Principal

      Comentar publicación Español
x

Elige tu idioma

EnglishEspañol

Mucho ruido y pocas nueces obra completa

Detalles Breves:

Sé el primero al que le gusta


Mucho ruido y pocas nueces

de
William Shakespeare


año 1598

 

Personajes

DON PEDRO, príncipe de Aragón
DON JUAN, su hermano bastardo
CLAUDIO, joven noble de Florencia
BENEDICTO, joven noble de Padua
LEONATO, gobernador de Mesina
ANTONIO, hermano suyo
BALTASAR, criado de don Pedro
BORACHIO
CONRADO } compañeros de don Juan
DOGBERRY, alguacil
VERGES, corchete
FRAILE FRANCISCANO
UN ESCRIBANO
UN PAJE
HERO, hija de Leonato
BEATRIZ, sobrina de Leonato
MARGARITA
ÚRSULA } doncellas de la servidumbre de Hero
Mensajeros, ronda, acompañamiento, etc.
ESCENA: Mesina

Acto Primero

Escena I

Delante de la casa de Leonato.

Entran LEONATO, HERO, BEATRIZ y otros personajes, con un MENSAJERO.

LEONATO.—Veo por esta carta que don Pedro de Aragón llega esta noche a

Mesina.

 

MENSAJERO.—Debe de hallarse muy próximo, pues no estaba a tres leguas de

aquí cuando le he dejado.

LEONATO.—¿Cuántos caballeros habéis perdido en esta acción?

MENSAJERO.—Sólo unos pocos de cierto rango, y ninguno de renombre.

LEONATO.—Una victoria vale por dos cuando el vencedor regresa al hogar con

las filas completas.

Hallo aquí que don Pedro ha colmado de honores a un florentino llamado

Claudio.

MENSAJERO.—Muy merecidos por su parte y justamente otorgados por don

Pedro. Ha superado las promesas de su edad, realizando bajo apariencias de

cordero hazañas de león. Verdaderamente, ha superado las mejores esperanzas

a un extremo que no esperéis pueda deciros cómo.

LEONATO.—Tiene aquí en Mesina un tío que se alegrará muchísimo al saberlo.

MENSAJERO.—Ya le he enviado unas cartas y ha mostrado sumo júbilo; a un

grado tal que el gozo no pudo exteriorizarse con la moderación debida sin una

marca de tristeza.

LEONATO.—¿Rompió a llorar, tal vez?

MENSAJERO.—Con gran abundancia.

LEONATO.—¡Un tierno desbordamiento de ternura! No hay rostros más leales

que los que así se bañan en llanto. ¡Cuánto mejor es llorar de alegría que

alegrarse del lloro!

BEATRIZ.—Por favor, el signior Mountanto ¿ha regresado de la guerra o no?

MENSAJERO.—No conozco a nadie así llamado, señora. Ninguna persona de

viso había en el ejército con semejante nombre.

LEONATO.—¿Por quién preguntáis, sobrina?

HERO.—Se refiere mi prima al signior Benedicto de Padua.

MENSAJERO.—¡Oh! Ha regresado, y tan jovial como siempre.

BEATRIZ.—Fijó un cartel aquí en Mesina, retando a Cupido al arco; y el bufón de

mi tío, al leer el reto, le contestó por Cupido y le desafió a la saetilla de cazar

gorriones. Decidme, ¿a cuántos hombres ha dado muerte y se ha engullido en

estas guerras? ¿A cuántos ha matado tan sólo? Porque, a la verdad, yo he

prometido comerme todo lo que matara.

 

LEONATO.—A fe, sobrina, que tratáis con excesiva dureza al signior Benedicto;

pero él se desquitará con vos, no lo dudo.

MENSAJERO.—Ha prestado buenos servicios en estas guerras, señora.

BEATRIZ.—Tendríais víveres rancios, y os ayudó a comerlos; es un valentísimo

gastrónomo; posee un estómago excelente.

MENSAJERO.—Es también un buen soldado, señora.

BEATRIZ.—Un buen soldado ante una dama; pero ¿qué es frente a un caballero?

MENSAJERO.—Un caballero frente a un caballero, un hombre frente a un

hombre, adornado con toda clase de honrosas virtudes.

BEATRIZ.—Eso es, efectivamente; no otra cosa sino un hombre adornado; mas,

en cuanto al adorno... Bien, todos somos mortales.

LEONATO.—Señor, no toméis en mal sentido las palabras de mi sobrina. Hay

una especie de guerra chistosa entre ella y el signior Benedicto. Jamás se

encuentran sin que se entable entre ambos una escaramuza de ingeniosidades.

BEATRIZ.—¡Ay! Nada suele ganar en ello. En

nuestra última contienda, cuatro de sus cinco sentidos salieron malparados, y

ahora no le queda más que uno para el gobierno de todo su ser. Así que, si le

resta ingenio bastante para mantenerse en calor, consérvelo, a fin de distinguirse

de su caballo, por cuanto es el único atributo que le queda para pasar por una

criatura racional. ¿Quién es ahora su compañero inseparable? Cada mes tiene

uno nuevo, que jura ser hermano suyo.

MENSAJERO.—¿Es posible?

BEATRIZ.—Y tan posible. Lleva sus fieles amistades a la moda de su sombrero.

Varía siempre a tenor del último figurín.

MENSAJERO.—Noto, señora, que el caballero no está en vuestros libros.

BEATRIZ.—No; si lo estuviese, quemaría mi biblioteca. Pero decidme, os ruego,

¿quién es su íntimo? ¿No hay ahora ningún joven quimerista que quiera hacer

con él un viaje a los infiernos?

MENSAJERO.—Las más veces se acompaña del muy noble Claudio.

BEATRIZ.—¡Oh Dios! Se pegará a él como una epidemia. Se contagia con mayor

celeridad que la peste; y el que la coge, inmediatamente se vuelve loco. Dios

asista al noble Claudio. Si ha contraído la enfermedad Benedicto, le costará por lo

menos un millar de libras el verse curado.

MENSAJERO.—¡Quiero ser de vuestros amigos, señora!

 

BEATRIZ.—Sedlo, buen amigo.

LEONATO.—¡Nunca perderéis el juicio, sobrina!

BEATRIZ.—No, mientras no haga calor en enero.

MENSAJERO.—Don Pedro se acerca.

Entran DON PEDRO, DON JUAN, CLAUDIO, BENEDICTO, BALTASAR y otros.

DON PEDRO.—Querido signior Leonato, salís al encuentro de vuestra

incomodidad. La costumbre del mundo es evitar gastos, y vos vais en busca de

ellos.

LEONATO.—Jamás entró en mi casa la incomodidad en figura de vuestra gracia,

pues cuando la incomodidad se marcha, el bienestar se queda; pero cuando vos

me abandonáis, la tristeza permanece y la ventura es la que nos da su adiós.

DON PEDRO.—Aceptáis vuestra carga demasiado gustosamente. Supongo que

será ésta vuestra hija.

LEONATO.—Muchas veces me lo dijo así su madre.

BENEDICTO.—¿Lo dudabais, señor, cuando se lo preguntasteis?

LEONATO.—No, señor Benedicto, pues erais un niño entonces.

DON PEDRO.—Volved por otra, Benedicto. De aquí conjeturamos lo que sois,

siendo ya un hombre. En verdad, la hija no desmiente al padre. Sed feliz, señora,

ya que os parecéis a un padre tan honrado.

BENEDICTO.—Si el signior Leonato es su padre, no quisiera ella por toda Mesina

llevar su cabeza sobre sus hombros, por mucho que se le asemeje.

BEATRIZ.—Me asombra que sigáis hablando todavía, signior Benedicto. Nadie

repara en vos.

BENEDICTO.—¡Cómo! Mi querida señora Desdén, ¿vivís aún?

BEATRIZ.—¿Es posible que muera el Desdén, cuando puede cebarse en tan

buen pasto como el signior Benedicto? La propia galantería se trocara en desdén

si estuvierais vos en su presencia.

BENEDICTO.—Fuera entonces la galantería una renegada. Pero lo cierto es que

todas las damas se prendan de mí, exceptuada solamente vos; y quisiera hallar

en mi corazón que mi corazón no fuera tan duro; porque, a la verdad, no amo a

ninguna.

BEATRIZ.—¡Qué incalculable dicha para las mujeres! De otra manera se verían

importunadas por un pretendiente enojoso. Gracias a Dios y a mi temperamento

 

frío, soy en eso del mismo parecer que vos. Prefiero oír a mi perro ladrar a un

grajo que a un hombre jurar que me adora.

BENEDICTO.—Dios mantenga siempre a vuestra señoría en esa disposición de

ánimo. Así se verá libre uno u otro caballero de los infalibles arañazos en la cara.

BEATRIZ.—Si fuese una cara como la vuestra no podrían afearla los arañazos.

BENEDICTO.—Bien, sois una extraordinaria adiestraloros.

BEATRIZ.—Más vale un ave con mi lengua que un animal con la vuestra.

BENEDICTO.—Así marchase mi caballo con la rapidez de vuestra lengua y

mantuviese tan bien el aliento. Pero seguid vuestro camino, en nombre de Dios;

he terminado.

BEATRIZ.—Siempre acabáis con un par de coces. Os conozco de antiguo.

DON PEDRO.—He aquí el resumen de todo, Leonato: signior Claudio y vos,

signior Benedicto, mi querido amigo Leonato nos invita a todos. Le he

comunicado que nos quedaremos aquí un mes cuando menos y él desea

cordialmente que algún acontecimiento prolongue nuestra estancia. Me atrevo a

afirmar que no es hipócrita, sino que lo desea de corazón.

LEONATO.—Si lo jurarais, señor, no juraríais en falso. (A DON JUAN.)

Permitidme que os dé la bienvenida, señor. Habiéndoos reconciliado con el

príncipe vuestro hermano, os debo toda clase de atenciones.

DON JUAN.—Os lo agradezco. No soy hombre de muchas palabras, pero os lo

agradezco.

LEONATO.—¿Place a vuestra gracia pasar el primero?

DON PEDRO.—Vuestra mano, Leonato; pasaremos a la vez.

Salen todos, menos BENEDICTO y CLAUDIO.

CLAUDIO.—Benedicto, ¿has reparado en la hija del signior Leonato?

BENEDICTO.—No he reparado en ella, pero la he mirado.

CLAUDIO.—¿No es una damita ingenua?

BENEDICTO.—¿Me preguntáis, como hombre honrado, mi parecer franco y

sencillo, o queréis que os responda según mi costumbre, como enemigo

declarado de su sexo?

CLAUDIO.—No, te ruego que me contestes con juicio sensato.

BENEDICTO.—Pues, a fe, se me antoja demasiado bajita para un alto elogio,

demasiado morena para un claro elogio y harto diminuta para un elogio grande.

 

Sólo puedo hacer de ella la siguiente recomendación: que si fuera otra de la que

es, sería fea, y que no siendo sino como es, no me gusta.

CLAUDIO.—Piensas que estoy de broma. Te suplico me digas con franqueza lo

que te parece.

BENEDICTO.—¿Queréis comprarla, que tomáis tantos informes de ella?

CLAUDIO.—¿Podría el mundo comprar semejante joya?

BENEDICTO.—Ya lo creo, y un estuche para encerrarla. Pero ¿habláis en tono

serio, o representáis el burlón Jack, para contarnos que Cupido es un buen

cazador de liebres y Vulcano un insigne carpintero? Vamos, ¿en qué clave hay

que cantar para ir acorde con la canción?

CLAUDIO.—A mis ojos es la más encantadora dama que vi jamás.

BENEDICTO.—Yo veo todavía sin anteojos, y no advierto semejantes hechizos.

He ahí a su prima, que, a no hallarse poseída de la cólera, la superaría en

hermosura tanto como el primer día de mayo al último de diciembre. Mas espero

que no intentaréis convertiros en marido, ¿no es eso?

CLAUDIO.—No respondería de mí, aunque hubiese jurado lo contrario, si Hero

consintiese en ser mi esposa.

BENEDICTO.—¿Ésas tenemos? ¡Por mi fe! ¿No habrá en el mundo un solo

hombre que no quiera llevar su gorra de un modo sospechoso? ¿No lograré ver

nunca un solterón de sesenta años? ¡Adelante, por vida mía! Puesto que te

empeñas en doblar tu cuello al yugo, ostenta la marca y pasa los domingos

suspirando. Mirad, don Pedro vuelve en busca vuestra.

Vuelve a entrar DON PEDRO.

DON PEDRO.—¿Qué secreto os detiene aquí

que no habéis acompañado a Leonato a su casa?

BENEDICTO.—Quisiera que vuestra alteza me constriñese a hablar.

DON PEDRO.—Te lo ordeno por tu obediencia de súbdito.

BENEDICTO.—Ya lo oís, conde Claudio. Puedo guardar un secreto como un

mudo; estad convencido de ello. Pero la obediencia... Fijaos bien; se trata de la

obediencia... Está enamorado. ¿De quién? Eso es lo que debe preguntarme

ahora vuestra gracia. Advertid cuán breve es la respuesta: de Hero, la hija menor

de Leonato.

CLAUDIO.—Si así fuera, así se diría.

BENEDICTO.—Como el viejo cuento, señor: «Ni es así, ni así fue; empero, a la

verdad, no permita Dios que así sea».

 

CLAUDIO.—Si mi pasión no cambia pronto, no quiera Dios que sea de otra

manera.

DON PEDRO.—Amén, si la amáis, que la dama es muy digna de ello.

CLAUDIO.—Habláis así para sondearme, señor.

DON PEDRO.—Por mi honor, que expreso mi pensamiento.

CLAUDIO.—Pues a fe mía, señor, que hago otro tanto.

BENEDICTO.—Y por mi doble honor y fe, señor, que os imito.

CLAUDIO.—Que la amo es lo que sé.

DON PEDRO.—Que es digna de ello, me consta.

BENEDICTO.—Pues yo ni sé cómo se la pueda amar, ni me consta que sea

digna de que se la ame. Ésta es mi opinión, de que no haría desdecirme el fuego.

Me dejaría morir en el brasero por ella.

DON PEDRO.—Tú siempre fuiste un hereje obstinado en negar culto a la

hermosura.

CLAUDIO.—Y jamás pudo sostener su papel sino violentando su voluntad.

BENEDICTO.—Que me haya concebido una mujer, es cosa que le agradezco;

que me haya criado, también es cosa por la cual le doy mis más humildes

gracias; pero que sobre mi cabeza resuene una cadencia de cuerno de montería,

o que mi bugle cuelgue de un invisible cinturón, que todas las mujeres me

perdonen. Porque no quiero hacerles la injusticia de desconfiar de alguna de

ellas, me reservo el derecho de no fiarme de ninguna. Y por último —y esto será

lo más conveniente para mí—, me propongo vivir soltero.

DON PEDRO.—Antes de morir, he de verte palidecer de amor.

BENEDICTO.—Me veréis palidecer de cólera, de enfermedad o de hambre,

señor; pero no de amor. Si me demostráis alguna vez que el amor me ha quitado

más sangre de la que pueda recobrar con la bebida, sacadme los ojos con la

pluma de un coplero y colgadme a la puerta de un burdel como signo del ciego

Cupido.

DON PEDRO.—Bien; pues si no quebrantas esa fe, proporcionarás un lindo tema

de discurso.

BENEDICTO.—Si la quebranto, colgadme en una botella como a un gato y tirad

al blanco sobre mí; y al que me acertare, dadle una palmada en el hombro y

llamadle Adán.

 

DON PEDRO.—Bien, como aventura el tiempo:

Tiempo llegará en que el toro salvaje se entregue al yugo.

BENEDICTO.—El toro salvaje puede; pero si el prudente Benedicto se entregara,

arrancadle los cuernos al toro e incrustádmelos en la frente; y que me retrate

luego un pintor de brocha gorda; y tal como suele escribirse en gruesos

caracteres: «Aquí se alquila un buen caballo», poned debajo de mi efigie: «Aquí

podéis ver a Benedicto, el hombre casado».

CLAUDIO.—Si la ocasión llega, serás un cornudo furioso.

DON PEDRO.—Pues si Cupido no ha vaciado por completo su aljaba en

Venecia, prepárate a temblar.

BENEDICTO.—Antes temblará la tierra.

DON PEDRO.—Bien, contemporizad con las horas. En el ínterin, apreciado

signior Benedicto, entrad en casa de Leonato, saludadle en mi nombre y decidle

que no faltaré a la cena, ya que, verdaderamente, ha hecho grandes

preparativos.

BENEDICTO.—Aún me siento capaz de desempeñar esa embajada; y así os

encomiendo...

CLAUDIO.—Al amparo de Dios. De mi casa, si la tuviese...

DON PEDRO.—A seis de julio. Vuestro afectísimo amigo Benedicto.

BENEDICTO.—Vaya, no os burléis, no os burléis. La tela de vuestro discurso

suele estar a veces bastante mal tejida y a trozos descubre la hilaza. Antes de

acudir a viejas fórmulas, haced examen de conciencia. Y con esto me despido.

(Sale.)

CLAUDIO.—Mi soberano, ahora podría vuestra alteza hacedme una merced.

DON PEDRO.—Tuyo es mi afecto para ordenar; enséñale, y verás con qué

facilidad aprende las lecciones, por difíciles que sean, como se trate de tu bien.

CLAUDIO.—¿Tiene Leonato algún hijo, señor?

DON PEDRO.—Sólo tiene a Hero, su única heredera. ¿Es que la amas, Claudio?

CLAUDIO.—¡Oh señor! Cuando partisteis para

esta última guerra, la contemplé con ojos de soldado y me agradó; mas

hallábame ocupado en rudas empresas para entretenerme siquiera con el

nombre de amor. Ahora que ya he regresado y que los pensamientos guerreros

han dejado vacantes sus plazas, en su lugar acuden en tropel tiernos y delicados

anhelos que me recuerdan todos cuán bella es la joven Hero y me hablan de la

simpatía que me inspiró antes de partir para la guerra.

 

DON PEDRO.—Pronto te convertirás en un verdadero enamorado, pues ya

abrumas al que te oye con un galimatías de palabras. Si amas a la hermosa

Hero, cortéjala, que yo hablaré con ella y con su padre y la obtendrás. ¿No es

éste el final que comenzaste a tejer con tan linda historia?

CLAUDIO.—¡Cuán dulcemente curáis el amor, comoquiera que conocéis el mal

por su fisonomía! Sólo para que mi afecto no os pareciera demasiado repentino,

quise precaverlo con más largo discurso.

DON PEDRO.—¿Y ha de ser mucho más ancho el puente que el río? La más

bella dádiva es la precisa. Así, lo que a ella tiende es lícito. Para abreviar, la

amas, y yo voy a prestarte ayuda. Tengo entendido que esta noche habrá baile

de máscaras. Yo representaré tu papel bajo cualquier disfraz y diré a la hermosa

Hero que soy Claudio. Verteré mi corazón en su pecho y aprisionaré su oído con

el brío y arrebatado choque de mi relato amoroso. Acto seguido, tendré una

explicación con su padre y, por último, será tuya. Pongámoslo en práctica

inmediatamente. (Salen.)

Escena II

Aposento en la casa de Leonato.

Entran LEONATO y ANTONIO por distintos lados.

LEONATO.—¡Qué hay, hermano! ¿Dónde está mi sobrino, vuestro hijo? ¿Ha

encargado esa música?

ANTONIO.—Se ocupa de ello con interés. Por cierto, hermano, tengo que

contaros extrañas nuevas que no pudierais ni soñar.

LEONATO.—¿Son buenas?

ANTONIO.—Según el rumbo que las marque el éxito. Sin embargo, la cubierta es

buena; muestran aspecto exterior favorable. Uno de mis criados entreoyó al

príncipe y al conde Claudio, que se paseaban por una avenida rodeada de

espesas y entretejidas ramas de mi jardín, lo siguiente. El príncipe confesó a

Claudio que amaba a mi sobrina, vuestra hija; que tenía el propósito de

declarárselo esta noche durante un baile; y que si la hallaba conforme, estaba

decidido a coger la ocasión por los cabellos y a poneros enseguida al corriente de

las cosas.

LEONATO.—¿Está en sus cabales el mozo que tal os ha dicho?

ANTONIO.—Es un muchacho excelente y dispuesto. Voy a mandar que le

busquen e interrógale tú mismo.

LEONATO.—No, no; hay que considerar esto como un sueño, hasta que se

aclare por sí propio. Empero voy a advertir a mi hija, para que vaya preparando la

respuesta, si por ventura el caso fuera cierto. Id y contádselo.

Cruzan la escena varias personas.

Deudos, ya sabéis lo que tenéis que hacer. –¡Oh! Os pido perdón, amigo.

 

Acompañadme, que he menester de vuestro talento. –Querido primo, tened

cuidado en estos momentos de actividad. (Salen.)

Escena III

Otro aposento en la casa de Leonato.

Entran DON JUAN y CONRADO.

CONRADO.—¡Buenos tiempos! ¿Qué es eso, señor? ¿De qué nace esa tristeza

sin medida?

DON JUAN.—No tiene medida el asunto que la nutre. Por consiguiente, mi

tristeza ha de ser ilimitada.

CONRADO.—Debierais atender a la razón.

DON JUAN.—Y aun cuando la atendiese, ¿qué beneficio me reportaría?

CONRADO.—Si no un remedio instantáneo, a lo menos una resignación

paciente.

DON JUAN.—Me asombra que tú, nacido —como dices— bajo la influencia de

Saturno, trates de aplicar un remedio moral a una dolencia mortal. Yo no sé

disimular. Me es forzoso estar triste cuando tengo motivos, y ninguna chanza me

haría sonreír; comer si siento apetito, y no esperar la comodidad de nadie; dormir

cuando me acosa el sueño, sin atender a los negocios de los demás; y reírme si

estoy alegre, a despecho del humor de quien fuere.

CONRADO.—Sí, pero no debierais hacer clara demostración de ello mientras no

podáis reportaros. Os habéis rebelado recientemente contra vuestro hermano,

quien acaba de reponeros en su gracia, donde es imposible que echéis hondas

raíces si no cultiváis el terreno con vuestras propias obras. Es indispensable que

aprovechéis la estación para recoger vuestra cosecha.

DON JUAN.—Preferiría ser gusano en un zarzal a convertirme en rosa por su

gracia, y cuadra más a mi temperamento ser desdeñado de todos que acomodar

mi comportamiento a los demás para obtener el afecto de uno. De esta manera,

si no paso por honrado adulador, nadie podrá negar que soy un pillo franco. Se

fían de mí con mordaza y con trabas se me da soltura. Por consiguiente, he

decidido no cantar en mi jaula. Si tuviera la boca libre, mordería; si gozara de

libertad, obraría a mi antojo. En mi ínterin, déjame ser como soy y no trates de

cambiarme.

CONRADO.—¿No podéis sacar ningún partido de vuestro descontento?

DON JUAN.—Todo el partido posible, pues es mi único partido. ¿Quién llega?

Entra BORACHIO.

¿Qué hay de nuevo, Borachio?

 

BORACHIO.—Vengo de allá dentro, de una gran cena. Vuestro hermano el

príncipe está siendo festejado egregiamente por Leonato; y os traigo noticias de

un matrimonio en cierne.

DON JUAN.—¿Servirá de plano para construir alguna desazón? ¿Quién es el

insensato que se desposa voluntariamente con la inquietud?

BORACHIO.—¡Pardiez!, no sino el brazo derecho de vuestro hermano

DON JUAN.—¿Quién? ¿El gentilísimo Claudio?

BORACHIO.—El mismo.

DON JUAN.—¡Bizarro mozo! ¿Y con quién? ¿Con quién? ¿En quién ha puesto

los ojos?

BORACHIO.—¡Por mi fe! En Hero, la hija y heredera de Leonato.

DON JUAN.—¡Una polluela precoz! ¿Cómo lo sabéis?

BORACHIO.—Estando haciendo el oficio de sahumador, y mientras quemaba

perfumes en una habitación mal aireada, vi llegar del brazo al príncipe y a

Claudio, discurriendo en grave plática. Me oculté rápidamente detrás de un tapiz,

y desde allí les oí cómo acordaron que el príncipe cortejaría a Hero por su propia

cuenta y que después, una vez conseguida, la cedería al conde Claudio.

DON JUAN.—Venid, venid, vamos allá; esto puede servir de pasto a mi

descontento. Ese héroe improvisado recoge toda la gloria de mi caída. Si puedo

interponerle algún obstáculo en su camino, cualquier camino me parecerá

venturoso. Cuento con vosotros dos. ¿Me prestaréis ayuda?

CONRADO y BORACHIO.—Hasta la muerte, señor.

DON JUAN.—Vamos a esa gran cena. Su mayor placer es el de verme caído. –

¡Si el cocinero compartiera mi intención!– ¿Vamos a tantear el terreno?

BORACHIO.—Estamos a las órdenes de vuestra señoría. (Salen.)

Acto Segundo

Escena I

Aposento en la casa de Leonato.

Entran LEONATO, ANTONIO, HERO, BEATRIZ y otros.

LEONATO.—¿No ha estado aquí a cenar el conde Juan?

ANTONIO.—No le he visto.

BEATRIZ.—¡Qué cara de acrimonia tiene ese caballero! Nunca he podido verle

sin experimentar por espacio de una hora agruras de estómago.

 

HERO.—Es de una disposición muy melancólica.

BEATRIZ.—El hombre perfecto sería aquel que se tuviera en el justo medio entre

él y Benedicto: el uno es muy semejante a una estatua y no dice esta boca es

mía; el otro se parece al hijo mayor de la señora de lacasa, que chacharea

incesantemente.

LEONATO.—Es decir, la mitad de la lengua del señor Benedicto en la boca del

conde Juan y la mitad de la melancolía del conde Juan en la cara del señor

Benedicto.

BEATRIZ.—Con una buena pierna y un buen pie, tío, y bastante dinero en la

bolsa, sería un hombre capaz de seducir a cualquier mujer del mundo, si lograba

captarse su buena voluntad.

LEONATO.—A fe, sobrina, que no conseguirás nunca un esposo si tienes

siempre la lengua tan maliciosa.

ANTONIO.—A fe que es demasiado maldita.

BEATRIZ.—Demasiado maldita es más que maldita. De ese modo echaré de

menos una bendición de Dios, pues según el proverbio, «A la vaca maldita da

Dios cuernos cortos»; pero a la que es demasiado maldita no le da cuerno

alguno.

LEONATO.—Así, por ser demasiado maldita, ¿no os dará Dios cuernos?

BEATRIZ.—Justamente, si no me da marido, cuya merced le imploro de rodillas

todas las mañanas y todas las noches: «¡Señor! Yo no podría sufrir a un marido

con toda la barba; preferiría acostarme con un montón de lana».

LEONATO.—Podéis poner los ojos en un marido sin barba.

BEATRIZ.—¿Y qué haría con él? ¿Vestirle con mis faldas y que me sirviese de

doncella? Quien tiene barba es más que un mancebo, y el que carece de ella

menos que un hombre. Si es más que mancebo es mucho hombre para mí, y si

es menos que hombre, soy yo mucha mujer para él. Por consiguiente, prefiero

tomar seis peniques de arras del guardaosos y conducir sus monos al infierno.

LEONATO.—Bueno; entonces, ¿irás al infierno?

BEATRIZ.—No, sino hasta la puerta. Allí me saldrá al encuentro el diablo, quien,

con sus cuernos en la cabeza, como un viejo cornudo, me dirá: «Anda al cielo,

Beatriz, anda al cielo; aquí no hay sitio para doncellas como tú». Entonces yo le

dejaré mis monos y me encaminaré al cielo en busca de San Pedro. Él me

enseñará dónde se sientan los solterones, y allí viviremos tan dichosos cuan

largo es el día.

 

ANTONIO.—(A HERO.) Bueno, sobrina; confío en que os dejaréis guiar por

vuestro padre.

BEATRIZ.—Sí, a fe; el deber de mi prima es hacer una reverencia y decir: «Como

os guste, padre». Pero, sobre todo, prima, que sea buen mozo; o de lo contrario,

haz otra reverencia y di: «Padre, como a mí me guste».

LEONATO.—Vamos, sobrina, espero veros un día provista de esposo.

BEATRIZ.—No será en tanto Dios no haga a los hombres de otra sustancia

distinta a la tierra. ¿No es desesperante para una mujer el verse dominada por un

puñado de polvo valiente y tener que rendir cuentas de su vida a un terrón de

cieno petulante? No, tío; no quiero a ninguno. Los hijos de Adán son mis

hermanos; y, francamente, tendría por pecado buscar un esposo en mi familia.

LEONATO.—Hija, acordaos de lo que os he dicho. Si el príncipe os solicita en

ese sentido, ya sabéis la respuesta que habéis de darle.

BEATRIZ.—Prima, culpa será de la música, si no sois cortejada a su debido

tiempo. Si el príncipe se muestra demasiado importuno, decidle que en todo hay

compás, y bailad en vez de contestarle. Porque, oídme, Hero: el enamorarse, el

casarse y el arrepentirse son, respectivamente, como una giga escocesa, un

minué y una zarabanda; el primer galanteo es ardiente y rápido, como la giga

escocesa, y no menos fantástico; el casamiento es formal y grave, como el

minué, lleno de dignidad y antigüedad; y luego viene el arrepentimiento y con sus

piernas vacilantes toma parte en la zarabanda, cada vez más torpe y más

pesado, hasta que se hunde en la tumba.

LEONATO.—Sobrina, siempre miráis las cosas por el lado desfavorable.

BEATRIZ.—Tengo muy buena vista, tío. Soy capaz de distinguir una iglesia en

pleno día.

LEONATO.—Aquí llegan las máscaras, hermano. Hagámosles lugar.

Entran DON PEDRO, CLAUDIO, BENEDICTO, BALTASAR, DON JUAN,

BORACHIO, MARGARITA, ÚRSULA y otros, enmascarados.

DON PEDRO.—Señora, ¿os dignaríais dar una vuelta con vuestro amigo?

HERO.—Si marcháis despacio, miráis con dulzura y no decís nada, estoy

dispuesta a pasear; y especialmente si se trata de pasear lejos.

DON PEDRO.—¿Llevándome en vuestra compañía?

HERO.—Ya os lo diré cuando me plazca.

DON PEDRO.—¿Y cuándo os placerá decírmelo?

 

HERO.—Cuando me agrade vuestro semblante, pues ¡líbrenos Dios de que el

laúd se asemeje a la funda!

DON PEDRO.—Mi careta es el tejado de Filemón; dentro de la choza está

Júpiter.

HERO.—Pues entonces vuestra careta debería estar techada de paja.

DON PEDRO.—Hablad bajo, si habéis de hablar de amor. (Se retiran.)

BALTASAR.—Pues quisiera gustaros.

MARGARITA.—No quisiera yo, por vuestro bien, pues estoy llena de malas

cualidades.

BALTASAR.—Citadme alguna.

MARGARITA.—Rezo en alta voz.

BALTASAR.—Tanto mejor para amaros. Los que os escuchen podrán decir:

Amén.

MARGARITA.—Dios me aparee con un buen bailarín.

BALTASAR.—Amén.

MARGARITA.—Y que lo aparte de mis ojos cuando termine el baile. Responded,

sacristán.

BALTASAR.—Ni una palabra. Ya tiene su respuesta el sacristán. (Se retiran.)

ÚRSULA.—Os conozco demasiado: sois el signior Antonio.

ANTONIO.—En una palabra, no lo soy.

ÚRSULA.—Os conozco en el modo de mover la cabeza.

ANTONIO.—Para seros franco, le remedo en eso.

ÚRSULA.—No podríais remedarle tan bien, si no fuerais él mismo. He aquí de

arriba abajo su mano enjuta: sois el mismo, sois el mismo.

ANTONIO.—En una palabra, digo que no lo soy.

ÚRSULA.—Vamos, vamos, ¿pensáis que no os conozco por la excelencia de

vuestro ingenio? ¿Puede el mérito disimularse? Vamos, burlón, sois él. La gracia

se delata siempre, y aquí termino.

BEATRIZ.—¿No puedo saber quién os ha contado eso?

 

BENEDICTO.—No, perdonadme.

BEATRIZ.—¿Ni queréis decirme quién sois?

BENEDICTO.—No, por ahora.

BEATRIZ.—¿Conque soy desdeñosa y extraigo mis mejores agudezas de los

Cien cuentos alegres? ¡Bah! Eso os lo ha contado el signior Benedicto.

BENEDICTO.—¿Quién es ése?

BEATRIZ.—Estoy segura de que le conocéis demasiado.

BENEDICTO.—No, creedme.

BEATRIZ.—¿Nunca os ha hecho reír?

BENEDICTO.—Os ruego que me digáis quién es.

BEATRIZ.—Pues bien, es el juglar del príncipe: un bufón insípido; su sola

cualidad estriba en inventar calumnias inconcebibles; nadie sino los libertinos se

deleitan con él; y lo que le recomienda ante éstos no es su gracejo sino su

grosería, pues divierte a los hombres a la par que los enoja y acaban por reírse

de él y golpear- le. Estoy segura de que se hallará en esta flota. ¡Quisiera que me

abordara!

BENEDICTO.—Cuando conozca a ese caballero le referiré lo que me habéis

dicho.

BEATRIZ.—Hacedlo, hacedlo. Aventurará una o dos pullas a mi costa; y si por

acaso se da cuenta de que no las advierten o no provocan risa, se pondrá

melancólico; y entonces habrá un ala más de perdiz, pues el mentecato no

cenará aquella noche.

Música dentro.

Sigamos a los que nos preceden.

BENEDICTO.—En lo que fuera lícito.

BEATRIZ.—No, si me condujeran a algo malo, les dejaría en la primera vuelta.

Baile. Después salen todos, menos DON JUAN, BORACHIO y CLAUDIO.

DON JUAN.—Indudablemente, mi hermano se ha prendado de Hero; y ha

llamado aparte a su padre para declarárselo. Las damas han seguido a la bella y

no queda más que una máscara.

BORACHIO.—Y ésa es Claudio; le conozco en el porte.

DON JUAN.—¿No sois el signior Benedicto?

 

CLAUDIO.—Habéis acertado; el mismo soy.

DON JUAN.—Signior, sois el amigo íntimo de mi hermano. Está enamorado de

Hero. Os ruego le hagáis desistir de ese enlace. Ella no es de una cuna igual a la

suya. Podéis representar en ello el papel de un hombre honrado.

CLAUDIO.—¿Cómo sabéis que la ama?

DON JUAN.—Le he oído jurarle amor.

BORACHIO.—Yo también; y juró que se casaría con ella esta misma noche.

DON JUAN.—Venid, vámonos al banquete.

(Salen DON JUAN y BORACHIO.)

CLAUDIO.—He contestado así al nombre de Benedicto, mas he oído esas malas

nuevas con los oídos de Claudio. Es cierto; el príncipe la corteja para sí. La

amistad es en todo consecuente, salvo en el oficio y negocios del amor. Por lo

tanto, es preciso que en el amor los corazones no se valgan de intérpretes, y que

los ojos traten por su cuenta, sin fiarse de mediador alguno, pues la hermosura es

una hechicera con cuyos encantos la lealtad se trueca en pasión. Es un hecho

que se comprueba a todas horas, y yo no he sabido recelar. ¡Adiós, pues, Hero!

Vuelve a entrar BENEDICTO.

BENEDICTO.—¿El conde Claudio?

CLAUDIO.—Sí, el mismo.

BENEDICTO.—Vamos, ¿queréis seguirme?

CLAUDIO.—¿Adónde?

BENEDICTO.—Hasta el sauce más próximo, para tratar de vuestro asunto,

conde. ¿A qué moda queréis llevar la guirnalda? ¿Ceñida al cuello, como cadena

de usurero, o al brazo, como banda de teniente? De uno u otro modo habéis de

llevarla, pues el príncipe ha conquistado vuestra Hero.

CLAUDIO.—Que sea feliz con ella.

BENEDICTO.—¡Cómo! Eso es hablar como un buen ganadero; así se cierra un

trato de bueyes. Pero ¿hubiereis supuesto al príncipe capaz de jugaros

semejante partida?

CLAUDIO.—Os lo ruego, dejadme.

BENEDICTO.—¡Eh! Ahora procedéis como el ciego. Fue el lazarillo quien os robó

la comida, y dais de palos al poste.

CLAUDIO.—Si no puede ser de otro modo, os dejaré yo. (Sale.)

 

BENEDICTO.—¡Ay! ¡Pobre pollo herido! Ahora irá a rastras a tenderse sobre las

cárices. Pero ¡que mi señora Beatriz me conozca y no me conozca! ¡El bufón del

príncipe! ¡Ja! Puede que me dé ese título porque soy jovial. Sí; pero con ello se

me infiere un agravio. Yo no tengo esa reputación. Es la perversa y áspera

condición de Beatriz, que mide al mundo por su persona, y me crea tan mala

fama. Bien; me vengaré como pueda.

Vuelve a entrar DON PEDRO.

DON PEDRO.—Hola, signior. ¿Dónde está el conde? ¿Le habéis visto?

BENEDICTO.—Por mi fe, señor, que he representado el papel de la señora

Fama. Le hallé aquí tan melancólico como una casa de guarda en un conejar. Le

dije, y creo no haberle mentido, que vuestra gracia había conseguido la buena

voluntad de esa damita, y le ofrecí acompañarle hasta un sauce para tejerle una

guirnalda como amante desdeñado o para cortarle una vara como hombre digno

de azotes.

DON PEDRO.—¡Digno de azotes! ¿Qué falta ha cometido?

BENEDICTO.—La torpe trasgresión de un niño de escuela que, en su alegría por

haber encontrado un nido de pájaros, lo muestra a su compañero, quien se lo

roba.

DON PEDRO.—¿Calificas de trasgresión una prueba de confianza? La

trasgresión está en el robador.

BENEDICTO.—Sin embargo, no hubiera estado de más proveerse de la vara y

también de la guirnalda: la guirnalda para que la gastase él y la vara para

aplicárosla a vos, quien, a lo que parece, le ha robado su nido de pájaros.

DON PEDRO.—Sólo les enseñaré a cantar y después los devolveré a su dueño.

BENEDICTO.—Si su canto responde a vuestras palabras, por mi fe que habéis

hablado honradamente.

DON PEDRO.—La señora Beatriz se queja de vos. Al caballero que bailaba con

ella le ha dicho que la injuriáis en demasía.

BENEDICTO.—¡Oh! Ella es quien me trata de un modo que no lo sufriera un

tarugo. Un alcornoque con sólo una hoja verde la hubiera contestado. Mi propia

careta comenzó a animarse y a reñirla. Me ha dicho, sin sospechar con quién

hablaba, que era el juglar del príncipe; que era más tedioso que un gran deshielo;

acumulando burla tras burla sobre mí con tan increíble malicia que no parecía

sino como hombre que sirviera de blanco a un ejército entero que tirara sobre él.

Habla puñales, y cada palabra suya es un golpe. Si fuera su aliento tan pestífero

como sus términos, no habría modo de vivir a su lado; infestaría hasta la estrella

polar. No la quisiera por esposa, aunque trajese en dote cuanto poseyó Adán

antes del primer pecado. Hubiera obligado a Hércules a dar vueltas al asador, no

cabe duda, y aun a hacer astillas su clava para encender el fuego. Vamos, no

hablemos de ella. Acabaríais por reconocer en ella a la infernal Até lujosamente

 

ataviada. Por Dios, que fuera bueno que algún sabio la sometiera a conjuro;

porque, a la verdad, mientras ella aliente sobre la tierra, el hombre hallará más

paz en el infierno que en un santuario; y las gentes perecerán adrede para ir allí

cuanto antes; así que, de veras, todo desasosiego, horror y perturbación la

siguen.

Vuelven a entrar CLAUDIO, BEATRIZ, HERO y LEONATO.

DON PEDRO.—Miradla, aquí viene.

BENEDICTO.—¿No podría vuestra gracia darme algún encargo para el fin del

mundo? Iría en este momento a los antípodas con el recado de menos

importancia que quisierais confiarme. Os traería ahora mismo un mondadientes

del más apartado extremo del Asia; os procuraría la medida del pie del preste

Juan de las Indias; os proporcionaría un pelo de la barba del Gran Kan; os

desempeñaría cualquier embajada cerca de los pigmeos, antes que cambiar tres

palabras con esa arpía. ¿No tenéis destino para mí?

DON PEDRO.—Ninguno, sino desear vuestra buena compañía.

BENEDICTO.—¡Oh Dios! He aquí, señor, un plato que no es de mi gusto: no

puedo tragar a esta señora Lengua. (Sale.)

DON PEDRO.—Vamos, señora, vamos; habéis perdido el corazón del signior

Benedicto.

BEATRIZ.—Efectivamente, señor; me lo prestó por algunos instantes, y, como

interés, le di un corazón doble por el suyo sencillo; empero, ¡pardiez!, que en otra

ocasión me lo ganó con dados falsos; de donde bien puede decir vuestra gracia

que lo he perdido.

DON PEDRO.—Le tenéis abatido, señora; le tenéis debajo.

BEATRIZ.—No quisiera que hiciese otro tanto conmigo, señor; me vería en

peligro de ser madre de locos. Aquí os traigo al conde Claudio, a quien me

mandasteis buscar.

DON PEDRO.—¡Cómo! ¡Qué es eso, conde! ¿Por qué estáis triste?

CLAUDIO.—No estoy triste, señor.

DON PEDRO.—Qué entonces, ¿enfermo?

CLAUDIO.—Tampoco, señor.

BEATRIZ.—El conde no está triste, ni enfermo, ni alegre, ni sano; es civil, un

conde de Sevilla, como las naranjas, y de ese mismo color celoso.

DON PEDRO.—A fe, señora, creo que es verdad vuestra descripción; aunque

puedo jurar que, si es así, su recelo es infundado. Ved, Claudio: he hecho la corte

 

a Hero en nombre tuyo, y la he conseguido. Hablé ya con su padre, y obtuve su

buena voluntad. ¡Fija, por lo tanto, el día de la boda, y que Dios te haga feliz!

LEONATO.—Conde, tomad a mi hija, y con ella mi fortuna. ¡Su gracia ha

concertado el matrimonio, y todas las gracias digan amén!

BEATRIZ.—Hablad, conde; os toca el turno.

CLAUDIO.—El silencio es el mejor heraldo de la alegría. Fuera bien poca mi

felicidad si pudiera decir cuánta es. Señora, soy tan vuestro como vos sois mía.

¡Me entrego por completo a vos y desvarío por el cambio!

BEATRIZ.—Habla, prima; y, si no puedes, ciérrale la boca con un beso, y que él

no hable tampoco.

DON PEDRO.—A fe, señora, que tenéis el corazón gozoso.

BEATRIZ.—Sí, señor; y le estoy agradecida al pobre orate por mantenerse a

sotavento de los cuidados. Mi prima le dice al oído que le lleva en el corazón.

CLAUDIO.—Y así es, prima.

BEATRIZ.—¡Dios mío! ¡Parentesco por matrimonio! Todo el mundo se casa aquí

menos yo que me quedo a la luna de Valencia. Ya puedo sentarme en un rincón

y gritar: ¡Eh! ¡Venga un marido!

DON PEDRO.—Yo os hallaré uno, señora Beatriz.

BEATRIZ.—Preferiría que me lo hubiese hallado vuestro padre. ¿No tiene vuestra

gracia ningún hermano que se le parezca? Vuestro padre supo hacer excelentes

maridos, si una doncella pudiese dar con ellos.

DON PEDRO.—¿Me queréis a mí por tal, señora?

BEATRIZ.—No, señor; a menos que me sea permitido tener otro para los días de

trabajo. Vuestra gracia es demasiado lujoso para llevarse todos los días. Pero,

por favor, perdóneme vuestra gracia. He nacido para estar siempre risueña y no

hablar en serio.

DON PEDRO.—Vuestro silencio es lo que más me ofende, y la alegría, lo que

mejor os sienta, pues, no cabe duda, debisteis de nacer en una hora alegre.

BEATRIZ.—No, por cierto, señor, que mi madre gritaba; pero había a la vez una

estrella que bailaba, y yo nací bajo su influjo. ¡Dios os conceda alegría primos!

LEONATO.—Sobrina, ¿queréis poner atención en las cosas que os he dicho?

BEATRIZ.—Imploro vuestra merced, tío. Con el perdón de vuestra gracia. (Sale.)

 

DON PEDRO.—¡Por mí fe! ¡Es una dama agradable y risueña!

LEONATO.—La melancolía es elemento que entra poco en la constitución de su

ser, señor. Nunca está seria, sino cuando duerme. Y aun no siempre, pues he

oído decir a mi hija que, a menudo, soñando desventuras se ha despertado con

risas.

DON PEDRO.—No puede sufrir que le hablen de esposo.

LEONATO.—¡Oh! ¡De ninguna manera! Se burla de todos sus pretendientes.

DON PEDRO.—Sería excelente mujer para Benedicto.

LEONATO.—¡Oh Dios, señor! Si estuvieran casados sólo una semana, se

volverían locos de tanto hablar.

DON PEDRO.—¿Cuándo pensáis ir a la iglesia, conde Claudio?

CLAUDIO.—Mañana, señor. El tiempo marcha sobre muletas hasta que el amor

cumpla todos sus ritos.

LEONATO.—No antes del lunes, querido hijo, que será justamente dentro de una

semana. Y aun así, tiempo harto brevísimo para tener todas las cosas conforme a

mi deseo.

DON PEDRO.—Vamos, movéis la cabeza a tan larga demora; pero os garantizo,

Claudio, que el tiempo no ha de hacérsenos pesado. Me propongo, en el ínterin,

acometer uno de los trabajos de Hércules, que ha de consistir en hacer que el

signior Benedicto y la señora Beatriz sostengan una montaña de afección mutua.

Ardo por verlos casados, y no dudo que lo he de lograr si vosotros tres me

suministráis no más que la ayuda tal como yo os ordene.

LEONATO.—Señor, me tenéis a vuestro lado, aunque me cueste pasar diez

noches en vela.

CLAUDIO.—Y yo, señor.

DON PEDRO.—¿Y vos también, gentil Hero?

HERO.—Señor, desempeñaré cualquier cometido adecuado para ayudar a mi

prima al logro de un buen marido.

DON PEDRO.—Y Benedicto no es el marido de menos esperanzas que yo

conozco. Puedo alargarme en elogios respecto de él; es de noble linaje, de

acreditado valor y honradez reconocida. Os enseñaré cómo habéis de preparar el

ánimo de vuestra prima para que se incline al amor de Benedicto. Y yo, con

vuestra doble ayuda, me las arreglaré con Benedicto de modo que, a despecho

de su espíritu cáustico y de su mal genio repulsivo, se prende de Beatriz. Si

logramos esto, Cupido ya no será arquero, y su gloria nos pertenecerá, pues nos

quedaremos por únicos dioses del amor. Venid conmigo y os explicaré mi plan.

(Salen.)

 

Escena II

Otro aposento en la casa de Leonato.

Entran DON JUAN y BORACHIO.

DON JUAN.—Es cosa hecha; el conde Claudio se casará con la hija de Leonato.

BORACHIO.—Sí, señor; pero yo puedo impedirlo.

DON JUAN.—Toda barrera, todo obstáculo, todo impedimento será bálsamo a mi

herida. Estoy enfermo de disgusto contra él, y todo cuanto venga a contrariar su

deseo se hallará en el mismo plano y a nivel del mío. ¿Cómo puedes frustrar ese

matrimonio?

BORACHIO.—No de un modo honrado, señor; pero sí tan encubiertamente que

nadie sospechará de mi bellaquería.

DON JUAN.—Muéstrame cómo en pocas palabras.

BORACHIO.—Creo haber dicho a vuestra señoría, hace ya un año, que gozo

mucho del favor de Margarita, la doncella de Hero.

DON JUAN.—Lo recuerdo.

BORACHIO.—Puedo citarla a cualquier hora intempestiva de la noche para que

se asome a la ventana del aposento de su señora.

DON JUAN.—¿Qué vida hay en eso para causar la muerte de ese enlace?

BORACHIO.—El veneno de que disponéis a vos toca el aderezarlo. Buscad a

vuestro hermano, el príncipe; no vaciléis en decirle que empañaría su honor

uniendo al reputado Claudio —cuyos méritos ensalzaréis hasta lo sumo— a una

ramera pervertida, a una tal como Hero.

DON JUAN.—Y qué prueba alegaré.

BORACHIO.—Prueba sobrada para engañar al príncipe, vejar a Claudio, hundir a

Hero y matar a Leonato. ¿Qué otro resultado podéis desear?

DON JUAN.—Soy capaz de cualquier cosa con tal de ultrajarlos.

BORACHIO.—Pues bien, manos a la obra. Procuradme una hora propicia para

llamar aparte a don Pedro y al conde Claudio; contadles que sabéis que Hero me

ama; pretextad una especie de celo, así por el bien del príncipe como por el de

Claudio, como si —con objeto de poner a salvo el honor de vuestro hermano, que

ha concertado esta boda, y la reputación de su amigo, a punto de ser embaucado

por las apariencias nada más de una doncella— lo hubierais descubierto todo.

Apenas han de creerlo sin una demostración. Ofrecedles pruebas que consistirán

nada menos que en verme en la ventana de su cuarto, oírme llamar a Margarita

 

Hero; nombrarme Margarita Claudio, y elegid para que presencien esto la misma

noche anterior al proyectado matrimonio, pues en tanto yo dispondré la coartada

de manera que Hero esté ausente; y su infidelidad aparecerá tan manifiesta, que

la sospecha se convertirá en certidumbre, y todos los preparativos trastornados.

DON JUAN.—Cualquiera que sea el resultado adverso que de aquí surja, quiero

ponerlo en práctica. Sé astuto en el proyecto, y tendrás mil ducados de

recompensa.

BORACHIO.—Mostraos vos firme en la acusación, y no me avergonzará mi

astucia.

DON JUAN.—Voy a informarme inmediatamente del día de su boda. (Salen.)

Escena III

Jardín de Leonato.

Entra BENEDICTO.

BENEDICTO.—¡Muchacho!

Entra un PAJE.

PAJE.—¿Señor?

BENEDICTO.—En la ventana de mi alcoba hay un libro; tráemelo acá al jardín.

PAJE.—Ya estoy aquí, señor.

BENEDICTO.—Ya lo sé; pero lo que quiero es que vayas y estés aquí de vuelta.

Sale el PAJE.

Mucho me asombra que un hombre que se percata de las locuras de otro cuando

consagra sus actos al amor pretenda, después de haberse reído de semejantes

ligerezas pueriles en los demás, convertirse en tema de sus propias burlas,

enamorándose. Y uno de esos hombres es Claudio. Yo le conocí cuando no

había otra música para él sino la del tambor y el pífano, y ahora le suenan mejor

el tamboril y la zampoña. Yo le conocí cuando hubiera andado diez millas a pie

por ver una buena armadura, y ahora pasaría diez noches de claro en claro

ideando el corte de un justillo nuevo. Solía hablar llano y sin rodeos, como

hombre honrado y militar, y ahora se ha vuelto enrevesado; su conversación

parece un banquete fantástico donde sólo se sirvieran platos exóticos. ¿Será

posible que yo también me transforme, y vea de esa manera con estos ojos? No

puedo asegurarlo. Pienso que no. No juraré, empero, que el amor no sea capaz

de cambiarme en ostra; mas sí puedo hacer voto de que, mientras no me

convierta en ostra, no hará de mí un necio semejante. Una mujer es bella; pero yo

no salgo de mis trece. Otra es discreta; pero yo no salgo de mis trece. Otra es

virtuosa, y en mis trece me quedo. Mientras no se junten en una mujer todas las

gracias, no entrará ninguna en gracia conmigo. Habrá de ser rica, eso sin duda;

discreta, o no la querré; virtuosa, o jamás haré contrato con ella; hermosa, o no la

miraré nunca; dulce, o procuraré no acercarme; noble, o no me conquista,

aunque sea un ángel; de agradable discurso, excelente cultivadora de la música,

 

y sean sus cabellos del color que a Dios plazca. ¡Hola! El príncipe y monsieur

Amor. Me esconderé en la enramada. (Se oculta.)

Entran DON PEDRO, LEONATO y CLAUDIO, acompañados por BALTASAR y

músicos.

DON PEDRO.—Qué, ¿oiremos esa música?

CLAUDIO.—Sí, mi buen señor. ¡Que en calma está la noche! ¡Aquietada a

propósito para prestar mayor encanto a la armonía!

DON PEDRO.—¿Veis dónde se ha ocultado Benedicto?

CLAUDIO.—¡Oh! Muy bien, señor. Acabada la música, proveeremos al zorrastrón

con un penique.

DON PEDRO.—Vamos, Baltasar, entónanos de nuevo esa canción.

BALTASAR.—¡Oh, mi buen señor! No obliguéis a una voz tan mala a ofender una

vez más a la música.

DON PEDRO.—El mostrar tan extraño semblante al propio talento es testigo,

precisamente, de su excelencia. Canta, te ruego, y que no te requiebre yo más.

BALTASAR.—Puesto que habláis de requebrar, cantaré, aunque también el galán

comienza sus súplicas por requiebros a aquella que juzga indigna de elogios;

empero, la requiebra y aun jura que la ama.

DON PEDRO.—Basta, te suplico; vamos, o si quieres seguir discurriendo, hazlo

en notas.

BALTASAR.—Notad esto antes que mis notas; que no hay nota mía que sea

digna de notarse.

DON PEDRO.—¡Bien! ¡No hables sino en corcheas! ¡No- tas, notas, de veras, y

nada más!

Música.

BENEDICTO.—¡Ahora, aria divina! ¡Ahora está su espíritu en éxtasis! ¿No es

extraordinario que unas tripas de carnero tengan la propiedad de hacer salir las

almas de su envoltura corporal? ¡Bien! ¿Y se les mendigará cuando todo se

acabe?

BALTASAR.—(Canta.)

No suspiréis más, niñas, no suspiréis, que los hombres han sido siempre

perjuros; un pie dentro del mar y otro en la orilla y sin firmeza nunca en ninguna

cosa.

No suspiréis, pues, no; dejadles que se vayan; sed felices y alegres y exhalad

vuestras penas en el «¡Ay!, nana, nana».

No cantéis más canciones, no cantéis, tan tristes, melancólicas y lentas; la falsía

del hombre fue la misma desde que Primavera dio sus primeras hojas.

 

No suspiréis, pues no; dejadles que se vayan; sed felices y alegres y exhalad

vuestras penas en el «¡Ay!, nana, nana».

DON PEDRO.—Por mi fe, una excelente canción.

BALTASAR.—Y un mal cantor, señor.

DON PEDRO.—¡Quia! No, no, a fe mía. Cantas bastante bien para un caso de

apuro.

BENEDICTO.—(Aparte.) A ser un perro el que así ladrara, le habrían colgado; y

yo ruego a Dios que su ruda voz no presagie una desgracia. Con tan buen gusto

hubiera oído a la lechuza, cualquiera que fuese la pestilencia que aportase.

DON PEDRO.—¡Pardiez!, que sí, ¿oyes, Baltasar? Te ruego que nos procures

una excelente música, pues queremos que toques mañana por la noche al pie de

la ventana de la señora Hero.

BALTASAR.—La mejor que pueda, señor.

DON PEDRO.—Hazlo así; adiós.

Salen BALTASAR y músicos.

Venid acá, Leonato. ¿Qué me decíais hace un momento, que vuestra sobrina

Beatriz está enamorada del signior Benedicto?

CLAUDIO.—¡Oh! ¡Es posible! (Aparte, a DON PEDRO.) Rondemos, rondemos; el

pájaro se posa. Jamás pude suponer que esa dama fuera capaz de amar a

hombre ninguno.

LEONATO.—No, ni yo tampoco. Pero lo más extraño es que haya puesto sus

ojos en Benedicto, a quien, a juzgar por las apariencias, siempre ha detestado.

BENEDICTO.—(Aparte.) ¿Será posible? ¿Soplará el viento de esa parte?

LEONATO.—Bajo mi palabra, señor, que no sé qué pensar de ello, sino que lo

adora con pasión frenética. Sobrepasa todo lo imaginable.

DON PEDRO.—Quizá no haga sino fingir.

CLAUDIO.—A fe que no fuera extraño.

LEONATO.—¡Oh Dios! ¡Fingir! Jamás una pasión fingida anduvo tan cerca de

una pasión real como la que ella descubre.

DON PEDRO.—Bien; ¿y qué síntomas de pasión deja entrever?

CLAUDIO.—(Aparte.) Cebad bien el anzuelo; el pez picará.

 

LEONATO.—¿Qué síntomas, señor? Se os contará... (A CLAUDIO.) Ya os habrá

dicho mi hija cómo.

CLAUDIO.—Me lo ha dicho, en efecto.

DON PEDRO.—¿Cómo, cómo? Os ruego. Me asombráis. Hubiera creído su

carácter invencible a todos los asaltos del amor.

LEONATO.—Así lo hubiera jurado, señor, especialmente contra Benedicto.

BENEDICTO.—(Aparte.) Juzgara todo esto una burla, a no ser ese anciano de

barba blanca quien lo cuenta; la truhanería, a buen seguro, no se disimularía bajo

tanta gravedad.

CLAUDIO.—(Aparte.) Ya ha mordido el anzuelo; no lo soltéis.

DON PEDRO.—¿Ha declarado su pasión a Benedicto?

LEONATO.—No, y jura que nunca lo hará; ése es su tormento.

CLAUDIO.—Así es, en verdad. He aquí cómo lo cuenta vuestra hija: «Tras

haberle testimoniado tantas veces mi desdén —dice— ¿he de escribirle que le

amo?».

LEONATO.—Esto lo repite siempre que comienza a escribirle, pues se levanta

veinte veces durante la noche y se queda sentada en camisa hasta que ha

escrito un pliego de papel. Mi hija nos lo cuenta todo.

CLAUDIO.—Ahora que habláis de pliegos de papel, recuerdo un chiste gracioso

que nos contó vuestra hija.

LEONATO.—¡Oh! ¿Cuando después de haberle escrito y al repasar la carta notó

que se encontraban los nombres de Benedicto y Beatriz?

CLAUDIO.—Eso.

LEONATO.—¡Oh! Rompió la carta en mil pedacitos, reprochándose el haber

cometido la ligereza de escribir a un hombre que sabía había de burlarse de ella.

«Le mido —exclamaba— por mi propio carácter, pues yo me burlaría de él si me

escribiese. Sí, aunque le amo, me burlaría.»

CLAUDIO.—Luego cae de rodillas, llora, suspira, se golpea el pecho, se mesa los

cabellos, reza, maldice. «¡Oh caro Benedicto! Dios me dé paciencia.»

LEONATO.—Eso es lo que hace; así lo cuenta mi hija. Y a tales desvaríos llega

que mi hija teme a veces que Beatriz atente contra sí propia. Es la pura verdad.

DON PEDRO.—Sería conveniente que Benedicto lo supiera por otro conducto, si

ella no quiere confesárselo.

 

CLAUDIO.—¿A qué fin? No haría sino tomarlo a diversión y atormentar más a la

pobre dama.

DON PEDRO.—Si así obrara, fuera un acto caritativo ahorcarle. Se trata de una

dama encantadora y gentil; de virtud inmaculada, al abrigo de toda sospecha.

CLAUDIO.—Aparte de que es en extremo prudentísima.

DON PEDRO.—En todo, salvo en amar a Benedicto.

LEONATO.—¡Oh señor! Cuando la prudencia y la pasión luchan en un cuerpo tan

frágil, hay diez probabilidades contra una de que la pasión salga victoriosa. Yo lo

lamento por ella, y no me faltan justas razones, pues soy su tío y tutor.

DON PEDRO.—¡Que no fuese yo el objeto de su preferencia! Habría dado de

lado toda clase de miramientos y hecho mi cara mitad. Por favor, contádselo a

Benedicto y sepamos lo que dice.

LEONATO.—¿Creéis que sería prudente?

CLAUDIO.—Hero tiene por seguro que fallecerá, pues dice que morirá si él no la

ama, y morirá antes de declararle su amor, y morirá también si él la corteja antes

que ceder un ápice de su acostumbrado espíritu de contradicción.

DON PEDRO.—Y hace bien. Si le manifestase la ternura de su afecto, sería

probable que la desdeñara, pues el individuo —como todos sabéis— es de

condición desdeñosa.

CLAUDIO.—Pero es un apuesto caballero.

DON PEDRO.—En efecto, posee un feliz exterior.

CLAUDIO.—Y en Dios y en mi alma, muy discreto.

DON PEDRO.—A la verdad, muestra a veces ciertos destellos que se parecen al

ingenio.

LEONATO.—Y le tengo por valiente.

DON PEDRO.—Como Héctor, os aseguro; y en dirimir contiendas podéis decir

que es prudente, pues las evita con gran discreción o las acomete con temor

cristianísimo.

LEONATO.—Si teme a Dios, necesariamente será pacífico; si quebranta la paz,

debe entrar en la liza temeroso y temblando.

DON PEDRO.—Y así lo hace, pues el hombre teme a Dios, aunque no lo parezca

por algunas bromas en que se complace. Bien, me duelo de vuestra sobrina.

¿Iremos en busca de Benedicto y le pondremos al corriente de este amor?

 

CLAUDIO.—No le hablemos de él jamás, señor; que ella lo sobrelleve con buen

consejo.

LEONATO.—No, eso es imposible; primero se consumirá su corazón.

DON PEDRO.—Bien; vuestra hija nos informará de todo; en tanto, que el asunto

vaya enfriándose. Yo quiero bien a Benedicto y me gustaría que modestamente

se examinara a sí propio y viera hasta qué punto es indigno de dama tan

perfecta.

LEONATO.—¿Vamos, señor? La comida estará ya a punto.

CLAUDIO.—(Aparte.) Si con esto no está perdidamente enamorado, nunca

confiaré en mis esperanzas.

DON PEDRO.—(Aparte.) Tiéndase la misma red a Beatriz, y que se encargue de

ello vuestra hija y su doncella. Lo jocoso será cuando cada uno esté convencido

del amor del otro, y no haya tal. Es la escena que quisiera ver, que será

simplemente una pantomima. Enviemos a llamarla a la mesa. (Salen DON

PEDRO, CLAUDIO y LEONATO.)

BENEDICTO.—(Avanzando desde la enramada.) Esto no puede ser una burla. La

conferencia se ha mantenido en serio. La verdad del asunto la conocen por Hero.

Parecen compadecerse de la dama. Se diría que su pasión ha llegado al colmo.

¡Amarme! Bien. Eso hay que recompensarlo. He oído cómo me censuraban.

Dicen que me henchiré de orgullo si me doy cuenta de que me adora. Dicen

también que morirá antes de darme una señal de cariño. Nunca pensé en

casarme. No debo parecer orgulloso. Felices aquellos que oyen la detracción de

sus faltas y las saben enmendar. Dicen que la dama es bella. Nada más cierto;

puedo atestiguarlo. Y virtuosa; efectivamente, no lo he de negar. Y discreta;

menos en amarme. Por mi fe, que eso no agrega nada a su talento, empero

tampoco es una prueba grande de su insensatez, por cuanto yo aspiro a amarla

desesperadamente. Quizá sea objeto de pesadas pullas y sarcasmos por haber

despotricado tanto tiempo contra el matrimonio. Pero ¿no se altera el apetito? El

hombre gusta en su juventud de manjares que no puede soportar en su edad

madura. Los chistes, las sentencias, todos esos proyectiles de papel que lanza el

cerebro, ¿han de torcer en un hombre la inclinación de su gusto? No; el mundo

debe poblarse. Cuando dije que deseaba morir soltero no pensé vivir hasta el día

de mi matrimonio. Aquí llega Beatriz. ¡Por la luz bendita que es una hermosa

dama! Percibo ciertos síntomas de amor en ella.

Entra BEATRIZ.

BEATRIZ.—Contra mi voluntad me han enviado a llamaros a la mesa.

BENEDICTO.—Bella Beatriz, os agradezco la molestia.

BEATRIZ.—No me he tomado más molestia para merecer ese agradecimiento de

la que os cuesta el agradecérmela. Si la misión me hubiera sido molesta, no

habría venido.

 

BENEDICTO.—Entonces, ¿os complacéis en la embajada?

BEATRIZ.—Sí, tanto como vos en enarbolar la punta de un cuchillo y oprimir con

él una corneja. Veo que no tenéis apetito, signior. Pasadlo bien. (Sale.)

BENEDICTO.—¡Ah! «Contra mi voluntad me han enviado a llamaros a la mesa.»

Esto encierra doble sentido. «No me he tomado más molestia para merecer ese

agradecimiento de la que os cuesta el agradecérmela»; que es como decir: toda

molestia que me tome por vos es tan grata como vuestro agradecimiento. ¡Si no

me compadezco de ella, soy un rufián; si no la amo, un judío! ¡Voy a procurarme

su retrato! (Sale.)

Continúa en Mucho ruido y pocas nueces obra completa - Parte 2 >>


Sé el primero al que le gusta

Compartir
Artículos Relacionados

Publicaciones recomendadas
Sigue a Youbioit