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Los dos hidalgos de Verona obra completa - Parte 2

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Acto tercero

Escena primera

Milán. -Antecámara en el palacio del duque

Entran el DUQUE, TURIO y PROTEO

DUQUE. -Señor Turio, os agradecería nos dejarais solos un momento, pues tenemos que

hablar sobre asuntos particulares. (Sale TURIO.) Decidme ahora, Proteo: ¿qué queríais

conmigo?

PROTEO. -Mi apreciable señor: Si hubiera de cumplir las leyes de la amistad, lo que

tengo que revelaros permanecería en el silencio. Pero pensando en la cariñosa acogida con

que, aunque indigno, os habéis dignado honrarme, mi conciencia me obliga a descubrir un

secreto, que de otro modo ni por todos los tesoros del mundo habría revelado. Sabed, digno

príncipe, que Valentín, mi amigo, intenta robaros esta noche a vuestra hija, habiéndome

hecho entrar en la confidencia del complot. Como sé que pensáis dar la mano de vuestra

encantadora hija a Turio -aunque ella no le quiere-, me imagino que, si os la robaran, sería

un golpe terrible para vuestra vejez. He aquí por qué os lo comunico.

DUQUE. -Proteo, os agradezco profundamente vuestra leal solicitud y sabré,

recompensarla: disponed de mí mientras viva. Varias veces he sospechado que existía ese

amor entre ellos, a pesar de que creían adormecida mi prudencia, y hasta he pensado

desterrar a Valentín de la compañía de mi hija y de la corte. Pero temiendo que mis

 

sospechas fueran infundadas y no atreviéndome a deshonrar injustamente a un hombre -

desgracia que he podido evitar hasta ahora-, seguí mostrándole buen semblante hasta

descubrir lo que me acabáis de revelar. Prueba de mis temores es que, conociendo lo fácil

de extraviar a la juventud, he hecho que mi hija habite una torre elevada del palacio, de la

cual llevo siempre la llave encima. Afortunadamente, ninguna evasión hay que temer.

PROTEO. -Sí, la hay, noble señor. Sabed que todo está preparado para que asalte él la

ventana de su aposento y haga descender a vuestra hija por una escala de cuerdas. De esta

escala se halla provisto ya el tierno enamorado y no tardará un instante sin que le veáis

pasar por aquí. Podéis cortarle el paso, pero con cierta habilidad, querido señor, para que no

sospeche la revelación que os acabo de hacer, debida no a rencor a mi amigo, sino a afecto

hacia vos.

DUQUE. -Os juro por mi honor que jamás os descubriré.

PROTEO. -Adiós, señor. Valentín se acerca. (Sale. Entra VALENTÍN.)

DUQUE. -Señor Valentín, ¿adónde tan aprisa?

VALENTÍN. -Con permiso de Vuestra Gracia; me aguarda un mensajero para llevar

unas cartas a mis amigos y voy a entregárselas.

DUQUE. -¿Son muy importantes?

VALENTÍN. -No expresan otra cosa que mi estado de salud y la ventura que disfruto en

vuestra corte.

DUQUE. -Si es así, nada impide que permanezcas un instante conmigo. Tengo que

hablarte de unos asuntos que me tocan de cerca, cuyo secreto quisiera confiarte. No ignoras

que me he propuesto dar la mano de mi hija a mi amigo Turio.

VALENTÍN. -Lo sé, señor; es un partido a la vez rico y honroso. Turio es un hidalgo en

quien se juntan la generosidad, el mérito y cuantas cualidades debe reunir el esposo de

vuestra encantadora hija. ¿No sabría Vuestra Alteza procurar que ella le correspondiese?

DUQUE. -No, créeme; es malhumorada, caprichosa, arisca, altanera, desobediente,

porfiada, incumplidora de su deber, que olvida que es hija mía y no tiene por mí el respeto

que a su padre se debe. Después de pensarlo con detención, te aseguro que el orgullo de mi

hija ha acabado por enajenarle todo mi afecto. y cuando soñaba con hallar en los cuidados

de su filial solicitud el consuelo de mi vejez, he decidido casarme y alejarla de mi

presencia, abandonándola a quien quiera tomarla. Por tanto, que sea su belleza su dote y

que nada espere de mí.

VALENTÍN. -¿En qué puedo ser útil a Vuestra Gracia?

DUQUE. -Es el caso que hay aquí en Milán una dama por quien me intereso, pero tan

reservada y descontentadiza, que apenas hace caso de mis viejos requiebros. Yo quisiera

que tú me instruyeras, pues ya he perdido la costumbre de cortejar y los estilos modernos

son otros, a ver por qué medios pudiera yo merecer ante la luz deslumbradora de sus ojos.

VALENTÍN. -Atraedla con regalos, si en ella no hacen efecto las palabras. Mudas

alhajas, con su elocuente silencio, dicen a veces más en el alma de la mujer que todos los

discursos.

DUQUE. -Pero ha rechazado con desdén un presente que le remití.

VALENTÍN. -La mujer acostumbra rechazar aquello que más desea. Mandadle otro y

no desesperéis de vencer, pues los primeros desdenes sólo hacen más vivo el amor que les

sigue. Si se os muestra seria, no significa que os rechace: es únicamente para aumentar

vuestro amor. Si os habla despectivamente, tampoco es para librarse de vuestra presencia,

pues nada aborrecen tanto las mujeres como la soledad, que es lo que las vuelve locas. Así,

no toméis sus palabras en sentido literal. Pues salid en sus labios no quiere decir marchaos.

 

Adulad, alabad, rogad, exaltad sus encantos y, aunque fuera negra, decid que es rubia como

un ángel. El hombre que tiene lengua no es hombre, a mi juicio, si no puede con ella

conquistar a una mujer.

DUQUE. -Pero es que, prometida a un digno caballero amigo de la casa, le está

prohibido hablar con los hombres, de tal modo que durante el día nadie puede acercarse a

ella.

VALENTÍN. -Vedla de noche.

DUQUE. -Sí, pero está cuidadosamente vigilada para que ningún hombre pueda, durante

la noche, tener acceso a ella.

VALENTÍN. -¿Qué impide que entre uno por su ventana?

DUQUE. -Se halla a gran altura su aposento y nadie puede intentar el escalo sin

arriesgar su vida.

VALENTÍN. -Entonces lo que necesitáis es, una escala de cuerda, fabricada con arte,

que la arrojéis y se sostenga mediante un par de garfios. Con lo cual se escalaría la torre de

una nueva Hero mientras se encontrara un Leandro capaz de acometer la empresa.

DUQUE. -Pues siendo así que te veo un hombre de arrestos, dime dónde podría yo

procurarme una escala semejante.

VALENTÍN. -¿Cuándo la queréis?

DUQUE. -Esta misma noche, pues Amor es como un niño, que se impacienta por

conseguir lo que apetece.

VALENTÍN. -A las siete os traeré esa escala.

DUQUE. -Pero fíjate bien que quiero ir solo a verla. ¿Cómo podré transportar hasta allí

la escala?

VALENTÍN. -Será muy ligera, con objeto de que podáis llevarla debajo de una capa

ordinaria,

DUQUE. -¿Me serviría una como la tuya?

VALENTÍN. -Seguramente, señor.

DUQUE. -Entonces déjamela ver, para hacerme una de la misma medida.

VALENTÍN. -¡Bah! Cualquiera capa ha de serviros, señor.

DUQUE. - (Tirando de la capa de VALENTÍN.) Veamos cómo me sentaría una así.

Permitidme que me pruebe la vuestra. (Levantando la capa y descubriendo la escala de

cuerda, al tiempo que cae una carta.) ¿Una carta? (Leyendo.) «¡A Silvia!» Y luego un

instrumento que convierte, a mi proyecto. Romperemos el sobre. (Lee.) «Cuando llega la

noche vuelan hacia ti mis ojos y mi pensamiento, y junto a ti se recrean en horas plácidas.

¡Si fuera tan dichosa mi alma que gozase esa felicidad que tanto apetece! Pero pensamiento

mío, te hallas encerrado como un esclavo, a pesar de que tu cárcel es dorada. Sin embargo,

siento envidia de ti, aunque soy tu dueño, y ansío celoso tu felicidad.¡Amada mía, mi vida,

mi desesperación! ¡Si a semejanza de mi pensamiento pudiera yo verme al lado de tu

corazón, pasar junto a él, amado, todas las horas de mi existencia y arrobarme en tus

divinas gracias!» ¿Qué dice aquí? «Silvia, esta noche os libertaré.» Todo admirablemente

preparado, y aquí la escala que debe servir para la evasión. (Colérico.) ¡Ah! ¡Ah! Faetón -

porque eres hijo de Merops-, ¿aspiras a guiar el celeste carro, como cochero, y con tu loca

audacia quieres abrasar el mundo? ¿Pretendes elevarte hasta los astros porque ellos te

presten su luz? ¡Fuera, vil intruso, esclavo vanidoso! Comparte con tus iguales tus falsas

sonrisas. Y agradece a mi paciencia, más que a tu mérito, el privilegio de dejarte partir.

Agradécelo más que otros favores que te he concedido. Pero no permanezcas en mis

territorios un minuto más, pues juro por el Cielo que como no abandones mis estados lo

 

antes posible, mi cólera excederá en mucho al afecto que sentía por mi hija o por ti.

¡Márchate! ¡No quiero escuchar vanas disculpas! ¡Si aprecias tu vida sal de aquí

inmediatamente! (Sale.)

VALENTÍN. -Y ¿por qué no la muerte antes que tan atroces sufrimientos? Matarme es

separarme de mí mismo; y Silvia es mi persona. Desterrarme de su lado es arrancarme de

mí mismo... ¡Horrible destierro! ¡Qué luz es luz si no veo a Silvia! ¿Qué placer es placer si

Silvia no está a mi lado, a no ser que sueñe que está allí presente y que la imagen de la

perfección venga a ser alimento de mi vida? Si de noche no estoy cerca de Silvia no tiene

armonía el ruiseñor. Si de día no contemplo a Silvia es todo sombras y el caos para mí. Ella

es mi esencia. ¡Yo no puedo vivir sin ser nutrido, iluminado, protegido, sostenido en la vida

por su influencia bienhechora! ¿Qué es la sentencia de muerte? Sustraerme a ella no es

escapar de ella. Si me quedo, muero. Pero ¿y si me alejo? ¡Me separo de mi propia vida!

(Entran PROTEO y LANZA.)

PROTEO. -¡Aprisa, muchacho! Corre, corre y procura hallarle.

LANZA. -¡Hola, hola!

PROTEO. -¿A quién has visto?

LANZA. -Al que buscamos. No tiene un pelo que no sea de Valentín.

PROTEO. -¿Eres tú, Valentín?

VALENTÍN. -No.

PROTEO. -¿Su sombra?

VALENTÍN. -Tampoco.

PROTEO. -¿Qué eres entonces?

VALENTÍN. -Nada.

LANZA. -¿Puede hablar la nada? ¿Le pego, mi amo?

PROTEO. -¿A quién quieres pegar?

LANZA. -A la nada.

PROTEO. -¡Guárdate, desdichado!

LANZA. -Como será darle a la nada, señor, dejadme hacer...

PROTEO. -¡Cállate, bergante!... Amigo Valentín, una palabra.

VALENTÍN. -Mis oídos están cerrados; tantas malas noticias han escuchado que no

pueden oír las buenas.

PROTEO. -Entonces callaré las mías, porque son duras, enojosas y desagradables de oír.

VALENTÍN. -¿Ha muerto Silvia?

PROTEO. -No, Valentín.

VALENTÍN. -¡No; Valentín fue quien murió para la adorable Silvia! ¿Ha abjurado de

mí?

PROTEO. -No, Valentín.

VALENTÍN. -¡No; murió Valentín falto de amor de Silvia! ¿Qué noticias tienes que

comunicarme?

LANZA. -Señor, una proclama anuncia que estáis enterrado(2).

PROTEO. -Que estás desterrado. ¡Oh! Ésta es la nueva que tenía que comunicarte.

Tienes que alejarte de Milán, de Silvia y de mí, tu amigo.

VALENTÍN. -¡Oh! Ya he apurado con exceso el cáliz de esa desgracia y no podría

probarlo otra vez. ¿Sabe Silvia mi destierro?

PROTEO. -Sí, sí, y para revocarlo ha derramado un océano de líquidas perlas. Se ha

postrado ante su padre, humilde y temblorosa, retorciéndose las manos, cuya blancura tanto

las embellecía, que dijérase que el dolor las había decolorado. Pero ni sus dobladas rodillas,

 

ni sus blancas manos extendidas, ni sus dolorosos suspiros, ni sus profundos lamentos, ni

sus lágrimas, que caían en plateadas gotas, han podido aplacar a su padre. Pero si Valentín

es preso tendrá que morir. Y no sólo esto, sino que sus intercesiones le han irritado de tal

modo, cuando suplicando pedía su perdón, que la han prescrito reclusión completa,

amenazándola, colérico, si infringía sus órdenes.

VALENTÍN. -¡Calla! A no ser que la primera palabra que pronuncies tenga sobre mi

vida un poder de muerte. Si es así, te ruego que me la hagas oír como el último cántico de

mi último dolor.

PROTEO. -No deplores ya lo que es irremediable y busca remedio a lo que deploras. El

tiempo es padre y creador de todo bien. Si permaneces aquí no podrás ver a la que amas,

imprudencia que, además, te costará la vida. La esperanza es el palo de viaje de un amante;

sal de aquí con él y oponlo a las ideas de desesperación. Aunque te marches tus cartas

podrán llegar a estos sitios. Dirígelas a mí, y yo mismo las depositare en el níveo seno de tu

adorada. Por ahora serían inútiles todas las súplicas. Ven, te acompañaré para que te

franqueen la puerta de la ciudad, y antes de despedirme de ti, hablaremos de cuanto

concierne a tus asuntos amorosos. ¡Por tu cariño a Silvia, ya que no por ti mismo, no te

expongas a una muerte segura, y ven conmigo!

VALENTÍN. -Por favor, Lanza, si ves a mi criado, dile que se dé prisa a reunirse

conmigo en la Puerta del Norte.

PROTEO. -Anda a buscarle, pícaro... Vamos, Valentín.

VALENTÍN. -¡Oh, mi querida Silvia!...¡Desgraciado Valentín! (Salen VALENTÍN y

PROTEO.)

LANZA. -Como veis, no soy más que un imbécil, pero me sobra talento para sospechar

que mi amo es un malvado; y si no es más que un malvado... En fin, vamos a lo mío.

¿Quién sabe que yo estoy enamorado? Nadie. Y, sin embargo, lo estoy. Pero un tronco de

caballos enganchados no me arrancaría este secreto. Y ¿de quién lo estoy? Tampoco lo sabe

nadie. ¡Pues de una mujer! Y ¿quién es esa mujer? No lo revelaré ni a mí mismo. Aunque

es una doncella. Y sin embargo no es doncella... porque ¡se ha dicho cada cosa de ella!... Y

sin embargo es doncella, porque es la doncella de servicio de su amo. Tiene más cualidades

que un perro pachón, lo que es mucho para un descamisado cristiano. (Sacando un papel.)

Aquí está la lista de sus méritos. «Primeramente, sabe ir a buscar y traer.» ¡Bravo! Un

caballo no podría hacer más. ¿Qué digo? Un caballo trae, pero no va a buscar. Luego vale

más que un rocín. «Ítem. Sabe ordeñar.» ¡Fijaos bien! Es una excelente prenda en una

doncella que tiene las manos limpias. (Entra RELÁMPAGO.)

RELÁMPAGO. -¡Hola, Lanza! ¿Cómo va tu grandeza?

LANZA. -¿Mi grandeza? Como tu pequeñez.

RELÁMPAGO. -¡Siempre con tus juegos de palabras! ¿Qué noticias trae ese papel?

LANZA. -Más negras de lo que te puedes imaginar.

RELÁMPAGO. -¿Cómo negras?

LANZA. -Como la tinta.

RELÁMPAGO. -Déjame leerlas.

LANZA. -¡Quita de ahí, avestruz! ¡Si tú no sabes!

RELÁMPAGO. -¡No he de saber!

LANZA. -Voy a demostrártelo. Contéstame a esta pregunta: ¿Quién te engendró?

RELÁMPAGO. -¡Toma! El hijo de mi abuelo.

LANZA. -¡Oh, ignorante cabestro! Es el hijo de tu abuela. Eso prueba que eres un

analfabeto.

 

RELÁMPAGO. -¡Vaya, idiota, trae y verás cómo leo ese papel!

LANZA. -¡Toma, bruto, toma, y San Nicolás te ayude!

RELÁMPAGO. -(Leyendo.) «Ítem. Sabe ordeñar.»

LANZA. -¡Y que lo sabe!

RELÁMPAGO. -«Ítem. Sabe dar puntadas.»

LANZA. -También sabrá dar puntapiés.

RELÁMPAGO. -«Ítem. Sabe hacer medias.»

LANZA. -También las hará enteras.

RELÁMPAGO. -«Ítem. Sabe lavar y fregar.»

LANZA. -Virtud especial, porque así no tendrá necesidad de ser lavada y fregada.

RELÁMPAGO. -«Ítem. Sabe hilar.»

LANZA. -Por hallarse en disposición de ganarse la vida en el torno nuestros días serán

hilados de oro y seda.

RELÁMPAGO. -«Ítem. Posee mil virtudes que no tienen nombre.»

LANZA. -Serán entonces virtudes bastardas, que no Conocen a su padre y, por

consiguiente, no tienen nombre.

RELÁMPAGO. -Ahora viene aquí el catálogo de sus defectos.

LANZA. -Es lo lógico, después del de sus méritos.

RELÁMPAGO. -«Ítem. No se debe abrazarla en ayunas, a causa de su mal aliento.»

LANZA. -No importa. Ese defecto lo puede corregir un buen almuerzo. Sigue.

RELÁMPAGO. -«Ítem. Tiene una toca retrechera.»

LANZA. -He aquí lo que compensa su aliento ingrato.

RELÁMPAGO. -«Ítem. habla durmiendo.»

LANZA. -Bien, con tal de que no se duerma hablando.

RELÁMPAGO. -«Ítem. Habla muy despacio.»

LANZA. -¿Eso es defecto? ¡La lentitud en las palabras!. ¡Atiza! ¡Pero si es la única

virtud de la mujer! Apártame ese defecto y apúntalo como el primero de sus méritos.

RELÁMPAGO. -«Ítem. Es soberbia.»

LANZA. -Quita también eso. Es herencia de Eva, que no hay modo de suprimir.

RELÁMPAGO. -«Ítem. No tiene dientes.»

LANZA. -Me gusta la corteza.

RELÁMPAGO. -«Ítem. Es mala.»

LANZA. -Que lo sea; pero como no tiene dientes para morder...

RELÁMPAGO. -«Ítem. Es bastante dada a la bebida.»

LANZA. -Si la bebida es buena, hace bien. Si ella no lo hace, lo haré yo.

RELÁMPAGO. -«Ítem. Es demasiado pródiga.»

LANZA. -De su lengua no puede ser, pues es lenta de palabras. De su bolsa, tampoco,

porque la tendré cerrada. De otra cosa que quiera hacer, no podría impedirlo. Conque

continúa.

RELÁMPAGO. -«Ítem. Tiene más cabellos que talento.»

LANZA. -Es posible, y puede probarse. La tapadera de la caja de sal encubre la sal y,

por lo tanto, es más que la sal; los cabellos que ocultan el cerebro, o sea el talento, son más

que el talento y porque el más oculta el menos. ¿Qué sigue ahora?

RELÁMPAGO. -«Más defectos que cabellos.»

LANZA. -Eso es monstruoso y me agradaría que no fuera así.

RELÁMPAGO. -«Y más riquezas que defectos.»

 

LANZA. -¡Cómo! Ésa es una condición que hace graciosos los defectos. Será mi mujer.

Y si me acepta, como nada hay imposible...

RELÁMPAGO. -Bueno. ¿Y qué?...

LANZA. -¡Que tu amo te espera en la Puerta del Norte!

RELÁMPAGO. -¿A mí?

LANZA. -Sí, a ti.

RELÁMPAGO. -¿Y tengo que ir con él?

LANZA. -Pues claro, y que correr, pues llegarás tarde por haberte detenido aquí tanto

tiempo.

RELÁMPAGO. -¡Imbécil! ¿Por qué no me los has dicho antes? ¡Malditas tus cartas de

amor! (Sale.)

LANZA. -¡Paliza le espera por haberse detenido leyendo mis cartas! ¡Esclavo sin

educación, que se entromete en mis secretos! Voy a seguirle para gozar de la corrección del

tunante. (Sale.)

Escena II

El mismo lugar. -Aposento en el palacio del duque

Entran el DUQUE y TURIO

DUQUE. -Señor Turio, respirad satisfecho. Ahora que Valentín está lejos de su vista, mi

hija os amará.

TURIO. -Desde el día de su destierro me desprecia más, evita mi compañía, se burla de

mí; de manera que desespero de conseguirla.

DUQUE. -Esa débil muestra de amor es una figura modelada en hielo; al cabo de una

hora de calor el hielo se derrite y la figura pierde su forma. Así pasará con Silvia. Poco

tiempo bastará para derretir el hielo de sus pensamientos y hacer que olvide al indigno

Valentín. (Entra PROTEO.)¡Hola, señor Proteo! ¿Marchó tu compatriota conforme a

nuestra proclama?

PROTEO. -Sí, señor.

DUQUE. -Mi hija está dolorosamente afectada por su partida.

PROTEO. -Señor, el tiempo extinguirá en seguida ese pesar.

DUQUE. -Así lo creo, pero Turio no es de mi parecer. Proteo, el buen concepto que he

formado de ti y del que tan bellas pruebas me has dado me obliga a consultarte de nuevo.

PROTEO. -No deseo sino robustecer aún más las protestas de mi lealtad a Vuestra

Alteza. Mandad.

DUQUE. -Ya sabéis mi interés por el enlace de Turio con mi hija.

PROTEO. -Lo sé, en efecto.

DUQUE. -Y no ignoras, seguramente, la resistencia que opone ella a mi voluntad.

PROTEO. -Esa resistencia os la oponía cuando estaba aquí Valentín.

DUQUE. -Persiste en ella con mayor fuerza todavía. ¿Qué medios emplear para

conseguir que olvide a Valentín y ame a Turio?

PROTEO. -Lo mejor sería acusar a Valentín de falso, de cobarde y de mal nacido; tres

cosas que detestan cordialmente las mujeres.

DUQUE. -Sí, pero pensará que nos hace hablar el odio.

PROTEO. -Sin duda, si el que así hable es un enemigo de Valentín, pero no si es un

amigo suyo.

DUQUE. -Entonces encárgate tú del cuidado de calumniarle.

 

PROTEO. -Me causa repugnancia, señor. Ese papel no sienta a un caballero,

especialmente cuando se dirige contra su verdadero amigo.

DUQUE. -Cuando tu mediación no puede servirle, tus calumnias no han de dañarle. Por

tanto, puedes sin desdoro alguno emprender esa tarea, y más comprometiéndote a ello un

amigo como yo.

PROTEO. -Acepto, señor. Procuraré por todos los medios rebajar a Valentín en el afecto

de vuestra hija y, si lo consigo, no le amará mucho tiempo. Pero una vez desarraigado su

amor a Valentín, no será razón para que ame a Turio.

TURIO. -Conforme devanéis en torno de Valentín el hilo de su amor, para que no se

enrede, haced de manera de devanarle en torno mío. Para lo cual será necesario decir de mí

tanto bien como mal de Valentín.

DUQUE. -Conque, Proteo, en cuerpo y alma nos entregamos a ti en este asunto.

Sabemos por Valentín que eres fiel oficiante de Amor y que no rompes tus cadenas ni

cambias de cariño. Bajo esta seguridad te concederé acceso cerca de Silvia; allí podrás

hablarle a tus anchas, porque está triste, sombría y taciturna, y en consideración a tu amigo

se alegrará de verte. Entonces te será fácil persuadirla que odie al joven Valentín y ame a

mi amigo.

PROTEO. -Todo lo pondré en práctica, pero vos, señor Turio, no empleáis mucha fuerza

en vuestros ataques. Y debéis tender redes donde puedan aprisionarse sus deseos. Dirigidla

apasionados sonetos, cuyas rimas rebosen protestas de vuestra adhesión.

DUQUE. -Sí, la divina poesía ejerce un grande influjo en asuntos de amor.

PROTEO. -Decidla que en el altar de su belleza sacrificáis vuestras lágrimas, vuestros

suspiros y vuestro corazón. Escribid hasta que se seque la tinta de vuestro tintero y

humedecedle con vuestro llanto para decírselo más tarde en versos conmovedores. Fibras

de poetas formaban las cuerdas de la lira de Orfeo. A sus potentes acordes se conmovían las

piedras y el acero. Olvidaban los tigres su ferocidad, y abandonando los monstruos del mar

sus insondables abismos, salían a deleitarse en la playa. Luego que le hayáis enviado

vuestras dolientes elegías, haced que se escuche bajo las ventanas del aposento de vuestra

adorada algún dulce concierto. A las voces de los instrumentos unid las palabras de un

cántico melancólico. El silencio recogido de la noche dará realce a vuestras melodiosas

querellas. Nada hay como este medio para atraeros su ternura.

DUQUE. -Esas lecciones prueban haber estado enamorado.

TURIO. -Y esta misma noche pondré en práctica tu consejo. Puesto que me abandono a

tu discreción ten a bien, querido Proteo, acompañarme por la ciudad con objeto de elegir

algunos caballeros que sean buenos músicos. Para seguir al pie de la letra tus lecciones

tengo justamente un soneto que hará al caso.

DUQUE. -¡Pues en marcha, caballeros!

PROTEO. -Acompañaremos a Vuestra Gracia hasta después de cenar, y luego nos

pondremos de acuerdo sobre el asunto.

DUQUE. -¡Daos prisa! Yo disimularé vuestra ausencia. (Salen.)

 

Acto cuarto

Escena primera

Bosque entre Milán y Verona

Entran varios BANDIDOS

BANDIDO 1.º -Compañeros, preparaos. Veo venir a un viajero.

BANDIDO 2.º -¡Así vengan diez! ¡Firmes y despachémosles! (Entran VALENTÍN y

RELÁMPAGO.)

BANDIDO 3.º -¡Alto! Entregadnos cuanto lleváis o vamos a tenderos y desvalijaros.

RELÁMPAGO. -¡Estamos perdidos, señor! Son los malhechores que tanto temen los

viajeros!

VALENTÍN. -(Dirigiéndose a los BANDIDOS.) Amigos míos...

BANDIDO 1.º -No hay amigos que valgan; somos enemigos vuestros.

BANDIDO 2.º -¡Silencio! Espera a ver qué quiere decirnos.

BANDIDO 3.º -Sí, ¡por mis barbas! Tiene un aspecto simpático.

VALENTÍN. -Sabed que no tengo gran cosa que perder. Os halláis ante un hombre

combatido por la adversidad. Mis riquezas consisten en estos pobres vestidos. Si me los

quitáis, me habéis quitado todo cuanto poseo.

BANDIDO 2.º ¿Adónde vais?

VALENTÍN. -A Verona.

BANDIDO 1.º-¿De dónde venís?

VALENTÍN. -De Milán.

BANDIDO 3.º -¿Habéis permanecido mucho tiempo allí?

VALENTÍN. -Unos diez y seis meses, y más larga hubiera sido mi estancia a no

impedírmelo mi mala suerte.

BANDIDO 1.º -¿Que habéis sido desterrado de allí?

VALENTÍN. -Sí.

BANDIDO 3.º -¿Por qué delito?

VALENTÍN. -Por una falta que me es doloroso recordar. He matado a un hombre, de

cuya muerte estoy sinceramente arrepentido. Sin embargo le maté en combate leal, sin falsa

ventaja ni vil traición.

BANDIDO 1.º -Entonces no tengáis remordimiento alguno. Pero ¿cómo se os ha

desterrado por semejante pecadillo?

VALENTÍN. -Estoy satisfecho de haber salido tan bien librado.

BANDIDO 1.º -Por casualidad, ¿sabéis idiomas?

VALENTÍN. -Es una ventaja que debe mi juventud a sus viajes y sin la cual hubiera

sido frecuentemente desgraciado.

BANDIDO 3.º -¡Por el cráneo pelado del obeso fraile Robín de la Capucha! Este

compañero sería un verdadero rey para nuestra banda.

BANDIDO 1.º -Le tendremos. Una palabra, señor.

RELÁMPAGO. -Mi amo, haceos de los suyos. ¡Es una honrada cuadrilla de ladrones!

VALENTÍN. -¡Silencio, idiota!

BANDIDO 2.º -Decidnos: ¿os queda algún recurso?

 

VALENTÍN. -Ninguno, sino mi buena suerte.

BANDIDO 3.º -Sabed, entonces, que algunos de nosotros somos individuos de ilustre

nacimiento, a quien las consecuencias de una desenfrenada juventud tienen apartados de la

sociedad legal. Yo mismo he sido desterrado de Verona por haber querido robar a una

dama, rica heredera, parienta cercana del duque.

BANDIDO 2.º Y yo de Mantua, a causa de un hidalgo, a quien, en mi cólera le atravesé

el corazón.

BANDIDO 3.º -Y yo también he sido desterrado por pecadillos del mismo jaez. Pero

vamos al asunto. Pues os hemos dado a conocer nuestras transgresiones, para explicaros

nuestra existencia extralegal, y viendo en vos un caballero digno y de presencia, un

polígloto, según decís, y un hombre dotado de importantes cualidades, tal como

necesitamos uno en nuestra profesión...

BANDIDO 2.º -Considerando, por otra parte, que sois un desterrado, hemos resuelto,

pues, haceros proposiciones. ¿Queréis ser nuestro capitán, convertir en virtud la necesidad

y vivir como nosotros en estos despoblados?

BANDIDO 3.º -¿Qué te parece? ¿Quieres ser de los nuestros? Di sí y serás nuestro

capitán. Te rendiremos homenaje y te obedeceremos y amaremos como nuestro jefe y rey.

BANDIDO 1.º -Pero si rehúsas nuestra oferta te daremos muerte.

BANDIDO 2.º -No nos conviene que divulgues nuestras proposiciones.

VALENTÍN. -Acepto. Y quiero vivir con vosotros, con la condición de que no

ultrajaréis la debilidad de las mujeres ni a los viajeros pobres.

BANDIDO 3.º -No; detestamos semejantes cobardías y viles prácticas. Ven con

nosotros. Vamos a presentarte a toda la cuadrilla y a mostrarte los tesoros que poseemos y

de los que, así como de nosotros, puedes disponer. (Salen.)

Escena II

Milán. - Patio en el palacio del Duque

Entra PROTEO

PROTEO. -Ya he sido falso con Valentín y ahora es preciso que sea desleal con Turio.

El pretexto de apoyar sus pretensiones me da suficientes facilidades para ofrecer mi propio

amor. Pero Silvia es demasiado hermosa, demasiado fiel, demasiado santa, para que la

seduzcan mis indignos presentes. Cuando protesto sincera lealtad por ella, me recuerda la

traición cometida con mi amigo; cuando juro a su hermosura un eterno amor, me echa en

cara mi perjurio por ser infiel a Julia, a quien amaba. Y a despecho de sus repentinos

sarcasmos -el menor de los cuales fuera suficiente para destruir toda esperanza en el

corazón de un enamorado-, todavía como un perro faldero, cuanto más rehúsa, mi amor,

tanto más éste se extiende y arrastra a sus pies... Pero aquí llega Turio. Situémonos ahora

bajo la ventana de Silvia, y que oiga esta noche melodiosa música. (Entran TURIO y

MÚSICOS.)

TURIO. -¡Hola, señor Proteo! ¿Habéis llegado antes que nosotros?

PROTEO. -Sí, querido Turio, pues ya sabéis que el amor se cuela donde no le llaman.

TURIO. -Muy bien; pero creo, señor, que a nadie cortejáis aquí.

PROTEO. -¿Cómo que no? ¿Iba entonces a hallarme en este sitio?

TURIO. -¿A quién es? ¿A Silvia?

PROTEO. -A Silvia, sí, por vuestro amor.

 

TURIO. -Muchísimas gracias. (A los músicos.) Ea, señores; templad esos instrumentos,

y en seguida manos a la obra. (Entran el POSADERO y JULIA, quedando a distancia.

JULIA viene vestida de paje.)

POSADERO. -(A JULIA.) Vaya, joven huésped, parece que estáis muy triste. ¿A qué se

debe?

JULIA. -Pardiez, hostelero, a que no puedo alegrarme.

POSADERO. -Vamos, distraeos. Os conduciré adonde oigáis música y encontréis al

caballero que buscáis.

JULIA. -Pero ¿le oiré hablar?

POSADERO. -Seguramente.

JULIA. -Pues él será para mí la música. (Suena la música.)

POSADERO. -¡Oíd! ¡Oíd!

JULIA. -¿Estará entre ésos?

POSADERO. -Sí; pero... ¡Silencio! Escuchemos.

Canción

¿Quién es Silvia, y por qué a tantos

hace de amor suspirar?

¿Quién es Silvia, que consigue

de todos hacerse amar?

La dama pura y hermosa

fragante como una rosa.

Tiene gracias a millares

y es su rostro angelical.

Pero ¿qué son sus encantos,

conociendo su bondad?

Para realzar su candor

reina en sus ojos amor.

Cantemos todos a Silvia,

a sus dones y ternura.

Rindámosle pleitesía

por su exquisita hermosura,

pues nadie al verla a su lado

no se siente enamorado.

POSADERO. -¡Eh, eh! Os veo más triste que antes. ¿Qué os pasa, hombre? ¿Os hace

daño la música?

JULIA. -Os engañáis. Quien me hace daño es el músico.

POSADERO. -¿Por qué?

JULIA. -Porque se porta falsamente.

 

POSADERO. -¡Cómo! ¿Da notas falsas?.

JULIA. -Tan falsas que hacen estremecer hasta las fibras de mi corazón.

POSADERO. -Tenéis un oído muy delicado.

JULIA. -Pues quisiera ser sorda.

POSADERO. -Veo que no os gusta la música.

JULIA. -Jamás... cuando hay en ella tales disonancias.

POSADERO. -¡Escuchad! Es un bonito cambio de tono.

JULIA. -El cambio es lo que menos me gusta.

POSADERO. -¿Había que tocar siempre lo mismo?

JULIA. -Debiera limitarse a lo justo. Bueno, señor, ese Proteo de quien hablamos,

¿viene con frecuencia a ver a esa noble dama?

POSADERO. -Lanza, su criado, me ha dicho que está loco perdido por ella.

JULIA. -¿Dónde está Lanza?

POSADERO. -Ha ido en busca de un perro que, por orden de su amo, debe ofrecer

mañana como presente a la señora de sus pensamientos.

JULIA. -¡Chist! Silencio. La compañía se separa.

PROTEO. -Señor Turio, no temáis; patrocinaré tan bien vuestra causa, que os quedaréis

admirado.

TURIO. -¿Dónde nos volveremos a ver?

PROTEO. -Junto al pozo de San Gregorio.

TURIO. -Adiós. (Salen TURIO y los músicos. Entra SILVIA, arriba, en el balcón.)

PROTEO. -(A SILVIA.) Señorita, buenas noches tenga vuestra señoría.

SILVIA. -Gracias por vuestra serenata, señores. ¿Quién ha sido el que ha hablado?

PROTEO. -Uno, señora, cuya voz os sería familiar si supierais cuánta sinceridad

encierra su leal corazón.

SILVIA. -¿No es Proteo?

PROTEO. -Para serviros, señora.

SILVIA. -¿En qué queréis servirme?

PROTEO. -En lo que mandéis.

SILVIA. -Pues os mando que os retiréis ahora mismo... ¡Mal hombre, astuto, pérfido,

embustero, desleal! ¿Presumiste, quizá, que sería tan débil que me dejase seducir por un

hombre cuyos falsos juramentos han burlado a tantas mujeres? ¡Márchate! Vete a pedir

perdón a tu prometida. Yo, y pongo por testigo a la pálida reina de la noche, estoy tan lejos

de acceder a tus propósitos, que tu obstinación criminal no hace más que excitar mi

desprecio, y al punto lamentaré el tiempo perdido en dirigirte la palabra.

PROTEO. -Amada divina, sólo he adorado a una mujer, pero ya murió.

JULIA. - (Aparte.) Pero aún no está sepultada.

SILVIA. -¿Que ha muerto dices? Pero tu amigo Valentín vive. ¿Sabes que soy su

prometida y no te avergüenzas de ultrajarle con tu importuna persecución?

PROTEO. -He oído también que ha muerto Valentín.

SILVIA. -Pues suponte que igualmente he muerto yo; porque te aseguro que mi amor

está sepultado en su tumba.

PROTEO. -Mujer celestial, permitidme que yo lo desentierre.

SILVIA. -Vete al sepulcro de tu dama y desentierra su ternura, o a lo menos sepulta la

tuya en su tumba.

JULIA. - (Aparte.) Eso no lo ha oído.

 

PROTEO. -Señorita: si tan duro es vuestro corazón, concededme a lo menos vuestro

retrato, retrato que pende de la pared de vuestro aposento. Le hablaré, le ofreceré mis

suspiros y mis lágrimas, pues si la materia de vuestra persona está consagrada a otros, sólo

soy sombra de mí mismo, y dedicaré a vuestra sombra mi sincero afecto.

JULIA. -(Aparte.) Si fuese materia también le engañarías, reduciéndola a no ser más que

una sombra como yo.

SILVIA. -No quiero, señor, ser vuestro ídolo. Pero como sois falso y conviene más a

vuestra señoría adorar sombras e incensar falsas imágenes, mandad mañana por mi retrato y

os lo entregaré. Y así, buenas noches.

PROTEO. -Como las tienen los desdichados que han de ajusticiar al día siguiente. (Sale

PROTEO. SILVIA desaparece de la ventana.)

JULIA. -(Al POSADERO.) Hostelero, ¿nos vamos ya?

POSADERO. -(Despertándose.) Por mi santiguada; dormía como un tronco.

JULIA. -¿Podríais decirme dónde vive Proteo?

POSADERO. -En mi casa, pardiez. Creedme; dijera que está amaneciendo.

JULIA. -¡Amanecer! ¡Esta noche es la más larga y penosa que he pasado en mi vida!

(Salen.)

Escena III

El mismo lugar

Entra EGLAMUR

EGLAMUR. -Es la hora en que me ha suplicado Silvia que la llamase para conocer sus

intenciones. Sin duda me necesita para algo importante. (Llamando.) ¡Señora! ¡Señora!

(Entra SILVIA, arriba en la ventana.)

SILVIA. -¿Quién es?

EGLAMUR. -Vuestro amigo y servidor, que viene a recibir las órdenes de vuestra

señoría.

SILVIA. -Mil veces bien venido, señor Eglamur.

EGLAMUR. -Salúdoos con respeto, digna señora; y consecuente con los mandatos de

vuestra señoría, he venido a la hora del alba a saber el servicio que hayáis tenido a bien

encomendarme.

SILVIA. -¡Oh, Eglamur! Eres todo un caballero -y no creas que es adulación- valiente,

discreto, compasivo. No ignoras mi amor por Valentín, a quien acaban de desterrar, ni que

mi padre quiere obligarme a que me despose con el vacuo Turio, a quien aborrezco con

toda mi alma. Tú has amado, y te he oído decir que el día que viste morir a tu amada esposa

se apoderó de tu corazón un dolor tan intenso, que hiciste voto de pura castidad sobre su

tumba. Señor Eglamur, quiero ir a reunirme con Valentín a Mantua, en donde me aseguran

que reside; y como es peligroso pasar por el camino, deseo tu noble compañía, en cuya fe y

honor confío. No me arguyas la cólera de mi padre, Eglamur. Piensa, al contrario, en mi

dolor, en el dolor de una mujer, y en que mi fuga está justificada por sustraerme a un

culpable enlace, digno de las maldiciones del Cielo y del Destino. Te ruego, con todo el

ardor de un alma tan llena de dolores como el océano de arenas, que consientas en

acompañarme. Si no, guárdame el secreto y me arriesgaré a partir sola.

EGLAMUR. -Señora: os compadezco sinceramente por vuestros pesares. Vuestra virtud

aprueba los motivos de vuestra aflicción. Os acompañaré. Importándome poco lo que pueda

sobrevenirme con tal de que realicéis vuestros deseos. ¿Cuándo queréis partir?

 

SILVIA. -Esta noche.

EGLAMUR. -¿Dónde iré a encontraros?

SILVIA. -A la celda de fray Patricio, donde recibiré santa confesión.

EGLAMUR. -No faltaré a vuestra señoría. Feliz madrugada, noble señora.

SILVIA. -Feliz madrugada, caballero Eglamur.

Escena IV

El mismo lugar

Entra LANZA con su perro

LANZA. -¡He aquí lo que son las cosas! Cuando un criado se porta con su amo como un

perro, todo va mal. Éste es un animal a quien ha criado desde su más tierna infancia y a

quien salvé de un naufragio con tres o cuatro hermanos y hermanas ciegos. Lo he instruido

tan cuidadosamente como quien hubiera de decir: «Así se educa a un perro». Mi amo me

había mandado ir a ofrecer como regalo a doña Silvia, pero en cuanto entré en el comedor,

emprendió carrera en derechura a la despensa y se apoderó de una pierna de capón. ¡Oh!

¡Es terrible que un perro no sepa portarse bien en sociedad! Para mí un perro debiera

proponerse ser un verdadero perro, un perro en todo y por todo. Gracias a que he tenido el

ingenio de decir que había sido yo el culpable, que si no, tan seguro como estoy aquí que

acabo en la horca. Vais a juzgar. Imaginaos que debajo de la mesa del duque se mezcla en

la compañía de tres o cuatro perros bien nacidos. No hacía dos minutos que estaba allí,

cuando -advertí esto- el olfato de todos los convidados notó su presencia. «¡Fuera ese

perro!» -dice uno-. «¿Qué perro es ése?» -dice otro-. «¡Echadle!» -añade un tercero-. «¡Que

lo ahorquen!» -exclama el duque-. Yo, cuya nariz hacía mucho tiempo que estaba enterada,

reconocí a mi Crab. Fui al encuentro del que ya blandía el látigo y le dije: «Amigo, vais a

zurrar a ese perro, ¿no es eso?...» «¡Vive Dios! ¡Pues claro!» -me contestó-. «Eso será una

injusticia -repliqué-, pues he sido yo quien ha cometido la falta». Con lo que, sin más

ceremonia, me echaron a la calle a puntapiés. ¿Qué amos harían otro tanto por sus criados?

¡Palabra de honor! Infinitas veces he pisado la cárcel por robar mi perro pasteles. En una

ocasión me pusieron en la picota por haber matado él unas ocas. Y ahora... ¡Sinvergüenza,

has olvidado ya todo eso! ¡Granuja! ¡Recuerdo la partida que me has jugado al despedirme

de doña Silvia! ¿No te había encomendado tener fijos en mí los ojos y hacer cuanto yo

hiciera? ¿Cuándo me has visto a mí levantar la pierna y ensuciar las faldas de una dama?

¿Cuándo me has visto cometer semejante falta de educación? ¡Dilo! (Entra PROTEO con

JULIA, vestida de paje.)

PROTEO. -¿Es tu nombre Sebastián? Me gustas, y tengo que encargarte en seguida un

importante servicio.

JULIA. -Como os plazca. Estoy a vuestras órdenes.

PROTEO. -Te lo agradeceré. (A LANZA.) ¿Tú por aquí, sinvergüenza? ¿Qué ha sido de

ti en estos dos días?

LANZA. -Señor, cumpliendo vuestro mandato, he ido a regalar el perro a doña. Silvia.

PROTEO. -Y ¿qué te ha dicho?

LANZA. -¡Oh! Me ha dicho que vuestro perro es un chucho asqueroso y que semejante

regalo no valía ni las gracias.

PROTEO. -Pero ¿ha aceptado el perrito?

LANZA. -De ninguna manera, y aquí lo vuelvo.

PROTEO. -¡Cómo! ¿Es ése el perro que le has ofrecido de mi parte?

 

LANZA. -Sí, señor. El otro gozquecillo me lo quitaron en la plaza del mercado y lo

sustituí por éste, pensando, y con razón, que siendo diez veces mayor que el vuestro, la

importancia del regalo aumentaría otro tanto.

PROTEO. -¡Vete y trae mi perro inmediatamente, o no vuelvas a mi presencia! ¡Fuera,

digo! ¿Quieres burlarte de mí, idiota, que me avergüenzas a diario? (Sale LANZA.)

Sebastián, te he tomado a mi servicio, en parte, porque me hace falta un joven como tú que

pueda desempeñar mis encargos con inteligencia, pues no hay que contar con un zopenco

como ése, pero principalmente porque me gusta tu presencia y porte. O mucho me engaño,

o eres de familia distinguida. Por eso te he admitido a mi servicio. Toma esta sortija y

entrégala de mi parte a la señorita Silvia. Mucho me amaba quien me la dio.

JULIA. -Parece que no la amáis ya, cuando os desprendéis de esa prenda de ternura.

¿Murió acaso?

PROTEO. -No, aún vive, creo.

JULIA. -¡Ay!

PROTEO. -¿A qué viene ese «¡ay!»?

JULIA. -Nada. Es que la compadezco.

PROTEO. -¿Por qué la compadeces?

JULIA. -Porque creo que os amaba tanto como amáis a vuestra amada Silvia, y sueña en

aquel que ha olvidado su amor, mientras que vos adoráis a quien es indiferente al vuestro.

¿No va a mover a lástima un amor tan mal correspondido? Cuando pienso en estas cosas,

no puedo menos de exhalar un «¡ay!».

PROTEO. -¡Bah! ¡Bah! No te preocupes. Dale esa sortija y esta carta. Desde aquí ves su

aposento. Adviértele a mi dama que reclamo el retrato que me ha prometido. Cumplida tu

misión, te espero en casa, en mi cuarto, donde me hallarás triste y abatido. (Sale PROTEO.)

JULIA. -¿Aceptarían muchas mujeres semejante comisión? ¡Ay, pobre Proteo! Has

elegido un lobo para guardar tus corderos. ¡Ay, qué desgraciada soy! ¿Por qué le

compadezco si él me desprecia con todo su corazón? Pero no; puesto que le amo, debo

compadecerle. Esta misma sortija fue la que le di cuando se alejó de mi lado, para que

recordase mi ternura. Y ahora voy a pedir lo que no quisiera alcanzar; y voy a ofrecer lo

que quisiera que me rechazaran. Como a amo mío que es, le quiero con amor leal y sincero,

pero lealmente no puedo servirle sino, vendiéndome a mí propia. No importa; hablaré por

él, aunque con frialdad. El cielo sabe cuánto deseo que fracasen sus esperanzas. (Entra

SILVIA, acompañada de una doncella.) Buenos días, gentil señorita. ¿Tendrías la bondad

de indicarme dónde puedo hablar con doña Silvia?

SILVIA. -Si fuera yo, ¿qué tendríais que decirme?

JULIA. -Si sois vos, oíd el mensaje que os traigo.

SILVIA. -¿De parte de quién?

JULIA. -De mi amo, el caballero Proteo, señorita.

SILVIA. -¡Qué! ¿Os envía por mi retrato?

JULIA. -Sí, señora.

SILVIA. -(A la doncella.) Úrsula, ve a buscar mi retrato. (Traen un retrato.) Entregad

esto a vuestro amo, y decidle de mi parte que cierta Julia, a quien olvida veleidosamente,

estaría aquí más apropiada.

JULIA. - (Entregándole una carta.) Señora, tened a bien leer esta carta... Perdón...

Distraídamente he entregado un papel por otro. Éste es el billete destinado a vuestra

señoría. (Dándole otro papel.)

SILVIA. -Permitidme, por favor, pasar de nuevo la vista por éste.

 

JULIA. -Perdón. No puedo, señorita.

SILVIA. -(Dándole el primer papel.) Tomad. ¿A qué me voy a molestar en pasar

siquiera los ojos por lo que vuestro amo me escribe? Rebosará protestas de amor y

contendrá nuevos juramentos, que violará con la facilidad con que rasgo este papel.

(Rasgando la carta.)

JULIA. -Además, señorita, me ha entregado esta sortija para vos.

SILVIA. -Y ¿no se avergüenza de mandármela? Mil veces le oí decir que se la había

dado su Julia al partir. Aunque su dedo impostor haya profanado esa sortija, no hará el mío

ese ultraje a Julia.

JULIA. -Ella os lo agradece.

SILVIA. -¿Qué dices?

JULIA. -Que os agradezco, señora, la deferencia que por ella mostráis... ¡Pobre señorita!

¡Mi amo se porta injustamente!

SILVIA. -¿La conoces?

JULIA. -Como a mí mismo. He llorado mucho pensando en sus pesares.

SILVIA. -Creerá, indudablemente, que Proteo la ha abandonado.

JULIA. -En efecto, y ésa es la causa de su aflicción.

SILVIA. -¿Y es hermosa?

JULIA. -Más lo ha sido de lo que ahora es. Cuando creía que mi amo la amaba era, a mi

parecer, tan bella como vos. Pero desde que descuida su tocador y se ha despojado del velo

que resguardaba del sol su rostro, el aire ha marchitado las rosas de sus mejillas y

oscurecido el lirio de su cara; de modo que, actualmente, es tan morena como yo.

SILVIA. -¿Qué estatura tiene?

JULIA. -Poco más o menos, la mía, porque en la pasada Pascua de Pentecostés, cuando

en nuestros ratos de ocio nos dedicábamos a representar obras teatrales, varios jóvenes me

vistieron de mujer e hicieron que me pusiera un vestido de la señorita Julia. A todos les

pareció que me sentaba aquel vestido como cortado a mi medida; por eso sé que es poco

más o menos de mi estatura. Y recuerdo que aquel día la hice llorar mucho, porque

desempeñaba yo un papel conmovedor. Era, señora, el de Ariadna, lamentando la

infidelidad de Teseo y su fuga desleal. Con tal verdad representaba aquel papel que,

conmovida al ver mi llanto, mi pobre señora se deshizo en lágrimas; y muera yo si con mi

pensamiento no sentí su dolor como ella misma.

SILVIA. -Ella te lo agradecerá, bondadoso joven... ¡Pobre mujer, solitaria y

abandonada! Yo misma lloro por lo que acabas de relatar... Toma, joven, ahí tienes mi

bolsa. Te la entrego por el amor de tu dulce señorita, porque la quieres mucho. Adiós. (Sale

SILVIA, acompañada.)

JULIA. -Y ella te dará las gracias si alguna vez la conoces. ¡Dama virtuosa, amable y

bella! Quien tanto interés muestra por el amor de mi señora, acogerá con frialdad los deseos

de mi amo. ¡Ay! ¡Cómo es posible que el amor se burle de sí propio! He aquí su retrato:

mirémosle. Con estos atavíos mi rostro sería tan encantador como el suyo. Y sin embargo

parece que el pintor la ha favorecido un poco. Sus cabellos son castaños; los míos, de un

rubio perfecto. Si tan sólo esa diferencia cautiva el amor de Proteo, me procuraré una

peluca del mismo color. Azules como el vidrio son sus ojos; los míos, también, sí, pero su

frente es reducida, y la mía despejada. ¿Qué adora, pues, en ella que no pudiera yo hacerle

adorar en mí, si Amor no fuese un dios ciego?... Vamos, Julia, sombra de ti misma, llévate

esa sombra, porque es tu rival. ¡Oh, miniatura insensible! Serás divinizada, besada, querida,

adorada. Porque, si hubiese alguna razón en esta idolatría, a mi persona se dirigirían tales

 

tributos. Te trataré con miramiento, en consideración a tu dueña, que tan afectuosamente

me ha tratado. Si no... ¡Ah, si no! Por Júpiter, mis uñas te arrancarían los inanimados ojos,

para que mi amo te aborreciera. (Sale.)

Acto quinto

Escena primera

Milán. -Una abadía

Entra EGLAMUR

EGLAMUR. -El Sol empieza a vestir de oro el Occidente y ya está cercana la hora en

que Silvia debe reunirse conmigo en la celda de fray Patricio. No faltará, pues los amantes

son exactos y llegan más bien temprano que tarde; tanto les espolea su impaciencia. Ved

dónde viene. (Entra SILVIA.) ¡Felices tardes, señora!

SILVIA. -¡Amén, amén! Apresurémonos, buen Eglamur. Salgamos por la poterna del

muro de la abadía. Temo que me siga alguien.

EGLAMUR. -No temáis. El bosque distará de aquí unas tres leguas. Cuando le

alcancemos ya no habrá peligro. (Salen.)

Escena II

La ciudad. -Aposento en el palacio del Duque

Entran TURIO, PROTEO y JULIA

TURIO. -Señor Proteo, ¿qué dice Silvia acerca de mis galanteas?

PROTEO. -¡Oh, señor! Se ha ablandado algo; y, no obstante, aún encuentra peros en

vuestra persona.

TURIO. -¡Cómo! ¿Dirá que tengo las piernas demasiado largas?

PROTEO. -No, sino demasiado flacas.

TURIO. -Calzaré botas para redondearlas.

JULIA. - (Aparte.) Pero no hay espuela capaz de aguijonear el amor y hacerle amar lo

que odia.

TURIO. -¿Qué dice de mi rostro?

PROTEO. -Que tenéis la tez blancuzca.

TURIO. -Pues miente la bribona, mi cara es morena.

PROTEO. -Pero las perlas son blancas, y ya sabéis el antiguo proverbio «Los morenos

son perlas a los ojos de las mujeres bonitas.»

JULIA. - (Aparte.) En verdad, perlas como tú jamás atraerán las miradas de las mujeres.

Más bien cerraría yo los ojos para no verlas.

TURIO. -Y mi conversación, ¿qué le parece?

 

PROTEO. -Mala cuando habláis de guerra.

TURIO. -¿Pero buena cuando de paz y de amor?

JULIA. - (Aparte.) Sólo es amena cuando das paz a los labios.

TURIO. -¿Qué dice de mi valor?

PROTEO. -¡Oh, señor! Sobre eso no le cabe duda.

JULIA. - (Aparte.) No podía tenerla, conociendo tu cobardía.

TURIO. -¿Y de mi nacimiento?

PROTEO. -Que venís de rancia estirpe.

JULIA. - (Aparte.) Lo que no impide que de caballero vengas a necio.

TURIO. -¿Concede importancia a mis posesiones?

PROTEO. -¡Oh, sí! Y las lamenta.

TURIO. -¿Por qué?

JULIA. - (Aparte.) Porque las disfruta un asno como tú.

PROTEO. -Por hallarse enajenadas.

JULIA. -Ahí viene el duque. (Entra el DUQUE.)

DUQUE. -Felices, señor Proteo. Felices, Turio. ¿Quién de vosotros ha visto hoy a

Eglamur?

TURIO. -Yo no.

PROTEO. -Ni yo.

DUQUE. -¿Habéis visto a mi hija?

PROTEO. -Tampoco.

DUQUE. -Pues entonces no me cabe ya duda de que se ha fugado, en compañía de

Eglamur, para reunirse con ese miserable de Valentín. No hay duda, porque fray Lorenzo,

les ha encontrado a los dos en el bosque, por donde pasaba para hacer penitencia. A

Eglamur le ha reconocido desde luego. A Silvia no, porque iba disfrazada, pero sospecha

que era ella. Por otro lado, mi hija tenía intención de ir a confesarse esta tarde a la celda de

fray Patricio y no ha aparecido por allí. Estos indicios corroboran su fuga. Por consiguiente,

os ruego ahorrar tiempo en palabras y montad a caballo y venid a encontrarme en la

vertiente de la montaña, en dirección a Mantua, pues por allí han huido. Daos prisa,

apreciables caballeros, y seguidme. (Sale.)

TURIO. -¡Vaya! Se necesita ser una muchacha loca para huir de la felicidad. Iré a

buscarla, más por vengarme de Eglamur que por amor a esa ligera Silvia. (Sale.)

PROTEO. -Y yo te seguiré, más por amor a Silvia que por odio a Eglamur, en cuya

compañía se ha fugado. (Sale.)

JULIA. -Y yo también iré, pero más por impedir ese amor que por rencor a Silvia, a

quien el amor la ha impulsado a fugarse. (Sale.)

Escena III

Fronteras de Mantua. -El bosque

Entran BANDIDOS, con SILVIA

BANDIDO 1.º-Venid, venid; tened paciencia. Vais a comparecer ante nuestro capitán.

SILVIA. -Un millar más de desgracias me han enseñado a soportar ésta pacientemente.

BANDIDO 2º. -Vamos, conducidla.

BANDIDO 1.º -¿Y el caballero que iba con ella?

BANDIDO 3.º -Era ágil de pies y se nos ha escapado, pero Moisés y Valerio le siguen.

(Al 1.º) Ve tú con ella al extremo occidental del bosque; allí está el capitán. Nosotros vamos

 

a ojear al que se ha evadido. Nuestros camaradas están escalonados en todo el lindero del

bosque; es imposible que se escape. (Salen todos, excepto el BANDIDO 1.º y SILVIA.)

BANDIDO 1.º -Venid, voy a conduciros a la cueva de nuestro capitán. Nada temáis; es

de carácter noble e incapaz de faltar al respeto a una mujer.

SILVIA. -¡Oh, Valentín! Por ti sufro esto. (Salen.)

Escena IV

Otra parte del bosque

Entra VALENTÍN

VALENTÍN. -¡Cuánto puede en el hombre la costumbre! Esta soledad sombría, estos

bosques desiertos, me causan más placer que las populosas y florecientes ciudades. Aquí

puedo sentarme solo, ausente de todas las mirarlas; y aquí puedo juntar a los trinos

lastimeros del ruiseñor mi voz doliente y los acentos de mi dolor. ¡Oh, tú que habitas en mi

pecho, no dejes tu morada tanto tiempo vacía, si no quieres que cayendo a pedazos se

desplome el edificio y no deje memoria de lo que fue! ¡Silvia, aliéntame con tu presencia!

¡Tú, ninfa amorosa, consuela a tu desolado pastor! (Ruido dentro.) ¿Qué gritos y alborotos

se sienten hoy en el bosque? Serán mis compañeros, sin más ley que su voluntad. Sin duda

persiguen a un infeliz viajero. Aunque me profesan gran afecto, con dificultad puedo

impedir que cometan actos brutales. ¿Quién se acerca? Ocúltate, Valentín. (Se oculta.

Entran PROTEO, SILVIA y JULIA.)

PROTEO. -Señora, todo esto lo hago por vos. Por grande que sea vuestra indiferencia,

os he prestado este servicio exponiendo mi vida. Os he librado de las manos de los que

querían violentar vuestro honor y vuestro amor. Dignaos recompensarme con sólo una

mirada bienhechora. No puedo pedir más y seguramente no me concederéis menos.

VALENTÍN. -(Aparte.) ¡Sueño me parece cuanto veo y oigo! ¡Amor, dame paciencia

para contenerme por algunos instantes!

SILVIA. -¡Oh, miserable! ¡Desgraciada de mí!

PROTEO. -Desgraciada antes de venir yo, señora, pero mi llegada os ha hecho feliz.

SILVIA. -Vuestra presencia me hace la más desgraciada de las mujeres.

JULIA. -(APARTE.) Y a mí también cuando está junto a ti.

SILVIA. -Si un león hambriento me hubiera desgarrado, preferiría servirle de presa a

deber mi libertad al traidor Proteo. ¡Oh, cielos! Os tomo por testigos de que tanto cuanto

amo a Valentín, vida para mí tan querida como mi alma, tanto -porque más es imposibledetesto

al falso y perjuro Proteo. Huye, pues, y no insistas más.

PROTEO. -¡Llevaría a cabo la acción más arriesgada, aunque en ella perdiera la vida,

por obtener de vos una sola mirada cariñosa! ¡Oh, maldición del amor es amar a una mujer

y no ser amado!

SILVIA. -¡Amado de una mujer y no poder Proteo amarla! Lee en el corazón de Julia, tu

primer amor apasionado, por quien en otra época rasgaste tu fe en mil juramentos que, por

amarme, han venido a parar en perjurios. Y ahora ya no tienes fe, a no ser que tengas dos,

que es peor que no tener ninguna. Más vale no tener fe que tenerla doble, porque sobra una,

traidor a tu mejor amigo.

PROTEO. -¿Quién respeta la amistad en amor?

SILVIA. -Todos los hombres, menos tú.

 

PROTEO. -¡Pues bien! Puesto que palabras de cariño no bastan para que me tengas

sentimientos más afectuosos, triunfaré de ti a lo soldado, a punta de espada y fuera del

verdadero amor. ¡A la fuerza!

SILVIA. -¡Cielos!

PROTEO. -¡Te obligaré a rendirte a mis deseos!

VALENTÍN. -(Apareciendo.) ¡Rufián! ¡Falso y miserable amigo! ¡Aparta esas manos!

PROTEO. -¡Valentín!

VALENTÍN. -¡Amigo vulgar, sin afecto ni fe! ¡Como todos! ¡Traidor, como todos los

hombres! Has burlado mis esperanzas. ¡Hubiera necesitado verlo con mis propios ojos para

creerlo! ¡Ya no me atreveré a decir que tengo un solo amigo en el mundo! ¿De quién fiarse,

cuando la mano derecha ha vendido al corazón? Proteo, no te llames más mi amigo. Por ti

me veo obligado a levantar entre el mundo y yo una barrera. Las heridas íntimas son las

más profundas. ¡Horas de maldición! ¡De todos los enemigos ha de ser un amigo el peor!

PROTEO. -¡Me anonadan mi crimen y mi vergüenza! ¡Perdóname, Valentín! Si un

dolor verdadero es bastante para expiar mi falta, te lo ofrezco aquí mismo. ¡La amargura de

mis remordimientos iguala a mi crimen!

VALENTÍN. -Entonces, todo está reparado y te devuelvo mi confianza. Quien no se

satisface con el arrepentimiento no es del Cielo ni de la Tierra, porque Cielo y Tierra

perdonan. La penitencia aplaca la cólera del Eterno. Y pues mi afecto aparece franco y

libre, todo cuanto te tuve torno a entregártelo en honor de Silvia.

JULIA. -¡Desgraciada de mí! (Desmayándose.)

PROTEO. -¿Qué le pasa a este mozo?

VALENTÍN. -¡Ea, joven! ¿Qué es eso, muchacho? ¿Qué os sucede? Abrid los ojos...

Hablad.

JULIA. -¡Oh, buen señor! Mi amo me mandó entregar una sortija a la señorita Silvia y

me he olvidado.

PROTEO. -¿Dónde está esa sortija, joven?

JULIA. -Aquí; tomad. (Dándole una sortija.)

PROTEO. -A ver... ¡Cómo! ¡El anillo que di a Julia!

JULIA. -Dispensadme, señor; me equivoqué. Aquí está la sortija que mandasteis a

Silvia. (Presentándole otra sortija.)

PROTEO. -Pero ¿cómo puedes tú tener esta sortija?... Es la que a mi partida di a Julia.

JULIA. -(Descubriéndose.) Y Julia me la dio y Julia en persona es quien la trae.

PROTEO. -¡Cómo! ¡Julia!

JULIA. -¡Reconoce a aquella a quien has hecho tantos juramentos y los ha guardado

religiosamente en su corazón! ¡Cuántas veces los has profanado con falsedades! ¡Oh,

Proteo! Haga este vestido que te avergüences. Avergüénzate de haberme obligado a

ponerme un vestido semejante, si es que puede haber algo vergonzoso en un traje que el

amor ha inspirado. Pero ante el pudor, menos afrenta hay en la mujer con cambiar de traje

que en el hombre con cambiar de sentimientos.

PROTEO. -¡Que en el hombre con cambiar de sentimientos! Es verdad. ¡Oh, cielos! El

hombre sería perfecto si fuera constante. Este solo defecto es origen de todas sus faltas, y le

arrastra a todos los pecados. La inconstancia renuncia antes de haber empezado. ¿Qué hay

en el rostro de Silvia que constantes mis ojos no puedan hallar con más lozanía aún en

Julia?

 

VALENTÍN. -Vamos, vamos, una mano cada uno. Que tenga yo la ventura de realizar

tan feliz conclusión. Sería lamentable que dos amigos como vosotros estuvierais mucho

tiempo enemistados.

PROTEO. -(Abrazando a JULIA.) Pongo al Cielo por testigo de que están colmados mis

deseos.

JULIA. -¡Y los míos! (Entran los BANDIDOS con el DUQUE y TURIO.)

LOS BANDIDOS. -¡Una presa! ¡Una presa! ¡Una presa!

VALENTÍN. -¡Deteneos, deteneos, os mando! Es mi señor el duque. Sea bien venido

Vuestra Gracia a presencia de un hombre desgraciado, del proscrito Valentín.

DUQUE. -¡Señor Valentín!

TURIO. -Allí está Silvia, y Silvia es mía.

VALENTÍN. -¡Turio, atrás o de lo contrario contempla tu muerte! Mantente a distancia

de mi cólera. Y no digas que Silvia es tuya, porque, si lo repites, Verona no te vuelve a ver.

¡Mírala ante ti; atrévete sólo a tocarla con el aliento!

TURIO. -Ningún caso hago ya de ella, señor Valentín. Loco por demás es quien arriesga

la vida por una mujer de quien no es amado. Por nada del mundo la aceptaría, y por

consiguiente, tuya es.

DUQUE. -Eres el más degenerado y vil de los hombres por renunciar así a ella, después

de todo lo que has hecho por obtenerla... Valentín, por la gloria de mis antepasados,

aplaudo tu valerosa conducta y te creo digno del amor de una emperatriz. Aquí abjuro, por

tanto, de todos los agravios del pasado, olvido mi enemistad anterior y te llamo de nuevo a

mi corte. A tu mérito sin igual se debe una satisfacción. Yo mismo lo proclamo y te digo:

«Valentín, eres un hidalgo del mejor abolengo; toma a tu Silvia, porque la has merecido.»

VALENTÍN. -Gracias a Vuestra Alteza. Ese don colma mi felicidad. Permitidme ahora

que, en nombre de vuestra hija, os pida una gracia.

DUQUE. -Concedida, cualquiera que sea, en consideración a ti.

VALENTÍN. -(Presentando a los BANDIDOS.) Estos desterrados, con quienes he

vivido, son hombres de apreciables cualidades. Perdonadles aquí lo que han hecho y

levantadles el destierro. Están corregidos, civilizados, llenos de buenos sentimientos, y el

Estado podrá emplearlos útilmente, digno señor.

DUQUE. -Accedo a cuanto digas. Les perdono como a ti. Dispón de ellos, tú que

conoces los méritos de cada cual. Ahora marchemos; vamos a celebrar nuestras avenencias

con fiestas, regocijos y espléndidas solemnidades.

VALENTÍN. -Y mientras vamos andando, me tomaré la libertad de hablar con Vuestra

Alteza y hacerle sonreír. ¿Qué me decís de ese paje, señor?

DUQUE. -Es un joven que no carece de gracia... ¡Se ruboriza!

VALENTÍN. -Os garantizo, señor, que tiene más gracia de la que le es dado tener a un

joven.

DUQUE. -¿Qué quieres significar?

VALENTÍN. -Si gustáis, os lo contaré andando, y os maravillaréis de lo que ha

sucedido... Ven, Proteo; tu único castigo consistirá en escuchar el relato del descubrimiento

de tus amores. Hecho lo cual, un mismo día será tu casamiento y el mío. Y no tendremos

más que una fiesta, una casa, una mutua felicidad. (Salen.)

FIN

 


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