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La fierecilla domada obra completa

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La Fierecilla domada


de William Shakespeare

Año 1593


PERSONAJES

En el prólogo:

 

  • Un noble (lord).
  • CRISTÓBAL SLY, calderero.
  • Una hostelera.
  • Pajes, cómicos, monteros y criados del lord.

En la comedia:

 

  • BAUTISTA, hidalgo rico de Padua.
  • VINCENTIO, hidalgo anciano de Pisa.
  • LUCENTIO, hijo de Vincentio, galán de Blanca.
  • PETRUCHIO, hidalgo de Verona, pretendiente y luego marido de Catalina.
  • GREMIO, HORTENSIO, pretendientes de Blanca.
  • TRANIO, BIONDELLO (muchacho joven), servidores de Lucentio.
  • GRUMIO, hombre diminuto, lacayo de Petruchio
  • CURTIS, criado viejo, encargado de la casa de campo de Petruchio.
  • NATANIEL, FELIPE, JOSÉ, NICOLÁS, PEDRO, criados de Petruchio.
  • Un pedagogo de Mantua.
  • CATALINA (la Tarasca), BLANCA, hijas de Bautista.
  • Una viuda.
  • Un sastre, un mercader, criados al servicio de Bautista y de Petruchio.

 

 

PRÓLOGO

 

ESCENA PRIMERA

 

Ante la puerta de una taberna en un bosquecillo

 

(Se abre la puerta de la taberna y sale SLY, expulsado por la

 

TABERNERA)

 

SLY.-¡Por quien soy, que te voy a cardar el moño!

 

TABERNERA.-¡Las esposas es lo que te hacen

 

falta, bribón!

 

SLY.-La bribona y redomada lo eres tú. Los Sly

 

jamás fueron pícaros. Puedes informarte en las crónicas.

 

Vinimos a Inglaterra con Ricardo el Conquistador.

 

Por consiguiente, paucas pallabris, que el

 

mundo siga dando vueltas y punto en boca.

 

 

 

TABERNERA.-¿Es decir que no quieres pagar

 

los vasos que has roto?

 

SLY.-¡Ni un denario! ¡Largo, largo, la santa Jerónima!

 

Vete a calentar la cama, que la tienes fría.

 

TABERNERA.-PUeS entonces ya sé lo que tengo

 

que hacer: ir a buscar al oficial del barrio.

 

SLY.-Oficial, capitán o comandante, la ley me

 

servirá de respuesta. No me vuelvo atrás de lo que

 

he dicho ¡ni una pulgada!, hermosa. Que venga, que

 

venga, y será bien recibido. (Cae por tierra y se duerme.

 

Al punto se oye el estrépito producido por cuernos de caza, y

 

seguidamente entra un Noble que vuelve, tras una batida, con

 

sus piqueros y criados.)

 

NOBLE.-Montero, te recomiendo mis perros.

 

Cuídalos como es debido. Sangra a Merriman. La

 

fatiga y la espuma ahogan a la pobre bestia; y pon

 

juntos a Clowder y la perra de la boca grande. ¿Has

 

visto, muchacho, cómo Silver ha encontrado la pista

 

en el recodo del seto? No quisiera perder este perro

 

por veinte libras.

 

PRIMER MONTERO.-Pues Belman no le va en

 

zaga, señor. Apenas la pista perdida, ¡qué manera de

 

ladrar! Y por dos veces la ha encontrado y en los

 

sitios más oreados. Para mí es el mejor de los perros,

 

creedme.

 

 

 

NOBLE.-¡Bah!, eres bobo. Si Echo fuese tan rápido

 

como él, ¡doce Belman valdría! Pero bueno,

 

hazlo comer como es debido y ocúpate bien de todos,

 

pues mañana quiero cazar aún.

 

PRIMER MONTERO-Contad conmigo, señor.

 

NOBLE.-(Viendo a Sly.) Pero, ¿qué es esto? ¿Un

 

muerto o un borracho? Mirad a ver si respira.

 

SEGUNDO MONTERO.-Respira, respira, señor.

 

Y por fortuna para él, la cerveza le calienta. De

 

otro modo, difícil que durmiese tan profundamente

 

en cama tan fría.

 

NOBLE.-¡Qué bruto! Ahí le tenéis, tumbado

 

como un cerdo. Innoble y repugnante imagen de la

 

sombría muerte. Pero me voy a divertir con este borracho.

 

Vamos a ver: ¿creéis que transportado a una

 

buena cama, entre sábanas finas, anillos en los dedos,

 

una mesa suculenta junto a él al abrir los ojos y

 

en torno criados de librea; creéis, digo que este

 

mendigo olvidaría lo que es?

 

PRIMER MONTERO.-¡Qué duda cabe, señor!

 

Cómo querríais que ocurriese otra cosa.

 

SEGUNDO MONTERO.-¡Y qué sorpresa al

 

despertar!

 

NOBLE.-Poco más o menos, como la impresión

 

que causa un ensueño halagador o una quimera.

 

 

 

Pues dicho y hecho: levantadle con todo cuidado y

 

preparemos bien la broma. Llevadle suavemente

 

hasta la más hermosa de mis alcobas y llenadla con

 

los cuadros que tengo más excitantes. Lavad asimismo

 

su cabeza, ¡tan sucia!, con aguas templadas y

 

bien perfumadas, e incluso quemad maderas olorosas

 

para que perfumen la estancia. Y para cuando

 

vaya a despertar, tened preparada una orquesta a

 

punto de dejar oír una música dulce, celestial. Y si

 

empieza a hablar, amontonaos presurosos en torno

 

suyo y decidle del modo más humilde y respetuoso:

 

¿Qué desea vuestra señoría?” Y al momento que

 

uno de vosotros se le acerque con una aljofaina de

 

plata llena de agua de rosas cubierta de otras flores

 

deshojadas. Otro que lleve un jarro. Un tercero, una

 

toalla toda brochada y que al ofrecérsela diga: “¿Le

 

agradaría a vuestra señoría refrescarse las manos?”

 

Al mismo tiempo, que otro tenga dispuesto cuanto

 

necesite para su atavío y le pregunte qué traje se

 

quiere poner. Aún otro le hablará de sus perros y de

 

sus caballos, sin olvidar a su amante esposa, a quien

 

su enfermedad tiene tristísima. En fin, persuadidle

 

de que ha estado loco. Y cuando responda que él es

 

fulano de tal, decidle que sueña, que quien es realmente

 

es un gran señor y no otra cosa. Si lleváis la

 

 

 

cosa con habilidad y discreción, no habrá entretenimiento

 

comparable.

 

PRIMER MONTERO.-Yo os garantizo, señor,

 

que representaremos nuestro papel de un modo tan

 

perfecto, que no dudará en creer que es quien le digamos

 

que sea.

 

NOBLE.-Pues bien, levantadle con todo cuidado

 

y llevadle a la cama. Y estad preparados para cuando

 

abra los ojos. (Los criados se llevan a S1y. Al punto

 

empieza a sonar ruido de trompetas.) Tú, bribón, ve a ver

 

qué trompeta es esa que se oye. (El criado sale.) Sin

 

duda algún noble caballero en viaje que, fatigado,

 

desea descansar aquí. (Vuelve el criado.) Veamos: ¿qué

 

es?

 

CRIADO.-Con el permiso de vuestra señoría, se

 

trata de una compañía de cómicos que se ofrecen a

 

representar ante vuestro honor.

 

NOBLE.-Ve y diles que se acerquen. (Entran los

 

cómicos.) Sed bien venidos, muchachos.

 

Cómicos.-Gracias, noble señor.

 

NOBLE.-¿Tenéis el propósito de permanecer en

 

mi casa esta noche?

 

UNO DE LOS CÓMICOS.-Si place a vuestra

 

señoría aceptar nuestros servicios, honradísimos.

 

 

 

NOBLE.-Por mí, con mucho gusto. Por cierto,

 

que he aquí un bravo del que me acuerdo muy bien.

 

Sí, recuerdo haberle visto hacer el papel del hijo

 

mayor de un granjero. Aquella comedia en que tan

 

admirablemente hacías la corte a cierta gran dama.

 

Tu nombre le he olvidado, pero el papel, a fe que te

 

iba de maravilla. Y que le representabas del modo

 

más natural del mundo.

 

UN CÓMICO.-Me parece que vuestra señoría se

 

refiere a Soto.

 

NOBLE.-En efecto. Y tú representabas el papel

 

a la perfección. Pues bien, habéis llegado a pedir de

 

boca. Tan a punto, que preparo un entretenimiento

 

en el que vuestra habilidad podrá serme sumamente

 

útil. Hay aquí cierto, señor que sería feliz viéndoos

 

representar esta noche. Pero mucho me temo que

 

no seáis capaz de guardar la compostura debida al

 

ver su extraña traza. Porque trátase de un elevado

 

personaje que no obstante, jamás ha presenciado

 

una obra de teatro y, como digo, temo se os escape

 

alguna broma que le ofendería gravemente. Por

 

consiguiente, os lo advierto mucho: por poco, amigos

 

míos, que os viese reír, se pondría furioso.

 

 

 

UN CÓMICO.-No temáis nada, excelencia. Sabremos

 

contenernos, aunque fuese el más grotesco

 

personaje del mundo.

 

NOBLE.-Tú, pícaro, llévales al cuarto de servicio

 

y que todos reciban la buena acogida que merecen.

 

Que no carezcan de nada cuanto se les pueda

 

ofrecer en mi casa. (Sale el criado seguido de los cómicos.

 

El noble sigue, dirigiéndose a otro criado.) Y tú, bribón, ve

 

a buscar a Bartolomé, mi paje, y dile que de pies a

 

cabeza se vista como una dama. Y una vez hecho

 

llévale al cuarto del borracho, llamándole siempre

 

señora” e inclinándote al hacerlo en señal de profundo

 

respeto. En cuanto a él, dile que si quiere tenerme

 

contento que imite la manera de conducirse

 

de las señoras nobles cuando están en presencia de

 

sus maridos. Que como tal se comporte con el borracho,

 

y que hablándole con voz dulce y con rendida

 

sumisión le diga, por ejemplo: “¿Qué tiene que

 

ordenar hoy vuestra señoría que pueda permitir a

 

vuestra obediente, esposa testimoniaros su celo y

 

probaros su amor?” Y al punto, abrazándole cariñosamente

 

y entre tiernos besos, y apoyando su cabeza

 

en su pecho, que trate de llorar, diciéndole que tales

 

lágrimas vienen de la alegría que siente viendo cómo

 

su noble señor ha vuelto a sus sentidos tras haberse

 

 

 

imaginado, durante siete largos años, que no era sino

 

un pobre mendigo. Y, caso de que mi paje no

 

tenga ese don, tan fácil a las mujeres, de verter a

 

voluntad lágrimas a torrentes, podrá salir del paso

 

mediante una cebolla cuidadosamente envuelta en

 

su pañuelo que, cerca de los ojos, hará que están

 

constantemente húmedos. Corre a poner en práctica

 

inmediatamente lo que te digo, que luego te daré

 

nuevas instrucciones. (Sale el criado.) Seguro que el

 

paje imitará a la perfección la gracia, la voz, el porte

 

y los ademanes de una dama de calidad. Impaciente

 

estoy ya por oír cómo llama al borracho esposo

 

mío, y por ver cómo los demás, conteniendo la risa,

 

se apresuran a prestar toda clase de homenajes al

 

patán. Voy a hacerles aún algunas recomendaciones.

 

Mi presencia moderará, además, su humor, naturalmente

 

demasiado alegre, pues sin ello fácilmente

 

podrían ir más allá de los justos límites. (Salen todos.)

 

 

 

ESCENA II

 

Una alcoba en el palacio del noble

 

(SLY, vestido con una rica bata, está rodeado de criados.

 

Unos tienen en sus manos vestidos suntuosos; otros, aljofaina,

 

jarro y demás neceseres para lavarse. Entra también el noble,

 

pero modestamente vestido.)

 

SLY.-Por el amor de Dios, dadme un jarrillo de

 

cerveza.

 

PRIMER CRIADO.-¿No le agradaría a Vuestra

 

Señoría una copa de vino de Canarias?

 

SEGUNDO CRIADO.-¿Y no probaría Vuestra

 

Excelencia estas exquisitas frutas en dulce?

 

TERCER CRIADO.-¿Qué traje desea Vuestra

 

Honor ponerse hoy?

 

SLY.-Yo soy Cristóbal Sly. No me hartéis, pues,

 

con tanta “Señoría” y “Excelencia”. En cuanto al

 

vino de Canarias, jamás lo he catado; y si queréis

 

darme algo preparado, que sea buey bien ahumado.

 

No me preguntéis tampoco qué traje quiero ponerme,

 

pues no tengo más justillos que espaldas, más

 

calzas que piernas, ni más zapatos que pies. Es más,

 

con frecuencia me ocurre tener más pies que zapatos.

 

O tales zapatos que los dedos asomen por los

 

agujeros del cuero.

 

NOBLE.-¡Que el cielo libre a Vuestra Señoría de

 

la triste chifladura de que es víctima! ¿Cómo es posible

 

que señor tan poderoso, de tan elevada cuna,

 

dueño de tan cuantiosa fortuna y de tan altísima

 

consideración, sea víctima de tan insensata manía?

 

SLY.-Pero, vamos a ver, ¿es que queréis volverme

 

loco? ¿Es que acaso no soy Cristóbal Sly, el hijo

 

del viejo Sly, de Burton-heath, buhonero de nacimiento,

 

fabricante de cuerdas, gracias a su educación,

 

por cambio, exhibidor de osos y actualmente

 

calderero de oficio? Preguntad a Mariam Hacket, la

 

tabernera gorda de Wincot, si me conoce o no. Y si

 

no dice que la he dejado de cuenta catorce denarios

 

de cerveza, tenedme por el más redomado embustero

 

de la cristiandad... (Un criado le trae un jarro con cerveza.)

 

¿Quién habla de que yo haya perdido la

 

cabeza? A la... (Bebe.)

 

TERCER CRIADO.-¡Ay!, eso es lo que hace

 

gemir a vuestra esposa.

 

SEGUNDO CRIADO.-¡Y lo que abruma a

 

vuestros servidores!

 

NOBLE.-Y he aquí por qué vuestros parientes

 

huyen de vuestra casa, expulsados de ella por vuesL

 

 

 

tro triste extravío. Ea, noble señor, piensa en tu nacimiento,

 

llama de su destierro a tus pensamientos

 

de otro tiempo, y aleja, por el contrario, lo más que

 

te sea posible, estas divagaciones de ahora, tan bajas

 

y abyectas. Mira cómo tus servidores se agolpan en

 

torno tuyo, dispuesto cada uno a servirte a la menor

 

de tus indicaciones. ¿Te placería oír música? Escucha.

 

(Se oye, en efecto, una música dulcísima.) El propio

 

Apolo toca, y veinte ruiseñores enjaulados cantan.

 

¿Prefieres, acaso, dormir? Si es así, te conduciremos

 

a un lecho más suave y mullido que el preparado ex

 

profeso para Semíramis. ¿Es que acaso deseas pasearte?

 

Si así es, cubriremos el camino de alfombras.

 

¿Te agradaría montar a caballo? Tus bridones están

 

dispuestos y enjaezados con arneses bordados con

 

oro y perlas. ¿Te apetece tal vez cazar con halcón?

 

Precisamente tienes muchos, cuyo vuelo es más rápido

 

que el de la alondra mañanera. ¿Acaso la

 

montería? Tu jauría hará resonar el cielo y despertará

 

con sus ladridos el eco estridente de las cavernas.

 

PRIMER CRIADO.-Di, señor, que lo que quieres

 

es cazar a la carrera, pues tus lebreles son tan

 

rápidos como ciervos lanzados, y más ágiles que las

 

corzas mismas.

 

 

 

SEGUNDO CRIADO.-¿Te placen los cuadros?

 

Si es así, al punto te traeremos uno que representa a

 

Adonis al borde de un arroyo, y a Citerea, oculta

 

entre unas cañas, que diríase que se mueven y ondulan

 

a causa de su aliento, lo mismo que cuando

 

son agitadas por la brisa.

 

NOBLE.-Te mostraremos a lo, aún virgen, en el

 

momento de ser seducida por sorpresa. La pintura

 

es tan viva que diríase que se ve la escena.

 

TERCER CRIADO.-O bien a Dafné, errando a

 

través de la agreste espesura que la araña las piernas.

 

Pero con tal verdad, que se juraría que sangra, y que

 

Apolo, desolado, llora al verlo. ¡De tal modo, sangre

 

y lágrimas están pintadas con arte magistral!

 

NOBLE.-Eres un gran señor y tan sólo un gran

 

señor. En cuanto a tu dama, infinitamente más hermosa

 

es que todas las de este degenerado tiempo.

 

PRIMER CRIADO.-Antes de que las lágrimas

 

que vertió por tu culpa cayesen a raudales por su

 

hermosísimo rostro, era la más hermosa criatura del

 

mundo. Incluso hoy no cedería a ninguna otra en

 

belleza.

 

SLY.-¿De veras soy un gran señor? ¿Tengo, en

 

verdad, una hermosa mujer? Pero, ¿es que sueño o,

 

por el contrario, es hasta ahora cuando he estado

 

 

 

soñando? Sin embargo, no estoy dormido, puesto

 

que veo, oigo y hablo. Como huelo perfumes deliciosos

 

y toco objetos delicados. Sí, ¡por mi vida!,

 

señor soy y no calderero; no Cristóbal Sly. Magnífico.

 

Pues traedme al punto a esa nuestra dama para

 

que yo la vea. Y aún otro jarro de cervecita.

 

SEGUNDO CRIADO.-¿Agradaría a Vuestra

 

Señoría lavarse las manos? (Le presentan cuanto es necesario

 

para ello.) ¡Qué felicidad para nosotros ver a

 

nuestro señor vuelto a la razón! ¡Si de veras os dieseis

 

bien cuenta de quién sois! Hundido habéis estado

 

durante los últimos quince años en un verdadero

 

sueño. Hasta cuando despertabais parecíais dormido.

 

SLY.- ¿Dormido durante quince años? ¡Largo

 

sueño, a fe mía! Y durante todo este tiempo, ¿no he

 

dicho nada?

 

PRIMER CRIADO.-Por supuesto, Señor, pero

 

palabras desprovistas de sentido. Aunque estabais

 

acostado aquí en esta hermosa cámara, pretendías

 

que habíais sido puesto de patas en la calle y llenabais

 

de injurias a la dueña de la casa, asegurando,

 

además, que la citaríais ante la justicia. Y ello, por

 

haberos servido cántaros de gres en vez de botellas

 

 

 

bien lacradas. A veces llamabais también a Cecilia

 

Hacket.

 

SLY.-Sí, la criada de la taberna.

 

TERCER CRIADO.-Pues bien, señor, en realidad

 

no conocíais ni criada ni taberna. Corno tampoco

 

a ninguno de los hombres que citabais tantas

 

veces: por ejemplo, Stephen Sly, el viejo John Naps

 

de Greece, Pedro Turph, Enrique Pimprenelle y

 

veinte más, de nombres parecidos, que nunca existieron

 

ni alguien vio jamás.

 

SLY.-Bueno... ¡Pues Dios sea alabado por haberme

 

curado!

 

TODOS.-¡Amén!

 

SLY.-(Al criado.) Te doy las gracias, y descuida

 

que nada perderás por lo que me has dicho. (Entra el

 

Paje vestido como una gran dama y seguido de su séquito.)

 

PAJE.-¿Cómo está mi noble señor?

 

SLY.-Muy bien, ¡pardiez!, pues aquí se está de

 

primera y hay de todo. ¿Dónde está mi mujer?

 

PAJE.-Aquí, noble señor, yo soy. ¿Qué me ordenáis?

 

SLY.-¿Eres mi mujer y no me llamas tu marido?

 

Bueno que éstos me llamen “señoría”, pero para ti

 

soy tu hombre.

 

 

 

PAJE.-Mi marido y señor, mi señor y mi esposo.

 

Y, yo vuestra mujer toda obediente.

 

SLY.-Ya lo sé. ¿Cómo debo llamarte?

 

PAJE.-Señora.

 

SLY.-¿Pero señora Alicia, señora Juana o qué?

 

PAJE.-Señora y basta, pues de este modo un señor

 

se dirige a las damas.

 

SLY.-Señora mi dama: dicen que he soñado y

 

dormido durante quince años y tal vez más.

 

PAJE.¡Ay!, quince años que me han parecido

 

treinta a causa de haber estado todo este tiempo ausente

 

de vuestro lecho.

 

SLY.-Largo tiempo, en efecto... Criados, dejadme

 

solo con ella.

 

(Los criados se retiran.) Señora, desnúdate y acostémonos

 

en seguida.

 

PAJE.-Os suplico, nobilísimo señor, que me excuséis

 

aún por una noche o dos; o por lo menos, esperad

 

a que el sol se ponga. Pues vuestros médicos

 

me han recomendado muy mucho, so pena de que

 

volváis a caer en la antigua enfermedad, que me

 

abstenga aún de vuestro lecho. Espero que tan justa

 

causa será suficiente excusa.

 

SLY.-Sí, la razón es poderosa. No obstante, mucho

 

me va a costar esperar tanto tiempo. Claro que,

 

 

 

como no quiero volver a caer en mis ensueños, esperaré

 

a despecho de la carne y de la sangre. (Entra

 

un criado.)

 

EL CRIADO.-Los cómicos de Vuestra Señoría,

 

habiendo sabido vuestro restablecimiento, han venido

 

a ofreceros una agradable comedia. Tal ha sido

 

aconsejado por vuestros médicos; sabiendo que el

 

exceso de tristeza ha congelado vuestra sangre y,

 

por aquello de que la melancolía es madre del frenesí,

 

encuentran saludable que oigáis una pieza teatral,

 

con objeto de que vuestro espíritu se predisponga a

 

la bulliciosa alegría que, como es sabido, previene

 

toda suerte de males y alarga la vida.

 

SLY.-¡Pardiez!, la cosa me place; que representen

 

su pieza. Una “comedia” ¿no es una de esas farsas

 

de Navidad o uno de esos manejos de los titiriteros?

 

PAJE.-No, mi querido señor; es algo más agradable

 

y mejor.

 

SLY.-¿Cuestión de cortinas y de papeles pintados?

 

PAJE.-Es una especie de historia.

 

SLY.-Bien. Ahora lo veremos. Señora mi mujer,

 

siéntate a mi lado y dejemos que el mundo siga dando

 

vueltas. Jamás seremos más jóvenes que ahora.

 

(El paje obedece y empieza a sonar la música.)

 

 

 

ACTO I

 

ESCENA PRIMERA

 

Padua. Una plaza

 

(Entran LUCENTIO y su criado TRANIO)

 

LUCENTIO.-Por fin, Tranio, tras tanto como

 

deseaba ver la hermosa Padua, cuna de las artes,

 

heme aquí al cabo llegado a Lombardía, jardín delicioso

 

de la gran Italia. En ella estoy, sí, gracias al cariño

 

y autorización de mi padre, y, además,

 

enriquecido con tu fiel compañía. Tranio, mi leal

 

servidor, cuya abnegación tantas veces he puesto ya

 

a prueba. Respiremos, pues, satisfechos, aquí, y empiece

 

un período de trabajo sabio y de nobles estudios

 

liberales... Pisa, afamada a causa de la seriedad

 

de sus ciudadanos, me vio nacer. Y antes que a mí, a

 

 

 

mi padre, de la raza de los Bentivolii, Vincentio,

 

gran comerciante cuyos negocios se extienden por el

 

mundo. El hijo de Vincentio, educado en Florencia,

 

debe ahora, con objeto de responder a todas las esperanzas

 

que en él han sido puestas, añadir a sus

 

riquezas el adorno de sus acciones virtuosas. He

 

aquí por qué, Tranio, al mismo tiempo que estudio

 

voy a tratar de practicar la virtud, aplicándome especialmente

 

a esa parte de la filosofía que trata, en

 

particular, de la dicha que se puede conseguir mediante

 

la virtud... Dame, pues, tu opinión sobre este

 

propósito, pues he dejado Pisa y he venido a Padua

 

como aquel que se aparta de un estanque poco profundo

 

para zambullirse en un gran río con el propósito

 

de apagar en él su sed.

 

TRANIO.-Mi perdonato, mi gentil amo; comparto

 

enteramente vuestros sentimientos y muy feliz seré

 

si persistís en vuestra resolución de libar los jugos

 

de la suave filosofía. No obstante, mi querido amo,

 

bien que admiremos la virtud y la disciplina moral,

 

no nos volvamos, os lo ruego, estoicos, a punto de

 

pasar por leños, ni sigamos los preceptos de Aristóteles

 

hasta el punto de rechazar y abominar de

 

Ovidio. Discutid sobre lógica con vuestros amigos.

 

Pero practicad la retórica en vuestras conversaciones

 

cuotidianas. Acu amatemática

 

y de la metafísica no toméis más de lo

 

que vuestro estómago pueda digerir. Pues allí donde

 

amo, estudiad aquello que más os agrade.

 

LUCENTIO. gracias, Tranio. Buenos

 

to a Biondello, lástima

 

hecho, podríamos tomar al punto nuestras disposi

 

ciones y escoger un alojamiento digno de recibir a

 

los amigos que el tiempo que estemos aquí no dejará

 

que llega?

 

TRANIO. vez una comisión, mi amo, que

 

viene a darnos la bien (Entran Bautista acom

 

ñado de sus dos hijas, Catalina y Blanca, seguidos de Gremio,

 

viejo hidalgo, ridículo, y de

 

Lucentio, y Tranio se apartan.)

 

-No me importunéis más, señores.

 

suelto: no casaré a mi hija pe

 

queña sin que la mayor tenga ya marido. Por cons -

 

guiente, si alguno de vosotros dos ama a Catalina,

 

 

 

GREMIO.-(Aparte.) ¿Hacerla la corte? Que no

 

sea como es, he aquí lo que habría que hacerla. Por

 

mi parte, la encuentro harto áspera. Pero vos, Hortensio,

 

¿la tomaríais tal vez por mujer?

 

CATALINA.-(A su padre.) ¡ Cómo! ¿Es que pretendéis

 

hacer de mí un cimbel para la ristra de pretendientes?

 

HORTENSIO.-¿Pretendientes, hermosa criatura?

 

¿Qué entendéis vos por pretendientes? Nada de

 

pretendientes, en lo que os afecta, mientras no seáis

 

más dulce y más amable que en el presente.

 

CATALINA.-De veras, señor mío, que nada

 

tendréis que temer jamás. No estáis aún, podéis

 

creerme, ni a mitad del camino que conduce al corazón

 

de la hermosa. Pero de ocurrir, estad seguro

 

que el primer cuidado de la bella sería peinaros la

 

cabezota con las tres patas de un escabel, pintarrajear

 

vuestra cara y trataros, en fin, como lo que sois:

 

como un necio.

 

HORTENSIO.-(Aparte.) ¡De demonios semejantes

 

líbranos, Señor!

 

GREMIO.-(Idem.) ¡Sin olvidarme a mí, buen

 

Dios!

 

 

 

TRANIO.-(A Lucentio.) ¡Atención, mi amo! Me

 

parece que la vamos a gozar. Esa joven o es una loca

 

de atar o una arpía fenomenal.

 

LUCENTIO.-En cambio, en el silencio de la

 

otra admiro la dulzura y la discreción de una virgen...

 

Calla, Tranio.

 

TRANIO.-Bien dicho, mi amo. Callemos, contentándonos

 

con mirar cuanto ocurre.

 

BAUTISTA.-Pues lo dicho, señores. Blanca, vete

 

a casa. Y que ello no te disguste, mi querida Blanca.

 

No te querré menos por ello, hija mía.

 

CATALINA.-¡ Pobrecita criatura! Metedle un

 

dedo en un ojo y sabrá al menos por qué llora.

 

BLANCA.-Sí, sí, que mi tristeza os sirva de alegría...

 

Señor, obedezco humildemente vuestra voluntad.

 

Mis libros y mis instrumentos de. música

 

serán mi compañía. Unos me servirán de estudio; la

 

otra, de entretenimiento.

 

LUCENTIO.-¿Oyes, Tranio? ¿No te parece estar

 

escuchando a Minerva?

 

HORTENSIO.-Señor Bautista, extraña decisión

 

la vuestra. Pena me da que nuestro afecto hacia

 

Blanca sea para ella causa de contrariedades.

 

 

 

GREMIO.-Pero ¿es que queréis encerrarla en

 

una jaula y castigarla tan sólo porque este demonio

 

infernal de su hermana tenga una lengua de víbora?

 

BAUTISTA.-Señores míos; haced lo que mejor

 

os plazca. En cuanto a mí, lo que he resuelto,

 

¡resuelto está! Blanca, a casa. (Blanca sale.) Como sé

 

que ama con pasión música y poesía, haré venir a mi

 

casa profesores capaces de instruir su juventud. Si

 

conocéis alguno, Hortensio, o vos, Gremio, enviádmelos.

 

Siempre tendré toda suerte de atenciones

 

con los hombres de talento; así como no dejaré de

 

ser generoso en cuanto afecta a la educación de mis

 

hijas. Y esto dicho, adiós. Tú, Catalina, puedes quedarte;

 

yo tengo que hablar aún con Blanca. (Sale.)

 

CATALINA.-Pero, ¿es que si me place largarme

 

no voy a poder hacerlo? ¡Pues no falta más sino que

 

se me dijese lo que he de hacer con mi tiempo, cual

 

si yo fuese incapaz de saber lo que hay que tomar y

 

lo que hay que dejar! ¡Está bonito! (Sale.)

 

GREMIO.-Puedes irte, sí, y si te place, a buscar

 

al demonio y hacerte su mujer. Tan a propósito eres

 

para él que nadie te retendrá aquí. Está tranquila.

 

¡Bah!, el amor no nos acucia tanto, Hortensio, que

 

no podamos esperar, barajando juntos nuestras esperanzas

 

y ayunando mientras sea preciso; nuestro

 

 

 

bollo está aún crudo por ambos lados. Adiós, pues.

 

No obstante, el afecto que siento hacia Blanca es tal,

 

que si doy con un maestro capaz de enseñarle las artes

 

que le son tan gratas, no dejaré de recomendárselo

 

a su padre.

 

HORTENSIO.-Yo haré lo mismo señor Gremio.

 

Pero una palabra aún, os lo ruego. Aunque

 

hasta ahora la propia naturaleza de nuestra rivalidad

 

no nos ha permitido conversar largamente, paréceme,

 

tras haberlo pensado bien, que, si queremos

 

poder acercarnos aún a nuestra bella amada y pretender,

 

como rivales felices, al amor de Blanca, tenemos

 

ambos el mayor interés en realizar una cosa.

 

GREMIO.-¿Qué cosa? Os escucho.

 

HORTENSIO.-¡Pardiez, señor mío!, encontrar

 

un marido para su hermana.

 

GREMIO.-¿Un marido? ¡Un demonio!

 

HORTENSIO.-Un marido, un marido, digo.

 

GREMIO.-Pues yo digo un diablo. Porque, ¿es

 

que creéis, Hortensio, que, pese a la gran fortuna de

 

su padre, habrá en el mundo un hombre tan loco

 

como para casarse con ese infierno de mujer?

 

HORTENSIO.-¡Bah!, creedme, Gremio, aunque

 

sea algo por encima de nuestra paciencia, de la

 

vuestra y de la mía, el soportar sus gritos y sus querellas,

 

no faltarán, amigo mío, barbianes atrevidos

 

(la cuestión es dar con ellos), que carguen con la

 

moza, pese a todos sus defectos, si va bien envuelta

 

en dinero.

 

GREMIO.-No me atrevería yo a asegurar otro

 

tanto. En todo caso, y en lo que a mí respecta, yo

 

preferiría recibir tan sólo su dote, aun con la condición

 

de ser azotado todas las mañanas en plena plaza

 

del mercado.

 

HORTENSIO.-Razón tiene el proverbio; en

 

efecto, cuando las manzanas están podridas, es difícil

 

escoger. En todo caso, puesto que la condición

 

impuesta por el padre nos hace amigos, mantengamos

 

esta amistad hasta que hayamos encontrado

 

un marido para la mayor de las hijas de

 

Bautista. Luego, una vez la pequeña en libertad de

 

casarse, la batalla empezará de nuevo. ¡Blanca querida!

 

¡Dichoso el hombre que consiga tal tesoro! El

 

anillo al corredor más rápido. ¿No os parece, señor

 

Gremio?

 

GREMIO.-Estamos de acuerdo. Y el mejor caballo

 

de Padua daría, con gusto, con objeto de que

 

llegase rápido a cortejarla, a aquel que quisiera empezar

 

a enamorar a Catalina, casarse con ella, meterla

 

en su cama y librar de su presencia a la casa. Ea,

 

vamos. (Salen juntos.)

 

TRANIO.-Pero decidme, mi amo, por favor, ¿es

 

posible que el amor adquiera de pronto imperio tan

 

grande?

 

LUCENTIO.-¡Oh Tranio!, antes de sentir que la

 

cosa es cierta, no la hubiera creído posible, ni siquiera

 

probable. Pero, escucha, mientras estaba aquí,

 

mirando lo que pasaba sin pensar en otra cosa, he

 

sentido los efectos del amor, y ahora, te lo confesaré

 

con franqueza puesto que eres para mí un confidente

 

tan querido como lo fue Ana para la reina de

 

Cartago; ardo, languidezco, muero. Tranio, si no

 

consigo conquistar a esa modesta joven. Aconséjame,

 

Tranio, pues tú puedes hacerlo, bien lo sé. Ayúdame,

 

Tranio, pues también sé que querrás ayudarme.

 

TRANIO.-Inútil ya, amo, tratar de regañaros.

 

Jamás los reproches expulsaron el amor de un corazón

 

enamorado. Si el amor os ha herido, no os queda

 

sino un recurso: “Redime te captum quam quaes

 

minimo”.

 

LUCENTIO.-Gracias, amigo mío. Continúa; diríase

 

que ya me siento aliviado. Lo que aún tengas

 

 

 

que decirme me reanimará completamente. Tus

 

consejos son buenos.

 

TRANIO-Mirabais, mi amo, a la joven con tal

 

insistencia, que tal vez no habéis notado lo principal.

 

LUCENTIO.-¡Ya lo creo que lo he notado! He

 

visto en su rostro una dulcísima belleza, tan sólo

 

comparable a la de la hija de Agenor que obligó nada

 

menos que al poderoso Júpiter a humillarse ante

 

ella y a besar con sus rodillas las playas de Creta.

 

TRANIO.-¿Y es cuanto habéis visto? ¿No habéis

 

notado cómo su hermana se ha puesto a gruñir

 

y a tronar, tan fuerte, que no había oídos humanos

 

que soportasen el estruendo?

 

LUCENTIO.-He visto, Tranio, moverse sus labios

 

de coral y perfumar el aire con su aliento. A

 

ella, y en ella cosas puras y suaves es cuanto he visto.

 

TRANIO. (Aparte.)-Lo primero, en verdad, es

 

sacarle de su arrobamiento. Despertad, mi amo, os

 

lo ruego. Si amáis a la joven aplicad vuestros pensamientos

 

y vuestro corazón a conquistarla. La situación

 

es la siguiente: su hermana mayor es tan

 

arisca y tan rabiosa, que mientras su padre no se haya

 

desembarazado de ella, vuestra amada, mi amo

 

 

 

permanecerá clavada en la casa. Y sólo con este

 

propósito ha encerrado a la menor, con objeto de

 

no verse importunado por sus pretendientes.

 

LUCENTIO.-¡De qué modo, oh Tranio, es cruel

 

ese padre! Pero, ¿no te has dado cuenta de que se

 

preocupa por encontrar maestros hábiles que puedan

 

instruirla?

 

TRANIO.-¡Por supuesto, mi amo! Y, ¡pardiez!,

 

he aquí lo que va a arreglar el asunto.

 

LUCENTIO.-Tal creo también.

 

TRANIO.-Amo, apostaría a que ambos hemos

 

tenido pensamientos que se encuentran y no hacen

 

sino uno.

 

LUCENTIO.-Dime primero el tuyo.

 

TRANIO-Pues que hagáis de profesor, y os encarguéis

 

de instruir a la joven. He aquí vuestro proyecto.

 

LUCENTIO.-Exacto. Y ¿es realizable?

 

TRANIO.-No, mi amo. Porque entonces, ¿quién

 

cumpliría aquí, en Padua, el papel del hijo de Vicentio?

 

¿Quién tendría dignamente su casa, estudiaría

 

en sus libros, recibiría a sus amigos, visitaría a sus

 

compatriotas y les invitaría a comer con él?

 

LUCENTIO-Basta, no te inquietes. Tengo ya

 

pensado todo lo necesario. Como aún no nos han

 

 

 

visto en casa alguna y no pueden leer en nuestras

 

caras quién es el amo y quién el criado, he aquí cómo

 

vamos a arreglar las cosas: tú serás, Tranio,

 

quien hagas de amo en mi lugar. Tú quien llevarás la

 

casa, su tren, los servidores y cuanto necesites para

 

ocupar mi puesto. Y yo seré otro personaje cualquiera:

 

un florentino, un napolitano o un hombre

 

pobre cualquiera de Pisa. La idea está ya madura y la

 

vamos a poner en práctica, Tranio. Conque despójate

 

al punto y endósate mi sombrero y mi capa de

 

color. En cuanto a Biondello, al llegar se pondrá a

 

tus órdenes. Pero antes tomaré las precauciones necesarias

 

con objeto de frenar su lengua.

 

TRANIO.-Necesidad y mucha tendréis de ello.

 

(Cambian sus vestidos.) En definitiva, mi amo, sea así,

 

puesto que tal lo deseáis puesto que mi deber es ser

 

obediente. Vuestro padre me lo recomendó muy

 

bien antes de que partiésemos: “Sirve en todo a mi

 

hijo”, me encareció bien. Claro que entendía la cosa

 

de modo muy distinto. Total: que soy feliz siendo

 

Lucentio a causa de lo mucho que a Lucentio quiero.

 

LUCENTIO.-Debes decir, Tranio: en atención al

 

amor que arde en Lucentio. En cuanto a mí, esclavo

 

quiero hacerme tan sólo por conseguir a esa joven,

 

 

 

cuya sola vista tan súbitamente ha cautivado, hiriéndolos,

 

a mis pobres ojos. (Entra Biondello.) Pero

 

aquí llega este pícaro... ¿Dónde has estado, bribón?

 

BIONDELLO.-¿Que dónde he estado? Pues

 

yo... Pero, y vos mismo, ¿dónde estáis ahora? ¿Es

 

que mi compañero Tranio, amo, os ha robado

 

vuestro vestido? ¿O es, al contrario, vos quien le

 

habéis robado el suyo? ¿U os habéis robado mutuamente

 

uno a otro? Decidme qué ocurre, os lo

 

ruego.

 

LUCENTIO.-Acércate, granuja. El momento no

 

está para bromas; por consiguiente, trata por tu

 

parte de ponerte de acuerdo con las circunstancias.

 

Tranio, tu compañero, al que ves aquí, se ha puesto

 

mi traje y toma mi personalidad para salvarme la vida.

 

Y yo me he endosado los suyos para poder escaparme.

 

Porque desde que hemos desembarcado he

 

matado a un hombre querellándome con él y temo

 

haber sido descubierto. Por consiguiente, sírvele

 

como si se tratase de mí mismo, mientras yo me

 

alejo con objeto de salvar la vida; ¿me has comprendido?

 

BIONDELLO.-¿Yo, mi amo? Ni una palabra.

 

LUCENTIO.-¡Y jamás en la boca el nombre de

 

Tranio! Tranio se ha cambiado ya en Lucentio.

 

 

 

BIONDELLO.-Suerte que tiene el pícaro. ¡Lástima

 

que no me sucediese a mí otro tanto!

 

TRANIO.-Yo hago el mismo voto, compañerito,

 

con tal de que se realice otro: que Lucentio pueda

 

conseguir a la hija más joven de Bautista. En cuanto

 

a ti, tarugo, ¡mucho cuidado! Y no a causa de mí,

 

sino a causa de nuestro amo. Y trata de comportarte

 

del modo más conveniente, sea cual sea la clase de

 

gente con que nos relacionemos. Cuando estemos

 

solos, Tranio seguiré siendo. En toda otra ocasión,

 

Lucentio, tu amo.

 

LUCENTIO.-Vámonos, Tranio, que aún hay algo

 

que debes hacer tú mismo: ponerte entre el número

 

de los pretendientes de Blanca. No me

 

preguntes por qué, bástate saber que tengo para ello

 

buenas razones. (Salen. Los del prólogo hablan a su vez.)

 

PRIMER CRIADO.-Dormitáis, señor. ¿Acaso

 

no os agrada la pieza?

 

SLY.-Ya lo creo, ¡por Santa Ana! Buena historia,

 

no hay duda. ¿Van a dar aún otra?

 

PAJE.-Excelencia, ésta empieza apenas.

 

SLY.-Por seguro que es un trabajo hábilmente

 

hecho, ¿eh, señora mi mujer? Pero yo preferiría que

 

hubiese acabado. (Sigue escuchando.)

 

 

 

ESCENA II

 

Padua. Delante de la casa de Hortensio

 

(Entran PETRUCHIO y su criado GRUMIO.)

 

PETRUCHIO.-Verona, adiós te he dicho por algún

 

tiempo con objeto de venir, como he venido, a

 

ver a mis amigos de Padua. Y antes que otro

 

alguno al más querido y mejor probado, mi buen

 

Hortensio. Y ésta es, si no me equivoco, su casa.

 

¡Aquí, Grumio, majadero! Da un porrazo.

 

GRUMIO.-¿Que dé un porrazo, mi amo? ¿A

 

quién debo pegar? ¿Es que alguien ha insultado a

 

vuestra señoría?

 

PETRUCHIO.-Pronto, bribón, golpéame ahí y

 

bien fuerte.

 

GRUMIO.-¿Que os golpee ahí, mi amo? ¿Y

 

quién soy yo, amo, para golpearos ahí?

 

PETRUCHIO.-¡Necio!, golpea al punto en esa

 

puerta como es debido, o seré yo quien golpee tu

 

cabeza de animal.

 

GRUMIO.-Estáis, mi amo, con ganas de disputa.

 

Por supuesto, si yo empezase a golpearos, bien sé

 

que pagaría al punto los vidrios rotos.

 

 

 

PETRUCHIO. -¡Cómo! ¿No obedeces? Pues

 

bien, granuja, puesto que no quieres golpear, yo lo

 

haré por ti. Vamos a ver si sabes o no solfear y

 

cantar. (Le tira de las orejas)

 

GRUMIO.-¡Socorro! ¡Socorro! ¡Mi amo se ha

 

vuelto loco!

 

PETRUCHIO.-Esto te enseñará a golpear cuando

 

yo te lo mando, ¡idiota!, ¡bribón! (Hortensio abre su

 

puerta.)

 

HORTENSIO.-¿Qué pasa?. ¿Qué ocurre aquí?

 

¡Pero si son Grumio y mi muy querido Petruchio!

 

¿Cómo estáis todos allá por Verona?

 

PETRUCHIO.-Llegas, mi buen Hortensio, a

 

punto para poner fin a la batalla. Con tutto il cuore, ben

 

trovato, puedo decirlo.

 

HORTENSIO.-Alla nostra casa ben venuto, molto honorato

 

signor mio Petruchio. Levántate, Grumio, levántate.

 

Ya arreglaremos esta cuestión.

 

GRUMIO.-No, caballero; en verdad que poco

 

importa cuanto explica en latín. Y decidme si no

 

habría ahora una razón sobrada para abandonar su

 

servicio. Porque escuchad, señor: me ha dicho que

 

le golpease, que le golpease sin duelo. Y decidme

 

vos si hubiera estado bien que un criado hiciese tal

 

cosa con su amo. Sin contar que se trata de un

 

 

 

hombre que (a simple vista se advierte) no parece

 

tener talla como para defenderse. Pero más me hubiera

 

valido haber golpeado fuerte, como me decía.

 

No hubieras recibido ¡pobre Grumio!, lo que has

 

recibido.

 

PETRUCHIO.-¡Qué idiota!, querido' Hortensio.

 

Lo que he dicho a este majadero ha sido que golpease

 

tu, puerta y no ha habido medio de que me

 

obedeciese.

 

GRUMIO.-¿Que golpease la puerta?. ¡El cielo

 

me valga! ¿Es que no me habéis dicho exactamente:

 

¡Pícaro, golpéame ahí!, ¡golpéame bien, golpéame

 

fuerte!”, y ahora decís se trataba de golpear la puerta?

 

PETRUCHIO.-Anda, idiota, quítate de mi vista

 

o calla, te lo aconsejo.

 

HORTENSIO.-Paciencia, Petruchio; salgo garante

 

de Grumio. No vale la pena, en verdad, una

 

querella entre tú y él, tu antiguo, tu fiel, tu excelente

 

servidor. Pero dime querido, ¿qué buen viento te

 

trae de la antigua Verona aquí, a Padua?

 

PETRUCHIO.-El viento que dispersa siempre a

 

los jóvenes por el mundo y les envía en busca de

 

fortuna lejos de su país natal, que no les ofrece recursos

 

suficientes. En pocas palabras, amigo HorL

 

 

 

tensio, he aquí cómo se han presentado para mí las

 

cosas: Antonio, mi padre, ha muerto. Y yo me he

 

lanzado al torbellino del mundo con objeto de ver

 

de casarme y de hacer fortuna del mejor modo que

 

me sea posible. Tengo escudos en la bolsa; allá en

 

mi país, un patrimonio, y me he dicho: en camino y

 

a ver mundo.

 

HORTENSIO.-Pues que es así, ¿quieres que te

 

hable con franqueza? Porque es que puedo presentarte

 

a una mujer áspera de veras y de un carácter

 

infernal. Bien sé que mi proposición no vale ni las

 

más mínimas gracias; ahora bien, como rica, esto

 

también te aseguro que lo es, ¡y mucho! Claro que,

 

no obstante, eres demasiado buen amigo para que

 

yo te desee tal suerte.

 

PETRUCHIO.-Querido Hortensio, entre amigos

 

tales que nosotros, pocas palabras bastan. Por consiguiente,

 

si conoces una mujer suficientemente rica

 

como para ser la mujer de Petruchio, como el oro es

 

el estribillo de mi danza de boda, aunque fuese tan

 

fea como la novia de Florent y tan vieja como la Sibila;

 

tan áspera y malhumorada como Xantipa, la

 

mujer de Sócrates o peor aun, no cambiaria de idea

 

ni sería capaz todo ello de embotar el filo de la pasión

 

que me inspiraría, incluso si era más indomable

 

 

 

que las poderosas olas del Adriático desencadenadas.

 

Precisamente he venido a Padua a hacer boda

 

rica: matrimonio rico, matrimonio feliz.

 

GRUMIO.-Ya veis, caballero, que os dice sin rodeos

 

lo que piensa. Dadle oro y se casará con una

 

muñeca, con la figurilla de un lazo de zapato, o con

 

una bruja vieja que no tenga un diente y si más

 

achaques que cincuenta y dos matalones. Abunde la

 

pista y todo irá como sobre ruedas.

 

HORTENSIO.-Petruchio, puesto que tal son las

 

cosas, vuelvo otra vez sobre lo que por pura broma

 

te había dicho. Puedo, sí, Petruchio amigo, procurarte

 

una mujer no solamente con mucho dinero,

 

sino joven y bella, mas educada como corresponde

 

a una doncella de calidad. Un solo defecto tiene,

 

ahora de marca; a saber: que es inaguantable, áspera,

 

violenta y terca. Pero todo de tal modo, que había

 

de ser mi fortuna muy inferior a lo que es, y no me

 

casaría yo con ella aunque el hacerlo me valiese una

 

mina de oro.

 

PETRUCHIO.-Detén la lengua, Hortensio. No

 

conoces el poder del oro. Dime el nombre de su

 

padre y ello me basta. E iré a dar la batalla así ruja

 

más que el trueno cuando revienta las nubes en otoño.

 

 

 

HORTENSIO.-Su padre es Bautista Minola, caballero

 

afable y cortés. En cuanto a ella, Catalina

 

Minola se llama; célebre en toda Padua a causa de la

 

violencia de su lengua.

 

PETRUCHIO.-Por mi parte, no la conozco; pero

 

sí a su padre, que, por cierto, en tiempos conocía

 

también mucho al mío. Y desde ahora te digo que

 

no descansaré hasta haberla visto. Por consiguiente,

 

permíteme que te deje apenas encontrado, a menos

 

que gustes acompañarme a su casa.

 

GRUMIO. (A Hortensio.)-Dejadle, dejadle que vaya,

 

caballero, mientras le canta el capricho de hacerlo.

 

Os doy mi palabra que si la paloma le conociese

 

como yo le conozco, sabría que chillar con él es

 

como si nada. Puede llamarle ganapán u otras cosas

 

semejantes una docena de veces, y se quedará tan

 

tranquilo. Y como se decida a que haya tormenta,

 

¡ tormenta habrá! Esto os lo garantizo también, caballero.

 

Es más, por poco que le resista, la caerá

 

tanto y tan bien caído en plena cara, que pronto,

 

desfigurada, sus ojos no serán mas grandes que los

 

de un gato. Creedme, señor, que no le conocéis

 

bien.

 

HORTENSIO.-Pues aguarda un instante entonces,

 

Petruchio, e iré contigo. Porque Bautista tiene

 

 

 

también bajo su poder a mi tesoro, a la joya de mi

 

vida: su hija menor Blanca, a la que ha apartado de

 

mis ojos, así como a los de todos sus pretendientes,

 

mis rivales, porque, suponiendo que, a causa de todos

 

los defectos que te he enumerado a propósito

 

de Catalina, nadie la solicitará en matrimonio, por

 

ver precisamente de conseguirlo, el padre ha decidido

 

que nadie podrá acercarse a Blanca si previamente

 

la maldita Catalina no ha encontrado un

 

marido.

 

GRUMIO.-¿Catalina la maldita? ¿Podría haber

 

apodo peor para una joven?

 

HORTENSIO.-Y ahora, mi querido Petruchio,

 

vas a hacerme un favor. Voy a disfrazarme con el

 

traje más modesto que encuentre, y me presentarás

 

al anciano Bautista como un experto profesor de

 

música que daría con Ruste lecciones a Blanca. Mediante

 

esta estratagema tendré al menos la libertad

 

suficiente para seguir haciendo la corte a mi amada

 

sin inspirar sospechas, es decir para hablar a solas

 

con ella.

 

GRUMIO.-No me parece que haya en ello trapacería.

 

No obstante, ved cómo los jóvenes saben ponerse

 

de acuerdo para engañar a los viejos (Entran

 

Gremio Y Lucentio, éste disfrazado de maestro de escuela y

 

 

 

llevando unos libros bajo el brazo.) ¡Amo!, ¡amo!, mirad

 

detrás de vos, mirad. ¿Quiénes serán esos que llegan?

 

HORTENSIO.-Silencio, Grumio. Es mi rival.

 

Apartémonos un instante, Petruchio.

 

GRUMIO.-¡Hermoso joven!, de veras. Y con aire

 

de muy enamorador. (Se apartan.)

 

GREMIO.-Muy bien ¡muy bien! La lista de libros,

 

¡perfecta! Porque, escuchadme, quiero no solamente

 

que todos estén muy bien encuadernados,

 

sino que sólo traten de amor. Tener cuidado de no

 

hacerla leer otros, ¿me comprendéis?... Además de

 

lo que os procuraría la liberalidad del señor Bautista,

 

yo añadiré largamente lo que merezcan vuestros

 

servicios. Tomad vuestra lista. (Se la entrega.) Y que

 

cuanto vaya a sus manos esté bien perfumado, pues

 

más suave es que todos los perfumes la a quien los

 

libros están destinados. ¿Qué vais a leerle hoy?

 

LUCENTIO.-Estad tranquilo; sea lo que sea de

 

lo que trate la lección, pleitearé vuestra causa, puesto

 

que lo haríais vos mismo. Y hasta quizá en términos

 

más persuasivos. A menos, señor, que seáis letrado.

 

GREMIO.-¡Ah, el saber! ¡Las letras! ¡Qué cosa

 

grande las letras!

 

 

 

GREMIO (aparte.)-¡Oh los besugos! ¡Qué besugo

 

más grande este asno!

 

PETRUCHIO.- ¡Silencio. idiota!

 

HORTENSIO.-Calla, sí, Grumio (Avanzando.)

 

Dios os guarde, amigo señor Gremio.

 

GREMIO.-¡Ah! Sed bien venido, señor Hortensio.

 

¿Sabéis adónde voy? A casa de Bautista Minola.

 

Le había prometido ocuparme en, encontrar un profesor

 

para la hermosa Blanca, y he tenido la fortuna

 

de tropezarme con este joven que, a causa de su

 

ciencia y sus modales, le conviene perfectamente. Es

 

sumamente versado en poesía y en otros libros, todos

 

excelentes, os lo garantizo.

 

HORTENSIO.-Pues me parece muy bien. Por

 

mi parte, he dado a mi vez con un hidalgo que me

 

ha prometido encontrar un maestro de música capaz

 

de instruir a nuestra amada. Con ello, no seré yo

 

menos que vos en salir útil a la deliciosa Blanca, a la

 

que tanto quiero.

 

GREMIO.-Lo mismo digo, y mis actos lo probarán.

 

GRUMIO. (Aparte.)-Y sobre todo sus sacos bien

 

repletos.

 

HORTENSIO.-No es éste el momento, señor

 

Gremio, de dar al viento vuestro amor. Por el contrario,

 

escuchadme y hablando razonablemente, os

 

diré algo muy bueno para los dos. Ved aquí un hidalgo

 

al que he hallado por casualidad, y con el que

 

tras haber conversado amigablemente, hemos llegado

 

a un acuerdo: está dispuesto a hacer la corte a

 

Catalina la maldita, e incluso a casarse con ella si la

 

dote le conviene.

 

GREMIO.-Si lo que hasta ahora sólo es un dicho

 

llega a ser un hecho, todo iría de maravilla. Pero ¿le

 

habéis informado, Hortensio, de los defectos de la

 

hermosa?

 

PETRUCHIO.-Sé que es una joven insoportable,

 

escandalosa y querelladora. Por supuesto, señores, si

 

no es sino esto, no veo en ello nada de alarmante.

 

GREMIO.-¿Nada decís, amigo mío? ¿De dónde

 

sois?

 

PETRUCHIO.-Verona fue mi cuna y el anciano

 

Antonio mi padre. Este muerto, viva en cambio y a

 

mi servicio está mi fortuna, y mi esperanza: que ella

 

me haga vivir a mí largos y felices días aún.

 

GREMIO.-Es que con semejante mujer, señor

 

mío, sorprendente sería que alcanzaseis tal vida. Pero

 

si tenéis estómago para ello, ¡adelante y que Dios

 

os ayude! En cuanto a mí, contad que os prestaré

 

 

 

apoyo en todo... Pero ¿en verdad estáis dispuesto a

 

intentar la conquista de ese gato montés?

 

PETRUCHIO.-Tan seguro como que estoy vivo.

 

GRUMIO.-¿Que si le hace el amor? ¡No se lo ha

 

de hacer! Que me ahorquen si no cumple lo que

 

promete.

 

PETRUCHIO.-¿Para qué he venido aquí sino

 

con este objeto? ¿Creéis que un poco de escándalo

 

pueda espantar mis oídos? ¿Es que no he oído durante

 

mi vida rugir a leones? ¿No he escuchado el

 

mar hinchado por los vientos bramar como jabalí

 

furioso cubierto de espuma? ¿No he oído el tronar

 

de los grandes cañones de campaña, y en las nubes

 

artillería del cielo, o en lo más fuerte de la batalla las

 

alarmas espantosas, los corceles relinchar y el agrio

 

clamor de las trompetas? ¿Y tras todo ello venir a

 

hablarme de la lengua de una mujer, que no llega a

 

hacer el ruido que hace una castaña que crepita al

 

asarse en el hogar de un campesino? ¡Bah, bah!,

 

guardad vuestro coco para los niños.

 

GRUMIO.-¿Quién dijo miedo a mi amo?

 

GREMIO.-Me parece, Hortensio, que este hidalgo

 

ha caído lo que se dice del cielo, tanto para él como

 

para nosotros.

 

 

 

HORTENSIO.-Le he prometido que tomaríamos

 

parte ambos, vos y yo, en cuanto gaste cortejándola,

 

sea la cantidad que sea.

 

GREMIO.-¡Aceptado! Por supuesto, con tal de

 

que se haga aceptar.

 

GRUMIO.-¡Que no tuviese yo tan segura una

 

buena comilona! (Entra Tranio ricamente vestido, seguido

 

de Biondello.)

 

TRANIO.-Caballeros, ¡Dios os guarde! Dispensad

 

mi atrevimiento, y decidme, os lo ruego, cuál es

 

el camino más corto para ir a casa del señor Bautista

 

Minola.

 

BIONDELLO.-¿El que tiene dos lindas hijas?

 

¿No es por él por quien preguntáis?

 

TRANIO.-Por él, exactamente, Biondello.

 

GREMIO.-Decidme, caballero... ¿Venís acaso

 

por ver la...?

 

TRANIO.-La y el quizá, caballero. ¿Tenéis algo

 

que oponer a ello?

 

PETRUCHIO.-En todo caso, no por la querelladora,

 

¿verdad?

 

TRANIO.-No me gustan las querellas, caballero.

 

Partamos, Biondello.

 

LUCENTIO. (Aparte).-Buen principio, Tranio.

 

 

 

HORTENSIO.-Una palabra, caballero, antes de

 

que os marchéis. ¿Pretendéis la mano de la joven a

 

que os referís, sí o no?

 

TRANIO.-Y si tal ocurriese, señor mío, ¿sería un

 

crimen?

 

GREMIO.-No. Sobre todo si os largaseis excusando

 

ya toda palabra.

 

TRANIO.-¡Cómo, caballero! ¿Acaso la calle no

 

es libre para todo el mundo?

 

GREMIO.-La calle, sí; la joven, no.

 

TRANIO.-¿La razón, si hacéis el favor?

 

GREMIO.-Si queréis saberla, hela aquí: porque

 

es la bienamada del caballero Gremio.

 

HORTENSIO.-Sobre ser la que el caballero

 

Hortensio ha escogido.

 

TRANIO.-Despacio, señores. Si sois hidalgos,

 

hacedme el favor de escucharme con paciencia, pues

 

a ello tengo derecho. Bautista es un caballero a

 

quien mi padre no es enteramente desconocido; en

 

cuanto a su hija, de ser aun más hermosa de lo que

 

es, nada la impediría tener más pretendientes de los

 

que ya tiene, y a mí entre ellos. Mil enamorados tuvo

 

la hija de la hermosa Leda; por consiguiente, bien

 

puede Blanca tener uno más. Y le tendrá. Y éste será

 

 

 

Lucentio, que espera ser el que triunfe, incluso si Paris

 

mismo apareciese de repente.

 

GREMIO.-Pero, bueno, ¿es que este caballero va

 

a cerrarnos a todos la boca?

 

LUCENTIO.-Pasadle la rienda, señor, y veréis

 

qué poco avanza.

 

PETRUCHIO.-¿Para qué tantas palabras, Hortensio?

 

HORTENSIO.-Caballero, ¿me atrevería a preguntaros

 

si habéis visto alguna vez a la hija de Bautista?

 

TRANIO.-No, señor mío; pero me han dicho

 

que tiene dos: una tan conocida por su lengua disputadora

 

como la otra por su modestia llena de gracia.

 

PETRUCHIO.-¡Alto ahí, caballero! La primera

 

es para mí, no os ocupéis de ella.

 

GREMIO.-Sí, dejemos este trabajo al poderoso

 

Hércules, dejémosle que eclipse los doce trabajos de

 

Alcides.

 

PETRUCHIO.-Caballero, dignaos comprender

 

lo que sigue: la pequeña, a la que vos aspiráis, su padre

 

la ha sustraído a todos. No quiere prometerla a

 

ninguno, sea quien fuere, antes de haber casado a la

 

 

 

mayor. Sólo entonces la pequeña quedará libre, pero

 

no antes.

 

TRANIO.-De ser así, caballero, y de ser vos el

 

hombre que ha de hacernos tal servicio a todos, a

 

mí como a los demás; si sois el hombre que debe

 

romper el hielo; a quien incumbe la hazaña de conquistar

 

a la mayor, dándonos con ello acceso a la

 

pequeña, el que al fin tenga la dicha de poseer ésta

 

no será tan perverso como para mostrarse ingrato.

 

HORTENSIO.-Bien habláis y bien pensáis, caballero.

 

Y pues confesáis ser también de los pretendientes,

 

debéis, como nosotros, estar agradecido a

 

este hidalgo, a quien nosotros estamos asimismos

 

obligados.

 

TRANIO.-Podéis estar seguro de ello, señor

 

mío. Y como prueba, os propongo que pasemos

 

juntos la tarde bebiendo a la salud de nuestras amadas.

 

Es decir, haciendo como los abogados, que

 

ante el juez luchan implacablemente, pero que luego

 

comen y beben juntos como los mejores amigos del

 

mundo.

 

GRUMIO y BIONDELLO. (A un tiempo.)

 

Excelente proposición! Partamos, camaradas.

 

 

 

HORTENSIO.-La proposición es buena, en

 

efecto. Aceptada, pues. Petruchio, eres mi invitado.(

 

Sale)


Continúa en La fierecilla domada - Parte 2 >>


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