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Lucha por los derechos de la mujer

 

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Para el 19 de julio de 1848 se convocó a la Convención de Seneca Falls. Considerada por muchos como la primera convención americana por la lucha de los derechos de la mujer, el evento duró dos días y se llevó a cabo en la Capilla Wesleyan de la ciudad de Seneca Falls, al oeste del estado de Nueva York, Estados Unidos de América.

El anuncio de convocatoria a la convención -que se muestra en la imagen de arriba- comenzó a ser publicado el 11 de julio de 1848 en el periódico Seneca County Courier. A pesar de la poca publicidad que se le hizo, asistieron aproximadamente 300 personas a la reunión inaugural.

No sorprende el hecho de que muchos de los asistentes a la convención eran locales o habitantes de la zona, ya que se trataba de una región del país donde vivían muchos abolicionistas de la esclavitud. Muchas de las mujeres y hombres que luchaban en el movimiento antiesclavista, con el tiempo se convirtieron en pioneros y activistas de la lucha por la igualdad de derechos de la mujer.

Los organizadores de la Convención, Elizabeth Cady Stanton y su esposo, Henry B. Stanton, eran muy conocidos por su ferviente postura abolicionista y conocidos por su activa militancia en el movimiento antiesclavista.

Para mayor exactitud, las ideólogas de la Convención de Seneca Falls fueron cinco mujeres, todas ellas activistas del movimiento abolicionista: Elizabeth Cady Stanton, Lucretia Mott, Martha Wright y Mary Ann M'Clintock se juntaron en la casa de Jane Hunt -y su marido Richard Hunt-, el 9 de julio de 1848 en Waterloo, estado de Nueva York. Allí planearon el evento, que sería anunciado dos días después a través del anuncio de periódico que se muestra arriba, y que se llevaría a cabo diez días más tarde.

El anuncio de arriba corresponde a la edición del 14 de julio de 1848 del periódico Seneca County Courier, y su texto dice:

Convención por los derechos de la mujer

El miércoles 19 y jueves 20 del corriente julio se llevará a cabo en la Capilla Wesleyan de Seneca Falls, estado de Nueva York, una Convención para discutir los derechos y condición social, civil y religiosa de la mujer, comenzando a las 10 AM.

Durante la primera jornada, el encuentro será exclusivamente para mujeres quienes están todas sinceramente invitadas a participar. El público general está invitado a asistir en la segunda jornada, cuando Lucretia Mott de la ciudad de Filadelfia y otra gente, tanto damas como caballeros hablarán para la Convención.

La activista de los derechos de la mujer, Elizabeth Cady Stanton, dio su primer discurso público el día inicial de la convención, a través del cual dejó claro el propósito y los objetivos del encuentro de Seneca Falls:

Estamos reunidas para protestar en contra de una forma de gobierno que existe sin el consentimiento de las gobernadas. Para declarar nuestro derecho a ser tan libres como lo es el hombre, a ser representadas en el gobierno que mantenemos con nuestros impuestos, a tener las mismas leyes vergonzosas que le dan al hombre el poder de castigar y recluir a la mujer, a quedarnos con el salario que ganamos, a quedarnos con la propiedad que heredamos, y en caso de separación quedarnos con los hijos que amamos. Es para contrastar nuevas normas como las mencionadas con las injustas leyes actuales que nos hemos reunido hoy, para borrar a estas últimas por siempre de nuestros códigos de leyes, y para que pasen a ser consideradas como una vergüenza y desgracia en una república cristiana en el siglo diecinueve.

Además, la activista Elizabeth Cady Stanton, leyó en voz alta la Declaración de Sentimientos (uno de los primeros documentos con reclamos activistas de la lucha feminista a nivel mundial), que luego fue discutida con profundidad. La Declaración de Sentimientos fue modelada en base a la Declaración de Independencia de Estados Unidos de América, aunque con el claro objetivo de otorgarles a las mujeres los derechos y libertades que la Declaración de la Independencia le otorgó únicamente a los hombres. El segundo día de convención, las resoluciones propuestas serían debatidas nuevamente y votadas. Curiosamente, mientras el primer día de la Convención de Seneca Falls solamente se permitió la participación de mujeres, durante la segunda jornada se invitó a participar al público general, incluyendo a hombres.
 

Fuentes de información:

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La Capilla Wesleyan (Wesleyan Chapel), ubicada en la ciudad de Seneca Falls, al oeste del estado de Nueva York, fue construida en 1843. El 19 y 20 de julio de 1848, aquí se llevó a cabo la primera Convención por los derechos de las mujeres. Esta iglesia era un refugio local de los activistas abolicionistas que luchaban en contra de la esclavitud, así como lugar de organización de eventos políticos.

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Lucretia Coffin Mott fue una activista abolicionista y una de las precursoras del movimiento feminista en el siglo XIX. Nació el 3 de enero de 1793, siendo una entre ocho hermanos nacidos de padres cuáqueros en la isla de Nantucket, Massachusetts. Lucretia dedicó su vida a la lucha por lograr la igualdad entre todos los seres humanos. De niña, asistió a la escuela Nine Partners, una institución cuáquera en Nueva York, donde aprendió acerca de los horrores de la esclavitud a través de la lectura y de concurrir a conferencias de activistas abolicionistas como el cuáquero Elias Hicks. Además, desde muy joven se percató del trato diferente que recibían las mujeres y hombres, incluso entre los cuáqueros cuando descubrió que las profesoras de la escuela Nine Partners ganaban menos que sus colegas hombres. Desde muy temprana edad, Lucretia Mott se dispuso a terminar con las injusticias sociales.

En 1833, Mott junto a Mary Ann M´Clintock y alrededor de otras 30 mujeres abolicionistas, organizaron la Sociedad Antiesclavista Femenina de Filadelfia. En 1840, asistió como delegada de dicha organización a la Convención Mundial Contra la Esclavitud en Londres, Reino Unido. Fue ahí que conoció a la activista abolicionista y pionera del feminismo, Elizabeth Cady Stanton, quien también asistió a la convención junto a su marido Henry, un delegado de Nueva York. Mott y Stanton estaban indignadas porque las mujeres fueron excluidas de participar en el evento mencionado, simplemente por su condición de género. Esa indignación se transformaría en una charla entre ellas donde hablaron acerca de la posibilidad de efectuar una convención para debatir la lucha por los derechos de la mujer y reclamar su emancipación. Décadas más tarde, Stanton recordó esa conversación en su libro Historia del Sufragio Femenino de la siguiente manera:

Mientras Lucretia Mott y Elizabeth Cady Stanton se abrían camino esa noche, tomadas del brazo, por la calle Great Queen Street (de Londres), charlaban sobre las excitantes escenas vividas ese día, acordaron organizar una convención por la lucha de los derechos de la mujer al regresar a Estados Unidos. De esta manera, en ese lugar y en ese momento se inauguró una cruzada por la búsqueda de la emancipación de la mujer.

Ocho años después, Lucretia Mott, Elizabeth Stanton, Mary Ann M´Clintock, Martha Coffin Wright y Jane Hunt se juntaron en la casa de esta última -y de su marido Richard Hunt-, el 9 de julio de 1848 en Waterloo, estado de Nueva York donde planearon una convención para hablar sobre la lucha por los derechos de la mujer. Diez días más tarde, comenzó la Convención de Seneca Falls, el primer evento masivo de este tipo en el que se discutió la situación de desigualdad que existía entre hombres y mujeres.

Durante toda su vida, Mott se mantuvo activa tanto en el movimiento abolicionista como en el de los derechos de las mujeres. Siguió manifestándose en contra de la esclavitud, y en 1866 se convirtió en la primera presidente de la Asociación Americana de Derechos Igualitarios, una organización creada para lograr la igualdad de los afroamericanos y las mujeres. Asimismo tuvo un rol protagónico en el movimiento por el sufragio femenino hasta el día de su muerte, el 11 de noviembre de 1880 cuando falleció a los 87 años de edad.

Sin duda alguna, Lucretia Mott puede ser considerada como una de las precursoras del movimiento feminista en el siglo XIX.

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En la fotografía de arriba, Elizabeth Stanton aparece junto a dos de sus hijos en 1848.

Elizabeth Cady Stanton fue una de las responsables de encender la llama de una de las mayores revoluciones sociales de la historia, una revolución que aún continúa en la actualidad, la de los derechos de la mujer. Muchos historiadores la califican como una de las principales feministas y sufragistas de la Estados Unidos del siglo XIX. La revolución que ella ayudó a encender y propagar, hizo que los americanos revieran sus leyes y costumbres sociales en lo que respecta al trato a las mujeres, su dependencia a los hombres, así como la falta de derechos y oportunidades a la que estaban sometidas.

Nacida el 12 de noviembre de 1815, en Johnstown, estado de Nueva York, era la octava hija de diez niños de una familia acomodada. Hija de Margaret Livingston, quien en 1801 se casó con Daniel Cady, juez de la Corte Suprema del estado de Nueva York. El futuro de la familia estaba enfocado en los herederos varones, sin embargo, cuatro de sus cinco hermanos hombres murieron durante su infancia, mientras que su único hermano varón sobreviviente, Eleazar, falleció tras graduarse de la universidad cuando Elizabeth aún tenía 11 años. Esto había devastado a su padre y marcaría para siempre el rumbo que tomaría la vida de Elizabeth. Al respecto, décadas más tarde, en su libro del año 1898 Ochenta años y más - Reminiscencias 1815-1897, relató su intento por consolar a su padre el día del velorio de su hermano Eleazar:

Todavía recuerdo cuando fui a un salón grande y oscuro a ver a mi hermano y me encontré con el féretro, espejos y cuadros, todos decorados de blanco. También encontré a mi padre sentado a su lado pálido e inmóvil. Como no se dio cuenta de mi presencia, luego de estar allí un buen rato, me senté en su rodilla e inmediatamente me rodeó con su brazo, apoyé mi cabeza contra su corazón latiente en el pecho y nos quedamos ambos en silencio. Mientras él pensaba en la devastación de todas sus esperanzas con la pérdida de su hijo, yo pensaba qué se podía decir o hacer para llenar el vacío en su pecho. Luego de un profundo suspiro, él expresó: "¡Ay, hija mía, ojalá hubieses sido un muchacho!". Poniendo mis manos alrededor de su cuello, le respondí: "Intentaré ser todo lo que mi hermano fue".

Como todo personaje que ha tenido un papel fundamental en lo social y gran influencia en las masas, se han dicho muchas cosas sobre Elizabeth Stanton, tanto elogiosas como denigrantes. Para muchos, era una gran activista que con sus discursos despertaba profundamente las emociones del público, una esposa y madre dedicada, también una entrañable amiga. Otros tantos la consideraban una mujer blanca de posición acomodada que escondía el pasado esclavista de su familia y que se quedaba con los créditos del trabajo que realizaban terceros en la lucha por los derechos de la mujer. Asimismo, se la ha llegado a tildar de agitadora feminista, oportunista, estratega política, así como también oradora popular, filósofa y escritora. Para distintas personas en diversas épocas, Elizabeth Stanton fue todo eso que se ha mencionado. Los frutos de su larga vida son aún tema de debate, aunque lo que sí es seguro, es su gran capacidad de atraer la atención y aprovechar ese don para promover sus ideas acerca de los derechos de la mujer por más de cincuenta años.

Elizabeth quería ir a la Universidad, así como estaba previsto para sus hermanos, pero en aquellos tiempos se les negaba a las mujeres el acceso a la educación superior. Asistió a una escuela de mujeres donde tuvo un excelente desenvolvimiento académico. Desde muy joven comenzó a notar el injusto trato desigual que se les daba tanto a las mujeres como a las personas de origen afroamericano. Tras graduarse a los 18 años, comenzó a forjar su futuro con un espíritu de mayor libertad que el de otras mujeres de su misma edad. Solía buscar la compañía de personas involucradas en la lucha contra las injusticias sociales de la época, especialmente aquellas vinculadas a la abolición de la esclavitud y otras reformas civiles.

Acostumbraba visitar a su primo, Gerrin Smith, un reformista social y activista del movimiento abolicionista, que daba refugio a esclavos fugitivos en su casa. Allí también conoció a otros abolicionistas que querían poner fin a la esclavitud en Estados Unidos. Ella entendía que los derechos humanos no debían estar limitados por el color de la piel.

De contextura pequeña, cabellos rizados, ojos claros y personalidad radiante, Elizabeth Cady Stanton (tan solo Cady de soltera), era una persona muy carismática, que disfrutaba dar sus opiniones y que las comunicaba muy bien gracias a su poder de oratoria, algo que la ayudaría a destacarse como activista social.

Su madre, Margaret Livingston Cady, con una figura imponente tanto físicamente (tenía una estatura de más de 1,80 m) como en su personalidad, controlaba su hogar con mano firme, lo que talló en Elizabeth una fuerte presencia femenina.

Pasados los veinte años de edad, su primo Gerrit Smith, le presentó a Henry Brewster Stanton, quien más adelante se convertiría en su esposo. Stanton era militante de la Sociedad Americana Antiesclavista y un gran orador del movimiento abolicionista. Henry dio vuelta por completo el ritmo de vida de Elizabeth, quien desde entonces se involucró de forma permanente en la vida activista hasta el final de sus días. El 10 de mayo de 1840 se casaron, muy a pesar de la oposición de sus padres. Sin embargo, fiel a sus convicciones no le gustaba que la llamaran Sra. de Stanton, sino Elizabeth Cady Stanton, por lo que siempre conservó su apellido de soltera.

De luna de miel viajaron a Londres para participar en la Convención Mundial Antiesclavista del 12 de junio de 1840. Sin embargo, en Londres los organizadores del evento no permitieron a las delegadas mujeres de organizaciones abolicionistas hablar, ya que lo consideraban como algo promiscuo. Pero muchas veces, de las adversidades pueden surgir oportunidades que pueden cambiar la vida de una persona positivamente. En esa situación conoció a otra activista de origen estadounidense a la cual también se le impidió participar en la convención; una mujer diminuta en tamaño físico aunque enorme en personalidad y que marcaría la vida de Elizabeth para siempre, Lucretia Mott, una ferviente activista y excelente oradora de formación religiosa cuáquera, muy conocida por su fuerte participación en los movimientos del abolicionismo, de los derechos de la mujer, así como de otras reformas sociales y religiosas. Lucretia Mott le abrió a Elizabeth Stanton las puertas de un nuevo mundo.

Indignadas, ese día Elizabeth y Lucretia hablaron acerca de la posibilidad de efectuar una convención para debatir la lucha por los derechos de la mujer y reclamar su emancipación. Décadas más tarde, ElStanton recordó esa conversación en su libro Historia del Sufragio Femenino de la siguiente manera:

Mientras Lucretia Mott y Elizabeth Cady Stanton se abrían camino esa noche, tomadas del brazo, por la calle Great Queen Street (de Londres), charlaban sobre las excitantes escenas vividas ese día, acordaron organizar una convención por la lucha de los derechos de la mujer al regresar a Estados Unidos. De esta manera, en ese lugar y en ese momento se inauguró una cruzada por la búsqueda de la emancipación de la mujer.

Elizabeth Cady Stanton y su marido, Henry Stanton, se mudaron a Boston donde tuvieron tres hijos. La joven familia llevaba una vida modesta, pero aún así confortable. La ciudad de Boston resultó tener un ambiente propicio para que Elizabeth desarrollara sus ideas. Acostumbraba ir a encuentros, conferencias y entablar amistades con algunos de los más destacados reformistas sociales e intelectuales del país, entre ellos el novelista Nathaniel Hawthorne y el filósofo Ralph Waldo Emerson.

Pero a Henry Stanton se le dificultaba salir adelante en Boston. Por lo tanto, en 1847 la pareja decidió probar mejor suerte en la pequeña ciudad de Seneca Falls, al oeste del estado de Nueva York. En su nueva casa ubicada en la calle Washington 32 de Seneca Falls, Elizabeth dio a luz a dos hijos más y dos hijas. No obstante, a ella no le gustaba vivir en una ciudad pequeña, se sentía como una leona enjaulada, encerrada en su casa con sus hijos. Muchas veces, su marido debía salir de viaje por asuntos relacionados a su activismo abolicionista, mientras tanto, Elizabeth ansiaba volver a vivir en un entorno cultural e intelectual que saciara su apetito mental como sucedía en Boston.

Comenzó a juntarse con otras mujeres cansadas de la opresión masculina. Durante años siguió en contacto con Lucretia Mott, a quien conoció en Londres en 1840 tras ser rechazadas a participar activamente de la Convención Mundial contra la Esclavitud. Elizabeth estaba segura que el movimiento abolicionista fundó las bases de la lucha por los derechos de la mujer. Sorprendió con su gran elocuencia en una reunión realizada el 9 de julio de 1848 en la casa de Jane Hunt y su marido Richard Hunt, en Waterloo, estado de Nueva York (cerca de Seneca Falls). En dicha reunión se discutió junto a Lucretia Mott, Martha Wright, Mary Ann M'Clintock y Jane Hunt, la posibilidad de organizar la primera convención por los derechos de la mujer, que se llevaría a cabo diez días más tarde en Seneca Falls.

Fue coautora de la Declaración de Sentimientos presentada en la convención y que incluía todas las demandas de las mujeres, entre ellas el derecho al voto femenino. Su gran astucia e inteligencia, así como su capacidad de oratoria, abrieron las puertas de reformas que su propio padre, Daniel Cady hubiese preferido que mantuviera cerradas. Estudió en el Seminario de Mujeres de Troy y aprendió la importancia de las leyes para regular y legislar los derechos que reclamaban las mujeres. Aprendió mucho sobre leyes gracias a la interacción con su padre -que era juez- y con jóvenes estudiantes de derecho que eran alumnos de él. Por otro lado, ella estaba muy empapada en temas de derecho por haber leído libros sobre el tema.

En la Primera Convención de los Derechos de la Mujer, Lucretia Mott y su círculo de cuáqueros y activistas antiesclavistas, incluyendo los M´Clintocks, los Hunts, los Posts, los deGarmos y los Palmers, le abrieron un nuevo mundo de lucha activista a Elizabeth.

Entre 1848 y 1862, Stanton trabajó duro junto a todas esas personas en el cumplimiento de las resoluciones de la Declaración de Sentimientos, entre las que se incluían el proselitismo y la incorporación de nuevos militantes para el movimiento, la distribución de panfletos, los reclamos a las legislaturas de ámbito nacional y estatal, así como atraer a la prensa de su lado. Trabajó en la organización de convenciones en las ciudades de Rochester, Nueva York; West Chester, Pennsylvania; y Syracuse, Nueva York; además de asistir a las convenciones nacionales entre 1850 y 1862.

Elizabeth Stanton conoció a la activista feminista Susan B. Anthony, escribió artículos sobre temas de divorcio, derechos de propiedad, y adoptó el estilo de vestimenta Bloomer (una moda muy difundida entre las mujeres feministas de mediados del siglo XIX consistente en vestir una especie de bombacha o pantalones abombados sujetos a los tobillos).

Hacia 1852, Elizabeth y Susan Anthony hacían un excelente equipo, habiendo refinado sus técnicas de redacción y oratoria. En 1854, en la ciudad de Albany, pronunció un discurso contundente en la Convención por los Derechos de la Mujer del Estado de Nueva York, donde detalló las restricciones legales que tenían que enfrentar diariamente las mujeres de la época. Su discurso tuvo repercusión en los medios de prensa, fue impreso, presentado ante legisladores de la Legislatura del estado de Nueva York y puesto en circulación en forma de panfletos. Aunque una campaña realizada en 1854 fracasó, en 1860 se aprobó una amplia reforma de leyes respecto a los derechos de las mujeres. Hacia 1862, la mayoría de estas reformas fueron derogadas. En 1862, los Stanton se mudaron de Seneca Falls a la Ciudad de Nueva York.

Durante los primeros años de la década de los años 1860s, la atención nacional estaba enfocada en la Guerra Civil estadounidense. Muchos activistas abolicionistas combatieron en el Ejército de la Unión (bando del norte). Hubo un breve receso de las convenciones anuales de los derechos de las mujeres, pero en 1863, Elizabeth Stanton y Susan B. Anthony crearon la Liga Nacional de Mujeres Leales, a través de la cual juntaron 400.000 firmas para pedir la inmediata aprobación de la Enmienda 13° de la Constitución de Estados Unidos de América, que pondría fin a la esclavitud en dicho país.

Una vez finalizada la Guerra Civil, el movimiento por los derechos de las mujeres creó su primera organización de ámbito nacional, la Asociación Americana de Derechos Igualitarios, cuyo principal objetivo era lograr el sufragio universal y la garantía federal de que todos los ciudadanos, tanto hombres como mujeres, sin distinción alguna, logren el derecho al voto. La firma de Elizabeth Cady Stanton encabezaba la lista y era seguida por la de Susan Anthony, Lucy Stone y otras líderes feministas. No obstante, el clima político del momento socavó las esperanzas de estas mujeres. La Enmienda 15° eliminó las restricciones al voto de acuerdo a la raza, color o condiciones previas de esclavitud, pero no incluía a las mujeres, que deberían esperar aproximadamente medio siglo más para lograr el derecho al voto a nivel nacional (en algunos estados del país se aprobó antes el sufragio femenino para el ámbito estatal).

Las campañas para incluir el sufragio universal en los estados de Kansas y Nueva York fracasaron en 1867. Elizabeth Stanton trabajó junto al periodista y defensor de los derechos de las mujeres, Parker Pillsbury, como editora del periódico de Susan Anthony, The Revolution, el cual fue publicado entre enero de 1868 y mayo de 1870, y en el que se incluían artículos sobre distintos aspectos de las vidas de las mujeres.

Entre 1869 y 1890, la Asociación Nacional Americana pro Sufragio de la Mujer fundada en 1869 por Elizabeth Stanton y Susan Anthony, trabajó a nivel nacional en la búsqueda del derecho de los ciudadanos a ser protegidos por la Constitución de Estados Unidos de América. A pesar de sus esfuerzos, el Congreso era indiferente a sus reclamos. En 1878, habló enfurecida acerca de lo groseros que eran los Senadores estadounidenses, ya que en sesiones a las que asistieron, mientras las mujeres planteaban ante ellos el derecho al voto femenino, los Senadores leían periódicos y fumaban sin prestarles atención a lo que decían.

Entre 1878 y 1919 se presentaba cada año una propuesta de nueva ley de sufragio en el Senado, aunque siempre era rechazada. Mientras tanto, la Asociación Americana pro Sufragio de la Mujer se enfocó en los estados de forma individual. El 10 de diciembre de 1869, el Territorio de Wyoming (estado de Wyoming a partir de 1890) se convirtió en el primer distrito del país en aprobar el derecho al voto femenino. En 1870, Eliza A. Swain, oriunda de la ciudad de Laramie, Wyoming, fue la primera mujer estadounidense en votar, al menos a nivel territorial/estatal. Los estados de Colorado, Utah y Idaho aprobaron el sufragio femenino entre 1894 y 1896. Para los años 1890s, las dos organizaciones se unieron para formar la Asociación Nacional Americana pro Sufragio de la Mujer.

Nada parecía detener a Elizabeth Stanton. En los años 1870s, solía viajar por todo Estados Unidos para dar charlas. En "Nuestras Chicas" su charla más frecuente, solía pedirle a las jóvenes que se instruyan, ya que la educación las desarrollaría como personas y les proveería de ingresos suficientes para ser independientes. Sus dos hijas, por ejemplo, se graduaron de la Universidad. En 1876, participó en la organización de una protesta en la ciudad de Filadelfia durante la celebración del primer centenario de la Independencia Estadounidense.

Durante los años 1880s, Elizabeth Stanton junto a Susan B. Anthony y Matilda Joslyn Gage publicaron tres volúmenes de la Historia del Sufragio Femenino. También viajaba a Europa para visitar a su hija Harriot Stanton Blatch en Reino Unido y a su hijo Theodore Stanton en Francia.

En 1888, líderes del movimiento feminista estadounidense organizaron un Congreso Internacional de Mujeres para celebrar los 40 años de la Convención de Seneca Falls. En el retrato de las organizadoras, Stanton apareció sentada en el centro de la fila del frente.

En 1890, aceptó presidir la Sociedad Nacional Americana pro Sufragio de la Mujer. En 1895 publicó La Biblia de la Mujer, aunque fue censurada por miembros de la Sociedad Nacional Americana pro Sufragio de la Mujer. Su autobiografía titulada Ochenta Años y Más fue publicada en 1898.

En su discurso final ante el Congreso, pronunciado en 1902, hizo eco de algunos temas que solía tocar en su famoso discurso "Nuestras Chicas". Entre otras cosas expresó que así como nadie puede experimentar la muerte en nombre de otra persona, nadie puede decidir por otros cómo educarse.

Elizabeth Stanton también fue defensora de Laura Fair, acusada de matar a un hombre en 1870 con el que tenía una relación amorosa. Ese caso fue muy famoso y en 1871 fue sentenciada a muerte, aunque gracias al apoyo de movimientos feministas, entre ellos el de las sufragistas. Finalmente, su sentencia fue anulada. Laura Fair murió muchos años después, en 1919 a la edad de 82.

Stanton también se unió al movimiento de Victoria Woodhull que defendía el amor libre, un movimiento social que rechazaba el matrimonio como condición para la práctica de relaciones sexuales, además de promover la separación del Estado y sus leyes de los asuntos sexuales como el adulterio y las relaciones carnales.

En 1895, se celebró el cumpleaños de Elizabeth Cady Stanton en el Metropolitan Opera House de la Ciudad de Nueva York. La celebración estuvo patrocinada por diversas organizaciones, clubes y sociedades feministas -a pesar de no ser todas partidarias del sufragio femenino- cuyas adherentes reconocían la influencia que tuvo Elizabeth en sus vidas.

En 1902, pocos días antes de su muerte, escribió una carta al entonces Presidente Theodore Roosevelt, demandando el derecho al voto de las mujeres.

Elizabeth Cady Stanton murió de una insuficiencia cardíaca el 26 de octubre de 1902, a los 86 años de edad y dieciocho años antes de que se reconociera el derecho al voto de las mujeres a nivel nacional. Fue enterrada en el Cementerio Woodlawn del Bronx, Ciudad de Nueva York.

Elizabeth Stanton tenía una personalidad muy compleja. Durante su larga vida, vivió muchos cambios sociales, algunos de los cuales fueron creados por ella misma. Sus textos son prolíficos. Sin embargo, muchas veces se ha llegado a contradecir, ya que el mundo en el que vivía solía evolucionar e involucionar de a períodos a lo largo de gran parte del siglo XIX.

Fuentes de información:

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Este afiche realizado por Karl Maria Stadler hace una convocatoria al acto público a realizarse el 8 de marzo de 1914. El texto escrito en alemán dice:

Salgan por el sufragio femenino
DÍA DE LA MUJER
8 de marzo de 1914

Las mujeres, que como trabajadoras, madres y ciudadanas de la comunidad tienen el deber pleno de pagar impuestos tanto al estado como a la comunidad, han sido privadas hasta ahora de sus derechos plenos de ciudadanía, a causa de los prejuicios y de una actitud retrógrada.

Para lograr este derecho natural, tiene que haber voluntad firme y decidida en cada mujer, en cada trabajadora. Aquí no puede haber descanso. Por lo tanto, vengan todas las mujeres y niñas al encuentro público del

Domingo 8 de marzo de 1914 a las 3 de la tarde
En Alemania, el derecho al voto femenino se aprobó finalmente en 1918 y las primeras elecciones en las que las mujeres pudieron votar se llevaron a cabo el 19 de enero de 1919.
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Fotografía de la izquierda: Mujeres huelguistas marchan por las calles en el crudo invierno de 1909-1910. Fotografía de la esquina superior derecha: Las activistas feministas Mary Dreier, Ida Rauh, Helen Marot, Rena Borky, Yetta Raff y Mary Effers tomadas de los brazos durante la marcha de diciembre de 1909 a la Alcaldía de la Ciudad de Nueva York para protestar por los abusos de la policía y de matones contratados por los empresarios textiles, que incluían insultos, intimidaciones y ataques físicos contra las manifestantes. Esquina inferior derecha: La Liga Nacional de Sindicatos de Mujeres de América, la Liga de Equidad Política, el Club Liberal de Nueva York y el Comité de Mujeres Socialistas patrocinaron un encuentro por las huelguistas en el teatro de Carnegie Hall, el 2 de enero de 1910, para celebrar el coraje de las manifestantes que fueron arrestadas y con el fin de juntar fondos para las fianzas, multas y otros gastos de la huelga.

En noviembre de 1909, comenzó la primera huelga de mujeres de gran magnitud que dejaría una huella indeleble en la historia, se trata del llamado Levantamiento de las 20 mil. Todo comenzó el 22 de noviembre cuando la obrera de origen ucraniano y 23 años de edad, Clara Lemlich, durante una concentración de obreros textiles de Nueva York dio un apasionado discurso ante hombres y mujeres a quienes propuso realizar una huelga general para denunciar las malas condiciones laborales y la explotación que debían soportar. Al día siguiente, comenzó la huelga y el 24 de noviembre salieron a las calles a protestar aproximadamente 20 mil mujeres y unos pocos varones. Sucede que más del 70% de la mano de obra textil de Nueva York estaba compuesta por mujeres que en su mayoría eran extranjeras. La huelga duró once semanas hasta el 15 de febrero de 1910, cuando se firmó un acuerdo con el 85% de las empresas textiles que aceptaron reducir la jornada laboral a 52 horas semanales, equiparación salarial (las mujeres cobraban entre 3 y 4 dólares, mientras los hombres cobraban entre 7 y 12 dólares), negociaciones salariales, vacaciones pagas y suministro gratuito de herramientas de trabajo.

En 1909, gran parte de la fuerza laboral de la industria textil en Nueva York estaba compuesta por mujeres. Pero las condiciones de trabajo eran pésimas y los salarios muy bajos. En ese contexto, el conflicto comenzó en julio de 1909, con una serie de huelgas espontáneas en distintas fábricas de blusas y otras textiles de la ciudad.

La mano de obra textil estaba compuesta por aproximadamente 30.000 mujeres que trabajaban hacinadas en apartamentos de edificios cuyos dueños cerraban para que las empleadas no pudieran salir durante las horas laborales que se extendían a 11 horas diarias, los 7 días de la semana y por un salario de 3 a 4 dólares ó 6 dólares semanales en el mejor de los casos. No se pagaban horas extras, ni siquiera cuando el trabajo se extendía hasta horarios nocturnos. Los apartamentos donde trabajaban no estaban calefaccionados durante los crudos inviernos, mientras que en verano las temperaturas allí dentro eran sofocantes. A pesar de todo, las organizaciones sindicales no intervenían demasiado y los dueños de estas empresas ejercían una estricta supervisión sobre sus empleadas.

Las huelgas surgieron de un nuevo sector textil, la industria de blusas de Nueva York, ubicada principalmente en edificios del East Village en Manhattan, Ciudad de Nueva York, y cuya mayoría de empleadas eran inmigrantes de Europa del Este e Italia. Durante la temporada alta, cada una de estas plantas textiles ubicadas en apartamentos, podían emplear hasta 200 operarias trabajando hacinadas en la producción de sofisticadas blusas de algodón que luego serían vendidas en el distrito conocido Ladies Mile (La milla de la Damas) ubicado entre las calles 15 y 24, y entre las avenidas Park y Sexta, donde se encontraban la mayoría de las tiendas departamentales más glamorosas de finales del siglo XIX (años 1800s) y principios del XX (años 1900s).

La mayoría de las empleadas costureras eran muy jóvenes. Sus salarios apenas alcanzaban para contribuir con los gastos que sus familias de inmigrantes tenían en edificios de apartamentos hacinados de la zona del Lower East Side. Estas chicas iban diariamente a la zona de Washington Square para trabajar con máquinas de coser y producir así blusas pieza por pieza. Algunas cosían las mangas, otras los cuellos, otras los puños, otras ensamblaban los cuerpos de prendas o cosían los pliegues y pinzas que le daban cierta elegancia a las blusas. El nivel de dificultad de cada operación y el número de piezas que cada trabajadora debía coser determinaba el valor de su salario. Algunas trabajadoras incluso tenían 9 ó 10 años de edad, y trabajaban cortando hilos sobrantes de prendas terminadas. Cada vez que un inspector aparecía para revisar que se cumplieran mínimamente las normas establecidas por el estado, los supervisores de las fábricas enviaban a esconderse a estas niñas dentro de contenedores.

El abuso hacia las empleadas en estas fábricas textiles era constante. Por ejemplo, en el elevador de la fábrica de la Triangle Shirtwaist Company había un cartel que advertía: "Si no vienes a trabajar el domingo, no vengas el lunes". A las trabajadoras que llegaban cinco minutos tarde se les quitaba medio día de salario. La compañía les cobraba a las empleadas por la agujas y la electricidad que necesitaban las máquinas de coser. Para evitar que conversaran entre ellas, los jefes sentaban a las empleadas italianas junto a las que hablaban yidis; a pesar de esto último, muchas jóvenes lograron entablar amistades.

La jóvenes judías que hablaban yidis conformaban el 55% de la fuerza laboral textil, y la mayoría eran oriundas de Rusia, Lituania y Polonia. Las italianas comprendían el 35% de las empleadas textiles, mientras que el resto eran nacidas en Estados Unidos.

La Unión Internacional de Trabajadores de la Confección fue uno de los primeros sindicatos de Estados Unidos en contar con una mayoría de miembros femeninos. La mayoría de las jóvenes que se afiliaron a dicho sindicato eran judías y contaban con el apoyo de sus familias y vecinos, que en muchos casos eran socialistas o sindicalistas. Por el contrario, habían menos afiliadas de origen italiano, dado que habían llegado más recientemente al país y no entendían bien ni el inglés ni el yidis que era hablado por la mayoría de las empleadas que organizaban los paros laborales. Recién cuando las huelgas se fueron dando más seguido, el sindicato comenzó a buscar organizadoras que podían dar discursos tanto en inglés, así como en yidis e italiano.

Las protestas se fueron desarrollando de a oleadas, comenzando en julio de 1909. Un conflicto por los salarios condujo a una huelga de aproximadamente 200 costureras de la Compañía de Blusas de los Hermanos Rosen (Rosen Brothers Shirtwaist Company) que duró cinco semanas. El sindicato y la compañía llegaron a un acuerdo, mientras los empresarios de toda la industria textil comenzaron a estar alertas al respecto.

En septiembre, alrededor de 150 costureras de la compañía Triangle Shirtwaist fueron despedidas por haberse afiliado al sindicato. Salieron a protestar cuando llegaron rompehuelgas a ocupar sus puestos, y las atacaron matones y prostitutas contratados por los dueños.

Luego, unas 100 costureras judías de la Compañía Leiserson fueron despedidas y al protestar fueron golpeadas por matones contratados. Al ver sus compañeras italianas lo que ocurría, se sumaron también a la protesta. En represalia, las compañías cuyas empleadas entraron en huelga transfirieron los pedidos de blusas a la Diamond Waist Company, pero cuando los empleados de esta última se enteraron que sin saberlo estaban cumpliendo tareas de esquiroles (también denominados rompehuelgas, crumiros o carneros), también adhirieron a la huelga.

Las huelguistas eran frecuentemente arrestadas. Las llevaban en furgones policiales a la Corte de Jefferson Market, ubicada en la Sexta Avenida y la calle 10 en Manhattan, Ciudad de Nueva York, donde se las multaba con 3 dólares (gran parte de su salario semanal). Muchas veces, incluso se las encerraba en la comisaría.

A principios de noviembre de 1909, las damas de la Liga Nacional de Sindicatos de Mujeres de América -compuesta en gran parte por prominentes reformistas del movimiento feminista- decidieron intervenir. Se unieron a las filas de manifestantes, y su presidente, Mary Dreier, fue arrestada junto a las trabajadoras inmigrantes en huelga. La estrategia fue excelente, ya que ahora los periódicos comenzaron a cubrir lo que hasta entonces se consideraba un problema sin importancia entre "empresarios respetables" y "jóvenes revoltosas de clase obrera".

La huelga masiva de miles de empleadas textiles fue calificada en un principio como una ruidosa molestia. Pero cuando se fue expandiendo y la producción textil se detuvo, la huelga fue tomada en serio por los medios. La Liga Nacional de Sindicatos de Mujeres de América apoyó a las huelguistas con dinero y a través de contactos en periódicos. Cuando sus asociadas más prominentes fueron arrestadas, los neoyorquinos empezaron a prestar máyor atención al conflicto.

Durante la noche del 22 de noviembre de 1909, se llevó a cabo una asamblea organizada por la Liga Nacional de Sindicatos de Mujeres de América en la Universidad de Cooper Union, para debatir acerca de la situación laboral de las miles de trabajadoras en paro, así como los pros y contras de realizar una huelga masiva de todo el sector textil (mayoritariamente compuesto por mujeres trabajadoras). Entre los presentes, también habían hombres pertenecientes a la Federación Estadounidense del Trabajo (American Federation of Labor) -el mayor sindicato de Estados Unidos hasta mediados del siglo XX-, cuyo presidente, Samuel Gompers, dio un discurso tratando de disuadir a las empleadas textiles de continuar con la idea de una huelga general, mencionando las complicaciones que esto les acarrearía, y les sugirió organizarse mejor para enfrentar a los empresarios y lograr así mejores condiciones laborales.

Cansada de escuchar hablar a los hombres durante el debate, Clara Lemlich, una joven ucraniana de 23 años que trabajaba para la Compañía Textil Leiserson y que había sido brutalmente golpeada esa semana durante las protestas, se levantó y dio un apasionado discurso en yidis ante hombres y mujeres, les propuso salir a las calles y comenzar una huelga general para denunciar las malas condiciones laborales y la explotación que debían soportar. Entre otras cosas dijo: "He escuchado a todos Ios oradores y no tengo más paciencia para charlas...Estoy cansada de escuchar a oradores que generalizan...Hago la moción de salir y comenzar un paro general". La respuesta del público fue estruendosa y esa misma noche marcharon a la plaza Union Square, de Manhattan, Ciudad de Nueva York. Para el 24 de noviembre, más de 20.000 empleadas del rubro textil dejaron sus puestos de trabajo y adhirieron al paro general -aunque otras estimaciones hablan de más de 30.000 trabajadoras-.

Dos semanas más tarde, la Liga Nacional de Sindicatos de Mujeres de América organizó una marcha de alrededor de 10.000 mujeres a la Alcaldía de la ciudad. El primer mes de la huelga fue muy frío y duro para las mujeres que se manifestaban en las calles. De las 723 mujeres arrestadas, 19 fueron sentenciadas a la Prisión de Blackwell Island (una prisión que funcionó durante la mayor parte del siglo XIX y hasta bien entrado el siglo XX, en la isla neoyorquina actualmente rebautizada con el nombre de Roosevelt Island). Clara Lemlich fue detenida 17 veces y también reprimida, lo que le dejó como consecuencia seis costillas rotas.

A lo largo de las once semanas que duró la huelga, la Liga Nacional de Sindicatos de Mujeres de América promovió la causa en los periódicos y recaudó dinero para dar asistencia a las huelguistas, cubrir las fianzas y los honorarios de abogados defensores para liberar a las manifestantes arrestadas. Las organizadoras sindicalistas, Pauline Newman y Rose Schneiderman, viajaron al norte del estado de Nueva York y a los estados de Nueva Inglaterra (región del noreste de Estados Unidos compuesta por los estados de Maine, Nuevo Hampshire, Vermont, Massachusetts, Rhode Island y Connecticut) para difundir las noticias entre los sindicatos locales y juntar fondos de emergencia.

A finales de diciembre, el sindicato y los empleadores propusieron un acuerdo. A pesar que algunos términos eran positivos -entre ellos menos horas laborales por semana, pago de las agujas y la energía por parte de las empresas, negociaciones de salarios de forma individual en cada empresa y reincorporación de las trabajadoras en huelga-, las demandas básicas de seguridad y mejores condiciones en los lugares de trabajo, así como el reconocimiento de los gremios no fueron discutidas. Por lo tanto, las trabajadoras votaron en contra de la propuesta por una amplia mayoría, ya que no aceptaban un contrato laboral sin dichas garantías.

Muchas de las grandes compañías finalmente acordaron de forma individual y las trabajadoras volvieron a sus puestos de trabajo. El 15 de febrero de 1910, tras un acuerdo con 300 compañías que aceptaron las demandas de las obreras, se levantó el paro.

Sin embargo, alrededor de 1.100 trabajadoras continuaron en la calle, ya que sus empleadores no aceptaron el acuerdo. Una de esas empresas que se negó a acordar fue la Triangle Shirtwaist Company que solamente aceptó aumentar los salarios. Algunas de las trabajadoras de esta compañía aceptaron volver, pero tuvieron que resignarse a compartir el espacio laboral con rompehuelgas que reemplazaron a sus antiguas compañeras. Además se vieron obligadas a trabajar más horas diarias que las trabajadoras textiles de otras empresas que aceptaron reducir las horas laborales. Mientras la mayoría de las trabajadoras textiles terminaban de trabajar los sábados al mediodía, las empleadas de la Triangle Shirtwaist Company debían continuar hasta tarde y seguir soportando pésimas condiciones laborales. Las trabajadoras de la compañía demandaban que las puertas de la fábrica se mantuvieran abiertas -los jefes solían encerrar a las obreras de la Triangle Shirtwaist Company durante las horas laborales- y que repararan las escaleras de incendios del enorme edificio donde se alojaba la fábrica (Asch Building, luego rebautizado Brown Building), pero los empleadores no cumplieron con estas demandas y el sábado 25 de marzo de 1911, en horas de la tarde -un horario en que otras empresas permanecían cerradas-, un incendio voraz terminó con las vidas de 146 personas (123 mujeres y 23 hombres) que trabajaban para ellos y que al estar encerradas no pudieron escapar. Entre las 146 personas habían mujeres que habían participado en la gran huelga, rompehuelgas que reemplazaron a las empleadas que no volvieron, supervisores y trabajadoras adolescentes.

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Fuentes de información:

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Durante la noche del 22 de noviembre de 1909, se llevó a cabo una asamblea organizada por la Liga Nacional de Sindicatos de Mujeres de América en la Universidad de Cooper Union, para debatir acerca de la situación laboral de las miles de trabajadoras textiles en paro, así como los pros y contras de realizar una huelga masiva de todo el sector textil (mayoritariamente compuesto por mujeres trabajadoras). Entre los presentes, también habían hombres pertenecientes a la Federación Estadounidense del Trabajo (American Federation of Labor) -el mayor sindicato de Estados Unidos hasta mediados del siglo XX-, cuyo presidente, Samuel Gompers, dio un discurso tratando de disuadir a las empleadas textiles de continuar con la idea de una huelga general, mencionando las complicaciones que esto les acarrearía, y les sugirió organizarse mejor para enfrentar a los empresarios y lograr así mejores condiciones laborales.

En la fotografía se lo ve a Samuel Gompers dando un discurso sobre el podio, antes de la votación, tratando de convencer a las mujeres de la Unión Internacional de Trabajadores de la Confección de que reconsideraran los riesgos que tendría hacer una huelga general.

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Clara Lemlich nació en la ciudad de Gorodok, Ucrania el 28 de marzo de 1886. En 1903 ella y su familia emigraron a Estados Unidos, donde desde muy joven participó en movimientos por los derechos de las mujeres y a favor del voto femenino.

En noviembre de 1909, comenzó la primera huelga de mujeres de gran magnitud, que dejaría una huella indeleble en la historia, se trata del llamado Levantamiento de las 20 mil. Todo comenzó el 22 de noviembre cuando a los 23 años de edad, Clara Lemlich, durante una concentración de obreros textiles de Nueva York dio un apasionado discurso ante hombres y mujeres a quienes propuso realizar una huelga general para denunciar las malas condiciones laborales y la explotación que debían soportar. Al día siguiente, comenzó la huelga y el 24 de noviembre salieron a las calles a protestar aproximadamente 20 mil mujeres y unos pocos varones. Sucede que más del 70% de la mano de obra textil de Nueva York estaba compuesta por mujeres que en su mayoría eran extranjeras. La huelga duró once semanas hasta el 15 de febrero de 1910, cuando se firmó un acuerdo con el 85% de las empresas textiles que aceptaron reducir la jornada laboral a 52 horas semanales, equiparación salarial (las mujeres cobraban entre 3 y 4 dólares, mientras los hombres cobraban entre 7 y 12 dólares), negociaciones salariales, vacaciones pagas y suministro gratuito de herramientas de trabajo.

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En la fotografía de arriba se ven mujeres marchando durante el Día de la Mujer en Petrogrado (actual San Petersburgo), Rusia en 1917.

Con el comienzo de la Primera Guerra Mundial, durante 1915 y 1916 no se le dio tanta importancia a la conmemoración del Día Internacional de la Mujer y recién retomaría un papel significativo en Rusia en 1917, ya que se convertiría en el detonante de ni más ni menos que la Revolución Rusa, uno de los acontecimientos que más marcarían la historia del siglo XX.

En Rusia, el 23 de febrero de 1917 (bajo el antiguo calendario juliano aún vigente en Rusia) la mujeres socialistas rusas conmemoraron el Día de la Mujer. La fecha coincidía con el 8 de marzo del Calendario Gregoriano que ya era utilizado en la mayor parte del planeta y que en Rusia sería adoptado recién a partir de 1918. Ese día, trabajadoras textiles de la ciudad de Petrogrado (actual San Petersburgo y en aquel entonces capital de Rusia), de manera espontánea salieron a las calles a reclamar por "pan para nuestros hijos". A ellas se les sumaron las esposas de soldados que estaban combatiendo en la Primera Guerra Mundial y pedían por "el regreso de nuestros maridos de las trincheras".

Estas obreras textiles rusas, contradiciendo la decisión del Partido Socialista que consideraba que ese no era el momento propicio para la realización de ningún tipo de huelga, se declararon en huelga.

La Primera Guerra Mundial había provocado desde su comienzo en 1914 la muerte de casi 2 millones de soldados y alrededor de 1 millón de civiles rusos, además de haber causado que los precios de alimentos y el carbón se multiplicaran varias veces. Casi el 50% de la clase obrera de la ciudad de Petrogrado eran mujeres, dado que la mayoría de los hombres estaban en el frente combatiendo. Estas mujeres, además de trabajar en los que en aquella época se consideraban sectores laborales habituales para el género femenino -como por ejemplo el rubro textil-, habían ingresado a otras labores hasta entonces exclusivas para hombres, como las del rubro del transporte y la metalurgia, entre otras. 

Esa mañana del Día Internacional de la Mujer, comenzó la huelga con las trabajadoras textiles que salieron a las calles. A ellas se le fueron sumando otras mujeres, y entre todas protestaron en contra del hambre, la guerra y el régimen zarista. Para el final de la jornada, alrededor de 90 mil personas adhirieron al paro. Lo que estas mujeres no imaginaron es que su marcha del Día Internacional de la Mujer había dado comienzo a la Revolución Rusa. Al otro día, 24 de febrero (según el viejo Calendario Juliano) / 9 de marzo (de acuerdo al moderno Calendario Gregoriano), se agregó la consigna de "¡Abajo el Zar!". Para el tercer día, la huelga era general y los barrios obreros estaban totalmente tomados. Al octavo día, (2 de marzo del Calendario Juliano / 15 de marzo del Calendario Gregoriano), el Zar Nicolás II se vio obligado a abdicar al trono, poniendo fin a siglos de monarquía. En su lugar asumió el Gobierno Provisional Ruso.

La huelga de estas mujeres quedó documentada por la líder feminista socialidemócrata, Aleksandra Kolontái, de la siguiente manera: "El Día de las Mujeres obreras del 8 de marzo de 1917 se volvió una fecha memorable en la historia. Ese día las mujeres rusas levantaron la antorcha de la revolución proletaria".

El político y revolucionario León Trotsky también relata los hechos de la huelga de las mujeres de Petrogrado en el primer volumen de su libro Historia de la Revolución Rusa, del que se brinda un extracto a continuación: 

El 23 de febrero (8 de marzo) era el Día Internacional de la Mujer. Los socialdemócratas esperaban celebrarlo en la forma habitual, con asambleas, discursos y manifiestos. Pero nadie imaginó que el Día de la Mujer fuera a convertirse en el primer día de la revolución. Ninguna organización hizo una convocatoria a huelga para ese día. La organización bolchevique más combativa, el Comité del Barrio Obrero de Viborg, recomendó que no se fuera a huelga (...) Esa era la decisión del Comité, al parecer aceptada unánimemente en vísperas del día 23 de febrero (8 de marzo). Al siguiente día, desobedeciendo a las instrucciones del Comité, las trabajadoras de algunas fábricas textiles se declararon en huelga y enviaron delegadas a hablar con trabajadores metalúrgicos para pedirles que las acompañaran. Los bolcheviques fueron a la huelga aunque a regañadientes, acompañados por los obreros mencheviques y socialrevolucionarios (...) Por lo tanto, es evidente que la Revolución de Febrero comenzó desde abajo, venciendo la resistencia de las mismísimas organizaciones revolucionarias y con la particularidad de que esta iniciativa espontánea provino de la parte más oprimida y cohibida del proletariado, las obreras textiles, entre las cuales se debe suponer que muchas estarían casadas con soldados.
 
El 20 de julio de 1917, el Gobierno Provisional Ruso otorgó el derecho al voto para las mujeres. En 1921, durante la Conferencia de Mujeres Comunistas realizada en Moscú, se propuso que se estableciera al 8 de marzo como fecha unificada del Día Internacional de las Mujeres en honor a la lucha de las mujeres que en 1917 iniciaron la Revolución Rusa (en 1918, Rusia adoptó el Calendario Gregoriano, por lo que en dicho país el 23 de febrero pasó a ser 8 de marzo como en la mayor parte del planeta). A partir de esa conferencia, la Tercera Internacional (organización internacional que agrupaba a los partidos comunistas de distintos países) oficializó esa fecha a nivel mundial para conmemorar la lucha de las mujeres y en 1922 el Día de la Mujer fue celebrado oficialmente el 8 de marzo.

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La Organización de las Naciones Unidas (ONU) comenzó a conmemorar el Día Internacional de la Mujer el 8 de marzo de 1975 y recomendó a los Estados Miembros hacer lo mismo. Ese año también había sido declarado el Año Internacional de la Mujer. En diciembre de 1977, la Asamblea General de la ONU estableció la resolución 32/142 a través de la cual invitaba a los Estados Miembros a conmemorar, de acuerdo a sus respectivas tradiciones históricas y costumbres nacionales, un Día de las Naciones Unidas para los Derechos de la Mujer y la Paz Internacional.

De a poco, los distintos países fueron reconociendo oficialmente al 8 de marzo como Día Internacional de la Mujer. Estados Unidos de América reconoció oficialmente esta fecha a partir de 1994 por iniciativa de la actriz y activista de origen polaco -nacionalizada estadounidense- Beata Pozniak. Cuando Pozniak llegó a Estados Unidos en 1988, quedó sorprendida que en dicho país el Día de la Mujer pasara desapercibido y que a pesar de la resolución de las Naciones Unidas aún no existiera una legislación oficial que designara la conmemoración de dicha fecha a nivel nacional. Pozniak comenzó una fuerte campaña, se puso en contacto con el entonces Alcalde de Los Angeles, Tom Bradley, y con el Gobernador de California, Pete Wilson. También le presentó la propuesta a la Representante (Diputada) Demócrata por la ciudad de Los Angeles, Maxine Waters. Waters presentó la propuesta en el Congreso y también escribió en febrero de 1994 una carta al entonces Presidente Bill Clinton para solicitarle que se designara esta fecha para la conmemoración del Día de la Mujer. Finalmente, el Congreso de Estados Unidos aprobó la propuesta en 1994.

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