo - Parte 5

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ACTO V

 

 

ESCENA I


Campamento bretón, en las cercanías de Douvres

(Entran, precedidos de tambores oficiales y banderas,

EDMUNDO, REGAN y soldados)

EDMUNDO.-Id a encontrar al duque; enteraos

de si persiste en su último proyecto, o si alguna idea

nueva le ha conducido a modificarlo. Es muy inconstante

y a cada paso se contradice. Id, y sepamos

pronto su resolución.

REGAN.-Mi cuñado no sabe dónde tiene la cabeza.

EDMUNDO.-Verdad es, señora.

REGAN.-Y ahora, caro amigo, que conocéis el

premio que os destina mi corazón, contestadme con

franqueza: ¿amáis a mi hermana?

 

EDMUNDO.-Con amor respetuoso.

REGAN.-¿Habéis ocupado en su tálamo el sitio

de su marido?

EDMUNDO.-No abriguéis tal sospecha.

REGAN.-Temo que os une la mayor intimidad.

EDMUNDO.-Nada de eso, señora.

REGAN.-Es que yo no lo toleraría. Cuidad de

no familiarizaros tanto con ella.

EDMUNDO.-Estad tranquila... Vedla; aquí llega

con su esposo. (Entran el duque de Albania, Goneril y

soldados.)

GONERIL.-(Aparte) Preferiría perder la batalla, a

sufrir que mi hermana nos desaviniese a Edmundo

y a mí.

EL DUQUE DE ALBANIA.-Bienvenida, hermana

mía. Señor, acabo de saber que el rey se a dirigido

al encuentro de su hija con un número de

escuderos muy resentidos con nosotros por nuestros

duros tratamientos. Yo nunca he sido valiente,

cuando no he podido serlo con honra. Esta guerra

nos interesa, porque los franceses han invadido

nuestros estados; pero no porque Francia sostenga

la causa del rey y de muchas personas a quienes sin

duda gravísimos motivos sublevan en contra nuestro.

 

EDMUNDO.-Habláis con suma nobleza, señor.

REGAN.-¿A qué esos discursos?

GONERIL.-Unámonos contra el enemigo; no

son rencillas domésticas lo que hoy debe ocuparnos.

EDMUNDO.-En breve soy con vos, en vuestra

tienda.

EL DUQUE DE ALBANIA.-Consultemos con

los guerreros más ancianos las medidas que convengan

tomar.

REGAN.-¿Venís con nosotros, hermana?

GONERIL.-No.

REGAN.-Sin embargo, conviene que vengáis;

seguidnos, os lo ruego.

GONERIL.-(Aparte) ¡Ah! ¡ya te comprendo! Voy

(Al salir, entra Edgardo disfrazado.)

EDGARDO.-Si vuestra gracia quiere atender a

un desdichado, oídme una palabra.

EL DUQUE DE ALBANIA.-Hasta el fin quiero

oírte; habla.

EDGARDO.-Antes de combatir, abrid esta carta.

Si volvéis victorioso, haced llamar a son de

trompa a quien os la ha entregado. A pesar de mi

traje miserable, me hallo en estado de ofrecer un

campeón que sostendrá lo que esa carta enuncia. Si

quedáis vencido, entonces todo acabó para vos en el

 

mundo, y el complot deja de serlo. ¡Protéjaos la

fortuna!

EL DUQUE DE ALBANIA.-Espera a que haya

leído la carta.

EDGARDO.-Me lo han prohibido. Cuando llegue

el momento favorable, me presentaré al primer

llamamiento del heraldo. (Sale.)

EL DUQUE DE ALBANIA.- ¡Bueno! adiós:

voy a leer tu carta. (Entra Edmundo.)

EDMUNDO.-El enemigo está en presencia: disponed

vuestro ejército. A pesar de la vigilancia de

nuestros centinelas, es imposible adivinar el número

de sus fuerzas. A vos, señor duque, incumbe apresurar

al socorro que necesitamos.

EL DUQUE DE ALBANIA.-Aprovecharemos

la ocasión. (Sale.)

EDMUNDO.-He jurado amor a las dos hermanas;

las dos son celosas y se aborrecen con el odio

que el hombre siente contra la culebra que le mordió.

¿A cuál de las dos elegiré? ¿A las dos? ¿a una

de ellas? ¿a ninguna? Mientras las dos vivan, no

puedo poseer a ninguna de ellas. Elegir a la viuda: es

irritar a Goneril hasta el frenesí, y mientras su marido

respire, difícil me será lograr mi objeto. Comencemos

por servirnos de su apoyo en el combate, y

 

después encárguese de darle pasaporte la que quiera

deshacerse de su persona. En cuanto a sus compasivos

designios en favor de Lear y de Cordelia, una

vez ganada la batalla y dueño ya de sus cuerpos, ya

pueden aguardar clemencia. Mi interés está en defenderme

y no en disputar. (Sale.)

ESCENA II

Espacio entre los dos campamentos

(Alarma, en bastidores. -LEAR, CORDELIA y soldados

entran y salen, con tambores y banderas. -Entran

EDGARDO y EL CONDE DE GLOCESTER)

EDGARDO.-Reposad aquí, amigo mío, a la

sombra de ese árbol; rogad al cielo que salga victorioso

el más justo. Si vuelvo a vuestro lado, traeré

noticias consoladoras.

EL CONDE DE GLOCESTER.-Bendígaos el

cielo, señor. (Sale Edgardo. -Alarma. -Oyese el toque de

retirada. -Vuelve Edgardo.)

EDGARDO.-Huíd, anciano; dadme la mano y

alejémonos; el rey Lear ha perdido la batalla; él y su

 

hija han caído prisioneros; dadme la mano y huyamos.

EL CONDE DE GLOCESTER.-No nos alejemos

mucho, señor; tanto podemos morir allí, como

aquí.

EDGARDO.-¡Cómo! ¿siempre las mismas ideas

siniestras? El tiempo es el supremo árbitro. Avancemos.

EL CONDE DE GLOCESTER.-Sí, tienes razón;

vayamos. (Salen.)

ESCENA III

(Entran EDMUNDO, triunfante, con banderas y tambores;

LEAR y CORDELIA, prisioneros; soldados y un capitán)

EDMUNDO.-Guardadles con cuidado hasta el

momento en que los que han de decidir de su destino

manifiesten su resolución.

CORDELIA.-No somos los primeros que, obedeciendo

a las intenciones más honradas y queriendo

obrar bien, han caído en las mayores

desventuras. ¡Otro rey perseguido por el infortunio!

 

vuestra suerte es lo único que me aflige. Sin vos, fácilmente

desafiaría todos los furores de la pérfida

fortuna. ¿No veremos, vos a vuestras hijas, ni yo a

mis hermanas?

LEAR.-¡No, no, no! Vamos a la prisión y allí los

dos cantaremos como pájaros cautivos en la jaula.

Cuando me pidas mi bendición, yo te pediré perdón,

de rodillas; así viviremos juntos, orando al

cielo y cantando: alegraremos nuestras horas contándonos

antiguas historias y retozaremos como

doradas mariposas. Oiremos las conversaciones de

los pobres artesanos sobre las noticias de la corte y

charlaremos de política con ellos, sobre quién gana

o quién pierde, quién alcanza el favor o quién cae en

desgracia. Encerrados en los muros de nuestra prisión,

veremos pasar y echarse uno a otro los sistemas

y las sectas de los grandes filósofos, como las

olas agitadas bajo la influencia de la luna.

EDMUNDO.-Sacadlos de aquí.

LEAR.-Cordelia mía, los dioses mismos incensan

el sacrificio de víctimas semejantes. Si alguno

intenta separarnos, arranque del cielo una ardiente

tea para abrasarnos a los dos. Seca tus lágrimas, hija

mía; la peste los devorará a todos antes de que te

hagan verter nuevo llanto; los veremos morir de

 

hambre. ¡Ven! (Salen Lear y Cordelia, acompañados de

guardias.)

EDMUNDO.-Una palabra, capitán. Toma este

escrito; sígueles a la prisión. Tu grado lo debes a mí.

Si cumples fiel la orden que aquí te doy, te abrirás el

camino de una brillante fortuna. Sabe que los hombres

son como el tiempo. La piedad no se aviene

con la espada del soldado. Jura ejecutar mi orden o

búscate otros medios de hacer fortuna.

EL CAPITÁN.-Estoy a vuestras órdenes, señor.

EDMUNDO.-Ve, pues, y cuando hayas desempeñado

tu cometido, date por feliz desde que llegue

a mi conocimiento la noticia. Piénsalo bien; es urgente...

Y sigue en un todo el plan que te marca ese

escrito. (Sale el Capitán. -Charangas. -Entran el duque de

Albania, Regan, Goneril y soldados.)

EL DUQUE DE ALBANIA.-Señor, habéis dado

pruebas de vuestra valentía, y la fortuna os ha

guiado a la victoria. Tenéis cautivas a las personas

que en este día os opusieron más esfuerzos. Entregádmelos,

para disponer de ellos según prescriba el

interés de nuestra seguridad y la muerte que merecen.

EDMUNDO.-He creído prudente encerrar a ese

viejo y miserable rey en una prisión. Su edad y más

 

que todo su nombre tienen suficiente autoridad para

atraer los corazones del pueblo a su partido y hacer

que vuelvan contra nosotros, sus señores, las lanzas

que les obligamos a emplear en nuestro servicio.

Con él he mandado encerrar a su hija, por idénticas

razones. Mañana o dentro de unos pocos días estarán

dispuestos a comparecer en el lugar donde reunáis

vuestro campo. En este momento nos hallamos

cubiertos de sudor y sangre; el amigo ha perdido

al amigo y las guerras más cortas, en el ardimiento

de los espíritus son maldecidas por los que

resienten sus males. El proceso de Cordelia y de su

padre requiere, para su sentencia, un sitio más cómodo

que un campamento.

EL DUQUE DE ALBANIA.-Con vuestro permiso,

Edmundo, aquí no os considero sino como a

un oficial subalterno y no como a hermano mío.

REGAN.-¿Y qué? Ese es un título con que me

place gratificarle. Paréceme que antes de adelantaros

tanto, hubierais podido consultar mi opinión. Edmundo,

ha conducido nuestras tropas; ha sido revestido

de mi autoridad; ha representado mi

persona y ese honor es suficiente para que pueda

pretender el título de hermano vuestro.

 

GONERIL.-No lo toméis con tanto calor; sus

propios méritos le elevan más que vuestro favor.

REGAN.-Investido de mis derechos por mí

misma, puede considerarse igual al más ilustre del

ejército.

EL DUQUE DE ALBANIA.-Así sería, cuando

más, si fuese vuestro marido.

REGAN.-A veces las bromas resultan veras.

GONERIL.-¡Hola! ¡hola! el ojo que os hizo ver

tal porvenir, era bizco y miraba de través.

REGAN.-Señora, a no sentirme algo indispuesta

os contestaría con toda la indignación de que rebosa

mi pecho. General, toma mis soldados, dispón de

ellos y de mí misma, todo es tuyo. Tomo por testigo

al universo de que, en este instante, te hago esposo y

señor mío.

GONERIL.-¿Pretenderíais gozar de su persona?

EL DUQUE DE ALBANIA.-Eso no depende

completamente de vuestro capricho.

EDMUNDO.-Ni del tuyo, señor.

EL DUQUE DE ALBANIA.-¿Del mío, noble a

medias?

REGAN.-Suene el tambor, anunciando públicamente

que mis derechos son los tuyos.

 

EL DUQUE DE ALBANIA.-Un momento; escuchad.

Edmundo, acúsote de traición capital como

también a esta dorada serpiente (señalando a Goneril).

En cuanto a vuestras pretensiones, hermana,

opóngome a ellas, en interés de mi esposa, que está

comprometida en secreto con ese señor; y yo que

soy su marido, me opongo a los lazos que pretendéis

formar. Buscad otro esposo; la señora le está

prometida.

GONERIL.-¡Estáis representando una farsa!

EL DUQUE DE ALBANIA.-Armado estás,

Glocester; suene la trompeta, y si nadie se presenta a

probar contra ti tus traiciones acumuladas, manifiestas,

abominables, recoge ese guante. Juro probar,

atravesándote el corazón, que eres, todo cuanto

acabo de publicar en alta voz.

REGAN.-¡Ah! ¡yo estoy mala, muy mala!

GONERIL.-(Aparte.) ¡Si así no fuese, jamás volvería

a fiarme del veneno!

EDMUNDO.-Ahí va mi guante, para responderte.

Quien osa llamarme traidor, es un impostor

cobarde. Llama a tus heraldos, y preséntese quien

quiera, sostendré contra él, contra ti y contra quien

sea, mi honor y mi fe.

 

EL DUQUE DE ALBANIA.-¡Hola! ¡un heraldo!

EDMUNDO.-¡Un heraldo! ¡hola! ¡un heraldo!

(Entra un heraldo.)

EL DUQUE DE ALBANIA.-Nada esperes sino

de tu valor, pues a todos tus soldados, alistados en

mi nombre, acabo de darles la licencia.

REGAN.-¡Mi mal se agrava!

EL DUQUE DE ALBANIA.-Se siente mala: llevadla

a mi tienda. (Sale Regan apoyada en sus acompañantes.)

Acércate, heraldo, suene la trompeta y lee

esto en alta voz.

UN CAPITÁN.-Suena, trompeta.

EL HERALDO.-(Leyendo.) “Si hay en el ejército

un hombre del rango y cualidad convenientes que

quiera sostener que Edmundo, sedicente conde de

Glocester, es un traidor, comparezca al tercer llamamiento

de trompeta; Edmundo está dispuesto a

contestar.

EDMUNDO.-¡Tocad! (Primer toque de trompeta.)

EL HERALDO.-Uno. (Segundo toque.) Dos. (Tercer

toque.) Tres. (Responde otra trompeta desde el interior del

teatro. entra Edgardo armado.)

 

EL DUQUE DE ALBANIA.-Preguntadle cuál

es su designio y por qué comparece al llamar de la

trompeta.

EL HERALDO.-¿Quién sois? ¿por qué contestáis

a este llamamiento? ¿vuestro nombre? ¿vuestras

cualidades?

EDGARDO.-Mi nombre lo perdí: el agudo y furioso

diente de la traición me lo devoró; sin embargo,

soy tan noble como el adversario, contra el cual

vengo a combatir.

EL DUQUE DE ALBANIA.-¿Quién es ese adversario?

EDGARDO.-¿Dónde está el que contesta al

nombre de Edmundo, conde de Glocester?

EDMUNDO.-Yo soy, ¿qué me quieres?

EDGARDO.-Saca tu acero; si mi lenguaje ofende

a un corazón noble, tu brazo puede tomar venganza.

Oye los privilegios de mis honores, mi

juramento y mi profesión pública. Protesto, a pesar

de tu fuerza, de tu juventud y de tu rango, a pesar de

tu espada victoriosa y en medio de tu nueva prosperidad,

a pesar de tu valor y de tu bravura, protesto

una vez más que sólo eres un traidor, perjuro con

los dioses, con tu hermano, con tu padre, un conspirador

contra la vida de este príncipe ilustre. Te lo

 

repito; desde la cúspide de tu cabeza hasta las plantas

de tus pies, no eres más que un traidor infame y

ponzoñoso. Osa negarlo, y esta espada, este brazo y

todo mi valor sabrán demostrar que mientes.

EDMUNDO.-Según la regla, debía preguntarte

tu nombre; mas ya que tu mirada fiera y marcial

anuncia elevada cuna, quiero despreciar una formalidad

que mi seguridad y las leyes de la caballería

prescriben. Rechazo y remito sobre tu cabeza la

acusación de traidor. Tu sangre ha de expiar tamaña

falsedad. Crúcense nuestros aceros. Dad la señal,

trompetas. (Alarma. Riñen. Cae Edmundo.)

EL DUQUE DE ALBANIA.-¡Ah! ¡salvadle!

¡salvadle!

GONERIL.-Eso es un complot. Glocester, por

las leyes de la guerra no estabas obligado a responder

a un adversario incógnito; no estás vencido, te

engañaron indignamente.

EL DUQUE DE ALBANIA.-Señora, no abráis

la boca, u os la cierro con este papel. Tomad, señor.

Y tú, la más infame de las criaturas, lee tus horrores.

No lo rasguéis, señora; ya veo que lo conocéis. (Entrega

la carta a Edmundo.)

 

GONERIL.-Y aun cuando lo conociese ¿qué?

las leyes son mías y no tuyas. ¿Quién tiene derecho

a acusarme?

EL DUQUE DE ALBANIA.-¡ Monstruo! ¿conoces

este escrito?

GONERIL.-¡Vaya una pregunta! (Sale.)

EL DUQUE DE ALBANIA.-Seguidla; está fuera

de sí; vigiladla.

EDMUNDO.-Todo cuanto me imputasteis, es

cierto y mucho más. El tiempo lo descubrirá todo.

Son cosas pasadas... y yo también. Pero ¿quién eres

tú, a quien la fortuna concede esta ventaja sobre mí?

Si eres noble, te perdono.

EDGARDO.-No quiero ser menos generoso que

tú. Mi sangre es tan ilustre como la tuya, Edmundo,

y si lo es más, mayor fue tu injusticia. Me llamo Edgardo;

hijo soy de tu padre. Los dioses son justos;

con nuestros vicios favoritos forman el azote que

nos castiga; el crimen tenebroso que te dio vida, ha

costado los ojos a tu desdichado padre.

EDMUNDO.-Dijiste verdad, lo reconozco; la

rueda de mi destino ha dado la vuelta, y así me veo

yo.

EL DUQUE DE ALBANIA.-No me engañé al

juzgar que tu exterior anunciaba sangre noble. ¡Deja

 

que te abrace! ¡Rompa el pesar mi corazón si nunca

os aborrecí a ti y a tu padre!

EDGARDO.-Lo sé, digno príncipe.

EL DUQUE DE ALBANIA.-¿Dónde te ocultaste?

¿cómo llegaron a tu noticia las desventuras de

tu padre?

EDGARDO.-Socorriéndole, señor. Oíd un breve

relato, y cuando termine... ¡corte el dolor el hilo

de mis días! Para escapar a la sangrienta proscripción

que amenazaba perentoriamente mi cabeza,

ocurrióseme disfrazarme de mendigo. Vestido,

pues, de andrajos, encontré a mi padre, cuyas heridas

aún sangraban a consecuencia de su inicua mutilación.

Híceme su lazarillo. Por él mendigué, esforzándome

tanto en consolarle, que le salvé de la

desesperación. En lo que obré muy mal, fue no descubriéndome.

Sólo hace media hora que me reconoció

cuando me armé, no en la certeza, sino en la

esperanza de esta victoria. Le pedí su bendición y le

referí en todos sus detalles mi vida errante. Mas ¡ay!

su corazón ya no tenía fuerzas para soportar la súbita

transición de la tristeza a la alegría, y oprimido

entre el choque de estas. dos pasiones extensas, se

rompió, sonriente.

 

EDMUNDO.-Vuestra relación me ha conmovido,

y quizá produzca algún bien. Seguid, seguid; parece

que aún tenéis algo que decirnos.

EL DUQUE DE ALBANIA.-¡Ah! Si debéis

añadir algún relato más desgarrador que el primero,

cesad; sólo con lo que he oído, desfallezco.

EDGARDO.-¿Quién, con lo dicho, no se creería

en el colmo del infortunio? Sin embargo, hay hombres

que gustan ver el incremento de los dolores

ajenos, que no se hartan de desgracias y que anhelan

más, hasta ver el fondo del abismo de la humana

miseria. Mientras exhalaba yo mi dolor entre gritos,

surge un hombre que me había visto antes en mi

estado de miseria y oprobio, y huía entonces, de mi

odiosa compañía; pero después, reconociendo quién

era el que tamaños horrores había soportado, lánzase

a mi cuello, me estrecha entre sus brazos y exhala

alaridos capaces de conmover las celestes bóvedas,

y en seguida precipitándose sobre el cadáver de mi

padre, nárrame de Lear y de sí propio, la historia

más trágica que nunca escuchó el oído humano.

Con su relato crecía su dolor hasta el extremo que

los resortes de la vida comenzaban a romperse... Ha

a sonado la trompeta por vez segunda, y le he aban

donado en ese estado angustioso, entre la vida y la

muerte.

EL DUQUE DE ALBANIA.-¿Quién era ese

hombre?

EDGARDO.-Kent, señor, el bravo Kent. Kent,

quien proscrito y disfrazado había ido siguiendo los

pasos del rey, su enemigo, y se había consagrado a

servirle con una sumisión que un esclavo hubiera

rechazado. (Entra precipitado un gentilhombre con un puñal

en la mano.)

EL GENTILHOMBRE.- ¡Socorro!

EDGARDO.-¿Qué ocurre?

EL DUQUE DE ALBANIA.-Habla, habla, amigo.

EDGARDO.-¿Qué significa ese puñal sangriento?

EL GENTILHOMBRE.-Aún está tibio; aún

echa humo; sale del razón... ¡Ah! está muerta.

EL DUQUE DE ALBANIA.-¿Quién, muerta?

Explícate.

EL GENTILHOMBRE.-Vuestra esposa, señor,

vuestra esposa; y también su hermana Regan acaba

de expirar, envenenada por ella. Así lo han confesado

los labios de Goneril.

 

EDMUNDO.-Prometido estaba yo a una y otra;

ya estamos casados los tres.

EL DUQUE DE ALBANIA.-Traigan sus cuerpos,

muertos o vivos. (Traen los cadáveres de Goneril y de

Regan.) Ese juicio del cielo nos aterra, aunque sin

inspirarnos el menor sentimiento de piedad.

EDGARDO.-Aquí está el conde de Kent, señor.

EL DUQUE DE ALBANIA.-¡Ah! ¿es él? Las

circunstancias no permiten las formalidades de

costumbre.

EL CONDE DE KENT-Vengo, a despedirme

de mi rey. ¿No está aquí?

EL DUQUE DE ALBANIA.-¡Ah! hemos olvidado

lo más importante. Habla, Edmundo, ¿dónde

está el rey, dónde Cordelia? ¿Ves este espectáculo,

conde?

EL CONDE DE KENT.-¡Ah! ¿y por qué causa?

EDMUNDO.-Porque Edmundo era amado. Una

envenenó a la otra por amor a mí, y después se ha

matado.

EL DUQUE DE ALBANIA.-Es verdad. Cubrid

sus rostros.

EDMUNDO.-Pésame la vida. A pesar de mi

propia índole, quiero practicar el bien una vez.

 

Mandad, sin perder tiempo, una orden al castillo para

evitar el asesinato de Lear y Cordelia; apresuraos.

EL DUQUE DE ALBANIA.-Corred, corred, ¡al

momento!

EDGARDO:-¿Y a quién dirigirse? ¿a quién encargaste

tu bárbara misión? ¿cómo demostrarle que

revocas la orden?

EDMUNDO.-Es verdad; toma mi espada y enséñala

al capitán.

EDGARDO.-(Al mensajero.) Por tu vida, date

prisa. (Sale el mensajero.)

EDMUNDO.-De orden mía y de tu esposa estaba

encargado de estrangular a Cordelia en la prisión

y de achacar su muerte a su propia desesperación.

EL DUQUE DE ALBANIA.-¡Sálvenla los dioses!

Llevadle de aquí por un momento. (Sacan a Edmundo.

Entra Lear, llevando a Cordelia muerta, en sus

brazos.)

LEAR.-¡Ah! ¡ah! ¡ah! ¿Son de mármol vuestros

corazones y de hierro vuestros ojos? ¡Si yo tuviese

vuestras voces, rompería con mis gritos la bóveda

celeste! ¡La he perdido para siempre! ¡Oh, ya sé distinguir

si una persona está viva o muerta! Miradla:

¡insensible como la tierra! Dadme un espejo ¡ah! si

su aliento lo empaña, aún vivirá.

 

EL CONDE DE KENT.-¿Era éste el éxito

prometido a nuestra esperanza?

LEAR.-Esta pluma se agita ¡ah! ¡vive! ¡Oh! si vive,

esta felicidad compensa todos mis pesares.

EL CONDE DE KENT.-(De rodillas.) ¡Ah, mi

buen señor!

LEAR.-Aléjate; te lo suplico.

EDGARDO.-Es el noble Kent, vuestro amigo.

LEAR.-¡Malditos seáis, traidores, asesinos! Yo

hubiera podido salvarla; ahora, muerta está para

siempre. ¡Cordelia! ¡Cordelia! espera un momento;

¡ah! ¿qué dices? ¡Era su voz tan dulce tan graciosa,

tan modesta! adornábanla todas las cualidades de

una mujer perfecta. He matado al esclavo que le

quitó la vida.

EL GENTILHOMBRE.-Verdad es, señores; lo

ha tendido a sus pies.

LEAR.-¿No es cierto, amigo? Se me ha representado

aquel tiempo en que los hubiera derribado a

todos al filo de mi espada. Mas yo soy viejo y tantas

desventuras acaban de abatirme. ¿Quién sois? Mis

ojos no son mejores; os lo digo con franqueza.

EL CONDE DE KENT.-Si la fortuna se jacta de

haber prodigado sus favores y su odio a dos hombres,

a vuestra vista está uno de ellos.

 

LEAR.-¿Sois, acaso, el conde de Kent?

EL CONDE DE KENT.-Sí, señor, vuestro fiel

Kent. ¿Dónde está vuestro sirviente Cayo?

LEAR.-¡Ah! os aseguro que era un buen muchacho;

sabía defender a su señor, y descargar un golpe

rápido. Sí, ha muerto, y sus cenizas descansan bajo

tierra.

EL CONDE DE KENT.-No, mi buen señor;

soy yo mismo.

LEAR.-Pronto he de convencerme.

EL CONDE DE KENT.-Yo soy quien, desde el

principio de vuestras desdichas, voy siguiendo

vuestros tristes pasos.

LEAR.-Bienvenido seáis.

EL CONDE DE KENT.-Yo era, yo. Reina aquí

el duelo y la desolación; todo presenta la imagen de

la muerte; vuestras hijas mayores se han destruido a

sí propias; han muerto desesperadas.

LEAR.-Así lo creo.

EL DUQUE DE ALBANIA.-No se da exacta

cuenta de lo que dice; en vano nos ofrecemos a sus

ojos.

EDGARDO.-¡Ah! En vano, sí. (Entra un mensajero.)

 

EL MENSAJERO.-Monseñor, Edmundo ha

muerto.

EL DUQUE DE ALBANIA.-¡Poco importa!

Vosotros, señores y nobles amigos, oíd nuestras intenciones.

Cuanto podamos hacer para reparar tantos

desastres, lo haremos. Mientras viva el rey, suyo

será el poder absoluto. A vos, Edgardo, os devuelvo

todos vuestros derechos añadiéndoles los nuevos

honores y mercedes que habéis sabido conquistar.

Todos nuestros amigos recibirán la recompensa de

sus virtudes y nuestros enemigos beberán la amarga

copa debida a su malignidad. ¡Ah!, ¡mirad, mirad!

LEAR.-¡También estrangulado mi pobre servidor!

No, no; no más vida. ¡Cómo! el más vil de los

reptiles goza la vida en nuestros hogares ¿y tú no

vivirás, no volverás nunca, nunca...? Desatad este

nudo, por favor... Mil gracias, Vedla, vedla; mirad

sus labios; ¡mirad, mirad! (Muere.)

EDGARDO.-Se ha desmayado. ¡Monseñor,

monseñor!

EL CONDE DE KENT.-¡Estalla, corazón mío,

estalla, yo te lo mando!

EDGARDO-Monseñor, abrid los ojos.

 

EL CONDE DE KENT.-¡Ah, no perturbéis su

sombra! ¡dejadle morir en paz! Quererlo retener

más tiempo en la rueda cruel de la vida, es odiarle.

EDGARDO.-En efecto, sucumbió.

EL CONDE DE KENT.-Me admira que haya

podido sufrir tan largo tiempo. Ya no hacía más que

usurpar la vida; cada nuevo día que vivía, lo robaba

a la muerte.

EL DUQUE DE ALBANIA.-Sacad esos cuerpos

de este sitio; la desventura común reclama mis

cuidados. (A Edgardo y al conde de Kent.) Vosotros,

amigos de mi corazón, regentead entre ambos estos

estados, y sed los restauradores de este reino ensangrentado.

EL CONDE DE KENT.-He de emprender muy

pronto un largo viaje; mi señor me llama, y no puedo

negarme a seguirle.

EL DUQUE DE ALBANIA.-A pesar nuestro,

hay que ceder a la necesidad de estos tiempos desastrosos.

Derramemos los sentimientos de nuestros

corazones, sin permitirnos murmuraciones ni

reflexiones amargas. El más viejo de nosotros era el

que ha sufrido más. Nosotros, que somos jóvenes,

jamás veremos tantos males, ni tantos días. (Salen, al

son de una marcha fúnebre.)


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