Principal

      Comentar publicación Español
x

Elige tu idioma

EnglishEspañol

Sueño de una noche de verano obra completa

Detalles Breves:

A 1 persona le gusta


EL SUEÑO DE UNA NOCHE DE VERANO

de
William Shakespeare

Año 1595-1596

DRAMATIS PERSONAE

 

TESEO, Duque de Atenas

 

HIPÓLITA, reina de las amazonas, prometida de Teseo

 

LISANDRO, enamorado de Hermia

 

HERMIA, enamorada de Lisandro

 

DEMETRIO, pretendiente de Hermia

 

HELENA, enamorada de Demetrio

 

EGEO, padre de Hermia

 

FILÓSTRATO, maestro de ceremonias

 

FONDÓN, tejedor

 

MEMBRILLO, carpintero

 

FLAUTA, remiendafuelles

 

MORROS, calderero

 

HAMBRÓN, sastre

 

AJUSTE, ebanista

 

OBERÓN, rey de las hadas

 

TITANIA, reina de las hadas

 

ROBÍN EL BUENO, duende

 

FLORDEGUISANTE

 

TELARAÑA

 

POLILLA hadas

 

MOSTAZA

 

Acompañamiento en la corte de Atenas.

 

Otras hadas del séquito de Oberón y Titania.

 

EL SUEÑO DE UNA NOCHE DE VERANO

 

Acto I

Escena I

Entran TESEO, HIPóLITA, [FILóSTRATO] y otros.

 

TESEO

 

Bella Hipólita, nuestra hora nupcial

 

ya se acerca: cuatro días gozosos

 

traerán otra luna. Mas, ¡ay, qué despacio

 

mengua ésta! Demora mis deseos,

 

semejante a una madrastra o una viuda

 

que va mermando la herencia de un joven.

 

HIPÓLITA

 

Pronto cuatro días se hundirán en noche;

 

pronto cuatro noches pasarán en sueños,

 

y entonces la luna, cual arco de plata

 

tensado en el cielo, habrá de contemplar

 

la noche de nuestra ceremonia.

 

TESEO

 

Anda, Filóstrato,

 

mueve a la alegría a los jóvenes de Atenas,

 

despierta el vivo espíritu del gozo.

 

Y manda la tristeza a los entierros:

 

tan mustia compañía no conviene a nuestra fiesta.

 

[Sale FILÓSTRATO.]

 

Hipólita, te he cortejado con mi espada

 

e, hiriéndote, tu amor he conquistado .

 

Mas voy a desposarte en otro tono:

 

con festejo, celebración y regocijo.

 

Entran EGEO y su hija HERMIA, LISANDRO y DEMETRIO.

 

EGEO

 

¡Salud a Teseo, nuestro excelso duque!

 

TESEO

 

Gracias, buen Egeo. ¿Qué noticias traes?

 

EGEO

 

Acudo a ti consternado a denunciar

 

a mi propia hija Hermia. -Acércate,

 

Demetrio. - Mi noble señor, este hombre tiene

 

mi consentimiento para unirse a ella. –

 

Acércate, Lisandro. - Y, mi augusto duque,

 

este otro le ha embrujado el corazón. -

 

Sí, Lisandro: tú le has dado tus poesías

 

y con ella has cambiado prendas de amor.

 

En el claro de luna le has cantado a su ventana,

 

afectando con tu voz tiernos afectos,

 

y en su mente tu imagen has sellado con pulseras

 

hechas con tu pelo, sortijas, adornos,

 

caprichos, baratijas, ramilletes y confites,

 

seductores de la incauta juventud;

 

con astucia a mi hija has cautivado,

 

y has trocado la obediencia que me debe

 

en tenaz insumisión. Gran duque,

 

si ella aquí, en tu augusta presencia,

 

se niega a casarse con Demetrio,

 

yo reclamo el antiguo privilegio ateniense;

 

puesto que es hija mía, yo dispongo de ella:

 

o se la entrego a este caballero

 

o a la muerte, como de forma expresa

 

estipula nuestra ley para este caso.

 

TESEO

 

¿Qué respondes, Hermia? Considera, hermosa joven,

 

que tu padre debe ser para ti como un dios.

 

Él te dio belleza; sí, y para él

 

tú eres como imagen estampada

 

en cera: queda a su albedrío

 

conservar la figura o borrarla.

 

Demetrio es un digno caballero.

 

HERMIA

 

También Lisandro.

 

TESEO

 

En sí mismo, sí; pero en este caso,

 

al no tener la venia de tu padre,

 

el otro debe ser tenido por más digno.

 

HERMIA

 

Ojalá que mi padre viera con mis ojos.

 

TESEO

 

Tus ojos debieran ver con su juicio.

 

HERMIA

 

Suplico, mi señor, que me perdones.

 

No sé lo que me ha dado el valor,

 

ni si es conveniente a mi recato

 

defender ante ti mi pensamiento.

 

Mas te ruego, mi señor, que me digas

 

lo peor que puede sucederme

 

si me niego a casarme con Demetrio.

 

TESEO

 

La pena de muerte o renunciar

 

para siempre al trato con los hombres.

 

Por tanto, bella Hermia, examina tus deseos,

 

piensa en tu edad, mide bien tus sentimientos

 

y decide si, al no ceder a la elección paterna,

 

podrás soportar el hábito de monja,

 

encerrada para siempre en lóbrego claustro,

 

viviendo como hermana yerma de por vida

 

y entonando tenues himnos a la frígida luna.

 

Las que, venciendo su pasión, emprenden

 

tan casto peregrinaje son tres veces benditas,

 

pero en la tierra es más feliz la rosa arrancada

 

que la que, ajándose en intacto rosal,

 

crece, vive y muere en bendita doncellez.

 

HERMIA

 

Pues así he de crecer, vivir y morir, señor,

 

antes que ceder mi privilegio virginal

 

al hombre cuyo no querido yugo

 

mi alma se niega a obedecer.

 

TESEO

 

Considéralo despacio y, con la luna nueva,

 

el día en que mi amor y yo sellemos

 

un contrato de unión sempiterna,

 

ese día prepárate a morir

 

por no acatar el deseo de tu padre,

 

a casarte con Demetrio, como quiere,

 

o, en el altar de Diana, a hacer voto

 

de perenne abstinencia y celibato.

 

DEMETRIO

 

Querida Hernia, cede. Lisandro, somete

 

tu falaz pretensión a mi claro derecho.

 

LISANDRO

 

Demetrio, tú ya tienes el amor de su padre;

 

tenga yo el de Hermia. Cásate con él.

 

EGEO

 

Cierto, burlón Lisandro: él tiene mi amor,

 

y con mi amor le daré lo que es mío.

 

Como ella es mía, todos mis derechos sobre ella

 

se los transfiero a Demetrio.

 

LISANDRO

 

Mi señor, soy de tan noble cuna como él

 

y de igual hacienda. Estoy más enamorado,

 

mi posición se equipara, si es que no

 

supera, a la de Demetrio.

 

Y, lo que cuenta más que mis alardes,

 

la hermosa Hermia me quiere.

 

¿Por qué voy a renunciar a mi derecho?

 

Demetrio (y se lo digo a la cara)

 

ha cortejado a Helena, la hija de Nédar,

 

y le ha robado el alma; y la dulce Helena

 

ama, adora, idolatra con delirio

 

a este hombre corrompido y veleidoso.

 

TESEO

 

Debo confesar que también he oído eso

 

y pensaba hablar con Demetrio de este asunto,

 

mas, atareado con los míos propios,

 

se me fue de la memoria. Demetrio, ven,

 

y tú también, Egeo; vais a acompañarme:

 

os quiero hacer una advertencia a solas.

 

Respecto a ti, bella Hernia, prepárate

 

a ajustar tu capricho al deseo de tu padre;

 

si no, las leyes de Atenas, que yo no puedo

 

suavizar, han de entregarte a la muerte

 

o a una vida de santo celibato. -

 

Ven, Hipólita. ¿Cómo estás, mi amor? -

 

Demetrio y Egeo, venid conmigo.

 

Os he reservado algunas tareas

 

referentes a mis bodas, y quiero hablaros

 

de algo que os toca muy de cerca.

 

EGEO

 

Te seguimos con placer y acatamiento.

 

Salen todos menos LISANDRO y HERMIA.

 

LISANDRO

 

¿Qué tal, mi amor? ¿Por qué tan pálida?

 

¿Cómo es que tus rosas se han mustiado tan deprisa?

 

HERMIA

 

Tal vez por falta de lluvia, que bien

 

podría darles con diluvios de mis ojos.

 

LISANDRO

 

¡Ay de mí! A juzgar por lo que he leído

 

o lo que he oído de casos reales o fábulas,

 

el río del amor jamás fluyó tranquilo.

 

O había diferencia de rango...

 

HERMIA

 

¡Qué cruz! Ser no ble y no poder prendarse del humilde.

 

LISANDRO

 

... o edades dispares y no hacían pareja.

 

HERMIA

 

¡Qué cruel! Ser vieja y no poder casarse con un joven.

 

LISANDRO

 

O depender de la elección de los tuyos.

 

HERMIA

 

¡Ah, infierno! ¡Que elijan nuestro amor ojos de otros!

 

LISANDRO

 

O, si había consonancia en la elección,

 

asediaban al amor enfermedad, guerra o muerte,

 

volviéndolo fugaz como un sonido,

 

veloz como una sombra, efímero cual sueño,

 

breve cual relámpago que, en la noche oscura,

 

alumbra en su arrebato cielo y tierra

 

y, antes que podamos decir «¡Mira!»,

 

lo devoran las fauces de las sombras.

 

Así de rápido perecen ilusiones.

 

HERMIA

 

Si los amantes encontraban siempre estorbos,

 

será porque es ley del destino.

 

Soportemos pacientes nuestra pena,

 

pues es cruz que de antiguo se ha llevado,

 

y tan propia del amor como los sueños, suspiros,

 

ansias, deseos y llanto que siempre le acompañan.

 

LISANDRO

 

Buen parecer. Entonces, oye, Hermia:

 

tengo una tía viuda, señora

 

de grandes rentas y sin hijos.

 

Reside a siete leguas de Atenas,

 

y yo soy para ella como su único hijo.

 

Allí, querida Hermia, puedo desposarte;

 

allí no pueden seguirnos las rígidas

 

leyes atenienses. Así que, si me quieres,

 

escápate esta noche de casa de tu padre

 

y, en el bosque, a una legua de la villa,

 

donde una vez te vi con Helena

 

celebrando las fiestas de mayo,

 

allí te esperaré.

 

HERMIA

 

Gentil Lisandro,

 

por el arco más fuerte de Cupido,

 

por su flecha mejor de punta de oro,

 

por las palomas de Venus, candorosas,

 

por lo que une almas y al amor exhorta,

 

por el fuego en que ardió Dido de Cartago

 

cuando vio zarpar al falso troyano,

 

por cuantas promesas el hombre vulnera

 

(más de las que nunca mujeres hicieran),

 

te juro que en ese lugar que me has dicho

 

mañana sin falta me veré contigo.

 

LISANDRO

 

Cumple el juramento, amor. Aquí viene Helena.

 

Entra HELENA.

 

HERMIA

 

Dios te guarde, bella Helena. ¿Dónde vas?

 

HELENA

 

¿Me has llamado bella? Lo has de retirar.

 

Demetrio ama tu belleza. ¡Gran dicha!

 

Le guían tus ojos, y tu voz divina

 

le suena más dulce que al pastor la alondra

 

cuando el trigo es verde y el espino brota.

 

El mal se contagia. ¡Pero no un semblante!

 

El tuyo, mi Hermia, quisiera robarte.

 

Mi oído, tu voz; mis ojos anhelan

 

tus ojos; mi lengua, el son de tu lengua.

 

Fuera mío el mundo, menos a Demetrio,

 

por cambiarme en ti lo daría entero.

 

¡Ah, enséñame a ser bella, dime ya

 

cómo logras a Demetrio enamorar!

 

HERMIA

 

Le miro con ceño, pero él sigue amándome.

 

HELENA

 

¡Aprendieran mis sonrisas ese arte!

 

HERMIA

 

Le doy maldiciones, y él me da su amor.

 

HELENA

 

¡Pudieran mis preces moverle a pasión!

 

HELENA

 

Cuanto más le odio, más me sigue él.

 

HELENA

 

Cuanto más le amo, más me odia él.

 

HERMIA

 

Culpa mía no es su locura, Helena.

 

HELENA

 

¡Así fuera mía! Es de tu belleza.

 

HERMIA

 

Alégrate. Nunca más verá mi cara,

 

pues Lisandro y yo huiremos de casa.

 

Antes que a Lisandro le hubiera yo visto,

 

para mí era Atenas como un paraíso.

 

¿Cuáles son las gracias que hay en mi dueño,

 

que ha convertido un cielo en infierno?

 

LISANDRO

 

Dulce Helena, te revelo nuestro plan:

 

mañana, cuando en el marino cristal

 

la luna contemple su rostro plateado

 

y líquidas perlas adornen los campos

 

(la hora que huidas de amantes oculta),

 

las puertas de Atenas verán nuestra fuga.

 

HERMIA

 

Y en el bosque, donde tú y yo tantos días

 

solíamos yacer en lechos de prímulas

 

confiándonos las dos nuestros secretos,

 

allí Lisandro y yo nos encontraremos:

 

no nos faltarán, olvidando Atenas,

 

otras compañías y amistades nuevas.

 

Adiós, buena amiga; tennos en tus preces,

 

y que tu Demetrio te depare suerte.

 

Lisandro, no faltes. Del manjar de amores

 

nuestra vista ayune hasta mañana noche.

 

LISANDRO

 

Allí estaré, Hermia.

 

Sale HERMIA.

 

Helena, he de irme.

 

Cual tú por Demetrio, que él por ti suspire.

 

Sale.

 

HELENA

 

¡Cuánto más felices son un as que otras!

 

Para Atenas soy como ella de hermosa,

 

mas, ¿de qué me sirve? No lo cree Demetrio:

 

lo que todos saben no quiere saberlo.

 

¿Que él yerra adorando los ojos de Hermia?

 

Yo tampoco acierto amando sus prendas.

 

A lo que es grosero, deforme y vulgar

 

Amor puede darle forma y dignidad.

 

Amor ve con la mente, no con la vista;

 

por eso a Cupido dios ciego lo pintan.

 

Y no es que a su mente la guíe el cuidado,

 

que alas y ceguera hablan de arrebatos.

 

Por eso se dice que Amor es un niño,

 

pues ha errado mucho con quien ha elegido.

 

Y si los muchachos jugando se mienten,

 

así el niño Amor es perjuro siempre.

 

Antes que Demetrio de Hermia se prendara

 

sus votos de amor eran granizada.

 

Llegando al granizo el calor de Hermia,

 

con él derritió todas sus promesas.

 

La fuga de Hermia le voy a contar:

 

mañana en la noche él la seguirá

 

hasta el mismo bosque. Cuando oiga mi anuncio,

 

si me da las gracias, las dará a disgusto.

 

Mas yo de este modo la pena compenso

 

viéndole ir allá, y luego al regreso.

 

Sale.

 

 

 

Escena II

 

 

 

Entran MEMBRILLO el carpintero, AJUSTE el ebanista, FONDÓN el tejedor, FLAUTA el

 

remiendafuelles, MORROS el calderero y HAMBRÓN el sastre.

 

MEMBRILLO

 

¿Está toda la compañía?

 

FONDÓN

 

Más vale que los llames peculiarmente, uno a uno, según el escrito.

 

MEMBRILLO

 

Aquí está la lista con los nombres de todos los de Atenas a los que se considera aptos para representar la

 

comedia ante el duque y la duquesa en la noche de su boda.

 

FONDÓN

 

Amigo Membrillo, primero di de qué trata la obra; después, nombra a los cómicos y entonces llega al

 

final.

 

MEMBRILLO

 

Pues la obra se llama «La dolorosísima comedia y la crudelísima muerte de Píramo y Tisbe».

 

FONDÓN

 

Un gran trabajo, te lo digo yo, y divertido. Ahora, amigo Membrillo, pasa lista a los cómicos. Señores,

 

separaos.

 

MEMBRILLO

 

Responded conforme os llame. Fondón el tejedor.

 

FONDÓN

 

Presente. Dime mi papel y sigue.

 

MEMBRILLO

 

Tú, Fondón, haces de Píramo.

 

FONDÓN

 

¿Quién es Píramo? ¿Un amante o un tirano?

 

MEMBRILLO

 

Un amante que se mata galantemente por amor.

 

FONDÓN

 

Para hacerlo bien eso exigirá algún llanto. Si es mi papel, que el público se cuide de sus ojos:

 

desencadenaré tempestades, lloraré mi dolor. Todo eso. Aunque lo mío es el tirano. Haría un Hércules

 

espléndido o un papel de bramar y tronar, de estremecerlo todo:

 

Las rocas rugientes,

 

los golpes rompientes

 

destrozan los cierres

 

de toda prisión.

 

Y el carro de Febo,

 

que brilla a lo lejos,

 

al destino necio

 

trae la destrucción.

 

¡Qué sublime! - Llama a los otros cómicos. - Es el tono de Hércules, el tono de un tirano. Un amante es

 

más doliente.

 

MEMBRILLO

 

Flauta el remiendafuelles.

 

FLAUTA

 

Presente, Membrillo.

 

MEMBRILLO

 

Flauta, tú tienes que hacer de Tisbe.

 

FLAUTA

 

¿Quién es Tisbe? ¿Un caballero andante?

 

MEMBRILLO

 

Es la amada de Píramo.

 

FLAUTA

 

Oye, no. No me deis un papel de mujer: me está saliendo la barba.

 

MEMBRILLO

 

No importa. Puedes hacerlo con máscara y hablar con voz fina.

 

FONDÓN

 

Si puedo taparme la cara, déjame hacer de Tisbe a mí también. Pondré una voz finísima: «Tizne, Tizne.»

 

« ¡Ah, Píramo, amado mío! ¡Querida Tisbe, amada mía! »

 

MEMBRILLO

 

No, no. Tú haces de Píramo; y tú, de Tisbe, Flauta.

 

FONDÓN

 

Bueno, sigue.

 

MEMBRILLO

 

Hambrón el sastre.

 

HAMBRÓN

 

Presente, Membrillo.

 

MEMBRILLO

 

Hambrón, tú tienes que hacer de madre de Tisbe. - Morros el calderero.

 

MORROS

 

Presente, Membrillo.

 

MEMBRILLO

 

Tú, de padre de Píramo. Yo, de padre de Tisbe. -Ajuste el ebanista. Tú, el papel del león. - Espero que

 

sea un buen reparto.

 

AJUSTE

 

¿Tienes escrito el papel del león? Si lo tienes, haz el favor de dármelo, que yo aprendo despacio.

 

MEMBRILLO

 

Puedes improvisarlo: sólo hay que rugir.

 

FONDÓN

 

Déjame hacer de león a mí también. Rugiré de tal modo que levantaré el ánimo a cualquiera. Rugiré de

 

tal modo que el duque dirá: «¡Que vuelva a rugir, que vuelva a rugir!»

 

MEMBRILLO

 

Si te pones tan tremendo asustarás a la duquesa y a las damas, y harás que griten. Sólo por eso nos

 

ahorcarían a todos.

 

TODOS

 

A todos, a cada hijo de vecino.

 

FONDÓN

 

Amigos, si asustáis de muerte a las damas, seguro que no les quedará más respectiva que ahorcarnos.

 

Pero yo voy a agraviar la voz y os rugiré más suave que un pichón. Os rugiré como un ruiseñor.

 

MEMBRILLO

 

Tú no harás más que de Píramo, que Píramo es bien parecido y tan apuesto como el que más en día de

 

primavera. Muy guapo y todo un caballero. Así que tienes que hacer de Píramo.

 

FONDÓN

 

Bueno, pues me encargo de él. ¿Qué barba es mejor para el papel?

 

MEMBRILLO

 

La que tú quieras.

 

FONDÓN

 

Actuaré con barba de color paja, con barba cobriza, con barba carmesí o con barba dorada como una corona

 

de oro francesa.

 

MEMBRILLO

 

Algunas coronas francesas ya no tienen pelo, así que tendrás que actuar afeitado. - Bueno, amigos, aquí

 

tenéis los papeles. Os ruego, suplico y ordeno que os los aprendáis para mañana noche y que os reunáis

 

conmigo en el bosque de palacio, a una milla de Atenas, a la luz de la luna. Allí ensayaremos, que, si nos

 

juntamos en la ciudad, la gente nos asediará y sabrá lo que tramamos. Mientras, haré una lista de los

 

accesorios que requiere la comedia. Os lo ruego, no faltéis.

 

FONDÓN

 

Nos reuniremos y podremos ensayar con todo libertinaje y sin temor. ¡Trabajad duro y sin fallos! ¡Adiós!

 

MEMBRILLO

 

Nos vemos junto al roble del duque.

 

FoNDóN

 

Conforme. El que falte, se la carga.

 

Salen.

 

Acto II

 

 

 

Escena I

 

Entra un HADA por una puerta y ROBÍN EL BUENO por la otra.

 

ROBA

 

¿Qué hay, espíritu? ¿Dónde te encaminas?

 

HADA

 

Por valle y collado,

 

por soto y brezal,

 

por parque y cercado,

 

por fuego y por mar.

 

Por doquier me muevo presta,

 

como la luna en su esfera.

 

A mi Hada Reina sirvo

 

y en la hierba formo círculos.

 

Sus guardianas son las prímulas:

 

sus mantos dorados brillan

 

de rubíes, don de hadas;

 

vive en ellos su fragancia.

 

Traeré gotas de rocío, por prenderlas

 

en la oreja de estas flores como perlas.

 

Adiós, espíritu burdo; ya te dejo.

 

Nuestra reina se aproxima con sus elfos.

 

ROBÍN

 

Esta noche el rey aquí tiene fiesta;

 

procura que no se encuentre a la reina:

 

Oberón está cegado de ira,

 

porque ella ha robado a un rey de la India

 

un hermoso niño que será su paje;

 

Oberón, celoso, quiere la criatura

 

para su cortejo, aquí, en la espesura.

 

Mas ella a su lindo amado retiene,

 

lo adorna de flores, lo hace su deleite.

 

Y ya no se ven en prado o floresta,

 

junto a clara fuente, bajo las estrellas,

 

sin armar tal riña que los elfos corren

 

y en copas de bellotas todos se esconden.

 

HADA

 

Si yo no confundo tu forma y aspecto,

 

tú eres el espíritu bribón y travieso

 

que llaman Robín. ¿No eres tú, quizá?

 

¿Tú no asustas a las mozas del lugar,

 

trasteas molinillos, la leche desnatas,

 

haces que no saquen manteca en las casas

 

o que la cerveza no levante espuma,

 

se pierda el viajero de noche, y te burlas?

 

A los que te llaman «el trasgo» y «buen duende»

 

te agrada ayudarles, y ahí tienen suerte.

 

¿No eres el que digo?

 

ROBÍN

 

Muy bien me conoces:

 

yo soy ese alegre andarín de la noche.

 

Divierto a Oberón, que ríe de gozo

 

si burlo a un caballo potente y brioso

 

relinchando a modo de joven potrilla.

 

Acecho en el vaso de vieja cuentista

 

en forma y aspecto de manzana asada;

 

asomo ante el labio y, por la papada,

 

cuando va a beber, vierto la cerveza.

 

Al contar sus cuentos, esta pobre vieja

 

a veces me toma por un taburete:

 

le esquivo el trasero, al suelo se viene,

 

grita «¡Qué culada!», y tose sin fin.

 

Toda la compaña se echa a reír,

 

crece el regocijo, estornudan, juran

 

que un día tan gracioso no han vivido nunca.

 

Pero aparta, hada: Oberón se acerca.

 

HADA

 

Y también mi ama. ¡Ojalá él se fuera!

 

Entran [OBERÓN] el rey de las hadas, por una puerta, con su séquito, y [TITANIA] la

 

reina, por la otra, con el suyo.

 

OBERÓN

 

Mal hallada aquí, bajo la luna, altiva Titania.

 

TITANIA

 

¿Cómo? ¿El celoso Oberón? Corramos, hadas.

 

He abjurado de su lecho y compañía.

 

OBERÓN

 

¡Espera, rebelde! ¿No soy yo tu esposo?

 

TITANIA

 

Y yo seré tu esposa. Pero sé

 

que te has escabullido del País de las Hadas

 

y, encarnado en Corino, te has pasado el día

 

tocando el flautillo y recitando amores

 

a la enamorada Fílida. ¿Qué te trae aquí

 

de los remotos confines de la India

 

si no es, en verdad, que la esforzada amazona,

 

tu dama cazadora, tu amada guerrera,

 

va a casarse con Teseo y tú pretendes

 

dar al tálamo dichas y venturas?

 

OBERÓN

 

¿Y tú cómo te atreves, Titania, a mencionar

 

mi buen entendimiento con Hipólita

 

sabiendo que yo sé de tu amor por Teseo?

 

En la noche estrellada, ¿no le apartaste

 

de Perigenia, a quien sedujo?

 

¿No le hiciste ser infiel a la bella Egle,

 

a Ariadna y a Antíope?

 

TITANIA

 

Todo eso son ficciones de los celos.

 

Desde el principio del verano no nos hemos

 

encontrado en cerro, valle, prado o bo sque,

 

junto a fuente pedregosa o arroyo con juncos

 

o a la orilla arenosa de los mares,

 

bailando en corro al son del viento, sin que tú

 

nos perturbes la fiesta con tus quejas,

 

a tal punto los vientos, silbándonos en vano,

 

como en venganza sorbieran de la mar

 

brumas malsanas que, al caer en la tierra,

 

han hinchado de tal modo los ríos más menudos

 

que los han desbordado de su cauce.

 

El buey ha tirado inútilmente del arado,

 

el labrador ha malgastado su labor

 

y aún tierno se ha podrido el trigo verde.

 

En el campo anegado el redil está vacío

 

y los cuervos se ceban en las reses muertas.

 

El terreno de los juegos se ha embarrado

 

y, por falta de uso, los laberínticos senderos

 

apenas se distinguen invadidos de hierba.

 

Los mortales añoran los gozos del invierno:

 

ni cánticos ni himnos bendicen ya la noche.

 

Tú has hecho que la luna, que rige las mareas,

 

pálida de furia bañe el aire

 

causando multitud de fiebres y catarros.

 

Con esta alteración estamos viendo

 

cambiar las estaciones: la canosa escarcha

 

cae sobre la tierna rosa carmesí

 

y a la helada frente del anciano Invierno

 

la ciñe, como en broma, una diadema

 

de fragantes renuevos estivales. Primavera,

 

verano, fecundo otoño, airado invierno

 

se cambian el ropaje y, viendo sus efectos,

 

el aturdido mundo no sabe distinguirlos.

 

Toda esta progenie de infortunios

 

viene de nuestra disputa, de nuestra discordia.

 

Nosotros somos sus autores y su origen.

 

OBERÓN

 

Pues ponle remedio. De ti depende.

 

¿Por qué Titania se opone a su Oberón?

 

Yo sólo te pido el niño robado

 

Para hacerlo mi paje.

 

TTTANIA

 

No te esfuerces: ni por todo

 

el País de las Hadas daría el niño.

 

Su madre me tenía devoción;

 

en el aire perfumado de la India

 

conversaba a mi lado muchas noches

 

y, sentada en la amarilla playa junto a mí,

 

observaba el navegar de los barcos mercantes.

 

Reíamos de ver cómo el viento retozón

 

hinchaba y preñaba las velas. Ella,

 

encinta de este niño, imitaba

 

los barcos con su andar grácil y ondulante

 

y en tierra navegaba por traerme

 

menudencias y, cual de una travesía,

 

regresaba junto a mí con rico cargamento.

 

Mas, siendo una simple mortal, murió en el parto;

 

por ella estoy criando yo a su hijo

 

y por ella no pienso separarme de él.

 

OBERÓN

 

¿Te quedarás aquí, en el bosque, mucho tiempo?

 

TITANIA

 

Quizá hasta después de las bodas de Teseo.

 

Si te avienes a bailar en nuestro corro

 

y a ver nuestra fiesta a la luz de la luna, ven.

 

Si no, rehúyeme, y yo evitaré tu territorio.

 

OBERÓN

 

Dame el niño y yo iré contigo.

 

TITANIA

 

Ni por todo tu reino. - Vámonos, hadas,

 

que tendríamos pelea si me quedara.

 

Salen [TITANIA y su séquito].

 

OBERÓN

 

Muy bien, vete. De este bosque no saldrás

 

hasta que te haya atormentado por tu afrenta. –

 

Mi buen Robín, acércate. ¿Recuerdas

 

que una vez, sentado en un promontorio,

 

oí a una sirena montada en un delfín

 

entonar tan dulces y armoniosas melodías

 

que el rudo mar se volvió amable con su canto

 

y algunas estrellas saltaron locas de su esfera

 

oyendo a la ninfa de los mares?

 

ROBÍN

 

Lo recuerdo.

 

OBERÓN

 

Aquella vez yo vi (tú no podías),

 

volando entre la fría luna y la tierra,

 

a Cupido todo armado. Apuntó bien

 

a una hermosa virgen que reinaba en Occidente

 

y disparó con energía su amoroso dardo

 

cual si fuera a atravesar cien mil corazones.

 

Mas yo vi que los castos rayos de la luna

 

detenían la fogosa flecha de Cupido

 

y que la regia vestal seguía caminando

 

con sus puros pensamientos, libre de amores.

 

Observé en dónde caía el dardo:

 

cayó sobre una florecilla de Occidente,

 

antes blanca, ahora púrpura por la herida

 

del amor. Las muchachas la llaman «suspiro».

 

Tráeme esa flor: una vez te la enseñé.

 

Si se aplica su jugo sobre párpados dormidos,

 

el hombre o la mujer se enamoran locamente

 

del primer ser vivo al que se encuentran.

 

Tráeme la flor y vuelve aquí

 

antes que el leviatán nade una legua.

 

ROBÍN

 

Pondré un cinto a la tierra en cuarenta minutos.

 

[Sale.]

 

OBERÓN

 

En cuanto tenga el jugo

 

esperaré a que Titania esté dormida

 

para verter el líquido en sus ojos.

 

Al primer ser vivo que vea cuando despierte,

 

sea un león, un oso, un lobo, un toro,

 

el travieso mono, el incansable simio,

 

lo seguirá con las ansias del amor.

 

Y antes que yo quite de sus ojos el hechizo

 

(y puedo quitárselo con otra planta),

 

haré que me entregue su paje.

 

Pero, ¿quién viene? Como soy invisible,

 

voy a escuchar su conversación.

 

Entra DEMETRIO seguido de HELENA.

 

DEMETRIO

 

No te quiero, así que no me sigas.

 

¿Dónde están Lisandro y la bella Hermia?

 

A él le mataré; ella me mata a mí.

 

Me dijiste que se escondieron en el bosque:

 

pues aquí estoy, delirando en el bosque

 

porque no encuentro a mi Hermia.

 

¡Vamos, vete y deja de seguirme!

 

HELENA

 

Tú me atraes, imán duro y despiadado!

 

No es que yo sea hierro: mi alma es fiel

 

como el acero. Pierde tú el poder de atraer

 

y yo no tendré poder para seguirte.

 

DEMETRIO

 

¿Acaso te incito? ¿Acaso te adulo?

 

Más bien, ¿no te digo con toda franqueza

 

que ni te quiero ni podré quererte?

 

HELENA

 

Y yo te quiero más por decir eso.

 

Soy tu perrita: Demetrio, cuanto más

 

me pegues tú, yo seré más zalamera.

 

Trátame como a tal: dame golpes, puntapiés;

 

desatiéndeme, abandóname, mas consiente

 

que, indigna como soy, pueda seguirte.

 

¿Qué peor lugar tendría yo en tu afecto

 

(aun siendo para mí un puesto de honor)

 

que ser tratada como tú tratas a tu perro?

 

DEMETRIO

 

No fuerces tanto el odio de mi alma,

 

que sólo de verte ya me pongo malo.

 

HELENA

 

Y yo me siento mal si no te veo.

 

DEMETRIO

 

Tú arriesgas demasiado tu recato

 

saliendo de Atenas y entregándote

 

en brazos de quien no puede quererte,

 

confiando a los azares de la noche

 

y a la tentación de estas soleda des

 

el rico tesoro de tu virginidad.

 

HELENA

 

Tu virtud es mi garantía, porque

 

no es de noche si veo tu cara,

 

y por eso no me siento expuesta a la noche.

 

Y al bosque no le falta la compañía del mundo,

 

pues tú eres para mí el mundo entero.

 

¿Cómo se puede decir que estoy sola

 

cuando aquí está el mundo entero para verme?

 

DEMETRIO

 

Huiré de ti, me esconderé entre las matas

 

y te dejaré a merced de las fieras.

 

HELENA

 

Ni la más cruel tiene tu corazón.

 

Corre si quieres; se invertirá la historia:

 

huirá Apolo, y Dafne le dará caza;

 

la paloma perseguirá al buitre, la gacela

 

correrá por atrapar al tigre. ¡Vana carrera

 

cuando huye el valor y persigue el miedo!

 

DEMETRIO

 

No pienso discutir más. Déjame

 

o, si me sigues, ten por cierto

 

que voy a hacerte daño aquí, en el bosque.

 

HELENA

 

Sí, daño ya me haces en la iglesia,

 

en la ciudad, en el campo. ¡Demetrio, por Dios!

 

Tus agravios deshonran a mi sexo:

 

no luchamos por amor, como los hombres,

 

pues son ellos quienes han de hacer la corte.

 

[Sale DEMETRIO.]

 

Te seguiré, y de mi infierno haré un cielo

 

si va a darme muerte quien yo tanto quiero.

 

Sale.

 

OBERÓN

 

Adiós, ninfa. Antes que salga del bosque,

 

él te seguirá, enfermo de amores.

 

Entra

 

ROBíN.

 

Bienvenido, andarín. ¿Traes la flor?

 

ROBIIv

 

Sí, aquí la tengo.

 

OBERÓN

 

Te lo ruego, dámela.

 

Hay una loma en que florece el tomillo,

 

brotan las violetas y los ciclaminos,

 

pergolada de fragante madreselva,

 

de rosales trepadores y mosquetas.

 

Parte de la noche duerme allí Titania,

 

arrullada entre las flores tras la danza;

 

su piel esmaltada deja allí la sierpe,

 

ropaje que a un hada de sobras envuelve.

 

Yo con esta esencia le untaré los ojos

 

y la llenaré de torpes antojos.

 

Tú llévate un poco; busca en la enramada

 

a una ateniense que está enamorada

 

de un joven ingrato: úntale a él los ojos

 

de forma que vea, primero de todo,

 

a la propia dama. Podrás conocerle

 

porque va vestido con ropa ateniense.

 

Hazlo con cuidado, de modo que esté

 

más loco por ella que ella por él.

 

Ven a verme antes de que cante el gallo.

 

ROBÍN

 

Tu siervo lo hará. No tema mi amo.

 

Salen.

 

 

 

Escena II

 

 

 

Entra TITANIA, reina de las hadas, con su séquito.

 

TITANIA

 

Vamos, bailad en corro y cantad.

 

Después, por unos segundos, partid:

 

unas, a matar larvas en los capullos de rosas;

 

otras, a quitar a los murciélagos el cuero

 

de sus alas para hacerles capas a mis elfos;

 

y otras, a alejar al búho que, de noche,

 

ulula de asombro ante nuestra finura.

 

Arrulladme; después, a trabajar mientras duermo.

 

Cantan las HADAS.

 

[HADA l.a]

 

Ni sierpes de lengua doble,

 

ni un erizo se ha de ver.

 

Salamandras y luciones,

 

a mi reina no dañéis.

 

[CORO]

 

Acompaña, ruiseñor,

 

nuestra nana con tu son.

 

Nana, nana, nananá; nana, nana, nananá.

 

Nunca mal,

 

ni hechizo habrá

 

que amenace a nuestra dama.

 

Buenas noches con la nana.

 

HADA l.a

 

Tejedora araña, ¡lejos!

 

¡Vete, zanquilarga, atrás!

 

¡Fuera, escarabajo negro!

 

Y, babosas, no hagáis mal.

 

[CORO]

 

Acompaña, ruiseñor, etc.

 

Se duerme TITANIA.

 

HADA 2.a

 

Todo bien. Vámonos ya. ¡Que una monte guardia allá!

 

[Salen las HADAS.]

 

Entra OBERÓN [y aplica el jugo a los párpados de TITANIA].

 

OBERÓN

 

A quien veas al despertar

 

por tu amado tomarás;

 

por él de amor penarás.

 

Sea oso, lince o gato,

 

rudo jabalí o leopardo,

 

lo que despertando veas

 

será tu amor. Tú despierta

 

cuando algo feo esté cerca.

 

[Sale.]

 

Entran LISANDRO y HERMIA.

 

LISANDRO

 

Amor, de andar por el bosque desfalleces

 

y, en verdad, a mí el camino se me olvida.

 

Hermia, más nos vale descansar si quieres

 

y esperar a reanimarnos con el día.

 

HERMIA

 

Muy bien. Tú búscate un lecho, buen Lisandro;

 

yo sobre esta orilla buscaré descanso.

 

LISANDRO

 

Que el césped nos sirva de almohada a los dos:

 

haya un lecho, un juramento, un corazón.

 

HERMIA

 

No, mi buen Lisandro. Por mi amor, intenta

 

descansar más lejos, no acostarte cerca.

 

LISANDRO

 

¡Amor mío, mi intención es inocente!

 

Cuando hablan amantes, el amor entiende.

 

Lo que digo es que mi pecho se une al tuyo

 

de tal modo que entre ambos hacen uno.

 

Si dos corazones se juran amor,

 

después ya no queda más que un corazón.

 

Conque no me impidas que duerma a tu lado,

 

pues con este enredo no te habré enredado.

 

HERMIA

 

Mi Lisandro sutiliza con encanto.

 

¡Pierda yo mi dignidad y mis modales

 

si he pensado que pretendes enredarme!

 

Pero, amigo, por amor y cortesía

 

acuéstate lejos, si el decoro estimas;

 

el alejamiento que se recomienda

 

a un soltero honesto y a una doncella:

 

a esta distancia. Muy bien, que descanses

 

y que, mientras vivas, tu amor jamás cambie.

 

LISANDRO

 

Así sea, te digo: has rezado bien.

 

Que cese mi vida cuando no sea fiel.

 

Mi lecho está aquí; sea tu alivio el sueño.

 

HERMIA

 

A medias contigo se cumpla el deseo.

 

Se duermen.

 

Entra -ROBÍN.

 

ROBÍN

 

Todo el bosque he recorrido,

 

pero al de Atenas no he visto

 

en cuyos ojos se encienda

 

el amor que da esta esencia.

 

Noche y silencio. ¿Quién duerme?

 

Viste con ropa ateniense.

 

Éste es quien dijo Oberón

 

que despreciaba a su amor.

 

Y aquí está ella, durmiendo

 

en el sucio y frío suelo.

 

Pobrecilla, no se ha echado

 

junto al cruel desamorado.

 

Ruin, a tus ojos aplico

 

las virtudes de este hechizo.

 

Que el amor, cuando despiertes,

 

los párpados no te cierre.

 

Despierta cuando no esté,

 

pues a Oberón debo ver.

 

Sale.

 

Entran DEMETRIO y HELENA, corriendo.

 

HELENA

 

Detente ya, aunque me mates, buen Demetrio.

 

DEMETRIO

 

Aléjate, no me acoses, te lo ordeno.

 

HELENA

 

¿Es que piensas dejarme en la oscuridad?

 

DEMETRIO

 

Me voy solo. Quédate o lo sufrirás.

 

Sale.

 

HELENA

 

Me roba el aliento esta caza loca;

 

menor es la gracia cuanto más imploras.

 

Dondequiera esté, bien dichosa es Hermia,

 

pues tiene unos ojos que atraen y embelesan.

 

¿Cómo es que así brillan? No será su llanto,

 

que entonces mis ojos más se han inundado.

 

No es eso: es que soy más fea que un oso,

 

pues, cuando veo animales, me huyen todos;

 

conque no debe extrañarme que Demetrio

 

me rehúya cual si yo fuera un engendro.

 

¿Qué espejo falaz y siniestro pretende

 

medirme con Hermia y sus ojos celestes?

 

Mas, ¿quién hay aquí? ¿Es Lisandro el que yace?

 

¿Duerme o está muerto? No veo que haya sangre.

 

Si vives, despierta, Lisandro, señor.

 

LISANDRO [despertándose]

 

Y andaré por fuego en pos de tu amor.

 

Transparente Helena, la sabia natura

 

me deja que vea el corazón que ocultas.

 

¿Dónde está Demetrio? ¡Ah, qué bien le cuadra

 

el vil nombre a quien matará mi espada!

 

HELENA

 

No digas eso, Lisandro, no lo digas.

 

¿Qué más da que ame a Hermia? ¿Qué más daría?

 

Pero Hermia te quiere. Vive, pues, en paz.

 

LISANDRO

 

¿En paz yo con Hermia? No, pues hice mal

 

malgastando en ella minutos de más.

 

Hermia, no: Helena es la que amo ahora.

 

¿Quién no cambiaría cuervo por paloma?

 

La razón gobierna nuestra voluntad;

 

la razón me dice que tú vales más.

 

Todo cuanto crece madura en sazón;

 

yo hasta hoy no estaba maduro en razón.

 

Y ahora, en la cima del discernimiento,

 

la razón dirige todos mis deseos

 

y me lleva a tus ojos, precio sos libros,

 

donde leo historias que el amor ha escrito.

 

HELENA

 

¿Nací yo para sufrir la burla cruel?

 

¿Qué habré hecho que merezca tu desdén?

 

¿No es bastante, jovencito, no es bastante

 

no haber merecido la mirada amable

 

del buen Demetrio, ni poder merecerla,

 

sin que tú te mofes de mis deficiencias?

 

Eres muy injusto, de veras lo eres,

 

cortejándome de un modo tan hiriente.

 

Mas queda con Dios. De verdad confieso

 

que te había tenido por más caballero.

 

¡Ah, que la mujer que un hombre rechaza

 

deba ser también por otro insultada!

 

Sale.

 

LSANDRO

 

No ha visto a Hermia. - Hernia, duerme tú ahí

 

y ojalá ya nunca te acerques a mí.

 

Pues, igual que un exceso de golosinas

 

las hace enojosas y hasta repulsivas,

 

o, cual las herejías que se abandonan,

 

que quien ha creído en ellas más las odia,

 

a ti, mi herejía y mi dulce exceso,

 

todos te aborrezcan y yo más que ellos.

 

Ahora consagro mi amor y energías

 

a ser caballero de Helena y servirla.

 

Sale.

 

HERMIA [despertándose]

 

¡Socorro, Lisandro! ¡Ven a defenderme

 

y quítame de mi pecho esta serpiente!

 

¡Ay de mí, piedad! - ¡Ah, qué terrible sueño!

 

Lisandro, mira cómo tiemblo de miedo.

 

El corazón una sierpe me comía,

 

mientras tú despreocupado sonreías.

 

¡Lisandro! ¿Se ha ido? ¡Lisandro, amigo!

 

¿No estás? ¿No me oyes? ¿Ni una voz, ni un ruido?

 

¡Ay! ¿Dónde estás? Si es que me oyes, di algo;

 

por amor, habla. Del miedo me desmayo.

 

¿No? ¿Nada? Entonces, si aquí ya no estás,

 

a ti o a la muerte tengo que encontrar.

 

Sale.

Continúa en El sueño de una noche de verano - Parte 2 >>


A 1 persona le gusta

Compartir
Artículos Relacionados

Publicaciones recomendadas
Sigue a Youbioit