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Trabajos de amor perdidos obra completa - Parte 2

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Acto III

Escena Única

Otro lugar del parque.

Entran ARMADO y MOTH.

ARMADO.- Gorjea, niño; halaga mis oídos.

MOTH (Cantando.).- Concolinel...

ARMADO.- ¡Lindo aire! Anda, pimpollo, toma esta llave, liberta a aquel patán, y

tráele aquí a toda prisa. Voy a emplearle en llevar una carta a mi amor.

MOTH.- Amo mío, ¿queréis conquistar a vuestra amada con un rigodón francés?

ARMADO.- ¿Qué quieres decir? ¿Querellar con ella?

MOTH.- No, mi cumplido señor. Se trata simplemente de tararear una jiga con la

punta de la lengua, bailar un canario y animarlo con los ojos en alto. Suspiráis una nota y

cantáis otra, unas veces con la garganta, como si engulleseis el amor al cantarle; otras

veces con la nariz, como si aspirarais el amor al olfatearlo. Hundís vuestro sombrero

alicaído sobre la tienda de vuestros ojos; os cruzáis de brazos sobre vuestro estómago

encogido, como conejo en asador, o sumergís las manos en vuestras faltriqueras, como

personaje de cuadro antiguo. Y no guardéis mucho tiempo el mismo compás; sino una

copla, y a otra. Esos son los procedimientos, ésa es la sal, ésa es la manera de seducir a

las muchachas bonitas, que sin eso también se dejarían seducir, y lo que hace a los

hombres que se les distinga -¿me oís?- cuando se les observa.

ARMADO.- ¿Cómo has adquirido esa experiencia?

MOTH.- Con medio penique de observación.

ARMADO.- Mas ¡ay!... Mas ¡ay!...

MOTH (Cantando.).- «... Del caballo de palo ya nadie se acuerda...»

ARMADO.- ¿Llamas a mi amada«caballo de palo»?

MOTH.- No, amo mío. El caballo de palo es solamente un potro, y vuestra amada

quizá no pase de yegua. Pero ¿ya la habéis olvidado?

ARMADO.- Casi.

MOTH.- ¡Estudiante negligente! Aprendéosla de corazón.

ARMADO.- De corazón y por el corazón, muchacho.

MOTH.- Y a contra corazón, señor. Tres cosas que puedo demostrar.

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ARMADO.- ¿Qué puedes demostrar?

MOTH.- Que llegaré a ser un hombre, si vivo. Y esto con la ayuda del por, del en y

del sin. Por corazón la amáis, pues vuestro corazón no puede alcanzarla. En el corazón la

amáis, porque vuestro corazón está prendado de ella. Y sin el corazón la amáis, porque es

para vos un descorazonamiento no poder conseguirla.

ARMADO.- Estoy en los tres casos.

MOTH (Aparte.).- Y en muchos más que esos tres; pero, no obstante, como si no

estuvierais en ninguno.

ARMADO.- Ve a buscar a ese pastor. Es preciso que me lleve una carta.

MOTH.- ¡Un mensajero bien simpático! ¡Un caballo servir de embajador a un burro!

ARMADO.- ¡Eh! ¡Eh! ¿Qué estás diciendo?

MOTH.- A fe, señor, que debierais enviar al burro a lomos del caballo, pues es de

paso muy perezoso. Pero me voy.

ARMADO.- El camino no es largo. Muévete.

MOTH.- Tan ligero como el plomo, señor.

ARMADO.- ¿Qué quieres decir, preciosa criatura? ¿No es el plomo un metal pesado,

macizo y lento?

MOTH.- Minime, mi honorable amo; o, más bien, amo a secas, no.

ARMADO.- Digo que el plomo es lento.

MOTH.- Sois demasiado ligero, señor, al hablar así. ¿Es lento el plomo que vomita

una escopeta?

ARMADO.- ¡Ingeniosa humareda de la retórica! Yo soy el cañón y él la bala. Te tiro

al pastor.

MOTH.- Pues ¡pum! ¡Y vuelo! (Sale.)

ARMADO.- ¡Agudísimo rapazuelo, ingenioso y de libre desparpajo! ¡Excúsame, cielo

bendito, de que suspire en tu cara! ¡Ruda melancolía, el valor te cede su lugar!... Mi

heraldo está de vuelta.

(Vuelve a entrar MOTH con COSTARD.)

MOTH.- ¡Un asombro, mi amo! Os traigo una manzana que se ha roto una tibia.

ARMADO.- ¡Algún enigma, alguna adivinanza! Vamos, dinos tu envoy; comienza.

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COSTARD.- ¡Ni enigma, ni adivinanza, ni envío, ni ungüento en la malla, señor! ¡Oh,

señor! Llantén, un simple llantén. Ni envío, nada de envío; ni ungüento, señor, sino un

llantén.

ARMADO.- ¡Por la virtud! No se puede por menos de reír escuchándote. Tu estupidez

es mi delicia. La agitación de los pulmones provoca en mí ridículas carcajadas.

¡Perdonadme, estrellas! ¡Este idiota toma el ungüento por un envío y el envío por un

ungüento!

MOTH.- ¿El buen entendedor las toma por dos cosas distintas? ¿El envío no es un

saludo?.

ARMADO.- No, paje, es un epílogo o discurso para explicar el sentido de algún

pasaje obscuro que se ha enunciado antes. Voy a ponerte un ejemplo:

El zorro, la mona y el gato montés

formaban impares, pues sólo eran tres.

Esta es la moraleja. Ahora el envío.

MOTH.- Yo añadiré el «envío». Repetid la moraleja.

ARMADO.- El zorro, la mona y el gato montés

formaban impares, pues sólo eran tres.

MOTH.- Hasta que a la puerta fué el ganso a parar,

e hizo de ellos cuatro, rompiendo el impar.

Ahora repetiré vuestra moraleja y vos me acompañaréis con mi envío:

El zorro, la mona y el gato montés

formaban impares, pues sólo eran tres.

ARMADO.- Hasta que a la puerta fué el ganso a parar,

e hizo de ellos cuatro, rompiendo el impar.

MOTH.- ¡Un buen envío, que da fin en el ganso! ¿Podéis desear más?

COSTARD.- El paje lo habrá adquirido en el mercado: un ganso gordo. Señor, habéis

hecho un gran negocio, si el ganso es de peso. ¡Realizar una buena compra es tan difícil

como jugar al ganapierde! Permitidme que lo vea. ¡Sí, debe de ser un excelente envío, si

el ganso está gordo!

ARMADO.- Venid acá, venid acá. ¿Cómo principió esta disertación?

MOTH.- Porque dije yo que esta manzana se había roto la tibia, y entonces vos

pedisteis el envío.

COSTARD.- Es verdad, y yo el llantén. Entonces vino vuestra disertación, en seguida

el envío gordo del paje, el ganso que ha comprado, y el mercado, con que dió fin.

ARMADO.- Pero decidme, ¿cómo una manzana puede romperse una tibia?

MOTH.- Voy a decíroslo de una manera sensible.

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COSTARD.- ¡Tú no lo sientes como yo, Moth! Yo explicaré este envío:

Yo, Costard, saliendo de mi hosca prisión,

me he roto la tibia al dar un tropezón.

ARMADO.- No tratemos ya de esta materia.

COSTARD.- Tanto más cuanto que ya no quedará materia en mi tibia.

ARMADO.- Tunante Costard, quiero hacerte franco.

COSTARD.- ¡Oh! Casadme con una francesa. Husmeo en esto algún envío, algún

ganso.

ARMADO.- Por mi buena alma, al decir que iba a ponerte en libertad quise

significarte que emanciparía tu persona. Estabas emparedado, sujeto, cautivo, atado.

COSTARD.- Cierto, cierto, y ahora vais a ser mi purga, desatándome.

ARMADO.- Te devuelvo la libertad, te libro de la prisión; y, en trueque, no te

impongo más que esto (Dándole una carta): que lleves la presente importante misiva a la

aldeana Jaquineta. (Entregándole dinero.) Aquí tienes la remuneración, pues de lo que

más me enorgullezco es de recompensar a los que dependen de mí. ¡Sígueme, Moth!

(Sale.)

MOTH.- Como una consecuencia. ¡Adiós, signior Costard!

COSTARD.- ¡Mi querida onza de carne humana! ¡Mi delicada joya! (Sale MOTH.)

Veamos ahora su remuneración. ¡Remuneración! ¡Oh! Es una palabra latina que vale tres

ochavos. Remuneración, tres ochavos. «...¿Cuánto vale esta cinta?» -«Un penique.» -

«No, os daré una remuneración.» Y se la lleva uno. ¡Remuneración! ¡Cómo! Es un

nombre más lindo que la corona de Francia. Jamás compraré nada sin servirme de este

término.

(Entra BEROWNE.)

BEROWNE.- ¡Oh! ¡Bien hallado, mi buen bribón Costard!

COSTARD.- Por favor, señor, ¿cuántas cintas color de carne puede comprar un hombre

por una remuneración?

BEROWNE.- ¿A qué llamas una remuneración?

COSTARD.- Pardiez, señor, a un penique menos un ochavo.

BEROWNE.-Pues entonces podrás adquirir tres cuartos de penique de seda.

COSTARD.- Gracias a Vuestra Señoría. ¡Dios os guarde!

BEROWNE.- Espera, belitre. Voy a darte un encargo. Si quieres ganar mi favor, gran

pícaro, hazme una cosa que voy a pedirte.

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COSTARD.- ¿Cuándo queréis que la haga, señor?

BEROWNE.- ¡Oh! Esta tarde.

COSTARD.- Bien. ¡Contad conmigo, señor! Adiós.

BEROWNE.- ¡Pero si no sabes de qué se trata!

COSTARD.- Lo sabré cuando lo haya hecho, señor.

BEROWNE.- Pero, villano, es preciso que lo sepas antes.

COSTARD.- Vendré a preguntárselo a Vuestra Señoría mañana por la mañana.

BEROWNE.- Debe hacerse esta misma tarde. Escucha, bribón, de qué se trata. La

princesa va a venir a cazar al parque. Entre las damas de su séquito hay una beldad

encantadora. Cuando la lengua habla con dulzura, pronuncia insensiblemente su nombre

y la llama Rosalina. Pregunta por ella y desliza en su blanca mano este billete cerrado.

Ahí va la recompensa. (Entregándole un chelín.) Anda.

COSTARD.- ¡Recompensa! ¡Oh, dulce recompensa! ¡Mejor que la remuneración! ¡Le

aventajas en once peniques! ¡Oh, dulcísima recompensa! ¡Señor, cumpliré exactamente

vuestro encargo! ¡Recompensa! ¡Remuneración! (Sale.)

BEROWNE.- ¡Oh! ¡Es posible! ¡Yo, enamorado! ¡Yo, azote del amor, corchete de los

apasionados suspiros, censor austero, ¡qué más!, alguacil nocturno, pedante imperioso,

que reprimía con mayor arrogancia que ningún mortal a ese niño vendado, a ese lloricón,

a ese miope, a ese perverso, a ese joven anciano, a ese enano gigante Don Cupido;

regente de las rimas amorosas, dueño de los brazos cruzados, soberano ungido de los

suspiros y de los sollozos, señor feudal de los ociosos y descontentos, temible príncipe de

los jubones, rey de las bragas, único emperador y capitán general de los procuradores que

callejean! ¡Pobre corazoncito mío! Heme aquí su edecán de campo, llevando en mi

escarapela sus colores como el aro de un saltimbanqui. ¡Cómo! ¡Yo! ¡Enamorado!

¡Haciendo la corte! ¡En busca de esposa! ¡De una mujer que, semejante a un reloj alemán

necesitará continuamente composturas, siempre desarreglado, nunca bien, por cuidados

que se tengan con su marcha! ¡Y luego, haber perjurado, que es lo peor de todo, y entre

tres mujeres, amar la peor de las tres! Una frívola y blanca criatura con cejas de

terciopelo y dos bolitas negras a guisa de ojos. ¡Y, por el cielo, una arrogante moza, que

se pagará de ellos, aunque Argos fuera su eunuco y su guardián! ¡Y yo suspiro por ella!

¡Velo por ella! ¡Ruego por ella! ¡Vamos; es un tormento que me impone Cupido por

haber ignorado el poder formidable de su débil poder! ¡Sea! ¡Amaré, escribiré, suspiraré,

rogaré, cortejaré y exhalaré gemidos! Unos se encaprichan de una dama y otros de un

marimacho. (Sale.)

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Acto IV

Escena Primera

Otro lugar del parque.

Entran LA PRINCESA, ROSALINA, MARÍA, CATALINA, BOYET, SEÑORES,

personas del séquito y un GUARDABOSQUE.

LA PRINCESA.- ¿Era el rey el que espoleaba tan rudamente su caballo contra la

escarpada colina de ese monte?

BOYET.- No lo sé; pero supongo que fuera.

LA PRINCESA.- Quien haya sido ha mostrado un alma anhelante de subir. Bien,

señores; hoy se nos dará nuestra respuesta y el sábado retornaremos a Francia. Así, pues,

guardabosque, amigo mío, ¿dónde se halla la maleza detrás de la cual debemos

emboscarnos y representar el papel de asesinos?

EL GUARDABOSQUE.- Allá abajo, en la linde de aquel soto. Es un lugar donde

podréis hacer vos la más hermosa caza.

LA PRINCESA.- Agradezco mi hermosura. Hermosa, y caza; por eso dices que soy

una hermosa que caza.

EL GUARDABOSQUE.- Perdonadme, señora; no he querido decir eso.

LA PRINCESA.- ¿Cómo? ¿Cómo?¿Comienzas por alabarme y ahora te desdices?

¡Vanidad de corta duración! ¡Ni hermosa! ¡Qué pena!

EL GUARDABOSQUE.- Sí, señora; sois hermosa.

LA PRINCESA.- ¡Quita, no hagas ahora mi retrato! Donde falta la hermosura, huelga

el elogio de la cara. Toma, mi caro espejo. (Dándole dinero.) Ahí tienes, por haberme

dicho la verdad. Un bello pago de un feo cumplido es más que cumplir con el deber.

EL GUARDABOSQUE.- Nada puede venir de vuestras manos que no sea bello.

LA PRINCESA.- ¡Ved, ved! Mi belleza se ha salvado por el mérito de mis dones.

¡Oh, herejía en el juicio de lo bello, que tan bien cuadra a los tiempos actuales! La mano

que da, por fea que sea, tendrá siempre un bello elogio. ¡Dadme el arco! Ahora la bondad

va a matar, y, en consecuencia, tirar bien será cumplir una mala acción. Heme aquí

segura de salvar mi reputación de cazadora. Si yerro el golpe, se achacará a piedad. Si

doy en el blanco, mi destreza se atribuirá más al deseo de atraerme cumplidos que al

placer de matar. ¡Y esto es lo que, sin disputa, viene a acontecer en el mundo! La gloria

engendra crímenes abominables, cuando, para alcanzar el renombre y conseguir el elogio,

cosas bien vanas, nuestro corazón realiza esfuerzos imposibles. Así yo, únicamente para

ser alabada, voy a esforzarme en verter la sangre de un pobre gamo al que mi corazón no

profesa mal.

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BOYET.- ¿No es asimismo cierto que, por amor a la gloria, las mujeres perversas

tratan de asegurar su soberanía, esforzándose en ser señoras de sus señores?

LA PRINCESA.- Sólo por la gloria; y no podemos sino prodigar la gloria a toda mujer

que domina a su señor.

(Entra COSTARD.)

BOYET.- He aquí un miembro de la república.

COSTARD.- ¡Buenas tardes os dé Dios! Por favor, ¿cuál es la dama más alta?

LA PRINCESA.- Tú lo sabrás, camarada, comparando la estatura de todas.

COSTARD.- Quiero decir la más grande, la más elevada.

LA PRINCESA.- La más alta y la más larga.

COSTARD.- La más larga y la más alta... Así es. La verdad es la verdad. Señora, si

vuestro talle fuera tan fino como mi ingenio, la cintura de una de estas señoritas os iría

perfectamente. ¿No sois vos la señora en jefe? Sois la más gruesa.

LA PRINCESA.- ¿Qué quieres, di, qué quieres?

COSTARD.- Traigo una carta del señor Berowne para una dama llamada Rosalina.

LA PRINCESA.- ¡Oh! Venga esa carta, venga esa carta. Es una de mis buenas

amigas. Apártate un poco, excelente portador. Boyet, vos que sabéis trinchar, abrid este

capón.

BOYET.- Estoy a vuestras órdenes.- Esta misiva trae la dirección equivocada. No es

para nadie de aquí. Va dirigida a Jaquineta.

LA PRINCESA.- La leeremos, os juro. Romped el nema de cera, y que cada uno

preste atención.

BOYET (Leyendo.).- Por el cielo que eres hermosa, lo cual es infalible; que eres

bonita, lo cual es cierto; que eres amable, lo cual es la misma verdad. Más bella que lo

bello, más bonita que lo bonito y más verdad que la misma verdad. Ten conmiseración de

tu heroico vasallo. El magnánimo e ilustrísimo rey Cofétua fijó los ojos en la perversa e

indubitable mendiga Zenelofonta, y él fué quien con razón pudo decir: veni, vidi, vinci,

lo que, anatomizado en romance -¡oh, ruin y obscuro romance!-, significa videlicet:

llegó, vió y venció. Llegó, uno; vió, dos; venció, tres. ¿Quién llegó? El rey. ¿Por qué

llegó? Para ver. ¿Por qué vió? Para vencer.¿Hacia quién llegó? Hacia la mendiga. ¿A

quién vió? A la mendiga. ¿A quién venció? A la mendiga. El resultado es la victoria.

¿Para quién? Para el rey. El vencedor se ve enriquecido. ¿De parte de quién? De parte

de la mendiga. La catástrofe es un matrimonio. ¿Para quién? Para el rey no; para los

dos en uno, o para uno en los dos. Yo soy el rey, pues así lo exige la comparación. Tú la

mendiga, pues tal lo atestigua tu condición humilde. ¿Mandaré en tu amor? Puedo. ¿Te

obligaré a que me ames? Podría. ¿Te estimularé a que me adores? Podré. ¿Con qué

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cambiarás tus harapos? Con vestidos. ¿Tu indigencia? Con honores. ¿Y a ti misma?

¡Conmigo! Así, esperando tu contestación, profano mis labios en tus pies, mis ojos en tu

imagen y mi corazón en cada una de las partes de tu ser. Tuyo, con la más cara

perspectiva de galanteo.- Don Adriano de Armado.

Ya oyes el león de Nemea rugir contra ti, corderilla, que permaneces como su presa.

Póstrate humildemente a sus plantas augustas, y él, contra su furor, se inclinará a jugar

contigo. Pero si te resistes, pobre alma, ¿qué va a ser luego de ti? Serás alimento de su

cólera y provisión de su caverna.

LA PRINCESA.- ¿Qué pluma de ganso ha redactado esa carta? ¿Qué aspa de molino?

¿Qué veleta? ¿Habéis oído nunca cosa semejante?

BOYET.- Si no me engaño mucho, recuerdo ese estilo.

LA PRINCESA.- Tendríais, de lo contrario, mala memoria, acabando de darnos una

idea de él.

BOYET.- Ese Armado es un español que vive aquí en la Corte. Un tipo grotesco, un

monarco, que sirve de diversión al príncipe y a sus compañeros de estudio.

LA PRINCESA (A COSTARD.).- Tú, camarada, una palabra. ¿Quién te ha entregado

esta misiva?

COSTARD.- Ya lo he dicho: mi señor.

LA PRINCESA.- ¿A quién debías entregarla?

COSTARD.- A mi señora, de parte de mi señor.

LA PRINCESA.- De parte de tu señor, ¿a qué señora?

COSTARD.- De parte de mi señor Berowne, mi excelente amo, a una dama de Francia

que se llama Rosalina.

LA PRINCESA.- Has equivocado su carta.- ¡Vamos, señores, marchemos! (A

ROSALINA.) Toma, querida, de todos modos, esto. Otro día recibirás la tuya.

(Salen LA PRINCESA y su séquito.)

BOYET.- ¿Quién es quien caza? -¿Quién es quien caza?

ROSALINA.- ¿Habré yo de decíroslo?

BOYET.- Sí, mi continente de belleza.

ROSALINA.- Pues la que lleva el arco. ¡Volved por otra!

BOYET.- La princesa va a cazar animales cornudos. Pero como te cases, que me

ahorquen si faltan cuernos aquel año. ¡Sóplate ésa!

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ROSALINA.- Bueno, pues yo soy quien caza.

BOYET.- Y ¿quién es el gamo?.

ROSALINA.- Si lo elegimos por los cuernos, vos mismo. ¡No os acerquéis! ¡Volved

ahora por otra!

MARÍA.- Disputáis siempre con ella, Boyet, y da en plena frente.

BOYET.- ¡Pero ella está herida más abajo! ¿Di en el blanco esta vez?

ROSALINA.- ¿Quieres que te traiga a cuento un antiguo refrán, que era ya mayorcito

cuando el rey Pepino de Francia no pasaba de una criatura, y que viene a pelo?

BOYET.- Yo podré argüirte con una sátira tan vieja, que era ya mayorcita cuando la

reina Genoveva de Bretaña no pasaba de moza.

ROSALINA (Cantando.)

No lo atinarás, atinarás, atinarás,

no lo atinarás, pobre infeliz.

BOYET.- No lo atinaré, lo atinaré, lo atinaré,

no lo atinaré; otro podrá.

(Salen ROSALINDA y CATALINA.)

COSTARD.- ¡Por mi fe, muy divertido! ¡Los dos han atinado!

MARÍA.- Han apuntado maravillosamente a la señal, pues la han alcanzado.

BOYET.- ¡Señal! No señalemos sino esa señal. ¡Señal la llama mi señora! Que se

coloque una punta en esa señal, para ver si es posible asestarle el tiro.

MARÍA.- Os habéis desviado de la puntería, poniendo las manos fuera.

COSTARD.- Verdaderamente, debe tirar desde más cerca, o no dará nunca en el

blanco.

BOYET (A MARÍA.) Si tengo las manos fuera, ponédmelas vos dentro.

COSTARD.- Entonces tocará el blanco, por arrimarse al clavo.

MARÍA.- Vamos, vamos, vuestras frases son de grueso calibre y ensucian vuestra

boca.

COSTARD.- Es demasiado diestra para vos en el tiro, señor. Desafiadla a los bolos.

BOYET.- ¡Temo mucho tropezar en obstáculos! ¡Buenas noches, mi querido buho!

(Salen, BOYET y MARÍA.)

COSTARD.- ¡Por mi alma, qué rústico! ¡Qué solemne imbécil! ¡Señor, Señor! ¡Cómo

le hemos aplastado esas damas y yo! ¡A fe que han sido finas bromas! ¡Qué delicadísimo

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es el ingenio vulgar, cuando viene tan llanamente, con tanta obscenidad, tan a propósito!

¡Armado por un lado! ¡Oh! ¡He aquí un hombre extraordinariamente cortés! ¡Hay que

verle marchar delante de una dama y llevarle el abanico! ¡Hay que verle cómo le besa la

mano! ¡Y cómo le jura tiernamente su amor! ¡Y su paje por otro lado! ¡El ingenio hecho

carne! ¡Ah, cielos! ¡No conozco liendre más sensible! (Ruido de caza dentro.) ¡Hala,

hala! (Sale corriendo.)

Escena 2

El mismo lugar.

Entran HOLOFERNES SIR NATANIEL y DULL.

NATANIEL.- Es una reverenda caza, en verdad, y hecha con el testimonio de una

buena conciencia.

HOLOFERNES.- El ciervo, como sabéis, estaba nadando en sanguis, en sangre;

maduro como una pera de agua, que cuelga, semejante a una joya, de la oreja del coelo,

del cielo, del firmamento, y que en seguida cae, tal un fruto silvestre, sobre la faz de la

terra, de la tierra, del continente, del suelo.

NATANIEL.- A decir bien, maese Holofernes, los epítetos no pueden estar más

agradablemente variados, como verdadero sabio que sois. Pero, señor, os aseguro que era

un gamo de primera leche.

HOLOFERNES.- Sir Nataniel, haud credo.

DULL.- No era un haud credo, sino un cervatillo.

HOLOFERNES.- ¡Oh, la más disparatada de las observaciones! Sin embargo, es una

insinuación, como si dijéramos, in via, en camino, de explicación; para facere, por

llamarlo así, una réplica, o, lo que es igual, para ostentare, esto es, mostrar, su opinión -

aunque de una manera abrupta, impolítica, grosera, inculta, ineducada, o más bien

iletrada, o todavía mejor, inexperta- por confundir mi haud credo con un cervato.

DULL.- Decía que el gamo no era un haud credo, sino un cervatillo.

HOLOFERNES.- ¡Simplicidad dos veces enfatuada! Bis coctus!. ¡Oh, monstruo de

ignorancia, qué deforme pareces!

NATANIEL.- Señor, no ha gustado las delicadezas que se hallan en los libros. No ha

comido papel ni bebido tinta, como si dijéramos. Su entendimiento no está abastecido.

No es más que un animal sensible en sus partes groseras. Que tales plantas estériles se

exponen a nuestras miradas, no sino para que nosotros, los hombres de gusto y

sentimiento, nos mostremos agradecidos de poseer una fecundación de que ellas no

gozan. Porque de la misma manera que a mí me sentaría mal el papel de imbécil,

indiscreto o idiota, así también ese necio no pasaría de tal, aunque asistiese a la escuela

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para convertirse en sabio. Pero omne bene, digo yo, siguiendo la máxima de un padre de

la Iglesia: «Muchos que pueden soportar la lluvia, no quieren el viento.»

DULL.- Los dos sois unos sabios; pero con vuestro talento y todo, ¿podríais decirme

quién tenía un mes cuando nació Caín, y ahora, sin embargo, no cuenta cinco semanas?

HOLOFERNES.- ¡Dictina, mi bravo Dull; Dictina, mi bravo Dull!

DULL.- ¿Qué es Dictina?

NATANIEL.- Uno de los nombres de Febé, la hija de Urano, la Luna.

HOLOFERNES.- La Luna tenía un mes cuando Adán no tenía más, y no contaba

cinco semanas cuando él tocaba ya cinco veintenas. Pueden cambiarse los nombres; la

alusión no cambia.

DULL.- En efecto, la colisión no cambia.

HOLOFERNES.- ¡Dios venga en ayuda de tu capacidad! Digo que la alusión no

cambia.

DULL.- Y yo digo también que la pulución no cambia, pues la Luna no cambia nunca

más de un mes, y añado que lo que la princesa ha muerto ha sido un cervatillo.

HOLOFERNES.- Sir Nataniel, ¿queréis oír un epitafio improvisado sobre la muerte

del gamo? Para halagar el humor de este ignorante, llamaré cervatillo al gamo que ha

matado la princesa.

NATANIEL.- Perge, buen maese Holofernes, perge. Plázcaos no incluir en él ninguna

bufonería.

HOLOFERNES.- Me he permitido ciertas aliteraciones, lo que arguye facilidad.

La multimatadora princesa ha traspasado y abatido un hermoso ciervo singular.

Unos le llaman sore; mas no es un sore, en tanto no haya sido herido en caza.

Ladran los perros. Añadid una L a sore, y entonces un sore de tres años saldrá de la

espesura.

Gamo, sore o sorel, las gentes lanzan gritos.

Si un sore es un sorel, una L agregada a sore hace cincuenta sores. ¡Oh, desgraciada

L!

Del pobre sore hago cien, adicionándole una L más.

NATANIEL.- ¡Raro talento!

DULL. (Aparte.)- Si el talento es una garra, ved cómo agarra con talento.

HOLOFERNES.- Es un don que poseo, simple, muy simple; un extravagante espíritu

loco, lleno de formas, de figuras, de imágenes, de objetos, de ideas, de percepciones, de

movimientos, de revoluciones: todo ello engendrado en el ventrículo de la memoria,

nutrido en la matriz de la pia mater y dado a luz en la madurez de la ocasión. Pero este

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don es sobre todo agradable para aquellos en quienes el ingenio es agudo, y de esto me

siento sumamente agradecido.

NATANIEL.- Sir, doy por vos las gracias al Señor, y otro tanto pueden hacer mis

feligreses, ya que con tanto aprovechamiento educáis a sus hijos y que sus hijas adelantan

notablemente bajo vuestra dirección. Sois un excelente miembro de la comunidad.

HOLOFERNES.- Mehercle. Si sus hijos están dotados de capacidad, no les faltará

instrucción. Si sus hijas tienen disposiciones, yo les haré que germinen. Mas vir sapit qui

pauca loquitur. Un alma femenina nos saluda.

(Entran JAQUINETA y COSTARD.)

JAQUINETA.- Buenos días os dé Dios, padre cura.

HOLOFERNES.- ¡Padre cura! O uno u otro. Si uno de los dos hubiera de ser padre,

¿quién lo sería?.

COSTARD.- Pardiez, señor maestro de escuela, el cura es padre.

HOLOFERNES.- ¿Que es padre? Excelente chiste, como un diamante en bruto, fuego

bastante para un pedernal, perla suficiente para un basurero. Admirable; está muy bien.

JAQUINETA.- Señor cura, ¿queréis ser tan bueno que me leáis esta carta? Me ha sido

entregada por Costard y remitida por don Armado. (Dándole una carta.) Os lo suplico,

leédmela.

HOLOFERNES.- Fauste, precor, gelida quando pecus omne sub umbra.

Ruminat...

Et coetera! ¡Ah, buen viejo mantuano! De ti puedo decir lo que el viajero de Venecia:

-Venetia, Venetia,

Chi non te vede, non te pretia.

¡Viejo mantuano! ¡Viejo mantuano! Quien no te comprende no te ama. Ut, re, sol, la,

mi, fa. Con perdón, señor, ¿qué contiene esta carta; o más bien, como dice Horacio en

su... ¡Cómo! ¡Por mi alma! ¿Versos?

NATANIEL.- Sí, señor; y muy doctos.

HOLOFERNES.- Recitadme una estrofa, una estancia, un verso. Lege, domine.

NATANIEL (Leyendo.)

Nunca obliga un juramento, si no se hace a la belleza.

Si el amor me hace perjuro, ¿cómo amor puedo jurar?

Aun infiel conmigo mismo, fiel seré a tu gentileza

Mis ideas, que eran robles, mimbres son a mi pesar.

Yo abandono el arduo estudio, y en el libro de tus ojos,

tabernáculos que guardan mil ensueños de placer

Sin buscar otras materias, hallan siempre mis antojos

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ciencia humana, hábil cariño, nuevas cosas que aprender.

Gusta el alma del que ignora, contemplar sin asombrarse;

y yo admiro, y es mi elogio, tus divinas perfecciones.

Igneos rayos son tus ojos, tu voz trueno al enojarse;

y, sin ira, llama célida, dulce lira de áureos sones.

¡Oh, perdona, amor, la audacia que en mis cláusulas encierra!

Voz celeste necesitas, no un acento de la tierra.

HOLOFERNES.- Saltáis el apóstrofo, y perdéis, por tanto, el acento. Permitidme

revisar la cancioneta.- Aquí está observada rigurosamente la cantidad silábica; pero en

cuanto a la elegancia, la facilidad y la cadencia de oro de la poesía, caret. ¡Ovidio Nasón

era el hombre! Y ¿por qué, a decir verdad, se llamaba Nasón, sino porque sabía aspirar

las flores odoríferas de la fantasía, los rasgos de la invención? Imitari no es nada. El

perro imita a su amo, el mono a su guardián, el caballo enjaezado a su jinete. Pero,

damisela virgen, ¿va esto dirigido a vos?

JAQUINETA.- Sí, señor; por cierto monsieur Berowne, uno de los señores de la reina

extranjera.

HOLOFERNES.- Examinemos el sobrescrito. «A la mano, blanca como la nieve, de la

bellísima dama Rosalina.» Veamos todavía el significado de la carta, para conocer la

nominación de la parte escribiente a la persona escrita. «Señora, a las órdenes de Vuestra

Señoría en todo lo que tenga a bien prescribirme, Berowne.» Sir Nataniel, este Berowne

es uno de los que han hecho juramento con el rey; y aquí ha forjado esta carta para una

del cortejo de la reina extranjera, carta que, por casualidad o por vía de adelanto, ha

equivocado la dirección. Deslizaos y partid, querida. Entregad esta carta en las reales

manos de Su Majestad. Puede concernirle en extremo. No te detengas en cumplidos. Te

dispenso de ellos. Adiós.

JAQUINETA.- Buen Costard, acompáñame. Señor, Dios guarde vuestra vida.

COSTARD.- Soy contigo, muchacha.

(Salen COSTARD y JAQUINETA.)

NATANIEL.- Señor, habéis obrado en esto muy religiosamente y en el temor de Dios,

y como dice cierto padre de la Iglesia...

HOLOFERNES.- No me habléis de padre alguno de la Iglesia, señor. Siento horror

por toda perfección perfecta. Pero volviendo a los versos: ¿es que os gustan, sir Nataniel?

NATANIEL.- Se hallan maravillosamente escritos.

HOLOFERNES.- Estoy invitado a comer hoy en casa del padre de un discípulo mío,

donde, si antes de la comida tenéis a bien bendecir la mesa con alguna gracia, podría yo,

gracias al privilegio de que gozo cerca de los padres del susodicho niño o alumno,

35

procuraros un ben venuto. Allí os demostraré que esos versos son muy indoctos, sin sabor

poético, ingenio ni invención. Os suplico vuestra compañía.

NATANIEL.- Y yo os doy las gracias; que la compañía -dice el proverbio- es la

felicidad de la vida.

HOLOFERNES.- Y, ciertamente, el proverbio concluye del modo más infalible. (A

DULL.) Señor, vos también quedáis invitado. No me digáis que no: pauca verba.

¡Adelante! Los caballeros están en su caza y nosotros estaremos en nuestra recreación.

(Salen.)

El mismo lugar

(Entra BEROWNE, con un papel.)

BEROWNE.- El rey está corriendo gamos; yo me estoy cazando a mí mismo. Ellos

han tendido redes; yo me prendo en mi propia liga, una liga que embadurna,

¡Embadurnar! Fea palabra. ¡Bien; reposa, dolor! Dicen que el loco lo ha dicho. Yo, loco

de mí, lo digo también. ¡Admirable deducción, ingenio! ¡Por el Señor! Este amor es tan

furioso como Ayax. Mata a los corderos, y me mata a mí, como cordero que soy.

¡Todavía una admirable deducción del lado mío! ¡Yo no quiero amar! Ahórquenme si

amo. A fe que no he de hacerlo. ¡Oh! A no ser por sus ojos..., ¡por esa luz!; a no ser por

sus ojos, no la amaría. ¡Sí, por sus dos ojos! Bien; no hago en este mundo sino mentir y

mentir por la gola. ¡Viven los cielos! Amo, y el amor me ha enseñado a versificar y a

ponerme melancólico, y he aquí una muestra de mis rimas, he aquí una muestra de mi

melancolía. Bien; ya la he remitido uno de mis sonetos. El rústico lo ha llevado, el loco lo

ha enviado, la dama lo ha recibido. ¡Caro rústico! ¡Loco más caro aún! ¡Carísima dama!

Por el mundo, que no me importaría un alfiler si los otros estuvieran igualmente

enamorados. Aquí llega uno con un papel. ¡Dios le otorgue la gracia de gemir! (Se

encarama a un árbol.)

(Entra EL REY, con un papel.)

EL REY.- ¡Ay de mí!

BEROWNE. (Aparte.).- ¡Tocado, por el cielo! ¡Prosigue, dulce Cupido! Le has

señalado, con tu flecha de cazar gorriones, debajo de la tetilla izquierda. ¡De seguro,

secretos!

EL REY (Leyendo.)

No da el sol con su llama beso tan riente

a la flor mañanera que unge el rocío,

como tus ojos, cuando su rayo hiriente,

brilla a través del iris del llanto mío.

Ni la luna con su aéreo cendal de plata

copia en la onda su mística triste hermosura,

como tu rostro altivo, si se retrata

en el húmedo espejo de mi amargura.

36

Perla que cae, refleja tu faz divina;

y, al rodar, fulge en ella radiosamente

la luz de esa mirada que me fascina,

o el oro de tu tersa pálida frente.

Trovador de tu gloria será mi duelo;

tu dádiva, la risa que me enamora;

tu desdén, acicate de mi desvelo.

¡Oh, reina de las reinas! ¡Hora tras hora

robaré al aire frases que él roba al cielo,

para cantar la pena que me devora!

¿Cómo le haría conocer mi tormento? Voy a dejar caer el papel. ¡Dulces hojas, dad

sombra a mi locura! ¿Quién se acerca? (Se oculta detrás de un árbol.) ¡Cómo!

¡Longaville! ¡Y leyendo! ¡Escucha, oído!

(Entra LONGAVILLE, con un papel.)

BEROWNE (Aparte.).- Bien; ¡he ahí venir un loco más, que se te asemeja!

LONGAVILLE (Aparte.).- ¡Ay de mí! Soy perjuro.

BEROWNE (Aparte.).- En efecto, se acerca llevando papeles como un perjuro.

EL REY (Aparte.).- Se halla enamorado, espero. ¡Feliz compañero de oprobio!

BEROWNE (Aparte.).- Un borracho ama a otro del mismo nombre.

LONGAVILLE (Aparte.).- ¿Soy yo el primero que así se ha hecho perjuro?

BEROWNE (Aparte.).- En cuanto a eso, podría tranquilizarte. Conozco a dos que te

acompañan. Tú completas el triunvirato. Eres la piedra angular de nuestra compañía; una

especie de Tyburn del amor, donde se balancea nuestra necedad.

LONGAVILLE.- Temo que estas incorrectas líneas se hallen faltas de poder para

conmoverla. ¡Oh, dulce María, emperatriz de mi amor! Rasgaré estos versos y te escribiré

en prosa.

BEROWNE (Aparte.).- Oh! Esas rimas son los ribetes de las bragas del travieso

Cupido. No descompongas sus flojos calzones .

LONGAVILLE.- He aquí cómo la abordaré. (Leyendo.)

¿No ha sido la retórica de tu febril mirada

la que incendió en perjurios mi corazón sediento?

Infiel por amor tuyo, la deserción me agrada,

si en homenaje admites mi roto juramento.

Por ti a un amor renuncio; mas ¿quién amar desea

no siendo de tus ojos el resplandor divino?

Su luz, celeste y pálida, destruye al par que crea.

Roto cayó a tus plantas el ídolo mezquino.

37

Bella mujer, que irradias insólita blancura,

sobre la tierra en que arde de amor el alma mía,

mi aliento es el perfume que acariciar procura,

humo de incienso, el mármol de tu hermosura fría.

¿Qué importan mis traiciones, si por traidor diviso

bañado en luz de gloria, tu dulce paraíso?

BEROWNE (Aparte.).- He aquí la obra del hígado, que hace de la carne una

substancia divina y de una joven oca una deidad. ¡Pura, pura idolatría! ¡Dios nos corrija!

¡Dios nos corrija! Desbarramos.

LONGAVILLE.- ¿De quién me valdré para enviar esto?... ¡Gente! Ocultémonos. (Se

esconde.)

BEROWNE (Aparte.).- ¡Orí, orí! ¡Antiguo juego de niños! Como un semidiós sentado

sobre el Olimpo, contemplo cuidadosamente desde las alturas los secretos de estos

malaventurados locos. ¡Más sacos al molino! ¡Oh cielos! Mis aspiraciones se realizan.

(Entra DUMAINE, con un papel.)

¡Dumaine transformado! ¡Cuatro chochas en una fuente!

DUMAINE.- ¡Oh, divinísima Cate!

BEROWNE (Aparte.).-¡Oh, profanísimo mequetrefe!

DUMAINE.- ¡Por los cielos! ¡La maravilla de los ojos mortales!

BEROWNE (Aparte.).- ¡Por la tierra! Es tan sólo una criatura corporal. Por lo tanto,

mientes.

DUMAINE.- ¡Su cabellera de ámbar eclipsa al mismo ámbar!

BEROWNE (Aparte.).- ¡Un cuervo de color ámbar! ¡Cosa singular!

DUMAINE.- ¡Esbelta como el cedro!

BEROWNE (Aparte.).- ¡Cuidado, eh! Tiene las espaldas encinta.

DUMAINE.- ¡Hermosa como el día!

BEROWNE (Aparte.).- Sí, como algunos días en que brilla el sol por su ausencia.

DUMAINE.- ¡Oh, que no se realizaran mis deseos!

LONGAVILLE (Aparte.).- ¡Y los míos!

EL REY (Aparte.).- ¡Y los míos también, Altísimo Señor!

BEROWNE (Aparte.).- ¡Amén, igualmente para los míos! ¿No es éste un hermoso

vocablo?

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DUMAINE.- ¡Quisiera olvidarla; pero enfebrece mi sangre y no me abandona su

recuerdo!

BEROWNE (Aparte.).- ¡Que enfebrece tu sangre! Una sangría podría ofrecérsela

entonces en su cubilete. ¡Dulce equivocación!

DUMAINE.- Leamos una vez más la oda que le he compuesto.

BEROWNE (Aparte.).- Aquilatemos una vez más las diversas variaciones del amor.

DUMAINE (Leyendo.)

Un día, día funesto,

Amor, cuyo mes es mayo,

vió una flor bella en el aire

caprichoso jugueteando.

Entre sus hojas, la brisa,

invisible, se abría paso.

Enfermo, ansiaba el amante

ser en brisa transformado.

Brisa, decía, tus mejillas

triunfan, mas yo no lo alcanzo.

De tus espinas, mi diestra

no separarse ha jurados

Que se hizo la juventud

para coger lo que es bálsamo.

Si me convierto en perjuro,

no me acuses de pecado.

Júpiter, por ti jurara

que Juno era negra, acaso,

y negaría ser Júpiter

por ser mortal a tu lado.

Voy a remitirle esto y alguna cosa más clara, que exprese la dolorosa tortura de mi

sincero amor. ¡Oh! ¡Que el rey, Berowne y Longaville no estuvieran también

enamorados! El mal, sirviendo de ejemplo al mal, borraría de mi frente la tacha de

perjurio, pues nadie es culpable cuando todos desatinan.

LONGAVILLE (Avanzando.).- Dumaine, tu amor no es caritativo cuando desea que

sus tormentos los conlleven los demás. Podéis palidecer; pero yo me ruborizaría de haber

sido sorprendido en una modorra así.

EL REY (Avanzando.).- Entonces, señor, enrojeced; vuestro caso es semejante.

Reprimirle vos es ofenderle dos veces. Vos no amáis a María. Longaville no ha

compuesto un soneto en su honor. Jamás ha cruzado los brazos sobre su pecho para

contener los latidos de su corazón. Yo estaba oculto en esos zarzales; os he oído a los dos

y por los dos he enrojecido. He escuchado vuestros versos culpables, he observado

vuestras facciones, he advertido vuestros suspiros, he comprobado vuestra pasión. ¡Ay!,

decía uno. ¡Por Júpiter!, exclamaba otro. ¡La una tenía los cabellos de oro, la otra los ojos

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de cristal! (A LONGAVILLE.) ¡Vos queríais violar vuestros juramentos por el paraíso!

(A DUMAINE.) ¡Por vuestro amor, Júpiter habría infringido sus votos! ¿Qué dirá

Berowne cuando conozca vuestra deslealtad, tras haber mostrado tanto celo en jurar?

¡Cómo va a despreciaros! ¡Qué ingenio va a derrochar! ¡Qué triunfo el suyo! ¡Cómo ha

de saltar, cómo ha de reír! Por todas las riquezas del mundo no quisiera que supiese de mí

otro tanto.

BEROWNE.- Avancemos ahora, para flagelar la hipocresía. (Descendiendo del

árbol.) ¡Ah, mi querido soberano! Perdóname, te suplico. ¡Buen corazón! ¿Con qué

derecho reprochas a estos gusanos que amen, estando más enamorado que ellos?

Vuestros ojos no son carros radiantes, ni en vuestras lágrimas resplandece cierta princesa.

Vos no querríais ser perjuro, que es cosa aborrecible. ¡Vaya! Ni escribir sonetos, que sólo

se queda para los menestrales. Pero ¿no estáis avergonzado? ¡Muy bien! ¿Todos tres no

os ruborizáis de haber sido así sorprendidos? (A LONGAVILLE.) Vos habéis visto una

paja en el ojo de éste (Por DUMAINE.), y el rey otra en cada uno de los dos. Pero yo he

descubierto la viga que os ciega a los tres. ¡Oh! ¡A qué escena de locura he asistido! ¡Qué

de suspiros, de gemidos, de desesperanzas, de desolaciones! ¡Ay de mí! ¡Con qué

reconcentrada paciencia he estado, para ver un rey transformado en mosquito! ¡Para

contemplar a Hércules dándole al trompo, al profundo Salomón entonando una jiga, a

Néstor jugando a los alfileres con los muchachos y a Timón, el crítico implacable,

distrayéndose con nimias bagatelas! ¿Dónde reposa tu dolor? ¡Oh! ¡Cuéntamelo, querido

Dumaine! Y tú, gentil Longaville, ¿dónde asientas tu pena? ¿Y vos, la vuestra, mi

soberano? ¡Todos heridos en el corazón! ¡Un reconfortante, venga!

EL REY.- Tus bromas son demasiado amargas. ¿De suerte que hemos hecho traición

en presencia tuya?

BEROWNE.- No, soy yo, y, no vosotros, el traicionado a mí mismo. Yo, el hombre

honesto. Yo, que consideraba un pecado infringir un voto. Yo he sido el traicionado por

aceptar como compañeros a hombres como vosotros, a hombres inconstantes. ¿Cuándo se

me ha visto a mí escribir algo en verso, gemir por un marimacho o malgastar un minuto

de mi tiempo en alisar mis plumas? ¿Cuándo habéis oído decir que he hecho el elogio de

una mano, de un pie, de una cara, de unos ojos, de un modo de andar, de una actitud, de

una frente, de unos pechos, de un talle, de una pierna o de un miembro?

EL REY.- ¡Basta! ¿A qué correr tan aprisa? ¿Es un hombre honrado, o es un salteador

el que galopa así?

BEROWNE.- ¡Huyo del amor! Ilustre enamorado, déjame correr.

(Entran JAQUINETA y COSTARD.)

JAQUINETA.- ¡Dios bendiga al rey!

EL REY.- ¿Qué presente nos traes?

COSTARD.- Una traición cierta.

EL REY.- ¿Qué viene a hacer aquí la traición?

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COSTARD.- Nada, no viene a hacer nada, señor.

EL REY.- Entonces, la traición y vos podéis iros en paz.

JAQUINETA.- Suplico a Vuestra Gracia tenga a bien leer esta carta. Nuestro párroco

sospecha de ella. Asegura que envuelve traición.

EL REY.- Leedla, Berowne. (Dándole la carta.) ¿De quien la has recibido?

JAQUINETA.- De Costard.

EL REY (A COSTARD.).- ¿Y tú?

COSTARD.- De Dun Adramadio, Dun Adramadio.

(BEROWNE rasga la carta.)

EL REY.- ¿Qué es eso? ¿Qué hacéis? ¿Por qué rasgáis esa carta?

BEROWNE.- Es una tontería, mi soberano, una tontería. No se inquiete por ello

Vuestra Gracia.

LONGAVILLE.- Le ha emocionado demasiado para que no intentemos leerla.

DUMAINE (Juntando los pedazos de la carta.).- La letra es de Berowne, y aquí está

su firma.

BEROWNE (A COSTARD.).- ¡Ah, zopenco hideputa! ¡Has nacido para consumar mi

vergüenza! Soy culpable, señor; soy culpable; lo confieso, lo confieso.

EL REY.- ¿Qué?

BEROWNE.- Que siendo tres los insensatos, sólo faltaba yo para la mesa completa.

Este, ése, aquél y vos, mi soberano, y yo, todos somos cortabolsas del amor y merecemos

morir. ¡Oh! Alejad este auditorio y seré más explícito.

DUMAINE.- Ahora el número es par.

BEROWNE.- En efecto, en efecto; somos cuatro.

EL REY.- ¡Fuera vosotros! ¡Salid!

COSTARD.- Que las gentes honradas formen rancho aparte y abandonen a los

traidores.

(Salen COSTARD y JAQUINETA.)

BEROWNE.- ¡Queridos señores, queridos señores! ¡Oh! Abracémonos. Somos tan

fieles como pueden serlo la carne y la sangre. La mar tendrá siempre flujo y reflujo, el sol

mostrará su cara; la sangre ardiente no puede obedecer los preceptos de la vejez. No

podemos suprimir la causa por que hemos nacido. ¡Era de toda necesidad que fuéramos

perjuros!

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EL REY.- ¡Cómo! ¿Esas líneas que acabas de rasgar atestiguaban algún amor por tu

parte?

BEROWNE.- ¿Y lo preguntáis? ¿Quién podría ver a la celestial Rosalina sin, como el

indio rudo y salvaje ante el primer rayo de sol de la espléndida aurora, inclinar la cabeza

en señal de vasallaje, y ciego de deslumbramiento, besar la indigna tierra con el corazón

rendido? ¿Qué ojos de águila dominadores, con vista resistente para mirar el sol, osarían

contemplar el cielo de su frente, sin quedar cegados por su majestad?

EL REY.- ¿Qué celo, qué furor te inspiran ahora? Mi amada, señora de la tuya, es una

luna, llena de gracia, en tanto Rosalina no es más que un astro que gravita en torno y

cuyo resplandor apenas es visible.

BEROWNE.- ¡Mi S ojos, entonces, no son ojos, ni yo soy Berowne! ¡Oh! Si no fuera

para esclarecer a mi amada, el día se cambiaría en noche. Los más exquisitos matices de

excelencia suprema se han dado cita en sus lindas mejillas, donde diversos atractivos

forman un solo portento y donde nada falta de lo que el deseo pueda apetecer. Prestadme

el lenguaje florido de todos los idiomas sonoros... ¡Fuera, retórica afectada! ¡Oh! Ella no

la necesita. Las alabanzas de los mercaderes no convienen sino a las cosas por vender.

Ella está por encima de toda alabanza y, por consiguiente, los elogios demasiado sucintos

la empañarían. Un eremita cubierto de arrugas, estropeado por cien inviernos,

rejuvenecería cincuenta años contemplando su rostro. Su belleza reanima al anciano, y,

como si acabara de nacer, da a su edad provecta la infancia de la cuna. ¡Oh! ¡Es el sol

que alumbra a todas las cosas!

EL REY.- ¡Por el cielo, tu amada es tan negra como el ébano!

BEROWNE.- ¿Es que el ébano se le parece? ¡Oh madera divina! ¡Una mujer tallada

en esta madera sería la felicidad! ¡Oh! ¿Quién puede recibir un juramento? ¿Dónde hay

una Biblia? ¡Que jure que la hermosura carece de hermosura si no toma las miradas de

sus ojos, y que ninguna cara es hermosa si no es morena como la suya.

EL REY.- ¡Oh paradoja! Lo negro es atributo del infierno, el color de las mazmorras,

el ceño sombrío de la noche, y la hermosura debe parecerse a la diurna claridad.

BEROWNE.- Los demonios, para tentarnos más pronto, preséntanse bajo la

apariencia de ángeles de luz. ¡Oh! Si la frente morena de mi dama se viste de obscuro, es

porque está de duelo al ver los afeites y usurpados cabellos seducir a los enamorados con

fingidos disfraces. ¡Ella ha venido al mundo para decidir que la belleza sea morena! ¡Sus

atractivos cambiarán la moda del día! ¡Los colores naturales pasarán ahora por postizos,

y el sonrosado, evitando la afrenta del desdén, se teñirá de negro para imitar su cutis!

DUMAINE.- ¡Por asemejarse a ella son negros los deshollinadores!

LONGAVILLE.- ¡Como que, desde su nacimiento, los carboneros pasan por

hermosos!

EL REY.- ¡Y los etíopes se jactan de la finura de tu tez!

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DUMAINE.- ¡La obscuridad no necesita ya candelas, porque lo obscuro es la luz!

BEROWNE.- Vuestras amadas no se atreverían a salir en tiempo de lluvia, por miedo

a quedar lavadas y despintarse sus colores.

EL REY.- La vuestra debía escoger ese tiempo, pues siguiendo vuestra deducción, yo

mismo tendría una cara más bella de no haberme lavado hoy.

BEROWNE.- Sostendré su hermosura, aunque tuviera que estar hablando hasta el día

del juicio.

EL REY.- No hallarás en ese día demonio más espantable que ella.

DUMAINE.- Nunca he visto a un hombre pregonar hasta ese extremo una mala

mercancía.

LONGAVILLE (Enseñando su calzado.).- Mira, he aquí a tu amor. Compara mi pie y

su rostro.

BEROWNE.- ¡Oh! Si las calles estuvieran empedradas con tus ojos, sus pies serían lo

bastante delicados para no dejar huellas.

DUMAINE.- ¡Oh infeliz! Si hollase tal pavimento, las calles reflejarían todo, como si

ella marchara con los pies en alto.

EL REY.- Pero ¿a qué seguir? ¿No estamos todos enamorados?

BEROWNE.- Nada más cierto, y, por consiguiente, todos somos perjuros.

EL REY.- Entonces dejemos la charla; y tú, querido Berowne, demuéstranos ahora

que nuestro amor es legítimo y que no hemos quebrantado nuestra fe.

DUMAINE.- Eso es; ve el modo de excusar nuestra falta.

LONGAVILLE.- ¡Oh! Alega algún argumento que nos permita proseguir; alguna

ingeniosidad, algún subterfugio, con ayuda de los cuales podamos embaucar al mismo

diablo.

DUMAINE.- ¡Algún remedio al perjurio!

BEROWNE.- ¡Oh! Tenemos más de lo que necesitamos. Atención, pues, soldados del

amor. Considerad primeramente lo que debíais hacer. ¡Ayunar, estudiar y no ver mujeres!

Traición inmensa contra el real Estado de la juventud. Decidme: ¿podéis ayunar?

Vuestros estómagos son demasiado mozos, y la abstinencia engendra enfermedades.

Cuando jurasteis entregaros al estudio, cada uno de vosotros, señores, abjuró de su libro.

¿Os halláis en disposición de soñar siempre, de investigar siempre, de reflexionar en todo

momento? Pues entonces, ¿os sería dado a vos, señor, o a vos, o a vos, descubrir los

fundamentos de la excelencia del estudio sin la hermosura de un rostro de mujer? De los

ojos de las mujeres obtengo esta doctrina. Ellas son la base, los libros, las academias de

donde brota el verdadero fuego de Prometeo. El trabajo durante largo tiempo sostenido,

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aprisiona las energías ágiles en las arterias, como el constante ajetreo y la acción de una

marcha prolongada fatigan el vigor nervioso del viajero. Ahora, al jurar no ver el rostro

de mujer alguna, habéis abjurado del uso de los ojos e incluso del estudio, que era el

objeto más serio de vuestro juramento. Porque ¿existe en el mundo un autor capaz de

enseñar la belleza como los ojos de una mujer? La ciencia no es más que un aditamento

de nuestra individualidad. Allí donde estamos, nuestra ciencia reside también. Pues

cuando nos conternplamos en los ojos de una mujer, ¿no vemos en ellos, asimismo,

nuestra ciencia? ¡Oh! Hemos hecho voto de estudiar, señores, y por el mismo voto hemos

repudiado nuestros verdaderos libros. Porque ¿cuándo, soberano mío, o vos, o vos, habéis

hallado nunca en la meditación fría las ardientes estrofas con que os han enriquecido, a

fuer de maestros, los incitantes ojos de una beldad? Las restantes disciplinas serias

permanecen del todo inactivas en el cerebro, y estérilmente prácticas, apenas recogen

cosecha de su duro trabajo. Mientras que el amor, aprendido primero en los ojos de una

dama, no sólo no vive encerrado en el cerebro, sino que, con la movilidad de todos los

elementos, se propaga tan rápidamente como el pensamiento en cada una de nuestras

facultades y las infunde un doble poder, multiplicando sus funciones y sus oficios. Añade

a los ojos una segunda vista de valor inestimable. Los ojos de un enamorado penetran

más que los del águila; sus oídos perciben el murmullo más ligero, que escapa al oído

receloso del ladrón; su tacto es más fino, más sensible que las tiernas antenas del caracol

en su concha en espiral; su lengua, más refinada que la del goloso Baco. Y en cuanto a su

valor, ¿no es Amor un Hércules, encaramándose de continuo a los árboles de las

Hespérides? Sutil como una esfinge; tan acariciador y musical como el laúd del brillante

Apolo, que tiene por cuerdas sus cabellos. Cuando habla el Amor, enmudecen todos los

dioses para escuchar la armonía de su voz. Jamás poeta alguno osó tomar la pluma para

escribir, antes que a su tinta se mezclasen las lágrimas del Amor. ¡Oh! Entonces es

cuando sus cánticos embelesan los oídos más duros e infunden a los tiranos una dulce

humildad. Tal es la doctrina que extraigo de los ojos de las mujeres, que centellean

siempre como el fuego de Prometeo. Ellas son los libros, las artes, las academias; que

enseñan, contienen y nutren al universo entero. Sin ellas nadie puede sobresalir en nada.

Por eso erais unos insensatos al abjurar de las mujeres, y lo seríais más aun si

mantuvierais vuestro juramento. En nombre de la sabiduría, palabra que todos aman; en

nombre del amor, vocablo que a todos gusta; en nombre de los hombres, autores de las

mujeres; en nombre de las mujeres, por quienes han sido engendrados los hombres,

olvidemos una vez más nuestros juramentos para acordarnos de nosotros mismos, si no

queremos olvidarnos, guardando nuestros votos. La religión pide que perjuremos de esta

suerte.La caridad colma la ley. Y ¿quién podría separar el amor de la caridad?

EL REY.- ¡Por San Cupido, pues! ¡Soldados, al campo de batalla!

BEROWNE.- ¡Avancemos los estandartes, señores! ¡Y ¡sus! a nuestros adversarios!

¡Sembremos el desorden y abajo con ellos! ¡Pero en el conflicto, tengamos antes buen

cuidado de evitar su sol!

LONGAVILLE.- Hablemos ahora razonablemente. Dejemos a un lado las glosas.

¿Estamos decididos a galantear a esas hijas de Francia?

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EL REY.- Y a conquistarlas también. Por consiguiente, es preciso imaginar algo que

las distraiga en sus tiendas.

BEROWNE.- Primero conduzcámoslas desde el parque hasta allá. En seguida, durante

el camino, tome cada uno la mano de su bella adorada. A la tarde inventaremos alguna

diversión interesante para su regocijo, de las que nos permita la brevedad del tiempo; que

las galas, los bailes, las mascaradas y las horas alegres, precursores del bello Amor,

riegan su camino de flores.

EL REY.- ¡Adelante! ¡Adelante! No perdamos un tiempo que debemos aprovechar.

BEROWNE.- Allons! Allons! El que siembra cizaña no coge trigo, y la justicia

equilibra siempre con medida igual. Las mujeres veleidosas pueden ser un azote para los

hombres perjuros. Si eso sucede, nuestro cobre no adquirirá mejor tesoro. (Salen.)

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