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Los dos hidalgos de Verona obra completa

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Los dos hidalgos de Verona

de
William Shakespeare

Año 1592

 

Dramatis personae (Personajes)

EL DUQUE DE MILÁN, padre de Silvia.

VALENTÍN los dos hidalgos

PROTEO

ANTONIO, padre de Proteo.

TURIO, grotesto rival de Valentín.

EGLAMUR, cómplice de Silvia en su evasión.

RELÁMPAGO, criado gracioso de Valentín.

LANZA, criado gracioso de Proteo.

PANTINO, criado gracioso de Antonio.

POSADERO, donde Julia se aloja en Milán.

LOS BANDIDOS, tres compañeros de Valentín.

JULIA, amada de Proteo.

SILVIA, amada de Valentín.

LUCIA, doncella de Julia.

CRIADOS y MÚSICOS.

 

ESCENA: Verona, Milán y las fronteras de Mantua

 

 

 

Acto primero

 


 

Escena Primera

 

Verona. -Una plaza pública

 

Entran VALENTÍN y PROTEO

 

VALENTÍN. -Cesa de persuadirme, querido Proteo. La juventud casera tiene siempre

 

gustos caseros. Si un respetable afecto no encadenase tus años mozos a las dulces miradas

 

de tu honorable amada, más bien solicitaría tu compañía para contemplar, lejos de la patria,

 

las maravillas del mundo, pues viviendo la hastiada monotonía del hogar, consumes tu

 

juventud en ociosidades sin relieve. Pero puesto que amas, continúa amando, y sé tan feliz

 

en tus amores como para mí deseo cuando ame a mi vez.

 

PROTEO. -¿De modo que te marchas? Pues ¡adiós!, querido Valentín. Piensa en tu

 

amigo Proteo cuando encuentres algo extraordinario, digno de nota, en tu travesía. Tenme

 

presente en los momentos de dicha, cuando todo vaya bien. Y en tus peligros, si te

 

rodearan, encomienda tus infortunios a mis santas oraciones, pues seré tu rogador, Valentín.

 

VALENTÍN. -¿Y rogarás por mi éxito en un devocionario de amor?

 

PROTEO. -Rogaré por ti en cierto libro que amo.

 

VALENTÍN. -Sin duda, en alguna frívola historia de un amor profundo, en donde se

 

cuente, por ejemplo, cómo el joven Leandro atravesó a nado el Helesponto.

 

PROTEO. -Que es la profunda historia de un sentimiento de los más profundos. ¡Como

 

que Leandro se hundió por considerar el amor por encima de sus zapatos!

 

VALENTÍN. -Es verdad; pero tú has colocado las botas por encima del amor, y todavía

 

no se sabe que pasarás a nado el Helesponto.

 

PROTEO. -¿Por encima de las botas? No me hagas, pues, que dé un bote.

 

VALENTÍN. -No, no lo deseo; he hecho por ti voto de compasión.

 

PROTEO. -¿Por qué?

 

VALENTÍN. -Por estar enamorado. Amar es comprar desprecios con lamentos; miradas

 

de desdén con suspiros de dolor; es cambiar por un instante de placer veinte noches de

 

ansiedades y desvelos. Si se triunfa, cara cuesta la victoria. Si se nos engaña, sólo

 

conservaremos desastres. ¿Qué queda, pues, del amor? Una tontería conseguida a fuerza de

 

ingenio o un ingenio vencido por la tontería o la locura.

 

PROTEO. -En resumen, que me crees loco porque estoy enamorado.

 

VALENTÍN. -En resumen, que si no estás loco lo estarás.

 

PROTEO. -Te burlas del amor, y yo no soy Amor.

 

VALENTÍN. -El amor es tu amo, pues te esclaviza, y quien sufre el yugo de un loco, no

 

merece, a mi juicio, que se le tenga por cuerdo.

 

PROTEO. -Sin embargo, dicen los autores que el amor ardiente se encuentra en las

 

inteligencias más privilegiadas, como el gusano roedor en los más lozanos capullos.

 

VALENTÍN. -Y también dicen que así como el gusano roe el capullo más precoz antes

 

de abrirse, así el amor trastorna la inteligencia joven y apasionada. Marchita en flor, ve

 

desaparecer su lozanía primaveral y, con ella, toda esperanza de un porvenir brillante. Pero

 

en fin, ¿a qué perder tiempo en aconsejar a un esclavo de apetitos amorosos? Por última

 

vez, adiós. Mi padre me espera en el puerto para presenciar mi embarco.

 

PROTEO. -Te voy a acompañar, Valentín.

 

VALENTÍN. -Querido Proteo, no. Despidámonos ahora. Escríbeme a Milán.

 

Comunícame tus conquistas y cuanto ocurra por aquí mientras falta tu amigo, que también

 

promete escribirte.

 

 

 

PROTEO. -¡Pues felicidades en Milán!

 

VALENTÍN. -¡Las mismas te deseo en casa! Conque ¡adiós! (Sale.)

 

PROTEO. -Él va en pos del honor, yo del amor. Abandona a sus amigos para hacerse

 

más digno de ellos. Yo abandono por el amor a mis amigos, a mí mismo y a todo. ¡Tú,

 

Julia, tú me has metamorfoseado! Por ti he descuidado mis estudios perdido mi tiempo,

 

desatendido los buenos consejos: despreciado el mundo, debilitado con ilusiones mi

 

inteligencia y enfermado mi corazón con inquietudes. (Entra RELÁMPAGO.)

 

RELÁMPAGO. -¡Señor Proteo salud! ¿Visteis a mi amo?

 

PROTEO. -Acaba de irse para embarcarse rumbo a Milán.

 

RELÁMPAGO. -Veinte contra uno, entonces, a que se ha embarcado ya, y al perderle

 

me he portado como un carnero.

 

PROTEO. -Verdaderamente, en ocasiones se pierde el carnero a poco que le abandone

 

su amo.

 

RELÁMPAGO. -¿De lo cual deducís que mi amo es un pastor y yo un carnero?

 

PROTEO. -Claro.

 

RELÁMPAGO. -Luego vele yo o duerma, mis cuernos le pertenecen.

 

PROTEO. -Respuesta estúpida y muy digna de un carnero.

 

RELÁMPAGO. -Lo que prueba que lo soy.

 

PROTEO. -Y tu amo el pastor.

 

RELÁMPAGO. -Lo niego por una razón.

 

PROTEO. -Te lo probaré con otra.

 

RELÁMPAGO. -El pastor busca el carnero, y no el carnero al pastor; yo busco a mi

 

amo, y mi amo no me busca a mí; luego no soy, carnero.

 

PROTEO. -El carnero, por un puñado de hierba, sigue al pastor; el pastor, para comer,

 

no sigue al carnero; tú sigues a tu amo por la paga; tu amo no te sigue; luego se sigue que tú

 

eres el carnero.

 

RELÁMPAGO. -Otra prueba como esa y me vais a oír el bee.

 

PROTEO. -Pero ¿me atiendes? ¿Entregaste mi carta a Julia?

 

RELÁMPAGO. -Sí, señor. Yo, carnero descarriado, entregué vuestra carta a esa

 

apacible oveja, y esa apacible oveja nada dio por su trabajo al carnero descarriado.

 

PROTEO. -Una pastura te hubiera sentado bien.

 

RELÁMPAGO. -Que ella me dé la pastura, pero entregadme vos la pasta.

 

PROTEO. -Bueno. ¿Qué te ha dicho? Desembucha.

 

RELÁMPAGO. -Desembuchad vos el bolsillo, a fin de que se exhiban a la vez vuestro

 

dinero y mi mensaje.

 

PROTEO. -(Dándole dinero.) Toma, ahí tienes por tu trabajo. Pero ¿qué te ha dicho?

 

RELÁMPAGO. -Francamente, no creo que la conquistéis.

 

PROTEO. -¿Por qué? ¿Es que te ha dejado entrever...?

 

RELÁMPAGO. -No me ha dejado entrever nada, ni aun siquiera un ducado, por

 

entregarla vuestra misiva. Pero por la dureza que ha demostrado con el portador, presumo

 

cómo se ha de portar. Dadle piedras por regalos, ya que es tan dura como el acero.

 

PROTEO. -¡Pero qué! ¿Nada te ha dicho?

 

RELÁMPAGO. -Ni siquiera un «Toma eso por tu trabajo». Agradezco las monedas que

 

acabáis de entregarme, pero en lo sucesivo dignaos llevar vos mismo vuestras cartas. De

 

manera, señor, que os encomendaré a los buenos recuerdos de mi amo.

 

PROTEO. -Anda, anda, date prisa y libra del naufragio al buque que te lleve. No

 

naufragará mientras estés a bordo mereces la muerte en tierra firme. (Sale RELÁMPAGO)

 

 

 

Mandaré a un mensajero más hábil. Temo que Julia rechace mis cartas si se las entrega un

 

cartero tan idiota. (Sale.)

 

Escena II

 

El mismo lugar. -En el jardín de julia

 

Entran JULIA y LUCÍA

 

JULIA. -Vamos a ver, Lucia, ahora que estamos solas: ¿me aconsejarías caer en

 

amores?

 

LUCÍA. -Con tal que cayerais sin sentido...

 

JULIA. -A tu parecer, ¿cuál de los hidalgos que me cortejan crees más digno de mi

 

amor?

 

LUCÍA. -Decid de nuevo sus nombres y os daré mi opinión.

 

JULIA. -¿Qué piensas del apuesto caballero Eglamur?

 

LUCÍA. -Que es un buen tipo, elegante y de lenguaje correcto, pero en vuestro lugar no

 

lo elegiría.

 

JULIA. -Y del rico Mercurio, ¿qué me dices?

 

LUCÍA. -Que están bien sus riquezas, pero así así su persona.

 

JULIA. -¿Qué piensas de Proteo?

 

LUCÍA. -¡Jesús, Dios mío! ¡Qué grande es la locura humana!

 

JULIA. -¿Qué te pasa? ¿Por qué tanta emoción al pronunciar su nombre?

 

LUCÍA. -Perdón, querida señora. Verdaderamente, yo no soy quién para juzgar así a

 

caballeros tan amables.

 

JULIA. -Y ¿Por qué no a Proteo igual que a los demás?

 

LUCÍA. -Porque le creo el mejor de los buenos.

 

JULIA. -¿La razón?...

 

LUCÍA. -La de una mujer. Le creo así porque así lo creo.

 

JULIA. -¿Y me aconsejarías amarle?

 

LUCIA. -Sí, si le consideráis digno de vuestro amor.

 

JULIA. -Pero me resulta el más indiferente de todos.

 

LUCÍA. -Pues es el que os ama con más sinceridad.

 

JULIA. -Quien es tan parco en palabras no amará mucho.

 

LUCÍA. -Los fuegos concentrados son los que abrasan.

 

JULIA. -Los que no saben manifestar su pasión no aman.

 

LUCÍA. -¡Oh! Menos aman los que pregonan por todas partes sus amores.

 

JULIA. -Quisiera saber su pensamiento.

 

LUCÍA. -Pues leed este papel, señora. (Dándole una carta.)

 

JULIA. -«A Julia.» ¿De quién es?

 

LUCÍA. -Por el contenido lo sabréis.

 

JULIA. -Dime, dime, ¿quién te la dio?

 

LUCÍA. -El paje del caballero Valentín, a quien Proteo se la entregó para vos. El paje os

 

la hubiera dado a vos misma, pero encontrándome a mí, la recibí en vuestro nombre.

 

Perdón por la falta, os ruego.

 

JULIA. -¡Bonito papel has representado! ¡Vaya! ¿Conque te atreves a encargarte de

 

cartas amorosas y conspirar en secreto contra mí? ¡Pues créeme: es un papel muy digno de

 

ti, y tú lo más a propósito para desempeñarlo! Toma este papel y devuélvelo,

 

inmediatamente o jamás te presentes ante mí!

 

 

 

LUCÍA. -Abogar por el amor merece mejor recompensa que el odio.

 

JULIA. -¿Quieres marcharte?

 

LUCÍA. -Sí, os dejaré meditar... (Sale.)

 

JULIA. -Y, sin embargo debí haber leído la carta. Pero me avergüenza llamar a Lucía e

 

incurrir en la misma falta por la que acabo de reprenderle. ¡También es tontería suya,

 

sabiendo que soy una joven, no haber insistido hasta obligarme a leer el billete! ¿No sabe

 

que por pudor decimos muchas veces no, aunque estamos deseando que ese no se interprete

 

por un ? ¡Lástima, lástima! ¡Qué testarudo y caprichoso es el amor! Es como un niño, de

 

teta, que araña a su nodriza y un instante después besa humildemente sus pechos. He

 

despedido de mal humor a Lucía y no estaba deseando sino que se quedase. Me he

 

mostrado arisca cuando un gozo interior inundaba de alegría toda mi alma. Y ahora tengo

 

que llamar de nuevo a Lucía y pedirle perdón de mi falta. ¡Eh! ¡Lucía!... (Vuelve a entrar

 

LUCÍA.)

 

LUCÍA. -¿Que desea la señorita?

 

JULIA. -¿Es ya hora de comer?

 

LUCÍA. -Quisiera que fuera para veros descargar vuestra cólera en la comida y no en

 

vuestra doncella.

 

JULIA. -¿Qué es eso que recoges tan aprisa?

 

LUCÍA. -Nada.

 

JULIA. -¿Por qué te has inclinado al suelo?

 

LUCÍA. -Nada que me interese.

 

JULIA. -Pues que recoja ese papel mentiroso aquel a quien interese.

 

LUCÍA. -Para quien le interese no contendrá sino sinceridades, si bien se interpreta.

 

JULIA. -Algunos versos que te escribe un amante.

 

LUCIA. -Si queréis que los interprete, dadme entonación y nota para cantarlos.

 

JULIA. -No entiendo de eso. Puedes cantarlas al compás de La antorcha del amor.

 

LUCÍA. -Ese diapasón es alto para mí.

 

JULIA. -Deja que vea tu canción. (Coge la carta.)

 

LUCÍA. -Si queréis, la podemos cantar a dúo.

 

JULIA. -No hay tenor.

 

LUCÍA. -Yo hago la parte de Proteo.

 

JULIA. -¡No quiero que me molestes ya con habladurías. ¡Toma, mira el caso que hago

 

de tu carta! (Rompe la carta.) ¡Márchate y deja los pedazos en el suelo; me enfadaré si los

 

tocas!

 

LUCIA. -(Aparte.) Aunque mete mucho ruido, no le disgustaría que otra carta volviera a

 

disgustarla. (Sale.)

 

JULIA. -Y ¿por qué me he enojado tanto?...

 

¡Qué, odio tengo a mis manos por haber roto tantas frases llenas de amor! ¡Pérfidos

 

zánganos, que habéis tenido la osadía de bañaros en miel, matando con vuestros aguijones a

 

las abejas que la han producido! Quiero besar, en reparación, en uno tras otro, todos esos

 

pedacitos de papel. Este dice «Dulcísima Julia».¡Cruel Julia! Para vengarme de lo ingrata

 

que eres, ¡toma!, arrojo tu nombre contra el suelo. Y llena de desprecio, piso con mis pies

 

tus desdenes. A ver, ¿qué dice éste?: «Proteo, herido de amor.»¡Pobrecito herido! Descansa

 

en mi seno, como en un lecho, hasta que tu herida se cure completamente. Y mientras tanto,

 

deja que imprima en ella un soberano beso. Mas aquí aparece muchas veces el nombre de

 

Proteo... -¡No soples, bondadoso viento!¡No me robes ni una sola palabra hasta que

 

encuentre todas las letras de esta carta, a excepción de mi nombre, que un vendaval

 

 

 

transporte a una árida roca, amenazadora y terrible, y desde allí lo arroje al irritado mar!

 

¡Ah! He aquí una línea, que tiene dos veces trazado el suyo: «El infortunado Proteo, el

 

amante Proteo, a la dulce Julia.» Por este último nombre lo voy a rasgar. Pero no, no quiero

 

rasgarlo, ya que se une al suyo, afligido, de un modo tan encantador. Los voy a doblar

 

juntos; así; ahora abrazaos, disputaos como queráis. (Vuelve a entrar LUCÍA.)

 

LUCIA. -Señora, la comida está dispuesta y vuestro padre os aguarda.

 

JULIA. -Pues vamos.

 

LUCIA. -¡Cómo! ¿Dejaremos en el suelo estos indiscretos papeles?

 

JULIA. -Recógelos, si tienen algún valor para ti.

 

LUCIA. -Me he comprometido ya con abandonarlos, pero en fin, los recogeré para que

 

no se constipen.

 

JULIA. -Veo que los aprecias demasiado.

 

LUCÍA. -Podéis decir lo que veis, como yo veo muchas cosas, aunque creáis que tengo

 

los ojos cerrados.

 

JULIA. -¡Vamos, vamos! ¿Querrás que nos marchemos? (Salen.)

 

Escena III

 

El mismo lugar. -Aposento en casa de Antonio

 

Entran ANTONIO y PANTINO

 

ANTONIO. -Dime Pantino,. ¿de tanto interés era lo que te decía en el vestíbulo mi

 

hermano?

 

PANTINO. -Me hablaba de su sobrino Proteo, vuestro hijo.

 

ANTONIO. -Y ¿qué te decía de él?

 

PANTINO. -Dolíase de que vuestra señoría le hiciese permanecer en su ciudad natal, en

 

tanto que otros hombres de estirpe más baja envían lejos a sus hijos en busca de adelantos:

 

unos a probar fortuna en la guerra otros a descubrir remotas islas y otros a estudiar a las

 

Universidades. Para cualquiera de esas carreras dice que es apto vuestro hijo, y me ha

 

rogado que influya cerca de vos para que no le hagáis perder más el tiempo, pues

 

seguramente le molestará en la edad madura no haber viajado cuando era joven.

 

ANTONIO. -No es preciso que te esfuerces para convencerme, pues desde hace un mes

 

pienso lo mismo, y he reflexionado sobre el tiempo que perdía. Tengo la seguridad de que

 

no será nada, si no adquiere experiencia e instrucción: la experiencia se adquiere con el

 

trabajo y se perfecciona con el tiempo. Y ¿adónde te parece que convendría mandarle?

 

PANTINO. -Creo que no ignorará vuestra señora que su amigo, el joven Valentín, está

 

al servicio del emperador en su real corte.

 

ANTONIO. -Lo sé.

 

PANTINO. -Pues allí creo que convendría enviarle. Se ejercitaría en las justas y,

 

torneos, aprendería el bien decir, alternaría con la nobleza y, en fin, se le identificaría con

 

los ejercicios dignos de su juventud y elevada cuna.

 

ANTONIO. -Me parece bien tu consejo; es una prudente advertencia, y para probarte lo

 

admirable que la hallo, voy a ponerla en práctica. Mandaré en seguida a mi hijo a la corte

 

del emperador.

 

PANTINO. -Precisamente mañana don Alfonso y otros varios caballeros distinguidos

 

marchan a saludar al emperador y a ponerse a sus órdenes.

 

ANTONIO. -Excelente compañía. Proteo marchará con ellos. Y en buena hora llega.

 

Voy a hablarle del asunto. (Entra PROTEO.)

 

 

 

PROTEO. -¡Encantador amor! ¡Encantadoras líneas! ¡Encantadora vida! Aquí está su

 

carta, mensajera de su corazón. Aquí me jura amor eterno y me empeña su palabra. ¡Oh,

 

Julia celestial!

 

ANTONIO. -¿Qué hay? ¿Qué carta estás leyendo?

 

PROTEO. -Con permiso de vuestra señoría. Son unas palabras de recomendación que

 

me envía Valentín para un amigo que me ha visitado en su nombre.

 

ANTONIO. -Déjame esa cara, a ver qué nuevas contiene.

 

PROTEO. -Nuevas, ninguna, padre; sólo dice Valentín que es dichoso; que todos le

 

quieren y que cada vez le distingue más, el emperador. Y añade que marche a su lado y

 

disfrute con él de su prosperidad.

 

ANTONIO. -Y ¿cómo acoges tú esa prueba de afecto?

 

PROTEO. -Como un anhelo cuya realización depende más de vuestra señoría que de las

 

aspiraciones de un amigo.

 

ANTONIO. -Pues mi voluntad está completamente de acuerdo con su deseo. Si me

 

preguntas por qué procedo tan de repente, te diré que porque así me parece bien, y nada

 

más. He resuelto que permanezcas algún tiempo con Valentín en la corte del emperador Te

 

señalaré la misma pensión que él recibe de su familia. De modo que prepárate a partir

 

mañana temprano, y nada de excusas, pues estoy decidido.

 

PROTEO. -Pero Señor, ¿en tan pocas hora cómo me voy a preparar? Dadme de término

 

uno o dos días, os lo ruego.

 

ANTONIO. -Mira, las cosas que necesitas te las enviaremos después. Nada de prórroga;

 

debes salir mañana. Acompáñame, Pantino. Prepárale todo para la marcha. (Salen

 

ANTONIO y PANINO.)

 

PROTEO. -¡Es decir, que huía del fuego, por no abrasarme, y he caído en el mar, donde

 

me ahogo ¡Temiendo amor, no quise enseñar a mi padre la carta de Julia, y de los mismos

 

motivos de mi pretexto sacó él los medios más contrarios a mi amor.¡Oh! ¡Qué parecida es

 

esta pasión naciente a la belleza insegura de un día de abril! ¡Deja de pronto ver el sol en

 

toda su gloria y al instante una nube lo cubre todo! (Vuelve a entrar PANTINO.)

 

PANTINO. -Señor Proteo, vuestro padre os llama. Está impaciente. Os ruego tengáis la

 

bondad de venir.

 

PROTEO. -Nada, está resuelto. Mi corazón tiene que consentir. Y sin embargo me repite

 

mil veces, no (Sale).

Acto segundo

 

Escena primera

 

 

 

Milán. -Aposento en el palacio del Duque

 

Entran VALENTÍN y RELÁMPAGO

 

RELÁMPAGO. -Señor: vuestro guante (entregándole un guante.)

 

VALENTÍN. -No es mío. Tengo puestos los dos.

 

RELÁMPAGO. -Perdón; creí que era de vos. Lo hallé casualmente...

 

VALENTÍN. -¡Ah! ¿A ver? ¡Dámelo! Es mío.¡Adorno encantador, que cubres una mano

 

divina!, ¡Ah, Silvia!¡Silvia!

 

RELÁMPAGO. -(Gritando.) ¡Doña, Silvia!¡Doña Silvia!

 

VALENTÍN. -¿Qué haces, majadero?

 

RELÁMPAGO. -¡No nos oye, señor!

 

VALENTÍN. -Pero ¿quién te ha dicho que la llames?

 

RELÁMPAGO. -Vuestra señoría, o mucho me equivoco.

 

VALENTÍN. -¿Yo? Eres demasiado ligero.

 

RELÁMPAGO. -Pues no hace mucho me regañabais por ser demasiado lento.

 

VALENTÍN. -Bien, bien. Pero dime: ¿conoces tu a doña Silvia?

 

RELÁMPAGO. -¿A la que tanto adoráis?

 

VALENTÍN. -¿Cómo sabes que la adoro?

 

RELÁMPAGO. -¡Pardiez! Veréis en qué lo he conocido. Primeramente habéis

 

aprendido, como el señor Proteo, a cruzaros de brazos como un melancólico, a modular una

 

canción de amor como un petirrojo, a pasearos solo como si tuvierais la peste, a gemir

 

como un escolar que ha perdido su abecedario, a plañir como una niña que acaba de

 

enterrar a su abuela, a ayunar como un enfermo puesto a dieta, a velar como si temierais

 

que os robaran, y a hablar con voz lastimera como un pobre en la fiesta de Todos los

 

Santos. Antes se desbordaba vuestra risa como canto del gallo, andabais a paso de león,

 

sólo ayunabais después de comer, y únicamente se os veía triste cuando no teníais dinero.

 

Pero ahora os ha cambiado una dama de tal modo que, por más que os miro, apenas

 

reconozco en vos a mi amo.

 

VALENTÍN. -¿Todo eso se advierte en mí?

 

RELÁMPAGO. -Todo eso se advierte en vos a cien leguas.

 

VALENTÍN. -¿Es posible?

 

RELÁMPAGO. -Ya lo creo que es posible. Como que esas locuras están dentro de vos

 

de tal manera, que les servís de vaso y a través de vos se las ve brillar como el agua en un

 

orinal. Por eso no hay quien os vea que no conozca vuestra enfermedad tan bien como un

 

médico.

 

VALENTÍN. -Vaya, hombre; pero dime: ¿conoces a doña Silvia?

 

RELÁMPAGO. -¿A la que miráis tan fijamente cuando está a la mesa?

 

VALENTÍN. -¿Lo has notado tú?... Pues sí, de ella, te hablo.

 

RELÁMPAGO. -Mi querido señor, ¡no la conozco!

 

VALENTÍN. -¿Has notado que la miraba fijamente, y no la conoces?

 

RELÁMPAGO. -No carece de señor.

 

VALENTÍN. -¡Como que tiene, más gracia que belleza!

 

RELÁMPAGO. -Lo sé de un modo absoluto.

 

VALENTÍN. -¿Qué sabes tú?

 

RELÁMPAGO. -Que no es tan bella como la gracia que os ha hecho.

 

VALENTÍN. -He querido decir que su hermosura es incomparable, pero su gracia

 

infinita.

 

 

 

RELÁMPAGO. -¡Como que la una es hermosura pintada y la otra una gracia sin

 

ninguna gracia!

 

VALENTÍN. -¡A ver, a ver, explica eso!

 

RELÁMPAGO. -¿No dicen para alabar a una mujer: «Es tan hermosa que ni pintada»?

 

Pues ahí la tenéis pintada, para colmo de su belleza.

 

VALENTÍN. -¿Te burlas? ¿Por quién me tomas a mí, que tanto te estimo?

 

RELÁMPAGO. -Es que no la habéis visto desde que se ha vuelto fea.

 

VALENTÍN. -¿Desde cuándo es eso?

 

RELÁMPAGO. -Desde que la amáis.

 

VALENTÍN. -La amé en cuanto la vi, y siempre la he visto hermosa.

 

RELÁMPAGO. -Si la amáis no podéis verla.

 

VALENTÍN. -¿Por qué?

 

RELÁMPAGO. -Porque Amor es ciego.¡Oh! ¡Que no tengáis mis ojos, o que los

 

vuestros no vean tan claro como cuando reprendíais al señor Proteo por ir sin ligas!

 

VALENTÍN. -¿Qué vería entonces?

 

RELÁMPAGO. -Vuestra locura presente y la terrible fealdad de vuestra alma. Porque

 

él, como estaba enamorado, no veía para atar sus calzones; y vos, desde que lo estáis, no

 

veis para poneros los vuestros.

 

VALENTÍN. -Pues según eso, bribón, debes de estar tú enamorado, porque esta mañana

 

no veías para limpiar mis zapatos.

 

RELÁMPAGO. -En efecto, señor, estaba enamorado... de la cama. Y os agradezco el

 

haber castigado mi amor con las correas de los estribos. Así me vengaré ahora zurrando el

 

vuestro.

 

VALENTÍN. -Acabemos. La quiero y basta.

 

RELÁMPAGO. -¡Ya disminuiría vuestro cariño como os echaran el yugo!

 

VALENTÍN. -Por cierto que anoche me mandó escribir unos versos para una persona a

 

quien ama.

 

RELÁMPAGO. -¿Y los habéis compuesto?

 

VALENTÍN. -Pues claro.

 

RELÁMPAGO. -Y ¿son pasables?

 

VALENTÍN. -Así así; he hecho lo que he podido. ¡Silencio! Aquí llega. (Entra

 

SILVIA.)

 

RELÁMPAGO. -(Aparte.) ¡Oh! ¡Lindos andares! ¡Un maniquí rematado! ¡Ahora la

 

servirá él de intérprete!

 

VALENTÍN. -Señora mía y dueña: os saludo mil veces.

 

RELÁMPAGO. -(Aparte.) ¡Atiza! Ya veréis ofrecerle en pago un millón de carantoñas.

 

SILVIA. -Señor Valentín, mi servidor, yo os saludo dos mil.

 

RELÁMPAGO. -(Aparte.) Debería él pagar el interés y es ella quien lo paga.

 

VALENTÍN. -En cumplimiento de vuestro mandato he escrito la carta dirigida al secreto

 

amigo, cuyo nombre no me quisisteis confiar. El encargo era duro; sólo por obedeceros lo

 

he realizado. (Entregándole un papel.)

 

SILVIA. -Muchas gracias, amable servidor. La carta está admirablemente escrita.

 

VALENTÍN. -Pues creedme, señora; me ha costado algún trabajo, porque como

 

ignoraba a quién iba dirigida he tenido que escribir al azar y no muy seguro de lo que hacía.

 

SILVIA. -¿Creéis, por ventura, que os ha costado un trabajo en extremo excesivo?

 

VALENTÍN. -No, señora; si ello os causa complacencia, mandad y escribiré mil veces

 

otro tanto. Y sin embargo...

 

 

 

SILVIA. -¡Un lindo período! Bien adivino lo que sigue. Y sin embargo no lo diré. Y sin

 

embargo me es indiferente. Y sin embargo tomad esto otra vez. Y sin embargo os lo

 

agradezco. No volveré a importunaros en lo sucesivo.

 

RELÁMPAGO. -(Aparte.) Y sin embargo todavía os importunaré y os embargaré con

 

otros sin embargos.

 

VALENTÍN. -¿Qué queréis decir, señorita? ¿No os agrada el estilo?

 

SILVIA. -Sí, sí; son muy lindos vuestros versos, pero puesto que los habéis escrito a

 

disgusto, tomadlos, quedaos, con ellos. (Le entrega la carta.)

 

VALENTÍN. -Señora, son para vos.

 

SILVIA. -Sí, sí, caballero; ya sé que los habéis escrito a instancia mía, pero no los

 

quiero; para vos. Yo los hubiera preferido más apasionados.

 

VALENTÍN. -Si me lo permitís, señorita, escribiré otros.

 

SILVIA. -Pues cuando los escribáis, leedlos por mí. Y si os agradan, bien; si no os

 

agradan, también.

 

VALENTÍN. -Si me agradan, señora, ¿qué hago entonces?

 

SILVIA. -Pues si os agradan guardadlos por vuestro trabajo. Conque, buenos días, mi

 

servidor. (Sale.)

 

RELÁMPAGO. -¡Oh, juego de palabras oculto, inescrutable, invisible como la nariz en

 

medio del rostro o como la veleta sobre un campanario!¡Mi amo la galantea, y ella, de

 

discípulo suyo, se cambia en su maestro! ¡No es mala idea! ¡Superiorísima! ¿Se ha visto

 

cosa igual?

 

¿Escoger de amanuense a mi señor

 

para que escriba epístolas de amor?

 

VALENTÍN. -¡Eh, eh! ¿Qué estás discurriendo ahí solo?

 

RELÁMPAGO. -Estaba solas con la rima para dejaros el pensamiento.

 

VALENTÍN. -¿Qué pensamiento?

 

RELÁMPAGO. -El que necesitáis para servir de intérprete a doña Silvia.

 

VALENTÍN. -¿Para con quién?

 

RELÁMPAGO. -Para con vos mismo. Pues os hace el amor por medio de enigmas.

 

VALENTÍN. -¿Cómo enigmas?

 

RELÁMPAGO. -Por cartas debí decir.

 

VALENTÍN. -¿Me ha escrito a mí, acaso?

 

RELÁMPAGO. -¿Para qué, si ha hecho que os escribierais vos mismo? ¿Es que no

 

habéis comprendido el juego?

 

VALENTÍN. -Créeme que no.

 

RELÁMPAGO. -Es extraño, en verdad. Pero ¿no adivinasteis el interés que mostraba al

 

hablaros?

 

VALENTÍN. -No hizo sino dirigirme palabras de ira.

 

RELÁMPAGO. -Pero os entrego una carta.

 

 

 

VALENTÍN. -La que escribí yo para su amigo.

 

RELÁMPAGO. -Y os dio esa carta, y allí acabó el asunto.

 

VALENTÍN. -¡Ojalá no quede aún lo peor por descifrar!

 

RELÁMPAGO. -OS lo aseguro, fue como os digo:

 

Le escribisteis muchas veces,

 

y ella, fuera por pasión

 

o bien por pasar el tiempo,

 

ha conseguido de vos,

 

mediante un gracioso ardid,

 

que le escribáis de su amor,

 

tomándoos por mensajero

 

de vuestra propia pasión.

 

Os juro que todo esto es tal como lo leí impreso. ¿En qué meditáis, señor? Es hora de

 

comer.

 

VALENTÍN. -He comido ya.

 

RELÁMPAGO. -Sí, pero oídme, señor: aunque Amor es una especie de camaleón que

 

puede vivir del aire, yo necesito mi ración y quisiera algo sólido. ¡Oh! No seáis como

 

vuestra dama; conmoveos. (Salen.)

 

Escena II

 

Verona. -Aposento en casa de Julia

 

Entran PROTEO y JULIA

 

PROTEO. -Ten paciencia, amable Julia.

 

JULIA. -Es preciso, cuando no hay remedio.

 

PROTEO. -Tan pronto como pueda volveré.

 

JULIA. -Si no cambias volverás antes. Guarda esto en recuerdo de tu Julia. (Le entrega

 

una sortija.)

 

PROTEO. -Pues entonces haremos un cambio: toma este anillo. (La entrega un anillo.)

 

JULIA. -Y sellemos el trato con un santo beso.

 

PROTEO. -He aquí mi mano, en testimonio de mi constancia inalterable. Y Cuando deje

 

pasar un solo instante del día sin suspirar por ti, ¡que me castigue, Julia una irreparable

 

desgracia por el olvido de mi amor! Mi padre me espera. No Puedo detenerme. Llegó la

 

hora de la marea, no la marea de mis lágrimas que me detendría más tiempo.¡Julia, adiós!

 

(Sale JULIA) ¡Como! ¿Sale sin decirme una palabra? ¡Sí, así se manifiesta el amor

 

verdadero! ¡No puede hablar, y mejor que con palabras se muestra la sinceridad con actos!

 

(Entra PANTINO.)

 

PANTINO. -Señor Proteo, os aguardan.

 

PROTEO. -Ve; te sigo, te sigo. ¡Ay! ¡La separación hace enmudecer a los amantes!

 

(Salen.)

 

Escena III

 

El mismo lugar. -Una calle

 

 

 

LANZA. -¡Pues me apuesto a que se pasa una hora antes que acabe de llorar! Toda la

 

raza de los Lanzas ha tenido este defecto. He recibido, como el hijo pródigo, mi parte de

 

herencia, y voy a acompañar al señor Proteo a la corte del emperador. Para mí que mi perro

 

Crab es el tipo de perro más insensible que hay entre los perros. Mi madre lloraba, mi

 

padre gemía, mi hermana sollozaba, nuestra doncella daba alaridos, nuestra gata se retorcía

 

las manos; en fin, estaba la casa en la mayor desolación. ¡Pues bien! ¿Lo creeríais? Este

 

perro, de corazón de roca, no ha derramado una sola lágrima. Os aseguro que es un mármol,

 

un verdadero pedernal, y que no hay en él más compasión que en un perro.¡Vaya con la

 

criatura! Un judío hubiera llorado al ver nuestra separación. Mi abuela, que no tiene ojos,

 

ha llorado tanto, que las lágrimas le impedían ver. Ahora veréis cómo pasó. Este zapato es

 

mi padre. No, mi padre es el zapato izquierdo... no, no; el zapato izquierdo es mi madre.

 

Pero no es eso, no puede ser... Sí, sí es, sí es eso; es el que tiene peor suela. Pues este zapato

 

agujereado es mi madre, y éste mi padre.¡Esto es tener cabeza! Ya di en el quid. Ahora,

 

señor, este palo es mi hermana, que ya lo veis, es blanca como un lirio y delgada como una

 

varilla. Este sombrero es Ana, nuestra criada. Yo soy el perro... No, el perro es él mismo...

 

Y yo soy el perro...¡Oh! El perro es yo; y yo soy yo mismo; sí, eso es, eso es. Entonces me

 

dirijo a mi padre: «¡Padre, vuestra bendición!» Y echa el zapato a llorar, de tal manera, que

 

las lágrimas le dejan mudo. Beso entonces a mi padre, y se deshace en lágrimas. Voy

 

después a mi madre, ¡oh, pobre mujer, si pudiese ahora hablar! Bien. La beso. «¡Por vida

 

de...!» Eso es, escuchad su respiración cómo va y viene con fuerza. Ahora me acerco a mi

 

hermana.¡Oíd cómo gime!¡Pues bien! En todo ese tiempo no vierte el perro una lágrima, no

 

articula ni una sola palabra. Y, en cambio, yo,¡ya veis cómo riego el polvo con mi llanto!

 

(Entra PANTINO.)

 

PANTINO. -¡Lanza, corre, corre a bordo! Ya se embarcó tu amo y debes reunirte con él

 

a fuerza de remos. ¿Qué te pasa? ¿Por qué lloras, hombre?¡Echa a correr, gran bestia, pues

 

si tardas pierdes lo que traes entre manos!

 

LANZA. -¿Qué me importa perderlo?

 

PANTINO. -¿Qué dices?

 

LANZA. -Hablo de este perro, de mi Crab.

 

PANTINO. -¡Idiota! Quiero decir que perderás el viaje; con tu viaje, a tu amo, y con tu

 

amo la colocación. Vamos, vete, me han enviado a llamarte...

 

LANZA. -Llámame como quieras.

 

PANTINO. -¿Quieres seguirme?

 

LANZA. -Bueno, te sigo. (Salen.)

 

Escena IV

 

Milán. -Aposento en el palacio del duque

 

Entran VALENTÍN, SILVIA, TURIO y RELÁMPAGO

 

SILVIA. -¡Servidor!

 

VALENTÍN. -¡Señorita!

 

RELÁMPAGO. -(Aparte a VALENTÍN.) Mi amo: el señor Turio os pone malos ojos.

 

VALENTÍN. -Lo sé; es por amor.

 

RELÁMPAGO. -Pero no a vos.

 

VALENTÍN. -Será a mi señora.

 

RELÁMPAGO. -Yo que vos le aplastaba las narices.

 

SILVIA. -Mi servidor, os veo triste.

 

 

 

VALENTÍN. -Verdaderamente, señora, lo parezco.

 

TURIO. -¿Luego parecéis lo que no sois?

 

VALENTÍN. -Tal vez.

 

TURIO. -Entonces, ¡disimuláis!

 

VALENTÍN. -Como vos.

 

TURIO. -¿Parezco yo algo que no sea?

 

VALENTÍN. -Cuerdo.

 

TURIO. -¿Qué soy, pues, que no parezca?

 

VALENTÍN. -Loco.

 

TURIO. -¿En qué fundáis mi locura?

 

VALENTÍN. -En vuestra manera de vestir.

 

TURIO. -Llevo doble capa.

 

VALENTÍN. -Razón de más para que haya en vos doble locura.

 

TURIO. -(Incomodado.) -¡Cómo!

 

SILVIA. -¿Qué es eso? ¡Os incomodáis, señor Turio! Cambias de color.

 

VALENTÍN. -Le está permitido, señora. Es una especie de camaleón.

 

TURIO. -Con más valor para beber vuestra sangre que para vivir de vuestro aire!

 

VALENTÍN. -¿Habéis dicho, caballero?

 

TURIO. -Y terminado por ahora.

 

VALENTÍN. -Lo presumía, caballero; siempre acabáis antes de haber empezado.

 

SILVIA. -¡Señores: vaya una brillante salva de palabras y un fuego graneado!

 

VALENTÍN. -Es verdad, señora, y lo agradecemos.

 

SILVIA. -¿A quién, mi servidor?

 

VALENTÍN. -A vos, dulce señora, pues vos habéis mandado el fuego. El señor Turio

 

toma su ingenio de las miradas de vuestra señoría y gasta generosamente en vuestra

 

presencia lo que os tomó prestado.

 

TURIO. -Señor, si con vuestras palabras prestadas pretendéis desafiarme, me parece que

 

va a dar quiebra vuestro ingenio.

 

VALENTÍN. -Lo sé, caballero; tenéis banca de palabras y creo que es todo lo que podéis

 

dar a vuestros criados. El lamentable estado de su librea indica que sólo con palabras les

 

pagáis.

 

SILVIA. -Basta, señores, basta. Aquí llega mi padre. (Entra el DUQUE.)

 

DUQUE. -Vaya, os asedian de cerca, querida Silvia. Señor Valentín, vuestro padre sigue

 

sin novedad. ¿Qué pensaríais si os dijera que he recibido una carta de vuestros amigos llena

 

de excelentes noticias?

 

VALENTÍN. -Señor, toda la que de ellos venga será acogida por mí con

 

reconocimiento.

 

DUQUE. -¿Conocéis a vuestro compatriota don Antonio?

 

VALENTÍN. -Sí, mi señor, y le tengo por persona excelente, de justificada reputación.

 

DUQUE. -¿No tiene un hijo?

 

VALENTÍN. -Sí, mi señor, y que merece ciertamente el honor de tener tal padre,

 

DUQUE. -¿Le conocéis?

 

VALENTÍN. -Como a mí mismo. Desde la infancia hemos estado juntos, si bien yo he

 

sido un perezoso y he descuidado aprovechar el tiempo para revestir mi edad madura de

 

una perfección completa. No ha sucedido así con Proteo . -que tal es su nombre-, sino que

 

ha empleado con hermosa ventaja sus días. Joven por edad, pero viejo en experiencia;

 

aunque su cabeza es verde, su juicio está maduro. En fin -a pesar de que su mérito está por

 

 

 

encima de cuanto pueda decir-, nada le falta en cuanto a persona y talento y reúne todas las

 

cualidades de un perfecto hidalgo.

 

DUQUE. -¡Caramba! De no fallar el elogio, es tan digno del amor de una emperatriz

 

como apto para consejero de un emperador. Bien, caballero; pues ese hidalgo ha llegado a

 

mi corte, recomendado por grandes potentados, y se propone pasar en ella algún tiempo.

 

Supongo que no os desagradará la noticia.

 

VALENTÍN. -De haber tenido yo algo que desear hubiera sido su presencia.

 

DUQUE. -Recibidle como conviene a su mérito, Silvia; contigo hablo, y con vos, señor

 

Turio. En cuanto a Valentín, no necesita mis exhortaciones. Os lo voy a enviar al instante.

 

(Sale.)

 

VALENTÍN. -Es el joven de quien dije a vuestra señoría que hubiera venido conmigo de

 

no haberle retenido su dama prisioneros los ojos en sus miradas de cristal.

 

SILVIA. -Tal vez los haya libertado ahora para empeñar en otro su fe.

 

VALENTÍN. -Seguramente no, señora; pienso que todavía los retiene cautivos.

 

SILVIA. -Pues entonces está ciego y, siéndolo, ¿cómo ha podido venir hasta vos?

 

VALENTÍN. -Bien sabéis, señora, que Amor tiene veinte pares de ojos.

 

TURIO. -Pues hay quien dice que es completamente ciego.

 

VALENTÍN. -Para los amantes como vos, Turio. Amor cierra los ojos ante un objeto

 

repugnante.

 

SILVIA. -Basta, basta. Aquí llega el hidalgo. (Entra PROTEO.)

 

VALENTÍN. -¡Bien venido, querido Proteo! Señorita, os ruego confirméis mi acogida

 

con una distinción especial.

 

SILVIA. -Su propio valer es garantía de la satisfacción que nos causa con su presencia,

 

si se trata de quien tan frecuentemente habéis deseado tener noticias.

 

VALENTÍN. -Él es, señorita, y dignaos permitir, hermosa dama, que comporta conmigo

 

el honor de servir a vuestra señoría.

 

SILVIA. -Poco es el ama para tan distinguido servidor.

 

PROTEO. -Nada de eso, dulce señora; el servidor es demasiado insignificante para

 

merecer una mirada de dama tan gentil.

 

VALENTÍN. -Abandona esas modestias. Encantadora señorita, aceptadle por vuestro

 

servidor.

 

PROTEO. -Será para mí un orgullo colmar los deberes que ese título me impone.

 

SILVIA. -El cumplimiento del deber halla siempre su recompensa. Mi servidor, bien

 

venido seáis al servicio de tan indigna dama.

 

PROTEO. -La muerte daría a quien, sin ser vos, dijera eso.

 

SILVIA. -¿Qué seáis bien venido?

 

PROTEO. -No; que dijera que sois indigna. (Entra un CRIADO.)

 

CRIADO. -Señora, mi señor, vuestro padre, quisiera hablaros.

 

SILVIA. -En seguida marcho. (Sale el CRIADO.) Acompañadme, señor Turio. Mi

 

nuevo servidor: por segunda vez, mi sincera acogida. Les dejo que hablen de sus asuntos.

 

En cuanto acaben espero que nos volveremos a ver.

 

PROTEO. -Los dos iremos a presentar nuestros respetos a vuestra señoría. (Salen

 

SILVIA, TURIO y RELÁMPAGO.)

 

VALENTÍN. -Dime ahora: ¿Cómo Siguen los que acabas de dejar en Verona?

 

PROTEO. -Tus amigos bien, y te mandan recuerdos.

 

VALENTÍN. -¿Y los tuyos?

 

PROTEO. -Los dejé en completa salud.

 

 

 

VALENTÍN. -¿Cómo está la dama de tus pensamientos, y cómo va tu amor?

 

PROTEO. -Siempre te molestaron mis confidencias amorosas. Como no te gustan las

 

conversaciones de amor...

 

VALENTÍN. -Sí, Proteo; pero son otras mis ideas. He expiado cruelmente los desdenes

 

que tuve con el amor. Emperador y dueño absoluto de todos mis pensamientos, me ha

 

castigado con amargos ayunos y con gemidos de penitencia. He derramado lágrimas por la

 

noche y exhalado de día dolorosos suspiros. Para vengarse de mi antiguo desprecio, el amor

 

ha desterrado el sueño de mis ojos, haciéndoles velar las aflicciones de mi corazón.¡Oh,

 

gentil Proteo! El amor es un señor poderoso. Me ha humillado hasta el punto que no hallo

 

sufrimiento que iguale a sus castigos, aunque no hay placer en la Tierra comparable a la

 

dicha de servirle. Ahora no hablo si no es de amor. Ahora puedo almorzar, comer, cenar y

 

dormir con sólo el nombre de Amor.

 

PROTEO. -Basta; se retrata en tus ojos la felicidad. ¿Es tu ídolo la persona que acabo de

 

ver?

 

VALENTÍN. -La misma; y ¿no es un ángel del cielo?

 

PROTEO. -No; pero es una maravilla terrestre.

 

VALENTÍN. -Llámala divina.

 

PROTEO. -No quiero adularla.

 

VALENTÍN. -¡Oh!, adúlame a mí, pues el amor se complace con exaltar el objeto

 

amado.

 

PROTEO. -Cuando yo estaba enfermo me dabas amargas píldoras y ahora debo yo

 

administrártelas.

 

VALENTÍN. -Entonces di sobre ella la verdad. Si no es divina, confiesa a lo menos que

 

es la primera entre todas las mujeres, la soberana de todas las criaturas de la Tierra.

 

PROTEO. -Excepto mi adorada.

 

VALENTÍN. -Querido, no exceptúes a nadie, y si a alguien exceptúas, exceptúa mi

 

amor.

 

PROTEO. -¿No tengo razón para preferir a la que amo?

 

VALENTÍN. -Y yo la exaltaré, además, a tus propios ojos. Se ensalzaría con este alto

 

honor...., con levantar la cola del vestido de mi soberana, por temor de que la indigna tierra

 

se atreviese a besar sus ropas, y enorgullecida por tal favor desdeñase procurar sus

 

nutritivas sustancias a las flores del verano e hiciera de este modo eterno el invierno.

 

PROTEO. -Querido Valentín, ¿qué tonterías son ésas?

 

VALENTÍN. -Perdóname, Proteo. Cuanto pudiera decir es nada comparado con aquella

 

cuyo mérito ofusca todos los demás. Es sola.

 

PROTEO. -Entonces déjala sola.

 

VALENTÍN. -¡Ni por el mundo entero! ¡Qué! Es mía únicamente, hombre. Y la

 

posesión de esa joya me hace más rico que si poseyera veinte océanos cuyos granos de

 

arena fuesen todos perlas, el agua néctar y las rocas oro purísimo. Dispensa que, absorto en

 

mi amor, no me ocupe de ti. Ha salido acompañada de mi estúpido rival, de quien tan sólo

 

hace caso su padre por sus muchas riquezas, y me es preciso ir a su encuentro, pues ya

 

sabes que el amor es por demás celoso.

 

PROTEO. -¿Pero ella te ama?

 

VALENTÍN. -Sí, y estamos de acuerdo; porque además hemos convenido el momento

 

de nuestro enlace y el medio hábil de efectuar nuestra fuga. He de escalar su ventana con

 

una escala de cuerda, y todo está preparado y pronto para nuestra felicidad. Querido Proteo,

 

ven conmigo a mi cuarto para ayudarme con tus consejos en este asunto.

 

 

 

PROTEO. -Anda tú delante; luego iré yo. Tengo que llegarme al puerto a desembarcar

 

algunas cosas que necesito. Y entonces me tendrás a tu disposición.

 

VALENTÍN. -¿Te darás prisa?

 

PROTEO. -Sí. (Sale VALENTÍN.) ¡Con qué facilidad un ardor apaga otro ardor! Así

 

como un clavo saca otro clavo, así también un nuevo amor me ha hecho perder la ilusión de

 

mi amor primero. ¿A quién debo acusar de la turbación que sufre mi mente? ¿A mis ojos, a

 

los elogios de Valentín, a las perfecciones de esa nueva hermosura o a mi inconstancia?

 

Verdaderamente, Silvia es bella; pero ¿acaso no lo es también Julia, a quien amo? Es decir,

 

a quien amaba; porque ahora mi amor, semejante a una figura de cera que se aproxima a las

 

llamas, se ha derretido como hielo, sin conservar señal alguna de lo que era. Diría que se ha

 

entibiado mi amistad por Valentín y que ya no le estimo como antes.¡Oh! Pero amo con

 

demasiado exceso a su adorada, y ésta es la razón de que le quiera a él tan poco. Y si de tal

 

manera adoro a esa mujer apenas vista, ¿qué será cuando haya podido apreciarla más? No

 

conozco sino su retrato y ello ha bastado para trastornar mi razón. Pero cuando contemple

 

sus perfecciones todas, forzosamente quedaré ciego. Haré cuanto pueda por reprimir este

 

culpable amor. Si no lo consigo, pondré todos los medios para poseerla. (Sale.)

 

Escena V

 

El mismo lugar. -Una calle

 

Entran RELÁMPAGO y LANZA

 

RELÁMPAGO. -¡Lanza! ¡Por mi honor! ¡Bien venido seas a Milán!

 

LANZA. -No jures contra ti, amable joven, pues no soy bien venido. He creído siempre

 

que un hombre no está por completo perdido hasta que no le han ahorcado, y que no es bien

 

venido a un sitio hasta que no ha pagado el hospedaje y le ha hecho buena acogida la

 

patrona, diciendo: «¡Bien venido!»

 

RELÁMPAGO. -Vamos, pedazo de bruto, ven conmigo a la taberna y ya verás

 

acogidas. Pero dime, sinvergüenza: ¿Cómo se han separado tu amo y doña Julia?

 

LANZA. -¡Pardiez! Comenzaron a despedirse con ardor y se separaron riendo.

 

RELÁMPAGO. -Pero ¿se casará con él?

 

LANZA. -No.

 

RELÁMPAGO. -Entonces, ¿se casará él con ella?

 

LANZA. -Tampoco.

 

RELÁMPAGO. -Qué, ¿han roto?

 

LANZA. -No han roto nada. Están tan enteros como antes.

 

RELÁMPAGO. -Pero ¿cómo anda la cosa?

 

LANZA. -¡Pardiez! Verás. Cuando todo va bien para él, todo va bien para ella.

 

RELÁMPAGO. -¡Qué asno te has vuelto! ¡No te entiendo!

 

LANZA. -¡Qué bestia eres, que no me comprendes! Eres más insoportable que mi

 

bastón.

 

RELÁMPAGO. -¿Qué dices?

 

LANZA. -Sí, y te lo hago ver. Mira, me apoyo en él y me sostiene.

 

RELÁMPAGO. -Claro, te sostiene, ¿y qué?

 

LANZA. -Que sostener y soportar es lo mismo.

 

RELÁMPAGO. -Bueno; ¿se efectuará o no el casamiento?

 

LANZA. -Pregúntaselo a mi perro: si dice sí, se verificará; si dice que no, se verificará

 

también; si menea el rabo y nada dice, también se verificará.

 

 

 

RELÁMPAGO. -Según eso, se hará la boda.

 

LANZA. -No obtendrás de mí este secreto Sino por medio de parábolas.

 

RELÁMPAGO. -Ni de esa manera lo obtendré. Pero ¿qué dices, Lanza, de ver a mi amo

 

tan loco de amor?

 

LANZA. -Así le he conocido siempre.

 

RELÁMPAGO. -¿Cómo?

 

LANZA. -Loco.

 

RELÁMPAGO. -¡Idiota! No me entiendes.

 

LANZA. -¡Borrico! No me refiero a ti, sino a tu amo.

 

RELÁMPAGO. -Quiero decirte que mi amo es un enamorado de los más ardientes.

 

LANZA. -¿Y a mí qué me importa, aunque se achicharre? ¿Vienes o no vienes a la

 

taberna? Si no vienes eres un hebreo, un judío y no mereces el nombre de Cristiano.

 

RELÁMPAGO. -¿Por qué?

 

LANZA. -Porque no tienes suficiente caridad para acompañar a un cristiano a la taberna.

 

¿Vienes?

 

RELÁMPAGO. -Soy cristiano. (Salen.)

 

Escena VI

 

El mismo lugar. -Aposento en el palacio del duque

 

Entra PROTEO

 

PROTEO. -Dejando a mi Julia soy desleal; amando a la bella Silvia, soy desleal;

 

traicionando a mi amigo, soy más desleal aún, y el poder que me impuso mi primer

 

juramento es el mismo que me induce a esta triple deslealtad. Amor me hizo jurar, y Amor

 

me obliga a que me retracte de mi juramento. ¡Oh, Amor! Dulce consejero: si has pecado,

 

enséñame a mí, súbdito tuyo, y por ti rendido, a excusar mi falta. Hasta hace un instante era

 

mi ilusión una resplandeciente estrella, pero ahora amo a un sol celestial. Imprudentes

 

promesas pueden ser prudentemente retractadas, y falto de talento es quien no emplea el

 

suyo en trocar lo malo por lo mejor... ¡Quita allá! ¡Quita allá, irrespetuosa lengua!

 

¡Calificar de mala a aquella cuya soberanía tantas veces proclamaste con mil y mil

 

ardientes protestas! No puedo dejar de amar y, no obstante, dejo de amar y, sin embargo, no

 

amo donde debiera amar. Pierdo a Julia y pierdo a Valentín. Si los conservara,

 

necesariamente me perdería a mí mismo. Si los pierdo, hallo en lugar de Valentín a mí

 

mismo, y en lugar de Julia a Silvia. Soy más querido para mí mismo que lo pueda ser un

 

amigo. Porque el amor es el más precioso de los bienes, y comparado con Silvia -¡os tomo

 

por testigos, cielos, que tan bella la formasteis!- Julia no es sino una negra etíope. Olvidaré

 

que Julia existe, para recordar que ha muerto para ella mi amor. Y veré tan sólo en Valentín

 

un enemigo, para tener en Silvia una amiga querida. No puedo ahora ser constante conmigo

 

mismo sin usar de alguna traición con Valentín. Esta noche se propone escalar con una

 

escala de cuerdas la ventana del dormitorio de la celestial Silvia. Tomándome por

 

confidente, soy su competidor. Voy ahora a poner en conocimiento de su padre sus ocultos

 

designios y proyectada fuga. Éste, encolerizado, desterrará a Valentín, pues quiere casar a

 

su hija con Turio. Y alejado Valentín, medios suficientes tendré a mi alcance para

 

desbaratar los estúpidos planes de Turio. ¡Amor, préstame alas para desarrollar mi

 

proyecto, como me has prestado inteligencia para concebirlo! (Sale.)

 

 

 

Escena VII

 

Verona. -Aposento en casa de Julia

 

Entran JULIA y LUCIA

 

JULIA. -¡Aconséjame, Lucía; ayúdame, amable muchacha! Y puesto que eres el libro de

 

memorias en que se hallan impresos con caracteres imborrables mis pensamientos, te

 

suplico, por la buena amistad que me dispensas, que me aconsejes; que me digas un medio

 

compatible con mi honor, mediante el cual pueda emprender un viaje para reunirme con mi

 

amado Proteo.

 

LUCIA. -¡Ay! El camino es largo y pesado.

 

JULIA. -Un devoto peregrino, animado de una verdadera decisión, puede recorrer sin

 

fatigarse reinos enteros con sus débiles pasos; mayormente yo, que para huir dispongo de

 

las alas de Amor, y más cuando se trata de reunirme con un ser de una perfección tan divina

 

como Proteo.

 

LUCÍA. -Mejor será que esperéis a que Proteo retorne.

 

JULIA. -¡Oh! ¿Ignoras que sus miradas constituyen el alimento de mi alma?¡Ten piedad

 

del hambre que he sufrido tanto tiempo! Si conocieras todo el sentimiento íntimo del amor,

 

pensarías tanto en encender fuego con nieve como en apagar el fuego de amor con palabras.

 

LUCÍA. -No es mi intención extinguir el ardiente fuego de vuestro cariño, sino moderar

 

su calor, para que no abrase más allá de lo razonable.

 

JULIA. -¡Cuantos más obstáculos le busques, tanto más se avivará su llama! Si al manso

 

riachuelo que se desliza con suave murmullo pretendes detenerle, protestará empujando sus

 

ondas con impaciente estruendo. Pero si libremente le dejas seguir su curso acariciará con

 

melodioso susurro el esmalte de sus granos de arena, besando con amor cuantos arbustos

 

halle en su peregrinación, y después de haber jugueteado dulcemente en mil revueltas, irá a

 

precipitarse en el embravecido mar. Por tanto, déjame partir y no intentes detener mi curso.

 

Seré tan sufrida como la apacible corriente, la más dura marcha será para mí un juego hasta

 

que los últimos pasos me conduzcan ante mi amado. Ya allí, olvidando todas mis

 

penalidades, descansaré como un alma bendita en el Elíseo.

 

LUCÍA. -¿Y en qué traje os proponéis viajar?

 

JULIA. -No en el de mujer, pues quiero guardarme de inoportunos encuentros con

 

libertinos. Amable Lucía, búscame vestidos que cuadren bien a un paje de buena casa.

 

LUCÍA. -Pero entonces, señorita, os tendréis que cortar el cabello.

 

JULIA. -No, muchacha; lo ataré con cordones de seda tan enlazados como los nudos que

 

unen a los amores sinceros. Ir extravagante no resultará mal en un joven de la edad que yo

 

representaré.

 

LUCÍA. -¿Y de qué moda quiere la señora el pantalón?

 

JULIA. -Que es como si dijeras: «¿Qué anchura quiere el caballero que tengan sus

 

faldas?» Pues aquella moda que juzgues tú a propósito, Lucía.

 

LUCÍA. -Será necesario ponerle gregüescos, señora.

 

JULIA. -¡Quita, quita, Lucía! Eso sería de mal tono.

 

LUCÍA. -Señora, hoy no darían ni un alfiler de pantalón sin que tuvierais una

 

almohadilla lo bastante rellena para servir de acerico.

 

JULIA. -Lucía: si me quieres, procúrame lo que te parezca y creas más adecuado. Pero

 

dime, muchacha: ¿qué pensarán de mí al verme emprender tan extraño viaje? Temo

 

promover un escándalo.

 

LUCÍA. -En ese caso, quedaos en casa y no marchéis.

 

JULIA. -No, eso no quiero.

 

 

 

LUCIA. -Entonces no penséis en infamias y partid. Si cuando lleguéis agrada el viaje a

 

Proteo, no importa a quién podáis disgustar al salir. Pero se me figura que no ha de gustarle

 

mucho.

 

JULIA. -Ése es el menor de mis temores, Lucía. Millares de juramentos, un océano de

 

lágrimas e infinitas protestas de amor me garantizan una buena acogida por parte de mi

 

Proteo.

 

LUCÍA. -Todo eso es patrimonio de los hombres falsos.

 

JULIA. -Viles serán los que de ello se sirvan para viles usos. Pero astros más

 

bondadosos han presidido el nacimiento de Proteo. Sus palabras son el evangelio, sus

 

juramentos, oráculos; su amor, sincero; sus pensamientos, puros; sus lágrimas, intérpretes

 

verdaderos de su alma. Su corazón dista de la perfidia como la Tierra del Cielo.

 

LUCIA. -¡Ojalá le halléis así al llegar a su lado!

 

JULIA. -Lucía, por el cariño que me guardas, no tengas mala opinión de su

 

caballerosidad. Quiérele, si en algo me aprecias. Y ven a mi cuarto para anotar cuanto sea

 

preciso para mi deseado viaje. Dejo cuanto tengo a tu disposición: mi fortuna mis tierras,

 

mi buen nombre. Sólo te pido, en cambio, que me avíes pronto.¡Vamos!¡Sin contestar!¡En

 

seguida!¡Me impaciento por mi tardanza! (Salen.)

Continúa en Los dos hidalgos de Verona obra completa - Parte 2 >>


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