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Mucho ruido y pocas nueces obra completa - Parte 2

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Acto tercero

Escena I

Jardín de Leonato.

Entran HERO, MARGARITA y ÚRSULA.

HERO.—Buena Margarita, ve al recibimiento; allí hallarás a mi prima Beatriz

conversando con el príncipe y con Claudio. Háblale al oído y dile que Úrsula y yo

paseamos por el jardín y que ella sola es el tema de nuestra charla. Añade que

nos has sorprendido y aconséjala que se oculte en la enramada tupida, donde las

madreselvas, maduradas por el sol, impiden que éste penetre, semejantes a los

favoritos encumbrados por los príncipes, que oponen su orgullo contra el poder

que los creara. Allí se esconderá para escuchar nuestra conversación. Éste es el

encargo que te confío. Cúmplelo bien y déjanos solas.

MARGARITA.—Enseguida vendrá, os lo aseguro.

HERO.—Ahora, Úrsula; cuando llegue Beatriz, discurriremos arriba y abajo por

esta calle de árboles y nuestra charla recaerá tan sólo en Benedicto. Cuantas

veces pronuncie yo su nombre, cuida por tu parte de elogiarle a un extremo que

jamás hombre alguno haya merecido. Mi charla contigo se ceñirá a cómo

Benedicto está enfermo de amor por Beatriz. De esta sustancia se forja la flecha

del astuto y diminuto Cupido, que sólo hiere de oídas.

Entra BEATRIZ, por el fondo.

Comencemos ya; porque mira por donde viene Beatriz, deslizándose pegada al

suelo, como un avefría, para oír nuestra conferencia.

ÚRSULA.—Lo más entretenido de la pesca es ver al pez con sus remos de oro

cortar la onda de plata y tragar ávidamente el pérfido anzuelo. Pesquemos así a

Beatriz, que ahora se oculta en la cobertura de la madreselva. No temáis por mi

papel en el diálogo.

HERO.—Acerquémonos, pues, a ella; que sus oídos no pierdan nada del cebo

dulce e hipócrita que le arrojamos. (Avanzan hacia la enramada.) No, por cierto,

Úrsula; ella es demasiado desdeñosa. Conozco su carácter, tan fiero y esquivo

como los halcones montanos que habitan en las rocas.

 

ÚRSULA.—Pero, ¿estáis segura de que Benedicto ama tan ardorosamente a

Beatriz?

HERO.—Así lo dicen el príncipe y mi prometido.

ÚRSULA.—¿Y os han encargado de que la informéis de ello, señora?

HERO.—Me han rogado que se lo participe; pero yo les he contestado que, si

estiman a Benedicto, le insten a que luche contra ese afecto y no se lo haga

saber nunca a Beatriz.

ÚRSULA.—¿Por qué? ¿No es ese caballero merecedor de compartir un tálamo

tan digno como aquel en que Beatriz pueda nunca reposar?

HERO.—¡Oh dios del amor! Bien sé que merece cuanto pueda otorgarse a un

hombre; pero jamás formó la naturaleza un corazón femenino de materia más

dura que el de Beatriz. En sus ojos cabalga chispeante el desdén y la mofa, que

desprecian cuanto contemplan; y cotiza su propia discreción a precio tan alto,

que, fuera de ella, nada tiene valor. No puede amar ni concebir forma ni proyecto

alguno afectuoso; tan engreída está.

ÚRSULA.—Cierto. Yo pienso lo mismo. Y en estas condiciones seguramente no

sería bueno que conociera su amor, no sea que se burle de él.

HERO.—En efecto, decís verdad. Jamás he visto hombre, por sabio, por joven,

noble o de raras facciones que fuere, a quien no haya dispensado mala acogida.

Si es rubio, jura que el caballero podría pasar por su hermana. Si es moreno,

¡bah!, la naturaleza, tomando el dibujo de una estantigua, formó una sucia

mancha. Si alto, una lanza con la punta torcida. Si bajo, un ágata mal tallada. Si

habla es entonces una veleta que gira a todos los vientos. Si calla, un tronco que

nadie mueve. Así ve la parte mala de cada uno, y no concede nunca a la verdad y

a la virtud lo que compete a la sencillez y al mérito.

ÚRSULA.—Indudablemente, indudablemente, semejante censura no es

recomendable.

HERO.—No, no puede ser recomendable mostrarse tan singular e intransigente

como Beatriz. Mas, ¿quién osaría decírselo? Si yo intentara hablarle, se burlaría

de mí a tono. ¡Oh! Se reiría de mí hasta hacerme perder el seso; me aplastaría de

muerte con su agudeza. Consúmase, pues, en suspiros Benedicto, como

rescoldo que se extingue interiormente. Mejor es la muerte a morir bajo

sarcasmos; lo que sería tan terrible como morir de cosquillas.

ÚRSULA.—Decídselo, no obstante; a ver qué contesta.

HERO.—No; antes iré a avisar a Benedicto y aconsejarle que combata contra su

pasión. Y, por cierto, inventaré, si es necesario, cualquier honesta calumnia que

moleste a mi prima. No se sabe hasta qué punto puede emponzoñar el amor una

palabra adversa.

 

ÚRSULA.—¡Oh! No inflijáis semejante agravio a vuestra prima. No puede hallarse

tan falta de buen criterio —poseyendo la vivacidad y agudeza de juicio que se le

reconoce— para rechazar a un caballero tan extraordinario como el signior

Benedicto.

HERO.—Es el hombre más singular de Italia, exceptuando siempre a mi amado

Claudio.

ÚRSULA.—Os ruego no me riñáis, señora, si expongo mi parecer. El signior

Benedicto, por su garbo, sus maneras, su cordura y su valor, es reputado el

primero en toda Italia.

HERO.—En efecto, goza de una excelente reputación.

ÚRSULA.—Excelencia que había adquirido antes de tenerla. ¿Cuándo os casáis,

señora?

HERO.—Pues cualquier día de éstos; mañana. Vamos adentro. Te enseñaré

algunas galas y me aconsejarás cuál es la mejor para ataviarme mañana.

ÚRSULA.—Ha caído en la liga, os lo garantizo. La hemos cazado, señora.

HERO.—Si es así, se ama entonces por azar. Cupido da muerte a unos con

flechas y a otros con redes. (Salen HERO y ÚRSULA.)

BEATRIZ.—(Avanzando.) ¡Cómo me zumban los oídos! ¿Será posible? ¿Se me

censura de tal manera por mi orgullo y desdén? ¡Adiós, desprecio! ¡Orgullo

virginal, adiós! Ninguna gloria hay que esperar de vosotros. Y tú, Benedicto, sigue

amando. Yo te corresponderé, domando mi corazón salvaje al amor de tu mano.

Si me amas, mi ternura te incitará a unir nuestros amores en un santo lazo, pues

los demás reconocen que lo mereces, y yo lo creo mejor por mí que por

referencias. (Sale.)

Escena II

Aposento en la casa de Leonato.

Entran DON PEDRO, CLAUDIO, BENEDICTO y LEONATO.

DON PEDRO.—Permanezco sólo hasta que se realice vuestra boda y después

parto hacia Aragón.

CLAUDIO.—Os acompañaré hasta allí, señor, si me lo permitís.

DON PEDRO.—No; sería tanto como empeñar el nuevo brillo de vuestro

matrimonio, trataros como a un niño a quien se le enseñara su vestido nuevo y se

le prohibiera el usarlo. Me atreveré sólo a solicitar la compañía de Benedicto, que

desde la coronilla hasta la punta de sus pies es todo alegría. Dos o tres veces

cortado la cuerda del arco de Cupido y el pequeño verdugo no osa ya tirar contra

él. Tiene un corazón tan sonoro como una campana y su lengua es el badajo,

 

pues lo que piensa su corazón su lengua lo pronuncia.

BENEDICTO.—No soy el que era, galanes.

LEONATO.—Eso digo yo; me parece que estáis triste.

CLAUDIO.—Sospecho que está enamorado.

DON PEDRO.—¡A la horca, renegado! No hay en él una sola gota de sangre

capaz de sentir lealmente los efectos del amor. Si está triste es que carece de

dinero.

BENEDICTO.—Me duele una muela.

DON PEDRO.—Sácatela.

CLAUDIO.—Que se ahorque.

LEONATO.—Ahorcarla primero y sacárosla después.

DON PEDRO.—¡Cómo! ¿Suspirar por un dolor de muelas?

LEONATO.—¿Es otra cosa sino un flujo o gusanillo?

BENEDICTO.—Bien; todo el mundo sabe dominar el mal, menos el que lo

padece.

CLAUDIO.—No obstante, digo que está enamorado.

DON PEDRO.—No se advierte en él rareza alguna, a no ser el capricho de

disfrazarse con trajes extraños; como hoy de holandés, mañana de francés, o a la

usanza de dos naciones a un tiempo, a saber, de alemán de cintura para abajo,

todo gregüescos, y de español de cintura para arriba, ropilla no más. A no ser que

le dé el capricho por esta locura, como parece que le da, no está loco por otro

capricho, como queréis suponer.

CLAUDIO.—Si no está enamorado de alguna mujer, no hay que dar crédito a

signos antiguos. Se cepilla el sombrero por la mañana. ¿Qué indica eso?

DON PEDRO.—¿Le ha visto alguien en casa del barbero?

CLAUDIO.—No, pero se le ha visto con el oficial del barbero, y el antiguo adorno

de sus mejillas ha servido ya para rellenar pelotas.

LEONATO.—En efecto, tiene cara de más joven desde que ha perdido la barba.

DON PEDRO.—Y además se perfuma con algalia. ¿Deducís algo de este olor?

CLAUDIO.—Equivale a decir que el perfumado mancebo está enamorado.

 

DON PEDRO.—La mejor prueba de ello es su melancolía.

CLAUDIO.—¿Y cuándo había acostumbrado a lavarse la cara?

DON PEDRO.—Justamente, ¿y a acicalarse? Por lo cual ya he oído lo que dicen

de él.

CLAUDIO.—No, es su espíritu chancero, que se ha deslizado ahora por entre las

cuerdas de un laúd y se deja regir ya por las clavijas.

DON PEDRO.—En verdad, eso revela en él una historia grave. Concluyamos,

concluyamos: está enamorado.

CLAUDIO.—Por cierto, sólo yo sé quién le ama.

DON PEDRO.—Es lo que yo también quisiera saber. Os aseguro que se trata de

alguna persona que no le conoce.

CLAUDIO.—Ya lo creo, y todas sus malas cualidades; y, a pesar de todo, se

muere por él.

DON PEDRO.—Habrá que enterrarla cara al cielo.

BENEDICTO.—En todo eso, no obstante, no hallo ensalmo para el dolor de

muelas. Venerable señor, daos un paseo a solas conmigo. He estudiado ocho o

nueve palabras sensatas que es menester os diga, y que no tienen por qué oír

estos estafermos. (Salen BENEDICTO y LEONATO.)

DON PEDRO.—Por vida mía, a manifestarse va con él respecto de Beatriz.

CLAUDIO.—Exactamente, Hero y Margarita habrán representado sus papeles

con Beatriz, y ya no se morderán una a otra las dos fieras cuando se encuentren.

Entra DON JUAN.

DON JUAN.—Mi señor y hermano, Dios os guarde.

DON PEDRO.—Buenas tardes, hermano.

DON JUAN.—Quisiera hablar con vos, si disponéis de tiempo.

DON PEDRO.—¿A solas?

DON JUAN.—Si os place; sin embargo, el conde Claudio puede escuchar, pues

lo que he de deciros le concierne.

DON PEDRO.—¿De qué se trata?

DON JUAN.—(A CLAUDIO.) ¿Piensa casarse mañana vuestra señoría?

 

DON PEDRO.—Ya sabéis que sí.

DON JUAN.—No sé si se casará o no, cuando sepa lo que yo sé.

CLAUDIO.—Si hubiese algún impedimento, os suplico que lo manifestéis.

DON JUAN.—Quizá creáis que no os estimo; eso se aclarará luego, y tendréis

mejor opinión de mí en vista de lo que voy ahora a descubriros. Por lo que hace a

mi hermano, pienso que os considera mucho, y por afecto de corazón ha

contribuido a efectuar vuestro enlace. Cortejo, a la verdad, mal entendido y

trabajo mal empleado.

DON PEDRO.—Pero, ¿qué sucede?

DON JUAN.—Vengo aquí a deciros, y abreviaré pormenores —pues ella hace

bastante tiempo que anda en lenguas de todos—, que la dama es desleal.

CLAUDIO.—¿Quién? ¿Hero?

DON JUAN.—La misma. Hero, la hija de Leonato; vuestra Hero, la Hero de todo

el mundo.

CLAUDIO.—¿Desleal?

DON JUAN.—La palabra es demasiado suave para pintar su maldad. Puedo decir

que es peor; buscad un calificativo peor, y sabré justificarlo. No os admire hasta

tener mayor garantía; si no, venid esta noche conmigo, y veréis escalar la

ventana de su aposento en la noche víspera del día de su boda. Si la podéis

amar entonces, casaos mañana con ella; empero convendría más a vuestro

honor cambiar de intento.

CLAUDIO.—¿Puede ser tal cosa?

DON JUAN.—Si no os atrevéis a dar crédito a lo que veáis, no confeséis que lo

habéis visto. Si queréis seguidme, os mostraré lo suficiente, y cuando veáis y

oigáis más, obrad en consecuencia.

CLAUDIO.—¡Si viese esta noche cosa alguna por la cual no deba casarme con

ella mañana, la avergonzaré en la congregación donde hubiera de desposarme!

DON PEDRO.—Y así como la cortejé en tu nombre para obtenerla, me uniré

contigo para confundirla.

DON JUAN.—No la desdoraré más hasta que seáis testigos de lo que he

anticipado. Conservad la serenidad siquiera hasta la medianoche, y dejad que el

caso se aclare por sí mismo.

DON PEDRO.—¡Oh día aciagamente tornado!

 

CLAUDIO.—¡Oh desgracia extrañamente sobrevenida!

DON JUAN.—¡Oh calamidad a tiempo evitada!

Así os expresaréis cuando hayáis visto el resultado.(Salen.)

Escena III

Una calle.

Entran DOGBERRY y VERGES, con la ronda.

DOGBERRY.—¿Sois gente honrada y fiel?

VERGES.—Sí, pues de lo contrario sería lástima que no sufrieran eterna

salvación en cuerpo y alma.

DOGBERRY.—No, que eso sería un castigo demasiado benigno para ellos, si

tuvieran tan sólo un átomo de lealtad, puesto que han sido elegidos para la ronda

del príncipe.

VERGES.—Está bien; dadles la consigna, vecino Dogberry.

DOGBERRY.—En primer lugar, ¿quién creéis que es el más incapacitado para

hacer de alguacil?

GUARDIA PRIMERO.—Hugo Oatcake o Jorge Seacoal, señor, pues saben leer y

escribir.

DOGBERRY.—Venid acá, vecino Seacoal. Dios os ha favorecido con un buen

nombre. Ser un hombre guapo es un don de la fortuna, pero saber leer y escribir

depende de la naturaleza.

GUARDIA SEGUNDO.—Cosas ambas, maese alguacil...

DOGBERRY.—Que poseéis vos. Sabía que iba a ser ésa vuestra respuesta. Está

bien. En lo que concierne a ser un hombre guapo, ¡bah!, señor, dadle a Dios las

gracias y no os envanezcáis; y respecto de vuestra lectura y escritura, mostradlas

cuando no haya necesidad de vanidad semejante. Pasáis aquí por el hombre

más insensato y el más a propósito para alguacil de la ronda. Cargad, pues, con

la linterna. Ésta es vuestra consigna: «Comprenderéis» a todos los vagabundos y

mandaréis a todo el mundo que se tenga, en nombre del príncipe.

GUARDIA PRIMERO.—¡Ah! ¿Y si hay quien no se quiere tener?

DOGBERRY.—Bien. Entonces no os ocupéis de él, sino dejadle partir; e

inmediatamente llamad a los demás de la ronda, y agradeced a Dios el haberos

desembarazado de un bellaco.

VERGES.—Si no quiere tenerse al serle mandado no es súbdito del príncipe.

 

DOGBERRY.—Cierto, y ellos no han de meterse sino con los súbditos del

príncipe. Y no armaréis ruido en las calles, pues ronda que chacharea y habla es

cosa «tolerable» y que no se puede sufrir.

GUARDIA SEGUNDO.—Más bien habremos de dormir que charlar; sabemos lo

que concierne a una ronda.

DOGBERRY.—Vaya, habláis como un guardia veterano y tranquilísimo, pues no

veo en qué pueda ofender el dormir. Solamente debéis tener cuidado con que no

os roben los chuzos. Bien; llamad en todas las cervecerías y mandad a los que

estén borrachos que se retiren a la cama.

GUARDIA PRIMERO.—¿Y si no quieren?

DOGBERRY.—Pues, en ese caso, dejadles tranquilos hasta que se despejen. Si

entonces no os dan mejor contestación, podéis decir que les tomasteis por

quienes no eran.

GUARDIA PRIMERO.—Está bien, señor.

DOGBERRY.—Si os encontráis con un ladrón, podéis sospechar, por razón de

vuestro cargo, que no es una persona honrada; y en cuanto a semejante especie

de hombres, cuanto menos tratéis u os metáis con ellos, tanto más ganará, por

cierto, vuestra reputación.

GUARDIA SEGUNDO.—Si nos consta que es un ladrón, ¿no le echaremos

mano?

DOGBERRY.—Verdaderamente, podéis, en virtud de vuestro oficio; pero opino

que quienes tocan la pez suelen mancharse. El procedimiento más pacífico, si

topáis con un ladrón, es dejarle que se conduzca como quien es y que se

abstenga de vuestra compañía.

VERGES.—Siempre habéis pasado por hombre misericordioso, compañero.

DOGBERRY.—A decir verdad, no quisiera voluntariamente ahorcar a un perro;

mucho menos a un hombre que no tiene honradez alguna.

VERGES.—Si oyerais gritar a un niño en la noche, debéis llamar a la nodriza y

ordenarla que le haga callar.

GUARDIA SEGUNDO.—¿Y si la nodriza está durmiendo y no quiere oírnos?

DOGBERRY.—Pues entonces marchaos en paz y dejad que el niño la despierte

con sus chillidos, pues la oveja que no atiende al cordero cuando bala, no

responderá al ternero cuando muja.

VERGES.—Es muy cierto.

 

DOGBERRY.—He aquí el fin de la consigna. Vos, alguacil, representáis al mismo

príncipe en persona. Si tropezáis con él de noche, podéis detenerle.

VERGES.—No, por la Virgen; yo creo que no puede.

DOGBERRY.—Apuesto cinco chelines contra uno, con cualquiera que conozca

los estatutos, a que puede detenerle. Claro está, ¡pardiez!, que no ha de ser sin la

anuencia del príncipe, porque, en verdad, la ronda no debe ofender a nadie, y es

ofensa detener a un hombre contra su voluntad.

VERGES.—Por la Virgen, que ésa es mi opinión.

DOGBERRY.—¡Ja, ja, ja! Vaya, maeses, buenas noches. Si ocurre algo grave,

llamadme a mí. Guardad el secreto de vuestros camaradas y los vuestros

propios, y buenas noches. Vamos, vecino.

GUARDIA SEGUNDO.—Conque, maeses, ya habéis oído la consigna. Vamos a

sentarnos en el poyo de la iglesia hasta las dos, y después a la cama.

DOGBERRY.—Una palabra más, honrados vecinos. Os ruego que rondéis la

puerta del signior Leonato, pues celebrándose allí boda mañana, hay gran bullicio

esta noche. Adiós; estad «vigitantes», os suplico. (Salen DOGBERRY y

VERGES.)

Entran BORACHIO y CONRADO.

BORACHIO.—¡Qué hay! ¡Conrado!

GUARDIA PRIMERO.—(Aparte.) ¡Silencio! ¡No os mováis!

BORACHIO.—¡Conrado, digo!

CONRADO.—Aquí estoy, hombre, pegado a tu codo.

BORACHIO.—Por la misa, y que sentí comezón en él. Pensé que iba a salirme

un compañero sarnoso.

CONRADO.—Ya te contestaré de manera adecuada a eso; y ahora, prosigue con

tu relato.

BORACHIO.—Apártate aprisa bajo este cobertizo, que empieza a lloviznar, y,

como un verdadero borracho, te lo contaré todo.

GUARDIA PRIMERO.—(Aparte.) Alguna traición, maeses. No os mováis aún.

BORACHIO.—Has de saber, pues, que he obtenido mil ducados de don Juan.

CONRADO.—¿Es posible que infamia alguna se venda tan cara?

 

BORACHIO.—Mejor harías en preguntar si es posible que infame alguno sea tan

rico; pero cuando los infames ricos tienen necesidad de los infames pobres, los

pobres pueden reclamar el precio que quieran.

CONRADO.—Me asombro de ello.

BORACHIO.—Eso muestra que no estás iniciado. Ya sabes que la moda de una

ropilla, de un sombrero o de una capa nada hacen al hombre.

CONRADO.—Sí, componen su traje.

BORACHIO.—Me refiero a la moda.

CONRADO.—En efecto, la moda es la moda.

BORACHIO.—¡Quita allá! Eso es tanto como decir que un necio es un necio.

Pero, ¿no ves la moda, qué pícaro deforme es?

GUARDIA PRIMERO.—(Aparte.) Conozco a ese Deforme, un pícaro ladrón que

merodea por ahí hace siete años, y va vestido de caballero. Recuerdo su nombre.

BORACHIO.—¿No has oído a alguien?

CONRADO.—No, era la veleta de esa casa.

BORACHIO.—¿No ves, te decía, qué pícaro deforme es esa moda? ¡Qué

vertiginosamente trastorna a cuantos tienen la sangre caliente desde los catorce

a los treinta y cinco años! A veces los disfraza a manera de soldados de Faraón

en un lienzo ahumado; otras veces los viste como sacerdotes del dios Baal en las

vidrieras de los antiguos templos; a menudo los atavía a semejanza del Hércules

cercenado de las tapicerías apolilladas y mugrientas, donde su miembro aparece

tan gordo como su maza.

CONRADO.—Veo todo eso, y veo también que la moda gasta más ropa que el

hombre. Pero tú mismo, ¿no tienes la cabeza trastornada por la moda, pues te

apartas del relato que ibas a contarme, para divagar con ella?

BORACHIO.—No, de ningún modo. Sabe, pues, que esta noche he cortejado a

Margarita, la doncella de la señora Hero, llamándola Hero. Asomada a la ventana

del aposento de su señorita, me ha dado mil veces las buenas noches... Pero te

cuento con torpeza la historia... He debido comenzar diciéndote cómo el príncipe,

Claudio y mi amo, apostados, colocados y advertidos por mi amo don Juan,

presenciaron desde lejos en el jardín esta cita amorosa.

CONRADO.—¿Y creyeron que Margarita era Hero?

BORACHIO.—Dos de ellos lo creyeron; pero el diablo de mi amo sabía que era

Margarita; y en parte por los juramentos con que los había ya embaucado, en

parte por la oscuridad de la noche, que los ofuscó; pero sobre todo por mi villanía,

que confirmó cierta calumnia inventada por don Juan, lo cierto es que Claudio

 

salió de allí enfurecido; juró que se reuniría con ella, según estaba acordado, a la

mañana siguiente, en el templo, y que allí, ante toda la concurrencia, la

avergonzaría con lo que había visto la noche anterior y la enviaría de nuevo a su

casa sin marido.

GUARDIA PRIMERO.—¡En nombre del príncipe, daos presos!

GUARDIA SEGUNDO.—Avisad al señor alguacil mayor. Hemos descubierto aquí

la más peligrosa obra de libertinaje que se ha cometido jamás en el Estado.

GUARDIA PRIMERO.—Y anda en ello un tal Deforme. Le conozco; lleva un rizo...

CONRADO.—¡Señores, señores!

GUARDIA SEGUNDO.—Ya daréis noticias de ese Deforme, os aseguro.

CONRADO.—Pero señores...

GUARDIA PRIMERO.—Ni una palabra. Os intimidamos a que os dejéis obedecer

y nos sigáis.

BORACHIO.—¡Es posible que resultemos una excelente mercancía, habiendo

sido adquiridos por los chuzos de hombres como éstos!

CONRADO.—Una mercancía empapelada, os lo aseguro. Vamos, os

obedeceremos. (Salen.)

Escena IV

Aposento en la casa de Leonato.

Entran HERO, MARGARITA y ÚRSULA.

HERO.—Buena Úrsula, despierta a mi prima Beatriz y suplícala que se levante.

ÚRSULA.—Voy, señora.

HERO.—Y dile que venga aquí.

ÚRSULA.—Está bien. (Sale.)

MARGARITA.—En verdad, creo que os sentaría mejor el otro rebato.

HERO.—No, buena Marga, por favor, quiero llevar éste.

MARGARITA.—Por mi fe que no es tan bonito, y estoy segura de que vuestra

prima será del mismo parecer.

HERO.—Mi prima es una loca y tú eres otra. No llevaré sino éste.

 

MARGARITA.—Hallaría precioso este nuevo añadido, si el cabello fuera un poco

más oscuro. En cuanto al vestido, a fe que está confeccionado a la última moda.

He visto el de la duquesa de Milán, que tanto ensalzan.

HERO.—¡Oh! Dicen que excede a toda ponderación.

MARGARITA.—Por mi fe, es una bata de noche al lado del vuestro: tela de

brocado, acuchillada, con pasamano de plata, guarnecida de perlas, con manga

al costado y manga perdida; la falda, orlada con brocadillo azulado; pero en

cuanto al corte fino, singular, gracioso y elegante, el vuestro es diez veces

preferible.

HERO.—¡Dios me dé alegría para lucirlo! Porque mi corazón está sumamente

apesadumbrado.

MARGARITA.—Pronto lo estará más con el peso de un hombre.

HERO.—¡Vergüenza de ti! ¿No sientes rubor?

MARGARITA.—¿De qué, señora? ¿De hablar de cosas honradas? ¿El

casamiento no es honrado incluso entre pordioseros? ¿No es honrado vuestro

prometido aun sin casarse? Pienso que he debido decir: «Con el mayor respeto,

un esposo». A no ser que un mal pensamiento interprete torcidamente mis

palabras, a nadie he ofendido. ¿Hay algún pecado en «con el peso de un

esposo»? Creo que no cuando se trata del esposo legítimo y de la legítima

esposa. De otro modo el peso sería liviano y no pesado. Preguntad, si no, a mi

señora Beatriz, que aquí llega.

Entra BEATRIZ.

HERO.—Buenos días, prima.

BEATRIZ.—Buenos días, querida Hero.

HERO.—¡Cómo! ¿Qué es eso? ¿Habláis en un tono sentimental?

BEATRIZ.—Me parece que no sabría afectar otro.

MARGARITA.—Entonad Luz de amor, que no tiene estribillo. Cantadla, y yo

bailaré.

BEATRIZ.—¡Luz de amor con vuestros talones! Pues como vuestro marido tenga

bastantes establos, veréis que no han de faltarle graneros.

MARGARITA.—¡Oh interpretación maligna! La despreciaré con mis talones.

BEATRIZ.—Son casi las cinco, prima. Ya es hora de que estéis arreglada. A fe

mía, que me encuentro extremadamente mal. ¡Ay!

MARGARITA.—¿Qué os falta? ¿Un halcón, un caballo o un esposo?

 

BEATRIZ.—Sufro de la letra con que principian todas esas palabras, de la h1.

MARGARITA.—Bueno, si no os habéis convertido en turca, no queda otro

remedio sino navegar por la estrella polar.

BEATRIZ.—¿Qué quiere decir esta loca?, pienso.

MARGARITA.—¡Ya nada; sino que Dios dé a cada cual lo que su corazón desea!

HERO.—Estos guantes me los ha enviado el conde. Despiden un perfume

embriagador.

BEATRIZ.—Estoy constipada, prima. No tengo olfato.

MARGARITA.—¡Doncella y constipada! ¿No será que habéis cogido un frío de

castidad?

BEATRIZ.—¡Oh, venga Dios en mi ayuda! ¡Venga Dios en mi ayuda! ¿Desde

cuándo tan chistosa?

MARGARITA.—Desde que vos habéis dejado de serlo. ¿No me sienta

admirablemente el donaire?

BEATRIZ.—No se nota lo suficiente; debierais llevarlo en el tocado. Por mi fe,

que estoy enferma.

MARGARITA.—Tomad un poco de carduus benedictus destilado y aplicáoslo al

corazón. Es el único calmante para un desfallecimiento.

HERO.—Advierte que eso es pincharla con un cardo.

BEATRIZ.—¡Benedictus! ¿Por qué benedictus? ¿Veis algún sentido en ese

benedictus?

MARGARITA.—¡Sentido oculto! ¡Por mi fe, yo no he pretendido dárselo! Quise

decir sencillamente cardo bendito. Quizá creáis que os supongo enamorada: No,

por la Virgen. No soy tan tonta que dé crédito a cuanto se me ocurra, ni se me

ocurre tampoco dar crédito a lo que quisiera; no, en verdad; no se me ocurriría

pensar, aunque me volviera loca, que estáis enamorada, o que lo estaréis o que

podéis estarlo. No obstante, Benedicto era una persona tal como vos, y ahora se

ha vuelto como los demás hombres. Juró que jamás se casaría y, sin embargo, al

presente, a despecho de su corazón, come su pan de amor sin repugnancia. Que

vos os convirtáis lo ignoro; pero se me antoja que comenzáis a mirar con vuestros

ojos igual que las demás mujeres.

BEATRIZ.—¿Qué paso es ese que lleva tu lengua?

MARGARITA.—No es un falso galope.

Vuelve a entrar ÚRSULA.

 

ÚRSULA.—Daos prisa, señora. El príncipe, el conde, el signior Benedicto, don

Juan y todos los galanes de la ciudad vienen por vos para llevaros a la iglesia.

HERO.—Ayudadme a vestir, querida prima, querida Marga, querida Úrsula.

(Salen.)

Escena V

Otro aposento en la casa de Leonato.

Entra LEONATO con DOGBERRY y VERGES.

LEONATO.—¿Qué queréis de mí, honrado vecino?

DOGBERRY.—A fe, señor, quisiera haceros cierta confidencia que os atañe

cercanamente.

LEONATO.—Sed breve, os ruego, pues ya veis que estoy muy ocupado.

DOGBERRY.—A fe que es así, señor.

VERGES.—Sí que lo estáis, señor.

LEONATO.—Veamos, ¿de qué se trata, mis queridos amigos?

DOGBERRY.—El buen Verges, señor, se aparta un poco del asunto: está viejo,

señor, y su caletre no es tan «romo» como, Dios mediante, quisiera yo que fuese.

Pero a fe que es honrado como el cuero que tiene entre las cejas.

VERGES.—En efecto, gracias a Dios, soy tan honrado como el que más que sea

tan viejo como yo y no más honrado.

DOGBERRY.—Las comparaciones son «olorosas»; palabras, vecino Verges.

LEONATO.—Vecinos, sois fastidiosos.

DOGBERRY.—Favor que nos hace vuestra señoría; pero somos humildes

funcionarios del duque. A decir verdad, por mi parte, aun cuando fuera tan

«fatidioso» como un rey, mi corazón emplearía todo su fastidio en servicio de

vuestra señoría.

LEONATO.—¡Todo tu fastidio en mi favor! ¡Ja!

DOGBERRY.—Sí, aunque fuera mil veces más pesado de lo que es, pues he

oído tan buen «reproche» de vuestra señoría, como de cualquiera de la ciudad; y

aunque no soy más que un pobre hombre, me alegro de haberlo oído.

VERGES.—Y yo también.

LEONATO.—Quisiera saber, a lo menos, lo que tenéis que decirme.

 

VERGES.—Es el caso, señor, que esta noche nuestra ronda, con la excepción

presente de vuestra señoría, ha echado el guante a un par de bellacos tan

pícaros como los que más en Mesina.

DOGBERRY.—Es un pobre viejo, señor, que habla allá te vas. Como dice el

refrán, cuanto más viejo más pellejo. ¡Válgame Dios! ¡Hay que ver el mundo!

¡Bien dicho, a fe, compadre Verges! Bravo; Dios es un buen hombre. Si dos

hombres montan en un caballo, uno tiene que ir a las ancas. Un corazón honrado,

a fe, señor. Por vida mía que lo es, como que nunca ha roto un plato. Pero,

¡alabado sea Dios!, no todos somos unos. ¡Ay, el bueno del compadre!

LEONATO.—En efecto, vecino, os es bastante inferior.

DOGBERRY.—Suerte que Dios da.

LEONATO.—Tengo que dejaros.

DOGBERRY.—Una palabra, señor. Nuestra ronda, señor, ha aprehendido, en

efecto, a dos personas «despechosas»; y quisiéramos que comparecieran esta

mañana ante vuestra señoría.

LEONATO.—Tomadles vos mismo la declaración y traédmela. Tengo ahora

mucha prisa, como podéis observar.

DOGBERRY.—Eso será «suficiente».

LEONATO.—Bebed un trago de vino antes de partir y pasadlo bien.

Entra un MENSAJERO.

MENSAJERO.—Señor, os aguardan para que entreguéis vuestra hija a su

esposo.

LEONATO.—A sus órdenes. Voy ahora mismo. (Salen LEONATO y el

MENSAJERO.)

DOGBERRY.—Id, buen compañero, id en busca de Francisco Seacoal. Decidle

que traiga su pluma y tintero a la cárcel. Vamos ahora a «examinar» a esos

hombres.

VERGES.—Y es menester hacerlo con chispa.

DOGBERRY.—Eso no ha de faltarnos, os lo garantizo. Hay aquí (Tocándose la

frente.) lo que obligará a cantar a algunos de ellos. Buscad sólo al sabio

escribiente para que extienda nuestra «excomunión» y juntaos conmigo en la

cárcel. (Salen.)

Acto Cuarto

Escena I

 

Interior de una iglesia.

Entran DON PEDRO, DON JUAN, LEONATO, FRAY FRANCISCO, CLAUDIO,

BENEDICTO, HERO, BEATRIZ, etc.

LEONATO.—Vamos, fray Francisco, sed breve: ateneos a la simple fórmula del

matrimonio, y después expondréis sus deberes particulares.

FRAILE.—¿Venís aquí, señor, a casar a esta dama?

CLAUDIO.—No.

LEONATO.—A ser casado con ella, padre; vos sois quien viene a casarle con

ella.

FRAILE.—Señora, venís aquí a casaros con este conde.

HERO.—Vengo.

FRAILE.—Si alguno de vosotros dos sabe de algún impedimento íntimo que se

oponga a que seáis enlazados, os invito, por la salvación de vuestras almas, a

que lo declaréis.

CLAUDIO.—¿Sabéis de alguno, Hero?

HERO.—De ninguno, mi señor.

FRAILE.—¿Sabéis vos de alguno, conde?

LEONATO.—Me atrevo a contestar por él: de ninguno.

CLAUDIO.—¡Oh! ¡A cuánto se atreven los hombres! ¡Cuánto osan hacer! ¡Cuánto

hacen diariamente, sin saber lo que hacen!

BENEDICTO.—¡Cómo! ¿Interjecciones? Pues entonces las habrá de risa, como

¡Ah! ¡Ja! ¡Ja!

CLAUDIO.—Acércate, fraile. Padre, con vuestro permiso: ¿me dais a esta

doncella, vuestra hija, libremente y sin violencia alguna?

LEONATO.—Tan libremente, hijo mío, como Dios hubo de concedérmela.

CLAUDIO.—Y yo, ¿qué podría daros en pago de tan rico y valioso presente?

DON PEDRO.—Nada, a no ser que se la devolvierais.

CLAUDIO.—Querido príncipe, me enseñáis gratitud noble. Leonato, recobrad,

pues, a vuestra hija: no deis esa naranja podrida a vuestro amigo. No tiene de

honrada sino la señal y apariencia. ¡Mirad! ¡Se sonroja como una virgen! ¡Oh! ¡De

qué sinceridad y muestra de virtud puede revestirse el astuto vicio! Ese rubor, esa

modestia, ¿no vienen a atestiguar su sencilla honradez? Todos cuantos la

 

contempláis, ¿no juraríais que es una virgen, por su aspecto exterior? ¡Pues no lo

es! ¡Conoce el calor de un lecho lujurioso; y si enrojece, no es de pudor, sino de

vergüenza!

LEONATO.—¿Qué queréis decir, señor?

CLAUDIO.—¡Que no me caso, que no junto mi alma a la de una probada

libertina!

LEONATO.—Mi querido señor, si, en prueba propia, habéis vencido la resistencia

de su juventud y hecho derrota de su virginidad...

CLAUDIO.—Sé lo que queréis decir: que si la he poseí- do, si la he tenido entre

mis brazos, fue en calidad de esposo, y debo, por lo tanto, excusar una falta

anticipada. No, Leonato. Nunca la tenté con palabras licenciosas. Sólo le dirigí

expresiones de candor sincero y de un respetuoso amor, como hubiera hecho un

hermano con su hermana.

HERO.—¿Y me conduje nunca de otro modo con vos?

CLAUDIO.—¡Mal haya tu apariencia! Yo la denunciaré. Me hacíais el efecto de

una Diana en su esfera, tan casta como el capullo antes de florecer; pero sois

más desenfrenada en vuestros deseos que Venus, o que esos animales mimados

que retozan en una salvaje sensualidad.

HERO.—¿Está mi señor en su juicio, que desvaría de ese modo?

LEONATO.—Querido príncipe, ¿por qué no habláis?

DON PEDRO.—¿Qué voy a hablar? Estoy avergonzado por haber querido unir a

mi caro amigo con una vulgar ramera.

LEONATO.—¿Se dicen tales cosas, o soy víctima de un sueño?

DON JUAN.—Señor, se dicen, y son verdaderas.

BENEDICTO.—¡Esto no lleva trazas de boda!

HERO.—¡Verdaderas! ¡Oh Dios!

CLAUDIO.—¿Estoy yo aquí, Leonato? ¿Es éste el príncipe? ¿Este otro el

hermano del príncipe? ¿Es ése el rostro de Hero? ¿Son estos ojos nuestros ojos?

LEONATO.—Todo es así, ¿y a qué viene eso, señor?

CLAUDIO.—Permitidme que haga una pregunta a vuestra hija; y por aquella

autoridad paterna y fuero blando que tenéis sobre ella, mandadla que responda

francamente.

 

LEONATO.—Te exijo que así lo hagas, como hija mía que eres.

HERO.—¡Oh Dios, amparadme! ¡Cómo me acosan! ¿Qué clase de interrogatorio

es éste?

CLAUDIO.—Un interrogatorio para que respondáis con verdad a vuestro nombre.

HERO.—¿No es el de Hero? ¿Quién podrá manchar tal nombre con un reproche

justo?

CLAUDIO.—¡A fe que Hero! ¡Hero misma puede manchar la virtud de Hero!

¿Quién era el hombre que hablaba con vos anoche, en vuestra ventana, entre

doce y una? Ahora, si sois doncella, responded.

HERO.—Con ningún hombre he hablado a tal hora, señor.

DON PEDRO.—No sois doncella entonces. –Leonato, me duele que hayáis de

oírlo. Por mi honor, yo, mi hermano y este pobre conde la hemos visto y oído a

esa hora de la noche última hablar con un rufián en la ventana de su aposento; el

cual, como bellaco, al fin, sin pizca de decoro, nos confesó las viles entrevistas

que habían tenido mil veces en secreto.

DON JUAN.—¡Vergonzosas! ¡Vergonzosas! No merecen otro nombre, señor, ni

que se hable de ellas.

No hay castidad suficiente en el lenguaje para referirlas sin ofender los oídos. Así

que, linda joven, lamento tu notoria liviandad.

CLAUDIO.—¡Oh Hero! ¡Qué heroína, qué dechado fueras, de haber empleado la

mitad de tus hechizos exteriores en adornar tus pensamientos y las aspiraciones

de tu corazón! Pero ¡adiós a ti, la más inmunda y la más bella! ¡Adiós a ti, pura

impiedad e impía pureza! Por ti cerraré todas las puertas del amor, y la sospecha

penderá de mis párpados para trocar toda hermosura en pensamientos de

maldad y nunca hallarle otros atractivos.

LEONATO.—¿No hay aquí un puñal para matarme?

HERO se desmaya.

BEATRIZ.—¡Ay! ¡Qué es esto, prima! ¿Os sentís enferma?

DON JUAN.—Venid, partamos. Semejantes revelaciones le han hecho perder el

sentido. (Salen DON PEDRO, DON JUAN y CLAUDIO.)

BENEDICTO.—¿Cómo está la prima?

BEATRIZ.—¡Creo que muerta! ¡Socorro, tío! ¡Hero! ¡Ay! ¡Hero! ¡Tío! ¡Signior

Benedicto! ¡Monje!

LEONATO.—¡Oh destino! ¡No levantes tu pesada mano! ¡La muerte es el mejor

velo que puede desearse para cubrir su oprobio!

 

BEATRIZ.—¿Cómo te sientes? ¡Prima Hero!

FRAILE.—Reconfortaos, señora.

LEONATO.—¿Y alzas la vista?

FRAILE.—Sí; ¿por qué no ha de alzarla?

LEONATO.—¡Por qué! ¡Cómo! ¿Todo lo que hay sobre la tierra no grita su

deshonra? ¿Puede negar aquí el relato que lleva impreso en su sangre? No

vivas, Hero; no abras los ojos. ¡Porque si supiera que no querías morir de golpe,

que tu ánimo tuviera más fuerza que tu infamia, yo mismo, en ayuda de tus

remordimientos, atentaría contra tu vida! ¿Me apenaba el tener una hija tan sólo?

¿Acusé a la naturaleza por haberse mostrado avara? ¡Oh! ¡Fue demasiado

pródiga en darme a ti! ¿Por qué te tuve? ¿Por qué has sido siempre tan grata a

mis ojos? ¿Por qué con mano caritativa no recogí mejor del umbral de mi puerta

la descendencia de un mendigo, para al verla así enlodada y sumida en la

infamia, haber podido decir: «Nada tiene mío; esta vergüenza procede de lomos

ignorados»? Pero ¡mi propia hija! ¡Una hija que amaba, que ensalzaba, de la que

me enorgullecía hasta el extremo de no ser yo mismo, de no estimarme ni

pertenecerme sino por ella! ¡Oh! ¡Verla caída en una cisterna de tinta, que el

ancho mar no tiene gotas para lavar lo bastante su mancha y escasísima sal para

devolver la frescura a su carne corrompida!

BENEDICTO.—Señor, señor, calmaos. Por mi parte, estoy tan confundido de

admiración, que no sé qué decir.

BEATRIZ.—¡Oh, por mi alma! ¡Han calumniado a mi prima!

BENEDICTO.—Señora, ¿habéis compartido su lecho la noche última?

BEATRIZ.—No, en verdad, no; pero hasta anoche hemos dormido juntas estos

doce meses.

LEONATO.—¡Confirmado, confirmado! ¡Oh, la verdad es más sólida, aunque ya

fue reforzada con barrotes de hierro! ¿Iban a mentir los dos príncipes? ¿Iba a

mentir Claudio, que la amaba de modo que hablando de su impureza la lavaba

con sus lágrimas? ¡Dejadla! ¡Dejadla que muera!

FRAILE.—Oídme un instante. Si he callado tanto tiempo, y dejado seguir su curso

a este accidente, ha sido sólo por observar a la dama. Mil apariciones ruborosas

han turbado su rostro; mil sonrojos inocentes han cedido su puesto a blancuras

angélicas; y en sus ojos brillaba un fuego como para quemar los errores

sostenidos por los príncipes contra su real virginidad. Tratadme de loco; no

tengáis confianza en mis observaciones, que con el sello de la experiencia

confirma el extracto de mi estudio; no concedáis nada a mis años, a mi dignidad,

a mi vocación, ni a mi sagrado ministerio, si esta adorable señora no ha sido aquí

víctima de algún error mordaz.

 

LEONATO.—Fraile, te equivocas. Ya ves que todo el pudor que le queda consiste

en no querer añadir a su condenación el pecado de perjurio. No lo niega. ¿A qué,

pues, buscas una excusa para disimular lo que aparece en su propia desnudez?

FRAILE.—Señora, ¿quién es el hombre con el cual se os acusa?

HERO.—Lo sabrán quienes me acusan; yo no lo conozco. Si conociera a hombre

alguno viviente más de lo que puede convenir a la castidad de una doncella, ¡que

mis pecados no hallen redención! ¡Oh padre mío! ¡Probad que un hombre ha

conversado conmigo a horas desusadas, o que anoche mantuve cambio de

palabras con ser alguno, y repudiadme, odiadme, torturadme hasta la muerte!

FRAILE.—Los príncipes sufren alguna extraña equivocación.

BENEDICTO.—Dos de ellos son el honor personificado. Si su buena fe ha sido

sorprendida, habrá que achacar el fraude a Juan el bastardo, cuyo ingenio se

ocupa en fraguar vilezas.

LEONATO.—¡No lo sé! ¡Si han dicho de ella sólo la verdad, la harán trizas estas

manos! ¡Si mancharon su honor con la calumnia, el más altivo de ellos tendrá que

sentir! El tiempo no ha desecado tanto la sangre de mis venas, ni la edad

embotado mi inventiva, ni la suerte agotado mis recursos, ni de tantos amigos me

ha alejado mi mala vida; sino que hallarán despiertos para semejante empresa la

fuerza de un brazo y la prudencia de un ingenio, medios eficaces y plantel de

amigos para tomar venganza cumplidamente.

FRAILE.—Pausa un momento, y guiaos de mi consejo en esta ocasión. Los

príncipes han dejado aquí a vuestra hija por muerta. Ocultadla algún tiempo

secretamente y hacer correr la voz de que, en efecto, ha sucumbido. Simulad

ostentación de luto; suspended del viejo panteón de vuestra familia un epitafio

fúnebre y cumplid todos los ritos correspondientes a un entierro.

LEONATO.—¿A qué conducirá eso? ¿De qué podrá servir?

FRAILE.—¡Pardiez!, bien llevado hará que la calumnia se convierta en

remordimiento. Esto no es ya poco; mas no es éste el fin que sueño por medio

tan extraño; antes espero un gran parto de estos dolores. Muerta ella, como así

hay que mantener, en el instante mismo en que se vio acusada, se la sentirá, se

la tendrá compasión, y será disculpada por cuantos lo oigan; pues las cosas son

así: jamás estimamos en su precio el bien de que gozamos; pero si lo perdemos,

entonces es cuando exageramos su valía, cuando apreciamos su mérito, que no

estimamos mientras nos perteneció. Tal sucederá con Claudio. Cuando oiga que

ella ha muerto víctima de sus palabras, el recuerdo de su vida se deslizará

dulcemente en su imaginación, y cada preciado órgano de su existencia se

ofrecerá a sus ojos y alcance de su alma revestido de mayor encanto, más

delicadamente tangible y animado de vida que cuando alentaba de veras.

Entonces le invadirá el sentimiento (si alguna vez asentó el amor en su hígado), y

deseará no haberla acusado, no, aunque crea todavía en la verdad de su

acusación. Obrad así, y no dudéis que el éxito dará a los acontecimientos un giro

mejor aún del que yo me atrevo a proponer. Pero aunque todos nuestros planes

 

resultaran fallidos, la suposición de que la dama ha muerto sofocará el escándalo

de su infamia, y si no salen bien, siempre os queda el recurso de tenerla oculta

(como convenga mejor a su reputación herida), en una vida reclusa y religiosa,

lejos de todas las miradas, de todas las lenguas y de todos los espíritus e injurias.

BENEDICTO.—Signior Leonato, atended el consejo del monje. Y aunque sabéis

la gran intimidad y afecto que me unen al príncipe y a Claudio, juro no obstante,

por mi honor, que he de obrar en todo con tanto sigilo y leal- tad como vuestra

alma obraría con vuestro cuerpo.

LEONATO.—En el dolor en que estoy sumergido, el menor hilo puede guiarme.

FRAILE.—Hacéis bien en consentir. A la tarea inmediatamente. A extraños

males, extraños remedios. Vamos, señora, morid para vivir. Tal vez este día

nupcial no ha sido sino aplazado. Paciencia y resignación. (Salen el FRAILE,

HERO y LEONATO.)

BENEDICTO.—Señora Beatriz, ¿habéis llorado todo este tiempo?

BEATRIZ.—Sí, y lloraré más tiempo aún.

BENEDICTO.—No lo quisiera.

BEATRIZ.—No tenéis razón. Lloro generosamente.

BENEDICTO.—Tengo la convicción de que vuestra bella prima ha sido

calumniada.

BEATRIZ.—¡Ah! ¡Cuán acreedor se haría a mi gratitud el hombre que la

rehabilitase!

BENEDICTO.—¿Hay algún medio de daros esa prueba de amistad?

BEATRIZ.—El medio existe, pero no el amigo.

BENEDICTO.—¿Puede servir un hombre?

BEATRIZ.—Es oficio de hombre, pero no para vos.

BENEDICTO.—Nada quiero en este mundo sino a vos. ¿No es cosa extraña?

BEATRIZ.—Tan extraña para mí, como cosa que ignoro. Con la misma facilidad

podría decir yo que nada quiero tanto como a vos. Pero no me creáis. Y, sin

embargo, no miento. Nada confieso ni niego nada. Estoy desolada por mi prima.

BENEDICTO.—Por mi espada, Beatriz, que me amas.

BEATRIZ.—No juréis por vuestra espada, y tra- gadla.

 

BENEDICTO.—Quiero jurar por ella que me amáis, y hacérsela tragar a quien

diga que no os amo.

BEATRIZ.—¿No queréis tragar vuestra palabra?

BENEDICTO.—No, cualquiera que fuese la salsa con que pudiera

condimentarse. Protesto que te amo.

BEATRIZ.—Pues entonces, ¡Dios me perdone!...

BENEDICTO.—¿Qué ofensa, amada Beatriz?

BEATRIZ.—Me habéis interrumpido a punto. Iba a protestar a mi vez que os amo.

BENEDICTO.—Hazlo con todo tu corazón.

BEATRIZ.—Os amo tan de corazón, que no me queda parte alguna para

protestar.

BENEDICTO.—Vamos, ordéname que haga algo por ti.

BEATRIZ.—¡Matad a Claudio!

BENEDICTO.—¡Ah! ¡Ni por el mundo entero!

BEATRIZ.—Me matáis con negármelo. Adiós.

BENEDICTO.—Deteneos, querida Beatriz.

BEATRIZ.—Me he ido, aunque esté aquí. No hay amor en vos, no; por favor,

dejadme.

BENEDICTO.—¡Beatriz!...

BEATRIZ.—A fe, que quiero irme.

BENEDICTO.—Quedemos antes amigos.

BEATRIZ.—Tenéis menos miedo de ser mi amigo que de combatir con mi

enemigo.

BENEDICTO.—¿Es Claudio tu enemigo?

BEATRIZ.—¿No está probado que es el más vil de los miserables por haber

calumniado, despreciado y deshonrado a mi prima? ¡Oh, si yo fuera hombre!

¡Cómo! Engañarla hasta el punto de darse las manos ante el altar, y acto

seguido, con acusación pública, con desembozada calumnia, con rencor

despiadado... ¡Dios mío! ¡Si yo fuera hombre! ¡Me comería su corazón en medio

de la plaza!

 

BENEDICTO.—¡Óyeme, Beatriz!...

BEATRIZ.—¡Que habló en su ventana con un hombre! ¡Lindo cuento!

BENEDICTO.—Pero ¡Beatriz!...

BEATRIZ.—¡Amada Hero! ¡Difamada! ¡Calumniada! ¡Perdida!

BENEDICTO.—¡Beat!...

BEATRIZ.—¡Príncipes y condes! ¡Verdaderamente, el testimonio es principesco!

¡Valiente conde en confitura! ¡Famoso galán, a fe! ¡Oh, si yo fuera hombre para

defenderla, o tuviera sólo un amigo que fuera hombre para vengarla por mi amor!

Pero la hombría se ha convertido en ceremonia, el valor en cumplidos, y los

hombres no tienen más que lengua, y lengua meliflua a mayor abundamiento.

Hoy se es tan valiente como Hércules con sólo decir una mentira y sostenerla con

juramentos. ¡No puedo ser hombre, a pesar de mi deseo, y por lo tanto, moriré de

pena como una mujer!

BENEDICTO.—¡Detente, amada Beatriz! ¡Por esta mano, que te adoro!

BEATRIZ.—¡Empleadla, por mi amor, en otra cosa que en jurar por ella!

BENEDICTO.—En el fondo de vuestra alma, ¿creéis que el conde Claudio ha

calumniado a Hero?

BEATRIZ.—¡Sí! ¡Tan cierto como tengo pensamiento y alma!

BENEDICTO.—¡Basta! ¡Me comprometo a desafiarle! ¡Permitidme que os bese la

mano y me despida de vos! ¡Por esta mano, que Claudio me dará satisfacción

cumplida! ¡Juzgad de mí después que hablen los hechos! ¡Id a consolar a vuestra

prima! Debo decir que ha muerto. ¡Y con esto, adiós! (Salen.)

Escena II

Una cárcel.

Entran DOGBERRY, VERGES y el ESCRIBANO, con togas, y la ronda, con

CONRADO y BORACHIO.

DOGBERRY.—¿Están presentes todos los miembros de la «disamblea»?

VERGES.—¡Oh! Un taburete y un cojín para el escribano.

ESCRIBANO.—¿Cuáles son los malhechores?

DOGBERRY.—¡Diantre! Yo y mi compañero.

VERGES.—¡Pues es verdad! Procedamos al expediente de «intuición».

 

ESCRIBANO.—Pero ¿contra quiénes se instruye la ofensa? ¡Que se pongan

delante de maese alguacil!

DOGBERRY.—Sí, a fe; ponedlos delante de mí. ¿Cómo os llamáis, amigo?

BORACHIO.—Borachio.

DOGBERRY.—Tened la bondad de escribir ahí Borachio. ¿Y vos, tunante?

CONRADO.—Soy un caballero, señor, y me llamo Conrado.

DOGBERRY.—Escribid ahí: maese caballero Conrado. ¿Servís a Dios, maeses?

CONRADO y BORACHIO.—Sí, señor; así lo esperamos.

DOGBERRY.—Escribid ahí que esperan servir a Dios; y poned a Dios primero,

pues ¡Dios nos libre de que vaya Dios detrás de semejantes granujas! Maeses,

está probado que sois poco menos que hipócritas traidores, y cerca le anda de

que lo creamos. ¿Qué contestáis en defensa propia?

CONRADO.—A fe, señor, decimos que no lo somos.

DOGBERRY.—Es un mozo listo este truhán, os lo aseguro; pero yo me las

entenderé con él. Venid acá, bellaco; una palabra al oído. Os digo, señor, que se

sospecha que sois unos granujas redomados.

BORACHIO.—Señor, os digo que no lo somos.

DOGBERRY.—Bien; retiraos. ¡Vive Dios, que se han puesto de acuerdo! ¿Habéis

escrito que no lo son?

ESCRIBANO.—Maese alguacil, ése no es el modo de tomarles declaración.

Debéis llamar a la ronda, que es la que ha de acusarles.

DOGBERRY.—A fe que sí; es el mejor camino. ¡Que se adelante la ronda!

Maeses, en nombre del príncipe, os mando que acuséis a estos individuos.

GUARDIA PRIMERO.—Este hombre, señor, dijo que don Juan, el hermano del

príncipe, era un villano.

DOGBERRY.—Escribid que el príncipe Juan es un villano. ¡Eh! ¡Perjurio evidente

llamar villano al hermano de un príncipe!

BORACHIO.—Maese alguacil...

DOGBERRY.—¡Calle el pícaro, por favor! No me gusta tu facha, te lo aseguro.

ESCRIBANO.—¿Qué más le oísteis decir?

 

GUARDIA SEGUNDO.—¡Pardiez!, que había recibido mil ducados de don Juan

para acusar falsamente a la señora Hero.

DOGBERRY.—¡El mayor robo con fractura que jamás se ha cometido!

VERGES.—¡Por la misa que sí! No es otra cosa.

ESCRIBANO.—¿Qué más, camarada?

GUARDIA PRIMERO.—Y que el conde Claudio tenía el propósito, creyendo en

sus palabras, de deshonrar a Hero ante toda la asamblea y de no casarse con

ella.

DOGBERRY.—¡Oh villano! ¡Serás condenado por esto a «redención» eterna!

ESCRIBANO.—¿Qué más?

GUARDIA SEGUNDO.—Eso es todo.

ESCRIBANO.—Y esto es más, señores, de lo que podéis negar. El príncipe Juan

ha huido secretamente esta mañana. Hero ha sido acusada de esa manera, y de

la misma manera repudiada, y ha muerto de pena repentinamente. Maese

alguacil, mandad que se ate a estos hombres y se les lleve a casa de Leonato.

Yo iré delante y le mostraré el interrogatorio. (Sale.)

DOGBERRY.—¡Vamos, que se «obstinan»!

VERGES.—¡Atadles!

CONRADO.—¡Atrás, mastuerzo!

DOGBERRY.—¡Por vida de Dios! ¿Dónde está el escribano? ¡Que escriba que el

representante del príncipe es un mastuerzo! ¡Vamos, amarradles! ¡Eres un pillo

perverso!

CONRADO.—¡Fuera! ¡Sois un asno! ¡Un asno!

DOGBERRY.—¿No te infunde «sospecha» mi cargo? ¿No te infunde «sospecha»

mi edad? ¡Oh! ¡Que no esté aquí el otro para escribir lo de asno! Pero vosotros,

maeses, recordad que soy un asno. Aunque no conste por escrito, no olvidéis,

con todo, que soy un asno. No, granuja; estás lleno de «piedad», como se te

probará con buenos testigos. Yo soy un mozo despierto; y lo que es más, un

funcionario, y lo que es más, un padre de familia, y lo que es más, un bonito

pedazo de carne, como no hay otro en Mesina. Y que sabe de leyes, para que te

enteres, y mozo bastante rico, para que te percates, y que ha tenido sus

pérdidas, y que posee un par de uniformes y otras muchas cosas finas.

¡Lleváoslo! ¡Oh! ¡Que no haya quedado escrito que soy un asno! (Salen.)

 

Acto quinto

Escena I

Ante la casa de Leonato.

Entran LEONATO y ANTONIO.

ANTONIO.—Si continuáis así, os causaréis la muerte, y no es razonable

secundar de tal modo la pena contra uno mismo.

LEONATO.—Cesa, por favor, en tus consejos, que caen tan sin provecho en mis

oídos como el agua en un tamiz. No me aconsejes, ni permitas que consuelo

alguno encante mis oídos, a no ser que proceda de alguno cuyas desgracias se

comparen a las mías. Encuéntrame un padre que haya amado a su hija tanto

como yo; cuya felicidad, puesta en ella, haya sido aniquilada como la mía, y

pídele que hable de paciencia. Mide su dolor por la extensión y hondura del mío,

y que a cada lamento responda otro lamento, pena por pena igual en todo, en

cada rasgo, parte, aspecto y forma. Si tal hombre sonríe de grado y se atusa la

barba, manda a la aflicción a paseo, grita «ejem» cuando debiera gemir,

remienda su dolor con proverbios y ahoga sus infortunios bebiendo con los

gastacandelas, tráemelo luego, y de él aprenderé paciencia. Pero tal hombre no

existe, porque, hermano mío, los hombres pueden aconsejar y proferir palabras

de consuelo ante aquellos pesares que no sienten; mas cuando los

experimentan, su consejo se convierte en cólera, el mismo que antes pretendían

daros como precepto medicinal contra la rabia, probando a encadenar la locura

con un hilo de seda, a calmar el dolor con aire y la agonía con vocablos. No, no;

es un deber de todos los hombres predicar paciencia a cuantos se retuercen bajo

el peso de la desdicha; pero ninguno tiene virtud ni entereza para mantenerse tan

moralizador cuando esa misma desdicha pesa sobre él. Por lo tanto, no me des

consejos. Mis penas gritan más alto que tus reflexiones.

ANTONIO.—En esto no difieren en nada los hombres de los niños.

LEONATO.—¡Silencio, por favor! Quiero ser de carne y sangre. Porque todavía

no se ha encontrado un filósofo capaz de soportar pacientemente un dolor de

muelas, no obstante escribir bajo la inspiración de los dioses y burlarse del hado

y del sufrimiento.

ANTONIO.—Sin embargo, no echéis sobre vos todo el peso de la desventura;

que aquellos que os han ofendido sufran también.

LEONATO.—En eso hablas con razón. Sí, he de pensarlo. Mi alma me dice que

Hero ha sido calumniada, y lo sabrá Claudio, así como el príncipe y todos

aquellos que de tal modo la han deshonrado.

ANTONIO.—Aquí vienen el príncipe y Claudio a toda prisa.

DON PEDRO.—Buenos días. Buenos días.

CLAUDIO.—Buenos días a ambos.

 

LEONATO.—Oíd, señores...

DON PEDRO.—Llevamos alguna prisa, Leonato.

LEONATO.—¡Alguna prisa, señor! Bien; adiós, señor. ¿Tanta prisa ahora? Bien,

ya nos veremos.

DON PEDRO.—Además, no busquéis querella con nosotros, buen anciano.

ANTONIO.—Si pudiera obtener satisfacción por una querella, alguno de nosotros

mordería el polvo.

CLAUDIO.—¿Quién le ha ofendido?

LEONATO.—¡Tú, por mi fe, me has ofendido! ¡Tú, impostor! ¡Tú! ¡No, no eches

mano a la espada! ¡No te temo!

CLAUDIO.—¡Pardiez! Maldita sea mi mano, si diera a vuestra vejez motivo

alguno de temor. Por mi fe, mi mano nada quiere con mi espada.

LEONATO.—¡Quita, quita, hombre! No te mofes ni te burles de mí. No hablo

como un viejo caduco o como un necio para jactarme, bajo el privilegio de la

edad, de lo que hice cuando era joven o de lo que haría si no fuera viejo. Sabe,

Claudio, y cara a cara te lo digo, que nos has ultrajado de tal manera a mi hija y a

mí, que me veo obligado a dar de lado todo respeto y, a pesar de mis cabellos

grises y de los achaques de mis muchos años, te reto a prueba varonil. Te digo

que has calumniado a mi inocente hija.

Tu injuria traspasó su corazón de parte a parte, y reposa enterrada con sus

mayores. ¡Oh, en una tumba donde jamás durmió el oprobio, salvo este tuyo,

urdido por tu infamia!

CLAUDIO.—¿Mi infamia?

LEONATO.—¡Tu infamia, Claudio; tu infamia, te repito!

DON PEDRO.—Os equivocáis, anciano.

LEONATO.—¡Señor, señor! ¡Lo probaré en su cuerpo, si se atreve, a despecho

de su esgrima certera y de su activa práctica, su juventud de mayo y la floración

de su fuerza!

CLAUDIO.—¡Dejadme! No quiero nada con vos.

LEONATO.—¿Es posible que así me rehuyas? Tú mataste a mi hija; si me matas

a mí, mancebo, habrás matado a un hombre.

ANTONIO.—Matará a nosotros dos, y a hombres en verdad. Mas la cuestión no

es ésa. Que mate a uno primero. Que me venza y me despoje. Dejadle que

conteste. Vamos, seguidme, muchacho; vamos, señor rapaz; vamos,

acompañadme. Señor mancebo, a azotes repeleré vuestra esgrima. Sí; como soy

 

caballero, que lo haré.

LEONATO.—Hermano...

ANTONIO.—Calmaos. Dios sabe lo que amaba a mi sobrina. ¡Y ha muerto,

calumniada de muerte por villanos, que así se atreverán a hacer frente a un

hombre como yo a asir a una serpiente por la lengua! ¡Mozuelos, micos,

fanfarrones, moharrachos, maricas!

LEONATO.—¡Hermano Antonio!...

ANTONIO.—Estad tranquilo. ¡Cómo, hombre! Los conozco bien. ¡Ya lo creo! Y sé

lo que pesan hasta el último adarme: mocosuelos, baladrones, petimetres, que

mienten, adulan, befan, desacreditan y calumnian, y con trazas de bufón afectan

aires terribles y emplean una docena de términos de amenaza para explicar cómo

herirían a sus adversarios, si se atrevieran. ¡Y eso es todo!

LEONATO.—Pero hermano Antonio...

ANTONIO.—Vamos, esto no os compete: no os mezcléis en ello. Corre de mi

cuenta.

DON PEDRO.—Caballeros, no queremos excitar vuestro enojo. Mi corazón está

desolado por la muerte de vuestra hija; pero, por mi honor, que de nada fue

culpada que no estuviera cierta y verdaderamente probado.

LEONATO.—Señor, señor...

DON PEDRO.—No quiero oíros.

LEONATO.—¿No? Vamos, hermano, fuera de aquí. ¡Quiero que se me oiga!

ANTONIO.—¡Y se os oirá, o a alguno de vosotros ha de pesarle! (Salen

LEONATO y ANTONIO.)

Entra BENEDICTO.

DON PEDRO.—Mirad, mirad. Aquí viene el hombre a quien buscábamos.

CLAUDIO.—Hola, signior, ¿qué hay de nuevo?

BENEDICTO.—Buenos días, señor.

DON PEDRO.—Bienvenido, señor. Por poco llegáis a tiempo para intervenir casi

en una pendencia.

CLAUDIO.—Hemos estado a punto de que nos mascaran las narices dos viejos

desdentados.

 

DON PEDRO.—Leonato y su hermano. ¿Qué te parece? De haber venido a las

manos, no dudo de que hubiéramos sido demasiado jóvenes para ellos.

BENEDICTO.—A mala querella no hay valor verdadero. Venía en busca de los

dos.

CLAUDIO.—Nosotros andábamos arriba y abajo buscándote, porque estamos de

melancolía hasta el cogote y de buena gana nos sacudiríamos de ella. ¿Quieres

hacer uso de tu ingenio?

BENEDICTO.—Lo llevo en la vaina de mi espada. ¿Tiro de él?

DON PEDRO.—¿Llevas tu ingenio al lado?

CLAUDIO.—Nunca se vio tal cosa, aunque hay muchos cuyo ingenio hay que

dejar a un lado. Te mandaré desenvainar, como hacemos con los ministriles.

Desenvaina para distraernos.

DON PEDRO.—A fe de hombre honrado que se le ve palidecer. ¿Estás enfermo

o enojado?

CLAUDIO.—¡Cómo! ¡Ánimo, hombre! Aunque de pesar se muere el gato, tú

tienes temple bastante para dar muerte al pesar.

BENEDICTO.—Señor mío, me encontraré con vuestro ingenio en el terreno, si es

a mí a quien se dirigen vuestros ataques. Os ruego mudéis de tema.

CLAUDIO.—Pues dadle entonces otra lanza; esta última se ha roto en astillas.

DON PEDRO.—Por esta luz, que se pone cada vez más pálido. Creo que es de

veras su enojo.

CLAUDIO.—Si lo es, ya sabe cómo ha de volverlo al cinto.

BENEDICTO.—¿Queréis oír una palabra a solas?

CLAUDIO.—¡Dios me libre de un desafío!

BENEDICTO.—(Aparte, a CLAUDIO.) Sois un villano. No lo digo de broma. Os lo

haré bueno donde, como y cuando gustéis. Dadme una satisfacción, o publicaré

vuestra cobardía. Habéis matado a una dama sin par, y su muerte os costará

cara. Contestadme.

CLAUDIO.—Bien; me veré con vos, a condición de que sea un buen banquete.

DON PEDRO.—¿Cómo? ¿Un festín? ¿Se trata de un festín?

CLAUDIO.—Sí, a fe mía, y se lo agradezco. Me invita a cabeza de ternera y a

capón. Si no les trincho esmeradamente, echad la culpa al cuchillo. ¿No habrá

 

también alguna chocha?

BENEDICTO.—Señor, vuestro gracejo va a paso de andadura; marcha lisamente.

DON PEDRO.—Voy a repetirte cómo elogió Beatriz tu ingenio el otro día. Le dije

que tenías mucha gracia. «Es verdad —dijo ella—, mucha gracia menuda.» «No

dije yo—, una gracia enorme.» «En efecto —prosiguió ella—, enorme de puro

grosera.» «No tal —continué yo—, es una gracia fina.» «Justamente —replicó—,

no hiere a nadie.» «De ninguna manera —continué diciéndole—, es un caballero

discreto.» «Cierto —repuso—, un discreto caballero.» «No es eso —exclamé—,

posee muchas lenguas.» «Sin duda —agregó—, pues me juró una cosa el lunes

por la noche, que desmintió el martes por la mañana: ahí tenéis una lengua

doble, ahí tenéis dos lenguas.» Y así, durante una hora se entretuvo en

desfigurar tus peculiares virtudes. Menos mal que finalizó con un suspiro,

asegurando que eras el hombre más perfecto de Italia.

CLAUDIO.—Con lo cual se echó a llorar de todo corazón y dijo que eso le tenía

sin cuidado.

DON PEDRO.—Sí, así fue. Sin embargo, y a pesar de todo, si no le odiara

mortalmente, le amaría con delirio. Todo nos lo contó la hija del viejo.

CLAUDIO.—Todo, todo; y, por otra parte, Dios le había visto cuando se escondió

en el jardín.

DON PEDRO.—Pero, ¿cuándo colocaremos las astas del toro bravo en la frente

del sensible Benedicto?

CLAUDIO.—Eso es, y con un letrero debajo, que diga: «¡Aquí vive Benedicto, el

hombre casado!».

BENEDICTO.—Dios os guarde, mozo. Conocéis mi estado de ánimo. Os dejo

ahora a vuestro humor comadresco. Blandís vuestras pullas como los fanfarrones

sus hojas, las cuales, a Dios gracias, a nadie hieren. Alteza, os agradezco

vuestras muchas amabilidades, pero me veo obligado a rehusar vuestra

compañía. Vuestro hermano el bastardo ha huido de Mesina; entre los tres habéis

ocasionado la muerte de una incomparable e inocente dama. Por lo que toca al

señor Lampiño, aquí presente, él y yo nos veremos las caras; y hasta entonces,

la paz sea con él. (Sale.)

DON PEDRO.—Está serio.

CLAUDIO.—Y tan serio. Y os aseguro que es por amor de Beatriz.

DON PEDRO.—¿Y te ha desafiado?

CLAUDIO.—Muy formalmente.

 

DON PEDRO.—¡Qué peregrina cosa es un hombre cuando sale a correrla en

ropilla y calzas y se olvida del ingenio!

CLAUDIO.—Es entonces un gigante comparado con un mono; pero puede ocurrir

que el mono sea a su lado un doctor.

DON PEDRO.—Mas callad; basta de eso. ¡Despierta, corazón, y ponte triste! ¿No

dijo que había huido mi hermano?

Entran DOGBERRY, VERGES y la ronda, con CONRADO y BORACHIO.

DOGBERRY.—Vamos con vos, señor. Si la justicia no logra domaros, que no

vuelva a pesar más razones en su balanza. No, como ya habéis sido un hipócrita

blasfemo, habrá que poneros a buen recaudo.

DON PEDRO.—¿Qué es esto? ¡Dos criados de mi hermano presos! ¡Y uno de

ellos es Borachio!

CLAUDIO.—Informaos enseguida de sus delitos, señor.

DON PEDRO.—Oficiales, ¿qué delito han cometido estos hombres?

DOGBERRY.—¡Pardiez!, señor; han esparcido rumores falsos; además, han

dicho mentiras; segundo, son calumniadores; sexto y último, han desmentido a

una dama; tercero, han «verificado» cosas injustas; y, para concluir, son bellacos

embusteros.

DON PEDRO.—Primero, te pregunto qué han hecho; tercero, te interrogo cuál es

su delito; sexto y último, por qué están presos; y, para concluir, ¿qué cargos les

imputáis?

CLAUDIO.—¡Bien razonado y por su propio orden! Y, a fe, de una manera que no

hay más que pedir.

DON PEDRO.—¿A quién habéis ofendido, maeses, para venir así atados antes

de vuestro interrogatorio? Este sabio alguacil es demasiado alambicado para

hacerse entender. ¿Cuál es vuestro delito?

BORACHIO.—Amado príncipe, acceded a que no vaya más lejos mi

interrogatorio. Oídme, y que después me mate este conde. Os he engañado a

ojos vistas. Lo que vuestra discreción no supuso descubrir, estos imbéciles

groseros lo han sacado a luz, los cuales me acecharon anoche y me oyeron

confesar a este hombre cómo don Juan, vuestro hermano, me había incitado a

calumniar a la señora Hero; cómo se os condujo al jardín y me visteis corterjar a

Margarita en traje de Hero; cómo la repudiasteis cuando ibais a casaros con ella.

Tienen informe por escrito sobre mi villanía, que antes quisiera sellar con mi

muerte que repetir en deshonra propia. La dama ha muerto a consecuencia de mi

falsa acusación y de la de mi amo; y en suma, no deseo sino el pago debido a un

granuja.

 

DON PEDRO.—¿No penetran estas palabras como el hierro en vuestra sangre?

CLAUDIO.—¡He bebido veneno mientras las profería!

DON PEDRO.—¿Y fue mi hermano quien te indujo a esto?

BORACHIO.—Sí, y me pagó espléndidamente para que lo pusiera en práctica.

DON PEDRO.—¡Está compuesto y forjado de traiciones! ¡Y ha huido tras esta

infamia!

CLAUDIO.—¡Hero querida! ¡Ahora se me aparece tu imagen en el puro exterior

de cuando te amé por vez primera!

DOGBERRY.—¡Vamos, conducid a los «querellantes»! A estas horas nuestro

escribano habrá «reformado» del asunto al signior Leonato. ¡Y vosotros, maeses,

no olvidéis especificar, en tiempo y lugar oportunos, que soy un asno!

VERGES.—Aquí, aquí llega maese signior Leonato, y el escribano también.

Vuelven a entrar LEONATO, ANTONIO y el ESCRIBANO.

LEONATO.—¿Cuál es el miserable? Que vea sus ojos, para que, si tropiezo con

otro que se le parezca, pueda huir de él. ¿Cuál de éstos es?

BORACHIO.—Si queréis conocer a quien os ha ultrajado, miradme.

LEONATO.—¿Eres tú el esclavo cuyo aliento mató a mi inocente hija?

BORACHIO.—Sí, yo tan solo.

LEONATO.—No, no tal, villano, te calumnias. Hay aquí un par de hombres

honrados, el tercero huyó, que han mediado en ello. Príncipes, os agradezco la

muerte de mi hija. ¡Inscribid la hazaña en vuestros altos y preclaros hechos! Ha

sido realizada valerosamente, a poco que lo meditéis.

CLAUDIO.—No sé cómo implorar vuestra indulgencia; mas es preciso que hable.

Elegid vos mismo vuestra venganza. Imponedme el castigo que vuestra

imaginación fije sobre mi pecado. Sin embargo, no pequé sino por equivocación.

DON PEDRO.—¡Ni yo tampoco, por mi alma! Y, no obstante, para dar

satisfacción a este buen viejo, me presto a soportar el castigo más pesado que le

plazca infligirme.

LEONATO.—No puedo haceros que hagáis vivir a mi hija; sería imposible; pero

os ruego a ambos declaréis al pueblo de Mesina que murió inocente. Y si vuestro

amor por ella os inspirara alguna composición fúnebre, suspendedla como un

epitafio sobre su tumba y cantadla a sus restos. Cantadla esta noche. Mañana

por la mañana venid a mi casa, y puesto que no habéis podido ser mi yerno,

seréis mi sobrino. Mi hermano tiene una hija, efigie casi de mi hija difunta, y única

heredera de los dos. Dadle el título que hubierais dado a su prima, y así fenecerá

 

mi venganza.

CLAUDIO.—¡Oh noble señor! ¡Vuestra bondad me arranca lágrimas! Acepto

vuestra oferta, y disponed en adelante del pobre Claudio.

LEONATO.—Mañana, pues, espero vuestra llegada. Me despido por esta noche.

Este mal hombre será careado con Margarita, la cual sospecho fue cómplice en la

infamia, comprada también por vuestro hermano.

BORACHIO.—No, por mi alma que no lo fue. Ni supo lo que hacía cuando habló

conmigo; antes ha sido siempre honesta y virtuosa en todo lo que de ella

conozco.

DOGBERRY.—Además, señor (aunque, a la verdad, esto no consta en blanco y

negro), el «querellante» aquí presente, el ofensor, me ha llamado asno. Os ruego

que lo recordéis al imponerle su castigo. También ha oído hablar la ronda de un

tal Deforme. Dicen que lleva una llave en la oreja, y colgado de ella un rizo, y que

en nombre de Dios pide dinero prestado, habiendo abusado de modo, y sin pagar

jamás, que ya los hombres se han vuelto duros de corazón y no quieren prestar

nada ni por amor de Dios. Os suplico que le examinéis sobre este punto.

LEONATO.—Gracias por tu cautela y celo honrado.

DOGBERRY.—Vuestra señoría habla como un «mancebo» agradecido y

respetuoso, y ruego a Dios por vos.

LEONATO.—Toma por tus molestias.

DOGBERRY.—Dios proteja la fundación.

LEONATO.—Vete; te descargo de tu peso y te doy las gracias.

DOGBERRY.—Dejo un truhán insigne con vuestra señoría y suplico a vuestra

señoría «se» corrija para ejemplo de otros. ¡Dios guarde a vuestra señoría!

¡Consérvese bien vuestra señoría! ¡Dios «restaure» vuestra salud! ¡Os «otorgo»

humildemente licencia para partir; y si es de desear un feliz encuentro, que lo

«prohíba» Dios! Vamos, vecino. (Salen DOGBERRY y VERGES.)

LEONATO.—Señores, hasta mañana por la mañana, adiós.

ANTONIO.—Adiós, señores. Os esperamos mañana.

DON PEDRO.—No faltaremos.

CLAUDIO.—Esta noche rendiré a Hero el tributo de mis lágrimas. (Salen DON

PEDRO y CLAUDIO.)

LEONATO.—(A la ronda.) Llevaos a esos belitres. Hemos de preguntar a

Margarita de qué nació su conocimiento con ese hombre depravado. (Salen.)

 

Escena II

Jardín de Leonato.

Entran BENEDICTO y MARGARITA por lados opuestos.

BENEDICTO.—Te ruego, querida señorita Margarita, que te hagas acreedora a

mi gratitud, ayudándome a hablar con Beatriz.

MARGARITA.—¿Me escribiréis, entonces, un soneto en elogio de mi belleza?

BENEDICTO.—En estilo tan elevado, Margarita, que ningún hombre viviente

quedará por encima; pues, a decir verdad, bien lo mereces.

MARGARITA.—¡No tener ningún hombre encima! ¡Cómo! ¿Habrá de quedar

siempre debajo?

BENEDICTO.—Tu ingenio es tan listo como la boca del galgo: las coge al vuelo.

MARGARITA.—Y el vuestro tan embotado como un florete de esgrima, que toca,

pero no hiere.

BENEDICTO.—Ingenio varonil, Margarita, que no se atreve a herir a una mujer; y

con esto te ruego que llames a Beatriz. Te rindo los broqueles.

MARGARITA.—Dadnos las espadas, que tenemos broqueles naturales.

BENEDICTO.—Si los usáis, Margarita, debéis cogerlos por el asa en la cazoleta;

y son armas peligrosas para las doncellas.

MARGARITA.—Bien; llamaré a Beatriz, que supongo tiene piernas.

BENEDICTO.—Y, por lo tanto, vendrá.

Sale MARGARITA.

El dios del amor que arriba se sienta, y me conoce, y me conoce, sabe cuánta

compasión merezco...

Quiero decir cuánta compasión merezco como cantor. Pero como amante,

Leandro, el intrépito nadador; Troilo, el primero que se sirvió de pándaros, y un

libro entero lleno de esos, un tiempo, héroes de salón, cuyos nombres ruedan

todavía dulcemente por el camino llano del verso libre, jamás se han visto tan

zarandeados por el amor como mi pobre persona. ¡Pardiez! ¡No poder

manifestarlo por medio de la rima! Lo he intentado ya y no doy con otro

consonante para «dama» que «rama», rima inocente; para «tierno» que

«cuerno», rima dura; para «susurro» que «burro», rima estúpida: terminaciones

todas de mal agüero. No, es evidente que no he nacido bajo el influjo de un astro

poético, ni puedo cortejar con una fraseología deslumbrante.

Entra BEATRIZ.

Querida Beatriz, ¿vienes cuando te llamo?

BEATRIZ.—Sí, signior; y partiré cuando me lo mandéis.

 

BENEDICTO.—¡Oh! Quédate aquí hasta entonces.

BEATRIZ.—«Entonces» ya está dicho; adiós, pues, ahora. Y, sin embargo, antes

de irme, permitid que me marche con lo que me hizo venir; esto es, saber lo que

ha ocurrido entre vos y Claudio.

BENEDICTO.—Sólo palabras agrias. Y ahora permite que te bese.

BEATRIZ.—Palabras agrias no son más que viento agrio; y viento agrio es sólo

aliento agrio, y el aliento agrio es desagradable. Por consiguiente, me marcho sin

que me beséis.

BENEDICTO.—Tal es la impetuosidad de tu ingenio, que ahuyentas las palabras

de su verdadero sentido. Pero debo hablarte llanamente: Claudio ha aceptado mi

reto, y, o me responderá pronto, o publicaré su cobardía. Y ahora te suplico que

me digas: ¿por cuál de mis malas prendas te enamoraste primero de mí?

BEATRIZ.—Por todas a la vez, que componen un estado tan pérfidamente

puntilloso, que no admiten prenda buena alguna para mezclarse con ellas. ¿Y por

cuál de mis buenas prendas sufristeis primero de amor por mí?

BENEDICTO.—«¡Sufrir de amor!» ¡Bonito epíteto! Sufro de amor, en efecto,

porque te amo contra mi voluntad.

BEATRIZ.—A pesar de vuestro corazón, supongo. ¡Ay, pobre corazón! Si le

llenáis de pesar por mi amor, haré otro tanto por amor vuestro, pues nunca amaré

lo que mi amigo odie.

BENEDICTO.—Tú y yo tenemos discreción bastante para arrullarnos

apaciblemente.

BEATRIZ.—No lo parece, según esa confesión. Entre veinte hombres discretos

no hay uno que se alabe a sí propio.

BENEDICTO.—Máxima antigua, Beatriz; máxima antigua, que tuvo valor allá en

los tiempos de buena vecindad. Si en este siglo no se erige un hombre su tumba

antes de morir, no vivirá más su monumento que el son de las campanas y el

llanto de su viuda.

BEATRIZ.—¿Y cuánto es eso, según vos?

BENEDICTO.—¡Valiente pregunta! Una hora de doble y un cuarto de hora de

lágrimas. Así, lo propio de un hombre prudente (si don Gusano, su conciencia, no

halla en contrario ningún impedimento) es ser la trompeta de sus propias virtudes,

como soy yo de las mías. Por eso ensalzo mi persona, que, como puedo

atestiguar, es muy digna de alabanza. Y ahora decidme, ¿cómo está vuestra

prima?

BEATRIZ.—Muy mal.

 

BENEDICTO.—¿Y vos?

BEATRIZ.—Muy mal también.

BENEDICTO.—Servid a Dios, amadme y aliviaos. Con lo cual os dejo también,

pues aquí se acerca alguien a toda prisa.

Entra ÚRSULA.

ÚRSULA.—Señora, es menester que vengáis junto a vuestro tío. Allá dentro en la

casa hay un estrépito enorme. Está probado que mi señora Hero ha sido

falsamente acusada. Han sufrido un gran engaño el príncipe y Claudio, y don

Juan, el autor de todo, se ha dado a la fuga. ¿Iréis inmediatamente?

BEATRIZ.—¿Queréis venir a oír estas nuevas, signior?

BENEDICTO.—¡Quiero vivir en tu corazón, morir en tu seno y ser enterrado en

tus ojos! Y además ir contigo a ver a tu tío. (Salen.)

Escena III

Interior de una iglesia.

Entran DON PEDRO, CLAUDIO y acompañantes, con música y cirios.

CLAUDIO.—¿Es éste el mausoleo de Leonato?

UN SEÑOR.—Éste es, señor.

CLAUDIO.—(Leyendo un rollo.)

Muerta por lenguas calumniadoras fue la Hero que aquí yace: la muerte, en

recompensa con sus agravios, le otorga fama inmortal. Así, la vida que murió con

la infamia, vive en la muerte con fama gloriosa.

Pende aquí, sobre la tumba, para loarla cuando yo enmudezca. Ahora, músicos,

tocad y cantad vuestro himno solemne.

CANCIÓN

Perdona, diosa de la noche, a aquellos que mataron a tu doncella andante; por

ello con cantos de dolor se reúnen en torno de su tumba. Medianoche, asóciate a

nuestros lamentos; ayúdanos a suspirar y a gemir, tristemente, tristemente.

Tumbas, abríos y ceded vuestros muertos, hasta que la muerte sea manifestada,

tristemente, tristemente.

Ahora, ¡buenas noches a tus restos! Todos los años cumpliré este rito fúnebre.

DON PEDRO.—Buenos días, maeses. Apagad vuestras antorchas. Los lobos

han hecho ya sus presas, y, mirad, el día gentil, nuncio de las ruedas de Febo,

varetea de manchas grises el Oriente adormecido. Gracias a todos, y dejadnos.

Pasadlo bien.

CLAUDIO.—Buenos días, maeses. Cada cual tome su camino.

 

DON PEDRO.—Vamos, salgamos de aquí, y pongámonos otros vestidos, y luego

iremos a casa de Leonato.

CLAUDIO.—¡Y que ahora el himeneo tenga un resultado más feliz que este que

nos ha reunido para pagar un tributo de dolor! (Salen.)

Escena IV

Aposento en la casa de Leonato.

Entran LEONATO, ANTONIO, BENEDICTO, BEATRIZ, MARGARITA, ÚRSULA,

FRAY FRANCISCO y HERO.

FRAILE.—¿No os dije que era inocente?

LEONATO.—Lo son también el príncipe y Claudio, que la acusaron, víctimas de

un error sobre el cual habéis oído discutir. Pero Margarita tiene su parte de

responsabilidad en ello, aunque las cosas ocurrieran contra su voluntad, como se

infiere, verdaderamente, del curso de su interrogatorio.

ANTONIO.—Vaya, me alegro de que todo acabe tan bien.

BENEDICTO.—Y yo también, pues, de otro modo, a fe que estaba obligado a

pedir cuentas al joven Claudio.

LEONATO.—Está bien. Hija mía y vosotras todas, señoritas, retiraos a un

aposento, y cuando envíe a buscaros, venid con antifaces. El príncipe y Claudio

han prometido visitarme a esta hora.

Salen las damas.

Ya conocéis vuestro papel, hermano. Habéis de hacer de padre de la hija de

vuestro hermano, y entregarla al joven Claudio.

ANTONIO.—Representaré mi papel con semblante inmóvil.

BENEDICTO.—Monje, creo que voy a tener que molestaros.

FRAILE.—¿Para qué, signior?

BENEDICTO.—Para salvarme o para perderme, una de las dos cosas. Signior

Leonato, la verdad es ésta, buen signior: vuestra sobrina me mira con ojos

favorables.

LEONATO.—Los que le ha prestado mi hija; ésta es la pura verdad.

BENEDICTO.—Y yo la recompenso con ojos de amor.

LEONATO.—Ojos que, según colijo, debéis a mí, a Claudio y al príncipe. Mas,

¿qué deseáis?

BENEDICTO.—Vuestra respuesta, señor, es enigmática. Pero en cuanto a mi

deseo es que vuestro buen deseo esté conforme con nuestros deseos, para

 

unirme hoy a ella en estado de honroso matrimonio.

LEONATO.—Mi corazón está con vuestro parecer.

FRAILE.—Y mi ayuda. Aquí llegan el príncipe y Claudio.

Entran DON PEDRO y CLAUDIO con acompañamiento.

DON PEDRO.—Buenos días a esta noble reunión.

LEONATO.—Buenos días, príncipe; buenos días, Claudio. Os esperábamos.

¿Estáis por fin dispuesto a casaros hoy con la hija de mi hermano?

CLAUDIO.—Me atengo a mi promesa, aunque fuera la dama una etíope.

LEONATO.—Llamadla, hermano; he aquí al fraile ya.

Sale ANTONIO.

DON PEDRO.—Buenos días, Benedicto. Pero, ¿qué os pasa que tenéis esa cara

de febrero, llena de hielo, tormenta y nubarrones?

CLAUDIO.—Supongo que piensa en lo del toro bravo. ¡Vamos! No tengas miedo,

hombre; te doraremos las astas, y toda Europa se regocijará contigo, como

antaño Europa con el ardiente Jove cuando representó el papel de noble bestia

enamorada.

BENEDICTO.—Júpiter toro, señor, tuvo un mugido amable. Y algún toro extraño

ha debido de saltar la vaca de vuestro padre, y de la noble empresa resultó, sin

duda, un ternero que se os parece, pues tenéis justamente su berrido.

CLAUDIO.—Os adeudo esto. He aquí otra cuenta que arreglar.

Vuelve a entrar ANTONIO con las damas enmascaradas.

¿Cuál es la dama con que he de hacer pareja?

ANTONIO.—Hela aquí, y yo os la entrego.

CLAUDIO.—¡Cómo! Entonces me pertenece. Dejadme ver vuestro rostro,

hermosa.

LEONATO.—No, no lo veréis hasta que hayáis aceptado de su mano ante este

fraile y jurado casaros con ella.

CLAUDIO.—Dadme vuestra mano. Ante este santo fraile soy vuestro esposo, si

me queréis.

HERO.—Y cuando vivía era vuestra otra mujer. (Quitándose el antifaz.) Y cuando

me amabais erais mi otro marido.

CLAUDIO.—¡Otra Hero!

 

HERO.—Nada más cierto. Una Hero murió ultrajada; pero yo vivo, y tan seguro

como vivo es que soy doncella.

DON PEDRO.—¡La primitiva Hero! ¡Hero la muerta!

LEONATO.—Ha estado muerta, señor, sólo mientras vivió su infamia.

FRAILE.—Yo desvaneceré este asombro luego que haya dado fin la sagrada

ceremonia. Os hablaré extensamente de la muerte de Hero. En tanto, téngase el

portento por trivial y vamos sin demora a la capilla.

BENEDICTO.—Poco a poco y callandito, hermano. ¿Cuál es Beatriz?

BEATRIZ.—(Descubriéndose.) Contesto a ese nombre. ¿Qué me queréis?

BENEDICTO.—¿Vos no me amáis?

BEATRIZ.—Claro que no; no más de lo razonable.

BENEDICTO.—Vaya, entonces vuestro tío, el príncipe y Claudio se han

engañado, pues juraron que sí.

BEATRIZ.—¿No me amáis vos?

BENEDICTO.—En verdad que no; no más de lo razonable.

BEATRIZ.—Vaya, entonces mi prima, Margarita y Úrsula se han engañado de

medio a medio, pues juraron que sí.

BENEDICTO.—Ellos juraron que estabais medio enferma de amor por mí.

BEATRIZ.—Y ellas juraron que estabais casi muerto de amor por mí.

BENEDICTO.—No hay nada de eso. ¿De manera que no me amáis?

BEATRIZ.—No, en verdad; solamente como recompensa amistosa.

LEONATO.—Vamos, sobrina, estoy seguro de que amáis al caballero.

CLAUDIO.—Y yo estoy seguro de que él la ama, pues he aquí un papel escrito

de su mano, un soneto cojo, de su propia y singular invención, dedicado a

Beatriz.

HERO.—Y he aquí otro, escrito de mano de mi prima, caído de su bolsillo, que

contiene su afección por Benedicto.

BENEDICTO.—¡Milagro! ¡He aquí nuestras propias manos contra nuestros

corazones! Vamos, te tendré; pero, por esta luz, que te tomo por lástima.

 

BEATRIZ.—No he de rechazaros; pero, por este día radiante, que es por ceder a

la gran influencia persuasiva y en parte por salvaros la existencia, pues me han

dicho que os estabais consumiendo.

BENEDICTO.—¡Silencio! Voy a cerraros la boca. (La besa.)

DON PEDRO.—¿Qué tal te va, Benedicto, el hombre casado?

BENEDICTO.—Voy a decirte cómo, príncipe. Un colegio de burlones no me haría

cambiar de carácter. ¿Pensáis que me importan una sátira o un epigrama? No; si

un hombre se deja abatir con mofas, nada provechoso conseguirá para sí. En

suma, ya que estoy decidido al matrimonio, no se me dará nada de lo que el

mundo diga por ello; y, en consecuencia, será en vano que se me insulte por lo

que he dicho contra él, pues el hombre es un ser voluble; y con esto basta. Por lo

que a ti respecta, Claudio, pensé haberte golpeado; mas, como parece que vas a

ser pariente mío, vive intacto y ama a mi prima.

CLAUDIO.—Bien esperé yo que rechazaras a Beatriz, para haberte sacado a

palos de tu vida de soltero y hecho de ti un hombre de dos caras; lo que

acontecerá, sin disputa, si mi prima no te vigila muy estrechamente.

BENEDICTO.—Vamos, vamos, somos amigos. Tengamos un baile antes de

casarnos, para aligerar nuestro corazón y los talones de nuestras mujeres.

LEONATO.—Ya bailaremos después.

BENEDICTO.—¡Antes, por mi palabra! ¡De consiguiente, tocad, músicos!

Príncipe, estás triste. ¡Búscate mujer, búscate mujer! ¡No hay bastón más

respetable que el que termina en cuerno!

Entra un MENSAJERO.

MENSAJERO.—Señor, vuestro hermano Juan ha sido detenido en su fuga, y se

le trae a Mesina con gente armada.

BENEDICTO.—No pienses en él hasta mañana. Yo te sugeriré para él un duro

castigo. ¡Sonad, chirimías! (Baile. Salen.)


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