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A buen fin no hay mal principio obra completa - Parte 2

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Acto tercero

Escena primera

FLORENCIA.- ANTE EL PALACIO DEL DUQUE.

Trompetería.- Entran el

DUQUE DE

FLORENCIA,

con su séquito; dos

SEÑORES

franceses y

SOLDADOS.

EL DUQUE.- Habéis entendido exactamente

los motivos de esta guerra, cuyos grandes

intereses han hecho verter ya mucha sangre,

la cual a su vez hace aumentar la sed de

derramarla.

SEÑOR PRIMERO.- La contienda parece santa

de parte de vuestra alteza, y por la de los

enemigos parece inicua y odiosa.

EL DUQUE.- Lo que me admira es que

nuestro primo el rey de Francia pueda, en

causa tan justa, cerrar su corazón a nuestras

súplicas y rehusarnos el apoyo.

SEÑOR SEGUNDO.- Noble príncipe, no puedo

ilustraros sobre los verdaderos motivos que

tiene nuestro gobierno para abstenerse, ni

hablar de aquéllos más que como hombre

vulgar que no está en el secreto de los

negocios e interpreta el augusto consejo de

los reyes según sus imperfectos y obscuros

conocimientos. Por esto no me atrevo a

emitir mi opinión sobre el particular, tanto

más cuanto que me he engañado en mis

inciertas conjeturas siempre que he intentado

penetrar los misterios del Estado.

EL DUQUE.- Que haga Francia en esto lo que

mejor le acomode.

SEÑOR SEGUNDO.- Yo tengo la seguridad de

que nuestra juventud francesa, que se aburre

en la ociosidad, acudirá en tropel todos los

días al lado nuestro, como el que busca un

remedio.

EL DUQUE.- Será bien recibida, y la

recompensaré con todos los honores que

pueda prodigar. Conocéis ya vuestros

puestos. Grandes ascensos habrá para

vosotros,cuando los principales jefes del

ejército sucumban. Su caída os elevará a su

dignidad... Mañana nos veremos en el campo

de batalla.

(Trompetería. Salen.)

Escena II

EN EL ROSELLÓN.- APOSENTO EN EL

PALACIO DE LA CONDESA.

Entran la

CONDESA

y el

BUFÓN.

LA CONDESA.- Todo ha sucedido como yo

esperaba, menos que él no viene con ella.

EL BUFÓN.- Por mi fe, considero a mi joven

señor como un verdadero melancólico.

LA CONDESA.- ¿En qué te fundas? Veamos.

EL BUFÓN.- Pues en que contempla sus botas

y canta; se ajusta la gorguera y canta; hace

algunas preguntas y canta; límpiase los

dientes y canta. Conocí a un hombre con ese

género de melancolía, que llegó a vender

todo un palacio por una canción.

LA CONDESA.- Sepamos lo que ha escrito y

cuándo piensa volver.

(Abriendo una carta.)

EL BUFÓN.- No me interesa Isabelita, desde

que salí de la corte. Nuestras doncellas y

nuestras Isabelitas del campo en nada se

parecen a las doncellas y a las Isabelitas de

la Corte. Quebrantado está el cerebro de mi

Cupido, Y comienzo a amar como un anciano

ama el dinero; sin apetito y sin placer.

LA CONDESA.- ¿Qué tenemos aquí?

EL BUFÓN.- Ni más ni menos que lo que ahí

tenéis.

(Sale.)

LA CONDESA

(Leyendo.)- «Os envío una

nuera: ella ha curado al rey y me ha perdido

a mí. La he tomado por esposa, pero le he

rehusado el lecho y jurado un «no» eterno.

No faltará quien os comunique mi evasión.

Sabed1a antes de que os llegue por la voz del

público. Mientras el mundo sea

suficientemente amplio, pondré la mayor

distancia entre ella y yo. Aceptad mi

consideración y respeto. Vuestro desgraciado

hijo, Beltrán.»

Joven temerario e incorregible,

mal procedes despreciando de esa suerte los

favores de un rey tan bondadoso y atrayendo

sobre tu cabeza su indignación, por rehusar a

una joven harto virtuosa y que no debe ser

desechada ni siquiera por el mismo monarca.

(Vuelve a entrar el

BUFÓN.

)

EL BUFÓN.- ¡Oh señora! Corren por ahí muy

tristes noticias entre dos soldados y mi joven

ama.

LA CONDESA.- Pues ¿qué sucede?

EL BUFÓN.- Nada, porque hay algo

consolador en tales nuevas. Vuestro hijo no

será muerto tan pronto como yo suponía.

LA CONDESA.- ¿Y por qué han de matarle?

EL BUFÓN.- Quiero decir, señora, que ha

huido y está en salvo, según se susurra. El

peligro consistía en permanecer al lado de la

mujer, que es la desgracia de los hombres, si

bien es ella el único medio para tener hijos.

Pero, mirad, ya vienen; ellos se explicarán

mejor. Por lo que a mi se refiere, sólo puedo

decir que se salvó vuestro hijo.

(Sale.)

(Entra

ELENA

acompañada de dos

GENTILESHOMBRES.

)

GENTILHOMBRE PRIMERO.- Dios os guarde,

apreciable condesa.

ELENA.- Señora, mi esposo ha partido,

partido para siempre.

GENTILHOMBRE SEGUNDO.- No habléis así.

LA CONDESA.- Ármate de paciencia.

Caballeros, tened la bondad de hablar. He

recibido tantas sacudidas de placer y de

dolor, que mi espíritu ya no se conmueve, ni

reaparece en mí la debilidad propia de la

mujer. Decidme, ¿dónde está mi hijo?

GENTILHOMBRE SEGUNDO.- Señora, ha ido a

servir en las guerras del duque de Florencia.

Le hemos encontrado en aquel país, de donde

venimos, y al que regresaremos en cuanto

hayamos despachado ciertos asuntos

diplomáticos.

ELENA.- Pasad los ojos por esta carta,

señora. He aquí mi pasaporte. «Cuando

hayas obtenido la sortija que llevo en el dedo,

del cual jamás saldrá, y cuando me ofrezcas

a uno de tus hijos de quien haya sido yo el

padre,

entonces

me llamarás marido. Pero a

este

entonces

le llamo yo jamás.» ¡Es una

terrible sentencia!

LA CONDESA.- ¿Habéis sido portadores de

esta carta, caballeros?

GENTILHOMBRE PRIMERO.- Sí, señora; y en

atención a su contenido, participamos de

vuestro pesar.

LA CONDESA.- Te exijo, querida, que tengas

valor. Si para ti sola reservas esos dolores,

de ellos me robas la mitad. Era mi hijo; pero

en este mismo instante borro de mi corazón

su nombre, y tú serás mi único hijo. ¿Habéis

dicho que ha ido a Florencia?

GENTILHOMBRE SEGUNDO.- Sí, señora.

LA CONDESA.- ¿Y en calidad de soldado?

GENTILHOMBRE SEGUNDO.- Tales son, en

efecto, sus nobles designios, y estoy seguro

de que el duque le otorgará todos los honores

que reclama la dignidad de su rango.

LA CONDESA.- ¿Vais a volver allá?

GENTILHOMBRE PRIMERO.- Sí, señora, lo

más pronto posible.

ELENA

(Leyendo.)- «Hasta que no tenga

mujer, nada tengo

que hacer en

Francia.»

¡Qué

amargo es esto!

LA CONDESA.- ¿Eso dice ahí?

ELENA.- Sí, señora.

GENTILHOMBRE PRIMERO.- Será, felizmente,

un extravío de la mano, en el cual no habrá

consentido el corazón.

LA CONDESA.- ¡Nada que hacer en Francia

hasta que no tenga mujer! Nada hay en

Francia que sea demasiado bueno para él, a

excepción de Elena. Ella merecería un esposo

servido por veinte jóvenes aturdidos como él,

que la llamarían señora en todos los

momentos... ¿Y qué acompañamiento llevaba

mi hijo?

GENTILHOMBRE PRIMERO.- Un solo criado y

un gentilhombre a quien conocí en otro

tiempo.

LA CONDESA.- Parolles, ¿no es verdad?

GENTILHOMBRE PRIMERO.- Ese mismo,

respetable señora.

LA CONDESA.- Es un alma corrompida y llena

de malicia. Mi hijo, seducido por sus

consejos, ha manchado su condición de

hombre de buena cuna.

GENTILHOMBRE SEGUNDO.- Efectivamente,

buena señora, ese hombre es de mucha

maldad y sabe sacar partido de ella.

LA CONDESA.- Bien venidos seáis, caballeros.

Cuando tornéis a ver a mi hijo, os suplico le

digáis que su espada no conquistará un honor

equivalente al que hoy ha perdido. Por lo

demás, os ruego que le entreguéis la carta

que voy a escribirle.

GENTILHOMBRE SEGUNDO.- Estamos

prontos, señora, a serviros en esta ocasión y

en cualquier otro asunto de mayor empeño.

LA CONDESA.- No, sino que a cambio de

vuestros cumplidos ofrecimientos, aceptéis

los míos. ¿Queréis acompañarme?

(Salen.)

ELENA.- «

Hasta que

no tenga mujer

,

nada

tengo que

hacer en Francia. ¡Nada tendré en

Francia hasta que allí mujer

no

tenga!»

No

tendrás esa mujer. Rosellón; no la tendrás

más, Francia. Vuelve, pues, conde, a entrar

en posesión de lo que aquí tenías. ¡Pobre

conde! ¿Soy yo acaso quien te destierro de tu

patria y expongo tus miembros a los furores

de la guerra que a nadie perdona? ¿Soy yo,

por ventura, quien te alejo de una corte

agradable, en que eras objeto de las más

bellas miradas, para que sirvas de blanco a

los humeantes mosquetazos? ¡Oh,

mensajeros de plomo, que cabalgando en

alas del fuego voláis con rapidez vertiginosa!

Desviaos y no deis en el blanco. Atravesad el

aire invulnerable que al silbar vulnera, pero

no toquéis a mi esposo! Yo armo y dirijo el

brazo de quienquiera que atente contra su

vida; yo, desgraciada de mí, soy quien

muevo al asesino para que avance con el

hierro levantado y lo hunda en su intrépido

pecho. Aunque no sea precisamente mi mano

quien descargue sobre él el golpe mortal,

soy, sin embargo, la causa y autora de su

muerte. Mejor prefiriera encontrarme frente a

frente del león fiero cuando ruge acosado por

el hambre. ¡Mejor hubiera sido para mí que

sobre mi cabeza se hubiesen desencadenado

todas las calamidades de la Naturaleza! No;

vuelve a tu hogar, Rosellón; abandona esos

lugares funestos, en que el honor no recoge

del peligro más que las heridas, y en que con

frecuencia se pierde la vida, con la cual todo

se pierde. ¡Quiero separarme de tu morada,

ya que mi permanencia en estos sitios te

aleja de ella! ¿Podría yo acaso quedarme

aquí, impidiéndote con ello el regresar? No;

aun cuando en tu castillo se respirara el

delicioso aire del paraíso, y en él oficiaran los

ángeles, lo abandonaría. ¡Ojalá la fama te

anuncie mi fuga y consuele a tu corazón con

esa nueva! ¡Oh noche, ven! ¡Y tú, día, date

prisa en terminar! ¡Pobre ladrona, me

aprovecharé de las tinieblas para ocultarme!

(Sale.)

Escena III

FLORENCIA.- DELANTE DEL PALACIO DEL

DUQUE.

Entran el

DUQUE DE FLORENCIA, BELTRÁN,

PAROLLES

y

SOLDADOS.

Suenan tambores y

trompetas.

EL DUQUE.- Eres el general de nuestra

caballería, y teniendo las más altas

esperanzas en el resultado que de ti promete

la fortuna, te reservamos uno de los primeros

puestos en nuestra estimación y confianza.

BELTRÁN.- Príncipe, esa carga es harto

pesada para mis fuerzas. Sin embargo, a fin

de probaros mi adhesión, procuraré

desempeñarla hasta el último trance.

EL DUQUE.- ¡Partid, pues, y que la fortuna

juegue sobre tu cimera próspera como una

amante complaciente!

BELTRÁN.- Gran Marte, hoy me alisto bajo

vuestras banderas. Levantadme tan sólo a la

altura de mis pensamientos. En mí tendréis a

un amante de vuestros tambores y a un

enemigo del amor.

(Salen.)

Escena IV

EL ROSELLÓN.- APOSENTO EN EL PALACIO

DE LA CONDESA.

Entran la

CONDESA

y el

MAYORDOMO.

LA CONDESA.- ¡Ay! ¿Por qué habéis recibido

de ella este escrito? ¿No sospechabais que

iba a hacer lo que ha hecho, desde el

momento en que me enviaba una carta?

Volvédmela a leer otra vez.

EL MAYORDOMO

(Leyendo.)- «Voy en

peregrinación a Santiago. Un amor ambicioso

me ha hecho criminal. Para expiar mis faltas,

en cumplimiento de mi piadoso voto, quiero

andar con los pies descalzos sobre la tierra

dura y fría. Escribid, escribid, para que

vuestro querido hijo y mi más querido dueño

pueda separarse de la sangrienta carrera de

los combates. Bendecid su regreso, y goce

cerca de vos de las dulzuras de la paz, en

tanto que yo, lejos de él, bendeciré su

nombre, envuelto en las más fervorosas

plegarias. Decidle que me perdone por los

males que le he ocasionado. Yo soy la

implacable Juno, que le ha arrojado de una

corte en que de todos era amigo para

exponer sus días en medio del campo

enemigo, donde el peligro y la muerte ladran

en los talones del honor. Es demasiado bueno

y hermoso para que pueda ser víctima mía y

de la muerte, que voy a buscar para dejarle a

él libre.»

LA CONDESA.- ¡Oh!... ¡Cuánta amargura se

descubre a través de esas afectuosas

palabras! Rinaldo, jamás habéis estado tan

falto de reflexión como cuando la habéis

dejado partir de ese modo. De haberla

hablado yo, la habría hecho desistir de sus

propósitos tan prematuramente realizados.

EL MAYORDOMO.- Perdonadme, señora; si os

hubiese yo entregado esta carta antes de

cerrar la noche, hubiérase podido ir en su

busca; aunque, sin embargo, escribe que

toda tentativa sería vana.

LA CONDESA.- ¿Qué ángel bendecirá a ese

esposo indigno? No pueda prosperar, a no ser

que las oraciones de Elena, a quien el cielo se

complace en oír, le libren de las venganzas

de la justicia suprema. Escribid, Rinaldo,

escribid a ese esposo, que tan poco

merecedor es de una mujer tan virtuosa. Que

cada una de vuestras palabras deje traslucir

un mérito que él aprecia con excesiva

ligereza. Hacedle comprender mi extremo

pesar, aunque poco interese esto a su

corazón. Despachad el mensajero más rápido

e inteligente. Quizás al saber que ella ha

desaparecido, quiera volver. También espero

que, tan pronto como su regreso llegue a

noticia de esa desgraciada, se apresurará ella

a regresar, llevada de un puro amor. Yo no

puedo distinguir cuál de mis sentimientos es

el más caro a mi corazón, si el que me une a

mi hijo, o el que me une a ella. Despachad

ese mensajero. Mi alma está agobiada de

dolor, y mi edad no es ya más que debilidad.

Mi tristeza sólo pide lágrimas; pero el exceso

de dolor me ordena hablar.

(Salen.)

Escena V

FUERA DE LAS MURALLAS DE FLORENCIA.

Música guerrera lejana. Entran la

VIEJA

VIUDA,

de Florencia;

DIANA, VIOLETA,

MARIANA

y otras personas.

LA VIUDA.- Daos prisa, venid; porque ya se

acercan a la ciudad y vamos a perder el

espectáculo.

DIANA.- Dícese que el conde francés nos ha

prestado los mayores servicios.

LA VIUDA.- Corre la voz de que ha hecho

prisionero al general en jefe y que por su

propia mano ha muerto al hermano del

duque... Hemos perdido el tiempo: los

vencedores han tomado un camino opuesto.

Escuchad; podéis conocerlo por el sonido de

sus trompetas.

MARIANA.- Venid. Volvamos sobre nuestros

pasos y contentémonos con la relación que se

nos haga. Y vos, Diana, guardaos mucho de

ese conde francés. El honor de una doncella

constituye su timbre; no hay legado más rico

que el de la honestidad.

LA VIUDA.- He contado a una vecina que os

ha solicitado un gentilhombre de su séquito.

MARIANA.- Conozco a ese miserable. ¡Que le

ahorquen! Es un tal Parolles, un innoble

oficial del que se sirve el conde en sus

aventuras amorosas. Desconfiad de ellos,

Diana. Sus promesas, sus atractivos, sus

juramentos, sus regalos y todas sus mañas

lujuriosas han seducido a más de una joven,

y, por desgracia, el ejemplo de tantos

naufragios de virtud no puede escarmentar a

las que son novicias en el mundo y sólo

echan de ver el peligro cuando ya están

presas en los lazos que les habían tendido.

No creo que tenga necesidad de avisaros

más; porque estoy persuadida de que vuestra

virtud os mantendrá en la buena senda que

seguís, aun cuando otro peligro no hubiera

que el de perder la inocencia.

DIANA.- Nada tenéis que temer por mí.

(Entra

ELENA

en traje de peregrino.)

LA VIUDA.- Así lo espero... Mira, una

peregrina. Estoy segura que viene a alojarse

en mi casa. Hay entre ellos la costumbre de

recomendársela unos a otros. Voy a

interrogarla... ¡Dios os guarde, hermosa

peregrina! ¿A qué santo habéis hecho el

voto?

ELENA.- A Santiago el Mayor. Tened la

amabilidad de mostrarme el lugar donde se

albergan los peregrinos.

LA VIUDA.- Donde está la imagen de san

Francisco, aquí, junto al puerto.

ELENA.- ¿Es ese el camino?

LA VIUDA.- Sí, ése es, a fe. ¡Oid!

(Marcha a

lo lejos.)

Precisamente vienen por este lado.

Si queréis aguardar, santa peregrina, a que

las tropas hayan pasado, os conduciré a un

sitio donde encontraréis cómodo alojamiento,

pues creo conocer como a mí misma a

vuestra hospedadora.

ELENA.- ¿Seréis vos, acaso?

LA VIUDA.- Para serviros, peregrina.

ELENA.- Gracias. Aguardaré aquí hasta que

vos dispongáis otra cosa.

LA VIUDA.- ¿Venís tal vez de Francia?

ELENA.- Sí; de allí vengo.

LA VIUDA.- Vais a ver aquí a uno de vuestros

compatriotas, que ha realizado grandes

proezas.

ELENA.- Su nombre, os ruego.

LA VIUDA.- El conde del Rosellón. ¿Le

conocéis?

ELENA.- De oídas tan sólo, Sé que tiene

mucha nombradía, pero de vista no le

conozco.

LA VIUDA.- Quienquiera que sea, pasa aquí

por un bravo guerrero. Se evadió de Francia,

porque, según dicen, el rey le casó contra su

voluntad. ¿Creéis que haya sido así?

ELENA.- Sí, y muy cierto; es la pura verdad;

conozco a su esposa.

LA VIUDA.- Hay aquí un gentilhombre de su

séquito que habla muy mal de ella.

ELENA.- ¿Cómo se llama?

LA VIUDA.- Monsieur Parolles.

ELENA.- ¡Oh! En lo que le concierne, creo que

al lado de los elogios de que es digno su

señor, su nombre no podría citarse. Por lo

que se refiere a la esposa del conde, su

mérito estriba en una virtud modesta e

intacta, contra la cual nada he oído decir

todavía.

DIANA.- ¡Ay! ¡Pobre señora! ¡Dura esclavitud

la de ser esposa de un hombre que nos

detesta!

LA VIUDA.- ¡Pobrecita! En cualquier lugar que

se encuentre debe de sufrir mucho. Si esta

joven quisiera

(Por Diana),

en su mano

estaría armarle una broma algo pesada al

conde.

ELENA.- ¿Qué queréis decir? ¿Acaso el conde,

enamorado de sus encantos, la requiere con

intención ilegítima?

LA VIUDA.- Sí; hace todo lo posible: emplea

cuantos agentes pueden corromper el tierno

corazón de una virgen. Pero ella está bien

preparada contra sus halagos, y se acantona

en la más resistente virtud.

MARIANA.- ¡Líbrenla los dioses de tanta

desgracia!

(Entra con tambores y banderas una parte

del ejército florentino.

BELTRÁN

y

PAROLLES.

)

LA VIUDA.- Mirad, ya vienen. Éste es

Antonio, hijo mayor del príncipe; aquél es

Escalo...

ELENA.- ¿Cuál es el francés?

DIANA.- Aquél, el del soberbio penacho. Es

muy buen mozo. Quisiera que amase a su

esposa. Con más honradez, sería mucho más

simpático.¿No es verdad que es un hidalgo

apuesto?

ELENA.- Le encuentro aceptable.

DIANA.- ¡Lástima que no sea más honesto!

¿Veis allá aquel hombre? Es el bribón que le

arrastra al vicio. Si yo fuese la esposa del

conde, habría envenenado a ese vil corruptor.

ELENA.- ¿Cuál es?

DIANA.- Aquel fatuo engalanado con

escarapelas. ¿Y por qué estará tan

melancólico?

ELENA.- Habrá sido herido en el combate.

PAROLLES.- ¡Perder nuestro tambor! Bien

está.

MARIANA.- Algo le pasa. Ved; ya nos ha

conocido...

LA VIUDA.- ¡Pardiez! ¡Ahorcadle!

(Salen

BELTRÁN, PAROLLES, OFICIALES

y

SOLDADOS

.)

MARIANA.- ¿Por qué saludar a un alcahuete?

LA VIUDA.- Las tropas han pasado. Venid,

peregrina, que os conduzca a vuestro

alojamiento. Tenemos ya en casa otros

cuatro o cinco penitentes que han hecho voto

de ir a Santiago el Mayor.

ELENA.- Os doy humildemente las gracias.

Mucho desearía que vos, señora, y vuestra

amable hija, tuvierais a bien cenar esta noche

conmigo. Me encargo de los gastos,

agradeciendo vuestra atención; y para mejor

mostraros mi reconocimiento, daré a esa

joven algunos consejos que pueden serle

provechosos.

LAS DOS.- Aceptamos con gusto vuestros

ofrecimientos.

(Salen.)

Escena VI

CAMPO DELANTE DE FLORENCIA.

Entran

BELTRÁN

y los dos

SEÑORES

franceses.

SEÑOR PRIMERO.- Mi buen señor, sometedle

a prueba. Permitidle ir a la expedición que

propone.

SEÑOR SEGUNDO.- Si Vuestra Señoría no le

considera como un cobarde, no me honréis

más con vuestra estimación.

SEÑOR PRIMERO.- Por mi vida, señor, que no

es otra cosa que una burbuja.

BELTRÁN.- ¿Pensáis, entonces, que ando

equivocado acerca de él?

SEÑOR PRIMERO.- Persuadíos de ello, señor,

por mi propio criterio, sin asomo de envidia o

de malicia, y con la misma verdad que si os

hablara de un pariente mío. Es un notable

cobarde, un mentiroso intencionado y eterno,

que falta a su palabra tantas veces como

horas tiene el día; un miserable que no posee

ni una sola cualidad que pueda merecer la

estimación y mercedes de Vuestra Señoría.

SEÑOR SEGUNDO.- Conviene que le

conozcáis, pues confiado en un valor de que

carece, podéis quedar burlado en lo que

esperabais de él, y faltaros en lo más crítico

del peligro.

BELTRÁN.- Quisiera saber algún medio para

ponerlo a prueba.

SEÑOR SEGUNDO.- Ninguno mejor que

dejarle recobrar su tambor, de que con tanta

presunción se vanagloria.

SEÑOR PRIMERO.-Yo, con una turba de

florentinos, puedo sorprenderle de improviso.

Mis hombres no se distinguirán de los del

adversario. Le ataremos y le vendaremos los

ojos. Imaginará que le conducen al campo

contrario, precisamente cuando le

arrastraremos a vuestra propia tienda. Tened

a bien asistir por lo menos a su

interrogatorio; y si, con la esperanza de

salvar su vida, llevado del sentimiento de su

miedo cobarde, no se ofrece a haceros

traición, revelando todo lo que contra vos

sabe, y no lo promete, bajo juramento,

garantizándolo con su cabeza, no tengáis,

señor, más confianza en mí.

SEÑOR SEGUNDO.-¡Oh! Siquiera para

proporcionarnos el placer de reír, permitidme

que vaya a caza de su tambor. Se figura

haber ideado una estratagema para

recobrarlo. Cuando os hagamos ver su

cobardía, y hayáis podido leer en el fondo de

su corazón, viendo el despreciable metal a

que se reduce ese lingote de oro falso, si no

le aplicáis entonces el tratamiento de Juan

Drum, imposible será en lo sucesivo

desprenderos de vuestra prevención en favor

suyo. He aquí viene. (

Entra

PAROLLES

.)

SEÑOR PRIMERO.- Para proporcionarnos el

placer de reír un poco, no le impidáis realizar

sus designios. Dejadle buscar su tambor por

todos los medios que se le antoje.

BELTRÁN.- (

A

Parolles.)

¡Hola, caballero!

¿Echáis muy de menos ese tambor?

SEÑOR SEGUNDO.- ¡La peste sea de él! En

último resultado, sólo es un tambor.

PAROLLES.- ¡ «Sólo» un tambor! ¿Es «sólo»

un tambor? ¿Y la manera en que se ha

perdido? Excelente táctica; ¡caer sobre las

alas de nuestro ejército por en medio de

nuestra propia caballería y penetrar en

nuestros propios batallones!

SEÑOR SEGUNDO.- ¡No se puede censurar al

general! Ésta es una de esas desgracias de la

guerra, que ni César hubiera podido prevenir

si hubiera tomado la dirección de la batalla.

BELTRÁN.- No hay por qué quejarnos

grandemente del resultado de nuestras

armas. Es verdad que nos cabe alguna

deshonra por haber perdido ese tambor;

pero, en fin, no hay medio de recobrarle.

PAROLLES.- Pudo haber sido recobrado.

BELTRÁN.- ¡Pudo! Pero ya no es posible.

PAROLLES.- Puede recobrarse. Si no fuese

tan raro atribuir el premio de los servicios al

que lo merece, tendría ya a estas horas ese

tambor u otro, o el

hic

jacet.

BELTRÁN.- ¡Cómo! Si es cierto que tenéis ese

designio, si creéis poseer una buena

estratagema que pueda devolvernos ese

instrumento de honor, sed bastante guerrero

para acometer la empresa. Recompensaré

vuestras tentativas como una gloriosa

hazaña. Si salís airoso, llegará a oídos del

duque y pagará vuestro servicio en todo lo

que valga, proporcionalmente a su magnitud.

PAROLLES.- Lo emprenderé. ¡Por la mano de

un soldado!

BELTRÁN.- Pero no conviene que os durmáis

en el negocio.

PAROLLES.- Voy a trazarme mis planes desde

esta misma noche; quiero animarme con el

presentimiento infalible de mi fortuna, y

hacer los preparativos homicidas para vencer

o morir. A medianoche estad atentos, oiréis

hablar de mí.

BELTRÁN.- ¿Puedo resueltamente anunciar a

Su Alteza que habéis salido para dar un golpe

de mano?

PAROLLES.- Ignoro todavía cuál será el

resultado, señor; pero por lo que toca a

emprenderlo, os lo juro.

BELTRÁN.- Sé que eres valiente, y

respondería de la posibilidad de tu valor

guerrero. Adiós.

PAROLLES.- No me gustan palabras, sino

obras.

(Sale.)

SEÑOR PRIMERO.- No te gustan, de la propia

manera que el pez no gusta de vivir en el

agua. ¿No es verdad, señor, que es un

hombre singular, pues parece emprender con

buena confianza una cosa que conoce, sin

embargo, que no podrá tener buen éxito? Se

condena a fuerza de jurar que hará una cosa

y mejor preferiría verse condenado que

hacerla.

SEÑOR SEGUNDO.- No le conocéis como

nosotros, señor. Es cierto que tiene la

habilidad de insinuarse en el favor de un jefe

y que toda una semana sabrá evitar las

ocasiones en que pueda salir comprometida

su reputación; pero una vez que le hayáis

conocido, tendréis ya bastante.

BELTRÁN.- ¡Como! ¿Pensáis que no hará lo

que se ha comprometido a intentar tan

seriamente?

SEÑOR SEGUNDO.- Por nada del mundo lo

hará. Y luego, al volver, os contará una

fábula de las suyas, zurcida con dos o tres

embustes un poco verosímiles. Pero sobrado

hemos fatigado al ciervo; ya le veréis caer

esta noche. En verdad, no es digno de las

bondades de Vuestra Señoría.

SEÑOR PRIMERO.- Os vamos a divertir con

ese zorro antes que le arranquemos la piel de

las orejas. Bien le ha conocido el anciano

señor Lafeu. En habiéndole desenmascarado,

advertiréis cuán bribón es el tal Parolles; y no

pasará, esta noche sin que os convenzáis de

ello.

SEÑOR SEGUNDO.- Voy a tenderle mis

trampas, y a buen seguro que caerá.

BELTRÁN.- Vuestro hermano vendrá conmigo.

SEÑOR SEGUNDO.- A la orden de Vuestra

Señoría; me despido de vos.

(Sale.)

BELTRÁN.- Quiero ahora llevaros a la casa

para que veáis la muchacha de quien os he

hablado.

SEÑOR PRIMERO.- Pero me habéis dicho que

era virtuosa.

BELTRÁN.- He ahí todo su defecto; una sola

vez la he hablado, viéndola

extraordinariamente fría. Por conducto de ese

pisaverde, cuyas huellas seguimos, le he

mandado regalos y cartas, que ella ha

rehusado siempre. Es todo lo que he hecho.

Es una criatura celestial. ¿Queréis venir a

verla?

SEÑOR PRIMERO.- Con todo mi corazón,

señor.

(Salen.)

Escena VII

FLORENCIA.- APOSENTO EN LA CASA DE LA

VIUDA.

Entran

ELENA

y la

VIUDA.

ELENA.- Si alguna duda os cabe de que soy

ella, no sé a qué otro recurso apelar, a menos

que renuncie al proyecto sobre que trabajo.

LA VIUDA.- Aunque haya perdido mi

hacienda, no soy por eso menos bien nacida.

Yo nada entiendo de esas intrigas y de

ninguna manera quisiera empañar mi honra

con una acción vergonzosa.

ELENA.- Ni yo tampoco. Creed que el conde

es mi esposo y que es cierto hasta en sus

menores detalles cuanto os he confiado en

secreto. Por eso no cometéis error alguno

prestándome la cooperación que os pido.

LA VIUDA.- Estoy obligada a creeros, porque

me habéis dado pruebas convincentes de que

gozáis de gran fortuna.

ELENA.- Aceptad esa bolsa de oro y

permitidme que a tal precio compre la

mediación de vuestra amistad, que iré

recompensando más aun si con ese medio

puedo llegar a un feliz desenlace. El conde

galantea a vuestra hija, tiende sus lazos para

atraérsela y se propone no desistir hasta que

la haya conquistado. Pues bien; es necesario

que por ahora consienta ella en decidirse a

hacer cuanto le digamos. El voluptuoso joven,

en el hervor de su sangre, nada podría negar

a vuestra hija de lo que le pida. Ya sabéis que

el conde lleva una sortija que ha pasado,

sucesivamente, de padre a hijo desde cuatro

o cinco generaciones. Esa sortija tiene gran

precio a sus ojos; pero en el delirio de su

pasión, a trueque de alcanzar el objeto de sus

deseos, no le parecerá tan grande el

sacrificio, aunque luego tenga que

arrepentirse.

LA VIUDA.- Ahora veo el objeto de vuestras

intenciones.

ELENA.- Convendréis, pues, en que me guía

un fin honesto y legítimo. Sobre todo, deseo

que vuestra hija le pida esa sortija antes de

hacer como que se rinde a sus instancias;

que le dé una cita, y, por fin, que me deje a

mí en vez de ella emplear el tiempo en esa

cita durante su inocente y casta ausencia.

Después, en premio de su favor, la dotaré,

añadiendo mil escudos de oro a lo que ya os

tengo entregado.

LA VIUDA.- Consiento. Enseñad ahora a mi

hija cómo debe portarse, a fin de que la cita,

la hora y el lugar se concierten para esa

inocente estratagema. Cada noche viene el

conde con músicos de toda especie,

entonando canciones que compone para ella,

muy superiores a las que se merece. Por más

que hemos hecho, a fin de alejarle de

nuestras ventanas, se obstina en

permanecer, como si en ello le fuera la vida.

ELENA.- Pues entonces esta noche daremos

principio a nuestro complot. Si sale bien, de

un hecho reprensible habremos conseguido

una acción honesta, y de ésta, un acto

legítimo. Nadie habrá pecado, aunque el

pecado se haya cometido. Ahora ocupémonos

del asunto.

(Salen.)

Acto cuarto

Escena primera

DENTRO DEL CAMPO FLORENTINO.

Entra el

PRIMER SEÑOR

francés, con cinco o

seis

SOLDADOS,

que se ponen en

emboscada.

SEÑOR PRIMERO.- No puede venir por otro

sendero sino por la extremidad de este

cercado. Cuando saltéis sobre él, hablad

aquel terrible lenguaje que se os antoje. No

importa que ni vosotros mismos lo entendáis,

pues debemos fingir que no comprendemos

tampoco el suyo, a no ser que designemos a

uno de nosotros como intérprete.

SOLDADO PRIMERO.- Buen capitán,

permitidme que sirva yo de intérprete.

SEÑOR PRIMERO.- ¿No tienes ninguna

relación con él? ¿No conoce tu voz?

SOLDADO PRIMERO.- No, señor; os lo

garantizo.

SEÑOR PRIMERO.- Pero ¿qué jerigonza

emplearás con nosotros al respondernos?

SOLDADO PRIMERO.- La misma en que me

habléis.

SEÑOR PRIMERO.- Es preciso que nos tome

por alguna banda extranjera a sueldo del

enemigo. Sin embargo, él tiene nociones de

todos los idiomas vecinos; por consiguiente,

cada uno de nosotros habrá de hablar una

lengua de su invención, a riesgo de no

hacerse entender. Lo principal es el objeto

que nos guía. Bastará el graznido del cuervo

o cualquier grito salvaje. En cuanto a vos,

intérprete, conviene que adoptéis el aspecto

de un verdadero político. Pero ¡agazapaos,

eh, que viene! Va a perder un par de horas

de sueño, pues volverá en sí y jurará que los

fantasmas son realidades.

(Entra

PAROLLES

.)

PAROLLES.- Las diez. Dentro de tres horas

será tiempo de volver a la tienda. ¿Qué voy a

decir que he hecho? Es necesario hallar una

invención plausible que venga a pelo.

Principian a sospechar algo, y de poco tiempo

a esta parte las desgracias llaman a menudo

a mi puerta. Mis labios son de una temeridad

loca; pero mi corazón tiene siempre miedo de

la presencia de Marte y sus paladines, y no

osa sostener los relatos de mi lengua.

SEÑOR PRIMERO

(Aparte.)

- Es la primera

verdad de que tu lengua se ha hecho

culpable.

PAROLLES.- ¿Por qué el diablo me ha incitado

a que entre en posesión de ese tambor,

sabiendo que es imposible y que no tengo

intención de ello? Menester es que yo mismo

me cause algunas heridas para decir que las

he recibido en la refriega. Pero si son leves

no probarán nada. Me dirán: «¿Volvéis por

tan poco?» Ahora, yo retrocedo ante las

heridas graves. Así, pues, ¿qué pruebas voy a

alegar? Lengua, habré de introducirte en la

boca de una vendedora de manteca y

comprar otra a uno de los mudos de

Bayacetos, si tu charladuría vuelve a

ponerme en semejantes peligros.

SEÑOR PRIMERO

(Aparte.)

- ¿Es posible que

se conozca tan bien y no se corrija?

PAROLLES.- Desearía que me bastase

desgarrar mis vestidos para volver, o hacer

pedazos mi espada española.

SEÑOR PRIMERO.- No podemos hacer eso por

vos.

PAROLLES.- O cortarme la barba, y afirmar

que era una estratagema.

SEÑOR PRIMERO.- Será inútil.

PAROLLES.- O arrojar al agua mis vestidos y

decir que me han desnudado.

SEÑOR PRIMERO

(Aparte.)-

Sería

una excusa

necia.

PAROLLES.- Aunque jurase que había saltado

por la ventana de la ciudadela...

SEÑOR PRIMERO

(Aparte.)-

¿A

qué altura?

PAROLLES.- A treinta toesas.

SEÑOR PRIMERO

(Aparte.)-

Treinta

juramentos sagrados no bastarían para

creerle.

PAROLLES.- Si pudiera adquirir cualquier

tambor del enemigo, juraría haberlo tomado.

SEÑOR PRIMERO

(Aparte.)

- Vas a oír uno al

instante.

(Alarma dentro.)

PAROLLES.- ¡Un tambor enemigo!

SEÑOR PRIMERO.-

Throca movousus, cargo,

cargo, cargo.

TODOS.

- Cargo, cargo, villianda, par corbo,

cargo. (Apodéranse de él y le vendan los

ojos.)

PAROLLES.- ¡Oh; rescate, rescate! No me

vendéis los ojos.

SOLDADO PRIMERO.-

Boskos thromuldo

boskos.

PAROLLES.- Veo que sois del regimiento de

Musko, y voy a morir por no saber vuestro

idioma. Si hay aquí un alemán, un danés, un

holandés, un italiano o un francés, que me

hable. Le haré revelaciones que perderán a

los florentinos.

SOLDADO PRIMERO.-

Boskos vauvado.

Te

atiendo y puedo hablar tu lengua.

Kerelybonto.

Señor, medita en tu religión;

diecisiete puñales amenazan tu pecho.

PAROLLES.- ¡Oh!

SOLDADO PRIMERO.- ¡Oh! Reza, reza, reza.

Manka

ravania dulche.

SEÑOR PRIMERO.

- Oscorbidulchos volivorco.

SOLDADO PRIMERO.- El general consiente en

perdonarte por ahora; y, con los ojos

vendados como estás, te conducirá a fin de

interrogarte. Si por fortuna puedes hacernos

revelaciones de importancia, tienes

probabilidades de salvar la vida.

PAROLLES.- ¡Oh! Dejadme vivir, y os

descubriré todos los secretos del

campamento, a cuánto montan sus fuerzas,

qué proyectos acarician. Os diré cosas que

han de asombraros.

SOLDADO PRIMERO.- ¿Pero sinceramente?

PAROLLES.- Condenadme, si no.

SOLDADO PRIMERO.-

Acordo linta.

Vamos,

Se te concede una tregua.

(Sale, con

PAROLLES

escoltado.) (Ligera alarma dentro.)

SEÑOR PRIMERO.- Id y anunciad al conde del

Rosellón y a mi hermano que hemos cogido a

esa chocha y que le tendremos con los ojos

vendados hasta saber sus órdenes.

SOLDADO SEGUNDO.- Voy, mi capitán.

SEÑOR PRIMERO.- Nos traicionará a todos,

delante de nosotros mismos. Informadles de

esto.

SOLDADO SEGUNDO.- Está bien, señor.

SEÑOR PRIMERO.- Hasta entonces, le tendré

en tinieblas y a buen recaudo.

(Salen.)

Escena II

FLORENCIA.- APOSENTO EN CASA DE LA

VIUDA.

Entran

BELTRÁN

y

DIANA.

BELTRÁN.- Me han dicho que os llamáis

Fontibel.

DIANA.- No, mi querido señor, Diana.

BELTRÁN.- ¡Nombre de diosa! ¡Y todavía

merecéis más! Pero, ángel encantador, ¿no

reina el amor en vuestra linda figura? Si la

viva llama de la juventud no resplandece en

vuestro corazón, no sois una virgen, sino una

estatua. Cuando hayáis muerto, seréis

precisamente lo que ahora, que sois fría e

insensible. Y en estos momentos debierais

ser como vuestra madre cuando os engendró.

DIANA.- Ella fue entonces honrada.

BELTRÁN.- Vos lo seríais como ella.

DIANA.- No. Mi madre no hizo sino cumplir

con su deber. El mismo, señor, que vos

tenéis con vuestra esposa.

BELTRÁN.- No hablemos más de esto. Te lo

ruego, cede a mis votos. Me unieron con ella

a despecho mío. Pero a ti te amo, te amo con

la ternura de un amor espontáneo, y te rindo

por siempre el homenaje de mis servicios.

DIANA.- Sí, nos servís en tanto os servimos.

Mas en habiendo conseguido nuestras rosas,

nos dejáis simplemente sus espinas para

desgarrarnos y os burláis de nuestra

debilidad.

BELTRÁN.- ¡Cuántos juramentos te he hecho!

DIANA.- La acumulación de juramentos no es

prueba de sinceridad. Uno solo basta cuando

es sencillo y verdadero. Todo juramento que

no se hace ante el Señor, no es sagrado. Si

yo jurara por los supremos atributos de

Júpiter que os amo tiernamente, ¿creeríais a

pesar de eso en mis juramentos, dado caso

que cometiese un crimen amándoos? Un

juramento no posee valor alguno cuando se

labora contra él en nombre del cual se ha

formulado el juramento. Vuestros juramentos

no son, pues, sino vocablos sin importancia, a

los que mi opinión no puede añadir ningún

crédito.

BELTRÁN.- ¡Desdícete, desdícete! No seas tan

sanamente cruel. El amor es cosa sagrada, y

mi honradez jamás ha conocido las perfidias

de que acusáis a los demás hombres. No

resistas más tiempo, cede a los deseos de mi

corazón desfallecido y haz cesar mi dolor. ¡Di

que eres mía, y mi amor no cambiará nunca!

DIANA.- Veo que los hombres, en ciertos

asuntos, esperan que nos engañemos a

nosotras mismas. Dadme esa sortija.

BELTRÁN.- Puedo prestártela, amada mía;

pero no tengo derecho a entregártela.

DIANA.- ¿Conque me la negáis, señor?

BELTRÁN.- Es una prenda de honor que

pertenece a mi casa, y que por legado

sucesivo se me ha transmitido de mis

abuelos. Perderla, seria el mayor oprobio que

podría acontecerme.

DIANA.- Mi honra es como vuestra sortija. Mi

castidad es la joya de nuestra casa, joya que,

yo también, conservo de mis antepasados, y

perdiéndola me expongo, asimismo, a las

más duras recriminaciones ante el mundo.

Así, vuestra prudencia sirve de campeón a mi

honra para defenderme contra vuestros

vanos ataques.

BELTRÁN.- ¡He aquí; toma mi sortija! ¡Mi

casa, mi honor, mi vida te pertenecen, y soy

tu esclavo!

DIANA.- A medianoche llamad a la ventana

de mi aposento. Yo me arreglaré de manera

que mi madre no me oiga. Pero, en nombre

de la lealtad, cuando hayáis conquistado mi

lecho todavía virgen, no permanezcáis sino

una hora y no me habléis palabra alguna.

Tengo para ello motivos poderosos y que os

haré conocer cuando os devuelva esta sortija.

Durante la noche colocaré otra en vuestro

dedo que, en lo por venir, será como un

testimonio de nuestra unión pasada. Adiós,

hasta entonces; no faltéis, por tanto. Acabáis

de conquistar en mí una esposa, aunque no

tenga la esperanza de serlo.

BELTRÁN.- Yo he conquistado en ti un paraíso

sobre la tierra.

(Sale.)

DIANA.- ¡Que viváis lo suficiente para dar las

gracias al cielo y a mí! Podríais acabar de

este modo. Mi madre me había instruido

sobre la manera con que este hombre me

galantearía, como si lo hubiese leído en su

corazón. Afirma que todos los hombres hacen

los mismos juramentos. Ha prometido

tomarme por esposa cuando muera su mujer.

Reposaré, pues, con él cuando esté ya

enterrada. Puesto que los franceses son tan

falsos, cásese con ellos quien quiera; yo

viviré y moriré virgen. No considero, no

obstante, la estratagema como un pecado,

pues es justicia engañar a un seductor.

(Sale.)

Escena III

EL CAMPAMENTO FLORENTINO

Entran los dos

SEÑORES

franceses y dos o

tres

SOLDADOS.

SEÑOR PRIMERO.- ¿No le habéis entregado la

carta de su madre?

SEÑOR SEGUNDO.- La puse en sus manos

hace una hora. En su contenido hay algo que

parece irritarle, pues a su lectura semejaba

casi otro hombre.

SEÑOR PRIMERO.- Merece infinitos reproches

por haber repudiado a tan buena esposa y

tan amable dama.

SEÑOR SEGUNDO.- Ha incurrido, sobre todo,

en la eterna desgracia del rey, cuya voluntad

hallábase dispuesta a labrar su dicha. Voy a

deciros una cosa; pero me prometeréis

guardarla sigilosamente.

SEÑOR PRIMERO.- Cuando la hayáis dicho,

habrá muerto, y yo seré su tumba.

SEÑOR SEGUNDO.- Ha seducido a una joven,

aquí, en Florencia, de la reputación más

pura; y esta noche su deseo se saciará de su

deshonra. Ha llegado incluso a entregarle su

anillo de familia y se regocija de un contrato

tan escandaloso.

SEÑOR PRIMERO.- ¡Pues Dios nos libre de la

rebelión de nuestra propia carne! ¡Siendo lo

que somos, cómo somos!

SEÑOR SEGUNDO.- Simplemente unos

traidores para con nosotros mismos. Y como

las traiciones ellas propias se rebelan a

medida que avanzan hacia sus reprobables

fines, así él, al cometer una acción

deshonrosa, se desborda en su corriente

natural.

SEÑOR PRIMERO.- ¿No es sumamente

reprobable en nosotros que hayamos de ser

los trompeteros de nuestros proyectos

ilegítimos? Entonces, ¿nos privará esta noche

de su compañía?

SEÑOR SEGUNDO.- No, sino después de

medianoche. Es la hora de la cita.

SEÑOR PRIMERO.- Va acercándose ya.

Hubiera querido que presenciase anatomizar

a su compinche, para que apreciara la justa

medida de su juicio, ya que tan

cuidadosamente se fía de semejante

falsificación.

SEÑOR SEGUNDO.- No nos ocuparemos de

Parolles antes del retorno del conde, pues su

presencia debe constituir el castigo del otro.

SEÑOR PRIMERO.- En tanto, ¿qué se dice de

estas guerras?

SEÑOR SEGUNDO.- Se habla de

proposiciones de paz.

SEÑOR PRIMERO.- Puedo aseguraros que la

paz está ya firmada.

SEÑOR SEGUNDO.- ¿Qué va a hacer entonces

el conde del Rosellón? ¿Viajará más lejos o

regresará a Francia?

SEÑOR PRIMERO.- He ahí una cuestión que

me hace suponer que no estáis en el secreto

de sus confidencias.

SEÑOR SEGUNDO.- ¡Dios me libre, señor! Me

convertiría en su cómplice.

SEÑOR PRIMERO.- Su mujer, señor, fugose

hace dos meses de su casa, bajo pretexto de

ir en peregrinación a Santiago de

Compostela, peregrinación que ha cumplido

santamente con la más austera santimonia.

Durante su residencia, su sensibilidad ha ido

siendo presa de su pesar; un fin, un suspiro

ha sido su postrer aliento y ahora canta en

las mansiones celestiales.

SEÑOR SEGUNDO.- ¿Cómo se prueba la

verdad de esa noticia?

SEÑOR PRIMERO.- Principalmente por sus

propias cartas, que cuentan su verdadera

historia hasta el momento de su muerte,

fallecimiento que no podía anunciar ella

misma y que está fielmente confirmado por el

rector del lugar.

SEÑOR SEGUNDO.- ¿Se halla el conde al

corriente de la nueva?

SEÑOR PRIMERO.- Sí, y en todos sus

detalles, sin que se le haya escapado nada de

la verdad.

SEÑOR SEGUNDO.- Estoy sinceramente

desolado de que el conde se regocije de ello.

SEÑOR PRIMERO.- ¡Sucede a menudo

regocijarnos de nuestras desgracias!

SEÑOR SEGUNDO.- Y también a veces ahogar

nuestras dichas en llanto. La fama que la ha

granjeado su valentía, va a ser acogida en su

patria con una general reprobación.

SEÑOR PRIMERO.- La trama de nuestra vida

se compone de bien y de mal. Nuestras

virtudes se mostrarían orgullosas si no

viniesen nuestros defectos a fustigarlas; y

nuestros crímenes nos llevarían a la

exasperación, si no fueran compensados por

nuestras virtudes.

(Entra un

CRIADO.

)

- ¡Qué hay! ¿Dónde está vuestro amo?

EL CRIADO.- Ha encontrado al duque en la

calle, señor, de quien se ha despedido

solemnemente. Su señoría parte mañana

para Francia. El duque le ha ofrecido cartas

de recomendación para el rey.

SEÑOR SEGUNDO.- La recomendación ha de

servirle a punto fijo, por exagerada que sea.

SEÑOR PRIMERO.- Nunca será demasiado

tarde para calmar la agrura del rey. He aquí

ya a su señoría.

(Entra

BELTRÁN

.)

¡Hola, señor! ¿No es más de medianoche?

BELTRÁN.- Esta noche he despachado

dieciséis asuntos, cada uno de los cuales

habría exigido un mes de actividad. He

saludado al duque, me he despedido de sus

allegados, he enterrado a mi mujer, he

vestido luto, he escrito a mi madre

participándole mi regreso, dispuesto mi

equipaje, y en el transcurso de todas esas

atenciones, expedido ciertas cosas de mayor

agrado. La última fue la más importante,

razón por la cual no se halla aún concluida.

SEÑOR SEGUNDO.- Si ofrece alguna dificultad

y partís mañana, vuestra señoría no tiene

tiempo que perder.

BELTRÁN.- Al decir que no se halla aún

concluida, quiero decir que podría dar lugar a

prosecuciones. A propósito, ¿veremos esa

entrevista entre el bufón y nuestros

soldados? Vamos, presentadme a ese

falsificador. Me ha engañado como un profeta

de doble sentido.

SEÑOR SEGUNDO.- Id a buscarle.

(Salen

soldados.)

Ha pasado la noche en el cepo el

estúpido fanfarrón miserable.

BELTRÁN.- ¡Qué importa! Bien lo han

merecido sus talones, por haber usado tanto

tiempo sus espuelas. ¿Cómo se halla?

SEÑOR PRIMERO.- Ya he dicho a vuestra

señoría que se encuentra en el cepo. Mas,

para contestaros en el sentido de vuestra

pregunta, os diré que está llorando como una

joven campesina a quien se la hubiera vertido

la leche que terminaba de ordeñar. Se ha

confesado con Morgan -a quien supone fraile-

, relatándole sus pecados, desde lo más

remoto a que puede alcanzar su memoria,

hasta lo que acababa de cometer cuando le

hemos puesto en el cepo. Y ¿qué creéis que

ha confesado?

BELTRÁN.- Nada que me concierna supongo.

¿Ha dicho algo?

SEÑOR SEGUNDO.- Se ha escrito su

confesión, y se le leerá en su presencia. Si le

interesa a vuestra señoría, como creo,

preciso es que os revistáis de paciencia para

escucharla.

(Vuelven a entrar los

SOLDADOS

con

PAROLLES.

)

BELTRÁN.- ¡La peste sea de él! Lleva los ojos

vendados. Nada puede decir. Chist, chist.

SEÑOR PRIMERO.- ¡Acércate, gallina ciega!

Porto tartarossa.

SOLDADO PRIMERO.- Pide el tormento. ¿Qué

revelaciones queréis hacer para que no se os

aplique?

PAROLLES.- Confesaré cuanto sepa, sin

violencias. Si me reducís a masa, nada podré

decir.

SOLDADO PRIMERO.

- Bosko chimurcho.

SEÑOR PRIMERO.

- Boblibindo chicurmurco.

SOLDADO PRIMERO.- Sois un general

piadoso.-Nuestro general os ordena que

respondáis a las preguntas que voy a

haceros, según este escrito.

PAROLLES.- Y con suma verdad, como espero

vivir.

SOLDADO PRIMERO.-

En primer lugar ha de

preguntársele de cuántos caballos disponen.

las fuerzas del duque.

¿Qué respondéis a

esto?

PAROLLES.- De cinco o seis mil, pero flacos e

inservibles. Las tropas se hallan

indisciplinadas y los jefes son unos pobres

diablos, por mi reputación y mi crédito y tan

verdad como espero vivir.

SOLDADO PRIMERO.- ¿Escribiré vuestra

contestación en estos términos?

PAROLLES.- Escribidla. Puedo confirmarla

mediante juramento, de la manera que

queráis.

BELTRÁN.- Todo es uno y lo mismo para él.

¡Qué bellaco bribón está hecho!

SEÑOR PRIMERO.- Os engañáis, señor. Os

encontráis ante monsieur Parolles, el valiente

soldado -era su frase favorita-, que encerraba

toda la teoría de la guerra en el nudo de su

escarapela y toda su práctica en la contera de

su puñal.

SEÑOR SEGUNDO.- Desde ahora no me fiaré

de ningún hombre por tener luciente su

espada, ni me imaginaré que posee las

mayores cualidades porque es brillante su

uniforme.

SOLDADO PRIMERO.- Bien, ya está asentado.

PAROLLES.- Cinco o seis mil caballos, como

he dicho... Quiero ser exacto... Poco más o

menos... Escribidlo, porque quiero consignar

la verdad.

SEÑOR PRIMERO.- Realmente se acerca

mucho.

BELTRÁN.- Pero no he de agradecérselo, con

las reflexiones que ha añadido.

PAROLLES.- Son unos pobres diablos;

escribid eso, por favor.

SOLDADO PRIMERO.- Bien, ya está apuntado.

PAROLLES.- Os lo agradezco humildemente,

señor. La verdad es la verdad. Son unos

pobres diablos que dan lástima.

SOLDADO PRIMERO.-

Se le interrogará sobre

las fuerzas de infantería de que disponen

.

¿Qué respondéis, a esto?

PAROLLES.- Por mi fe, señor, diré la verdad

como si no tuviera sino una hora que vivir.

Dejadme que piense. Spurio, ciento

cincuenta; Sebastián, otros tantos;

Corambus, otros tantos también; Jaqués,

otros tantos; Guiltian, Cosmo, Ludovico, y

Gratii, doscientos cincuenta cada uno. Mi

propia compañía, Chitopher, Vaumond,

Bentii, doscientos cincuenta cada uno; de

suerte que toda la tropa, así válidos como

inválidos y podridos, no monta a más de

quince mil hombres, por vida mía la mitad de

los cuales no se atreverá a sacudir la nieve

de sus casacas por temor de que se caigan en

pedazos.

BELTRÁN.- ¿Qué haremos de él?

SEÑOR PRIMERO.- Nada, sino agradecérselo.

Interrogadle sobre mi estado y sobre el

crédito de que gozo con el duque.

SOLDADO PRIMERO.- Bien; ya está escrito.

Le preguntaréis, asimismo, si hay en el

campamento francés un capitán Dumain; cuál

es su reputación cerca del duque, su valor, su

probidad, su experiencia en la guerra, y si

cree que será posible, merced a ciertas

sumas de buen oro, corromperle e inducirle a

una rebelión.

PAROLLES.- Os suplico que me permitáis

responder a cada particular del

interrogatorio. Formulad las preguntas por

separado.

SOLDADO PRIMERO.- ¿Conocéis al capitán

Dumain?

PAROLLES.- Le conozco. Ha estado en París

de aprendiz de un zapatero remendón, de

donde fue arrojado por haber tenido un niño

con la pupila de un chérif: inocente muda,

que no podía decir que no.

(Dumain, encolerizado, intenta pegarle.)

BELTRÁN.- No, por vuestro olvido, detened la

mano. Por más que abrigo la certidumbre de

que su cerebro está amenazado de una teja

cercana.

SOLDADO PRIMERO.- Está bien; ¿y ese

capitán se halla en el campamento del duque

de Florencia?

PAROLLES.- Se halla, según mis noticias, y es

un piojoso.

SEÑOR PRIMERO.- No me miréis de ese

modo. En seguida vendrá la vez a vuestra

señoría.

SOLDADO PRIMERO.- ¿Qué criterio goza ante

el duque?

PAROLLES.- El duque le tiene por uno de sus

peores oficiales, y me escribió el otro día para

que le echase del regimiento. Creo tener la

carta en mi bolsillo.

SOLDADO PRIMERO.- A fe que la

buscaremos.

PAROLLES.- En conciencia, no estoy seguro;

o se halla en mi bolsillo, o metida en un

legajo con otras cartas del duque, en mi

tienda.

SOLDADO PRIMERO.- Hela aquí. Aquí hay un

papel. ¿Queréis que lo lea?

PAROLLES.- Ignoro si es o no la carta.

BELTRÁN.- Nuestro intérprete desempeña

admirablemente su cometido.

SEÑOR PRIMERO.- A las mil maravillas.

SOLDADO PRIMERO.-

Diana, el conde es un

idiota cargado de oro...

PAROLLES.- Ésa no es la carta del duque,

señor, es una advertencia hecha a una

honrada joven florentina, Diana de nombre,

con objeto de precaverla de las seducciones

de cierto conde del Rosellón, un mancebo

necio y frívolo, pero muy libidinoso. Os ruego,

señor, que volváis a colocar eso en mi

bolsillo.

SOLDADO PRIMERO.- No; lo leeré primero,

con vuestro permiso.

PAROLLES.- Mis intenciones protesto que han

sido las más honorables en favor de la

doncella; porque conozco al conde y le tengo

por un seductor de peligrosa lascivia y un

monstruo hambriento de vírgenes que devora

todo pescado que encuentra.

BELTRÁN.- ¡Miserable, dos veces malvado!

SOLDADO PRIMERO

(Leyendo.)- Cuando

prodigue sus juramentos, hacedle verter oro

y tomadlo.

En contrayendo una deuda, jamás la paga.

Negocio medio pagado, es un negocio bien

hecho. Si lo terminas, termínalo bien.

Nunca satisface sus atrasos; haceos pagar

por adelantado, y di que es un soldado,

Diana, quien te lo ha dicho.

Los hombres son unos entremetidos y los

muchachos no están hechos para besar

.

Porque, en fin de cuentas, el conde es un

majadero

,

y sé que os pagaría

anticipadamente, pero no en habiéndoos

conquistado.

Tuyo, como él te habrá jurado al oído.-

Parolles.

BELTRÁN.- Será apaleado delante de las

tropas con este escrito en la frente.

SEÑOR SEGUNDO.- Es vuestro apasionado

amigo, señor; el famoso políglota, el

invencible soldado.

BELTRÁN.- Antes no odiaba yo más que a los

gatos. Ahora es uno para mí.

SOLDADO PRIMERO.- Sospecho, señor, por la

manera con que os mira el general, que tiene

el propósito de ahorcaros.

PAROLLES.- ¡La vida a toda costa, señor! No

porque me espante la idea de la muerte, sino

porque son tantas las ofensas que he

cometido, que quisiera arrepentirme todo el

resto de mis días. Dejadme vivir, señor, en

una cárcel, bajo el peso de los grilletes, en

cualquier sitio, con tal que viva.

SOLDADO PRIMERO.- Veremos lo que hay

que hacer, si vuestras revelaciones son

ciertas. Por consiguiente, volvamos de nuevo

al capitán Dumain. Habéis contestado a las

preguntas concernientes a su reputación ante

el duque y a su valor. ¿Qué decís de su

honradez?

PAROLLES. - Señor, sería capaz de robar un

huevo en un claustro. En cuestión de raptos y

violaciones, rivalizaría con Nessus. Ha hecho

profesión el faltar a sus juramentos y para

quebrantarlos posee más fuerzas que

Hércules. Os mentirá, señor, con frialdad tan

sorprendente, que la verdad os parecerá una

loca. La embriaguez es la mejor de sus

virtudes; bebe como un cerdo; y mientras

duerme no comete ninguna mala acción,

salvo en las sábanas de su lecho y cuanto le

rodea. Pero se le conocen sus hábitos y se le

tiende sobre la paja. En cuanto a su

honradez, me bastará con decir lo siguiente,

señor: tiene todo lo que no debe tener un

hombre honrado, y carece de todo aquello

que éste debe poseer.

SEÑOR PRIMERO.- Principio a estimarle por

esto.

BELTRÁN.- ¿Por semejante definición de

vuestra honestidad? ¡La peste sea de él!

¡Cada vez me parece más un gato!

SOLDADO PRIMERO.- ¿Qué pensáis de su

experiencia militar?

PAROLLES. - Por mi fe, señor, ha tocado el

tambor en una compañía de trágicos ingleses

- no quiero calumniarle-, y nada más conozco

de sus cualidades de estratego; a no ser que

en aquel país ha tenido el honor de ser oficial

en un sitio llamado Mile-End, para enseñar a

hacer dobles las filas. Quisiera honrar al

hombre cuanto me fuera posible; mas de

esto no estoy seguro.

SEÑOR PRIMERO.- Su desvergüenza es tan

exagerada, que acabará por resultarnos

original.

BELTRÁN.- ¡La peste sea de él! Todavía le

tengo por un gato.

SOLDADO PRIMERO.- Siendo sus cualidades

tan inferiores, no tengo necesidad de

preguntaros si el oro podría incitarle a la

rebelión.

PAROLLES.- Señor, por un

cardecu

vendería

la mitad de su salvación y su derecho a ella.

Despojaría hasta a sus últimos

descendientes, maldiciendo a su estirpe por

toda la eternidad.

SOLDADO PRIMERO.- Y el otro capitán

Dumain, su hermano, ¿qué clase de sujeto

es?

SEÑOR SEGUNDO.- ¿Por qué le interrogáis

acerca de mí?

SOLDADO PRIMERO. - Responded. ¿Qué

méritos son los suyos?

PAROLLES.- Es un cuervo de la misma

nidada, inferior en el bien y muy superior en

el mal. Sobrepuja a su hermano en cobardía,

bien que este hermano pasa por ser el

prototipo de ella. En las retiradas corre más

que un galgo; pero si se le ataca, a fe que

propende a los calambres.

SOLDADO PRIMERO.- ¿Si se os perdonara la

vida, consentirías en traicionar a los

florentinos?

PAROLLES.- Sí, y al capitán de su caballería,

el conde del Rosellón.

SOLDADO PRIMERO.- Se lo comunicaré en

voz baja al general para saber lo que decide.

PAROLLES

(Aparte.)

.- ¡No quiero oír hablar

de tambores! ¡Mala peste con los tambores!

Únicamente para simular que era bravo y

engañar así la suposición de joven libidinoso,

el conde me arrojó a este peligro. Pero ¿quién

habría sospechado que había una emboscada

donde me han apresado?

SOLDADO PRIMERO.- No hay remedio, señor,

tenéis que morir. El general dice que después

de que tan traidoramente habéis revelado los

secretos de vuestro ejército y hecho tan

pestilentes retratos de hombres que gozan de

la más grande reputación, no podéis servir en

el mundo para nada honrado, y, en su

consecuencia, debéis morir. ¡Vamos,

verdugo, fuera con su cabeza!

PAROLLES.- ¡Oh, señor, señor! ¡Dejadme

vivir, o permitidme ver mi muerte!

SOLDADO PRIMERO.- La veréis. Despedíos de

todos vuestros amigos.

(Quitándole la venda

de los ojos.)

Ea, mirad alrededor. ¿Conocéis a

alguien aquí?

BELTRÁN.- ¡Buenos días, noble capitán!

SEÑOR SEGUNDO.- ¡Dios os bendiga, capitán

Parolles!

SEÑOR PRIMERO.- ¡Guárdeos Dios, noble

capitán!

SEÑOR SEGUNDO.- Capitán, ¿tenéis algún

encargo que hacerme para el señor Lafeu?

Marcho a Francia.

SEÑOR PRIMERO.- Buen capitán, ¿queréis

darme una copia del soneto que habéis

escrito a Diana, a propósito del conde del

Rosellón? Si no fuera yo un verdadero

cobarde, os lo arrancaría a la fuerza. Pero

conservaos bien.

(Salen

BELTRÁN

y los

SEÑORES.

)

SOLDADO PRIMERO.- Estáis perdido, capitán.

Nada se sostiene en vos más que el nudo de

vuestra banda.

PAROLLES.- ¿Quién puede resistir a un

complot?

SOLDADO PRIMERO.- Si podéis hallar un país

en que las mujeres estén tan prostituidas

como vos, llegaréis a fundar un pueblo

impúdico. Adiós, señor. Parto también para

Francia. Allí hablaremos de vos.

(Sale.)

PAROLLES.- Aun estoy agradecido al cielo. Si

mi corazón hubiese nacido grande, habría

estallado con esto. No quiero ser más

capitán; pero quiero comer, beber y dormir

como lo haga cualquier capitán. Viviré tal

como soy. Que el que se tenga por fanfarrón

tome de aquí experiencia. Siempre sucederá

que todo fanfarrón vendrá al fin a reconocer

que es un asno. ¡Enmohécete, espada!

¡Desapareced, rubores! ¡Y viva Parolles con

toda seguridad en la ignominia! ¡Siendo un

loco, medre de la locura! ¡Hay sitio y recursos

para todo hombre viviente! Voy en pos de

ellos.

(Sale.)

Escena IV

FLORENCIA.- APOSENTO EN LA CASA DE LA

VIUDA.

Entran

ELENA, LA VIUDA

y

DIANA.

ELENA.- A fin de que estéis bien persuadida

de que no he abusado de vos, será mi fiador

uno de los monarcas más grandes del mundo

cristiano. Pero antes de cumplir mis

proyectos, es preciso que me postre ante su

trono. Tiempo ha le presté un señalado

servicio, tan precioso como su vida, cuya

gratitud penetraría hasta lo más hondo del

Tártaro y le haría prorrumpir en un grito de

acción de gracias. He sido informada de que

Su Gracia se encuentra en Marsella, adonde

podemos encaminarnos con el conveniente

acompañamiento. Conviene que sepáis que

me creen muerta. Dispersado el ejército, mi

esposo retorna al hogar. Con el auxilio del

cielo y la voluntad del rey, mi buen señor,

llegaré antes que nuestro huésped.

LA VIUDA.- Gentil dama, nunca habréis

tenido una servidora a quien sean más

queridos vuestros intereses.

ELENA.- Ni vos, señora, una amiga tan fiel,

cuyos pensamientos hayan laborado con

mayor ardor por recompensar vuestro afecto.

No dudéis que el cielo me condujo a vuestra

casa para que dotase a vuestra hija, como él

la ha designado, para devolverme mi esposo.

¡Extraños seres los hombres, que pueden

disfrutar de tan tiernos placeres en la

posesión del objeto mismo que odian, cuando

la lujuria de sus deseos acrecienta el horror

de la noche tenebrosa! La lujuria se nutre de

lo que desprecia y de lo que toma por otra

cosa. Pero no hablemos más de esto... A vos

incumbe, Diana, siguiendo mis pobres

instrucciones, sufrir todavía un poco en mi

favor.

DIANA.- Si vos lo mandáis, moriré por vos,

que fuera muerte honorable. Estoy dispuesta

a sufrir por vuestra causa.

ELENA.- Nada de eso, os suplico... Pronto el

tiempo nos traerá el verano, cuando los

escaramujos produzcan hojas y espinas, tan

delicadas como punzantes. Es necesario

partir. Nuestro carruaje está dispuesto y la

hora nos apremia.

A buen fin, no hay mal

principio,

y el fin corona la obra. Sean cuales

fueren los accidentes de su curso, el fin es lo

que decide de su fama.

(Salen.)

Escena V

EL ROSELLÓN. -APOSENTO EN EL PALACIO

DE LA CONDESA.

Entran la

CONDESA, LAFEU

y el

BUFÓN.

LAFEU.- ¡No, no, no! Vuestro hijo se ha

echado a perder con un bribón vestido de

tafetanes, cuyo execrable azafrán teñiría de

su color a toda la juventud pastosa y

blanduja de una nación entera. Sin él vuestra

nuera viviría aún, y vuestro hijo estaría con

vos bajo la protección del rey, que le

reportaría más que la compañía del abejorro

de cola rojiza de que estoy hablando.

LA CONDESA.- ¡Ojalá no le hubiese conocido!

Ha sido causa de la muerte de la dama más

virtuosa que la Naturaleza tuvo el honor de

crear. Aun cuando hubiera participado de mi

carne y me hubiese costado los dolores de la

maternidad, no habría echado mi afecto por

ella raíces más hondas en mi corazón.

LAFEU.- Era una excelente, lo que se dice una

excelente dama. Podríamos aderezar mil

ensaladas sin dar otra vez con hierba

semejante.

EL BUFÓN.- En verdad, señor, era el dulce

almoraduj de la ensalada o, más bien, la

hierba de gracia.

LAFEU.- Esas no son hierbas para ensalada,

tunante, sino plantas para regalo de la nariz.

EL BUFÓN.- Yo no soy Nabucodonosor el

Grande, señor, para entender en hierbas.

LAFEU.- ¿Qué eres tú, entonces? ¿Un bribón

o un loco?

EL BUFÓN.- Un loco, Señor, puesto al servicio

de una mujer; y un bribón al de un hombre.

LAFEU.- ¿Por qué esa distinción?

EL BUFÓN.- Quisiera escamotear a un

hombre su mujer y hacer su servicio.

LAFEU.- Seríais, en efecto, un bribón a su

servicio.

EL BUFÓN.- Y daría a su mujer mi palitroque

para servirla.

LAFEU.- Tienes razón. Eres a la vez un bribón

y un loco.

EL BUFÓN.- A vuestro servicio.

LAFEU.- ¡No, no, no!

EL BUFÓN.- Pues bien, señor, si no os soy

útil, puedo serlo a un príncipe tan grande

como vos.

LAFEU.- ¿De quién hablas? ¿De un francés?

EL BUFÓN.- Por mi fe, señor; lleva nombre

inglés; pero su fisonomía es más ardorosa en

Francia que aquí.

LAFEU.- ¿Cuál es ese príncipe?

EL BUFÓN.- El Príncipe Negro, señor. Alias, el

príncipe de las tinieblas;

alias,

el diablo.

LAFEU.- Basta; he ahí mi bolsa. No te la

entrego para apartarte del amo de que

hablas. Sírvele aún.

EL BUFÓN.- Soy un habitante de los bosques,

señor, y he gustado siempre del gran fuego.

El amo de quien estoy hablando los alimenta

a cual mejores. Pero, puesto que es el

príncipe del mundo, que su nobleza resida en

su corte. A mí me gusta una casa con puerta

angosta, que yo estimo demasiado pequeña

para que pueda pasar por ella la pompa

cortesana. Algunos podrán franquearla

humillándose; pero la mayoría serán

demasiado friolentos, demasiado delicados, y

preferirán la ruta florida que conduce a la

amplia puerta y al gran fuego.

LAFEU.- ¡Márchate a tus ocupaciones!

Comienzas a fatigarme. Te lo digo de

antemano, porque no quisiera indisponerme

contigo. Vete y procura que cuiden bien de

mis caballos, sin burlas por tu parte.

EL BUFÓN.- Si les hago burlas, señor, Serán

burlas de rocines, a las que tienen derecho

por ley natural.

(Sale.)

LAFEU.- ¡Un astuto bribón! ¡Un pícaro!

LA CONDESA.- Es verdad. Mi difunto marido

se divertía mucho con él. Por eso continúa en

esta casa. La juzga como construida a

propósito para su impertinencia y circula por

ella a voluntad, sin que se le pongan

cortapisas.

LAFEU.- Yo le quiero bien, y no veo mal

alguno en lo que acabáis de contarme... Os

decía, pues, que habiendo sabido el

fallecimiento de la buena dama y el retorno

de vuestro hijo, he visto al rey, mi señor, y le

he suplicado que hable en favor de mi hija.

Su Majestad fue quien, por impulso propio,

me hizo las primeras proposiciones en la

época en que ambos eran menores todavía.

Su Grandeza me ha prometido interceder. Era

la mejor manera de apagar el resentimiento

que le ha causado vuestro hijo. ¿Qué piensa

de ello Vuestra Señoría?

LA CONDESA.- Aceptaría de buen grado,

señor, y deseo que el proyecto se realice.

LAFEU.- Su Grandeza arriba por la posta de

Marsella tan joven como cuando tenía treinta

años. Estará aquí mañana, si es que no me

engaña un hombre que rara vez se equivoca

en ese género de noticias.

LA CONDESA.- Me regocijo en la idea de verle

antes de morir. He recibido cartas

anunciándome la llegada de mi hijo esta

noche. Suplico a vuestra señoría tenga a bien

permanecer aquí hasta que se hayan

encontrado.

LAFEU.- Señora, buscaba el modo de

justificar mi presencia.

LA CONDESA.- No tenéis sino invocar

vuestros legítimos derechos.

LAFEU.- Señora, ya he abusado de ellos;

pero, plegue a Dios, son aún reconocidos.

(Vuelve a entrar el

BUFÓN

.)

EL BUFÓN.- ¡Oh, señora! He ahí venir a

vuestro hijo con un pedazo de terciopelo en

el rostro. Si disimula una cicatriz o no, el

terciopelo lo sabrá. Pero es un bonito pedazo

de terciopelo. La mejilla izquierda cuenta tres

pelos y medio; mas la derecha está

completamente calva.

LAFEU.- Una herida noblemente obtenida o

una noble cicatriz, es una hermosa librea de

honor. Supongo la suya de esta calidad.

EL BUFÓN.- Pero no por eso su cara parece

menos acuchillada.

LAFEU.- Vamos a ver a vuestro hijo. Me

impaciento por hablar con ese joven y

valiente soldado.

EL BUFÓN.- ¡Por mi fe, que son una docena,

con finos y airosos sombreros de plumas

galantes, que se inclinan y hacen la

reverencia a todo el mundo!

(Salen.)

Continúa en A buen fin no hay mal principio obra completa - Parte 3 >>

 


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